a una discreta compunción. Aparece en la pantalla el «lugar del
suceso», la misma plaza hirviente y dolorida que vio Arturo desde
el balcón. Vuelve a aparecer el teniente alcalde y el gobernador,
el hombre morado y el hombre caqui. Severos, torturados, llenos de
toda la pesadumbre de la ciudad —de la ciudad religiosa, de la ciudad
municipal, de la ciudad marciana, que cada uno representa—. Cruzan
por la pantalla todas las instituciones, befadas, agredidas hoy por
una mano insensata. Y, tras ellos, otra vez, y siempre, la multitud.
Ahora se advierte bien en ella cómo ha respondido a la agresión. Unas
caras están contraídas por la cólera; otras, sencillamente alteradas;
algunas, indiferentes; no falta rostro donde se delate cierto placer.
Allí pueden irse anotando grados muy diversos de ciudadanía, grados muy
diferentes de sentido ético. No toda la muchedumbre vibra con la misma
intensidad. Un pentagrama se extiende a lo largo de la avenida, donde
se hacen visibles las notas agudas del terror, las profundas de la
tragedia, las notas medias de la serenidad, que aquí es indiferencia.
La muchedumbre sigue con avidez contemplándose a sí misma. Todos los
espectadores son ahora un solo Narciso, un Narciso descomunal que
se mira estremecer en el agua neutral de la pantalla. A unos ojos
desorbitados de allá, corresponden otros ojos desorbitados de acá.
Suenan exclamaciones:
—¡Ese, ese eres tú!
—¡Ahora vengo yo!
—¡Aquella es Paulita!
—¡El general!
—¡El guardia 47, mi portero!
—¡Ella!
—¡Él!
Por fin, zarandeado por un grupo de mozalbetes, aparece Juan Sánchez.
Matilde da con el codo a Arturo. Juan Sánchez, apresurado, impaciente
por sumergirse en la zona milagrosa que abarca el ojo del aparato, en
esa zona donde se consigue la inmortalidad, una plástica inmortalidad.
Callan los tres. El Juan Sánchez de la pantalla se va acercando. El
Juan Sánchez del palco, recoge con avidez cada frunce de las cejas
de sí mismo, cada gesto de las manos que pugnan por lograr el primer
puesto en la masa anónima. Que llega a lograrlo. De pronto, Juan
Sánchez, un lamentable Juan Sánchez se instala al mismo borde del
marco de sombras, conquista todo el rectángulo, crece prodigiosamente,
la masa desaparece detrás de unas mejillas, detrás de una boca, detrás
de unos ojos sin brillo —impersonales, comunes, ventanas a la nada,
troneras hacia un paisaje ceniza.
Dura la visión unos momentos. Los ojos lamentables, los obstinados
ojos, contemplan a la muchedumbre, se contemplan a sí mismos, se
asoman, siguen asomándose al implacable espejo.
Solo unos momentos. El frenético oleaje le arranca de los bordes, le
empuja hacia el abismo.
Él forcejea, se defiende inútilmente.
De las dos muchedumbres brotan gestos de impaciencia.
Pasan por encima, lo sumen, lo funden en la turbia corriente.
Desaparece, entre unas risas burlonas.
En el palco, los tres siguen —conmovidos— en silencio.
9
Anécdota
—Vea usted este devocionario —dice a Arturo el librero de lance—.
Tafilete, broche de oro.
El librito, juguete voluptuoso para la inquietud de unas manos, resbala
por los dedos, se acurruca entre ellos, como un mimoso gatito. Es un
suave cojín para los dedos fatigados, un pretexto para agruparse en
torno.
—Muy lindo. ¿Cómo ha llegado aquí?
El librero le dice al oído, socarronamente:
—Es una pieza de convicción. ¿Quiere reconstruir el crimen? Llévelo.
—Es el _Áncora de Salvación_ ¿Algún naufragio?
