I
No derivan los radicales castellanos de las formas clásicas, sino de
sus similares del habla vulgar de los romanos. Autores hay que parten
de formas latino-vulgares; pero, no siendo éstas más que fórmulas
hipotéticas, en las que se han condensado los resultados del estudio
comparativo de los vocablos románicos correspondientes, paréceme en
demasía sistemático y poco científico el procedimiento.
Voy á decir cuatro palabras acerca del intrincado problema del latín
vulgar en cuanto se relaciona con el origen del castellano, problema
que hoy por hoy sigue todavía sin resolver. Cualquiera que conozca el
espíritu de los antiguos sabe de sobra que para las personas cultas de
aquellos tiempos no había más latín que el literario. Á nadie se le
ocurrió jamás escribir en aquella jerga vulgar, que se consideraba como
una degeneración del latín culto, torpemente desfigurado y estropeado
en labios de la gente plebeya. Tal es la causa de que las únicas
noticias que tenemos del latín vulgar las debamos á la investigación
científica, que por medios indirectos ha llegado á rastrear algunos
datos: de ahí la dificultad del problema. Y aquí ocurre una observación
crítica de la mayor importancia. Ese menosprecio y extravagante manera
de considerar el habla vulgar se mantuvo aún después de fenecido el
Imperio. Hasta bien avanzada la Edad Media, las personas instruídas
no se pusieron á escribir en romance por creerlo indigno instrumento
para la literatura; mas antes del siglo XII todos creían que su habla
era latín, bien que estropeado. Sólo así se explica que los escritores
modificaran el romance vulgar, acercándolo en su ortografía al latín
cuanto podían, y que emplearan todos los términos latinos que les
venían á la cabeza con sólo darles un ligero tinte castellano. De
aquí esa dualidad lingüística en un mismo autor, que emplea, no
sólo términos desconocidos del vulgo, sino aun los vulgares con una
ortografía semilatina ó etimológica y semifonética. Es imposible que
en tiempo de Berceo sonara de tres maneras el mismo verbo: dannar,
danpnar, damnar. Estas variantes ortográficas respondían á dañar,
que era como únicamente se decía entonces, lo mismo que ahora. Pero
hubieran creído estropear el latín si lo escribían tal como lo
pronunciaban. Tenían un lenguaje para escribir, y creían echarlo á
perder al hablar su _román paladino_. Y aquí han tropezado no pocos,
aduciendo esas variantes ortográficas como formas que realmente
sonaron tal como están escritas, y que, por consiguiente, eran las
formas comprobantes intermedias de la evolución, en las cuales vemos
convertirse el latín en castellano, vemos nacer á nuestro romance.
Esta observación crítica se aplica lo mismo á los escritos latinos que
á los castellanos de aquellos tiempos, y es de tal importancia para
la investigación de la etimología y origen del castellano, que voy á
descender á casos concretos.
Está tan lejos de ser cierto que en los escritos medioevales se vea
nacer el castellano, que, por el contrario, lo que se ve nacer en ellos
es el latín. El castellano aparece la primera vez que se le encuentra
escrito, como una lengua robusta y acabada, y los vocablos sueltos que
aparecen en los documentos latinos más antiguos son tan castellanos
como hoy día. Antes bien, las formas que aparecen antes son las más
castellanas, y poco á poco se van acercando más á las latinas. Es que
los escritores iban sabiendo mejor el latín conforme avanzaban los
tiempos. Por ej., _linde_ se encuentra en el Fuero de Évora el año 1166
(_M. P. Leges_, p. 392): «Qui _linde_ alieno crebantaverit, pectet
quinque solidos et septem ad Palacio». En la segunda recensión, Fuero
de Abrantès en 1179, y de Corucha en 1182 (ibid., p. 419 y 427): «Qui
_limde_ alienum quebrantaverit». En la tercera, F. de Palmella en 1185
(ibid., p. 430): «Qui _limede_ (al. _limide_) alieno crebantar...» En
la cuarta, F. de Covilhan del 1186 y de Centocellas del 1194 (ibid.,
p. 457 y 487): «Qui _limitem_ alienum fregerit...». En la quinta,
F. de San Vicente de Beira en 1195 (ibid., p. 495): «Qui _limidem_
alienum fregerit». Á la verdad, aquí no se ve nacer el castellano, sino
diríase que el latín: _linde_, _limde_, _limede_, _limitem_, _limidem_.
Otro tanto sucede con el término _azor_ y el _azorera_, que aparecen
antes que _acetore_ y _aceptore_. De las formas _arroyo_, _arroio_ y
_arrogio_, la primera es la más antigua, del año 841, en la donación
de Alfonso _el Casto_ á la catedral de Lugo. En la era 916 hallamos
_quoto_: «factum est in supradicto quoto 8 idibus junias»; y después
en las eras 937, 940 y 983, _cautum_; y en la de 984, _cautamus_. No
parece sino que el castellano va á convertirse otra vez en latín; y es
que la cultura adelantaba, y lo único que pretendían era escribir en
latín, haciéndolo cada vez mejor. Siendo para ellos el habla vulgar un
latín corrompido, lo saqueaban latinizándolo en sus escritos: abatire
de abatir, abadagium, acampanare, acannizare, alcanzare, advescit =
consuevit (_Glos. got. Card._) de avezar, «dña Thereysia mea _ama_»,
del ama castellano, attondus (er. 1100, _Arch. Arlam._) ó atuendo en
ablativo (ch. Ferdin. I, SOTA), del bascuence atondo, «terras cultas
vel _barbatas_» de vervactun = barbecho (c. Adeph. imper., era 1117,
_Arch. Naj._), campidator de campeador, campear (ch. Adeph., 1111,
SOTA), cargas de feno, carnerus, cavalcator, cerrus de cerro, collacius
de collazo, collata, ganare, ganatus, autero de otero, heretarius de
heredero, ingamno de engaño, quadrare, quitare, sacare, spolas. Sería
insensatez figurarse que tales formas latinas hayan existido jamás
en el habla: son vocablos castellanos, sin origen latino muchos de
ellos, pero latinizados por los pendolistas de aquellos tiempos. El
que sin criterio quiera amontonar los términos intermedios entre los
castellanos y los latinos, los hallará todos en los documentos; pero
no son términos medios de la evolución natural del latín hasta hacerse
castellano, sino muchas veces, al revés, es la latinización cada vez
más perfecta del habla vulgar. Por ejemplo. En Berceo hallamos miraculo
(_Mil._, 46), miraclo (íd. 869) y miraglo (_S. Dom._, 315). «Berceo
nos conserva tres de las cinco formas por que ha pasado miraculum para
fijarse en milagro», dice Lanchetas. Si esto fuera verdad, en tiempo
de Berceo aún no había nacido el castellano, ni aun siquiera el latín
vulgar, pues el miraclo del vulgar latino es posterior al miraculo de
Berceo. Lo que hay es que, menospreciándose entonces el romance vulgar,
los escritores creían que debían escribirlo lo más parecido al latín,
única lengua literaria para ellos; de modo que en vez de escribir
siempre miraglo, que es como se decía en el pueblo, escribían á veces
miraclo por acercarse al latín, y aun miraculo, tomado del latín
clásico, del cual no había salido miraglo, sino del vulgar miraclo.
