—Tenía muy poca voz, pero unas piernas maravillosas. Aquí las tiene

usted. La tercera, comenzando por la derecha.

—¿Del actor? —pregunta Arturo.

—Del espectador.

Juan Sánchez contempla ávidamente una página de revista de espectáculos

que le ofrece el mayordomo.

—Señor, ¡he aquí a su madre!

—Arturo, ¡he aquí a su hijo!

Cae en una postración aterradora. Sus manos, febriles, parecen querer

hacer añicos la revista. Jadea, se debate en lo más profundo de su

impotencia.

—¡Cálmese!

Intenta sonreír. Le brota una mueca.

—¡Del coro! —Y, más sombrío—: ¡De la masa!

Allí está, desnuda, guiñando picarescamente el ojo al joven del palco.

Por todo traje lleva unos claveles y una gasa.

—Si usted quiere —sigue diciendo el mayordomo—, puede seguir por esta

revista la vida de su señora madre en aquel tiempo. Hay de ella muchas

«fotos». Era el libro que prefería el señor conde.

—¡Del coro!

—La tercera de la derecha, señor. Era magnífica, como usted ve...

—¡Cállese ya!

—Debo continuar mi historia. Es la última voluntad del señor conde,

que la señora condesa me transmite. El señor conde no volvió a Madrid

en mucho tiempo. Trajo aquí a Margot. Vivieron ocultos algunos meses.

Cuando usted nació, nadie lo supo, excepto algún criado. El conde tenía

aquí un administrador sin hijos. De pronto, la mujer del administrador

se trajo de París un niño: era usted. Porque usted ha venido de París,

señor. Allí actuó a los pocos días su señora madre, más bella que

nunca... Véala, en esta página. Es la quinta de la izquierda.

—¿Del espectador? —pregunta Arturo.

—Del actor —contesta, impasible, el mayordomo—. ¿Tan desfigurada está?

—Un poco. Al fin, ha pasado por ella una vida. La de Juan Sánchez.

Sonríe, eso sí, con la misma picardía. ¿Y el conde?

—No volvió a acordarse de ella. El hijo fue bautizado aquí. Es otro

Sánchez y Sánchez. Pero, en realidad, señor, sois un Monte Azul.

—¡Soy Nadie!

—En la provincia sois varias sociedades anónimas de firme crédito. No

podéis pedir más.

—Bien, vámonos.

—Perdón. He de completar mi misión. Al morir el señor conde, que, como

todos saben, derrochó una fortuna con...

—Sí, con señoritas del conjunto.

—También con «estrellas», señor. Su señora madre fue una excepción, una

honrosísima excepción.

—Siga.

—Al morir el conde, dejó una cláusula en su testamento por la que se

instituye a usted heredero de todo su pasado.

—¡Estúpida herencia!

—De modo es que esta misma revista y todos los cuadros de sus abuelos

le pertenecen. Con algunos muebles utilizables de esta casa. La de

Madrid pertenece a la señora condesa. Y esta finca pertenece a un

usurero.

—He de cargar con un montón de trastos viejos.

—Yo diría con un tesoro de recuerdos, señor. Os queda ese poeta, ese

ingeniero, ese militar. Os quedan esas «fotos» de Margot, sonetos...

—¡Todos del coro! ¡Nadie!

—Son vuestros antepasados. Nacieron, ambicionaron, figuraron...

—Sí, el tercero de la izquierda, del actor o del espectador, según los

casos.

—... y murieron. Margot falleció hace seis años. Se había retirado ya.

Pedía dinero al señor conde. Yo le giré algunas cantidades. Un día,

este periódico dio cuenta de un accidente... Un camión había aplastado

a una anciana... Un suceso triste. Lea...

Juan Sánchez aparta, horrorizado, el periódico.

—¡Un camión!

—Algo horrible. La eliminó del mundo, como una goma de borrar.

* * *

Otra vez en la carretera. De nuevo las filas monótonas de chopos con

la espinilla vendada. Cada vez se va quedando más lejos el paisaje

espontáneo. La industria va engrasando los caminos para que el hombre

se deslice por ellos más rápidamente; los va dejando inútiles para el

antiguo caminante, para el sencillo hombre de a pie.

Y sitúa a lo largo del viaje esos graciosos monumentos rojos a la

velocidad, que van distribuyendo energía. Las ciudades acortan entre

sí las distancias; se reducen las posibilidades de tedio y de novela.

