LOS SIMBOLISTAS

No sé qué juveniles bríos llevan consigo las ideas nuevas, que remozan

las más añosas osamentas y prenden fuego en el mismo hielo de la vejez.

Testigos, las últimas Conferencias ó discusiones del Ateneo de Madrid.

Las ideas eran viejas, pero acá en España, que caminamos tres leguas

rezagados de Europa, eran como flamantes. Tampoco es un viejo helado,

sino un manojo de nervios siempre recio y bullidor, el chispeante

antiguo escritor Sr. Zahonero. Perdóneme si no le pongo entre la gente

moza; pero el otro día se echó de encima cuarenta abriles como cuarenta

soles. Lo que puso fuego á aquel que debiera ser severo areópago fué

una idea, para acá nueva, la del simbolismo, lanzada á deshora por unos

cuantos jóvenes, mal avenidos con el soñoliento tema que se ventilaba.

Pero ¿qué simbolismo es ese? Por de contado, el del Ateneo fué

simbolismo español rabioso, simbolismo á raja tabla, á palo limpio.

En España no hay simbolistas, y ya ni siquiera los hay en Francia.

Lo que hay aquí es un montón de jóvenes muy estudiosos, de grandes

arrestos, muy amigos de que se desestanque nuestra parada y caída

literatura, que tienen sobrada razón de verla agonizar, muy aburridos

de hallarse en plena Siberia entre literatos eminentes que fueron, pero

que ya no tienen alientos ni ganas de renovarse ni de enterarse de

lo que pasa al otro lado de los Pirineos. No es sino muy de loar que

esos jóvenes se vayan en busca de vida literaria, fresca y flamante,

adonde se barruntan que la han de hallar, siquiera hayan de atenerse á

las revistas, y en vez de traernos un clavel esponjoso y lozano, nos

regalen con un ramillete marchito y ya polvoriento.

Confesemos que en Francia florece la literatura como nunca, y que

en España andamos agotados ha tiempo. Será un florecimiento el

francés, en el cual haya no poca hojarasca que barrer, mucha madera

que pide hierro, hartas matas que no se harían á nuestro temple, á

ser traspuestas en esta tierra de fuego y de hielos. Pero el hecho

es que la lengua francesa, con su cortedad de doncella y su claridad

de aguachirle, va soltándose de sus clásicas trabas y coloreándose

con sus ingenios modernos, cuyo estilo se atilda, se robustece,

cobra nervio, soltura y delicadeza cada día; mientras que nuestro

lenguaje literario, como dice Navarro Ledesma, se va avejentando y

convirtiéndose en ropa vieja, que no entalla al psicologismo moderno.

No que el habla castellana no dé de sí para todas las delgadeces y

honduras del pensar de hoy, pues les bastó á nuestros clásicos para

hilar más alambicadas sutilezas y calar más adentro todavía de lo que

se figuran los que no los conocen; sino que nuestra poltronería y

descaecimiento rehuye el trabajo de darle nuevo temple y sacarle los

aceros, engastando en él las modernas ideas y acomodándolo al pensar

que muda en matices con los tiempos. Si el lenguaje literario no sigue

de cerca al pensamiento, llega un día en que se queda atrás, porque el

pensamiento adelanta á la continua y no sabe quedarse estancado. El

anhelo de esos jóvenes es, por consiguiente, muy loable y merecedor

de aplausos. Enséñeseles, norabuena, el camino, en vez de ponerles

tropiezos y tirarles del faldón de la levita; hágaseles ver cómo se

podrán naturalizar entre nosotros las ideas artísticas extranjeras,

haciéndolas españolas; pero ahogar esos alientos y matar esas

aspiraciones, eso jamás. Toda aspiración en un joven es un germen caído

en tierra virgen, que el sol primaveral ha de fecundar, si extraños

estorbos no le hacen sombra ó la sequedad de la tierra no lo agosta.

No seré yo quien haga tan feo oficio; antes desearía contribuir á esa

lozanía y pujanza, que me hace simpáticos á cuantos veo ganosos de

aprender y hasta de enseñar y de crear tal vez antes de tiempo. Las

obras magistrales, fruto son de los años y de la discreción, los únicos

que maduran una doctrina y asientan las ideas en el cerebro después

de cernerlas, apurarlas y acendrarlas poco á poco, para que puedan

contrastar el embate de todas las pruebas y pasar á la posteridad.