Siempre la reacción literaria corrigiendo el habla vulgar.
No se pueden tomar sin discernimiento todas las formas que hallamos
escritas en los autores: la más vulgar es la única fehaciente; las
otras son préstamos eruditos del latín y no reflejan el castellano
hablado. Mixtura por mezcla en Berceo (_Duel._, 40), es de origen
muy posterior respecto de mesturar por mezclar y de mesta por cosa
mezclada, así como lo es misto. La x de mixtura denuncia un préstamo
del latín; hoy ya ha pasado misto al pueblo, pero ha perdido la
x, que ni los romanos pronunciaban, cuanto menos los riojanos del
tiempo de su poeta Berceo. Modrar (_S. Mill._, 271), aunque erudito
de origen, ya ha perdido la e; la reacción posterior originó el
moderar, calcándolo sobre moderare. Como modrar no se usaba entre el
pueblo, desapareció ante moderar. Aquí se ve cómo la lengua erudita
vive en parte enteramente divorciada del habla vulgar, puesto que
en cada época ha tomado los vocablos latinos modificándolos, no
según el fonetismo castellano, sino conforme al uso que los eruditos
tenían en la adaptación, mayor ó menor, según las épocas, á ese mismo
fonetismo. Hoy la reacción latina es mayor, y lo ha sido cada vez
más desde el Renacimiento. Hoy no nos parece bien se quite la e á
moderare, y decimos moderar, con sólo quitarle la e final, para que
quepa dentro de la turquesa de los infinitivos. No se atrevían á tanto
los clérigos del siglo XIII, y decían modrar; pero ambas formas han
flotado y flotado sobre el habla vulgar, sin penetrar en ella, como
escoria erudita que va y viene y se cambia, conforme al capricho de
los que la emplean en sus escritos, y aun en la conversación. El mismo
Berceo emplea ya modulado: «Odi sonos de aves dulces e _modulados_»
(_Mil._, 7); pero ese préstamo es posterior al que convirtió modulus en
molde, que también es erudito, pero de época anterior, de mod(u)lus,
perdida la u, que nunca sonó en el latín vulgar, y con la metátesis
común que afectaron los eruditos más antiguos al trascribir vocablos
parecidos, como tilde, si viene de titulus, espalda de spat(u)la.
Hoy no nos atreveríamos á derivar con tales metátesis, porque nos
picamos de mejores latinistas y tenemos menos cariño al fonetismo
nacional. ¿Quién se atrevería hoy á decir motral junto á mortal, como
se atreve Berceo? Muebda por movida, es de formación erudita de
aquel tiempo (_S. Dom._, 119), como debda de debita; mover, movido,
á ser vulgares, hubieran perdido la v. También existe mueda = causa
motiva (_S. Mill._, 387), ya más castellanizado, como muedo por modo
(_Mil._, 29), que nadie se atrevería hoy á decir, aunque es conforme
al cambio sin excepción de ŏ acentuada en ue, lo mismo que muesso por
mordisco (_Lor._, 77) de morsus, perdida la r según ley. En cambio
multo (_Mil._, 259) es una condescendencia por multum, que hoy nadie
la tendría, como no diría nadie nodicia, que dice Berceo (_S. Mill._,
164) suavizando legítimamente la t de notitia, ni nudrir ó nodrir por
nutrire (_S. Dom._, 59, 528). No creo que odir ni udir se dijeran
en tiempo de Berceo, juntamente con oir, aunque él escriba de estas
tres maneras (_Sacr._, 56, _S. Dom._, 312, _Duel._, 209); la d es por
reacción erudita, como en odiendo por oyendo. Tampoco creo sonara
palomba, como escribe junto á paloma (_S. Or._, 40, 46), sino que la b
era otra condescendencia de escritor hecha al latín. Toda cautela es
poca, cuando de los escritos queremos deducir lo que realmente debemos
atribuir al romance hablado, separándolo de lo que los escritores
añadían de su cosecha, por la preocupación de que sólo el latín era un
lenguaje digno de escribirse, y de que el romance, no siendo más que
un mal latín, debía purificarse lo más posible para hacerlo digno de
emplearse en los escritos, y que se podía y aun debía echarse mano de
todo el vocabulario latino, por ser latín lo que se escribía y no ser
más que una misma lengua la hablada y la escrita. Tal es el poder de
una lengua literaria, cuando ha pertenecido á un gran imperio y á una
gran civilización. Esas mismas preocupaciones indican que el romance
no nació de un golpe, sino que fué, sin solución de continuidad, el
mismo latín, que hablado en España en tiempo de los romanos, había ido
evolucionando insensiblemente, hasta el punto de no cambiar de nombre.
En los últimos tiempos del Imperio, verificada ya la fusión de
razas, cuando las provincias, adquiridos todos los derechos de los
antiguos ciudadanos de Roma por el edicto de Caracalla (212), se
tuvieron por tan romanas como la misma ciudad de Rómulo, despertando
el espíritu patriótico de la nacionalidad romana ante los pueblos
bárbaros ó extranjeros que por todas partes rondaban las fronteras,
el adjetivo _romanus_, aplicado antes á solos los habitantes y cosas
de Roma, hubo de generalizarse á todo el Imperio en oposición al de
_barbarus_. Orosio llamó _Romania_ á todo el conjunto de razas y
países comprendidos dentro del Imperio, como se llamaban Hispania,
Britannia, Graecia, Gallia cada uno de ellos. Lo más propio de la
Romanía, su idioma, llamóse, por lo mismo, _lengua romana_, hablar
en _román_, _romanice_, _en romance_ era hablar el lenguaje de la
Romanía, del Imperio romano, era lo mismo que hablar en _latín_. El
tipo de esa habla era naturalmente el latín literario y oficial de la
administración, que era el que más se acercaba al literario; pero el
habla vulgar de las provincias no se creía ser más que ese mismo latín,
bien que algo estropeado. Ese mismo latín siguió hablándose por varios
siglos; pero ¡qué diferencias no había causado la evolución incesante!