El librero cuenta la historia del naufragio. Apareció una mañana,
junto a una botella, en uno de los reservados de _Villa Juanita_,
restorán abierto a unos kilómetros de Augusta, lugar de esparcimiento
para las gentes que no ven entre cada día un muro de sombras, sino un
amplio casillero donde ir alojando sus caprichos menos confesables.
Es el restorán donde el adulterio, el estupro, la estafa y otros
fenómenos, al parecer repudiables, van perdiendo su empaque jurídico,
convirtiéndose en algo amorfo, apenas definible, silenciado siempre; en
algo tan familiar como secreto.
El camarero halló el _Áncora_ sobre un diván. Acaso el librito fue el
indiferente espectador de un naufragio. El camarero, consciente de
su deber, lo guardó en rehenes algunas semanas, esperando el precio
del rescate, y al fin se decidió a hundirlo en el mar insondable de
un puesto de libros también náufragos. También el librero espera
obtener de él una ganancia fabulosa, si surge el comprador interesado;
discreta, si el desinteresado.
Arturo hojea, indaga, husmea, sin poder hallar rastro de la aturdida
enamorada que, de algún templo, tan frío como recatado, salió un
amanecer huyendo hacia _Villa Juanita_ buscando algún amor más cálido,
pero también más turbio.
—Se lo doy barato, por ser usted.
En las tiendas, cada cliente se ve investido plenamente de toda su
personalidad, como ante el comisario del distrito que examina las
huellas dactilográficas. Las ventas se realizan mejor así, entre un
buen tasador y un individuo que lo sea plenamente.
—No lo necesito.
—Para un regalo.
Arturo no se desprenderá ya de aquel librito. Se le va durmiendo entre
los dedos, caliente ya bajo las reiteradas caricias. Es la pieza de un
sumario en que el delito es el amor.
Arturo repasa las hojas, curiosea unas estampitas candorosas
intercaladas en el texto, un recordatorio de defunción. Aspira el
perfume. Muy fino, tenue, voluptuoso.
—Es acacia.
—Sí, huele muy bien. Se ve que ella...
El librero se detiene en aquel punto sin saber a punto fijo lo que se
ve. Arturo lee despacio los nombres de dos adolescentes que acaban de
recibir el Pan divino y aún conservan, en la estampita, su aire de
serafín. Las dos muchachas y el difunto del recordatorio le ofrecen
sus nombres y su edad, como esos tres puntos por donde podría trazarse
una circunferencia cuyo centro es, sin duda, la mujer frágil, quizá la
mujer adúltera.
¿Cómo averiguar el nombre de esa hembra situada en el cruce de las
líneas cordiales que parten de estas tres figuras acusadoras? Las
niñas se llaman Estrella y Mónica. El difunto, Luis. Sus apellidos
determinan, poco a poco, exactamente, el lugar que ocuparon u ocupan en
el espacio...
Ya, ya es fácil hallar el centro. El centro es Matilde. Primero, lo
supone; después, lo cree ciegamente. El perfume era ya un indicio.
Una mañana, Matilde, desde el templo al que suele concurrir casi a
diario, se decidió a dar, cínicamente, el brinco preciso para saltarse
toda una biblioteca de moral piadosa. Matilde ha visto amanecer en
_Villa Juanita_, en esa región difusa donde el día y la noche se
relevan sin límite exacto de presencia, donde muchos programas normales
de vida se quebrantan con números de fuerza, con invasiones efímeras,
pero intensas, de otras vidas.
Matilde ha visto amanecer, en brazos de otro hombre, seguramente
Alfredo. No perdona al día ningún crepúsculo, y utiliza indistintamente
el matutino o vespertino, para así disfrutar de toda la jornada.
—Bien. Me lo llevo.
Esto es más que un libro. Es cierto punto de partida para realizar una
investigación.
—Dice usted que un camarero...
—Sí, sí. En _Villa Juanita_.
—Es curioso.
—Suelen ir allí señoras..., a oír misa de alba.
—Ya.