Pero si la rosa que aún no se ha abierto del todo, no ofrece en toda su

galanura aquel rojo vivo que pintó el sol en sus pétalos, no por eso

es menos agradable, antes más delicada, cuando saca su tímida cabecita

de tierna niña del entreabierto capullo, y como avergonzada se para

sonrosada y ligeramente ruborosa, con esos suaves matices que le dan

mayor realce. ¿Que los jóvenes no han de crear una _Divina Comedia_ ó

una _Iliada_? Dejadlos hacer, que siempre serán brotes naturales los

que de ellos salgan, y si les falta el vivo carmín y el rico aroma de

la rosa, tendrán en cambio el inmaculado candor y el encanto no buscado

del capullo. En España no hay simbolistas á la francesa, ni los habrá

nunca; pero esos jóvenes buscan algo, y el simbolismo, que hasta en

Francia ya pasó de moda, encierra algo que no estará demás escudriñar y

poner en claro. Hablemos, pues, del simbolismo y de los simbolistas.

* * * * *

«_Nombrar_ un objeto, es suprimir las tres cuartas partes del placer

estético... _Sugerirlo_, tal es el ideal». He aquí la fórmula del

simbolismo, si hemos de dar crédito á Stéphane Mallarmé, el jefe menos

controvertido de la escuela. No sé si veré claro ó turbio, pero para mí

esas palabras encierran no poca filosofía del arte y mucha filosofía

del lenguaje. Lo primero lo dejo á los artistas filósofos; me atengo á

lo segundo, que es de lo que se me entiende á mí algo. Bien que, si el

fondo y la forma no son como el gabán y el sujeto que lo lleva, querer

separar la filosofía del arte literario, de la filosofía de su material

técnico, es querer dar mandobles contra entes de razón.

Todo el mundo conoce la obra trascendental del Lombroso de la

literatura, de Max Nordau. _Dégénérescence_ es un libro de clínica

sociológica, que ha condensado los síntomas de la vida moderna.

Su autor ha tomado el pulso á la sociedad actual, ha formulado el

diagnóstico y redactado la correspondiente receta. Un siniestro

movimiento de cabeza del Doctor hizo presagiar á los asistentes que

la receta era una simple orden de trasladar al paciente á alguna casa

de orates. Yo no juzgo el trabajo. Lo creo trascendental, admirable.

Su autor tiene ojo médico en verdad. Pero todo libro que vale, y

precisamente porque lleva una idea grande, anda á riesgo de exagerar

en el desarrollo de la teoría que encierra. Yo hallo algo de exagerado

en lo que atañe á los simbolistas. No es que los defienda en todo y

por todo, ni mucho menos; pero ó la tinta del Doctor era demasiado

negra, cuando escribió el capítulo III del libro II, tomo I, ó le

había revuelto la bilis la caterva de Prerafaelitas que acababa de

pasar unos momentos antes por delante de sus ojos. Lo cierto es que

los presentimientos aciagos y los juicios pesimistas se le debieron de

amontonar en las células grises y blancas de su doctoral cerebro, cual

nubes borrascosas que estallan sin orden ni concierto. Y los míseros

_hidropatos_ han tenido que aguantar el chubasco que les ha calado

hasta los huesos y los ha dejado hechos una sopa.

Por el pronto entran á formar parte del inmenso tropel de seres

vivientes y semovientes, que Max Nordau ha calificado de _místicos_,

y en el cual, dicho sea de paso, se ven revueltos y dándose codo con

codo Mahoma con San Ignacio de Loyola, Baudelaire con Zola y con Santa

Teresa de Jesús, Ibsen con Maeterlinck y con Nietzsche, Tolstoï con

Wagner: todos son unos _degenerados_.

La médula del simbolismo está en aquel _sugerir_, que á Max se le

antoja quisicosa indescifrable: «le _suggérer_ voilà le rêve». Y

Mallarmé lo comenta en estos términos, que nada tienen de oscuros ni de

enigmáticos: «El empleo perfecto de este principio constituye todo el

misterio del simbolismo: evocar poco á poco un objeto para manifestar

el estado interior del alma, ó por el contrario, escoger un objeto y

descubrir en él un estado del alma por una serie de desciframientos».

No sólo me parece muy claro y muy bien dicho como clave del simbolismo,

sino también como cifra de toda honda poesía y de todo el arte. ¿Qué es

el arte sino un simbolismo, un modo de expresión por signos externos

de un estado interno del alma? Desenvolver esta idea creo que es

desenvolver el concepto del arte. Margarita, Fausto, Mefistófeles,

son tres creaciones de Goethe, que si algo valen es porque son la

expresión de tres mundos morales, que cuajaron en tres personalidades.