Virgilio Cordobés, citado por Sarmiento[18], escribía en el siglo
IX: «Ille est vituperandus qui loquitur _latinum circa romancium_,
maxime coram laicis, ita quod ipsimet intelligunt totum... Et ita
debent omnes clerici loqui _latinum suum obscure_ in quantum possunt
et non _circa romancium_». En este notable pasaje se traslucen algunos
hechos históricos de la mayor importancia. En aquel mismo siglo (842)
se redactó el convenio entre Carlos _el Calvo_ y Luis de Alemania
en francés ó romance del Norte de la Galia, el primer monumento que
poseemos en lengua vulgar[19], del cual dice Sarmiento que lo podrían
entender los gallegos sin necesidad de versión. Los clérigos hablaban
_su latín_--dice el autor cordobés--, es decir, un latín de cocina,
que distaba bastante por una parte del latín clásico, y por otra del
habla vulgar, puesto que les aconseja que lo empleen entre sí delante
de la gente lega, cuando conviene que ésta no les entienda. Por donde
se verá el craso error de Martínez Marina al sostener que sólo á
principios del siglo XII pudo hablarse de tal manera que se tuviese el
romance por distinto de la lengua latina.
Por lo mismo, cuando se querellaba[20] Álvaro Cordobés de que el
_latín_, habla de los cristianos, lo hubiesen olvidado los españoles
que andaban entre los moros, teniendo en mayor estima la lengua
arábiga, puesto que se refiere al pueblo español, trata del romance
vulgar español, llamado por él latín por las razones antes apuntadas;
no trata del latín clásico, que sin género de duda hacía siglos sólo
habían conocido algunos privilegiados eruditos, ni siquiera del
latín vulgar, que para el siglo IX ya había desaparecido. Les dice,
pues, Virgilio que hablen su mal latín, _latinum suum_, lo menos
parecidamente al habla vulgar, _obscure et non circa romancium_. Ese
_circa romancium_ ó _romance_, ya no era el _romano_ ó habla romana y
latina de la Romanía, y con todo conserva el nombre.
¿Qué habla fué la de la Romanía, es decir, qué fué el llamado latín
vulgar? Por las dichas preocupaciones, nadie escribió en ese latín, no
tenemos ni el menor documento redactado verdaderamente en esta lengua:
de ahí la dificultad del problema. Se trata de reconstruirla por el
estudio comparativo de las lenguas románicas, sus sucesoras; por el
estudio del latín vulgar antiguo, sólo conocido en los arcaísmos y
vulgarismos de Plauto y otros autores y en las escasas inscripciones
latinas de la época republicana; por el estudio de los dialectos
itálicos, el úmbrio, el osco, el falisco, el volsco, etc., que sin
duda modificaron el latín de los conquistadores antes de llevarlo
éstos á las demás provincias; por los defectos que á los lapidarios
se les escapaban en las inscripciones de la época imperial, á causa
de las diferencias entre el habla vulgar y el latín oficial en que
las redactaban; por las correcciones de los gramáticos latinos, en
las que enmiendan defectos de pronunciación y ortografía debidos
al habla común y popular; por los glosarios vulgares coleccionados
algo posteriormente, sobre todo por autores africanos y españoles,
en los que hicieron notar las diferencias dialectales de estas
provincias[21]. Pero todas estas fuentes de información, ó no bastan,
ó no se han estudiado á la vez con el único empeño de sacar á luz
el latín vulgar. Los romanistas, que son los que más interesados
están en hacer ese estudio, ocupados en el de las mismas románicas,
tienen que formarse para su propio uso un sistema é idea particular
de esa lengua problemática, encomendando su investigación exprofeso á
los indo-europeistas. Estos en cambio la dejan para los romanistas,
por verse atareados con las antiguas lenguas de nuestra familia.
Resultado: que sólo tenemos datos sueltos, algunos jalones cronológicos
y geográficos; pero que nos falta conocer, no sólo esa lengua, pero
hasta su cronología y su geografía, los dos ojos que nos la permitirían
ver. Estoy, pues, muy lejos de pretender hacer yo la historia del latín
vulgar; sólo propondré algunas ideas, algunos datos indispensables para
conocer el fonetismo latino-castellano.
Sabemos con toda certeza que además del latín escrito, que conocemos
por las obras literarias, existió el habla de los romanos, algo
distinta de ese latín literario y distinta en las diversas épocas.
Á esa habla se refieren los mismos autores latinos, cuando mientan
los términos vagos de _sermo vulgaris_, _plebeius_, _usualis_,
_cottidianus_, _inconditus_, _proletarius_, _prisca latinitas_, etc.,
etc., en oposición á los de _sermo urbanus_, _eruditus_, _perpolitus_,
etc. Unos y otros desaparecieron de hecho con la caída del Imperio,
ahogados y puestos en olvido por las lenguas románicas, que habían ido
formándose insensiblemente en las provincias al evolucionar el habla
vulgar romana entre razas tan distintas, que habían hablado antes sus
idiomas indígenas y tenían sus particulares tendencias fonéticas y
semánticas, efecto de la idiosincrasia fisiológica y psicológica de
cada raza.
Lo primero que echa de ver el que ha estudiado comparativamente las
lenguas indo-europeas, es que el latín antiguo vulgar, tal cual se
trasparenta en las inscripciones, en los mismos autores clásicos que
afectan arcaísmos, y en los más viejos documentos, se allega más en
el fonetismo á las demás lenguas de la familia y á las otras lenguas
itálicas en particular, que no el latín clásico de la época de Cicerón
y de Augusto. Luego veremos algunos casos prácticos que lo demuestran
palpablemente: baste decir en general que e, o del antiguo latín,
de muchos dialectos itálicos y de las demás I E, toman en el latín
literario un timbre más estable, i, u; que los antiguos diptongos
debidos al refuerzo ó guna, por el que deico es paralelo á δείχ-νυμι
etc., etc., se contraen en latín literario en i, u, etc. No menos
manifiesto es que las tendencias del literario van formando y dando
carácter cada vez más idiomático á esta lengua semioficial conforme
adelantan los tiempos, pues se les ve apuntar en los más antiguos
escritores y ya generalizarse en la época clásica. De modo que en
sus principios el literario no se distingue apenas del vulgar; pero
poco á poco cada una de estas lenguas, evolucionando conforme á sus
particulares tendencias, van diferenciándose más y más. Con todo, al
paso que crece la potencia del literario, por ser habla oficial é
imponerse por la administración central, por el establecimiento de
escuelas, por el mismo influjo del esplendor de la literatura, la
reacción, por decirlo así, oficial y erudita, entabla lucha mortal
con el habla ordinaria del Imperio, y llega en la época del mayor
esplendor literario y político, desde Augusto á los Antoninos, á
influir poderosamente en esa habla ordinaria. Pero declinando el poder
imperial, enflaquecida esa fuerza impuesta, el latín vulgar prosigue
su camino, arrolla al literario y lo vence, haciéndole desaparecer de
la escena. Tenemos, pues, una _prisca rusticitas_, más conforme al
indo-europeismo, y que encerraba en germen las tendencias que después
se desenvolvieron, dando su carácter analítico y aun su fonetismo á
las románicas; y junto á ella un latín _literario_, que tomando otra
dirección se desarrolla, y apoyado en la fuerza de la política y de
la literatura trata de matar el habla común, sucesora de la _prisca
rusticitas_, influye en ella, pero á su vez vencida y avasallada al
faltarle el apoyo oficial, muere á sus manos. Esta victoria del
elemento democrático sobre el aristocrático podría dar margen á
largas y profundas consideraciones en el terreno sociológico y en el
lingüístico; pero no me detendré más, y paso adelante.
