LOS ORÍGENES DE LA LENGUA CASTELLANA SEGÚN UN LIBRO RECIENTE

_La Gramática y Vocabulario de las obras de Gonzalo de Berceo_, obra

premiada en público certamen por la Real Academia Española, acaba de

salir publicada á sus expensas. Su autor, D. Rufino Lanchetas, no ha

menester nuevos elogios. Bien conocido como uno de los buenos filólogos

españoles, y como el que mejor ha comprendido la fonética del verbo

castellano, en esta monumental obra de 1.042 páginas ha vertido todos

sus conocimientos y erudición lingüística acerca de las evoluciones de

nuestra lengua.

No conociéndose los códices manuscritos que tuvieron á la vista el P.

Sarmiento y D. Tomás Sánchez, y no habiéndose hecho la edición crítica

de las obras del poeta riojano, trabajo indispensable que debiera haber

precedido al de su estudio lingüístico, ha debido acogerse á las

tres conocidas colecciones de los Sres. D. Tomás Sánchez, don Eugenio

de Ochoa y D. Florencio Janer y á otras obras particulares por otros

publicadas, llenando en cuanto ha podido esta falta de texto crítico y

depurado con los conocimientos teológicos y bíblicos necesarios para

interpretar á un poeta erudito-religioso, que en medio de las guerras

y glorias nacionales de su época no salió de su rincón de la Rioja,

tratando con los monjes como uno de ellos, aunque sólo fuera sacerdote

seglar, y ocupado solamente en cantar el sentimiento religioso por sus

dos caras, positiva ó del bien, y negativa ó del mal, de la gracia y

del pecado, del cielo y del infierno. Pero, en lo literario, nos ha

dado á conocer á Berceo D. Marcelino Menéndez y Pelayo en el tomo II su

Antología de poetas líricos castellanos tan cumplidamente, que en pocas

páginas al poeta castellano más antiguo que conocemos nos lo ha hecho

ya familiar y agradable por la suavidad y delicada unción mística, por

el realismo de la narración, por el candor del estilo, no exento de

cierta socarronería é inocente malicia, y por la armonía con que supo

combinar y disponer las palabras de su lengua, como dijo Puymaigre.

Lanchetas se ha ceñido á la parte lingüística. Para mí, lo más

original, fuera de las doctrinas que ya conocíamos por su tratado del

Verbo castellano, es el Apéndice que versa sobre la versificación de

Berceo. Parece que para los postres ha querido reservarnos el mejor

plato. El asunto es difícil y cuya solución nunca podrá pasar las

lindes de cierta probabilidad; pero creo que el autor, enterado, como

pocos en España, en los secretos de la Métrica antigua, y encariñado

con esta cuestión, la ha aclarado cual ninguno. No hay que pensar en

el pentámetro al querer buscar el origen del alejandrino. De ritmo

dactílico, por su naturaleza y origen, puesto que derivó del epos ó

exámetro, este metro exigía necesariamente la base de la versificación

antigua, la cantidad prosódica. No sé cómo Sánchez, Amador de los

Ríos y Revilla pensaron y se detuvieron en él. El dímetro yámbico

cataléctico, compuesto de dos dipodias yámbicas, la segunda incompleta,

con los golpes fuertes propios de los yambos en la segunda parte de

cada uno de los pies, y precediendo el golpe más fuerte al que lo es

menos, fué muy usado en los himnos eclesiásticos, por ser de los que

mejor se acomodaban al principio de la nueva versificación, basada

solamente en el acento espiratorio. Reunidos de dos en dos estos

dímetros yámbicos, que rimaban por pares como el romance, es decir, que

eran versos heptasílabos de rima consonante alternada en los pares,

resultó la serie de alejandrinos. Desdoblando un cuarteto alejandrino,

resulta, por el contrario, una octavilla de rima consonante en los

pares:

Dabán olór sabéio

Las flóres bién oliéntes.

Refréscabán en ómne

Las cáras é las miéntes.