Arturo guarda el librito, con el propósito de devolverlo a su dueña
en la primera coyuntura. Una tarde cualquiera, en que el amor hecho
costumbre se haya extinguido totalmente, Arturo extraerá aquel _Áncora_
del bolsillo y la ofrecerá a Matilde con estas palabras:
—Amiga mía: Aquí tienes la prueba de una doble infidelidad. No quiero
utilizarla contra nadie, porque se convertiría para mí en un arma de
dos filos. Probablemente, yo no soy en este caso más que la mitad de un
amigo, la mitad más débil, y es necio revolverse contra la otra mitad.
No puedo yo mismo darme un pisotón sin pecar de estupidez. Triste es
confesarlo, pero así es: para ti soy, amiga mía, la mitad superior
de un hombre, del cual Alfredo es la inferior. Mis condiciones de
superioridad sobre la segunda parcela solo pueden revelarse en este
breve discurso. Al dar tu mano a Juan Sánchez, viste con sorpresa
que te habías entregado a Nadie. Entonces quisiste desdoblar tu amor
en dos, porque Alfredo es un robusto ejemplar de la raza y yo soy un
frágil estuche de pensamientos que quieres tener siempre a mano como se
tiene a mano un frasco de perfume. No sé si deplorarlo o felicitarte.
Tampoco me decido a obrar: no suelo nunca decidirme. Podría, un
amanecer cualquiera, espiar y seguir tus huellas hasta _Villa Juanita_,
atisbar allí la llegada del jayán, sorprenderos... Pero esto a nada
conduciría, si no es a intentar una lamentable fusión de dos hostiles
mitades de hombre, incapaces de soldadura alguna. Bien es cierto que
el hombre integral apenas existe, y, si queda algún ejemplar, tú no
mereces poseerlo. Lo perderías en cualquier diván, como el devocionario.
Aquella tarde, Matilde no acude a la cita de las siete. Arturo
aguarda, en vano, dos horas, y sale de la casa decidido a perderse por
cualquier encrucijada de Augusta. Tampoco acude al día siguiente, y ya
entonces Arturo decide investigar la conducta matutina de la ausente.
Admite el total desmoronamiento de aquella pasión iniciada ante un
depósito literario de cadáveres, pero le complace averiguar todas sus
vicisitudes. En él eso constituye un deber profesional. Es un detective
de catástrofes improvisadas. De incendios apagados.
Recorre los alrededores de la ciudad y, maquinalmente, se encuentra
sentado en la terraza de _Villa Juanita_ ante un bien perfilado
camarero y una barroca minuta.
Es media noche. Faltan cinco horas para el suceso. Las cinco horas
menos propicias para mantener caliente un deseo. Es junio, y la
estación aún guarda para el corazón de sus noches sus nostalgias
del invierno. Pronto queda solo en la terraza. Los clientes se
han repartido por las celdillas silenciosas donde se elabora el
amor comercial. Hay trasiegos frecuentes. Los coches van y vienen
conduciendo tedios y vehemencias. La ciudad envía a _Villa Juanita_
remesas variables de locura, siempre de acuerdo con la temperatura de
la noche.
Ha callado el _jazz-band_. Las caras van perfilando su gesto más
turbio. Las líneas se relajan, los colores se empañan; algún ebrio deja
caer la copa, que rueda a veces bajo la mesa, acabando con un estrépito
el torpe y oscuro gesto de las manos. Hay un momento en que la noche
solo se mueve con ademanes de cansancio. Esta prolongación del día, que
con tal ímpetu ha irrumpido en el siguiente, va perdiendo vivacidad;
las válvulas de sus gritos han perdido su tensión; a veces, quedan
abiertas, dando paso a plebeyas caravanas de bostezos.
Arturo queda adormilado. Se abre dentro de él la puerta de comunicación
entre el sótano de las imágenes olvidadas y su taller de reparación y
reconstrucción. Los menudos obreros —siempre aturdidos— barajan las
piezas a capricho, y el primer amor —¡tan púdico!— de Arturo asoma la
cabeza guiñando los ojos como el último —¡tan cínico!—, como la última
atracción del programa.