Aquella _prisca rusticitas_, verdadero representante romano del
habla aria en Roma, siguió su camino desenvolviendo sus tendencias
analíticas, como siguieron desenvolviendo las mismas tendencias las
germánicas y el griego vulgar en Europa y las lenguas ario-iranias en
la India, en la Persia y en la Armenia, pasando sobre los cadáveres
de las lenguas literarias, que buscaron su sepultura en el efímero
engalanamiento del artificio de un día. La naturaleza sola es duradera;
lo artificial, momentáneo. El latín literario, una variante del
verdadero ó antiguo latín vulgar, por haberse separado de éste para
acomodarse á las modas de unos cuantos literatos y al modo de ser
extranjerizo del griego, atrofiado en manos de los mismos literatos y
helenizantes, fosilizado en las brillantes oraciones ciceronianas, el
autor más clásico y el ápice del latín literario, hubo de fenecer con
la misma literatura y pinchado en la misma lengua del orador romano.
La diferenciación había comenzado probablemente con la formación de la
misma ciudad y pueblo de Roma[22]. Sus dos clases de puros latinos,
que fueron luego el patriciado, y de sabelios y otras gentes itálicas,
oriundas, sobre todo de la montaña, y de los demás elementos allegados
de la llanura ó Campania, llevaban en sus labios todos los gérmenes de
idiomas algún tanto diversos. Esta divergencia fué agrandándose, cual
se separan los dos lados de un ángulo, ya por la natural tendencia
de la aristocracia á distinguirse de la plebe, ya por el prurito,
poco después avasallador, de helenizarlo todo, mayormente desde que
Andrónico llevó á Roma el culto artístico de los helenos. Verdadero
dialecto del latín común, y distinguiéndose apenas del habla popular
en un principio, fué separándose cada vez más, quedando enteramente
fijado por los autores del siglo de Augusto. Pero como el lenguaje no
puede detenerse en su curso, so pena de quedar petrificado como la
mujer de Loth, esa sanción literaria le condenó á muerte. La historia
suele repetirse, y un mismo sol alumbró en distanciadas regiones dos
acontecimientos gemelos. El idioma védico siguió al pasar el Ganjes
su evolución; pero los himnos de los antiguos Richis se refugiaron en
los conventos, donde toda la civilización del Sapta-Sindhu, encerrada
cual crisálida en su capullo, había de convertirse en la esplendente
civilización brahmánica. Allí nació Brahma, endiosamiento del lenguaje,
de los Vedas, y allí entre las glosas, prātiçākhyas y casuismos
gramaticales, políticos y religiosos de los monjes guardadores del
depósito sagrado, nació el habla perfecta, el sanskrit, que pudo
consignarse después por escrito cerca ya de la Era cristiana en un
alfabeto tan divino como le correspondía, en la escritura devanāgarī.
El elemento semidemocrático alzóse contra los tiranos Brahmanes,
valiéndose de los mismos principios sobre que se levantaba todo su
artificioso poder, y con el nombre de Budhismo luchó á brazo partido
y se llevó de calle los pueblos orientales. Aquel fué el momento
en que los adoradores de Brahma sacaron su Verbo, y el Sanskrit
clásico, desenclaustrado, comenzó su era de esplendorosa literatura,
reaccionando contra el Budhismo y contra su instrumento el Pali. Tan
artificial como el latín clásico, obtuvo el Sanskrit largos siglos la
hegemonía; pero las hablas vulgares, que en vez de estacionarse entre
los laureles gramaticales de los Paninis ó Quintilianos siguen adelante
en su natural evolución, dejaron fosilizada aquella habla divina, hoy
sacada de su sarcófago por los indianistas, como de su sarcófago habían
sacado al latín literario los del Renacimiento.
Las lenguas románicas no mataron al latín vulgar: fueron sus
continuadoras en la Romanía. Pero antes de salir de Italia y conquistar
el Mediodía de la Europa occidental, aquella _prisca latinitas_ hubo
de recorrer toda la Península, y si logró imponerse y triunfar de las
lenguas todas itálicas, no fué sino á costa propia, coloreándose de los
matices de todas, enriqueciéndose con sus despojos, al par que perdía
algo de su original personalidad.
Es menester no conocer las antiguas lenguas de Italia, no haber hecho
el cernido del latín vulgar, ya en sus elementos fonéticos, ya en los
lexicológicos, para creer que el latín llevado á las provincias por
los conquistadores era el latín puro de la antigua Roma, y mucho menos
el de las familias aristocráticas. Conocemos por Tito Livio (XXVII,
9, 10) las colonias latinas que hasta Aníbal (208 antes de J. C.) se
habían desparramado por Italia. Desde este momento para el habla de
los Romanos hubo de empezar una nueva era. Hasta la guerra social,
época en que se extinguen las últimas protestas patrióticas de los
pueblos subyugados, y sobre todo hasta Sila, los dialectos meridionales
llevan al latín nuevos elementos lingüísticos, y las diversas hablas
de Italia se constituyen, todas ellas cual dialectos latinos, pero
seguramente matizados por el fonetismo local. Sin admitir la hipotética
división de dialectos sugerida por Mohl[23], en general su idea no
puede rechazarse; la unidad del latín vulgar, si tal vez llegó jamás
á realizarse de una manera completa, á pesar del dicho de Quintiliano
de que el latín era en toda Italia sensiblemente uniforme (lo cual
puede entenderse del vulgar tanto como del literario), mucho menos
se había realizado por aquella época, en que, vivaces aún al dar el
último suspiro las lenguas itálicas, no tenían por enemigos la mayor
centralización posterior, las escuelas que después en las provincias se
establecieron, y la literatura, que aún no había difundido su pujante
influencia.
