Arturo sigue escribiendo su informe: «...un ingenuo amanecer, limpio

y desnudo. Sin auras ni alondras, sin murmullos en el campo ni nubes

teñidas de rosa. Una de estas mañanas en que el sol sale de incógnito,

ya cansado de escoltas de nubes amarillas y de orquestas de gorriones.

Una mañana color ceniza, todo ceniza muda, neutral, como a quien le

da lo mismo el sol que las estrellas, y elige un tono indefinido que

borra los confines del día y de la noche. Solo mi reloj es capaz de

asegurarme la verdadera fecha».

—Mi informe va a ser interminable. Además, esta indecisión de los tonos

ceniza no va a interesarle al jefe. Ceniza... Ceniza... ¡Siempre la

obsesión del siniestro!

Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe :

«Son las seis treinta de la mañana. El tren me vuelca en la estación

de Los Olmos, con tres fardos de _Blas Pérez y Sobrino_ y una jaula.

Es un tren mixto. Un jefe huraño desdeña mi billete y un mozuelo

soñoliento arrastra mi maleta. El pueblo dista dos kilómetros, y no hay

coche. El ferrocarril dejó en un total abandono al pueblo, o viceversa;

solo hay entre ellos un leve contacto: un rapaz que lleva y trae la

correspondencia...».

—Esto se prolonga mucho. Creo que la psicología de una estación de

tercera clase no va a interesar al jefe.

Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe:

«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Un mozo

recoge mi maleta y me propongo comenzar por él mi indagación. Le

pregunto, distraídamente, si conoce a la actual propietaria de _El

Canastillo_, y me contesta adormilado que sí. A los tres minutos

pretendo arrancarle la confesión del verdadero estado civil de la que

yo llamo _siniestrada_ en mi lamentable argot, y él balbucea unas

palabras en cierto idioma impreciso, solo utilizable por sonámbulos.

Insisto. Averiguo que esta imprecisión no nace del estado de

semivigilia del mozo, sino del dudoso estado civil de...».

—Parecen unas memorias íntimas. El jefe debe ignorar mi desprecio por

el _argot_ de la casa.

Destruye la hoja de papel; en otra escribe:

«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Comienzo

mis gestiones preguntando al mozo que me lleva la maleta acerca del

estado civil de la siniestrada. Parece que esta en su conducta privada

deja mucho que desear. Su estado civil es poco claro. Avanzo por un

caminito empapado de jugos matinales. Los Olmos me sirve un amanecer

en su propia salsa. El rocío me empapa las rodillas. De vez en cuando,

una zarza me hace cariñosamente guiños, me sujeta por la americana, me

hace entablar una escaramuza infantil con ella. El paisaje me ofrece su

sentido hostil, aunque de una suave hostilidad. Las zarzas son jóvenes,

son blandos sus dedos, apenas sus uñas han comenzado a afilarse. Es un

sendero verde, amarillo y violeta, todo embozado en tules ceniza. La

ceniza lo traspasa todo...».

—Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro! Además, el jefe va a

reírse de mi sentido de hostilidad del paisaje.

Otra hoja de papel hecha pedazos. Cuando comienza la quinta, un

disparo, otro, otro. Toda la fonda se estremece. Arturo corre al balcón.

Abajo, comienzan a correr las gentes. Primero, su actitud es de huida.

Poco después, de pesquisa. Por fin, de curiosidad. Los que huían,

vuelven; los que giraban en derredor la vista, la fijan en un punto;

todos se van apiñando. Fluyen de todas las calles, salen de todas las

puertas, asoman por todas las ventanas, gritan en todos los tonos,

protestan, alzan los brazos...

—¡Señorito, señorito!

—¿Qué ocurre?

—¡Dos hombres muertos!

—¿Dónde?

—Ahí, abajo. En esa esquina. Eran dos de la luz... ¡Ay, Dios mío!