Una pierna desnuda, primorosamente modelada, rematada por un zapatito
de piel de serpiente, se alza en el aire, retando a Arturo, que desliza
sus ojos por aquellas revoltosas curvas hasta acariciar el redondo
arranque, el zócalo movedizo que se prolonga en otros volúmenes
esféricos levemente enfundados en seda granate.
Una pierna desnuda que apunta infantilmente a las estrellas como si con
ella quisiera soportar todo el peso de la noche. Como si quisiera ser
el eje del orbe. Arturo le va buscando la cara que coquetonamente se le
esconde entre los senos, a punto de brincar del sostén. Cuando logra
verla, aparta los ojos horrorizado...
¡Es Matilde, Matilde, que rueda por la alfombra, ofreciendo sus
piernas, alternativamente, a la contemplación de los ángeles! Sus
piernas se elevan al cielo como impuras oraciones. Profanan la
serenidad indiferente de la noche. Repiten las plegarias del librito,
las lanzan con los pies hacia arriba, mientras el cuerpo se remueve
voluptuoso bajo la seda color ámbar que apenas le cubre el regazo y los
senos. Su ombligo palpita nerviosamente, queriendo emular a un sexo.
Arturo se frota los ojos, queda unos momentos alerta, en plena vigilia.
Una risa menuda le hace volver la cabeza.
Nadie. Un camarero, a lo lejos, le mira sorprendido. No suele ver
consumidores puentes, noctámbulos que se decidan a unir dos días de
crápula con tan soñolienta, con tan silenciosa pasarela.
Vuelve Arturo a dormitar. Su frente se apoya resueltamente en la mano.
Ofrece el perfil de un buzo filosófico, hundido hasta la entraña de un
problema. Pero en lo más hondo solo hay una pierna, el coral rosado
de una pierna, que vuelve a removerse, a disparar sus jaculatorias al
cielo. De pronto, surge también un brazo, un brazo redondo y desnudo
terminando en un rubí, en otra rama de coral, que se posa en la cabeza
de Arturo.
—Perdona, creí que eras Pepe.
—Puedo serlo, si quieres.
—Antes, acaba de despertarte.
En ese estado intermedio, Arturo puede asumir —ya lo hemos visto
así en brazos de Rebeca— todas las personalidades. Hay un vestíbulo
donde la especie puede adjudicarse el bastón y el sombrero —y la voz
y el rostro— de todos los que circulan por la casa. Para salir a la
intemperie, Arturo no vacila en tomar del perchero todo lo que allí ha
dejado Pepe.
Irrumpe en la cruda realidad. La pierna. La pierna está allí con su
zapatito de piel de serpiente.
—Tienes unas piernas deliciosas. ¿Muy caras?
—Han bailado mucho. Todo les será perdonado porque bailaron mucho.
Ríe como después de haber cometido una juguetona profanación.
—Hablas como el _Áncora_.
—¿Qué?
—No puedes comprenderme.
—¿Misterio?
—Quizá no pasa de tontería.
—¿Te gustan mis piernas? Me gusta invitar con ellas a los amigos. El
baile las tornea, las endurece. Fíjate en esa línea, cómo nace y cómo
muere.
—Nada muere en ti. Donde acaba un perfil, arranca un haz de curvas.
Como al final de un tallo se abre una estrella.
—¿Eres poeta?
—No; debí ser filósofo, pero soy agente de seguros.
—¿De vida?
—Contra incendios. Pero he fracasado. No puedo ser cliente de mí mismo.
Yo no puedo asegurarme.
—¡Qué gracioso!
—Me prende cada llama. Me hace arder cada cohete. Las emociones que en
otro son momentáneas centellas, en mí encienden largas, interminables
hogueras. Soy el peor cliente de mí mismo.
