y desnudo. Sin auras ni alondras, sin murmullos en el campo ni nubes
teñidas de rosa. Una de estas mañanas en que el sol sale de incógnito,
ya cansado de escoltas de nubes amarillas y de orquestas de gorriones.
Una mañana color ceniza, todo ceniza muda, neutral, como a quien le
da lo mismo el sol que las estrellas, y elige un tono indefinido que
borra los confines del día y de la noche. Solo mi reloj es capaz de
asegurarme la verdadera fecha».
—Mi informe va a ser interminable. Además, esta indecisión de los tonos
ceniza no va a interesarle al jefe. Ceniza... Ceniza... ¡Siempre la
obsesión del siniestro!
Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe :
«Son las seis treinta de la mañana. El tren me vuelca en la estación
de Los Olmos, con tres fardos de _Blas Pérez y Sobrino_ y una jaula.
Es un tren mixto. Un jefe huraño desdeña mi billete y un mozuelo
soñoliento arrastra mi maleta. El pueblo dista dos kilómetros, y no hay
coche. El ferrocarril dejó en un total abandono al pueblo, o viceversa;
solo hay entre ellos un leve contacto: un rapaz que lleva y trae la
correspondencia...».
—Esto se prolonga mucho. Creo que la psicología de una estación de
tercera clase no va a interesar al jefe.
Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe:
«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Un mozo
recoge mi maleta y me propongo comenzar por él mi indagación. Le
pregunto, distraídamente, si conoce a la actual propietaria de _El
Canastillo_, y me contesta adormilado que sí. A los tres minutos
pretendo arrancarle la confesión del verdadero estado civil de la que
yo llamo _siniestrada_ en mi lamentable argot, y él balbucea unas
palabras en cierto idioma impreciso, solo utilizable por sonámbulos.
Insisto. Averiguo que esta imprecisión no nace del estado de
semivigilia del mozo, sino del dudoso estado civil de...».
—Parecen unas memorias íntimas. El jefe debe ignorar mi desprecio por
el _argot_ de la casa.
Destruye la hoja de papel; en otra escribe:
«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Comienzo
mis gestiones preguntando al mozo que me lleva la maleta acerca del
estado civil de la siniestrada. Parece que esta en su conducta privada
deja mucho que desear. Su estado civil es poco claro. Avanzo por un
caminito empapado de jugos matinales. Los Olmos me sirve un amanecer
en su propia salsa. El rocío me empapa las rodillas. De vez en cuando,
una zarza me hace cariñosamente guiños, me sujeta por la americana, me
hace entablar una escaramuza infantil con ella. El paisaje me ofrece su
sentido hostil, aunque de una suave hostilidad. Las zarzas son jóvenes,
son blandos sus dedos, apenas sus uñas han comenzado a afilarse. Es un
sendero verde, amarillo y violeta, todo embozado en tules ceniza. La
ceniza lo traspasa todo...».
—Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro! Además, el jefe va a
reírse de mi sentido de hostilidad del paisaje.
Otra hoja de papel hecha pedazos. Cuando comienza la quinta, un
disparo, otro, otro. Toda la fonda se estremece. Arturo corre al balcón.
Abajo, comienzan a correr las gentes. Primero, su actitud es de huida.
Poco después, de pesquisa. Por fin, de curiosidad. Los que huían,
vuelven; los que giraban en derredor la vista, la fijan en un punto;
todos se van apiñando. Fluyen de todas las calles, salen de todas las
puertas, asoman por todas las ventanas, gritan en todos los tonos,
protestan, alzan los brazos...
—¡Señorito, señorito!
—¿Qué ocurre?
—¡Dos hombres muertos!
—¿Dónde?
—Ahí, abajo. En esa esquina. Eran dos de la luz... ¡Ay, Dios mío!
En seguida circula la noticia. Son dos empleados del municipio, que
acaban de ser asesinados. Arturo presencia, desde el balcón, la
conducción de los cadáveres a una farmacia; la muchedumbre se agolpa,
irrumpe en nuevas oleadas. Pronto se llenan todos los claros; la plaza
está cuajada de cabezas vibrantes, de ojos que chispean, de puños
que se levantan pidiendo justicia. Se inician al punto en ella los
vaivenes de un mar. Embestidas, corrientes bruscas, contracorrientes.
