—No es un reproche. Ni una ironía. Es un producto de mi modesta

experiencia. Un día me cambiaste el nombre. Me llamaste Alfredo, y yo

advertí desde entonces que tu amor se duplicaba con cierta falta de

justicia. Al menos, hay que otorgar a cada uno su propio nombre, no

convertirlo en un ente específico, es decir, en un Nadie.

Matilde no responde, oculta la cara entre las manos. Un momento alza

los ojos y Arturo le sorprende una lágrima. Se acerca a ella, la

acaricia.

—Perdón, Matilde. Estuve insufrible y más injusto que tú. He sentido

un momento esa ridícula idea de dominio que suele sentir un marido

cualquiera que ve codiciada a su mujer. Te dejo.

—No te vayas. Alfredo no viene. No viene hace tres días. Estoy

desesperada.

—¿Tanto le quieres?

—No, no es eso... Es que... Óyeme como a una hermana. Yo sé que están

tramando no sé qué... Una operación ruidosa. Un golpe de mano...

—¿Quiénes?

—Juan y él... No sé qué... En el Banco Agrícola. Andan entre

cuchicheos, entre misterios. Ya conoces a Juan.

—Sí.

—Está loco. Siempre lo estuvo. Se ha pasado la vida inventando modos de

llamar la atención.

—Modos de sentirse ser.

—Y no acertó nunca. Ahora se metió en negocios. Perdió mucho dinero.

Estamos casi arruinados, Arturo. Yo salvé alguna cosa, a espaldas

suyas. ¡Está loco! Quería hablar de esto con Alfredo, que conoce

nuestros asuntos; pero a Alfredo no puedo verlo solo; no abandona ya a

mi pobre loco. ¿No podríamos salvarlo?

—Por lo pronto, vámonos de aquí.

—Como quieras. Llévame.

—Salvarlo es inútil. Volverá a su locura.

Salen. _Villa Juanita_ queda vacía de sus últimos clientes. El coche va

recorriendo paisajes ya recién reconstruidos por el sol. A lo largo de

los campos se arrastran perezosamente las yuntas.

Matilde, friolenta, estremecida, se acurruca entre los brazos de

Arturo. El coche los deja a la puerta de un templo. Matilde baja

precipitadamente y se sume en el vestíbulo, entre plañidos de dos

mendigas.

Arturo, quebrantado, soñoliento, hunde un poco más tarde su cuerpo

desnudo entre oleadas de blancura que le anegan definitivamente,

náufrago de un día turbulento, inconcluso.

10

El robo

Arturo se siente fuertemente sujeto por un brazo. Es Juan Sánchez,

tembloroso, desencajado.

—¡Por fin!

—Por fin, ¿qué?

—Hoy se hablará de mí en toda la ciudad. Mañana, en toda España.

Arturo teme por la razón del amigo firmado y rubricado. Abre los ojos,

preguntando:

—Diga.

A borbotones se le derrama la confesión. Juan Sánchez habla de una

estafa magnífica al Banco Agrícola. ¡Una estafa genial! Miles y miles

de pesetas. Familias en la miseria. Muchos empleados comprometidos...

Arturo comienza a no creer sino en el definitivo fracaso mental de Juan

Sánchez.

—Y aquí me ve usted, encaramado sobre mi propia obra. Subido a la

catástrofe, poniéndome por pedestal mi propia deshonra. ¡Todo, todo,

antes que pasar borrado por el mundo!

Arrostrará los insultos, las blasfemias, los gemidos de las víctimas.

Será el «blanco de las iras» de Augusta, acosado por la Prensa,

zarandeado vivamente por la popularidad.

—¿Qué ha hecho usted?

—Lo he sacrificado todo: posición social, amigos, hogar. Pero mi

triunfo será definitivo.

—¡Huya usted!

—No.

—Hágalo por Matilde.

—No. Espéreme aquí. Van a detenerme de un momento a otro. Mire la

gente. Ha corrido ya el rumor. Se miran sorprendidos, preocupados.

¡Es mi obra! Espié los alrededores del Banco Agrícola. ¡Un delicioso

espectáculo! Gentes apresuradas que preguntan llenas de zozobra, que

recorren los pasillos, las ventanillas. Sollozos de viudas, rugidos de

cuentacorrentistas... Verá usted: todo irá concentrándose en derredor

mío. Seré llevado en triunfo a la cárcel. Un triunfo al revés, pero con

igual número de espectadores.