Manában cáda cánto

Fuentés clarás caliéntes,

En véranó bien frías,

En yviernó caliéntes, (_Milagros_, 3).

Compárese ahora con el Θέλω λέγειν 'Aτρείδας | Θέλω δε Κἁδμον ᾅδειν en

dímetro yámbico cataléctico de la conocida anacreóntica, y con el himno

_ante Somnum_ de nuestro Prudencio:

Adés Patér supréme

Quem némo vídit únquam,

Patrísque sérmo Chríste,

Et Spíritús benígne.

Los hemistiquios esdrújulos alejandrinos corresponden naturalmente

al dímetro yámbico acataléctico completo: «El fruto de los árboles»

(_Mil._, 15), y «A sólis órtu cárdine» (Himno de la Virgen). El

paralelismo no puede estar más claro. Lanchetas ha desenvuelto, pues, y

redondeado la doctrina ya emitida por Bello y Benot, y la ha declarado

con todo el aparato de la técnica métrica de Christ (_Metrik d. Griech.

und Römer_).

Este autor emplea el término griego θέσις en el sentido etimológico en

que lo emplearon los griegos, en el de golpe fuerte, que correspondía

al bajar de la batuta ó dar un golpe con el pie en el suelo, conforme

al tecnicismo de la música y de la orquéstrica, de donde tomaron sus

términos los poetas. Lanchetas llama á ese golpe fuerte _arsis_,

siguiendo á Bentley y Hermann, que lo tomaron de los gramáticos latinos

posteriores (S. ISIDORO, _Orig._, I, 16), los cuales confundieron

los dos vocablos _arsis_ y _thesis_, dándoles opuesta significación

á la que entre los griegos habían tenido. Es lo único que tengo que

advertir, además de los dos deslices siguientes que noto en este

apéndice. En el final del verso, dice en la página 1.027, está la norma

de nuestra versificación, «así como el de la metrificación clásica

estaba _en el comienzo de ellos_» (de los versos). Y en el final,

que es el que daba precisamente el tono. En la página 1.038 dice que

el pentámetro «pasó de Grecia á Roma, donde se le usó también con el

exámetro, pero destinado casi exclusivamente á los asuntos de carácter

triste. De aquí el llamarlo también _pentámetro elegíaco_». Este nombre

viene de elegos, que era el propio del dístico, compuesto de exámetro y

pentámetro, fuera del cual nunca se empleó. Por lo demás, el _elegos_

se usó en todo linaje de poesías, que nada tenían de tristes, tanto en

Grecia como en Roma.

Del Vocabulario, lo que podemos decir es, que para los estudios

lingüísticos del castellano nos hacía muchísima falta; bastantes

etimologías habría que corregir; pero, por no entrar ahora en

menudencias, lo dejaré para hacerlo en otra ocasión. Tampoco me

detendré en particularidades tocantes al estudio gramatical del autor.

Sólo sí me parece debo hacer notar algunos conceptos poco apurados

vertidos en la Fonología, por ser de consecuencia y tocar al método.

El que mira una lengua extraña al través de un Diccionario y de una

Gramática, natural es que se forme un concepto inexacto de esa lengua.

El tal Diccionario es para él un almacén donde se guardan los términos;

y la Gramática, un inventario donde, por orden de clases, se describen

las particularidades de los mismos términos; esa lengua es una

colección de objetos, determinados en número, hechos y acabados, que

no admiten retoque. Semejante concepto del lenguaje es, sencillamente,

una niñería. Un idioma no es más que un conjunto de temas y de sufijos;

pero la infinidad de combinaciones de estos elementos no está ya hecha

de una vez. El pueblo que lo habla lleva en su cabeza tantos conceptos

generales como son esos temas, y tantas clases de relaciones como son

esos sufijos; pero de la combinación de esos conceptos entre sí, y

de esas relaciones entre sí, y de esos conceptos con esas relaciones

surge un mundo ideal sin riberas, al cual responde otro mundo fónico

tan sin cabo de vocablos que, al brotar cada nuevo concepto, lo viste

de una forma sonora, resultando una nueva palabra, una nueva frase.