En seguida circula la noticia. Son dos empleados del municipio, que

acaban de ser asesinados. Arturo presencia, desde el balcón, la

conducción de los cadáveres a una farmacia; la muchedumbre se agolpa,

irrumpe en nuevas oleadas. Pronto se llenan todos los claros; la plaza

está cuajada de cabezas vibrantes, de ojos que chispean, de puños

que se levantan pidiendo justicia. Se inician al punto en ella los

vaivenes de un mar. Embestidas, corrientes bruscas, contracorrientes.

Una espuma de sombreros, de cráneos mondos, de pañuelos. Asoman las

menudas tragedias que siempre corean a la grande: violentos pisotones,

llantos de niño perdido, codazos impertinentes. Una joven se siente

foco de un remolino de presiones táctiles; un grupo de mozuelos ruge

en torno de ella, a un tiempo azorada y envanecida. Guardias a caballo

recorren penosamente el recinto; desembocan en la plaza los entes

representativos, sin gran lujo de atuendo, porque la noticia les

alcanzó en pleno traje y espíritu de diario. Precipitadamente se han

vestido un traje de luto, y se han compuesto una faz de circunstancias.

Cruzan la muchedumbre con un aire dolorido, con un gesto dramático

provisional. Las gentes les abren paso, repiten sus nombres —el

presidente González, el teniente alcalde Pérez...—. En cada calle, una

fila de tranvías detenidos contempla el oleaje. La multitud crece, no

cabe ya en la plaza y comienza a enroscarse a los postes, a rebasar por

las terrazas, a invadir los tranvías. La multitud convierte la plaza

en un circo máximo, cuyas localidades improvisa, como los asesinos han

improvisado el espectáculo.

De pronto, unos hombres audaces surcan las olas con un frágil esquife

cargado de imágenes. Son operadores. Van a recoger, a prender en sus

cintas aquella espléndida fiebre humana. Se instalan en un ángulo de

la plaza, luego en otro. Aquella multitud no perecerá, no se destruirá

al disgregarse. Giran los manubrios. Las gentes se dan cuenta. Se

rehacen. Comienza en ellas a perderse la espontaneidad. Se preparan

a cruzar por la pantalla. Una muchacha se adereza el pelo, otra se

fija escrupulosamente un clavel, aquella se abre algo más el escote.

Algún mozuelo se engalla, enciende un puro, se ladea el sombrero. La

muchedumbre recibe de golpe esta profunda impresión: ¡También ella es

espectáculo! Y se dispone a serlo. Se inventan sonrisas, se avivan

miradas, se atusan rizos, se ensayan posturas. Se olvida de que se

prepara un espectáculo donde cada espectador puede ser un personaje.

Arturo mira con los gemelos. Recorre los racimos de cabezas que

irrumpen en el terreno batido por la máquina. De pronto, en medio de

un grupo, ve surgir la cabeza de Juan Sánchez. Juan Sánchez que se

adelanta hacia el aparato, que lo mira gravemente, que vuelve a pasar

y a mirar. Siempre al frente del grupo, como su quintaesencia; fiel

extracto de multitud, ente representativo, delegado insigne de la masa.

Arturo se aparta del balcón. Vuelve a su informe. Los periódicos le

enterarán del resto del suceso. _El Cisne_ aguarda el resultado de una

investigación. Arturo comienza otra vez sus notas:

«Las seis treinta de la mañana. Me apeo en Los Olmos. Comienzo mi

investigación interrogando al mozo que conduce mi equipaje. Dista el

pueblo unos dos kilómetros. Al llegar al pueblo, comienzan a parpadear

las ventanas, a gemir los goznes, a sonar las campanas, a asomar caras

frescas de muchachas...».

Arturo rompe esta hoja. Y la siguiente. Aburrido de no poder llegar

nunca al lugar del siniestro, detenido por todas las mujeres, por todas

las ventanas, por todos los latidos, abandona el informe y baja a

encontrar a Juan Sánchez.

* * *

Pasean por la ciudad salpicada de héroes de piedra. Frente a uno de

ellos, Juan Sánchez oprime fuertemente el brazo a Arturo.