Una espuma de sombreros, de cráneos mondos, de pañuelos. Asoman las
menudas tragedias que siempre corean a la grande: violentos pisotones,
llantos de niño perdido, codazos impertinentes. Una joven se siente
foco de un remolino de presiones táctiles; un grupo de mozuelos ruge
en torno de ella, a un tiempo azorada y envanecida. Guardias a caballo
recorren penosamente el recinto; desembocan en la plaza los entes
representativos, sin gran lujo de atuendo, porque la noticia les
alcanzó en pleno traje y espíritu de diario. Precipitadamente se han
vestido un traje de luto, y se han compuesto una faz de circunstancias.
Cruzan la muchedumbre con un aire dolorido, con un gesto dramático
provisional. Las gentes les abren paso, repiten sus nombres —el
presidente González, el teniente alcalde Pérez...—. En cada calle, una
fila de tranvías detenidos contempla el oleaje. La multitud crece, no
cabe ya en la plaza y comienza a enroscarse a los postes, a rebasar por
las terrazas, a invadir los tranvías. La multitud convierte la plaza
en un circo máximo, cuyas localidades improvisa, como los asesinos han
improvisado el espectáculo.
De pronto, unos hombres audaces surcan las olas con un frágil esquife
cargado de imágenes. Son operadores. Van a recoger, a prender en sus
cintas aquella espléndida fiebre humana. Se instalan en un ángulo de
la plaza, luego en otro. Aquella multitud no perecerá, no se destruirá
al disgregarse. Giran los manubrios. Las gentes se dan cuenta. Se
rehacen. Comienza en ellas a perderse la espontaneidad. Se preparan
a cruzar por la pantalla. Una muchacha se adereza el pelo, otra se
fija escrupulosamente un clavel, aquella se abre algo más el escote.
Algún mozuelo se engalla, enciende un puro, se ladea el sombrero. La
muchedumbre recibe de golpe esta profunda impresión: ¡También ella es
espectáculo! Y se dispone a serlo. Se inventan sonrisas, se avivan
miradas, se atusan rizos, se ensayan posturas. Se olvida de que se
prepara un espectáculo donde cada espectador puede ser un personaje.
Arturo mira con los gemelos. Recorre los racimos de cabezas que
irrumpen en el terreno batido por la máquina. De pronto, en medio de
un grupo, ve surgir la cabeza de Juan Sánchez. Juan Sánchez que se
adelanta hacia el aparato, que lo mira gravemente, que vuelve a pasar
y a mirar. Siempre al frente del grupo, como su quintaesencia; fiel
extracto de multitud, ente representativo, delegado insigne de la masa.
Arturo se aparta del balcón. Vuelve a su informe. Los periódicos le
enterarán del resto del suceso. _El Cisne_ aguarda el resultado de una
investigación. Arturo comienza otra vez sus notas:
«Las seis treinta de la mañana. Me apeo en Los Olmos. Comienzo mi
investigación interrogando al mozo que conduce mi equipaje. Dista el
pueblo unos dos kilómetros. Al llegar al pueblo, comienzan a parpadear
las ventanas, a gemir los goznes, a sonar las campanas, a asomar caras
frescas de muchachas...».
Arturo rompe esta hoja. Y la siguiente. Aburrido de no poder llegar
nunca al lugar del siniestro, detenido por todas las mujeres, por todas
las ventanas, por todos los latidos, abandona el informe y baja a
encontrar a Juan Sánchez.
* * *
Pasean por la ciudad salpicada de héroes de piedra. Frente a uno de
ellos, Juan Sánchez oprime fuertemente el brazo a Arturo.
—Aquí tiene usted un hombre que apenas existió y sigue _siendo_
eternamente. No era nada, como yo; pero un día soltó cuatro trabucazos
a tiempo, le contestaron con otros, le abrieron el pecho, como a esos
dos empleados, y dentro del corazón le grabaron la firma. Por el
agujero de una sien se le huyó el anonimato. Ahí le tiene.