—Vámonos de esta plaza. Subiremos a Bella Vista. Desde allí esperaremos

los sucesos.

—No. Váyase usted, Arturo. Prevenga a Matilde. Yo escribiré desde la

cárcel.

—Es inútil. No le abandono. Venga conmigo.

Juan Sánchez se resiste a abandonar el punto estratégico desde donde

quiere ver surgir la multitud. Se sientan en una terraza de bar.

—Aquí esperaré la policía.

De pronto, un grito :

—¡_La Crónica_!

—¡Ahí está!

—¡_La Crónica_, con la estafa al Banco Agrícola!

La multitud se arroja sobre el primer rapaz que llega con un fajo de

periódicos.

—¡_La Crónica_, con el retrato del criminal!

—¡Mi retrato! ¡Ahí está mi retrato!

Hiende Juan la muchedumbre y arranca un periódico de manos del rapaz.

Arturo adquiere, precipitadamente, otro. Lo abre nervioso, torpe. Lo

desgarra.

—¡Ah!

Allí está el retrato de Alfredo.

—¡Esto es un robo inicuo! —aúlla Juan Sánchez.

El detenido es Alfredo. Es él, el famoso autor de la estafa. Juan

Sánchez está a punto de caer desvanecido.

—¡Esto es un robo! —sigue gritando.

La multitud le rodea, compativa. Un caballero apunta al oído de otro:

—¡Ahí tiene usted una de las víctimas! Se ve que es un hombre de bien.

¿Por qué se habrá fiado así de esas gentes?

—Sí, el pobre tiene cara de haber sido engañado.

—¡Esto es un error! ¡Esto es un robo!

—El pobrecillo tiene para volverse loco. Los ahorros de toda su vida se

los come ahora cualquier truhan.

—¡Ladrón! ¡Ladrón! —sigue gritando, convulso, Juan Sánchez.

Acude la policía. Dos guardias le atienden, solícitos:

—¡Cálmese, cálmese! No es usted solo. La indignación es justa,

justísima... Pero debemos evitar este escándalo.

—¿Quién es? —pregunta un transeúnte.

—Nadie. Uno de los estafados.

Juan Sánchez estruja violentamente el periódico. Las gentes van

pasando. Le miran un momento, compasivas, y se alejan. Los guardias

intentan llevarlo a una Casa de Socorro, a una farmacia.

—Yo le asistiré —interviene Arturo—. Muchas gracias. Le llevo a su casa.

—¡Un error! ¡Un robo! ¡Este canalla solo es un cómplice vulgar! La

idea, los planos, todo, todo, todo es mío. ¡Todo! ¡Él ha sido un

obrero! ¡Ladrón! ¡Me han robado!

—-¡Pobre!

—Está loco.

—Habrá perdido mucho.

—Tiene cara de haber sido engañado.

—¿Quién es?

—Nadie. Un estafado.

—¡Le mataré!

—Calle, calle —dice Arturo, arrastrando a Juan Sánchez—. Venga conmigo.

—Me han robado mi personalidad.

—Pues preséntese a la Policía a que se la restituyan.

—No me creerán. Me tienen por muy honrado, por incapaz. Son estúpidos.

Tendría que probarlo de tal modo que demostraría, según ellos, todo lo

contrario. Me tendrían por loco. ¡Qué estafa!

—Déjelo ya. Ellos lo averiguarán en el sumario. Aún puede usted

disfrutar de alguna cosa. También hay cómplices geniales. Usted será el

cómplice genial.

—La última ocasión... ¿La última?

—¿Qué?

Juan Sánchez se queda pensativo. De súbito, una luz cárdena en los ojos.

—-No. ¡No es la última! —añade con voz ronca—. ¡Me queda otra! ¡Otra!

—¿Cuál? Me asusta.

—¡Desaparecer bruscamente del mundo!

—¡Bah!

Arturo le deja hablar, con la esperanza de verlo tranquilizarse.

Juan Sánchez le arrastra a un café. Pide papel de cartas. Comienza a

escribir.

—Una para el juez. Otra para Matilde.

—Bien, bien. Escriba todo lo que quiera.

Por la mesas del café, los clientes se van repitiendo las información

de la gran estafa. Se oyen risas de los no perjudicados. Blasfemias

de los demás y vivaces comentarios de todos. Anochece. El retrato de

Alfredo será contemplado en todas las sobremesas por millares de ojos

indignados o curiosos. De pronto, toda la ciudad gira en torno de una

fisonomía vulgar, subrayada por un frío cinismo.

