La cuestión del casticismo, que toqué tan someramente como lo pedían
las circunstancias en mis últimos artículos de _Los Lunes de El
Imparcial_, no parece ha dejado del todo convencidos á algunos de
los aficionados de por acá á las genuinas letras españolas, que por
desgracia son menos de lo que pudiéramos y debiéramos prometernos.
Según ellos no quedó bien claro mi pensamiento; y como les picó la
curiosidad por entrever algo de cierto y de no poco momento para la
restauración del estudio del castellano, creo no se llevará á mal el
que vuelva á lo mismo, particularizando algunos puntos, en los que no
me detuve por creerlos sobradamente conocidos.
Hay quien supone que por mis aficiones al éuskera, pretendía yo no ser
castizos cuantos vocablos tiene el castellano de otras lenguas, fuera
de ésta, por manera que los del _Quijote_ quedarían reducidos poco
menos que á un millar y harto mermado el léxico castellano de nuestros
más clásicos autores. Hase dicho que he manifestado en mis obras cierta
prevención ó malquerencia á romanistas y al romanismo del castellano.
Mal debí darme á entender, cuando personas de tan claro talento no me
entendieron.
Dado el concepto general de lo castizo, que á mi manera declaré y creo
se aceptará, pues no es más que el de tener por español aquello que se
ha usado y usa por la generalidad del pueblo de España, y de la América
española, añado aquí, naturalmente, cuanto más español sea un vocablo
tanto será más castizo. Y no cabe duda que hay en esto sus más y sus
menos. El latín, que evolucionando vulgarmente nos dió toda nuestra
gramática, es la base y fundamento del estudio del castellano. El
romanismo ó estudio de esa evolución en todas y cada una de las lenguas
romances, es, por consiguiente, de la mayor importancia. Que yo sienta
prevenciones contra ese romanismo no podrá sospecharlo quien conozca
mis obras, pues sobre esos estudios, mayormente los de la _Fonética_,
los más dificultosos é importantes, va cimentado todo mi trabajo
sobre _La lengua de Cervantes_. Tampoco ha de achacarse á prevención
contra los romanistas el que por encima de lo que ellos tratan haya yo
proclamado la necesidad de estudiar el elemento euskérico en nuestro
idioma. Lo cual no es más que extender el estudio del castellano,
sacándolo de los estrechos linderos del romanismo, y esto con alguna
razón, ya que por poco que se admita de cuanto he traído yo del
éuskera, siempre quedarán sufijos, vocablos y fenómenos fónicos tan
claramente euskéricos en nuestra lengua, que merezcan estudiarse y
tenerse en cuenta. Romanista soy yo, como los demás: mal puedo tener
semejantes prevenciones contra los romanistas.
Castizo es en castellano todo cuanto procede del éuskera, quiero decir
de la lengua prerromana hablada por los españoles. Nadie me tachará
de exagerado al decir que lo que era nuestro, antes de venir ningún
extranjero á traernos lo suyo, es lo más nuestro que tenemos.
Llegan los romanos, añaden su civilización y cultura ó dígase la
cultura helénica, y con ella la gramática y gran parte del vocabulario
de la lengua de los españoles se hacen latinos.
Todo este elemento latino de nuestro idioma claro está que es castizo,
aunque no lo sea tanto como la masa de la herencia que antes ya
teníamos, y cuyo origen hay que ponerlo en la misma cuna de nuestra
raza, que, ciertamente, no es latina. Pero hay que distinguir muy bien
cuál es el elemento latino en nuestro léxico, como procedente por
evolución natural del latín al pasar por labios españoles en aquella
primera época del nacimiento de nuestro romance, para no confundirlo
con la mitad del diccionario oficial, que es latino, pero de acarreo,
traído en diversas épocas por los eruditos, no del habla viva de los
romanos, sino del diccionario del latín, cuando ya este idioma había
fenecido. Esa avenida de voces, que ha ido creciendo y subiendo,
sobre todo del Renacimiento acá, es lo que yo no tengo por castizo ni
lo tienen los demás romanistas. Algunos de estos vocablos, los más
antiguos y que se refieren á instituciones populares, han entrado
de lleno en la turquesa fonética del castellano por haber penetrado
hasta el pueblo. Son los vocablos llamados semieruditos, que ya son
castizos por lo mismo, aunque no tanto como los latinos procedentes de
la primitiva evolución. Los demás, que no los usa el pueblo, ó si los
toma en su boca los estropea, mejor diremos los acomoda al fonetismo
castellano, mientras pugnen con este fonetismo y no se derramen á todas
las clases sociales, no pueden considerarse como castizos; son la
escoria del castellano.