—Aquí tiene usted un hombre que apenas existió y sigue _siendo_

eternamente. No era nada, como yo; pero un día soltó cuatro trabucazos

a tiempo, le contestaron con otros, le abrieron el pecho, como a esos

dos empleados, y dentro del corazón le grabaron la firma. Por el

agujero de una sien se le huyó el anonimato. Ahí le tiene.

—En cambio —piensa Arturo—, el escultor no existe. Es preciso acercarse

a ver la firma, como en el cuadro de Matilde.

—Ahí le tiene —recalca Juan Sánchez—. Inmortal. Tan inmortal como

Augusta.

—Busque usted una causa cualquiera, justa o injusta, y mátese por

ella. Le erigirán una estatua.

—La mía solo podría ser la estatua del soldado desconocido.

—La inmortalidad por estos rápidos caminos, va siendo ya muy difícil.

Podrá seguir habiendo guerras, también guerras sociales; pero ya apenas

hay «hondas convicciones», y, al extinguirse estas, quedan suprimidos

considerablemente los «trances heroicos». La vida moderna va eliminando

del mapa dramático, situación tras situación, conflicto tras conflicto.

Pronto, borradas las cordilleras, cegados los grandes ríos, el ambiente

de emociones pasará por el mundo como sobre una equilibrada estepa.

Porque los problemas de la inteligencia no levantan más que espuma,

ráfagas de aire. Dejará de producirse el héroe. Pero aún es tiempo.

Aprovéchelo.

—Se burla usted de mí.

—Le invito a aprovechar los últimos instantes de una vida heroica que

se extingue. Pronto, si algún héroe surge, se sonreirá aburridamente

de su propio heroísmo. El mundo va adoptando posturas inteligentes;

es decir, va suprimiendo las posturas. Pronto no quedarán héroes

«monumentalizables». La vida moderna está reduciendo el rostro del

mundo a esquemas simplicísimos, a geometrías colectivas, donde no caben

profundas contracciones individuales.

—¿Va a extinguirse la personalidad?

—Van a reducirse los tipos originales. Se llegará quizá a una

estandarización del hombre.

—Quedan las grandes hazañas del aire, del mar...

—Queda el éxito, que suele no tener nada que ver con la personalidad.

Como el cartel que nada tiene que ver con el muro que, por azar,

lo ostenta o lo soporta. Detrás del éxito puede haber un hombre

cualquiera, en quien las gracias se han complacido en acumular

coyunturas favorables. Un mismo aviador llega o puede no llegar. El que

no llega, se borra. Y acaso lo borró una brizna de aire.

—Quedan los grandes negocios...

—Sí, tal vez el héroe moderno está llamado a ser el gran jugador de

Bolsa. Pero un jugador de Bolsa no suele soñar con estatuas, sino con

millones.

—Quedan los grandes amores, las grandes tragedias del amor.

—Si no van acompañadas del asesinato, no creo que destaquen mucho a

nadie... De todos modos, el drama pasional arguye en los actores una

gran pobreza imaginativa. Los inteligentes suelen desviarlo hacia

terrenos más fáciles en sorpresas. El ruidoso drama pasional es ya solo

patrimonio de la plebe. De una u otra plebe.

—Quedan los escándalos.

—¿Cuáles?

—El gran robo, la gran estafa.

—Es posible que aún quede algún espléndido collar de reina que robar.

Alguna caja de caudales que violar. Pero esto ya va pasando al terreno

de la fábula. Las perlas suelen ser ya falsas y los valores de

complicada realización. Las cajas de caudales cada día se ciñen más

cinturones de castidad. Además, el gran estafador desaparece en seguida

de la celebridad. En cuanto lo encierran en un presidio, a menos que

se escape. El mundo va intensificando cada día más su capacidad de

olvido. El héroe antiguo persistía en la memoria y en la piedra; el

héroe actual —el campeón de boxeo o el bolsista— durará lo que dure la

operación de bolsa o el _match_. Se desvanecen después de una rápida

fulguración. Como los grandes criminales, su persistencia en el mundo

durará lo que dure su proceso.

—No comprendo bien.