—Se ve que es un truhan.

—Pero con talento.

—Claro, para dar esos golpes...

Una muchacha contempla el retrato embelesada. Fragua un amor imposible.

Una huida, un rapto recíproco.

Una madre lo muestra a sus hijos.

—Ahí lo tenéis. En la cárcel. ¡Por criminal!

Va creciendo precipitadamente la popularidad de Alfredo. Los mismos

guardias de la Comisaría le contemplan con una mezcla de respeto y

asombro.

* * *

Juan Sánchez termina sus dos cartas. Una larguísima, para Matilde. Otra

breve, para el juez. Sale del café, seguido de Arturo, y se dirige a un

buzón.

—¡No! Traiga esas cartas.

Es imposible evitarlo. Las cartas se deslizaron ya por la garganta del

monstruo de piedra.

—No importa; yo iré a rectificar inmediatamente. Con usted.

—Yo me voy a aprovechar mi última ocasión. ¡Adiós, Arturo!

—No le dejo.

Arturo piensa ya en reclamar el auxilio de un guardia, pero se detiene

al ver algo más reposado a Juan Sánchez, que toma el camino del arrabal.

—Vamos un rato al pretil.

—Preferiría ir un rato a casa —responde Arturo.

—Bien, luego.

En el pretil, Juan Sánchez adopta un tono solemne y dice:

—Adiós, Arturo. Vele por Matilde. Sé que no le es indiferente. Ahí le

queda, con todos sus amigos. Distribúyansela equitativamente, puesto

que ella aspira a un perfecto equilibrio de valores humanos. Busca a

cierto hombre integral, que yo no pude llegar a ser. Como no lo halló,

va buscando las características de su hombre-tipo entre una porción

de ciudadanos. Del hombre que anhela poseer, tiene usted una porción

muy aceptable. En usted ama el cerebro. No le importe el que luego

complete su tipo ideal con órganos tomados de otros cuerpos. Matilde

es resignada, y comprende que poseer una síntesis humana es aspirar a

demasiado. Resígnese también usted, Arturo. Yo no pude serlo, y, por

eso, me suicido. ¡Vele usted por Matilde! ¡Velen ustedes por Matilde!

—¡Ea! ¡Basta de bromas!

—Mi vida no puede continuar. Mañana iría a una cárcel... Lo corriente.

Este momento supremo que me acaba de robar Alfredo, nunca podrá ya

reproducirse. Siempre seré el comparsa, el cómplice. ¡No!

—Huya. Sale un tren dentro de quince minutos. Ahí tiene usted la

estación... Invéntese usted un tipo de gran criminal fugitivo.

Fórjese usted un antifaz de ente original, ya que no supo destacar

su originalidad verdadera. Paséela usted por lugares apartados,

donde nadie vaya a arañar la costra de farsa que a usted le encubra.

Ahí tiene la estación. Aún es tiempo. ¡Huya! ¡Sea usted un falso

personaje, puesto que de nada le sirve el verdadero!

—¿Y mi firma, y mi rúbrica?

—Eso no es nada. Solo la verán las mujeres. Diga que se trata del

nombre del mejor amigo. La firma y la rúbrica no son nada. Nuestra

firma y rúbrica la vamos dejando nosotros en el pecho de los demás,

en la medida en que influimos en su vida. Nuestra personalidad está

repartida entre todos los pechos que nos aman o nos odian. Nada

llevamos con nosotros; son los demás quienes fabricaron y guardan

nuestra personalidad. En el punto en que los amores o los odios de

todos coincidan; en el punto en que el pensamiento de todos acerca de

nosotros coincida, en ese punto de cruce está nuestro verdadero ser,

nuestra verdadera personalidad. Nosotros solo hacemos ir desmintiéndola

por todas partes, con nuestras vacilaciones, con nuestras fragilidades,

con nuestro incauto exceso de ambición. ¡Váyase al extranjero, Juan

Sánchez, y repártase allí entre muchos hombres inteligentes que son

los únicos que pueden forjar una personalidad! ¡Constrúyase un antifaz

discreto! ¡Adiós!

—Quizá... Claro...

—Se le ofrecerán nuevas posibilidades. No renuncie a ser plenamente lo

que aún puede ser. ¡Huya!