¿Que en qué se diferencian de los anteriores? Nada más claro y
averiguado para los romanistas. Los vocablos que evolucionaron
naturalmente, desde un principio se atienen á ciertas leyes fonéticas,
que pueden verse en _La lengua de Cervantes_. Los semieruditos
atiénense á las mismas leyes en general, aunque en parte á otras que
surgieron posteriormente. Pero los vocablos puramente eruditos que
no son castellanos saltan por cima de esas leyes y se pronuncian, no
ya como los pronunciaban los romanos, sino conforme á la tradición
rutinaria y en parte falseada de la pronunciación del latín, porque
no se tomaron del habla viva, sino de los escritos y como aparecen
escritos se pronuncian. Reputare dió en puro castellano retar, en
erudito reputar; pensare dió igualmente pesar y pensar; collocare dió
colgar y colocar; examen dió enjambre y examen; limpidus dió limpio y
límpido; computare dió contar y computar; fames dió hambre y famélico;
colligere dió coger y colegir; pauper dió pobre y paupérrimo; fabulari
dió hablar y confabularse; tractus dió trecho, y tratar trato; filius
dió hijo y filial. Todos los terminados en ivo son eruditos y vienen de
ivus, como repulsivo; vulgarmente ío, como natío, nativo, nativus. Los
que llevan dis, son vulgarmente con des, disculpar, entre los clásicos
del siglo XVI desculpar. Los que tienen in, vulgarmente con en, an,
entender, intendere; añadir, antiguamente, eñadir, inaddere. Los que
comienzan por f sonaron antiguamente con h andaluza, ó dígase con j
suave; los eruditos trajeron la f, que ni sonaba así en latín, sino
como bilabial. De aquí hilo, hilar, á la hila son vulgares, y eruditos
filo, fila; hogar, huego, hoguera, ahogar, vulgares; fuego, desfogar,
eruditos. Toda la letra F y los que comienzan por in, en el diccionario
llevan el influjo erudito.
Resultado, que al fonetismo castellano hase añadido otro fonetismo
anticastellano, que ni siquiera es latino. El grupo ns sonaba s en
latín, como suena en castellano costar de constare; los eruditos han
sacado del cementerio latino el constar, que no pronunciaron los
romanos. Estúdiese la _Fonética_ en _La lengua de Cervantes_; los
términos que no se acomoden á ella son eruditos. El pueblo los estropea
porque no son suyos. Traed una máquina nueva de Inglaterra y tendréis
que traer un ingeniero inglés para montarla, y gracias que nuestros
ingenieros sepan ponerle una pieza estropeada aun después de aprender
su manipulación, y aun no será mucho no sepan echarle aceite. El pueblo
y nuestros clásicos, más castizos y mejores latinistas que los lindos
latinistas que hoy gastamos, dice y decían dotor por el feo doctor de
hoy; dice y decían malino por el no menos feo maligno, y así de otras
muchas palabras en que la ignorancia presuntuosa moderna ha querido
corregir á nuestros grandes humanistas de antaño y al pueblo, que es el
que mejor conoce su idioma.
¿Hemos, pues, de dejar todo ese caudal que, según dicen, enriquece
nuestro léxico literario? Y ¿quién soy yo para imponer leyes á nadie?
Yo mismo echo mano de esas palabras cuando me hacen falta, porque
una vez formado con ellas el léxico técnico en asuntos no vulgares,
extravagancia fuera buscar términos técnicos equivalentes, derivándolos
del diccionario vulgar.
Eso se pudo hacer antes, en el siglo XVI, y en parte se hizo; pero
estuvieron de moda el latín y el griego, y venció el tecnicismo
greco-latino.