—La razón es porque el mundo, nuestro mundo, comienza a ser toda la

tierra. Un grupo de soldados griegos, en una diminuta parcela del orbe,

pudo atender recíprocamente a sus idas y venidas, a sus menudos lances

de amor. El mundo estaba muy reducido de tamaño, y podía seguirse,

grado por grado, segundo a segundo, el gráfico de la cólera de Aquiles

o la historia patológica del erotismo de Elena. Hoy estas menudencias

no serían ya capaces de atraer las miradas del mundo ni de inaugurar

una espléndida literatura de viajes. (Porque, penoso es decirlo, pero

toda la literatura occidental tiene por base unos menudos trapicheos

de coqueta, una deliciosa comadrería de campamento). El mundo va

borrando de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y prefiere

seguir la partida con los peones solos, a quienes, de vez en cuando,

les endosa una caperuza de caudillo. El novelista nuevo rebana el

cuello a los altos fantasmones y prefiere manipular con las masas. Ya

los principales personajes de la novela actual tienen cien mil cabezas.

A casi nadie le interesa un problema individual. El mundo entero está

cansado de monólogos.

—Queda el arte, ¡el gran arte!

—Es posible. Quedará siempre el animador, en el papel, de esas

multitudes. El que expresa la gran inquietud de esas cien mil

cabezas... En un foso de la gran guerra se desplegó más heroísmo que en

toda la guerra de Troya junta. Un sencillo «peludo» ha podido rivalizar

con Héctor; y un espía cualquiera, con el sagaz Ulises. No existen,

quizá, los héroes; pero sí existen los poetas.

—Yo intenté...

—No importa. El poeta y su tema viven siempre juntos. Busque, Juan

Sánchez, una anécdota cualquiera de usted; haga que la cante un

poeta, y ambos pasarán a la posteridad. Aún queda un margen para el

individuo... Pero no se retrase mucho, porque todo va a sufrir una

profunda mutación. Vea, amigo mío, algunos de los títulos que llenan

nuestros escaparates de libros: «Cemento», «Chocolate», «Petróleo»,

«Gas»...

—-¡Es verdad!

—Se trata, óigalo bien, de libros, aunque parece tratarse de artículos

de primera o segunda necesidad. Ya van desapareciendo los «Adolfos» y

los «Pedros Infinitos». En cada uno de esos «Cementos» o «Chocolates»

hay una muchedumbre que ama y odia, trabaja, goza y sufre. Como en

las óperas de Wagner, los tenores deben sujetarse estrictamente a la

tiranía de la partitura. Son novelas o poemas sin fermatas, en que

el divo no tiene por qué adelantarse a la batería. Son novelas sin

enfoques unipersonales. Su personaje central es el coro. Es una masa.

—La masa es siempre algo borroso, sin perfil.

—Eso depende del operador que se instale ante ella. De la avidez y

potencia de su máquina. La masa tiene también sus perfiles, aunque

innumerables. Exige un poder más robusto de selección y arquitectura.

Quien posea esta virtud creará el nuevo personaje. Creará la novela

red.

—¿Cómo?

—La novela poligráfica, en lugar de la ya aburrida monografía.

—Aún no comprendo.

—El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en el norte

o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o misterioso—

enlace con gran número de otros peones o piezas mayores. El novelista,

el poeta épico actual debe saber jugar muy bien a ese ajedrez.

—¿Y el lírico?

—Demos su parte a Narciso. Que siga cantando a la luna o a su propia

zampoña. Al poeta puede eximírsele de conocer el perfil de los hombres

si conoce maravillosamente el perfil de una ola. O el del aire. Aunque

yo les aconsejaría a todos que aprendiesen a jugar al ajedrez. Narciso

va siendo insoportable. Y monótono. Todos acaban por mirarse en la

misma fuente... Y con la misma cara.

—¡El verso! ¡Las maravillas del verso!

—Óigalo bien, Juan Sánchez... El verso comienza ya a no tener sentido

entre nosotros. Pronto solo escribirán en verso quienes no sientan la

gran poesía de los hombres: los artífices cartujos, cuya sola poesía

está en el aparato.

* * *

En la puerta del palco, el acomodador sonríe levemente a Arturo. Un

bosquejo de alusión que para Arturo es más doloroso que una bofetada.