—En cambio —piensa Arturo—, el escultor no existe. Es preciso acercarse
a ver la firma, como en el cuadro de Matilde.
—Ahí le tiene —recalca Juan Sánchez—. Inmortal. Tan inmortal como
Augusta.
—Busque usted una causa cualquiera, justa o injusta, y mátese por
ella. Le erigirán una estatua.
—La mía solo podría ser la estatua del soldado desconocido.
—La inmortalidad por estos rápidos caminos, va siendo ya muy difícil.
Podrá seguir habiendo guerras, también guerras sociales; pero ya apenas
hay «hondas convicciones», y, al extinguirse estas, quedan suprimidos
considerablemente los «trances heroicos». La vida moderna va eliminando
del mapa dramático, situación tras situación, conflicto tras conflicto.
Pronto, borradas las cordilleras, cegados los grandes ríos, el ambiente
de emociones pasará por el mundo como sobre una equilibrada estepa.
Porque los problemas de la inteligencia no levantan más que espuma,
ráfagas de aire. Dejará de producirse el héroe. Pero aún es tiempo.
Aprovéchelo.
—Se burla usted de mí.
—Le invito a aprovechar los últimos instantes de una vida heroica que
se extingue. Pronto, si algún héroe surge, se sonreirá aburridamente
de su propio heroísmo. El mundo va adoptando posturas inteligentes;
es decir, va suprimiendo las posturas. Pronto no quedarán héroes
«monumentalizables». La vida moderna está reduciendo el rostro del
mundo a esquemas simplicísimos, a geometrías colectivas, donde no caben
profundas contracciones individuales.
—¿Va a extinguirse la personalidad?
—Van a reducirse los tipos originales. Se llegará quizá a una
estandarización del hombre.
—Quedan las grandes hazañas del aire, del mar...
—Queda el éxito, que suele no tener nada que ver con la personalidad.
Como el cartel que nada tiene que ver con el muro que, por azar,
lo ostenta o lo soporta. Detrás del éxito puede haber un hombre
cualquiera, en quien las gracias se han complacido en acumular
coyunturas favorables. Un mismo aviador llega o puede no llegar. El que
no llega, se borra. Y acaso lo borró una brizna de aire.
—Quedan los grandes negocios...
—Sí, tal vez el héroe moderno está llamado a ser el gran jugador de
Bolsa. Pero un jugador de Bolsa no suele soñar con estatuas, sino con
millones.
—Quedan los grandes amores, las grandes tragedias del amor.
—Si no van acompañadas del asesinato, no creo que destaquen mucho a
nadie... De todos modos, el drama pasional arguye en los actores una
gran pobreza imaginativa. Los inteligentes suelen desviarlo hacia
terrenos más fáciles en sorpresas. El ruidoso drama pasional es ya solo
patrimonio de la plebe. De una u otra plebe.
—Quedan los escándalos.
—¿Cuáles?
—El gran robo, la gran estafa.
—Es posible que aún quede algún espléndido collar de reina que robar.
Alguna caja de caudales que violar. Pero esto ya va pasando al terreno
de la fábula. Las perlas suelen ser ya falsas y los valores de
complicada realización. Las cajas de caudales cada día se ciñen más
cinturones de castidad. Además, el gran estafador desaparece en seguida
de la celebridad. En cuanto lo encierran en un presidio, a menos que
se escape. El mundo va intensificando cada día más su capacidad de
olvido. El héroe antiguo persistía en la memoria y en la piedra; el
héroe actual —el campeón de boxeo o el bolsista— durará lo que dure la
operación de bolsa o el _match_. Se desvanecen después de una rápida
fulguración. Como los grandes criminales, su persistencia en el mundo
durará lo que dure su proceso.
—No comprendo bien.