Es, pues, el idioma, no un almacén de cosas contadas é inventariadas,

sino una herramienta que puede fabricar, ó un campo que puede dar de

sí cuanto necesite la mente. Es tan imposible que en un Diccionario

puedan inventariarse todas las palabras, como que puedan almacenarse en

un lugar, por grande que se le suponga, los géneros que pueden salir

de una fábrica bien organizada. Además, renovándose las ideas de la

sociedad continuamente, á la continua se renuevan las calidades de esos

géneros.

Por eso, ó yo no entiendo este párrafo de Lanchetas, ó la idea que él

tiene del lenguaje no es la que acabo de exponer. «Berceo floreció,

dice, en un tiempo en que la lengua castellana no tenía para las

transformaciones más freno que el de la comprensión de los que con él

hablaban la misma lengua»; de donde infiere un dualismo lingüístico en

el poeta riojano. Ese único freno de la comprensión, si freno ha de

llamarse, lo ha habido siempre en el habla, sin que empezca para que

los idiomas sean algo uno y bien trabado, sin esa dualidad lingüística,

un verdadero sistema fónico.

Yo veo en esas palabras el efecto de otra ilusión óptica del que mira

el castellano antiguo como algo ya muerto, y lo coteja con el actual.

Parécele que aquellos sufijos y aquellas formas, que hoy no tienen ya

vida, eran como dañinos chupones en el tronco, que una Academia hubiera

podido y debido podar. Los fenómenos lingüísticos del castellano de

entonces, por no parecerse á los del actual, se le antojan como sin

norma ni principios, cual excrescencias irregulares. Es otra ilusión:

ésos son géneros que producía en aquel momento histórico la misma

fábrica que hoy produce los que nos parecen más regularizados. No es

mucho extrañemos los trajes y modas pasadas; pero lo mismo extrañarán

mañana los de hoy nuestros nietos. Ni en Berceo ni en el habla vulgar

de su tiempo se dió tal dualismo lingüístico; el que sí se dió y se

da hoy es el apuntado después por el Sr. Lanchetas, y que el mismo

Berceo da bien á entender: el del habla erudita, tomada del latín,

que contrasta con el habla vulgar. Pero aquella habla vulgar, como la

de hoy, créame Lanchetas que era muy regular, y tan sistemática en

sus principios como cualquier otro idioma. Los dialectos literarios

y eruditos, que en parte arraigan en el habla vulgar y en parte se

les estira hacia otra lengua, como el castellano escrito hacia el

latín, ésos son los que llevan en su seno la dualidad lingüística, la

disparidad de tendencias, la hibridez de sistemas.

No hay que darle vueltas: el hombre es una gran cosa, sus obras son

una grandísima cosa, pero la naturaleza es algo más grandísima cosa.

Todo lo artificial es un juguete que remeda toscamente, y hasta de una

manera visible, como un muñeco, á la naturaleza; y el habla natural es

el habla del pueblo, y los muñecos que la remedan, todos esos pegotes

de la erudición.