Porque el acomodador es el único testigo del amor subterráneo de

Matilde y Arturo, en sus dos primeras etapas. El acomodador no ha

asistido a la tercera y siguientes, pero su ladina percepción de las

curvas inexorables que describe el deseo amoroso le ha llevado a

conocer que los amantes, transcurrido el primer ciclo frenético de

su pasión, pretenden reanudar la feliz trayectoria, buscando en el

recuerdo fruiciones que ya no pueden hallar en la misma voluptuosidad

presente. Aquel hombre de faz dúctil, según índices de generosidad en

los amantes, ha asistido desde la sombra a la explosión de un deseo

cuyos gérmenes juntó el azar en un puesto de libros. La primera etapa

—el orden es inmutable en cada caso— transcurre en el antepalco,

corridas las cortinas; la segunda también, pero ya en pleno hermetismo,

redoblado el sigilo y la propina. El acomodador sabe que se suceden

luego otras etapas en las que él no actúa. El amor en creciente busca

otros más amplios escenarios, un hermetismo en nada sujeto a las

bruscas alternativas de la luz, a las peripecias de una máquina, a

los descuidos de un operador. Solo cuando la curva completa ha sido

descrita, los amantes regresan al punto de partida y, durante un buen

espacio de tiempo, se nutre de sus propias imágenes.

El acomodador sabe que, poco después de Arturo, se deslizará por

el pasillo Matilde, como una consonante forzosa en esta trivial

rima de amor. Y así es, en efecto: Matilde se adelanta y recibe en

pleno rostro la sonrisa de bienvenida, que ella hace fracasar con un

guiño angustioso. Porque, tres pasos más atrás, viene Juan Sánchez.

Y el acomodador conoce, en la propina, los grados de normalidad de

aquel fenómeno. Lo anormal ha sido hoy eliminado de aquella pasión

tan generosa un tiempo. Y el acomodador, cuya vida económica sería

lamentable entre amores legítimos, cierra la puerta y se retira

malhumorado.

—Quizá venga después un caballero —le ha dicho, al entrar, Matilde.

Pero el acomodador, que hubiese recuperado su alegría si Matilde le

hubiese anunciado a una señora, rezonga displicente :

—Está bien.

La sala está completamente a oscuras, salvo esos residuos mortecinos

que se van refugiando en el foso donde rebulle la fauna rubia y negra

de músicos e instrumentos. La ondulación de las butacas, que avanza en

filas simétricas hacia la ribera clara, es apenas perceptible gracias

a esas diminutas linternas que andan buscando entre las ondas negras

algún espacio náufrago. Pronto, aguzadas las pupilas, se va viendo en

lo sumo de cada onda la pálida espuma de los rostros.

Arturo va repartiendo sus miradas entre ambos espectáculos, entre ambas

muchedumbres. En la pantalla, la muchedumbre elaborada; frente a ella,

la muchedumbre en estado nativo. En la pantalla, un film ruso, una

multitud desorbitada que va empujando cruelmente a un gran duque hecho

jirones.

Multitud expresiva y multitud en estado nativo. Multitud armónica y

multitud simétrica, repartida en filas, diseminada en palcos, sin

realidad apenas. La sala está llena de rostros agrupados al azar, por

contagio, mediante la presentación en la puerta de unos papelitos rojos

y azules. Un hilo de curiosidad los fue arrastrando hacia el film. No

tienen representación alguna, cohesión alguna. En un momento de peligro

se destrozarían unos a otros. Un momento de placer les hace sonreír a

compás.

Un haz de fisonomías sin sentido colectivo, frente a una armonizada

muchedumbre, a la que no comprenden. Solo les complace el divo.

Reaccionan ante el que les fustiga, ante el que les tortura los

nervios, ante cualquier ente —individual y voceado por los carteles—,

no porque realice una labor personal artística, sino porque su nombre

es el primero en el programa. En el cinema se busca la estrella —casi

siempre específica, impersonal—, como en la ópera se busca al lindo

barítono.

