La poesía en América se halla hoy, iba á decir en embrión, pero ni á
eso llega, que el embrión ya encierra en sí lo que será el organismo, y
la poesía americana todavía no sabemos lo que será ni ofrece siquiera
muestras de organización distinta y caracterizada. Mejor diremos que
se están echando en el crisol toda suerte de metales, estilos de todas
las escuelas, y que la fusión va á empezar. Tampoco ha empezado. Las
Repúblicas americanas están en la cuna, todavía no han desplegado del
todo los labios; balbucean, pero no se entiende muy claro lo que dicen.
Tras el amaneramiento de la época del coloniaje surgió la revolución
literaria, poco bullanguera, á la verdad, en algunas partes, porque la
señora poesía pide otro sosiego y otra brillantez de cultura de la que
podían tener políticos improvisados que les faltaba el tiempo para
arrojarse cada día los trastos á la cabeza, convertirse en guerreros de
lastimosas lides civiles, y en legisladores sin norma, instrucción ni
práctica. Todo andaba manga por hombro, y los versos ni más ni menos.
Dadas las espaldas á España, cuyas menguas tampoco eran para llamarles
la atención, las miras de cuantos anhelaban emprender algo se pusieron
en Francia é Inglaterra. Con esto el modernismo pasó los mares. Sus
tres precursores fueron un bogotano, José Asunción Silva; un mejicano,
Manuel Gutiérrez Nájera; un cubano, Julián del Casal. Los tres son ya
muertos. Silva fué el más original, alzando una verdadera enseña con
su _Nocturno_, que tenemos todos á mano en _La Corte de los Poetas_.
Gutiérrez Nájera es el Catulle Mendes de Ultramar, preciosista con
dejos de Copée y, por supuesto, menos aristocrático y menos terso.
Casal, parnasiano de largos y clásicos arpegios, no abandona los
antiguos moldes, moderniza el endecasílabo castellano sin juguetear con
ritmos, rimas y demás zarandajas de la escuela, sólo trata de barnizar
con lo que de Francia le llega halagándole el oído, lo que él tiene
por ideal de la poesía castellana. No hubiera jamás trocado su alteza
de pensamiento y su galanura musical espontánea por ciertas rarezas
modernistas.
Viniendo ya á los vivos, de Rubén Darío nada habrá que añadir á lo que
todos saben. Portaestandarte del modernismo en América y en España, es
un Schumann en poesía: tras una melodía de gasa azul que ondula sin
rozar los aires, salta un desacorde que hiela el tímpano, transición
inconsciente para el autor, pero que yergue los nervios del oyente
para dejarlos después descansar adormecidos más suavemente con otra
sonada todavía más muelle y cadenciosa. Golpes estrafalarios acá y
allá, rarezas inesperadas, despertadoras de una justa condena, que
se apaga en la mente del crítico tan pronto como estuvo á punto de
estallar. No tiene pentagrama, es ya violín que juega encaramado sobre
él, ya violón que se sume á lo bajo. Ni quiere compases, porque el
ritmo ha de nacer de la misma imperiodicidad de los golpes, y ha de ser
la cláusula poética un período prosaico, cadencioso y versificado en
líneas de desigual largura, algo así como el período métrico del poeta
tebano, aunque sin repetición de estancias. Nombres y vocablos traídos
de todos los climas, ideas barajadas de todas las doctrinas las más
opuestas, plegarias y reniegos, orientalismos vagos y convencionalismos
cortados occidentales. Pero siempre nuevo como los variados paisajes
que cruzan á la vista del viajero en un tren, y siempre como este mismo
tren en continuo movimiento. Es un Hugo más humano, menos titánico,
más preciosista, más musical, aunque á las veces no menos barroco y
engravedado. ¡Y eso que quería pasarlo por alto!
_Las Montañas del oro_ del argentino Leopoldo Lugones entrañan pepitas
de muy reconcentrada poesía. Remeda á Edgard Poe y al portugués Eugenio
de Castro con buena fortuna. Menor la tuvo al imitar á D’Anunzio y
Laforgue en _Los Crepúsculos del jardín_. Con toda esta descaminada
tendencia hacia lo ingenioso y deslumbrador, es Lugones, según dicen,
el más alto representante del simbolismo en castellano.