—La razón es porque el mundo, nuestro mundo, comienza a ser toda la
tierra. Un grupo de soldados griegos, en una diminuta parcela del orbe,
pudo atender recíprocamente a sus idas y venidas, a sus menudos lances
de amor. El mundo estaba muy reducido de tamaño, y podía seguirse,
grado por grado, segundo a segundo, el gráfico de la cólera de Aquiles
o la historia patológica del erotismo de Elena. Hoy estas menudencias
no serían ya capaces de atraer las miradas del mundo ni de inaugurar
una espléndida literatura de viajes. (Porque, penoso es decirlo, pero
toda la literatura occidental tiene por base unos menudos trapicheos
de coqueta, una deliciosa comadrería de campamento). El mundo va
borrando de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y prefiere
seguir la partida con los peones solos, a quienes, de vez en cuando,
les endosa una caperuza de caudillo. El novelista nuevo rebana el
cuello a los altos fantasmones y prefiere manipular con las masas. Ya
los principales personajes de la novela actual tienen cien mil cabezas.
A casi nadie le interesa un problema individual. El mundo entero está
cansado de monólogos.
—Queda el arte, ¡el gran arte!
—Es posible. Quedará siempre el animador, en el papel, de esas
multitudes. El que expresa la gran inquietud de esas cien mil
cabezas... En un foso de la gran guerra se desplegó más heroísmo que en
toda la guerra de Troya junta. Un sencillo «peludo» ha podido rivalizar
con Héctor; y un espía cualquiera, con el sagaz Ulises. No existen,
quizá, los héroes; pero sí existen los poetas.
—Yo intenté...
—No importa. El poeta y su tema viven siempre juntos. Busque, Juan
Sánchez, una anécdota cualquiera de usted; haga que la cante un
poeta, y ambos pasarán a la posteridad. Aún queda un margen para el
individuo... Pero no se retrase mucho, porque todo va a sufrir una
profunda mutación. Vea, amigo mío, algunos de los títulos que llenan
nuestros escaparates de libros: «Cemento», «Chocolate», «Petróleo»,
«Gas»...
—-¡Es verdad!
—Se trata, óigalo bien, de libros, aunque parece tratarse de artículos
de primera o segunda necesidad. Ya van desapareciendo los «Adolfos» y
los «Pedros Infinitos». En cada uno de esos «Cementos» o «Chocolates»
hay una muchedumbre que ama y odia, trabaja, goza y sufre. Como en
las óperas de Wagner, los tenores deben sujetarse estrictamente a la
tiranía de la partitura. Son novelas o poemas sin fermatas, en que
el divo no tiene por qué adelantarse a la batería. Son novelas sin
enfoques unipersonales. Su personaje central es el coro. Es una masa.
—La masa es siempre algo borroso, sin perfil.
—Eso depende del operador que se instale ante ella. De la avidez y
potencia de su máquina. La masa tiene también sus perfiles, aunque
innumerables. Exige un poder más robusto de selección y arquitectura.
Quien posea esta virtud creará el nuevo personaje. Creará la novela
red.
—¿Cómo?
—La novela poligráfica, en lugar de la ya aburrida monografía.
—Aún no comprendo.
—El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en el norte
o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o misterioso—
enlace con gran número de otros peones o piezas mayores. El novelista,
el poeta épico actual debe saber jugar muy bien a ese ajedrez.
—¿Y el lírico?
—Demos su parte a Narciso. Que siga cantando a la luna o a su propia
zampoña. Al poeta puede eximírsele de conocer el perfil de los hombres
si conoce maravillosamente el perfil de una ola. O el del aire. Aunque
yo les aconsejaría a todos que aprendiesen a jugar al ajedrez. Narciso
va siendo insoportable. Y monótono. Todos acaban por mirarse en la
misma fuente... Y con la misma cara.
—¡El verso! ¡Las maravillas del verso!
—Óigalo bien, Juan Sánchez... El verso comienza ya a no tener sentido
entre nosotros. Pronto solo escribirán en verso quienes no sientan la
gran poesía de los hombres: los artífices cartujos, cuya sola poesía
está en el aparato.
* * *
En la puerta del palco, el acomodador sonríe levemente a Arturo. Un
bosquejo de alusión que para Arturo es más doloroso que una bofetada.