¿Dicen algo esas personalidades? Esto equivale á preguntar si algo

significan, expresan y simbolizan. El cielo, la lluvia, la tierra,

son tres nombres: el arte los simbolizó en Zeus, Indra y Hera. Otras

tres personalidades, producto de la Mitología, es decir, del arte

popular, y tan artísticas como simbólicas, y que por ser simbólicas

son artísticas. Muchos diablos han producido el arte popular y el arte

literario. Si Mefistófeles los ha oscurecido á todos, es porque en la

pujanza expresiva de su concepción Goethe los incorporó á todos ellos

con todos sus cuernos, colas y artimañas en la plasticidad más saliente

que pudo producir poeta alguno. La riqueza poética de un Fausto está

en la condensación expresiva de toda una sociedad incrédula. Ese

Fausto, de hecho y en realidad de verdad, no es más que un montón de

palabras arrebujadas en forma de maniquí; pero es un maniquí artístico,

es decir, un ser que viviendo en el mundo ideal del arte literario,

ya deja de ser un mero arrebujamiento de palabras, trasformándose en

una personificación del estado interior del alma de un pueblo, en

la cual bullen las doctrinas y opiniones todas que han cruzado por

una generación de filósofos y sabios: ese personaje endiablado es el

atizador siempre curioso, el ansia de conocer, hasta dar por resultado

el escepticismo altanero de la ciencia moderna. Si Fausto es una

creación artística, lo es por su expresión intensa de la conciencia de

un siglo, lo es por su simbolismo.

Eso es _sugerir_, expresar. Pero las cosas, se me dirá, se expresan por

sus nombres, que para eso los tienen, y esa es su expresión más clara;

lo demás es decadentismo, misticismo literario. La fuerza expresiva de

los nombres se gasta al roce de los siglos: al arte toca rejuvenecerla,

y para rejuvenecer la expresión hay que acudir al mismo procedimiento

que emplearon las primeras gentes al acuñar los nombres, á la metáfora.

Es decir: al simbolismo. Llamar _luna_ á la luna será muy claro,

exacto, preciso: así debe llamarla en sus libros todo astrónomo que

quiera declararnos los eclipses. El poeta «evoca poco á poco otro

objeto», acude á la idea del lucir tenue y mortecino. No hicieron otra

cosa los antiguos al forjar el término _luna_, por _luc-na_, la de luz

tan tenue como la que se filtra por entre los árboles en un espacio en

que se han cortado para practicar á media luz los ritos religiosos.

Ese espacio á media luz en lo más cerrado del bosque se llamó _luc-us_

ó templo, y por lucir á media luz se dijo de aquí _luc-êre lucir_, y

por la _luna luc-na_ la que así luce. Ese es el arte del poeta: el

mismo arte del pueblo que creó los nombres, aplicado á quitarles la

pátina y herrumbre de que los ha cubierto el tiempo. «Yo definiría el

arte, dice Paul Adam, otro simbolista de segundo orden, diciendo que

es la inscripción de un dogma en un símbolo; es un medio de hacer que

prevalezca un sistema y de poner en claro una verdad». Del modo de

entender el simbolismo hablaré después; pero que arte sea expresión, ó

por otro nombre simbolismo, ¿hay cosa más clara? Oigamos á otro de la

escuela, á Charles Morice: «El símbolo es la fusión de los objetos, que

han despertado nuestro sentimiento, y de nuestra alma en una ficción.

El medio es la sugestión: se trata de comunicar el recuerdo de algo que

otro no ha visto ni sentido jamás».

Yo no veo hasta aquí en nada de esto «la locura y el charlatanismo»,

que ve Max Nordau. Si los simbolistas no han hecho más que eso, no

han hecho más que lo que han hecho siempre los poetas y los artistas

todos. Es muy socorrido eso de meterse en las intenciones y llevar

la literatura hasta el terreno crematístico. Hay un partido de

descontentos y de gente apurada. ¡Es el _boulangisme_ literario! Hay

que vivir. Hay que buscar un puesto, darse á conocer. Buen redoble de

tambor, ya que no se tenga bombo á mano... Ese es su verdadero símbolo:

«bulto urgente». Todo el mundo toma asiento en el tren rápido. Destino:

«¡la fama!» Así Haraucourt. Y Quillard: «no hay escuela simbolista; bajo

esta denominación se han reunido arbitrariamente poetas de talento

verdadero y verdaderos imbéciles». Pero esas citas no vienen á cuento,

señor Doctor.