Un viaje, que antes podía originar largas pasiones románticas, ahora,

a noventa kilómetros por hora, apenas logra producir un brusco roce

epidérmico. Los espíritus no se desnudan bien sino en reposo. O en una

diligencia, en un coche de tercera...

La carretera ha perdido su color poético y se va empapando de color

de alquitrán. Suprime algunas imágenes usadas, suscita otras. Suprime

algunas peripecias gastadas, como el atraco; suscita el choque

violento, la _panne_, la mutilación aparatosa, el vuelo de un cerebro

por las ramas. La carretera atiende, solícita, a destruir la monotonía

de la existencia humana.

—Haré un auto de fe con mi pasado.

Juan Sánchez continúa allí, en el fondo del coche. Arturo se había

olvidado de él. Creyó haberlo dejado en la sala patética del álbum y

los lienzos, entre dos cornucopias, frente al hombre de la mano en el

puño de la espada, de la mano en la pluma, de la mano en la rueda.

—Su pasado es magnífico. Es una admirable novela.

—Haré un auto de fe. Quemaré a mis ascendientes. Entrarán

definitivamente en la nada.

—Pero no podrá rasparlos de su árbol genealógico.

—Ese no es mi árbol oficial. Todos esos peleles sin fisonomía son

como los monos que se entrometen, que se cuelgan a las ramas sin que

nadie los llame. Mi árbol está libre de danzantes, de esos monos de la

tierra, ridículos imitadores del artista, del político, del sabio. Mi

árbol está plantado por tenderos. Quiero ser un tendero, un comerciante

más.

Su voz suena a hueco, lúgubre, rajada, desesperante. Poco a poco se va

apagando. De Juan Sánchez solo queda un montón borroso de escombros,

agazapados en el ángulo del coche, torvo residuo de las alegres

llamaradas —tan fugaces— de aquel día.

7

Auto, bodegón y celos

El balcón da a una avenida histórica donde quedan unos pedruscos

acribillados por un diluvio de balas enemigas. Alguna vez estos

pedruscos formaron una puerta, pero hoy solo son un espectáculo. Los

cerca un jardinillo, como a la estatua de un poeta acribillado por un

diluvio de flechas amorosas. La ciudad inventa un decorado único para

el arte y la gloria, para la ruda piedra y el frágil verso. A cada

hombre o cosa le asigna un fragmento de césped —fondo neutro— salpicado

de algunas flores raquíticas.

La ciudad contempla a su puerta heroica, como a una venerable abuelita

que hace más de un siglo se resistió bizarramente a una violación. El

enemigo acumuló allí toda su energía. Aquella puerta era el sexo de la

ciudad.

Puerta que adquirió su personalidad cuando precisamente se obstinaba

en perderla, y de lugar de acceso a las entrañas urbanas prefirió

convertirse en un muro hermético. Vive por haber resistido a un

apremiante deseo. El hombre y la cosa originales se producen

súbitamente en momentos de rebeldía también súbita. Los modos lentos

conducen al fracaso, porque las gentes prefieren que la originalidad

estalle, para volver a ella los ojos.

En el balcón, Matilde y Arturo. Juan Sánchez pasea nerviosamente por la

sala, aguardando la llegada de su herencia. Su pasado viene dentro de

un camión: un pasado sucinto; épocas en extracto, amores sintetizados

en una redondilla; ambiciones reducidas a un diploma; fiebres prensadas

—marchitas, secas, lamentables— entre dos páginas de novela... Volutas,

metáforas, caracoleos de roble y de idioma. Una vieja cama barroca,

retratos, rollos amarillos de papel.

—Parece que tarda, ¿no? —pregunta Juan Sánchez.

Y advierte sorprendido que nadie le contesta. Que Matilde y Arturo

prosiguen una escrupulosa inspección de la puerta inmortal; que algo

muy profundo les tiene sumergidos en la calle. Vuelve a preguntar:

—¿Verdad que tardan?

Nada. Arturo está hablando casi al oído de Matilde. Flotan, entre los

rizos de Matilde, frases mutiladas.

—...una hora..., tardanza...

—...siniestro difícil..., director..., urgente...

—...falso..., catástrofes de pega...

—...porvenir..., comisión muy aceptable..., debes comprender...

Juan Sánchez está allí, a dos pasos. Vagamente llegan a él hilachas de

un diálogo desflecado por la cautela. Pero de las últimas palabras se

desprende un tuteo sospechoso. Aguza el oído. Frases completas.

