II

Á nada conducen patrioterías halagadoras de hueras vanidades, si no es

á acallar con fanfarronadas el grito interior de la propia flaqueza y

á colorear la falta de sangre con postizos afeites; pero también harto

nos hemos querellado y hecho alarde, más de lo que se nos pedía, de

nuestro abatimiento y desgracias.

Ciertas ráfagas de nuevos alientos corren ya entre los escritos de

nuestros autores, y la mejor señal para mí de que los desmayos pasaron

es advertir que se va cayendo en la cuenta de que no estamos tan

muertos, ni aun tan maltrechos como nos figurábamos ó nos hicieron

figurar, y de que abriendo los ojos al pasado nos vamos persuadiendo

de que nuestra gente ha valido y sido y hecho algo en el mundo, de

que también hemos tenido nosotros por acá algunas cosillas no de

menospreciar del todo. Un pueblo que reconoce su valor, sea el que

fuere, y que alimenta esperanzas y fantasea ideales dignos de sus

mayores, no es un pueblo muerto ni herido de muerte.

He dicho esto, abriendo toda la trompetería á propósito del revivir que

se nota entre nuestros jóvenes escritores á las letras castizamente

españolas. Ya no hay aquí ni un modernista. Fué un sueño de verano

eso del modernismo, que dejó como embriagados á unos cuantos mozos

hambrientos de ideal, al creerlo hallar en los últimos ecos acá

llegados de las escuelas en descomposición de París. ¡Quién sabe si el

manco de Lepanto al hacerles volver atrás la vista con su Centenario

los despertó de ese sueño y les hizo parar mientes en nuestras cosas

de antaño, donde pudieran á poca costa descubrirse soterrados mineros

de invención genuinamente nacional, y hacer brotar frescos raudales de

aguas que ya corrieron y dejaron cegar los galicistas del siglo XVIII!

Lo cierto es que á la par de la oscura labor con que nuestros eruditos

labran sus panales, editando libros clásicos antiguos en abundancia

que sorprende, tomo tras tomo, biblioteca tras biblioteca, que no se

dan manos editores y libreros, la florida juventud que se estrena

con artículos sueltos en revistas y periódicos y aun alza el vuelo

hasta llenar libritos de poesías, cuentos y novelas, más preñadas de

ricas esperanzas que de madura mies, ha dado en poco tiempo una vuelta

redonda, y ya no se va tras los oropeles de allende con el afán de

antes; ganosa de loable novedad sale al campo á escuchar las voces de

la naturaleza, requiere las aldeas y ciudades de provincia para conocer

á los hombres como ellos son, y acoge codiciosa cuanto los más leídos

descubren en nuestros viejos libros, ya voces de buena cepa y maneras

de decir lozanas á vueltas de su antigüedad, ya ideas de nuestros

peregrinos é inagotables ingenios.

Ateniéndome al lenguaje castellano, mi anterior articulillo _Criterio

del casticismo_ comprueba esto mismo; tanto, que me ha vuelto á poner

la pluma en las manos para desenvolver algunas cosas que en él apunté

y me han pedido declare más despacio. Sin merecerlo, por sus modestas

pretensiones, el articulejo parece que ha hecho vibrar la cuerda patria

en algunos, y cuando esa cuerda ha respondido al unísono, de creer es

que no está tan destemplada. Siete cartas, amén de las felicitaciones,

sinceras ó de cumplido, de amigos y conocidos, han llegado á mis manos,

y todas se resumen en darme á entender que mi idea les paladeó el

gusto, dejándoles con gana de algo más. ¿Cómo podríamos encauzar los

deseos de muchos que sienten la necesidad de españolizar la literatura

y el lenguaje literario, que quisieran conocer, sin meterse en hondas

disquisiciones, cuáles son los vocablos y modos de decir castizos, de

cuño verdaderamente español, fraguados por la fantasía y el corazón de

nuestro pueblo?

En esto se cifra el contenido de las cartas á que aludo y á esto

quisiera yo responder en este artículo ó en otros que me barrunto

habré de enhilar á poco que me dilate. No es tan hacedero, escribía

yo, distinguir lo castizo de lo no castizo, mayormente desconociendo

tantas lenguas antiguas y modernas, como son las que rodearon desde su

cuna al castellano, y han influído y están á la continua influyendo

sobre él en bien ó en mal. Ello es que requeriría un estudio muy al

por menudo de nuestro caudal léxico. No á la manera tradicional de

los diccionarios, especie de museos, donde se hallan amontonados toda

suerte de cachivaches fuera de su propio lugar, sin que pueda acertar

el lector, si es que no lo sabe, el manejo y papel de cada uno en el

habla real, corriente y moliente; sino apurando el origen y mudanzas

de los vocablos fónica y semánticamente y con citas de autores, en las

cuales se viese su valor y empleo. Por la fonética se vería cuáles eran

las voces que llevaban el sello de nuestro fonetismo, y cuáles las

traídas en bruto de fuera. Por la semántica nos entraríamos recorriendo

el hilo de las mudanzas metafóricas de las voces al través de los

tiempos, hasta el obrador donde la metáfora se hila y se teje, que

no es más que lo íntimo del alma española, de esa fantasía, cabeza,

corazón español, llámesele como se quiera, donde arraigan el sentir,

el pensar, el querer, el fantasear de ese todo lógico llamado España.