Lo único que yo pretendo es poner en claro los hechos, tal como la
ciencia lingüística los conoce. La aplicación á la práctica queda á
merced de la literatura. Lo que sí debieran hacer los literatos es,
reconociendo estas doctrinas, no favorecer tanto los vocablos eruditos
como los de buena cepa castellana, no poner de moda los unos y afear
como groseros los otros, y en todo caso evitar lo más posible los
eruditos, usando cuanto se pueda los vulgares.
Los vocablos eruditos nada dicen á los oídos puramente españoles;
mientras que los vulgares llevan en su raíz castiza y conocida y en sus
sufijos y prefijos castellanos el sello de la raza y el concepto propio
que encierran: son, pues, más estéticos, más coloristas, más sentidos,
más españoles.
Amputar lo entendemos los que sabemos latín, que vemos un podar
todo alrededor; para los eruditos no latinistas y para el pueblo es
un vocablo que nada suena á sus oídos. Sepultar, ni aun para los
latinistas dice gran cosa; pero enterrar ó soterrar, bien claro indican
que es poner en ó so tierra. Le introdujo la espada en el cuerpo:
¿cuánto más gráfico que ese introdujo no fuera se la envainó, se la
envasó, se la ensartó? Defenderse no sabe el pueblo á qué suena; pero
dígasele se escudó, se abroqueló, se reparó, se adargó, y además de la
idea abstracta ven un cuadro completo, un hombre que se cubre con su
escudo, broquel ó adarga, ó se para, echándose atrás. Un hombre confuso
ante el rey, es un puro concepto; pero es una pintura si decimos que
se corre, se pone colorado, se aturde como tordo, se acoquina como si
viera el coco ó fantasma, se empacha como el empachado de indigestión,
se azora como la gallina al ver el gavilán, y otra infinidad de
vocablos pintorescos, que á manos llenas puede hallar el que ha
estudiado el castellano castizo. Siga usted la dirección del camino. El
aldeano de Castilla le dirá: Siga el anhelo del camino. Déjase ir al
amor del agua, dice Cabrera, lo que el hinchado culto diría siguiendo
el agua ó la corriente.
Y esta es la razón por la cual yo prefiero las Celestinas y el
primitivo teatro de Juan del Encina, Lucas Fernández, Naharro, Lope
de Rueda y los entremeses de Cervantes, al teatro posterior, que ganó
en grandiosidad, porque así lo llevaba el adelanto, pero perdió en
españolismo y en casticismo de lenguaje. El teatro primitivo pudiera
haber llegado á la cumbre á donde llegó el teatro medio escolástico y
medio gentílico de Lope y Calderón, si siempre hubieran escuchado con
el cariño que Rueda y Cervantes el habla popular en vez de dar oídos
á latiniparlantes ó medio latiniparlantes. Español tan español como
Lope de Vega en sus mejores dramas, no creo hubiera perdido en apreciar
el habla puramente española como apreciaba los asuntos puramente
españoles. Por eso yo prefiero el _Quijote_ al _Persiles_, _Rinconete
y Cortadillo_ á la _Española inglesa_. ¿Y quién que esté convencido de
la importancia del material artístico para la ejecución de las obras
de arte, y del color local y la sangre de raza que envuelve el léxico
vulgar, junto á lo aguado, seco y descolorido de los términos traídos
de fuera, no estará de mi parte? ¿Que el asunto también hace al caso?
¿Quién lo duda? El del _Persiles_ y de la _Española inglesa_ hace que
Cervantes sea otro que el Cervantes de los entremeses y de _Rinconete
y Cortadillo_. Pero es por lo mismo, porque el asunto no castizo
difícilmente lleva á usar el lenguaje castizo; pero cuando el asunto
es español, hablan los personajes á la española, ó pueden por lo menos
hablar, como en Cervantes lo hacen, aunque no lo hagan siempre en Lope
y Calderón.