«Hicimos un ensayo sobre la inteligencia condescendiente de las vocales

coloreadas...» Confesión de un simbolista, de Laurent Tailhade. Es un

pasatiempo como otro cualquiera. ¿Consiste en eso el simbolismo? Creo

que no; si en eso consistiera, á fe que no hubiera poetas simbolistas;

sería una tertulia de muchachos que se entretenían honradamente en

discutir una cuestión psicológica. Entre ellos dice Max Nordau que

hay «poetas de talento verdadero». Pueden, pues, muy bien ponerse á

ventilar ese punto, sin dejar por eso de ser artistas. Y hacen bien en

ventilarlo, pues no son las vocales tan condescendientes que lo mismo

les importe ir vestidas de blanco que de negro. La audición coloreada

tiene un fundamento más científico y sólido de lo que cree el mismo Sr.

Tailhade, y es un elemento estético del lenguaje y del arte literario

que bien merece la pena de estudiarse.

Más diré, y voy á manifestar lo que siento de los simbolistas. Los

extremosos de la escuela toman el rábano por las hojas, como suele

decirse. Pero en esa escuela bulle algo de muy trascendental para la

literatura, bulle el germen de la literatura del porvenir, es su primer

atisbo. Aquellas figurillas retóricas de los antiguos van á convertirse

en nuevas fuentes de estilo chispeante, nutrido de vida. ¿Cómo? Por la

ciencia psicológica. La ciencia, que algunos fantasean cual amarillo

hermitaño, seco de carnes, cejijunto, intratable y adusto, que algunos

se figuran que jamás ha de volver á cohabitar con el arte desde que

se divorció al parecer para siempre, la ciencia ha de volver á ser

lo que fué en Platón, ha de alentar la estética del porvenir y la

ha de realzar cual nunca lo hizo. Lejos y asomos de esto es lo que

yo vislumbro en el Simbolismo, y mis esperanzas estriban en que la

ciencia ha enderezado por nuevas veredas todos los acontecimientos,

todos los procedimientos, todas las empresas. Su fuerza avasalladora

ha triunfado de todo y triunfará de la rutina en el arte. En una

palabra, digo que el Simbolismo me parece que es (ó pudiera ser) la

ciencia, enderezando al arte y el arte acogiéndose al regazo maternal

de la ciencia. Harta falta le hacía á esa pródiga, después de tantos

desengaños recogidos en los falsos oropeles del pseudo-clasicismo,

en la pseudo-filosofía y falsas sabanas americanas, ó dígase

chatobrianescas, y entre los falsos salvajes á lo Rousseau, y entre

las lechuzas y cementerios del romanticismo, y entre las podredumbres

del naturalismo de entre cuyos harapos acaba de escapar. En la ciencia

está la salvación del arte, como está la salvación del espíritu del

hombre y de todas sus aspiraciones. Max Nordau se ha atenido á los del

rábano por las hojas, porque servían á completar su diagnóstico social;

no ha caído en la cuenta del elemento subconsciente que latía en esa

aspiración modernista, que yo desearía se convirtiese en conciencia

pública, y que vendrá un día en que se convertirá.

* * * * *

«Hay pocas poesías en la literatura francesa, dice Max Nordau,

comparables á la _Canción de otoño_ de Verlaine. La calma _melancólica_

de la estación está _expresada_ en versos ricamente cadenciosos y

llenos de música».

«Les sanglots longs

Des violons

De l’automne

Blessent mon cœur

D’une langueur

Monotone».

Esa _melancolía expresada_ tan magistralmente en esta estrofa, ni

Max Nordau, ni tal vez Tailhade saben de qué depende. Analícese el

mismo término _melancolía_ y se verá si la audición coloreada es ó

no elemento estético. _Melan-colía_ vale _bilis negra_, que abate

al individuo hinchéndolo de honda y _oscura_ tristeza; bien que

no removiéndose las fibras del alma, como sucede con las pasiones

vehementes, esa tristeza tiene algo de la calma y del abatimiento de la

naturaleza en otoño. Semejante afección nos la pintamos como algo de

sombrío y oscuro, cual el otoño y la bilis. Ahora bien, esa oscuridad

es la que consigo llevan las vocales _o_, _u_: la _u_ es más profunda

de color, la _o_ es más bien gris. Cada verso de esa estrofa contiene

dos _oes_, fuera del penúltimo que tiene dos _ues_, y el último que

da el golpe final lleva tres _oes_ en sus tres sílabas. Añádase el

timbre oscuro de la nasal que acompaña á la mayor parte de esos sonidos

oscuros, y el que estando en las sílabas acentuadas resalten y den el

tono á todo el ritmo, y se tendrá descifrado el enigma. Realmente el

otoño es el tiempo gris, la calma que lo caracteriza parece alargar

más y más las horas, que caen y se aploman pausadamente, cual tristes y

oscuros sollozos, comparados maravillosamente á los pesados golpes del

violón. Oscuro es el otoño, oscuro es el sollozo, oscuro es el sonido

del violón. Dígase en su lugar los _vibrantes suspiros de un violín_,

y la luz parece desgarrar de repente las tinieblas que nos envolvían:

estamos en primavera.