—Mi fortuna se fragua entre escombros.

—Se ve que te enamoran los conflictos.

—Por eso estoy entre vosotros, en vez de enseñar lógica en un instituto

enmohecido..., donde todos los problemas se dan como resueltos.

—Tienen fe.

—No tienen curiosidad.

—Tú no crees en nada.

Dulcemente, muy bajo:

—...ni siquiera en mí.

A Juan Sánchez solo le llega el _mí_, un _mí_ ardiente, afilado,

inconfundible.

—No es fe, es deseo. Creo que te basta.

Juan Sánchez está allí, sumergido en un turbio presente. No puede oír

la respuesta de Arturo, de Arturo, siempre correcto, frío, inmóvil,

que sigue contemplando la puerta gloriosa, mientras Matilde vibra de

impaciencia, hace esfuerzos para no gritar su inquietud. Juan Sánchez

aguarda una frase nueva, definitiva. Los dos callan. Los pasos de Juan

Sánchez han cesado. Un silencio hostil pone en guardia a los amantes.

Y el ruido de un camión que se detiene ante el umbral.

—¡Ya está aquí mi pasado!

Salen todos a recibirlo.

* * *

La destrucción del pasado de Juan Sánchez se realiza sin patetismo

alguno. Folio a folio van desapareciendo los libros, el álbum. Astilla

a astilla van sumergiéndose los marcos en la chimenea. Los lienzos se

enrollan, se resisten al aniquilamiento. Al fin, la llama lo unifica

todo.

Juan Sánchez va arrojando antepasados al fuego. Un pintor que solo

llegó a copiar la realidad, que nunca pudo inventarse otra. Un político

que solo llegó a ser cacique. Un guerrero de latón, que nunca ganó

más empresas que las del campo de maniobras. Un héroe que ganó el

campeonato de las carreras a pie en cierta catástrofe militar. Un

poeta, de los llamados _chirles_, cantor de frondas y arroyuelos,

constructor de dos mil cuartetas y tres mil ochocientas quintillas. Un

farsante sin genialidad, es decir, un payaso triste.

Al caer en sus manos el hombre de la mano en la pluma, Juan Sánchez le

dedica una sorda oración fúnebre.

—Entra definitivamente en el olvido, abuelo mío. Te pasaste la vida

buscando consonantes, como quien busca sellos de correo. Fuiste un

coleccionista más. Recorriste de álbum en álbum todos los salones

cursis de tu siglo. Cantabas a la patria que te vio nacer y a las nubes

que recogían tus estúpidas miradas. Construiste poemas a medida, hechos

de metáforas tradicionales, burdamente cosidas con alambre retórico

barato. No llegaste a decir nada del sol ni de la luna y los campos,

porque todo quedaba oscurecido entre la niebla de tu estilo común. Las

cosas quedaron enfundadas en tupidas arpilleras; no las pudiste mostrar

desnudas. No tuviste ni aun ingenio para disimular tu incultura, como

tantos de nuestros poetas que aún viven. Hablabas del corazón humano,

y nunca llegaste a conocerlo, como no lo conocieron tampoco la mayor

parte de tus compañeros de rimas enchufadas. Lo simplificabais hasta

el extremo de anularlo. Le asignabais dos o tres vulgares resortes,

y de toda la complicada máquina emotiva solo visteis alguna patente

ruedecilla. Ni siquiera pudisteis señalar los verdaderos estímulos

eróticos, ni siquiera los verdaderos resortes de la voluntad. Por

eso forjabais los personajes de una pieza, y todas sus posibilidades

de acción se reducían al programa preestablecido. Escribíais para el

público, sin saber que el público acaba por despreciar a los que solo

escriben para él. Erais Nadie, porque no lograbais añadir un verso al

precioso mundo lírico de vuestros antepasados. Tú eras Nadie, porque

tus versos estaban tomados a crédito a la historia, y deformados y

trivializados luego, en vez de devolverlos bien bruñidos, con aderezo

nuevo. Eras Nadie, como yo, tu descendiente, a quien legaste un vago

afán de conmover a los hombres por la palabra sonora. Pensaba en un

arpa y solo llegaste a manejar la ocarina. ¡Vete al fuego, pobre idiota

ilusionado!

La llama le transfigura, le redime. Hay en su mirada una extraña

irradiación. En su voz hay una falsa mansedumbre.