Y es que esta cuestioncilla del casticismo, que parece tan baladí,
tiene más miga, porque el idioma es el alma de la raza, y abogar por el
casticismo del castellano es tirar bastante más allá, es anhelar por
el renacimiento castizo de España en todo orden de cosas, es querer
que volvamos los ojos á lo nuestro, aunque sin desechar lo bueno que
de fuera pueda venirnos; porque si España no renace de sí misma,
arrimada á sus tradiciones de raza, en vano serán todos los emplastos
y paños calientes que se le quieran poner por defuera. Á eso voy yo
por lo menos, y vamos todos los que salimos á romper lanzas en pro del
casticismo. Literatura en España que no se haga con lengua castiza no
será literatura española. Claro está que peor enemigo es el galicismo;
pero ese es enemigo declarado, que todo el mundo reconoce. El solapado
es el latino-helénico de antaño, que hoy va tomando mayores fuerzas con
el tecnicismo científico, que acorrala al lenguaje todo entero y se
infiltra hasta en la literatura, tendiendo á convertir su lenguaje en
la aguachinada jerga de comerciantes é industriales, jerga cosmopolita
y por lo mismo sin color, sin brío, sin aceros, sin alma nacional.
[Ilustración]
NAVARRO LEDESMA
EL HOMBRE Y EL LITERATO
Los pocos renglones que me es dado escribir aquí de estos dos que
pudieran servir como encabezamientos para los dos capítulos de la
biografía de Navarro Ledesma, habré de gastarlos en desagraviarle.
Porque acaecen cosas en este cuitado mundo, que aunque parezcan
mentira, no lo son. _Paz á los muertos_ no debió decirse por aquel
á quien no bastó ser terrero inmerecido en vida de mil golpes de la
fortuna que sobre él llovieron, sino que aun después de muerto no
habían de faltar lenguas que se ensañasen cruelmente en su memoria.
Á Paco (así le llamaba todo el que tratándole un par de días tenía
entendederas y corazón de carne), á Paco, digo, á aquel hombre de bien
á carta cabal, á aquel amigo de quienquiera que le conocía, salvo si
no era un necio ó un malvado, á Paco se le ha tenido por un adocenado
escritor, borrajeador de artículos de mediana estofa, y lo que peor
es, por un mal hombre.
Hay literatos á medias: en España lo son los más. Los hay que miran
atrás, los hay que miran adelante, pero con terquedad y tesón muy de
nuestra tierra. Llamo mirar atrás, tener los ojos y los cinco sentidos
clavados en legajos de archivos. Bichos real y verdaderamente risibles,
cuando no contentos con su tarea, merecedora de todo encomio, como que
sin estos peones que acarrean los materiales de la cantera no subiría
la fábrica, se sonríen con autorizada sorna de los maestros que,
asentando los sillares, la hacen subir, de los que discurriendo, digo,
sobre esos datos que ellos allegan, forjan teorías, traban los hechos,
deducen leyes, alzan un cuerpo de doctrina. El mirar solamente adelante
es de algunos que están muy puestos en que hasta el día que ellos
abrieron los ojos, nada se hizo que valga la pena de tomarse en cuenta,
esto es, que los hombres hasta ese feliz momento fueron lastimosamente
unos tontos de capirote.
Paco fué literato de cuerpo entero. No era de los que llevan á mal que
todavía se enseñe en España la miseria de latín y griego que hoy se
enseña; sino de que se hayan dejado por puertas los estudios clásicos,
que sabía él muy bien llevan á donde quiera que van la maciza y honda
cultura, desde Italia y España en la Era del Renacimiento, hasta
Alemania é Inglaterra en la época presente.
Cierto que su natural y exquisito gusto le arrastraban ya de suyo al
puro clasicismo, hollando el clasicismo académico ó de oropel. Tengo el
placer de saborearme leyendo á Cicerón en el ejemplar que él lo leía,
quizá mientras algunos de sus émulos refocilaban sus luengos alcances
con el folletín de algún periódico.