Este cernido y desmenuzamiento psico-fisiológico, fonético-semántico,

que hoy llaman análisis fonético y psicológico, pondría á descubierto

el alma toda española, tal cual en nuestro idioma se refleja y retrata,

y nos aseguraría y abonaría el criterio que habíamos de tener en el

elegir de los vocablos, frases y construcciones.

Estudio semejante no se ha hecho de lengua alguna; pero lo creo de

tanta monta y gusto, que no me despido yo de emprenderlo y llevarlo

hasta donde mis flacas fuerzas alcanzaren. Entonces conoceríamos cuál

es la finura y delicadeza de oído de nuestra raza, cuáles los colores

que se pintan en su fantasía, cuáles los sentimientos que bullen en su

pecho, cuál la profundidad de su pensar y manera de ver las cosas, el

_Weltansicht_, digámoslo á la alemana con Humboldt, el panorama del

mundo que la nación se forma, según sus pensamientos y deseos, como se

lo forma al respecto cada individuo, según los alcances de su cabeza y

de su corazón.

Entretanto, hay una piedra de toque para distinguir lo castizo de lo

que no lo es. Ya la apunté en mi artículo anterior y voy á declararla

algo más detenidamente. El mismo nombre de idioma lleva en cifra el

criterio del casticismo. Díjose idioma el habla particular de un

pueblo. El pueblo lo formó en cuanto pueblo; no fulano ó mengano.

Es su propiedad, el retrato de su interior. ¿Quién ha de ser, pues,

el maestro que lo enseñe y sepa discernir lo castizo y propio de lo

extraño y ajeno, sino el pueblo? Pero ¿qué es el pueblo? ¿Las personas

cultas, las cuales según las gramáticas todas (página primera) nos

dicen que son la norma del buen decir? Pueblo es, desde el rey,

inclusive, hasta el último gañán de cortijo; pero aquí solamente cuando

hablan como puros españoles, no como más ó menos sabidos en francés,

ó como más ó menos enamoriscados del latín y del griego. Sólo que

las personas cultas, con esos enamoramientos, andan embelecadas, y

ofreciéndoseles tres caminos, el trillado español, el abierto por la

moda francesa y la antigua calzada romana, echan por uno de estos dos

últimos, dejando el primero que lo chacoloteen los patanes. Para decir

lo que siento y saben todos muy bien sabido, ese dictamen gramatical

lo que preconiza como dechado de hablar y escribir, es lo culto, lo

que se aparta del habla común de las gentes que no escriben y si leen

lo hacen á trompicones ó tomando, como el aldeano del cuento en casa

del óptico, el periódico al revés. En puridad, pues, el tal dictamen y

precepto ha de volverse también patas arriba para que sea valedero.

¡Horror! ¡Hablar como los tíos! Sí, señores míos, con perdón del que

no lo sea, como los tíos! Entendámonos, y amohínese el que guste, que

por mucha mohina que tome, no dejará de ser cierto que el pueblo que

hizo el idioma es el único que tiene en él vara alta; ó bórrese del

Diccionario el término _idioma_, con que lo bautizaron los mismos

eruditos, arrastrados por la naturaleza misma á desmentir esos espantos

y alharacas. Para curarles de ellos con otro espanto mayor, como con

otro clavo, voy á saltar de la lingüística á la agricultura, que

no será más que rodear el terreno de lo castizo por otro cabo. Los

labriegos españoles, la gente campestre, los tíos, son los verdaderos

maestros de la agricultura española. Y ojo con no espantarse, porque

sería triste caso de supina ignorancia, el cual con todo es de temer

que se dé, si para alguno fuese cosa del otro jueves que los españoles

han sido en todo tiempo los grandes maestros de cultivar la tierra,

los maestros de romanos, árabes y europeos. Y esos maestros claro está

que han sido los tíos. No suelte nadie el trapo, repito, que quedaría

graduado de ignorantón á carta cabal. Y no me amenacen los peritos y

agrónomos y los peritoagrónomos y otros profesores de agricultura al

menorete de Institutos y Escuelas con echarme á la cara centenares

de cartillas agrarias, millares de teorías agronómicas, colecciones

á pasto de Gacetas, proyectos de granjas modelos, Diccionarios

enciclopédicos de agricultura, revistas de ídem, y toda la balumba de

papeles que de eso se han escrito desde los tiempos de Carlos III.