—Desaparecéis en absoluto, porque vuestras risibles obras ya hace

tiempo que se borraron del mundo, y vuestras vidas solo prendieron en

las otras por bestiales contactos, por lazos oscuros de sexualidad que

nunca podrán hacer de un Nadie un Alguien... ¡Se acabó!

Juan Sánchez se vuelve hacia Matilde y Arturo. Se acentúa la

anormalidad de sus gestos, de su mirada. Matilde, azorada, se acerca

más a Arturo como buscando refugio.

—Ahora a cultivar el presente. Le obedeceré, Arturo. ¡Acción, acción!

Me entregaré a la acción. El pensamiento no fragua individuos.

—Es su espuma, su perfume, nada más.

—Y yo quiero robustecer mis huesos, endurecer mis músculos, templar

mis nervios, para que den su sinfonía personal. ¡Voy a entregarme a la

acción!

Lo dice fieramente, clavando sus ojos en Matilde que, cada vez más

azorada, solo acierta a decir:

—Bien. Vamos a comer.

Arturo se despide. Sale en seguida para el habitual escenario de su

vida: un incendio. Detective de falsas catástrofes, baja, sobresaltado,

la escalera, pensando en la mirada oscura de Juan Sánchez.

* * *

—Mañana nos veremos en casa —le había dicho Matilde—, Juan sale de

viaje. Acude pronto. Merendaremos juntos.

Y Arturo viene dócilmente a merendar. Ahora, con el amor, alternan

otras golosinas. Matilde, hembra cauta, sabe disponerlas a tiempo.

Un gran silencio en la casa. Al fin del pasillo, una puerta se

entreabre; una doncella invita a entrar. Sonríe, como se sonríe a todo

cómplice.

—La señorita va a venir. Pase al comedor.

Hay sobre el tapete, a cuadros rojos y ocres, un azafate y sobre él

una pirámide de fruta recién cogida. Entra Arturo en la habitación y

se detiene a contemplar, desde lejos, aquella voluptuosa agrupación de

formas redondas que realizan todas las travesuras de la curva. Mientras

aguarda a Matilde se divierte en extraer del frutero su esencia

cristalina: una pirámide.

Este fugaz momento de esperar solo puede llenarse con contenidos

infantiles, de tránsito entre dos graves problemas: ahora aplica un

método escolar a la percepción geométrica de la fruta. Si circunscribe

al conjunto un poliedro cualquiera, el puñado de curvas perderá

en deleite lo que gane en precisión; mientras que inscribiéndolo,

conservará toda su delicia, aunque pierda en geometría.

Bien está asignar su sostén a la fragante arquitectura, pero dejándolo

bien oculto. No como andamio, sino como esqueleto.

—Juan ha salido —dice entrando Matilde, recalcando una extraña

frialdad—. Tenga la bondad de esperarle. Tome asiento.

De pie ante la mesa, Arturo balbucea unas palabras de excusa. De

pronto advierte que Matilde le hace un guiño impreciso... Acaso anda

cerca algún criado... Reacciona súbitamente. Y, en la duda, permanece

callado, dispuesto a aguardar lo imprevisto.

Continúa la espera. Matilde es allí un objeto más. Se acerca a la

pirámide, se sitúa en la baldosa exacta desde donde el azafate puede

ser percibido con la máxima luz. El balcón está entreabierto, los

visillos apenas empañan el cristal. Más lejos, solo vería manchas

inconcretas de color; más próximo, algún matiz insolente apagaría el

resto. Llega de la calle la porción de sol que pide cada escorzo,

porque Matilde supo administrar bien la luz cruda de la tarde.

Abre la fruta tres horizontes, cada uno con peculiares deleites: el del

color, el del aroma, el del contacto. Son los ojos espías vivaces de la

voluptuosidad, de la que suelen consumir la porción más rica, dejando

a los otros sentidos el despojo. Traza el aroma anchos círculos sutiles

que, según se aprietan, van finamente esclavizando la avidez.

Y, por fin, el mismo contorno de las cosas, su forma plena, su piel,

abre el último horizonte, la onda más cercana que cada ser provoca al

sumergirse en el espacio: onda que se confunde con el perfil, donde se

sacia o naufraga definitivamente el deseo.

Arturo se enamora súbitamente de la fruta, pero quiere irla poseyendo

por grados. A todo gran amor corresponde una lenta fruición en apurar

el lote de goces que origina. Solo se precipitan los que no saben amar.