Arturo extiende trágicamente la mano, contagiado por este momento de

solemne folletín. Abajo, el Ebro subraya con su magistral zumbido el

canto llano de la escena. Juan Sánchez va y viene a lo largo del pretil.

—No pierda tiempo.

El Ebro invita a prolongar la gran disquisición. A veces hay en el agua

irónicos siseos. Juan Sánchez mira hacia el fondo, se inclina... Se le

cae al agua el sombrero, y Juan Sánchez intenta lanzarse tras él.

—¡No, no! ¡La huida!

Arturo repite su patético ademán.

Juan Sánchez se arranca de la barandilla y, al fin, decide seguir

viviendo. Echa a andar hacia la estación del ferrocarril.

A los pocos pasos, se detiene, se vuelve a Arturo, en medio de la

avenida. Van a despedirse definitivamente.

Los dos están conmovidos. En el instante hay un hueco para un

latiguillo escénico. Juan Sánchez se dispone a llenar el hueco.

—¡Adiós, amigo mío!

—¡Adiós!

—Vele usted por Ma...

Un camión que surge de improviso de un recodo, que brota

precipitadamente de las sombras —abrumador, fatal— rebana el solemne

latiguillo. En un segundo, con un frío, con un desdeñoso ademán,

elimina de la tierra la firma y rúbrica y problema de Juan Sánchez.

Como una goma de borrar.

Epílogo

El hombre de galones de plata se infla hasta convertirse en un globo

que todos los clientes del Banco Agrícola se apresuran a desinflar,

apretándolo, apretándolo hasta reducirlo a las estrictas dimensiones de

un conserje. Siguen girando, sumergidos en los cangilones de la puerta,

campesinos azorados. Uno de ellos se dispara contra el hombre del

pisapapeles, preguntándole angustiado:

—¿Suspenden pagos? ¡Hablan de un robo, de suspensión de pagos! ¡De

suspensión de pagos!

El hombre desinflado resopla, muge, estruja al campesino, enfila

hacia su cara las puntas aceradas del bigote, le arrastra hacia una

ventanilla, le hunde la cabeza en un golfo de guarismos que le sofocan,

le dejan sin aliento, le asesinan. Insinúa, intenta rogar, tímidamente,

que le dejen ver su dinero, que se lo dejen acariciar un minuto para

cerciorarse de que continúa allí, a salvo de estafas; la súplica se

le enrolla en la garganta, se anuda a su lengua, le hace enmudecer,

arrancar de allí la cabeza despavorida, huir, siempre seguido de cerca

por la puntas aceradas del bigote, penetrar de nuevo en el cangilón,

volver a aparecer ante el globo estrujado, desaparecer al fin,

escamoteado por los diedros de cristal.

Junio, al terminar sus días, va restando opacidad a los trajes

femeninos y añadiendo jugosidad a la piel, que descubre por etapas

discretas. Desnuda brazos, entorna —coquetón— escotes. Hoy es el

primer día en que podemos ya contar el número de sostenes que hacen

posible en la mujer una prudente estabilización de las más aventuradas

transparencias; en que podemos, color a color, seguir la ruta fugaz de

un desnudo. La piel va perdiendo sus misterios y el equipo va ganando

agilidad. Algunos abanicos imprimen al aire velocidades frenéticas,

empujándolo hacia cada ventanilla donde remece esos largos papeles

—cheques, letras, facturas— por donde pasan en filas cerradas los

números, en su marcha interminable hacia los grandes libros, estaciones

de reposo. El empleado huraño contiene bruscamente un cheque que se

lanzó a bailar, azuzado por el viento, lo aplasta con un lingote de

hierro, sigue contando monedas.

El verano es buen cliente de la casa. Para recibirlo han bruñido los

bronces y cambiado el papel verde de todos los secafirmas. Han abierto

unas hojas del techo de cristales, y ya desde la rotonda es posible

mirar directamente las nubes. Han destruido la armonía clásica de la

techumbre por dar paso a la aventura. Solo a trechos se descompone ya

la luz. Aquella luz de ámbar que se filtraba por las gavillas de Ceres

ha dejado pasar un chorro discreto de luz impura, es decir, blanca.

Quedan esos menudos grifos de luz simplificada que van ganando en

sencillez cuanto pierden en claridad, hasta llegar al violeta, luz

penosa e inservible para el uso común, de tan pura.