Del neomisticismo lo es el mejicano Amado Nervo, alma contemplativa y
melancólica, pero sin norte fijo. Sabe soñar, pero como quien sueña
fuera de su hogar, en una casa de huéspedes. Hace á veces un pisto
tan extravagante como sabroso de ideas católicas y panteísticas,
rebujándolo después con cierta melancolía religiosa de las razas
indígenas de América. _Místicas_ es lo mejor que ha escrito. Anda entre
Luis Cardonnell y Baubille, sin ser místico francés del todo, pero
mucho menos español.
El primer parnasiano en América es el bogotano Guillermo Valencia, muy
clásico en la cultura y muy modernista en la forma, como puede verse en
su libro intitulado _Ritos_.
También es bogotano Julio Flores, poeta repentista á cuyos labios
acuden acentos melancólicos al son de las cantatas populares, con
espontaneidad y frescura. Pero su gran facilidad lo hace indomeñable,
que ni quiere cultura ni modernismos ni ataduras de ningún género.
Es, pues, poeta popular, que ni siquiera se ha cuidado de recoger los
versos que deja volar á los cuatro vientos, como el ruiseñor suelta
y no recoge sus notas. Claro está que todo ello da bien á entender
lo mucho que tendrían que retocar sus poesías, y los altibajos y
desigualdades de su entonación.
Para que ningún género falte en esta galería tan abigarrada, el
mejicano Salvador Díaz Mirón es el poeta encrespado y melenudo á lo
Víctor Hugo y Castelar. _Oruga enamorada de una chispa, ó águila
seducida por un astro._ Aunque esa es la gloria para él, él y sus
maestros ideales también tienen algo de eso, bien que el mejicano
no trompetee tan alto y sonoro como el francés y el español. No es,
ciertamente, _la sibila de oro_, pero en otros tiempos hubiera sido
puesto en el pináculo del templo de la fama, porque á verbosidad y
soltura y á riqueza de metáforas pocos le llegan. Es la liana de
América, que se enreda á todos los árboles de la selva tropical y no se
detiene en ninguno. Para él la poesía es, entre otra infinidad de cosas:
«Flor que en la cumbre brilla y perfuma;
copo de nieve; gasa de espuma;
zarza encendida do el cielo está:
nube de oro, vistosa y rauda;
fugaz cometa de inmensa cauda;
onda de gloria que viene y va,
Nébula vaga de que gotea,
como una perla de luz, la idea;
espiga herida por la segur;
brasa de incienso; vapor de plata;
fulgor de aurora que se dilata
de Oriente á Ocaso, de Norte á Sur».
Todo, menos humilde violeta que pide nos abajemos á recogerla, que se
nos ofrece vestida de melancolía, pero que en su aroma lleva un mundo
de suaves y delicados sentimientos.
Este poeta es ave que pasó. Otra acaba de llegar aleteando; y digo
acaba, porque José Santos Chocano, de quien hablo, desea que se rompan,
como desgraciados ensayos, todos sus versos anteriores, comenzando
vida nueva, armado de una estética personal y bien definida y la
mirada fija en un ideal alto y noble. Chocano ha declamado sus versos
en el Ateneo y en el Conservatorio, y los ha declamado muy bien. Son
versos precisamente para declamar. Al quererlos leer se le yergue á
uno instintivamente la cabeza y se le escapan los brazos. El timbre
poético de Chocano es el del clarín, por eso el ritmo y las ideas de
su composición. _Lo que dicen los clarines_ es lo más característico
y suyo de todo el libro _Alma América_. El mismo metro ha empleado en
otras composiciones. Es metro oratorio y esencialmente declamador.
Nótense, sobre todo, las repeticiones:
«_Los clarines suenan_ trémulos...
_Los clarines suenan_ lánguidos...
.........................................
_Se dijera que las notas de los épicos clarines_
_son_ los ayes de la raza, _son_ las voces del pasado;
_se dijera que las notas de los épicos clarines_
vienen, llenas de penumbras _y_ misterios _y_ milagros,
de países muy distantes
_y_ de tiempos muy lejanos...
_Tales fueron los clarines españoles,
tales fueron los clarines españoles_ que sonaron
en las cumbres luminosas
y en los lóbregos barrancos,»...