Es que se considera el idioma cual si fuera un artificio tan hechizo

como la Literatura, distando de ella cien leguas. La Literatura, hablo

de la erudita, como la Pintura y todas las demás artes, son, al fin

y al cabo, muñecos, bebés, carrillos, toros, caballos de cartón, de

madera, de cualquier otra cosa, menos de carne y hueso. Á la verdad que

son juguetes de personas de edad, con los que muy honestamente podemos

entretenernos. Pero no por eso hemos de parear, y aun preferir, los

cartones pintados, los ojos de vidrio y aun el serrín embutido en el

bebé, á un angelito que sola la naturaleza supo fraguar en el seno de

una inconsciente é ignorante mujer. Sólo que, como cada cual alaba sus

agujetas, desde que hay hombres, con todas sus necedades metidas en

el cuerpo, se han forjado la candorosa opinión de que los muñecos que

él se fabrica para su honesto solaz ó para sus apremiantes menesteres

son más hermosos y acabados que los de la madre naturaleza. Por eso

llama artes, cultura, civilización, progreso, á esos juguetes y á su

manufactura, dejando para los salvajes primitivos el cielo estrellado y

los prados vestidos de verdura. El niño se regocija y embebece con un

caballo de cartón y se estremece ante un caballo que, sin darle cuerda,

puede y sabe relinchar; la niña besuquea un burujo de trapos pintados y

riñe con su hermanito chiquito. El habla vulgar es la expresión natural

en la que vierte un pueblo sus ideas; el habla erudita, en cuanto de

esa habla vulgar se aparta, son trapos y cintajos con los que, por

un pudor mal entendido, queremos encubrir la belleza natural de las

formas. Otrosí: el _cake-walk_ parece tan saleroso y bonito danzado

por estirados ingleses, como el latín que han traído los eruditos,

pronunciado por un manchego. Pero quede aquí esta digresión.

Es un crasísimo error el creer que las lenguas tienen un período de

formación en el que domina la anarquía; otro de perfección, y otro de

caduca vejez. En cualquier momento histórico que se le considere, un

idioma es un sistema único y, por consiguiente, acabado en su género;

un instrumento de expresión no sistematizado, sino en plena anarquía,

no ha existido jamás, porque no serviría para el caso, y porque el

idioma no es una mesa que los bárbaros del Norte puedan desvencijar de

un par de hachazos y dejarla coja; sino un instrumento de expresión que

va evolucionando en mejor ó peor dirección, pero que está sistematizado

y organizado en todas sus piezas, en cualquier momento histórico

que se considere. Mirándolo en aquel momento hacia atrás, parece que

aún se hallaba informe y sin acabar, y para cada época el idioma en

las épocas precedentes se halla en vías de formación. De ahí todos

esos epítetos que se derrochan contra las antiguas maneras de ser del

idioma: Cicerón llamaba informe, bronco y rudo al latín de Enio; León

lo repetía respecto del castellano del siglo XIV; Salvá respecto del

del siglo XVI y XVII, y en el siglo XXI lo repetirán de

nuestro castellano de hoy. Son ilusiones. Claro es que cada estado

del idioma es preparación para los que le han de seguir, y en este

supuesto puede decirse que se halla en un estado informe; pero tan

acabado está en una época como en otra. Algo de esto parece tenía en

la cabeza Lanchetas, cuando en la página 34, al describir la historia

del castellano, llama á sus tres períodos _Morfológico_, en el cual se

forma; de _Perfeccionamiento fonético_, y de _Fijación_. Lo más chusco

en esta clasificación falsa, si las ideas anteriores no lo son, está

en ese último término de _Fijación_. Ni el castellano ni ningún otro

idioma llega á _fijarse_ jamás; el día que se plante, es porque hay que

cantarle sin remedio el _gori, gori_.

Otra ilusión todavía más generalizada, á pesar de ser más tonta. Por

no haberse escrito en castellano hasta la época en que aparece el

Poema del Cid, hay quien tiene la candidez de creer que el castellano

no había nacido hasta entonces, y todo lo más se le concede un siglo

atrás para que pudiera formarse. Y en esa candidez han caído nada menos

que nuestros mayores eruditos; no hay para qué citar nombres. Como si

la Literatura naciera con el idioma, ó no hubiera más idioma que el

escrito. «Al primero (período), aunque no tiene comienzo bien definido,

puede señalarse para su desarrollo la invasión de los bárbaros del

Norte, y con especialidad el siglo VIII, que coincide con la venida de

los árabes á España y la gran decadencia en la antigua cultura, y su

término puede fijarse provisionalmente en el Poema del Cid». ¿No hay

alguna punta de esa candidez en fijar estos dos mojones?