Arturo se reserva un hilo naranja que se le anuda a la corbata y le

cosquillea la nariz; vuelve a leer su número en el papelito rojo y se

dispone a llenar los minutos de su espera con un tropel de imágenes

advenedizas que está oyendo cuchichear impacientes, nerviosas, al otro

lado del muro: valquirias febriles que sueñan con galopar a su capricho

por la memoria de Arturo. Acuden de cerca y de lejos, de la infancia

y de la juventud, de las tardes en que el amor se despereza, de las

noches en que el amor se agota, se desmorona, se queda convertido en

un aburrido gesto. Hembras ubicuas, jánicas; rostros que se barajan,

que se ceden los rasgos, el color de la boca, la falsedad de sus perlas

y de sus risas, los modos nuevos de fascinar. Rebeca, el moribundo

amor que cambia de nombre al renovar sus encantos; Matilde, el

doliente fantasma —un poco de crespón negro sobre una carne apretada,

de inquietud hoy sin brújula—, irrumpe como siempre en el tropel,

arrollándolo todo con su cínica desenvoltura. Regresa a sus paisajes

del sur, a recomenzar su vida entre rejas prendidas de claveles, en el

patio oloroso a menta donde se reveló al hombre firmado y rubricado,

una tarde en que recorrían juntos cierto muestrario de sedas —Hijos de

Jaime González y Compañía—. Corre ahora el expreso por tierras planas,

sin un frunce, en que algún árbol se suicida, torturado por su inútil

soledad, o se refugia en una interminable huida, cuando no tiene la

fortuna de tropezar, a orillas de un arroyo, con algún meditabundo

camarada. Matilde se asoma al paisaje esquemático, que ella va

poblando de espectros, destocada la frente, donde su historia podría

ser escrita en cuatro renglones, sencillamente: infancia juguetona,

adolescencia febril, juventud esperanzada, madurez prematura a fuerza

de tedios junto al hombre del muestrario. Y un deseo frenético de

poseer el hombre definitivo, inencontrable. Alguien penetra en el

vagón, y ella vuelve a su butaca y a su libro, sin levantar los ojos,

sin saber que frente a ella está Arturo, en el mismo diván del Banco

Agrícola, que le mira en silencio a los ojos, húmedos ojos por donde

estos días cruzó una borrasca de llanto. Quizá no lo conozca ya,

como si sobre ese rostro hallado al azar entre unos volúmenes sin

fortuna hubiese ido cayendo el polvillo de dos centurias. Aunque se

viesen, nada tendrían que decirse. Entre ellos no ha pasado nada. Ni

un rival, ni un problema, ni una mujer, ni un hombre. Un día hallaron

en sí mismos un hueco que acertaron a llenar de alegres vibraciones,

de sonoros besos, de dulces contactos. La vida de cada uno se metió

efímeramente en la del otro. El azar dejó caer entre ellos un imán,

y ellos giraban en torno a él, hasta que el imán se convirtió en un

lingote más de hierro, sin polarización alguna. El empleado huraño lo

coloca sobre los cheques que amenazan siempre con alzar el vuelo. Saca

de la maleta un libro y se dispone también a leer, sin preocuparse de

Arturo ni de Rebeca. Ha entrado no se sabe por dónde. Lleva una boina

y un traje oscuro. Su boca no habrá sonreído nunca, porque alrededor

de esos labios nadie podría ver ni el surco más tenue de una arruga.

Y el libro será algún horrendo folletín donde los nudos sentimentales

solo pueden romperse a trabucazos. Otra vez vuelve a asomarse Rebeca

a contemplar la huida del único árbol del paisaje, mientras Arturo

prefiere salir al pasillo a contemplar el paisaje opuesto, donde se

extiende en filas bien ordenadas un ejército de muchachas al mando

del conde de Monte Azul, que señala con un puntero las piernas de

la quinta, a partir de la izquierda del actor. Las muchachas mueven

sus piernas a compás; avanzan rítmicamente, acribilladas por dardos

invisibles que van dejando en ellas huecos. La quinta de la izquierda

desaparece en un torbellino de carcajadas, y en su lugar, enlazado a

las muchachas, aparece el hombre firmado y rubricado, hundiendo sus

ojos tristísimos en el público que se asoma a lo largo del pasillo del

vagón. Pero de pronto una raquítica alameda se engulle una a una las

señoritas del coro y se precipita a lo largo a lavarse los pies en una

acequia. El revisor le da a Arturo con el codo.