—Funda una sociedad de seguros contra el frío. O contra la cursilería.
—Me crees cursi.
—Corres el peligro de serlo, si sigues esperando lindas tapadas de
cuatro a seis de la madrugada. El amor tiene sus horas, como el
comercio.
—El amor comercial.
—Ese no es amor. Es algo más serio. Es deleite puro.
—Puro deleite.
—Lo mismo da. Quería decirte que el amanecer es bueno para el puro
apetito o el apetito puro, como quieras, no para el amor dramático.
Porque supongo que tu amor será un amor dramático.
—No mucho. Está hace tiempo en decadencia.
—Te la deseo muy alegre. A estas horas no se piensa ni se maquina. Se
desea, sencillamente. El frío del amanecer estimula..., lo sé.
—Sí, ya veo que conoces bien las bromas del instinto.
—Las maravillas del instinto. Yo sé que un poco de frialdad y otro poco
de dureza le sientan muy bien.
Ríen jovialmente. Ella se sienta junto a Arturo, le enlaza, coquetona.
—¿Me convidas?
—Bien.
—¿De veras esperas a alguien?
—Sí, pero faltan dos o tres horas... Mi amiga no trasnocha, madruga.
—Eres un modelo de paciencia.
—No quiero acostarme. Y me canso de dar vueltas por la ciudad. La noche
tiene pocas sorpresas.
—Excepto yo.
—Excepto tú. Porque, además de tus primorosas piernas, tendrás algo que
decirme. Cuéntame tu vida.
—No tengo.
—Por lo menos tendrás imaginación para inventarla.
—Ni eso. No opero por fantasías, opero por cálculos.
—Me parece muy bien. Pero comenzarías con algún momento patético,
incalculado...
—¡Oh! Es el que más números me costó. Nunca he escrito tantas cifras.
El negocio era entonces más serio.
—Me das frío.
—Sí, estoy asegurada de incendios. Haría buena cliente tuya. ¿Firmamos
el contrato?
—Espero a esa amiga... no profesional del cálculo, aunque muy poco
asegurada.
—¿La conozco?
—No sé. Todo es posible.
—Lo que yo decía. Plan romántico.
—No es plan, es un problema. Bebe.
Ella subraya con el mosconeo de una zarzuelilla el mutismo de Arturo.
Riendo estúpidamente, irrumpen en la terraza dos parejas. Dos últimos
«juerguistas» se complacen en hacer retroceder todo lo posible los
minutos postreros de su minuta de deleites, mientras las infelices
alquiladas bostezan sin ningún escrúpulo.
Las tres. Arturo mira el reloj, sorprendido.
—Te has engullido una hora en cinco minutos. Sígueme hablando. Cuéntame
el éxito de tu primer... cálculo. De tu caída.
—Yo no caí. No he caído nunca. Eso son cosas de los tangos.
—De los tangos, es cierto. Pero, no creas, hay una larga tradición. Eso
se ha llegado a complicar con la prehistoria.
—No me importa. En mí todo ha sido, sencillamente, una cadena de
contratos.
—Que apenas puede ser una cadena de conflictos.
—Lo fue a veces para algún amigo. Creo que también he provocado amores
eternos. No soy responsable de que algún mozo no sea tu cliente.
Debéis activar la propaganda. La juventud es inexperta.
Guiña picarescamente los ojos. El rojo de sus labios se mantiene
impecable. Hay en sus dientes una fragante juventud, y en sus manos una
sabia destreza para recorrer los nervios de Arturo.
—¿Cuánto hace que trabajas?
—Siempre. Desde niña. Con mucha suerte y malos y buenos empresarios.
Ahora hay que bregar un poco. Hay mucha competencia, no de gente que
siente la profesión, eso no... De gente que la lamenta. Y hay muchas
aficionadas. ¿No bebes?
—Bebe tú.
—Podríamos seguir charlando ahí dentro. Me molestan esos estúpidos y la
noche refresca mucho.