Para cuando vinieron los bárbaros, el castellano era ya tan buen

mozo, que no le tocaron los nuevos huéspedes ni un pelo de la

barba. De haberse formado el castellano por efecto de aquel choque,

hubiera tomado no pocos elementos germánicos, y no ha tomado ni uno

morfológico, y sólo cuatro términos, tan cuatro y contados, que tiene

más del inglés que no del godo cogidos entonces. Menos me explico el

segundo mojón, si no es por confundir el habla con la escritura. El

tercero nos lo planta el año 1492, fecha en que se publicó la Gramática

de Nebrija. Pero una golondrina, digo una Gramática, aunque sea la del

más alto y esclarecido lingüista que ha producido España, como para

mí lo es Nebrija, no hace verano. Precisamente el fonetismo castellano

había de dar un vuelco tremendo desde Nebrija hasta principios del

siglo XVII. El mojón había que ponerlo donde el vuelco se dió; y como

las lenguas tardan años y años en dar un cuarto de vuelta para ese

vuelco, el mayor que ha dado el fonetismo castellano durante toda su

vida, necesitó nuestra lengua un siglo, años más, años menos: el mojón

es todo el siglo XVI, pero no la época de Nebrija, en la que siguió el

fonetismo antiguo.

«En el período morfológico, es decir, desde el siglo VIII, continúa

diciendo Lanchetas, se consuma todo lo más esencial de nuestras

flexiones; en él se transforma la declinación sintética y pospositiva

en perifrástica y prepositiva». Con perdón de mi buen amigo, esa

trasformación hacía tiempo se había ya verificado, como que se ve

la enfermedad (y no ya los síntomas, que están en el antiquísimo

uso de las preposiciones) desde que se conocen documentos del latín

vulgar, y en la época del Imperio ya éste había sustituído los casos

por preposiciones. «Se pierde la pasiva sintética y se uniforma,

haciéndose toda ella perifrástica; desaparecen los deponentes, se

pierden ciertos tiempos de la conjugación activa, y se crean dos nuevos

futuros». Todo eso se ve ya iniciado hasta en los autores clásicos,

y ya existía en el latín hablado de la época imperial, á pesar de

la reacción que el lenguaje literario y oficial ejerció por entonces

sobre el vulgar latino, del cual nacieron los romances. El día en que

se disolvió el Imperio quedaba ya deshecho el latín, y de muy atrás

habían comenzado á evolucionar las románicas, sobre todo el castellano,

que fué de las primeras y que con el sardo conserva huellas del latín

vulgar republicano, anterior á la formación de las otras románicas. El

castellano puede asegurarse que nació y pudo bautizársele con su nombre

de pila desde el primer momento en que el habla de los conquistadores

pasó á labios de españoles de pura raza. Cuanto á la pérdida de la

cantidad y al cambio del acento musical en respiratorio, es un fenómeno

de la época imperial, y en España yo tengo para mí que jamás los

españoles distinguieron las largas de las breves ni salmodiaron el

latín. Los cambios de _ŏ_ breve acentuada en _uo_, _ue_, y de _ĕ_ breve

acentuada en _ie_, son tan antiguos como nuestro romance, pues sería

casualidad se hubieran formado tales diptongos en las vocales _o_, _e_,

que habían sido breves en otro tiempo y que ya no se oían como tales.

Los fenómenos de asimilación y disimilación en vocales y consonantes

fueron, realmente, efecto posterior de la eufonía castellana; pero

las trasformaciones fónicas esenciales son tan antiguas como el

castellano, el cual nació bastante antes de los siglos VIII y VII.