—¿Me hace el favor?

Van a llamarle a Caja. Le piden su número, pero Arturo rechaza otra

vez al revisor. Ha perdido el billete. Lo busca por los bolsillos.

Como el empleado insiste, Arturo le ofrece un cigarrillo, diciendo

familiarmente:

—He perdido el kilométrico.

—Claro, claro —contesta el revisor—. Este Banco siempre a paso de buey.

Arturo se arrepiente de haber abandonado a la viajera, sola en el

departamento, y se apresura a volver a su butaca, frente al hombre del

folletín, que en el momento de asomar Arturo se arroja sobre Rebeca,

la oprime entre sus brazos de jayán, la besa golosamente. Es robusto,

es agreste, es Alfredo, Alfredo, que ha huido de la cárcel; habrán

tramado juntos la fuga, y ahora miran a Arturo estúpidamente, sin

conocerlo. El revisor vuelve a pedirle el billete. Rebeca, Alfredo y el

hombre de los galones de plata le dicen a coro:

—Venga a la ventanilla. Le ha llegado el turno.

Arturo mira por la ventanilla, completamente solo, dentro de una cabina

gris que se detiene frente a una estación donde tres mujerucas abrazan

a Rebeca, y un mozuelo se la bebe con los ojos embobados. La zarandean,

la quebrantan, le sorben el color a besos. Su crespón negro se lo lleva

el aire y lo deja colgado en una rama de chopo. Su combinación, sus

zapatos, sus medias, su pulsera, todo se lo reparten las mujerucas, el

mozuelo. La dejan desnuda, trémula, en medio del andén.

—¡Desnuda vuelves a los brazos de tu madre! ¡Pobre hija mía! —dice la

más anciana—. ¡Desnuda, pero con toda la honra del mundo!

Y vuelven a abrazar todos a Rebeca, y siguen repartiéndose el equipaje.

—¡Desnuda salí también de aquí, madre! No debemos quejamos.

Y entre plañidos la van empujando hacia el rebaño de casas agrupadas

alrededor de una torre. Arturo quiere apuntar la escena en un papel y

saca uno del bolsillo, un papel ya escrito, la carta de Rebeca:

«...me muero de fastidio; llévame, porque me muero. Estoy desesperada

entre estos majagranzas que me acosan, me manchan con sus ojos, con sus

piropos soeces. Cuando llegué me recibieron como a un despojo. ¡Como

apenas me quedó dinero...! Sobre lo poco que traje se arrojaron como

buitres, los míos...». Se van alejando. La desnudez de Rebeca apenas es

ya una manchita blanca entre los burdos trajes negros de las mujerucas.

El mozuelo sigue engulléndosela con los ojos. El tren comienza a

trepidar. Un túnel se lo traga todo: Rebeca desnuda, las mujerucas,

el mozuelo, las casas en racimo. Arturo se hunde en un lago de tinta,

bracea desesperadamente, mientras el empleado huraño golpea su mesa con

el pisapapeles.

—¡El número 142! ¿Quién tiene el 142?

—¿Quién tiene el 142? —repite broncamente el hombre desinflado,

dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales.

Arturo mira asombrado su billete de ferrocarril. ¡El 142! Va saliendo

del túnel. Se acerca a la ventanilla bajo las miradas furibundas del

revisor. En el camino aún le detiene el espectáculo de un viajero que

intenta en vano explicar su personalidad.

—Esta no es la misma firma.

—Es la misma, de hace cinco años.

—Dos testigos. Traiga dos testigos.

—¡Soy yo mismo!

—¡Otra firma que responda!

Por fin Arturo se arranca del conflicto y se dirige al huraño cajero

del pisapapeles que le recibe encolerizado.

—Pero ¿no oía usted que le llamaban? ¿En qué estaba pensado?

—En nada.

ESTE LIBRO

SE ACABÓ

DE IMPRIMIR

EN LA

IMPRENTA ARGIS

EL 25

DE OCTUBRE

DE 1929

Índice

Presentación de Ortega y Gasset 7

Prólogo 9

1. El Banco Agrícola 15

2. Campo magnético 29

3. Amor disperso 49

4. Punto muerto y evasión 63

5. Noche de placer 81

6. Viraje 101

7. Auto, bodegon y celos 133

8. Las dos muchedumbres 155

9. Anécdota 185

10. El robo 213

Epílogo 227

Locura y muerte de Nadie · 第 7 / 7 段