Pero más que clásico, fué Paco español, enamorado de las letras
españolas de nuestros buenos tiempos. También han parado en mi librería
algunos de sus libros castellanos, y es de ver el tino con que cuatro
rasgos de lápiz apostillan los pasajes que más le entretuvieron:
_Es una walkyria_; _Como Rosalinda_; _Parecen estos pastores de
Shakespeare_; _¡Trozo bucólico admirable!_ _Ambiente selvático
misterioso_, como en _As you like it_; _Este vizcaíno, copiado de Lope
de Rueda, es el primer gracioso de nuestro teatro_; _Muy bien imitado
el romance fronterizo_; _Esta escena es de lo más original que se ha
hecho en nuestro teatro_; _Es un final de acto de ópera_; _Escena
sainetesca, que no se hubieran atrevido á introducir en una comedia
Lope ni Calderón_; _Todos estos señores nobles no cenan_; _Angels and
ministers of glory, etc._; _Lo mismo que hablan ahora_. Basten estos
ejemplos que hallo en las comedias de Cervantes. He entresacado algunos
que llevan el cotejo de literaturas extranjeras y modernas, en las
que por demás fuera detenerse á probar que Navarro Ledesma no estaba
atrasado de noticias en esta parte. Vamos, pues, á lo otro.
Y lo otro es... no sé cómo calificarlo. _El desdichado, el tristemente
célebre Navarro Ledesma_, y otras pestíferas gorgozadas á este lindo
tenor y sonsonete, se han estampado á raíz de su muerte. Y se han
estampado (horresco referens) en papeles y revistas serias y graves, y
bajo la firma de personas que profesan el más acendrado catolicismo.
Santiago, español por predestinación, se deslenguó delante del Divino
Maestro, y pidió rayos y centellas contra los que no les querían
recibir. Españoles habían de ser los discípulos de Jesús que pidieran
esos rayos y centellas contra uno de los hombres de corazón más de oro
que he conocido, contra aquel hombre de condición mansa y apacible, por
más que saltara como un león en oyendo embustes sociales, compadrazgos
y caciquismos, y sobre todo farisaismos rebozados con capa de virtud. Y
¿quién es nadie para asentar su tribunal en el fuero de una conciencia,
donde sólo tienen voz y voto el alma y su Criador? ¿Qué cristianismo es
ese que juzga los insondables abismos de una conciencia, y promulga por
sí y ante sí el fallo que sólo es conocido de Dios?
Yo tengo una manera de pensar muy original y rara, creo que opuesta á
todos los que escriben y leen este periódico. Yo siento que nos hace
falta la Inquisición. Ojalá venga la negra, la sangrienta Inquisición.
¿Que para qué? Para poder hablar con la libertad con que hablaban
y escribían los españoles del siglo XVI de cosas que ahora no nos
atrevemos á tocar siquiera los que tememos escandalizar á la gente
menuda. La gente menuda escandalizable es hoy las tres cuartas partes
de los españoles, casi todos los católicos. Tal nos la han criado
ciertos fariseos.
Entre los ingleses no hay niños, porque desde las mantillas los crían
para hombres; aquí no hay hombres, porque hasta los setenta años nos
crían como á niños. Lo que el padre de familia, el pedagogo, el Estado
dan á entender á los suyos que son, eso son y eso serán. Regañad á
un muchacho diciéndole que es un pillo: pillo será. Dadle alientos,
diciéndole que tiene nobles sentimientos, que es para grandes cosas:
grandes cosas hará, tendrá sentimientos nobles, será un hombre. El
farisaismo no engendrará más que almas mezquinas, raquíticas, aniñadas,
avillanadas. Malo es el remedio, pero casi estoy por vocear prefiriendo
aquellos tiempos inquisitoriales á éstos, donde á la sordina, á socapa,
solapadamente atan de pies y manos, no los inquisidores á hombres
barbados, sino cierto aire farisaico, melindroso y para poco, que no sé
quién lo ha soltado, á toda la raza antes de que deje los andadores.
Venga, pues, si es necesario, la Inquisición y barra, ese farisaismo,
y hablaremos con la santa libertad de aquellos nuestros padres que, en
no tocando al dogma, escribían cosas que hoy nos asombran y espantan y
eran harto mejores católicos que nosotros.
Pero es que eran hombres, grandes en sus solturas y grandes en sus
hazañas. La casta de los fariseos era rara; hoy ha cundido la podre
farisaica y ha consumido, encanijado, empequeñecido el natural
arrogante de esta descaecida nación.
[Ilustración]