El sonido _u_ no encierra armónicos, es el más igual, el más simple de

los sonidos vocales; su característica es la nota más baja, que crece

en este orden: u o a e i.

Síguele la _o_, que no es tan oscura: _u_ es negra, _o_ es gris.

Hablándose del invierno yo preferiría la _u_, para el verano la _a_,

para la primavera la _i_, para el otoño me quedo con la _o_ de color

gris.

El nombre _violón_ con sus dos _oes_ en las dos sílabas más salientes

y acentuadas y con su oscura nasal al fin tiene realmente el color del

sonido que produce.

Pero, ahora caigo en la cuenta de que estoy hablando en castellano y

de que en castellano _violón_ significa violón; _violon_ en francés es

el violín. No tengo para qué borrar lo escrito. ¿Verlaine tuvo en su

imaginación el violín? Pues el violín por sonar en _in_ es mejor para la

primavera.

La lengua francesa no le fué propicia. Yo no pintaría los largos y

grises sollozos del otoño con chirridos de violín que me suenan á

_iiiii_ y á gorgoritos de jilguero; sino con el bronco retumbar de

corpulento violón, que suene _ooooo_! Anduvo, pues, mal acertado y fué

mal simbolista. La estrofa tiene un pero; la teoría de la audición

coloreada queda en pie.

Y si no, juzgue el lector, respondiendo sinceramente á esta pregunta:

¿suena oscuro el violín? Nada de eso, contestará seguramente: el violín

suena agudo, y su cuerda más gruesa chilla más agudamente que la cuerda

más delgada del violón. Como que la altura del tono, según las leyes de

la Acústica, está en razón inversa de la largura y del grosor de las

cuerdas, y de la cantidad de la masa vibrante de la caja de resonancia.

¿Cómo ha de sonar más agudo un bombo que un parche ó caja, un helicón

que un cornetín de órdenes, un fagot que un pito? Cuanto mayor sea el

instrumento, mayor es la masa vibrante y más grave es su sonido.

Ahora bien; sonido agudo llamamos al más alto, y grave al más bajo;

y lo agudo y alto es más claro, lo grave y bajo es más oscuro. La

audición coloreada tiene, por consiguiente, alguna razón de ser, y no

van tan descaminados los simbolistas, como pudiera creerse á primera

vista.

* * * * *

La cuestión de la audición coloreada la han tocado varios autores; pero

de propósito la trató un oculista francés, llamado Suárez de Mendoza,

en un libro que intituló: _L’Audition colorée: étude sur les fausses

sensations secondaires physiologiques_. Véase cómo la define: «Es

una facultad de asociar los colores á los sonidos, por la cual toda

percepción acústica objetiva, de una intensidad suficiente, y aun su

simple evocación mental, puede despertar y presentar á algunas personas

cierta imagen, luminosa ó no luminosa, constante para la misma letra

del mismo timbre de voz ó de instrumento, de la misma intensidad y de

la misma altura de sonido». Esta definición no la creo exacta; René

Ghil describe el valor cromático, no sólo de las vocales por separado,

sino también de los instrumentos músicos. Pueden, en efecto, despertar

distintas imágenes todos los elementos componentes de un sonido. Un

sonido idéntico en todo, dado por un violín, tiene otro color que el

dado por una corneta: lo cual quiere decir que cada timbre tiene su

color, tanto, que los alemanes llaman al timbre _Klangfarbe_, _color

del sonido_.

Y yo estoy por que el timbre es la esencia, por decirlo así, de los

sonidos y que cada timbre es un color acústico. La intensidad no es más

que un grado mayor ó menor de fuerza en el sonido, y que también puede

sugerir variedad de colores, aunque no tan fácilmente como el timbre.

Algo mejor sugiere esa variedad el tono ó altura, pues efectivamente

los tonos bajos nos parecen oscuros, y brillantes los muy elevados.