«El tercer período, dice, viene á ser como una especie de

estacionamiento fonético y formal». ¿Es decir, que desde la Gramática

de Nebrija ya no ha habido evolución fonética? Pues desde entonces

hasta los comienzos del siglo XVII es cuando la hubo más pujante y

extraordinaria que nunca, ya que varios sonidos, que Nebrija describe

en su _Ortografía_, se perdieron, naciendo otros que él no conoció. Me

refiero á los sonidos antiguos _ç_, _z_, _x_, _g_=_i_, y á los modernos

_z_, _j_. Hoy no tenemos el fonetismo de principios del siglo XVI; de

modo que no es exacto el que «los elementos que en el período anterior

no terminaron su evolución fonética, por regla general quedaron fijos

y estacionados, y hoy se hallan regularmente con poca diferencia de

lo que eran cuando penetraron en el siglo XVI». Precisamente los

cuatro fonemas indicados comenzaron entonces á perderse, originando

otros dos nuevos, y _h_, _f_, ó _ff_, que hasta entonces sonaban como

una aspiración que nada tenía de dental ni de labial, se cambiaron de

suerte que _h_ ya nada sonó, y _f_, _ff_ sonó como labio-dental por

influjo erudito del Renacimiento. No era nada lo del ojo y... _los_

traía en la mano.

Al hablar de la analogía, vuelve el autor á su idea sobre el origen del

castellano: «sin la barbarie de la Edad Media, las lenguas románicas

son inconcebibles». Trae como ejemplo de la analogía la formación

del pretérito en _i_ conforme al tipo de _partivi_, _partí_, y cree

encontrar en los documentos latinos de los siglos XI y XII esa

trasformación: _cadierit_, por _ceciderit_; _poterit_, por _potuerit_;

_morierit_, por _mortuus fuerit_; _perdissent_, por _perdidissent_;

_sequire_, por _sequi_, etc. «Todo lo cual prueba que en las diferentes

regiones de España, como si obedeciesen á una consigna, todos iban

uniformando los perfectos y otras formas del verbo». Pero ese ¿era el

castellano que se iba formando y uniformando? De aquella época tenemos

nada menos que las Partidas y Berceo y el Cid, donde el castellano es

castellano; eso es mal latín. La única consigna á que obedecían en

toda España era la de no saber bien latín; y como lo que sabían era el

castellano, escribían el latín castellanizándolo. El _sequire_ estaba

calcado en _seguir_; _sequire_ no era del castellano; _cadierit_,

_poterit_, _morierit_, ni las demás en _erit_, fueron jamás formas

románicas, sino del latín clásico, que es lo que pretendían escribir

los que tal escribieron; sino que no lo sabían bien. No es que iban

todos á una unificando los perfectos castellanos; sino que, no sabiendo

latín, al escribirlo les reteñía dentro de los cascos su román

paladino, y les salía un latín romanceado.

En la _Fonología_ es sensible que el señor Lanchetas, dejada la

doctrina corriente del timbre en las vocales latino-vulgares,

continuación de la cantidad clásica, quiera explicar el vocalismo

castellano por el acento, y acento latino. No encuentro pruebas

suficientes para apoyar este nuevo método. «La o tónica latina, por

regla general, se ha conservado», dice en la ley 2.ª, y en la 3.ª: «la

_o_ tónica latina se transforma en _ue_ en gran multitud de palabras».

Como se ve, ambas reglas pugnan entre sí. «_Puente_, _ruego_, tienen

_ue_, por ser tónica latina la _o_ de _pontem_, _rogo_». Pues tan

tónica latina era en _pontarrón_ y _rogar_, y no se ha diptongado.

Es que aquí no se trata de la tónica latina, sino de la tónica

_castellana_, y la ley debe formularse así: «Toda _ŏ_ abierta del latín

vulgar, ó breve del literario, cuando en castellano lleva acento, se

abre en _ue_; y no se abre, cuando no lleva acento». La pugna entre

las dos leyes de Lanchetas queda disuelta con esta ley: «Toda _ŏ_

cerrada del latín vulgar, ó larga del literario, cuando en castellano

lleva acento, permanece como _o_». Como se ve, todo pende del acento

castellano (que de ordinario conviene con el latino) y de la cantidad

latina de la vocal en el literario, ó del timbre correspondiente

en el vulgar. El acento latino no es la madre del cordero; es una

tatarabuela, en cuanto que originó el acento castellano, y éste es uno

de los factores que producen ese cambio fónico.