Por haberse precipitado un poco en el amor de Matilde ha perdido para

siempre deliciosos instantes.

Arturo penetra despacio en el aro de los perfumes; aunque cierre los

ojos, ya conoce dónde podrá hallar las manzanas, dónde el moscatel y

las granadas. Llega con suavidad al último círculo, donde los ojos

deben ya prescindir de la visión total y repartirse de escorzo en

escorzo, donde ya cada poro se sorbe una sola proyección de belleza.

En el azafate hay tres manzanas gemelas, tan tersas, tan bruñidas, que

parecen de metal. Son verdes, de un verde provocativo, como los ojos de

aquella hurí que empujaban a los donceles cristianos hacia un abismo

cubierto de rosas donde se ocultaba Lucifer. Arturo conoce aquellos

ojos por un cromo, y los anda siempre buscando en sus amigas. Ojos

fascinadores, ojos duros, insolentes, de huraña malaquita.

Arturo acaricia las manzanas; resbalan sus dedos por la fría

superficie, rechinando un poco, como en las bolas de bronce de la

escalera. Al contacto se apaga toda gula, porque ya el helado roce es

el máximo deleite que pudiese provocar la posesión. En la curva piel

metálica parece terminar la irradiación de su belleza.

Se siente que aquellas lindas esferas, tan cercanas a la pura

geometría, no tienen corazón, como otras frutas; sino una línea de

cruce de infinitos planos. Lo mismo ocurre en muchos cuerpos de mujer,

donde el espíritu fue desalojado por una estación telefónica de

innumerables, de opuestas intenciones.

Pero Arturo está cansado de esas otras frutas vivas y sigue

contemplando estas tres, tan hurañas, que arrojan fuera de sí la imagen

del mundo en torno.

Y hay otras dos manzanas: lindos orbes azucarados que tienen dibujado

un mapa con sus diminutos continentes rojos sobre amarillo claro, con

sus islotes rosas, carmesíes.

Hay tres melocotones aterciopelados, de línea perfecta, cerrada,

aristocrática, de un dulce amarillo surcado por una faja granate.

Ofrece el mayor la graciosa hendidura de una lozana grupa de

adolescente. Arturo la toca, siente resbalar sus yemas por el fino

terciopelo, que, a contraluz, se tiñe suavemente de plata, de un rocío

blanquecino, como si la luz que retrocedía en las tersas manzanas

quisiera ahora sumirse por cada poro, levantando al borde de los

microscópicos abismos una leve espuma.

La luz se reparte amorosamente por toda la superficie del melocotón,

se prende a cada brizna de pelusilla, muere allí, en un dulce ahogo,

risueñamente.

Arturo prefiere las frutas donde el misterio de la miel traspasa la

epidermis; no corre al encuentro del sol, jugando con él como un

balón de fuego, pero lo atrapa y lo derrota en la misma superficie,

chupándole los colores más lindos. La manzana es una vanidosa que

solo persigue el infantil devaneo, y hace de su piel un curvo espejo

deformador.

Y hay una pera rechoncha, verdusca, elaborada a martillazos, deforme

aún y sin pulir, con su faja terrosa ceñida al vientre, apelotonada,

ridícula. Aunque Arturo sabe que bajo aquella piel monótona, agreste,

hay una mansa dulcedumbre, blanda, jugosa, sin vanidad alguna.

—Coma. ¿Le gustan?

Arturo esboza un gesto dudoso; desconoce el arte de las comedias de

enredo y no sabe qué banales palabras serían ahora oportunas.

Ve a mano un cuchillo. Podría ir arrancando tiras de piel de esta grupa

encantadora de chiquilla, hasta dejar los músculos palpitantes, con

todos sus zumos destilando en plena desnudez.

«El melocotón —piensa— es como una pella de tierna carne virginal

donde la gula pierde sus brutales acometidas y se convierte en tierna

voluptuosidad».

Arturo prefiere hincar los dientes, súbitos, sañudos, en la piel

insolente de una manzana. Y, al escoger una en el frutero, se queda con

la mano en alto, en la actitud de un ladrón sorprendido.

Juan Sánchez entra en el comedor, saludando torpemente. No se oyó

timbre alguno; no se produjo en la casa ese pequeño rebullicio que

acompaña a la entrada o salida de alguien. Juan Sánchez estaría

acechando...

—Les dejo. Tengo que salir —dice Matilde.