........................................
«_ya pasaron... ya pasaron... ya pasaron...
ya pasaron para siempre...
ya pasaron para siempre... ya pasaron...!
Los clarines suenan_ trémulos...
_Los clarines suenan_ lánguidos...»
Confieso que este reteñir y tornar á reteñir el mismo retín y retintín
es un dejo simbolista muy bien expresado, que da sonido de cobre á toda
la composición. La misma largura de los versos, sus cortes, su mezcla
con otros breves, remedan maravillosamente la tendida y dilatada voz
del clarín.
Hay pocas poesías en la literatura francesa, dice Max Nordau,
comparables á la _Canción de otoño_ de Verlaine. La calma melancólica
de la estación está expresada en versos ricamente cadenciosos y llenos
de música.
Otra composición pudo tener también Chocano en sus oídos, tal vez sin
darse cuenta de ello, y tal vez más simbolista y expresiva, la de
_Ennuie_ de Maeterlinck[17].
En lugar del aburrimiento, del fastidio, Chocano quiere despertar una
cierta melancolía al recordar por la voz de los clarines que:
«Ya pasaron las historias que eran cuentos de heroísmo,
las audacias que eran timbres, los ensueños que eran lauros,
los arranques imperiosos de la raza primitiva:
ya pasaron... ya pasaron... ya pasaron...
y lo lloran los clarines
con acentos desgarrados».
Siempre la armonía imitativa la tuvieron muy en cuenta los poetas...
que pasaron; y de las extravagancias de los simbolistas ha quedado la
confirmación doctrinaria y científica de este elemento musical de la
expresión poética. Ha hecho muy bien Chocano en aprovecharse de él, si
es que lo ha hecho á sabiendas; y si no, lo mismo da, son rastros de
esa escuela que también pasó, los cuales quedaron en los oídos de todo
artista, porque tienen una razón de ser estética innegable.
Fuera de esto, Chocano es declamador. Sus versos declamados, ó escritos
sin división de líneas como la prosa, forman períodos prosaicos, sin
dejar de ser por eso extremada poesía en la expresión metafórica del
pensamiento, en el ritmo, aunque libre y suelto, no tanto como el de
la prosa, en la ilación lírica y á saltos de las ideas, siguiendo al
sentimiento más que al pensamiento frío y razonador.
El ideal y la estética de Chocano pueden resumirse en estos puntos.
Cree que una cosa es la métrica y otra la poesía. Sólo quiere hacer
poesía americana, en todas sus formas, antiguas y modernistas. Piensa
que América puede y debe tener una poesía propia, con raíces españolas
é indígenas. Finalmente, su poesía ha de ser objetiva, y en tal
sentido, sólo quiere ser Poeta de América. Todos estos principios ó
los pone el mismo autor en su libro ó me los ha confesado á mí en
particular. Pueden servirles de comentario estas palabras que le ha
dicho Rubén Darío: «Su musa es la representativa de nuestra cultura, de
nuestros anhelos, de nuestra alma hispano-americana actual. Lugones,
Nervo, yo mismo, parecemos extranjeros. Y ante todo hay que ser de su
tierra». «Darío hace justicia á mis intenciones», me ha dicho el mismo
autor. «Otros levantarán, añade modestamente, el palacio; pero yo he
osado poner la primera piedra».
Graves problemas surgen aquí, no ya tan sólo sobre Chocano, si ha
acertado ó no en la ejecución de este su programa, sino además sobre la
poesía en general americana.
Cuanto á lo primero, bien claro se ve que Chocano ha tratado, no digo
de poner en ejecución lo que se propuso, antes creo que llevado de
su inclinación hizo poesía americana y objetiva en metros antiguos y
modernistas, con raíces españolas é indígenas, y que luego dedujo de
su poesía sus principios. Cábele la gloria de haberse inspirado en las
raíces de la civilización de su país, que son el pasado español y el
pasado indígena, y por consiguiente de haber hecho poesía americana;
sin por eso echar en saco roto lo bueno francés transplantable á
América, como hemos visto de los metros y del simbolismo. Y en esto
Darío y los demás, realmente, no pueden ser más que un eco lejano de
América, puesto que se inspiran en el extranjero.