Aún bastante más tarde asevera Quintiliano (_Inst._ I, v. 56) que los
italiotas se distinguen en la pronunciación como los metales. Suetonio
(_Oct. 88_) habla de un funcionario palatino que disgustó á Augusto por
decir isse en vez de ipse: era vulgar, como se ve por las inscripciones
de Pompeya, en osco essuf, en úmbrio essu, isoc, eso. En Plinio (_Ep._
IX, 23) se pregunta: «¿Italicus es an provincialis?» La _lex Julia
municipalis_, al fijar el latín como lengua oficial de toda Italia, dió
el golpe mortal á todas las lenguas de la Península, que desde aquel
momento fueron despeñándose más y más y acabaron por fenecer más tarde
ó más temprano. Pero en aquella lucha, en que había de vencer, el latín
hubo de colorearse con no pocos matices de las lenguas vencidas, tanto
más cuanto mayor era el parecido fonético. «Neque solum _rusticam_
asperitatem, sed etiam _peregrinam_ insolentiam fugere discamus»,
escribía Cicerón (_De Orat._ III, XII, 44).
La lengua que primero y más decisivamente influyó en la antigua
rusticitas del Lacio fué el úmbrio, por el mayor parecido en sus
tendencias con aquel latín vulgar y por las circunstancias históricas
en las que se fusionaron. Conquistada y colonizada la Umbría desde el
s. IV ant. de J. C, sus habitantes fueron siempre amigos de los romanos
y de los más favorecidos en todos los derechos políticos. Siguió
hablándose el úmbrio, pero influyendo en el latín y perdiendo cada día
terreno. Abandonóse el alfabeto nacional, que era el etrusco, hacia el
s. III ant. de J. C., conservándose tan sólo en los escritos rituales.
En el s. I por la ley Julia todo se latiniza y el úmbrio sólo queda
como lengua religiosa. Así se escribieron las _Tablas Eugubinas_ con
letras etruscas y con letras latinas, sirviendo el texto latino para el
uso ordinario y el otro como documento testificativo y religioso de la
venerable antigüedad. Fuera de las II y IV, todas las tablas son del
reinado de Augusto, de modo que los documentos úmbrios que poseemos
datan del II ó I siglos antes de J. C. y del I después de J. C. La
parte escrita con caracteres latinos no puede por su epigrafía ponerse
antes del principio del s. I después de J. C. El latín vulgar, influído
poderosamente por el úmbrio, fué el núcleo del latín hablado de Italia.
El Osco y demás dialectos del Sur de la Península influyeron menos y
tenían tendencias más parecidas á las del latín literario que no á las
de la antigua rusticitas.
Si el úmbrio influyó sobre el latín hablado, el osco parece debió
influir más bien sobre el latín literario. Según Tito Livio (IX, 36),
el etrusco era todavía la lengua literaria de los romanos cuando los
pueblos de lengua osca recibieron los primeros establecimientos de
los vencedores en el siglo IV, Capua en 342, Luceria en 320, Venusa
en 290. La cultura de estas ciudades era muy superior á la de los
entonces toscos romanos, merced á la influencia helénica; el osco,
tras un glorioso pasado, llegaba á lo sumo de su apogeo literario, y
pudo educar la naciente literatura latina. Ennius, Pacuvius, Lucilius
eran naturales de países donde se hablaba el osco; un samnita hacía
tragedias griegas en Catana (PLUT., _Timol._ 31, 1); un orador lucano
peroraba en Siracusa (DION CRISOST., _Or._ II, pág. 113); había
filósofos samnitas discípulos de los griegos (CIC., _Senect._, 41). El
latín apenas adelantó un paso en la Italia meridional hasta la época
de la guerra social, en que la fuerza venció todas las resistencias
patrióticas. Por lo demás, las vocales, los diptongos, las consonantes
del osco convenían casi enteramente con los sonidos latinos, y su
fonetismo fué el fonetismo que distinguió al latín literario del latín
vulgar. El osco, refractario á la contracción de diptongos y á la
debilitación de i en e, de u en o, fenómenos propios del úmbrio y del
latín vulgar, se opuso á que éste, modificado ya por aquél, pasase al
Sur de la Península. En el siglo I después de J. C. todavía se empleaba
el osco en las actas oficiales, nada menos que en Nápoles, cuando ya
el úmbrio sólo se conservaba entre literatos y sacerdotes, y siguió
hablándose durante el Imperio en las ciudades y en los campos. En
el latín de Cartago es donde más influjo tuvieron las lenguas de la
Italia meridional. El osco tuvo que empezar á perder terreno desde la
guerra social, sobre todo cuando, despoblado casi el Samnium y traídos
habitantes de otras regiones además de las colonias militares romanas,
echó Sila las bases de la latinización completa de Italia, abandonando
la antigua política romana de dejar la administración y la lengua
indígenas en los países conquistados. Esta política de Sila fué la que
siguieron después Augusto y sus sucesores en las provincias, originando
así la uniformidad mayor ó menor del latín hablado en todo el Imperio,
ayudándose mutuamente, como suele suceder, la unidad política y la
unidad de idioma.
El latín que las legiones romanas llevaron á sus primeras conquistas
fué el latín vulgar, no influído todavía por el literario, y cargado
en cambio de los arcaísmos de la antigua rusticitas[24] é impregnado
ya con toda suerte de elementos itálicos. Tal es el primer fondo del
latín vulgar de España y de Cerdeña, que contiene rasgos arcaicos y
dialectales itálicos, no hallados en las demás provincias. Conviene
recordar el orden en que fué introducido en éstas el latín: Italia,
Cerdeña (siglo III antes de J. C.), España (siglo II), Cisalpina,
África, Iliria, Provenza (125), Galia septentrional, Rethia, Dacia. En
lo que se refiere á España, Artemidoro de Éfeso, que escribía hacia la
época de la guerra social, dice en un fragmento de su _Periplo_ que
algunas tribus españolas de las costas hablaban, no el latín, sino
la lengua de los italiotas: «γραμματιχῆ δὲ Χρῶνται τᾗ τῶν Ὶταλῶν οἱ
παρἀ θάλασσαν οἱχουντες των Ὶβήρων» (Cfr. SCHUCHARDT, _Vok._ 1, 93).
Era, sin duda, el latín cargado de umbrismos de la Italia central, que
entonces empezaba á bajar también hacia el Sur de la Península italiana.
Naturalmente, cuanto antes fué colonizada una provincia, tanto más
arcaico hubo de ser el latín que formó la primera base del romance.
Los autores de glosarios y compiladores de arcaísmos son africanos,
precisamente porque allí se usaban tales términos: Nonius, Fulgencio,
Placido, que escribió en África ó tal vez en España, Charisio, de
origen africano, el mismo Apuleyo de Madaura, en África. Estos
autores hicieron lo que nuestro S. Isidoro, cuando recogía los
términos característicos del habla vulgar de España. El comienzo de la
colonización de nuestra patria fué á fines de la República por colonos
italiotas, con muchos auxiliares pelignianos, marrucios, campanos,
samnitas. El italismo aparece aquí antes que en ninguna parte. Sertorio
quiso tal vez formar una nueva Italia en España, en la que todos los
de nacionalidad italiana gozasen de los mismos derechos. Su senado
constaba de 300 miembros después de habérsele unido Perpenna el año 77,
tanto de italiotas como de romanos. Escipión el africano fundó en 204 á
Itálica famosa, favoreciendo la colonización de los mismos italiotas.