Como los diversos instrumentos músicos sólo se distinguen en el timbre,

que es precisamente en lo que se distinguen cada una de las vocales

y cada una de las consonantes del habla, el grupo de la escuela

simbólica, que admite la propiedad en las vocales y consonantes

de despertar un color determinado, pudo muy bien llamarse de _los

instrumentistas_. Su jefe René Ghil, en el tratado que escribió del

Verbo, expone el valor cromático de cada instrumento: «Las harpas,

dice, son blancas; azules los violines, enmuellecidos á veces por una

fosforescencia que lleva al paroxismo. En plena oración, los cobres son

rojos; las flautas, amarillas, que modulan ingenuamente, extrañándose

de la luz mortecina de los labios; y los órganos, ensordeciendo la

tierra y los púlpitos, como cifra y suma de los instrumentos sencillos,

con sus roncos plañidos ennegrecen el aire». ¿Quién va á negarle á René

Ghil que esos son los colores de cada instrumento, si así lo afirma? Lo

más que se le podrá reponer es que á otros las harpas se le antojan de

color violeta; los cobres, amarillos; el órgano, rojo; los violines,

verdes, y las flautas, de color de ala de mosca.

Cuanto á las vocales, hízose famoso el soneto _Les voyelles_ de Arthur

Rimbaud, que comienza:

«A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu, voyelles,

Je dirai quelque jour vos naissances latentes...».

Paréceme que Ghil tenía más sentido acústico-cromático que Rimbaud:

puedo asegurar que ese verso está lleno de disparates. Juzgue por sí

mismo el lector. Cuando oye pronunciar _¡ah!_ á uno que se extraña, ó

que se ríe, ó que se pasma, ¿le viene á las mientes el color negro? Tal

vez no le venga ni el negro ni ningún otro; pero si es de las personas

que realmente poseen la audición coloreada, estoy seguro que el negro

no le ocurre al oir la _a_. Al menos á mí la vocal _a_ me parece tan

_blanca_ como _clara_. Es la vocal más clara: eso lo sabe todo el

mundo: y todo el mundo sabe que lo más claro es lo blanco. Pero, en

fin, si Rimbaud da en que es negra la _a_, será que así se lo parece,

por lo menos hoy por hoy y hasta que se ría y tome á broma lo que

antes escribió. De colores no hay nada escrito. Entretanto que ellos

se tiran los trastos á la cabeza ó discuten graves y serios atusándose

los bigotes en señal de que no creen del todo lo que dicen, el maestro

Mallarmé sonríe olímpicamente. Y hace bien, pues si todo libro tiene

tantos ejemplares distintos cuantos son los que lo leen, y si la vista

de la campiña tiene tantos visos cuantos son los que por ella se

pasean, bien podemos barruntarnos que cada sonido podrá tener tantos

colores cuantos son los que lo oyen.

El fenómeno llamado _sinestesia_ por Millet, ó sea de la asociación de

las sensaciones, está hoy admitido por todos los psicólogos, y podía

bien presuponerse, dada la teoría corriente de las representaciones,

de la asociación de las imágenes y de las ideas, de la convivencia de

éstas en las células del cerebro y de la comunicación constante que

tienen entre sí, recorriendo mutuamente cada una todas las celdas en

esa especie de casa de vecindad encerrada dentro del cráneo. Binet

y otros psicólogos, en _L’année psychologique_ y en otras revistas,

van allegando datos que podrán condensarse un día en teoría precisa y

razonada.

Cuanto á la coloración, no hay duda que hace el papel principal, como

lo hace la vista entre las demás sensaciones y la fantasía óptica entre

las demás fantasías. Los que poseen gran potencia de fantasía visiva,

la mezclan con todas las demás: toda sensación, toda representación es

para ellos visiva ante todo.

Viene después la fantasía acústica, hoy más desarrollada que nunca

en Europa merced á la gran cultura musical moderna. ¿Qué extraño,

que colores y sonidos se confundan, si se confunden sonidos, olores

y gustos? «El _kirsch_ suena cual furibunda trompeta, el _gin_ y el

_whisky_ le arrancan á uno el paladar con sus sones estridentes de

pistones y bombardinos, el aguardiente lanza rayos y centellas con el

ruido ensordecedor de las tubas[9]».

Desdígase, pues, Rimbaud y ríase de su propia obra; Baudelaire previó

ya la teoría:

«Comme de longs échos, qui de loin se confondent,

..............................................................

Les parfums, les couleurs et les sons se répondent».