He dicho que la poesía americana estaba aún en estado balbuciente: es
poesía por la mayor parte extranjeriza. Los jóvenes poetas han echado
en el crisol todo linaje de metales y doctrinas estéticas, traídas
de fuera. Preciosista fué Gutiérrez Nájera, Casal y Silva fueron
modernistas á medias, Lugones es simbolista decidido, Nervo neomístico
á la francesa, Valencia parnasiano, Flores trovador popular á medias,
y pudiera ser el poeta americano si no fuera tan despreocupado de la
cultura como del modernismo, Díaz es un huguiano trasnochado, Rubén
Darío un modernista á la francesa, con ribetes de todas las escuelas
vivas y ya fenecidas de Europa.
Chocano es el más americano de los poetas. Yo desearía que fuera la
musa americana por excelencia; pero he repetido que la poesía en
América comienza á balbucir, y Chocano, el representante más genuino de
esa poesía, balbuce y nada más.
No lo lleve á mal mi inteligente y buen amigo. Yo tengo un concepto
algo más amplio y hondo de la poesía, y sin saberlo acaso, también
lo tiene el mismo Chocano; y si no, él me lo dirá en llegando á las
inmediatas. Yo tengo por lo mismo mis esperanzas de que esa poesía
americana, que en sus labios balbuce tan solamente hoy, llegará con
el tiempo á hablar claro y en su propio idioma poético americano.
Á no ser así, habría que aceptar un hecho que contradice á toda la
historia, y es que no hay pueblo medianamente culto, y aun estoy por
añadir salvaje, que no tenga su poesía propia y nacional, más ó menos
desarrollada y con ingenios de más ó menos subidos quilates.
Qué poesía haya de ser la americana, qué natural característico haya de
ser el suyo, cuando sepa expresarse de por sí como nacida en América
y no traída de acarreo de otras partes: ese es el punto capital del
problema, y acerca de él podríamos discurrir mano á mano Chocano y yo,
si yo fuera tan artista y filósofo que tuviera algunos fundamentos para
poder adivinar lo por venir.
Chocano cree resueltamente que la poesía propiamente americana ha
de ser objetiva, y por eso él se tiene por _Poeta de América_. Bien
pudiera ser que tuviera razón; pero también cabe que no la tenga
enteramente. Lo que me pone algún tropiezo para seguirle sin temor en
su manera de opinar, es ver que la humanidad ha ya siglos que pasó de
la infancia, cuando embobada con las objetivas hazañas de los hombres
los convertía en héroes, y antes más embebecida con los fenómenos
naturales los había personificado al admirarlos y cantarlos. ¿Cómo
una civilización tan adelantada como la americana va á volver á aquel
primitivo embobamiento de lo humano objetivo ó de lo puramente físico
é inanimado también objetivo? Con aquel pasmo y admiración faltábales
á los hombres antiguos tiempo y reflexión para mirarse á sí mismos,
para entrañarse en su propia alma y quedar más embebecidos aún ante
el espectáculo, que en ella se les ofrece á los modernos, del mundo
psicológico. Los antiguos, como niños, lo objetivaban todo y llevaban á
lo exterior su antropomorfismo; los modernos, por el contrario, reducen
todo el mundo visible á la propia personalidad, y en lo exterior no
ven más que un reflejo que les permite estudiar y contemplar mejor su
interior.
Me podrá argüir el Sr. Chocano que las Repúblicas americanas son niñas,
y que ya que no tengan héroes, salvo los antiguos españoles, que no los
admiran, ó los antiguos indígenas, que no son de su raza, tienen ante
sí un mundo nuevo lleno de maravillas, con el cual juguetean mientras
están en la cuna y se mueven con andadores.
Esa poesía de la naturaleza pudiera ser la poesía objetiva para los
americanos. No sé si ellos se contentarán con esos muñecos, ni si en
hecho de verdad podrán pasar por niños, por recientes que sean sus
nacionalidades. Más bien se me antojan á mí niños bastante amocetados,
zagalones con pretensiones de gente madura. Además los pueblos
primitivos que poetizaban la naturaleza creían firmemente que toda ella
estaba animada, veían tras cada árbol una dríada, entre las ondas de
cada riachuelo una náyade, en el fondo de las minas y en los volcanes
creían oir resoplar á Vulcano, en el fondo de los mares encresparse
y amolinarse á Neptuno, á Venus la admiraban entre las espumas del
mar, á Apolo lo veían atisbar desde el sol, á Diana desde la luna,
al padre Eolo lo fantaseaban soltando los vientos desde su caverna ó
encarcelándolos y refrenando sus furores.