Sus habitantes, coloni italicenses, formaban parte de la tribu Sergia.
Eran, pues, políticamente romanos; pero italiotas de origen, sabinos,
faliscos, marsos, oscos; y sin duda entre los vencidos en la guerra
social no faltarían quienes vinieran á buscar aquí una nueva patria.
Tal es la causa de que el castellano contenga bastantes elementos de
la antigua rusticitas del Lacio y de las lenguas itálicas, elementos
procedentes de los siglos II y I antes de J. C. Por ej., cueva de cova,
ñūdo por nōdus, por la ū del osco, del sabino, en vez de la ō latina.
Varron dice del coenaculum falisco, que se empleaba por comedor en
Faleria, Lanuvio y _Córdoba_. Ya hemos visto que isse por ipse era
dialectal, y que en úmbrio se decía essu y eso: es nuestro ese, eso,
que sin duda viene del úmbrio, pues en Cerdeña es usadísimo (issu, su),
y en España se encuentra (ipse) en las inscripciones, en vez de los
demás demostrativos. La contracción de au átono en o, excepto delante
de sílaba con u, procede del úmbrio, y era propia del antiguo latín
vulgar; el influjo literario restauró después en gran parte el au. La
3.ª p. plural -unt, legunt, substituyó durante el Imperio por reacción
erudita á la itálica antigua -ent del osco-úmbrio stahint, benurent;
pero se conservó donde ya había echado hondas raíces, en Cerdeña y en
España: elien, fachen y piden, abren, cogen. La preposición per en
vez de prō se encuentra en todos nuestros documentos más antiguos,
como en el testamento de Odoar del año 747: «_Per_ suis terminis»: es
el per úmbrio empleado con ablativo, tota-per, nomne-per, como περί,
empleado por el antiguo latín, de donde el per italiano, el per del
antiguo castellano, del cual derivan pero, para y por. Conocida es
la -i del plural italiano, que colorea con este timbre delgado toda
aquella lengua. Ni en España ni en Cerdeña existe. Ninguna lengua
itálica formó el nominativo plural en -ī excepto el latín: aun en las
inscripciones antiguas latino-itálicas se ven formarse nominativos
como filios, vireis, scalas. En úmbrio la 1.ª declinación lleva -as en
el nom. plural, urtas, anglar por rotacismo, en vez del -ai latino,
musai. Lo mismo en osco: pas exaisc-en ligis scrif_tas_ set = qu_ae_
hisce legibus script_ae_ sunt. En la 2.ª decl. el úmbrio lleva -us,
prinuvatus; el osco lo mismo, Abellanus; mientras que el latín -i,
domini. Sólo, pues, por la reacción erudita del tiempo del Imperio se
explica esa -i italiana; pero esa reacción nada pudo en Cerdeña ni
en España. El dativo pronominal uī, eī de formación reciente, masc.
illuī, fem. illeī, por el epiceno illī, existe en todas las románicas,
y aparece en las inscripciones italianas desde los primeros siglos del
Imperio. Sólo falta en castellano-portugués y en sardo; en España y
África no aparece ni en una sola inscripción.
Estos hechos prueban varias cosas. En primer lugar, el influjo de
la antigua rusticitas y del úmbrio en el latín de España y en el
castellano. En segundo lugar, que la reacción erudita no fué tan
poderosa en España como en Italia, contra lo que asevera Mohl, el
cual parece que con insistir en esta aseveración ya da satisfacciones
cumplidas á los defensores de la unidad del latín vulgar y á los que
dicen que las lenguas indígenas no influyeron en las románicas. Cuanto
más distanciadas estaban, dice Mohl, estas lenguas del latín, tanto
más puro se habló el latín, tanta mayor influencia tuvo la reacción
literaria y tanto mejor se olvidaron los idiomas indígenas; y por eso,
aunque el latín viniendo á España antes que á otras provincias hubo de
traer elementos arcaicos y dialectales itálicos y el castellano hubo de
evolucionar antes que las otras románicas; pero la reacción literaria,
mayor aquí, niveló pronto el latín de España con el resto del Imperio.
Tal parece discurrir, ó debe de discurrir, á mantener el dogma de la
unicidad del latín vulgar. Pero los hechos desmienten este razonamiento
y prueban que los elementos arcaicos y dialectales subsistieron en
España, sin que la reacción erudita pudiera borrarlos, y que, por lo
mismo, si el latín de toda la Romanía fué esencialmente el mismo, en
concreto existieron diferencias dialectales de tanta monta como las
que acabamos de ver y otras que irán insinuándose, sin contar con el
elemento ibérico. Sólo añado por ahora la no existencia en España,
demostrada por el mismo Mohl, del hic y del dativo reaccionario, que
dió lui y leur á casi toda la Romanía, pero que no entró en España. La
verdad es que no acabo de entender la última decisión de Mohl cuanto á
la doctrina de la unicidad del latín vulgar: los hechos se la hacen
negar unas veces, otras la opinión general le arrastra tras sí.
La teoría generalmente admitida entre los romanistas es que los
romances provienen de un latín vulgar, idéntico en todo el Imperio,
entre los siglos II y IV después de J. C., es decir, después de
la conquista de la Cisalpina en el s. II, y sobre todo durante la
romanización de la Transalpina. Esta teoría supone que sólo el celtismo
pudo influir en ese latín vulgar, y que no influyeron ni el latín
antiguo (antiqua rusticitas), ni las lenguas itálicas. En esta época
fué realmente cuando el latín hablado llegó en todo el Imperio á ser
más uniforme y á parecerse más al latín literario y oficial, por razón
de la mayor unificación y centralización política y del mayor apogeo
de la literatura. De aquel latín vulgar común provienen los caracteres
comunes de todas las románicas y cuanto se encuentra de común en todas
ellas. Es más, de entonces data el trasiego de vocablos y radicales á
todas las regiones de la Romanía, los cuales eran indígenas de una ó de
otra exclusivamente. El léxico románico, compuesto de radicales latinos
y no latinos, se fundió entonces y se generalizó en todo el Imperio
románico. En esta doctrina se apoyan los romanistas para inventar una
forma latino-vulgar que explique cualquiera otra forma de cualquier
romance. De tales formas latinas bien se puede repetir lo que dijo
Sittl: «Das Vulgärlatein, mit welchem die Latinisten operieren, ist ein
Phantasiegebilde» (_Jahresb. Fortsch. Klass. Altert._, t. LXVIII, p.