Y todas las demás sensaciones y objetos. ¿Qué es la analogía? ¿Y qué

es la inteligencia humana, sino la gran fabricadora de analogías? La

analogía es una relación; relacionar es atar cabos: la inteligencia es

tejedora por excelencia; el cerebro el telar. Cuando Remy de Gourmont

en las _Oraisons Mauvaises_ compara cada afecto, cada acción de Jesús

á una piedra preciosa, está en pleno simbolismo, y en pleno trabajo

textil. El ópalo es el último suspiro de Jesús, el triste y doliente

ópalo; el zafiro es su última mirada, el jacinto su último amor, el

topacio su último deseo, el rubí su última herida, la amatista su

último estremecimiento.

En suma, el Simbolismo es una Retórica más refinada y más científica.

Los antiguos clasificaban sus figuras en figuras de palabras y de

ideas; los modernos han encontrado un nuevo tropo, cercano á la

metonimia, la _sinestesia_. El tropo es un modo de hablar con viveza á

la fantasía y al sentimiento, haciendo más sensible, más pintoresca la

idea abstracta, por medio de una imagen, de una comparación.

El objeto del lenguaje es expresar el interior: cuanto con mayor

viveza y colorido, mejor logrará su objeto. Eso es el estilo: los

modernos lo han afinado y además han ahondado más en su concepto,

valiéndose de la ciencia. Tal es la _sinestesia_: la ciencia ó el arte,

ó lo que queráis, de hallar el porqué de las figuras retóricas y de

perfeccionarlas. «Sí, el racimo de las sensaciones, estrujado en la

prensa del espíritu, da el vino fuerte de la expresión... El arte se ha

completado haciéndose _sintético_, _sinfónico_»[10]. «Habiendo reunido

y cotejado entre sí nuestras sensaciones, el campo doctrinal se ha

dilatado. Pues en la escala infinita de los movimientos vibratorios,

sólo algunas modalidades son materia. Podemos extenderlas, no

contentándonos con los siete colores del espectro, con los siete grados

del diatonismo... Hemos hecho que los rayos ultra-violeta nos revelasen

nuevas gamas: pasemos más allá y nos veremos anegados en un nuevo mar

de ondulaciones desconocidas, cuyos ritmos serán nuevos alicientes del

arte y del placer estético».

* * * * *

Como escribo para españoles, que generalmente no están al cabo de lo

que se escribe por allá afuera, voy á detenerme un poco más en la

audición coloreada, aplicada por los simbolistas á la literatura. Nada

de nuevo diré para los que leen libros franceses de filosofía y arte.

El hecho es innegable, la audición coloreada se da en todos los

individuos en mayor ó menor grado, y se da en toda la humanidad; pero

al tratar de hallar el porqué del fenómeno, los autores se dividen.

Unos se lo preguntan á la Psicología, otros á la Fisiología. Es

una pura _asociación de ideas_, dicen aquéllos; _engranaje_ de los

centros, comunicaciones ó irradiaciones intercéntricas, responden los

otros. Lo que sí engranan son ambas teorías. La asociación de ideas

ó de imágenes no puede explicarse sin ese engranaje de centros y

comunicación intercéntrica. Por lejanas y disparatadas que estén entre

sí dos imágenes, la una visual, la otra auditiva, no pueden menos

de despertarse y llamarse mutuamente las unas á las otras, cuando

coinciden en algún punto que se refiere á los movimientos internos, es

decir, cuando son corrientes que tienen que cruzarse por necesidad á

causa de los puntos comunes afectivos en que convienen. Pero dejando

estas filosofías abstrusas de la cerebración, vengamos á los hechos.

La boca es una cavidad, que podemos ir estrechando ó ensanchando más ó

menos. Alargándola lo más posible y echando los labios hacia adelante,

toma la forma de una botella: es una caja de resonancia honda, que

produce la vocal más oscura _u_. Por el contrario, estrechándola lo

más posible, de manera que se forme un delgado tubo entre la lengua y

el paladar, la caja de resonancia es estrecha y produce el sonido más

delgado y claro _i_.

Entre estas dos conformaciones extremas están las que producen las

demás vocales, en este orden, que es el que se encierra en el _mieaou_

del gato, cuando va abriendo cada vez más la boca: _i_ _e_ _a_ _o_ _u_.