—Bien.
En el reservado, las manos de ella se posan de nuevo en la frente de
Arturo.
—Estás triste.
—Sí. Un poco.
—Voy a alegrarte.
—Prueba. No me opongo.
—Cuando acuda tu dramática amiga, la podrás recibir sin fiebre. Yo te
devuelvo la serenidad. Tengo primores en esa clase de reconstituyentes.
—Los supongo.
—¿Crees conocer todos los matices? Conmigo hay sorpresas.
—¡Vanidosa!
—Recorrí Europa. Me llevaba un hombre de ciencia que tenía que asistir
a unos congresos de Histología, o no sé qué... Durante las sesiones, yo
recorría las calles, las plazas, husmeaba, sonsacaba, cazaba maravillas
exóticas. Al regreso de Berlín, mi sabio me dejó por una mecanógrafa.
Porque, según él, yo solo era una preciosa bestia inútil, excesivamente
alegre para un especialista en enfermedades del corazón.
—Podía haber estudiado el tuyo.
—No tengo.
Las cuatro. Las cuatro y media. Ella se ha dormido en los brazos de
Arturo. Comienza a marchitarse el cereza de sus labios. El amanecer va
diluyendo su helada ceniza sobre el grupo, también marchito.
—Vete, pequeña. Va a comenzar la representación. Gracias por este
delicioso entreacto. Toma.
—Gracias. Pero no le llames entreacto. Quizá vale por el espectáculo
entero. En todo caso ha sido un puente entre tu tedio y el amor
friolento que va a venir. No le llames entreacto. Es uno de los
momentos más graves de tu vida, porque en él has llegado a ser tu
propio cliente. Yo, deleite puro, amor que se adquiere como una
corbata, te aseguro hoy de muchos formidables incendios. Quedas
inmunizado. Ahí te dejo, ya solo con la razón. Verás qué bien te sale
la escena. Podrás acomodarla al gusto clásico, hacerla perfecta, de
orden frío. Porque el instinto no te dictará ninguna voluta barroca.
Estás por encima del deseo. Eres dueño de ti, estás _plenamente
asegurado_.
—Vete.
—Salud. ¿Lo oyes? ¡_Plenamente asegurado_!
Sale riendo, un poco soñolienta, sin brillo en los ojos, arriada toda
su belleza. Se sume en un coche, desaparece.
* * *
El día —de agonía artificialmente prolongada— muere definitivamente. Su
último aliento ya nadie lo advierte ante la llegada del día niño que
llega frenético, intactas sus fuerzas, tenso y vibrante como un dardo.
El primer coche que anuncia el día vuelca en _Villa Juanita_ una
muchacha azorada, casi una adolescente, en brazos de su maduro
iniciador. Rápidamente se sumergen en un reservado... Acaso la mañana
comienza inaugurando una mujer.
Arturo, de espaldas a la luz, avizora la carretera. Las figuras se
desprenden de los coches al modo impresionista, arrastrando aún los
residuos de la noche. Han acabado las complicadas toaletas, inventadas
para la cruda luz, y se suceden las elaboradas para escamotearlas, para
mejor escabullirse en las sombras.
El día —recién venido— va arrojando de su cuna los últimos
profanadores del día muerto, y destaca una guerrilla de pudores
domésticos, una avanzada de sentimentalidad, todo muy mal avenido,
aún mal fundido en una clara y cínica intención. Porque en muchas de
las escenas de esta hora estratégica —como todas las de transición—
suelen intervenir dos vidas, almas a dos vertientes. Al cinismo de las
actrices profesionales que ya abandonaron el campo de batalla, dejando
tras ellas un puñado de copas rotas y unas espléndidas facturas, sucede
el recato de estas otras, mediocres actrices de incógnito, cuya voz
apenas se oye; cuyo rostro apenas se adivina; cuyo paso es vacilante,
mudo; cuya efervescencia se concentra en solo el pecho —volcánico,
desbordado—, por cuyas desgarraduras se ve asomar tímidamente una vida
monótona, sumisa, que se resiste a ser zarandeada, violada, bruscamente
rota por estos números excepcionales que provoca su presencia en _Villa
Juanita_.