526-540): es un latín de pura fantasía. Seduce la precisión matemática
con que se reconstruye de esta manera el léxico latino y con que se
deducen de tales formas forjadas todo un sistema de leyes fonéticas,
que después se aplican mejor ó peor á otros vocablos. Y como para
que quepan todas las variantes románicas no hay más que ensanchar la
fórmula latina, el negocio es fácil, no hay más que poner fórmulas
generales. Se trata, dice Mohl, de explicar la contradicción entre el
it. orzo y el cast. orzuelo ante el prov. ordi y fr. orge. Se dice que
en latín vulgar -di- en hiato después de consonante todavía no había
consonantizado la i, que en todo el Imperio se pronunciaba *ordĕu ú
ordĭu. Con esto las formas modernas provienen de aquella época, lo
mismo que las antiguas: en la fórmula caben todas ellas. Es lo que
hacen los indo-europeistas al explicar todas las formas de las lenguas
indo-europeas, sin tener en cuenta la cronología ni la evolución
particular de cada una de ellas.
Tal es el sistema _comparativo_, cuando á la vez no es _histórico_: se
exagera y convierte en teórico y ultrametafísico. Si el latín vulgar no
es más que lo que podamos deducir de las románicas, ese latín siempre
será una lengua típica y formularia, que explique las románicas, y nada
más, una lengua de abstracciones. Y claro está, no teniendo en cuenta
la investigación histórica, prescindiendo de la cronología de las
formas, la ilusión de rigor científico que presenta este procedimiento
teórico arrastra y satisface. Pero la realidad es harto más compleja.
Cuando se nota la predilección en España por los pronombres iste,
ipse, y lo esporádico de hic, y la ausencia completa de huic, huius en
toda nuestra epigrafía, mientras se menudea tanto en otras partes, no
puede menos de ocurrir la sospecha de que el latín de España en algo
difería del de Francia é Italia, y que es una ilusión pretender poner
como tipos del latín vulgar general hic, huic, illuī, illūius, que en
España no aparecen jamás. Los elementos arcaicos que no pueden menos de
confesarse, se tratan de explicar como formas aisladas y de acarreo,
con tal de que subsista en pie la unidad del latín vulgar. Pero las
tesis deben desaparecer, cuando los hechos claman contra ellas. Además
esta tesis lleva prácticamente á querer hallar un vocablo latino para
cada vocablo románico, como si las románicas no tuvieran formas debidas
á su propia evolución. Este elemento idiomático, originado dentro de la
vida de los romances, es precisamente el más interesante para cada uno
de ellos, y es el que con mayor empeño pretendo yo que resalte en mis
estudios acerca del castellano, sin negar nada de lo que legítimamente
ha de atribuirse á la lengua común latino-vulgar.
Desde la guerra social el latín oficial y literario lucha contra el
latín hablado y contra todas las tendencias dialectales que había
ido recogiendo al través de Italia y en su marcha triunfante por
las provincias. Esta reacción erudita va creciendo á la par que el
poder y la centralización oficial romana hasta Augusto y sus primeros
sucesores. Las escuelas, la administración oficial, el arte literario
son sus principales palancas. Desde los Antoninos en el s. III la
lengua literaria y oficial comienza á decaer vencida en toda la línea
y á principios del s. IV desaparece. Las provincias más tardíamente
conquistadas recibieron, por consiguiente, un latín más parecido al
literario, Portugal ó Lusitania y el Norte de la Galia. Mientras en
España _conocer_ y en Italia _conoscere_ provienen del antiguo y vulgar
_conōscere_, en Portugal el erudito _cognōscere_ dió _conhecer_, en
Francia _conoistre_ con _n_ por _gn_; pero al Sur _conoscere_ junto
á _cognātus_, prov. _conhat_, cast. _cuñado_. El latín hablado en
todo el Imperio adquiere en esta época su mayor unidad, coadyuvando
poderosamente el continuo trasiego de las legiones que pasan de un
punto á otro llevando á todas partes las variantes dialectales de
todas.
En algunos centros españoles el latín literario debió reaccionar
poderosamente. Conocida es la completa latinización de parte de
Andalucía: las escuelas de Córdoba fueron famosas, más todavía que las
de Narbona, fundadas para romanizar la Provenza. Sólo en Provenza y en
España existe el pluscuamperfecto, que era rarísimo en latín vulgar, y
cuyo empleo en estas dos regiones parece deberse al influjo literario.
Otro tanto se diga de los tipos del perfecto de subjuntivo, fuerim,
habuerim, cantaverim, que no existen ni en Cerdeña: fuere, hubiere,
cantare, en portugués fôr, houver, cantar, no vienen del vulgar latino,
sino de la reacción literaria. Pero no es completamente exacto el dicho
de Mohl: Sin el latín literario no se hubiera uniformado el latín
vulgar, y los romances hubieran aparecido cuatro siglos antes. ¿Acaso
el latín se plantó en España sin evolucionar, aguardando á que se le
llevara á las últimas provincias conquistadas? ¿Ó tuvo tal poder la
reacción literaria que deshizo todo lo producido evolucionando durante
ese lapso de tiempo? No desaparecieron los arcaísmos y dialectalismos
itálicos, ni se volvió atrás en su evolución el latín de España: por
consiguiente, siempre hubo de tener algunos caracteres que le fueron
propios.
Hay, pues, en nuestro romance una mezcla de elementos eruditos con
otros arcaicos, debidos á que cuando vino por primera vez el latín
vulgar el literario todavía no estaba del todo fijado ni había influído
sobre el habla vulgar, llena de italianismos. Este doble carácter
distingue á nuestro romance de todos los demás, conviniendo con el
sardo en el elemento arcaico y diferenciándose de él en el literario,
que en Cerdeña dejó muy pronto de influir en la época imperial.
Cadiello viene del katel úmbrio, como catellus en Reichenau, no del
catulus. El influjo úmbrio dominó durante el Imperio extendiendo _-el_
de nominativo á los demás casos, haciendo olvidar el _-olo_, lat.
_-ulus_, _-ulum_: catel, acus. catello (úmbrio katlu): de aquí el
vulgar _-ello_, cast. _-iello_, luego _-illo_, cuchiello, cuchillo de
cultellus, preferido con vitellus por Plauto á los clásicos catulus,
vitulus. Estas huellas itálicas deben de subsistir más claras y en
mayor número en los patois italianos, donde siempre debieron de existir
dialectos rústicos del latín vulgar: al finalizar el Imperio se hablaba
mejor el latín en algunas poblaciones de España y Provenza que en
Italia. La lucha entre el latín literario y el vulgar termina en el s.