Si hablamos metiendo la cabeza en una tinaja, la caja de resonancia

es mayor y mayor la masa vibrante, y por consiguiente la voz es más

oscura. Otro tanto sucede cuando voceamos en una caverna. El timbre

de la voz es entonces del mismo timbre que el de la vocal _u_. Pero

poniendo junto á la boca un tubo estrecho, la voz saldrá aguda, del

timbre de la _i_. Las vocales son diversos timbres que una misma voz

formada en la laringe toma en la boca, según se conforme su cavidad,

mudándose, por consiguiente, la caja de resonancia. Tal es la razón

fisiológica de la coloración de las vocales.

La razón física hay que buscarla en la naturaleza de las mismas.

En mi obra _Los Gérmenes del Lenguaje_ he tratado de demostrar que

el timbre nasal expresa la quietud, el ningún movimiento, el Nirwana

de las voces del habla. Es el único, efectivamente, que resulta del

reflejarse y volverse atrás el aliento espirado por encontrar cerradas

las puertas. Vuelto atrás da en el _velum pendulum_ ó galillo, y

rechazado se vuelve adelante, reflejándose cien veces en la cavidad

cerrada, como pelota que resurte de pared en pared. Siendo el conducto

nasal el único que da alguna salida á ese vaivén de la onda sonora, por

él resuena como por una chimenea. Es lo que acontece en una caverna sin

salida, que la voz se refleja cien veces, resultando un timbre oscuro

y triste. Por eso la _n_ es la nota de _la negación_, y la de lugar

_en donde_ en muchísimas lenguas, y la del _yo_, cuya idea es la de la

reflexión: =n=osotros =n=o damos e=n= ello.

¿Quiere el poeta simbolizar en sus versos la dejadez, la pereza, la

galbana del estado físico y anémico del que acaba de despertar? Óigase

á Maeterlinck en su piececilla _Ennui_: todos son sonidos nasales y

_oes_ graves y pesadas.

«Les paons nonchalants, les paons blancs ont fui,

Les paons blancs ont fui l’ennui du réveil;

Je vois les paons blancs, les paons d’aujourd’hui,

Les paons en allés pendant mon sommeil,

Les paons nonchalants les paons d’aujourd’hui,

Atteindre indolents l’étang sans soleil,

J’entends les paons blancs, les paons de l’ennui,

Attendre indolents les temps sans soleil».

Todos los elementos concurren á simbolizar en esta estrofa el fastidio,

el aburrimiento: la elección de una alimaña tan fastidiosa y tarda en

sus movimientos como el pavón, el empleo de palabras largas y pesadas,

la repetición de los nombres, de versos enteros, la insistencia y

repetición de la misma idea. Pero sobre todo esas oes con _n_ en sílaba

acentuada, esos _pa_=ons=, que caen y vuelven á caer con el movimiento

grave y enojoso de un péndulo. Es la ecolalia del enfermo aquel alemán,

que decía y repetía palabras incoherentes en _an_:

_Man kann dann ran Mann wann Clan Bann Schwan Hahn._

Y seguiría así dándole que le darás, como la onda sonora en el fondo de

la boca al resonar _n_, que va y viene, viene y va, y cuya traducción

pudiera ser aquel:

«Yo sé, yo sé, yo sé una habanera

que le da, que le da, que le da la lata á cualquiera».

Estribillo que se repite, hasta que el oyente queda prácticamente

convencido de que realmente le han dado la lata la habanera y el que se

la cantaba.

Augusto Lemaître en su _Audition colorée et phénomènes connexes

observés chez des écoliers_ trata largamente de los experimentos

hechos por él mismo en niños de doce á catorce años en el colegio

de Génova en 1900. Por la tabla de los colores, en la que resume los

experimentos, se ve que ninguna vocal tiene el color violado, que _a_

es lo más ordinariamente roja ó blanca, que _é_ es amarilla, _i_ blanca

(más raras veces roja), _o_ negra, _u_ verde, pero tan á menudo negra,

amarilla ó azul. Las preferencias generales concuerdan con las aducidas

por Flournoy[11]; sólo hay divergencia en la o, que ordinariamente es

roja ó amarilla en las preguntas de Claparède, y que Lemaître halla

resueltamente como negra. He tratado despacio de este asunto en la

_Embriogenia del lenguaje_, y no me detendré más en él.

_Rojos_ son los instrumentos de cobre para Stuart Merril, no sé si por

su color material ó por lo desgarrador de su estridencia. Por lo menos

en sus _Gammes_ se lee:

«Que les Espérances écloses

Clament au cœur des _clairons roux_

Dans l’Azur des apothéoses:

Gloire aux amants fervents et doux!».

Y nótese que el sonido silbante en que terminan estos versos expresa el

salir y cortar, como sale el aliento cortado por los dientes.

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 38 / 81 题