Cuando se quedan solos se oye la voz trémula de Juan Sánchez, que

confiesa:

—Perdóneme. Iba a matarle a usted.

—¿A mí?

—Le había preparado esta encerrona. Tuve desde hace tiempo la esperanza

de que entre usted y Matilde... No ha sido así. No es culpa mía. Reto a

la tragedia, pero la tragedia no acude. Tampoco logré nada con Alfredo.

Un gesto de asombro. Arturo permanece mudo.

—Pasaré por el mundo entre bastidores, como un pobre comparsa. Mi vida

es de oscuro pasillo de un teatro... «¡Acción, acción!», me dicen

todos. «Así un día logrará encontrarse a sí mismo». Ya ve, intento

obrar, y los resortes no responden. Nada estalla. Nada se rompe. Todo

es fiel. Todo es dócil. Mi vida tiene excesivamente engrasadas sus

ruedas. Creo que cuando muera será durmiendo. Y me despertaré entre

millones de comparsas, de coristas. ¡Una eternidad cantando salmos,

donde ya ni el suicidio puede remediar nada! No creo que mi vida

merezca otro premio que el de perpetuo corista, ¿comprende? No ser

nunca nada, ni antes ni después de existir.

Arturo no contesta. Mira lleno de estupor a Juan Sánchez, el

infortunado tramoyista de su propia tragedia. No consigue ni aun

el derecho a ser actor en el drama de su misma vida conyugal tan

compartida.

Quizá la verdadera interpretación de la tragedia de Juan Sánchez sea

esta: tropezar siempre con la cuarta dimensión, ser víctima de las

bromas inflexibles de la cuarta dimensión.

Juan Sánchez llega demasiado tarde a los hombres y las cosas. Nunca

puede verlos en su minuto de máxima tensión, en la usual temperatura

en que los héroes respiran. Le sucede como al que llega a una pirámide

cuando ya el vértice es un redondo muñón y las vertientes son de tronco

de cono, todo gastado, arañado por los días, sin hoscas aristas, sin

hirsutos filos.

Juan Sánchez presintió su drama conyugal; pero al llegar a rozarlo

con los dedos, el drama había perdido su temperatura hostil. Si

Sánchez irrumpiese en un bosque salvaje, las fieras le verían llegar

indiferentes, porque en aquel momento estarían en plena digestión de

alguna caravana acabada de engullir.

Cuando Juan Sánchez se acerca a las cosas, todas se le acercan,

lamiéndole irónicamente la mano, fatigadas, rendidas. El mundo está

nutrido de arcos tensos, pero Juan Sánchez los encuentra siempre

relajados.

La verdadera tragedia de Juan Sánchez es, quizá, su excesiva realidad.

En la realidad, los espíritus extremos, las sumas tensiones del

espíritu mediocre, pocas veces aciertan a encontrarse para producir esa

chispa fascinadora que marca niveles ilusorios de humanidad heroica.

En la realidad, pasan, se cruzan, se rozan apenas los espíritus. Son

casi siempre tangenciales al aro de luz que traza en torno suyo cada

ente original; sin que, unas veces por su silencio, y otras por su

excesiva charla, logren juntarse para encender temperaturas cumbres.

Tal pasión —la de Arturo— entra aquí en juego cuando apenas es ya una

sombra. Tal vanidad —la de Alfredo— viene a escena cuando ya logró

plenamente saciarse. Todas las pasiones han perdido sus filos, su

pólvora, cuando Juan Sánchez quiere jugar con ellas, utilizarlas como

armas arrojadizas.

Solo un astuto novelador consigue armonizar en el tiempo este gran

sistema de fuerzas que constituye el tejido dramático: el punto de

sazón del deseo femenino, del ímpetu viril de los amantes, la extrema

temperatura de una cólera, el período de celo de toda bestia humana.

Solo un falso novelador puede recortar de aquí y allí trozos singulares

de vida y acoplarlos —como los líquidos en un matraz— para hacerlos

hervir ruidosamente, en un momento prefijado. En este breve relato, en

este fragmento de la vida de Juan Sánchez, no se tuvo la fortuna de

hallar a los personajes en su punto de más alta tensión.

Para alguno se adelantó, para otro se retrasó la novela. Aquí aparecen

según vivían al ser llamados a figurar en este sencillo relato.

8

Las dos muchedumbres

Locura y muerte de Nadie · 第 4 / 7 段