III, en el que vence el vulgar en los autores cristianos; en el s. IV
Claudiano y los puristas versifican ya en un idioma literario muerto.
El latín de Dacia ó su descendiente el rumano merece especial interés,
pues nos presenta el latín que hablaban las legiones imperiales en los
siglos II y III, ya que pronto quedaron allí los colonizadores como
separados del resto de la Romanía y nunca hubo especial influencia
literaria.
En Italia el latín en tiempo de los Gracos se componía de infinidad
de patois locales, que fueron unificándose hacia la guerra social en
una lengua común bastante uniforme. En Dacia el país estaba abandonado
casi enteramente al invadirlo los romanos, el latín militar llevado
por Trajano era el general del Imperio durante los siglos II y III de
nuestra era. Los colonos eran «ex toto orbe romano» (Eutropio VIII,
6), sobre todo eran legionarios, unos 25.000 hombres; la literatura
no influyó allí, pues no hubo escuelas por no haber bárbaros que
latinizar, la dominación fué efímera. El rumano presenta el latín
vulgar común del Imperio á fines del s. II: los plurales -i, -e, las
2.^{as} personas en -i, la caída de las consonantes finales, o u, como
representantes del au átono, el tratamiento de las paladiales, son
fenómenos comunes al rumano y al italiano, y de Italia debieron partir
la mayor parte de los colonos de Dacia. Después del fondo italiano
contribuyeron más al latín de Dacia el de Rethia y el de España por
medio de los auxiliares militares de las legiones, pues los de la
colonia trajana, según aparece por las listas de Goos, son casi todos
españoles, retos y sirios. Los hispanismos del rumano actual son
manifiestos. El verbo ajuná, macedonio adzuná = ayunar. Al finalizar
de la República jā- átona se hace jē- en literario; Plauto no conoce
más que iāiūnus, iānuārius quedó junto al iēnuario vulgar á causa de
Iānus. De modo que iāiūnus es más antiguo que iēiūnus, y Thurneysen
cree que antes fué *ēiūnos, skt. ājūna. En Philoxeno ēiunat, de donde
por asimilación iaiunat, luego por reacción literaria ieiunat, ó tal
vez de eiunus salió aiunos. La legión VII Galviana, compuesta de
tarraconenses y llevada por Galba á Roma y al Lacio (TAC., _Hist._ I,
6; SUET., _Galba_, 10), fué la que más hispanismos llevó á Roma y á la
Campania. Un hispanismo es la general suavización de las explosivas,
sin excepción en España, sin duda por influencia itálica anterior. En
Italia la reacción erudita se opuso á la generalización de la ley. En
úmbrio las explosivas tendían á suavizarse ante r, l: subra = lat.
supra, kabru y kapru mandraclo, podruhpei; en osco también: embratur =
imperator; peligniano empratois, osco Aderl(ú) = Atella, úmbrio adro,
adrer = āter, en Igubium -br- por -pr-. En el latín imperial de Italia
las mudas ante la r nunca llegaron á suavizarse del todo, pietra,
padre, ladro; capra, cavriulo en Toscana. La -t final cae pronto en las
inscripciones provinciales; en Roma y el Lacio, al revés, tarda mucho
en caer. En Pompeya (s. I) pedikaud, liciid, ya se suaviza en -d,
como en osco; luego las formas sin dental, muy generales al Norte, se
generalizan. Del s. IV al V sólo persiste la dental ante vocal.
Después de los Antoninos, desde el s. IV el latín imperial hablado
se descompone perdiendo la unidad que en mayor ó menor grado había
conseguido apoyándose en el lenguaje literario y oficial. Las
provincias caen en la cuenta de la debilidad del poder central,
despiértanse sus iniciativas y su autonomía política y administrativa,
la disolución comienza en la lengua como en la política.
Al retirarse en 329 Constantino á Bizancio da á entender que no podía
ya conservar la unidad política, abandona el Occidente á su propia
suerte, á la futura civilización que ya despuntaba. Teodosio en 395
no hizo más que confirmar oficialmente esta escisión, dividiendo para
siempre el Imperio. Las lenguas románicas habían ahogado, no sólo á la
lengua latina literaria, sino á la latina vulgar, de la cual habían
nacido. Cuando Odoacro destruyó el Imperio de Occidente en 476, todo
latín había dejado de existir, dice Gröber[25]. Francia quedó libre de
toda relación con el Imperio romano en 538, España entre el 615 y el
623, Italia en 650[26].
Pero el latín literario continuó siendo la lengua oficial y
diplomática, el habla de la ciencia y de la cultura. Se enseñaba
exclusivamente en las escuelas y era el único instrumento de
comunicación para todo el que escribía. Los romances eran considerados
como no distintos del latín, eran el latín mal pronunciado, que
no podía escribirse. Sin embargo, la cultura iba decayendo, y los
escritores aprendían cada vez peor esta lengua oficial. Además las
instituciones y costumbres traían consigo sus términos propios en las
lenguas vulgares, ya derivados del latín vulgar, ya de las lenguas
nacionales, ya de las que trajeron los bárbaros del Norte, ya del
griego en el culto católico, etc., etc. Parte por la necesidad de
tener que nombrar nuevos objetos, parte por ignorancia del buen
latín clásico; los mismos escritores de los tiempos medios se veían
precisados á latinizar todos esos términos vulgares. Ese latín
medioeval es el llamado bajo latín, y es de suma importancia tener
entendido que ese latín no fué jamás lengua vulgar que se hablara; era
la lengua literaria antigua, bien que no bien sabida, con latinización
de muchos vocablos vulgares; era una lengua muerta de nacimiento y
artificial, como lo era en el s. XVI entre los teólogos y filósofos y
aun entre los autores de cualquiera materia que escribiesen, cuando lo
hacían en latín. Es, por consiguiente, un crasísimo error el creer que
los escritos en mal latín de los siglos VIII, IX, X, XI están en la
lengua vulgar hablada, y deducir de aquí que en tales escritos se ve
cómo se transforma el latín en las lenguas romances. Tales documentos
son latinos, escritos en una lengua artificial y muerta ya hacía
siglos; aunque á veces es tan malo el latín, que induce á creer que
era el latín que se iba corrompiendo y transformando en romance. Si
el _Fuero de Avilés_ estuviese redactado en lengua vulgar, se daría
el caso de que desde él hasta las _Partidas_ la evolución lingüística
hubiera sido cien veces más rápida y mayor que desde las _Partidas_
al _Quijote_. El Fuero de Avilés quiso escribirse en latín y resultó
escrito en una mezcla de lenguas, parte reales, parte imaginarias: es
el documento más polilingüe que existe, el arlequín de los documentos.