Ante aquel hombre de hechura helénica

El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada.

Y ese artista, ese poeta, ese pintor, ese músico, oreada su frente

por el céfiro de la Hélada, pero que ¡ay! ya venía de muy lejos

y muy ensalmuerado al través del Mediterráneo, deja caer de sus

manos la vihuela castiza española, y empuñando bravamente la cítara

antigua remienda lastimosamente la maravillosa profecía del Tajo con

aquella, para los españoles fría, amanerada, extranjeriza é incolora

personificación del muy reverendo señor el padre río, el cual, sin más

ni más, con toda la desenvoltura de un jayán nadador

el pecho sacó fuera

y le habló de esta manera.

Triste de D. Rodrigo y de la hermosa Caba, que no entendían tamañas

teologías gentílicas, y tristes de los españoles que sólo ven en el río

agua que corre, cuando ven y oyen que

el pecho sacó fuera

el río, y le habló de esta manera.

De esta manera, el gran poeta español lo que hace es echarnos, no un

jarro de agua, sino todo un río, y por dejar de ser castizo deja de

ser poeta español y de ser sencillamente poeta. Esa es la ficción que

envenena y encona la más sana y fresca vena poética, ese el desacertado

injerto que afea nuestra literatura clásica.

Porque el casticismo no está sólo en el lenguaje, sino también en

la idea y en toda la vida; y si menospreciado y tenido como caso

de menos valer el casticismo del lenguaje, la literatura española,

y aun europea, se descaminó viniendo al cabo á donde bien se podía

esperar, á despeñarse en el culteranismo, no menos llegó á desbocarse

el pensamiento desarrendado y sin freno en el conceptismo, y se

enflaqueció y aniquiló la vida nacional toda entera, parando en el

entecado y espiritado fantasma y sombra de pueblo de fines del siglo

XVII.

Gallardas hazañerías aquellas del hombre de más talento é ingenio tal

vez que ha criado esta tierra española, por haberle hecho nacer el

malhadado sino en una era de desquiciamiento del casticismo: de Quevedo

hablo.

Desde Cervantes hasta él se abre un abismo literario, y eso que unas

mismas prensas hubieran podido publicar sus obras.

Mentira parece que sólo pasara menos de una década entre la creación

de lo más castizo en ideas y palabras, el _Quijote_, las _Comedias_,

las _Novelas ejemplares_ de Cervantes y los monstruosos partos de

Quevedo, que nos ponen admiración y lástima á la vez, porque en ellos

riñen fiera pelea el poderoso ingenio que se yergue braveando con sus

músculos de acero, que llevan la tradición naturalista española en

sus venas, y el huero fantasmón del convencionalismo pintarrajeado y

retumbante, el robusto pensar de un Séneca y las melindrosas madamerías

de aquella infatuada corte. ¿Qué decir de Lope, coetáneo enteramente

de Cervantes, bosque secular donde crecen los más corpulentos árboles

de la tradición española, pero que injertados con toda suerte de frías

mitologías y escuetos escolasticismos resultó una enmarañada selva que

no hay quien se meta en ella que no se espine á cada paso y pierda la

paciencia?

El que crea que exagero compare en la primera Celestina, en Lisandro

y Roselia, en la Selvagia, en Lope de Rueda, los dichos de la gente

de casta española con los de la gente de cuenta. Allí está en germen

la decadencia: el clasicismo castizo y el clasicismo no castizo bien

se ve allí de dónde y cómo se originan. «Maticen los delicados aires

mis muchas y dolorosas lágrimas, de miserables y profundos suspiros

esmaltadas. Descúbranse los furibundos alaridos, quebrantando los

claustros y encerramientos que tanto tiempo han tenido, esparzan con su

ligero ímpetu las delicadas exhalaciones de que el no domable corazón

solía ser cercado».

Tras estas lindezas hay que oir lo que el mismo Villegas pone en boca

de la Libina aquella que sabe desdeñar con recancanillas que abran la

bolsa al desgraciado que cae en sus doradas uñas: «Xó que te estriego;

por mi vida, que le soltéis el freno y escopirá, ó le asgáis de la

barba y deciros ha mil gracias: axó, niño, dalde un tres, que dos

merece; ya los diablos le besen, que no tiene mocos». Cotéjese con la

insulsez pasada la socarronería presente, el humorismo español, que nos

han querido devolver como una gran cosa después de enfriado allá en su

paso por Inglaterra; compárese el dilatar del período, el deshilachar

de la frase á la latina, con lo apretado y tupido de la castizamente

española. Altísima concepción la de _La vida es sueño_; pero todos los

hipogrifos violentos, que corrieron parejas con el viento, amontándose

de lo español hacia regiones anticastizas, no supieron jamás escribir

ese sencillo párrafo de la menos apreciada de las Celestinas. Tal es

el colorido y el brío de nuestra manera castiza de decir, el jugo que

encierra, las chispas que despide.

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 66 / 81 题