Porque, sin meterme en más dibujos, sin tenerles que decir bobería

tamaña como la de que la Moncloa no es Campiel, ni las riberas

del Guadalquivir, ni las huertas de Murcia y Valencia, todos esos

papelorrios se revolverán desagradecidos contra ellos al soplo de una

sencilla, natural y nada estudiada carcajada mía, con que los habré

de recibir, si soy español de casta, que creo que sí. Porque con esa

carcajada han despedido bonitamente de todas partes nuestros labradores

á los agrónomos, que cargados de mamotretos, aparatos con tornillos y

torniquetes, y de dietas, que es lo más sabroso, han ido, enviados por

el Estado, á enseñarles á ellos, los tíos. ¡Y esto tiene miga! á los

tíos, digo á los baturros de mi tierra, á los del zorongo de entrambas

riberas, del Ebro y Jalón, á los de la anguarina de Navarra y Rioja, á

los de los zaragüelles de levante, y basta. Llegaron, bien así como

llegaban un siglo ha los granaderos franceses á enseñarles justicia,

derechos y civilización, llegaron; y después de tanto pompear y

pavonear, tras tanto ruido y estruendo, hubieron, cuitaos, de volverse,

rabo entre piernas, dejando en los viñedos repastándose á mesa puesta

muy á su sosiego y sabor, todas esas animalias (gusana dicen los tíos)

que con tanta furia iban á descastar. En aquel entonces soltaron los

tíos la carcajada, que aún no la han recogido, que para rato tienen,

porque las remesas de gente adietada se suceden que es un descalzarse

de risa para los unos, y un ir y venir y un tomar y dejar planes y

papeles para los otros.

Pues, señor, que con cuatro ó cuatro mil nociones sobre terrenos y

cosechas ideales y aéreas, se nos vuelve un mozuelo al pueblo, donde

le vieron en la edad de los tres bolsillos, sin entender jota de cosas

que los viejos traen en las uñas y en los callos de sus manos de medio

siglo atrás, y pretende el muy estirado y guapo volver de arriba abajo

lo que tienen sabido y resabido los vecinos, que así lo aprendieron

de sus tatarabuelos, y éstos de sus trasbisabuelos hasta Alonso

de Herrera, el primero que trató de agricultura en la Europa moderna

sudando más en sus fincas paternas de Talavera que en su escritorio,

hasta los escritores árabes de agricultura, que por boca de Iben Galib

y de Almaccarí se dan por discípulos de los españoles, en fin, hasta

Columela, y aquellos famosos turdetanos é iberos, tan tíos como los

de hoy. Y luego nos vendrán con lo de la rutina, la testarudez, la

superstición y la ignorancia de los tíos!

Recuerdo que el maestro Clarín, una de las tardes que charla charlando

nos pasábamos, él enseñando sin pretenderlo, yo aprendiendo como quien

no quiere la cosa, lastimándose de las ligerezas juveniles en que

había caído al tratar de puntos religiosos, me dijo estas palabras

que se me quedaron hondamente clavadas, porque eran fruto sazonado de

aquel profundo pensador: «Hay que tentarse mucho la ropa, y yo cada

vez tiemblo más de hacerlo, en eso de hablar sin ton ni son contra

una institución, que ha pasado ilesa al través de tantos siglos y de

tantas inteligencias superiores, á lo menos tan entendidas como las

nuestras». Profundo respeto me infunden á mí todas las cosas populares.

_Vox populi, vox naturae putanda est._ Por algo harán los tíos lo

que hacen. Fruto es de infinitas experiencias de los siglos, de las

generaciones que pasaron, de hombres, que no somos nosotros más que

ellos, que ponían todo su interés en granjear lo más posible con su

terruño, que conocían, si no todos los terrenos en teoría, el suyo

cada cual en concreto, y el clima, y lo que lleva ó no lleva el pedazo

de tierra que heredaron de sus padres. No digo que no sufra mejoras

la tradición española, pero á bien que ella y nuestros labradores

merecen todo respeto y reverencia. No así como así puede decirse que

tal máquina, tal rotación, etc., es buena para tal tierra y su colono,

que en correaje gastaría más de lo que saca, aun dado que fueran cosas

apropiadas y tan buenas en concreto como lo son en general en las

lucubraciones de los sabios. Las cosas del pueblo arraigan muy hondo,

donde quiera que se ve la mano del hombre en común, hay que ver la

fuerza del instinto humano, de todos los individuos mancomunados de

un pueblo, y ese instinto es algo tan natural como las leyes físicas

del universo y tan sabio como el instinto en los animales y plantas,

y algo más, si el hombre vale algo más que todo eso. Y al aplicar el

cuento al idioma, téngase presente que éste es la obra de las obras del

hombre y del instinto social, no de uno ú otro individuo. El idioma

es lo más sagrado que existe de tejas abajo, pero con tal que sea

ese idioma fabricado instintivamente por toda una raza. Es el fruto

de la inteligencia humana colectiva, lo más precioso que florece en

la naturaleza. La sabiduría de todas las Academias y filósofos es un

grano de anís delante de la sabiduría que encierra, como su meollo,

el idioma. Que el arte literario, al aprovecharse de esa habla vulgar

busque maneras de combinar los materiales, como las demás artes, es

cosa que se cae de su peso; pero no lo es el que se eche mano de otros

materiales extranjerizos ó el que se tome por módulo el módulo latino

ó francés, como hacen los cultos. El pueblo es, pues, el maestro del

idioma, es la piedra de toque del casticismo.

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 64 / 81 题