Apártase luego Lanchetas de Meyer y Cornu en creer que _uo_ no fué el

paso de _o_ á _ue_. El problema no es tan evidente como el anterior,

pero no veo fuerza alguna en los argumentos de Lanchetas, los cuales

prescinden, y aun se oponen, á la evolución de _e_ en _ie_. Ahora

bien: _o_ en _ue_, y _e_ en _ie_, son dos fenómenos paralelos que

hay que explicar á la vez. Así como _e_ se abre en _ie_ con la _i_

próxima en la serie natural _u o a e i_, así _o_ en _ue_ no debió

abrirse sino por intermedio del _uo_ con la _u_ próxima. Y de

hecho _uo_ existe en la mayor parte de las románicas: en italiano

_nuovo_-_nuevo_, _duolo_-_duelo_; en francés, antes del siglo XI,

_buona_, _duol_ (_Sta. Eulalia_ y _S. Léger_), y después de principios

del siglo XI _ue_, _avuec_, _duel_ (_S. Alexis_); en León y Asturias,

_uortu_-_huerto_, _tuorto_-_tuerto_. En cambio, ¿en qué se funda el

que _o_ se hiciera _oe_ de repente, tomando una _e_ que no tiene

razón de ser, y luego _ue_? Ese _boeno_ que habrá oído, es el _bueno_

descuidado; _moete_ es el _mocete_, empleado juntamente con _moete_ en

Navarra. Hay más; el paso de _o_ á _uo_ y de _e_ á _ie_ es el único

explicable fisiológicamente. ¿Por qué _fĭde_ da _fe_ y _pĕde_ da _pié_?

Por la acentuación intensiva la duración de la vocal es doble, y la

_e_ abierta latina de _pĕde_ da _pèède_; pero, obrando la refracción

de vocales, la primera parte de esa vocal tiene un timbre cerrado; la

segunda, que es la más intensa, un timbre abierto, resultando _piède_.

Al revés, en _fe_, de _fĭde_, con el acento suena _fééde_, cuya _é_ es

cerrada, pasándose del timbre más abierto al más cerrado, y resulta

_fe_ con _e_ cerrada. Lo mismo de _bóno_, _bòòno_, por refracción

_buono_; mientras que _bŭcca_ da _bóóca_, _bóca_. La acentuación alarga

la vocal; y si ésta es abierta, su articulación comienza cerrada para

abrirse en la segunda parte de la duración, que es la más intensa; si

es cerrada, comienza abierta para cerrarse en la segunda parte. De esta

manera, las dos leyes opuestas de la _o_ y las otras dos de la _e_, «la

_é_ tónica latina se conserva con mucha frecuencia», y «la _é_ tónica

latina se transforma en _ie_ en muchísimas palabras», quedan reducidas

á una: «Las _o_, _e_ breves, al llevar el acento castellano, se abren

en _ue_, _ie_, y no cambian cuando desaparece el acento; y las _o_, _e_

largas subsisten».

Pero estos y otros pequeños lunares, efecto de no haber modificado

algunas ideas desde que publicó su obra acerca del verbo castellano,

en nada amenguan el mérito principal del concienzudo trabajo del Sr.

Lanchetas. Él solo sabrá apreciar debidamente el tiempo y las molestias

que le habrá costado entresacar, interpretar y ordenar cerca de 4.000

palabras, estudiando las 100.000, poco más ó menos, de que constan las

obras de Berceo. Los que nos dedicamos al estudio del castellano, no

sólo tendremos que agradecerle los inmensos servicios que prestó á la

Lingüística española con su estudio acerca del verbo, por el cual con

toda justicia merece ser llamado el iniciador y maestro del romanismo

en nuestra patria, sino que nos veremos con mucho gusto precisados á

tenerle siempre en la memoria al acudir á ésta su nueva obra en busca

de los imprescindibles datos que habremos de necesitar del más antiguo

poeta español que conocemos.

[Ilustración]

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 37 / 81 题