Nada de eso creen los americanos, por manera que esa poesía objetiva
quedaría reducida á describir, ó digamos al arte ornamental, á
cincelar el marco, dentro del cual el hombre moderno quiere ver alguna
porción de su alma, y aun se deja de marcos y molduras y á su alma se
atiene.
En Chocano el marco es, conforme á cierta moda, por extremo
desmesuradamente grande; pero también encuadra algo de más humano y
subjetivo. Por eso interesan sus composiciones, y se saborean; que á
ser todo marco, no despertaran el poco interés que despiertan otros
adocenados poetas americanos.
Ahora entenderá el Sr. Chocano por qué yo pido y espero más de la
musa de su tierra y por qué no creo que esté del todo en lo cierto al
suponer que la poesía americana haya de ser objetiva, en fin por qué he
repetido que esa poesía comienza á balbucir, sin hablar claro todavía.
Los descubrimientos geográficos, los estudios físicos ó naturales,
han traído la moda de dilatarse en esas enfadosísimas descripciones,
hojarasca que ahoga toda la literatura moderna. Se siente, dicen, hoy
mucho mejor la naturaleza que en otros tiempos. Mejor, digo yo, la
siente el salvaje y la sentían nuestros antepasados, cuando dieron
cuerpo á la mitología, que es el más elevado pensamiento del mundo,
mirado al través de la poesía objetiva, que ha podido imaginarse. No
creo sintiesen menos la naturaleza Platón, que enseñaba al aire libre,
y Cervantes, que al aire libre pinta á su principal héroe; sólo que el
alma humana les atraía más, y del arte ornamental no querían formar
el principal asunto de sus obras. Ni creo que se contentarán con él
los americanos. También ellos tienen su alma en su armario, y vendrán
poetas, ¿quién lo duda? que sepan abrir el armario y ponernos de
manifiesto el alma americana.
Si Chocano lo ha entreabierto, como yo creo, será poeta americano
y su obra podrá intitularse _Alma de América_, ó como él dice poco
castizamente _Alma América_; si es que esto ha querido dar á entender;
que tomado alma como adjetivo no veo claro, y aunque lo entreveo, no
viene muy al caso.
Precisamente yo quería alabarle por el elemento lírico, que se le
desliza en su sereno objetivismo. Unamuno le ha dicho que es poco
lírico, y es verdad; pero hay muchos lirismos. Chocano pretende sólo
cantar objetivamente la naturaleza; pero, como poeta que es, se le
rezuma el lirismo de su alma, que aparece medio latente ante las
asombrosas escenas de la naturaleza.
Es, pongo por caso, un precioso paisaje sin alma viviente. ¡Bien!
¡muy bien! ¿y qué? Alabamos la ejecución, lo bien remedada que está
la naturaleza, lo bien idealizada, si se quiere. Añada el pintor una
pareja como de enamorados que se encuentran. El cuadro ha ganado
infinitamente. Chocano pinta allá á lo lejos á él por un lado, á ella
por otro, atisbos de lirismo; no llegan á encontrarse todavía, ni
surgen los afectos del alma, pues no sabemos si son dos paseantes que
se desconocen. Un paso más, y el alma aparecerá en el encuentro.
Si Chocano no se atreve á juntar la pareja, no faltará quien la junte.
Ello es difícil, lo confieso, pintar un alma ó dos no es tan llano
como pintar uno ó dos países; pero ya vendrá quien tenga más delgados
pinceles. ¿Acaso en América no hay más que caobas y orquídeas, selvas y
saltos, montes y mares, cóndores y boas?
Hay hombres y mujeres, almas vivientes y pasiones. La poesía entrará
algún día por ahí, por las almas americanas, que todavía no conocemos.
Ese día habrá nacido la poesía americana.
[Ilustración]