Porque el acomodador es el único testigo del amor subterráneo de
Matilde y Arturo, en sus dos primeras etapas. El acomodador no ha
asistido a la tercera y siguientes, pero su ladina percepción de las
curvas inexorables que describe el deseo amoroso le ha llevado a
conocer que los amantes, transcurrido el primer ciclo frenético de
su pasión, pretenden reanudar la feliz trayectoria, buscando en el
recuerdo fruiciones que ya no pueden hallar en la misma voluptuosidad
presente. Aquel hombre de faz dúctil, según índices de generosidad en
los amantes, ha asistido desde la sombra a la explosión de un deseo
cuyos gérmenes juntó el azar en un puesto de libros. La primera etapa
—el orden es inmutable en cada caso— transcurre en el antepalco,
corridas las cortinas; la segunda también, pero ya en pleno hermetismo,
redoblado el sigilo y la propina. El acomodador sabe que se suceden
luego otras etapas en las que él no actúa. El amor en creciente busca
otros más amplios escenarios, un hermetismo en nada sujeto a las
bruscas alternativas de la luz, a las peripecias de una máquina, a
los descuidos de un operador. Solo cuando la curva completa ha sido
descrita, los amantes regresan al punto de partida y, durante un buen
espacio de tiempo, se nutre de sus propias imágenes.
El acomodador sabe que, poco después de Arturo, se deslizará por
el pasillo Matilde, como una consonante forzosa en esta trivial
rima de amor. Y así es, en efecto: Matilde se adelanta y recibe en
pleno rostro la sonrisa de bienvenida, que ella hace fracasar con un
guiño angustioso. Porque, tres pasos más atrás, viene Juan Sánchez.
Y el acomodador conoce, en la propina, los grados de normalidad de
aquel fenómeno. Lo anormal ha sido hoy eliminado de aquella pasión
tan generosa un tiempo. Y el acomodador, cuya vida económica sería
lamentable entre amores legítimos, cierra la puerta y se retira
malhumorado.
—Quizá venga después un caballero —le ha dicho, al entrar, Matilde.
Pero el acomodador, que hubiese recuperado su alegría si Matilde le
hubiese anunciado a una señora, rezonga displicente :
—Está bien.
La sala está completamente a oscuras, salvo esos residuos mortecinos
que se van refugiando en el foso donde rebulle la fauna rubia y negra
de músicos e instrumentos. La ondulación de las butacas, que avanza en
filas simétricas hacia la ribera clara, es apenas perceptible gracias
a esas diminutas linternas que andan buscando entre las ondas negras
algún espacio náufrago. Pronto, aguzadas las pupilas, se va viendo en
lo sumo de cada onda la pálida espuma de los rostros.
Arturo va repartiendo sus miradas entre ambos espectáculos, entre ambas
muchedumbres. En la pantalla, la muchedumbre elaborada; frente a ella,
la muchedumbre en estado nativo. En la pantalla, un film ruso, una
multitud desorbitada que va empujando cruelmente a un gran duque hecho
jirones.
Multitud expresiva y multitud en estado nativo. Multitud armónica y
multitud simétrica, repartida en filas, diseminada en palcos, sin
realidad apenas. La sala está llena de rostros agrupados al azar, por
contagio, mediante la presentación en la puerta de unos papelitos rojos
y azules. Un hilo de curiosidad los fue arrastrando hacia el film. No
tienen representación alguna, cohesión alguna. En un momento de peligro
se destrozarían unos a otros. Un momento de placer les hace sonreír a
compás.
Un haz de fisonomías sin sentido colectivo, frente a una armonizada
muchedumbre, a la que no comprenden. Solo les complace el divo.
Reaccionan ante el que les fustiga, ante el que les tortura los
nervios, ante cualquier ente —individual y voceado por los carteles—,
no porque realice una labor personal artística, sino porque su nombre
es el primero en el programa. En el cinema se busca la estrella —casi
siempre específica, impersonal—, como en la ópera se busca al lindo
barítono.
