III

¿Fueron castizos nuestros clásicos, quiero decir, los escritores

alistados como tales en el Diccionario de autoridades de la Academia,

con buen golpe de otros allí omitidos? Desentrañemos el vocablo

_castizo_.

Doble valor, activo y pasivo, suelen tener los adjetivos castellanos

acabados en _izo_. _Espantadiza_ es la bestia que se asombra y espanta;

pero no es menos _espantadizo_ lo que causa espanto y asombro, y así

pudo decir Cabrera de la ley de Moisés que fué _espantadiza y de

temor_ (pág. 292). _Castizo_ llamamos á lo que viene de casta; pero

no lo es menos lo que la produce, por lo cual Herrera escribió de las

palomas: _que sean muy castizas, de muchas crías_ (l. 5, c. 34); y de

los toros: _Si el señor de las vacas procura tener buen toro castizo_

(l. 5, c. 42). Es, pues, _castizo_, lo que viene de casta y lo que la

engendra, y sin duda estos dos casticismos, de atrás y de adelante, de

pecho y espaldas, que coge á todo el individuo, es todo uno, es decir,

que si de casta le viene al galgo el ser rabilargo, rabilargos y no

rabicortos saldrán los galguillos.

Estéril es la mula, digamos en castellano _mañera_ ó _mañosa_, sin

casta, porque tampoco la tuvo en sus padres, fué descastada. Lo híbrido

ó mestizo es un producto teratológico, aislado, que sale del hilo de la

corriente natural, es algo pasiva y activamente no castizo. Terciando

en la generación de todas las cosas el espacio y el tiempo, castas se

dan que desdicen, decaen y degeneran, se descastan, así como otras

van criándose poco á poco merced á las apropiadas condiciones que las

rodean.

Los merinos españoles han descaecido y venido á menos al salir de

España, y aun en España, trocadas las condiciones y privilegios de la

mesta; mientras que en Inglaterra, los esmerados y prolijos cuidados de

una sabia zootecnia han dado castas de caballos, cerdos, perros y otros

animales acomodados al intento que se pretendía.

Las obras de arte más calificadas han sido las más castizas, por el

arraigo mayor de los autores en el terreno de su propia raza y época y

de su propia personalidad, y al mismo tiempo por lo fecundas en alentar

y dar vida á otras muchas posteriores, es decir, por su ascendencia

y descendencia, por su casticismo pasivo y activo. El original y

sugestivo Unamuno ha tratado lindamente de lo segundo en un artículo

de _Los Lunes de El Imparcial_. «Lo más grande de la obra de arte»,

dice, «es que sirve de incentivo para nuevas obras de arte; apenas hay

grande obra poética que no tenga copiosa y dilatada descendencia». Es

el casticismo activo, mirado por delante. El pasivo, mirado por detrás,

consiste en que la obra arraigue en lo más hondo de la personalidad del

escritor, que si éste es español de pura sangre, por el mismo hecho,

arraigará á la par en lo más hondo é ingénito de la raza española.

El casticismo está, pues, entre pecho y espaldas, en el corazón del

artista y de su raza. Y cuanto más personal, más suya, sea la obra, más

de Fulano y más española, será á la vez más trascendental, más humana,

traspasando las lindes del individuo y de la nación. Don Quijote y

Sancho son dos retratos personalísimos del alma de Cervantes, y del

alma española, y por eso lo son de todo el linaje humano y de cada uno

de sus individuos.

La razón es clara: en lo hondo de la personalidad y de la raza es

donde asienta lo universal humano, porque allí está monda y limpia

la naturaleza, la cual es una, de manera que la naturaleza humana se

espeja en la nacional y en la individual, tanto más cuanto más hacia lo

hondo las miremos, como se espeja tanto más diáfana y límpida la luna

en la sobrehaz de las aguas de un pozo, cuanto más hondo y envuelto en

tinieblas.

Nuestros clásicos fueron grandes artistas; pero digámoslo sin rebozo,

lo fueron á medias. No son aquellos trozos arrancados del pentélico

y labrados por las castizas musas del Pindo ó del Parnaso. De esos

montecillos distan bastante el Pirineo y Sierra Nevada. Estamos en una

península codiciada de todas las gentes, que la han ido barriendo,

sembrando á su paso semilla de perfumadas rosas y de emponzoñado beleño.

En el siglo XVI eran harto andariegos nuestros padres, y por más que

cual señores paseasen la Europa y el mundo, algo se les había de pegar

de fino oro y de mentido oropel en sus azarosas correrías. Ello es

que la savia nacional, alquitarada por el aislamiento y rudo vivir

cercado de luchas durante ocho siglos, pujaba recia y bullidora, y si

el espacio y el tiempo le hubieran favorecido, el ancho y rico follaje

que al soplo del Renacimiento brotó como por ensalmo, podía haber sido

gloria y prez de la raza, á ser castizo del todo y por todo: la España

del siglo XVI podía haber sido, como ha dicho alguien, la Grecia de

los tiempos modernos. Pero no fué así. Desmañados podadores desceparon

las más briosas de sus ramas, menospreciando su pujanza por demasiado

bronca, vulgar y cerril, quiero decir que lo más sano de la Celestina

y de Lope de Rueda fué apartado á un lado por los más enguantados

escritores. En cambio injertos desproporcionados de peregrinas

literaturas dieron abigarrada mezcolanza de hojas y frutos al árbol

nacional. Despego y menosprecio de lo de casa, ciega admiración de

lo de fuera: cosas son que se echan de ver no sólo en los frutos

literarios de aquel entonces, sino en las quejas y en los anhelos de

los escritores. Briosa y rica vena la de fray Luis de León, alma suya

de pintor, á quien hablaban los colores de la vera del Tormes, de

músico, para quien el gorjear de sus pájaros era lenguaje conocido,

cuajado en concertadas armonías, de ángel, que todo lo convertía en

apacibles sentimientos al tocar en su pecho sereno y sosegado.

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 65 / 81 题