—De todos modos —rezonga Juan Sánchez—, ese hombre ya no ha pasado en

vano por la tierra.

—Exacto. Ha pasado velozmente, pero algo queda de él en el mundo.

Mañana sus trajes y sus gestos divertirán mucho a nuestros hijos, como

a nosotros nos divierten las perillas y las moscas de nuestros abuelos.

—¿Y su gesto? Es algo más que un maniquí.

—Su gesto perdurará mucho tiempo, si ha sabido ser original. Pero dudo

que, aparte una docena de rostros, encontremos en el cinema individuos

originales.

—Que además sean fotogénicos —añade burlonamente Matilde; mientras,

apoya su pie en el de Arturo, continuando una cadena de mudas

insinuaciones sin ningún éxito.

—Lo será siempre, si es original. Por eso los hombres, donde se da

con alguna mayor frecuencia el gesto personal, son más fotogénicos.

La mujer soporta menos la pantalla. Se le tolera casi siempre por su

seducción epidérmica... Pero hay otras bellezas más firmes, poco menos

que inencontrables en la mujer.

Entonces el pie no insinúa, tortura.

—Me abruma su delicadeza, Arturo —dice Matilde, mientras le dice al

oído—: ¡Pedante!

—La pantalla prefiere, a la desnudez de la carne, la desnudez de un

espíritu, que solo fueron capaces de fijar algunos pintores geniales.

La de la carne puede ser puesta en conserva por cualquier pintorcillo,

para estimulante de las muchedumbres. La piel se pinta fácilmente. El

espíritu necesita de otro. Esta prueba de la pantalla solo yendo del

brazo con otro podría resistirla.

Arturo sigue divagando entre la indiferencia de sus dos oyentes y los

insistentes pisotones de Matilde. Uno de ellos es tan doloroso que la

cara de Arturo se contrae en una mueca. Al mismo tiempo dan luz a la

sala, y la mueca, precipitadamente, se convierte en sonrisa.

—Me esperan ahí fuera —dice, levantándose, Juan Sánchez—. Vuelvo en

seguida.

—Eres insoportable, Arturo, con esa manía de especializarte en

multitudes.

—Es mi profesión. Avanzo en mi carrera, según mi habilidad en

distinguir en un rostro la lealtad o la farsa. Y en un siniestro, lo

casual o lo previsto. No atentes contra mis intereses. ¡Quieta! Están

mirando.

De pronto, la sala va enfocando sus miles de pupilas hacia el palco.

Alguien ha sorprendido la ausencia de Juan Sánchez y un ademán dudoso

de Matilde, y el resto, dócilmente, va siguiendo el cauce abierto por

los ojos del primero. Cuando todos están ya fijos en el grupo, dice

Arturo:

—Ahí tienes ya tu público. Has conseguido convertirte en espectáculo.

Regocíjate.

—Son necios.

—Son la masa. Tú has conseguido cosquillearle un poco la médula, y como

un monstruo de mil cabezas, se vuelve a mirarte, sin saber por qué.

—¡Qué pena! Están destruyendo nuestra intimidad. Tendremos que

recomponerla esta tarde, ¿quieres?

—Tengo un incendio difícil.

—El inevitable incendio.

—Además, ¿ya estás segura de que podremos recomponerla?

—Lo estoy.

—Está muy averiada.

Matilde se transfigura.

—¡Que lo esté!

Como en ella han confluido tantas luces —verdes, azules, negras,

doradas— de pupilas, las suyas, ahora más ricas, más confiadas que

nunca en su poder de seducción, se clavan insolentes en Arturo. Una

voluptuosidad nueva enlaza las dos miradas. La de Matilde desafía; la

de Arturo se somete.

—Nos miran.

—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a

lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas

no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo,

porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal

novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora

estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el

teatro... ¡Qué divertido eres!

—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo comprendes

un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos favorece muy

poco.

—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza.

—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso?

—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí

viene Juan.

—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan Sánchez—.

Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron inmediatamente.

—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas

productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo.

—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la

comisión.

—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención.

Locura y muerte de Nadie · 第 5 / 7 段