La mañana, con sus riendas de hielo, va frenando su espumoso lirismo.
Arturo siente frío; le acomete el ansia de arrebujarse en su lecho
de todos los olvidos, de sumirse en el día nuevo, bien bañado de
adherencias enfermizas, restañando de tizne anecdótica, podado el
último retoño pasional hacia Matilde; le acomete la tentación de
arrojar el _Áncora_ al río y renunciar el goce de una inútil escena
dramática, de la cual va se siente espectador, más que actor. Pero un
_taxi_ que llega en aquel momento va a torcer todos estos propósitos
de inhibición. Porque del _taxi_, cauta, desfigurada por un velo, se
desliza Matilde y, discretamente, como si tuviera ya bien conocido
el plan de maniobras galantes, se oculta en un reservado, seguida
discretamente por el mozo.
Sola.
Arturo, con las manos en la cara, ha contemplado, al través de la reja
de sus dedos, la cautelosa maniobra. Matilde, como en el crepúsculo de
la tarde, observa en todos los preliminares el más escrupuloso régimen.
Para salir a escena solo hay ya dispuestos dos personajes. Falta
Alfredo, falta Juan Sánchez... En aquel reservado, frente al congelado
amanecer, podría ahora llegarse al decoroso fin de este relato; pero el
alba es una gran disociadora, el momento menos propicio del día para
ejecutar —cálido, frenético— un razonable epílogo, un buen último acto
de drama.
Todo lo más característico del hombre está en él dormido; apenas
queda de Arturo un poco de carne desmoronada que tiende a apagarse, a
borrarse entre materias blandas —pluma, lana, algodón— y esperar allí
una resurrección de energías.
Alfredo no acaba de llegar. El sol ha invadido los aleros, corretea por
los montes, siempre juvenil, retozando entre dos nubes. Arturo recibe
el sol como un leve estimulante, le tiende los pies para que se los
dore; le ofrece la cabeza desnuda, todo su cuerpo y su espíritu para
que se los caliente.
Se levanta y, con esta inyección luminosa, se siente más acometedor;
piensa —rápidamente— poner fin por sí mismo a la escena, sin aguardar
más actores. Aprovecha la coyuntura de volverse de espaldas el
centinela del proscenio, y llama con los nudillos.
—Pasa, pasa, Alfredo.
No se produce ni siquiera el «¡Ah, eres tú!» de todo melodrama
acreditado. Matilde, que está sentada junto al balconcillo, recibe con
una mirada de asombro al inesperado visitante. Arturo se adelanta
hacia ella y, tendiéndole el _Áncora_, dice sencillamente:
—Te olvidaste aquí el libro hace unos días, y vengo a devolvértelo.
Todo es pregunta en los ojos de Matilde; angustiosa pregunta.
—No creas por esto que pretendí ser tu detective, no. Ha sido un
caprichoso azar... Al parecer, no todos los camareros conocen bien a
sus clientes. Alguien hubo aquí poco discreto, y el librito corrió una
pequeña aventura: fue a parar al mismo punto donde nos conocimos. Sin
duda, con el fin de separarnos.
—Perdóname, Arturo.
—Un pintoresco lance que yo quizá no he comprendido bien. He alargado
un poco la anécdota. Debí devolvértelo en silencio, sin frases... Pero
no fue así. A mi vez te ruego que me perdones, y me permitas salir.
—No.
—Mi hora —si aún quedan de esas horas— es otra. Te aguardo al otro
crepúsculo, más cálido, pero más fatigado que el de estos instantes.
Yo lamento que en este amor a dos vertientes me haya tocado a mí la
hora de la tarde. Quizá en ella no hiciste sino recapitular, resumir un
poco la anterior.
—¡Arturo!