—De todos modos —rezonga Juan Sánchez—, ese hombre ya no ha pasado en
vano por la tierra.
—Exacto. Ha pasado velozmente, pero algo queda de él en el mundo.
Mañana sus trajes y sus gestos divertirán mucho a nuestros hijos, como
a nosotros nos divierten las perillas y las moscas de nuestros abuelos.
—¿Y su gesto? Es algo más que un maniquí.
—Su gesto perdurará mucho tiempo, si ha sabido ser original. Pero dudo
que, aparte una docena de rostros, encontremos en el cinema individuos
originales.
—Que además sean fotogénicos —añade burlonamente Matilde; mientras,
apoya su pie en el de Arturo, continuando una cadena de mudas
insinuaciones sin ningún éxito.
—Lo será siempre, si es original. Por eso los hombres, donde se da
con alguna mayor frecuencia el gesto personal, son más fotogénicos.
La mujer soporta menos la pantalla. Se le tolera casi siempre por su
seducción epidérmica... Pero hay otras bellezas más firmes, poco menos
que inencontrables en la mujer.
Entonces el pie no insinúa, tortura.
—Me abruma su delicadeza, Arturo —dice Matilde, mientras le dice al
oído—: ¡Pedante!
—La pantalla prefiere, a la desnudez de la carne, la desnudez de un
espíritu, que solo fueron capaces de fijar algunos pintores geniales.
La de la carne puede ser puesta en conserva por cualquier pintorcillo,
para estimulante de las muchedumbres. La piel se pinta fácilmente. El
espíritu necesita de otro. Esta prueba de la pantalla solo yendo del
brazo con otro podría resistirla.
Arturo sigue divagando entre la indiferencia de sus dos oyentes y los
insistentes pisotones de Matilde. Uno de ellos es tan doloroso que la
cara de Arturo se contrae en una mueca. Al mismo tiempo dan luz a la
sala, y la mueca, precipitadamente, se convierte en sonrisa.
—Me esperan ahí fuera —dice, levantándose, Juan Sánchez—. Vuelvo en
seguida.
—Eres insoportable, Arturo, con esa manía de especializarte en
multitudes.
—Es mi profesión. Avanzo en mi carrera, según mi habilidad en
distinguir en un rostro la lealtad o la farsa. Y en un siniestro, lo
casual o lo previsto. No atentes contra mis intereses. ¡Quieta! Están
mirando.
De pronto, la sala va enfocando sus miles de pupilas hacia el palco.
Alguien ha sorprendido la ausencia de Juan Sánchez y un ademán dudoso
de Matilde, y el resto, dócilmente, va siguiendo el cauce abierto por
los ojos del primero. Cuando todos están ya fijos en el grupo, dice
Arturo:
—Ahí tienes ya tu público. Has conseguido convertirte en espectáculo.
Regocíjate.
—Son necios.
—Son la masa. Tú has conseguido cosquillearle un poco la médula, y como
un monstruo de mil cabezas, se vuelve a mirarte, sin saber por qué.
—¡Qué pena! Están destruyendo nuestra intimidad. Tendremos que
recomponerla esta tarde, ¿quieres?
—Tengo un incendio difícil.
—El inevitable incendio.
—Además, ¿ya estás segura de que podremos recomponerla?
—Lo estoy.
—Está muy averiada.
Matilde se transfigura.
—¡Que lo esté!
Como en ella han confluido tantas luces —verdes, azules, negras,
doradas— de pupilas, las suyas, ahora más ricas, más confiadas que
nunca en su poder de seducción, se clavan insolentes en Arturo. Una
voluptuosidad nueva enlaza las dos miradas. La de Matilde desafía; la
de Arturo se somete.
—Nos miran.
—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a
lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas
no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo,
porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal
novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora
estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el
teatro... ¡Qué divertido eres!
—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo comprendes
un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos favorece muy
poco.
—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza.
—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso?
—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí
viene Juan.
—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan Sánchez—.
Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron inmediatamente.
—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas
productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo.
—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la
comisión.
—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención.