Si no padeciese tan intensa alucinación, dudaría un poco de esta

alegría de Ruth, provocada no por el hallazgo de un generoso amigo,

menos por la esperanza de un deleite, sino por su fe en la pronta

nivelación de un presupuesto. Juan Sánchez se lanza con tal ímpetu a

morder esta golosina de la predilección de Ruth, que el espectáculo

lamentable de la alcoba no logra prendérsele en la retina; como esas

últimas estaciones, ya muy próximas a la gran ciudad, que el viajero no

advierte en su fiebre del último minuto, al poner en orden su corbata,

su sombrero, su atuendo personal. Ni el mismo espectáculo de Ruth, que,

excesivamente ilusionada por el éxito económico de su desnudo, olvida

aturdidamente muchos recursos de seducción; y lo que pudo en ella ser

fina y cotizable coquetería apenas resulta un cinismo depreciado.

Mezcla sin ritmo la golosa intimidad con el descoco, y todos los

valores plásticos de la escena se reducen mucho de calidad. Pero Juan

Sánchez nada advierte. El placer más vivo de aquella belleza dinámica

no será nada ante esta suma embriaguez del individuo que, por fin, se

siente destacado del grupo innumerable, con una crucecita en aspa.

Ruth busca algo en una cómoda, se arquea levemente sobre el cajón

superior, acentúa el arco sobre el cajón más bajo, termina la curva

sobre el inferior. Si Juan Sánchez no padeciese tan turbia alucinación,

desdeñaría las demás voluptuosidades por seguir la sucesión de

estos arcos imprevistos, que multiplican en Ruth, graciosamente,

sus posibilidades de belleza, mientras le afirman y reafirman en

su condición de lindo animalejo de placer. Porque toda la sabrosa

arquitectura, al enroscarse sobre sí misma, va perdiendo el último

resto de cínica altivez derrochado en la calle, y adquiere una nueva

fascinación de fruta. Al doblarse, vuelto el rostro hacia la tierra,

su carne esboza ademanes de oferta; como al doblarse, vuelto el rostro

hacia el techo, esbozan un ademán de tortura las _Tres Hermanas

Argelinas, Tres_, que ahora recogen toda la atención dispersa del

cabaret. Con los pies y las manos en la alfombra, las _Tres Hermanas

Argelinas, Tres_ parecen disponerse al martirio, tenderse sumisas

en un potro. Esos viejos aparatos de martirio que suelen instalarse

en los circos, en el ruedo de este cabaret solo están aludidos por

rectas ideales, que las tres muchachas recorren con la sonrisa en la

boca atrozmente grana, cereza y sangre, respectivamente; porque si

las tres coinciden acaso en el modo de besar, que aprendieron en la

misma revista de cinema, no coinciden en el modo de preparar el cálido

instrumento del beso. Arqueadas, vientre arriba, los tres cuerpos

comienzan a perder su calidad humana y a acercarse a la de pulpo.

Los frágiles sostenes se atirantan, el vientre amenaza abrirse en

dos gajos, de tan tenso. Al fin recuperan, de un salto, su posición

normal. Se les perdona la tortura, y las tres reparten besos ideales

entre aquella fauna mixta de libertinos profesionales y libertinos de

afición. Desnudas hasta el punto —extremo— que toleran los preceptos

municipales, juntos los pies por los talones y las manos sobre las

cabezas, construyen luego una ánfora griega, donde los senos se

adelantan en cornisa, y los muslos, de piel morena y apretada, tiemblan

un poco bajo la lluvia de miradas.

* * *

Le despierta Juan Sánchez.

—¡Arturo!

Viene solo, desencajado, lívido. Vencido.

—¿Lo ve? ¡Una ilusión de esa imbécil!

—¿Cómo?

—Nos encerramos. Quería obsequiarme con una cara, con un garbo

originales. Yo estallaba de alegría. Por fin, alguien me confería una

personalidad. Algo dudosa, pero muy halagüeña. Pues bien... ¡Nada!

Buscaba a un tal Juan Martínez.

—¿Cómo advirtió su error?

—Al desnudarme, vio la firma y rúbrica, y comenzó a palmotear: «¡Eres

otro! ¡Eres otro!». Yo le arrojé un vaso a la cabeza. Chilló, anduvo

corriendo por la casa, medio desnuda. Quería llamar a la Policía...

Por fin, todo se arregló con unas pesetas. Pero sus gritos se me

hincaron en el cerebro: «¡Eres otro! ¡Eres otro!».

—Culpa de usted. ¿Por qué se ha grabado en la piel su cédula personal?

—Se quedó estupefacta. Luego comenzó a gritarme: «¡Eres otro! ¡Eres

otro!».

—¿Va usted a hacer caso de una ramera?

—¡No, no es una ramera! ¡Es un testimonio! Y ya lo ve usted. Yo siempre

soy otro cualquiera. Es decir, soy Nadie. ¡Nadie!

6

Viraje

—Felicíteme, Arturo.

—¿Por qué?

—Mi salvación está aquí.

—¿Dónde?

—En esta carta. Léala.

Es de la condesa viuda de Monte Azul. Invita a Juan Sánchez a visitar

una antigua finca de los condes, situada a pocos kilómetros de Augusta.

—No comprendo.

—Es muy largo de contar. Esa finca está llena de misterios.

—Como todo.

—La tenían olvidada los condes desde hace muchos años, desde la

juventud borrascosa del conde... ¿Comprende? Esa finca, escondida ahí

entre robles, entre cerros, era el refugio galante de don Juan de Monte

Azul. Porque se llamaba don Juan.

—Como cualquiera.

—Es que importa, me importa mucho que se llamase así. Porque ese don

Juan... ¡era mi padre!

—¿Cómo?

—No tengo aún pruebas concluyentes, pero lo presiento, lo voy viendo

clarísimo. Porque, verá usted...

El júbilo ha transformado su rostro, le hace precipitar locamente el

relato. Se atropella, quieren las palabras brotar a un mismo tiempo. Es

un relato enmarañado, sobre el que flota, como un globo grotesco, una

afirmación lanzada al aire con la máxima audacia, con una irrefrenada

alegría:

—¡Soy hijo de...!

Juan Sánchez va descendiendo al sótano más profundo de sus deseos. Ha

acariciado durante mucho tiempo esta voluptuosidad de ser el fin de una

vehemente aventura, no el eslabón de una cadena doméstica burguesa.

Ha soñado con ser fruto del deseo, no de la costumbre. Quiere tener

tras de sí una cadena forjada con todos los metales —plata de nobleza,

cobre plebeyo, hierro de tizonas, oro fino mental—. Quiere tener por

ascendencia guerreros, poetas, cortesanas, garridas mozas plebeyas

de anchas caderas, gañanes de robusto pecho, reconstituyentes de los

flácidos linajes. Quiere llevar en su sangre todas las posibilidades

del genio, todas las borrascas subterráneas, capaces de hacer surgir

en la superficie de la tierra una maravilla vegetal, o un ejemplar

magnífico de bestia, o un espléndido hombre resumen, una síntesis

humana original.

—Porque yo sé —sigue diciendo atropelladamente Juan Sánchez— que una

plena confianza en mi yo interior, en esa cadena de yos anteriores, ha

de empujarme a desarrollar algún escondido, hasta hoy insospechado,

germen de personalidad. Ya la tengo, ya tengo esa fe. Conocer, como ya

comienzo a conocer, cuál es la verdadera materia de que estoy fraguado,

es el acontecimiento más decisivo de mi vida, el más risueño, el más

consolador... Fíjese bien, Arturo. ¡Soy hijo de una noche de locura!

Acaso de la ramera más hermosa del contorno, acaso de una patética

violación, quizá de una joven púdica que comenzó aquella noche a

enloquecer de amor... Porque el conde era un ladino, un experto

catador de bellezas.

—Pero de esa carta no se desprende...

—Se desprende. Yo sospechaba alguna cosa. Cartas, alusiones,

desemejanzas... Siempre creí no ser hijo de mis padres, y eso para mí

fue siempre un vago lenitivo. Lo conozco en que siempre he despreciado

a los que legalmente aparecen como antecesores míos en el mundo. Unos

miserables tenderos. Lo conozco en que los gastos de mi educación no

correspondieron nunca a la posición económica de mi falso padre. El

conde de Monte Azul medió siempre, como protector... Dicen que conocía

a mi padre desde niño. Que mi abuelo fue ayuda de cámara del primer

conde de Monte Azul. Que mi madre...

—Pienso que, al menos, respetará la memoria de su madre.

—¿Por qué?

—Es sagrada. Así lo dicen.

Juan Sánchez ríe nerviosamente. ¡Sagrada! Un delicioso animalejo cogido

al pasar por un robusto macho; estrujado, exprimido, hasta agotar en

él todas las venas del goce, hasta apurar el último poso del deleite...

¡Sagrada! Una encantadora bestia, erizada de caprichos, estremecida de

sensualidad, vibrante de lujuria, de cínica lujuria. Una espléndida

máquina donde tirar docenas de ejemplares de hombres. Un aparato de

reproducir, que luego olvida lo reproducido, que lo entrega a manos

mercenarias... Eso, ¿puede ser sagrado?

Arturo no quiere interrumpir el frenético chorro. Va conociendo

a jirones la historia del advenimiento al mundo de Juan Sánchez;

historia supuesta, porque la carta nada prueba definitivamente. Juan

Sánchez quiere vislumbrar en ella toda una razón de vivir. Cree haber

encontrado un firme zócalo para edificar una existencia personal.

Piensa en razones científicas que le ayuden a soportar la pesadumbre de

su calidad de masa, que le empujen a asomar la cabeza sobre la multitud.

—Yo sé que entre mis ascendientes hubo guerreros, poetas, cortesanas,

filósofos. Algo de su espíritu habrá llegado hasta mí. Me siento hervir

en proyectos, en gérmenes de aventuras.

—Puede usted equivocarse de antepasados. En la carta no veo claro.

—Estoy seguro, quiero estar seguro. Mañana se confirmará todo. No me

engaño, no quiero engañarme. Otras veces he descendido hasta el sótano

y solo hallé raíces triviales, despojos comunes...

Porque él lo sabe, Juan Sánchez. Lo leyó en un libro. Desciende uno a

escudriñar en su propio subterráneo y puede encontrar varias capas.

Él siempre tropezó con esa red en la que los peces aprisionados son

comunes a toda la Humanidad. Así comenzó su locura. Por eso su vida

fue un prolongado martirio. Él era cualquiera de los demás, puesto que

solo había sido uno de tantos. Con sus mismos impulsos, con sus mismas

experiencias, con sus mismas anécdotas representativas.

Había deseado a la mujer, la había gozado, como todo el mundo. Había

deseado ser rico, se había enriquecido, como todos sus semejantes,

colocados en feliz o adversa coyuntura. Encontraba en esa región

subterránea la misma admiración por la _Cena_, el mismo respeto a

Víctor Hugo que siempre vio en los demás mortales. Si se detenía un

poco, en seguida flotaba la misma frase —colectiva— ante el _Cardenal_

de Rafael, ante la Venus de Milo, que oyó pronunciar un millar de veces

en los museos. Regresaba furioso de esa zona hacia donde le empujaba no

sé qué instinto de docilidad, de obediencia al gran ejército sin nombre.

—Pero, hace unos días...

—¿Perdió usted la llave del sótano?

—No, me detuve en otro piso. Yo lo sé, yo lo he leído. Había otro piso.

Otro piso más noble. Con las mismas tinieblas, con el mismo hervor,

con el mismo laberinto; pero allí me cogieron del brazo fantasmas

totalmente desconocidos, tropecé con larvas de pensamientos, de deseos

originales... Nunca había conocido ese germen de odio a la máquina

de carne que nos produjo. Advertí que tal odio no es colectivo. Creí

que por él comenzaba a redimirme del ideario común. Creí también que

ese germen fue por alguien, por algo, depositado allí. No flotaba en

vano entre mis larvas ideales. ¿Iba a ser _una broma_ de los poderes

cósmicos ese grano de sal? ¿Por qué iba yo a ser la masa a quien, por

una coquetería de los dioses, se le concede un momento el darse cuenta

de su condición de masa? Sería tan cruel como darle al barro la chispa

de sabiduría para que conociese su distancia del jaspe. Los dioses, si

existen, no pueden ser tan crueles.

—Creo que existen. Es algo que también flota en esa zona común: la fe

en los dioses. Pero también hay allí indicios de su crueldad.

—Mañana lo veremos. Venga conmigo a Monte Azul. Es un caserón que casi

nadie ha visto. Recuerdo haber estado allí, muy niño, con mi padre, el

tendero. Ha estado cerrado mucho tiempo. La condesa quiso restaurarlo,

pero su marido no se precipitó a acceder a los deseos de ella. El

caserón era un testigo de su vida mejor: no quería destruirlo, al

restaurarlo. Así quedó hasta su muerte. Ahora, no sé... ¿Vendrá conmigo?

—Iré.

* * *

Una excursión al pasado de Juan Sánchez. El coche avanza entre chopos

vendados, ceñidos los pies por una faja blanca: un paisaje ortopédico.

Al través de los chopos, montañas. Cimas de color de rosa; colinas

redondas, que blanquea un rebaño; ondulantes, voluptuosas caderas de

color de trigo; cráneos morenos, grises, amarillos, erizados por la

siega reciente; rastrojos salpicados de ababoles, de mielgas moradas,

de cardos.

Laderas aún verdes, de olivos, de viñedos, de alfalfa; senos de ámbar,

rayados por venillas ocres, por senderillos que abren las ovejas por

donde resbalan los recentales hacia lo profundo de la curva.

Montañas dormidas al sol. Bruscas y rojas vertientes: un gigantón ha

rebanado la tierra. Sus tajos le duelen al campo, rezuman por él su

esponjosa entraña.

Más lejos, grupos enormes de centauros, hombros de cíclopes que rozan

las nubes. Montañas violeta, montañas azules, montañas de todos los

colores inefables, de todas las curvas imprecisas. El horizonte.

Perfil último y borroso.

Tres, cuatro paisajes. El que nos va dando con los codos, humorístico,

de clínica, de algodón en rama. Luego, el paisaje real, con sus

relieves duros, inatacables por el ácido inútil de la ironía; sugeridor

de un subsuelo fértil, de una entraña opulenta.

Y el paisaje de ensueño, intangible, que huye bajo nuestros pies, que

va dando brincos hacia atrás, sonriendo melancólico, fino, sutil,

levemente burlón, de colores elaborados por el aire y la distancia.

Y, por fin, el remoto paisaje apenas vislumbrado. Lo permanente, que no

sabemos si existe. La bruma que flota detrás del horizonte, de la que

ya no sabemos si es bruma, si es nube, si es nada.

Avanzan en silencio Arturo y Juan Sánchez. Arturo va pensando en el

camino, Juan en el término del viaje: brecha abierta hacia la cueva

donde es elaborado su destino. Arturo va situando en cada paisaje un

índice humano. Va escalonando —como en los retablos de gloria— todos

los hombres y mujeres que conoce.

Plano humorístico, plano desnudo y permanente, plano brumoso y fugaz,

plano irreal, ilusorio.

En cada uno va situando espíritus. Los más próximos no sufren tanta

cercanía. No podemos verlos en plenitud, y andamos buscándoles una

arista divertida que nos compense de la ignorancia del resto. Son los

entes familiares los más desconocidos. Una deformación nos los esconde.

Como de estos chopos solo vemos su risible faja ortopédica, de un

hombre solo solemos ver su ceceo, su cojera, del cuerpo o del espíritu.

Los del segundo escalón, sí podemos verlos. Son los que giran en

derredor nuestro dentro de los aros de nuestra intimidad. Intimidad:

sagrado y claro recinto. Solo con su luz podemos ver reflejada en un

rostro la inquietud de una mano que se prende a la nuestra; solo dentro

de su silencio podemos medir la vibración de un pulso paralelo al

nuestro.

En la tercera zona los seres van apiñándose, un poco desdeñados,

borrosos, movedizos, cediéndose unos a otros los perfiles. No tocan los

confines de nuestra intimidad, los vemos pasar un momento y desaparecer

en la última zona, en la remota cadena de seres que gira en derredor

nuestro, en el mismo límite de nuestra vida, donde comienza para

nosotros el no ser, en el punto donde todo vacila o muere. La cuarta

zona es el país de la abstracción.

Arturo va instalando a sus amigos en el nuevo casillero. A Juan

Sánchez, en la zona inmediata de la familiaridad; a este Juan Sánchez

de quien solo se conoce su angustiosa inquietud que, a fuerza de

subrayársela, llega a ser cómica, pintoresca, como toda prolongación

desmesurada de un brote emocional. Le ha nacido en el espíritu un

tumor, que la vida no pudo hasta hoy extirpar. Se le ve, lleno de

ansiedad, chispeantes los ojos de impaciencia por llegar a ver clara su

nebulosa cuna.

—Faltan seis kilómetros.

—No corra tanto. La carretera no está buena. Frene un poco.

A Matilde la instalará en la región de la intimidad, donde la

reiterada concentración del espíritu todo lo va viendo rasgo a rasgo,

gesto a gesto. Por eso, de la intimidad se retorna bruscamente, se

arranca el espíritu inexorablemente, cuando un gesto o una palabra

desnuda al otro espíritu.

La familiaridad es una estación que puede tomarse y dejarse a

capricho. En ella podemos salir y entrar cuando queremos. Pero en

la intimidad solo dejamos penetrar a los demás una sola vez. Cuando

resiste la prueba, allí permanecerá siempre; si no la resiste —si no la

resistimos—, la expulsión es definitiva.

Matilde no puede abandonar ya la intimidad de Arturo. Porque Matilde se

ha dejado comprender tan dócilmente, que la salva su misma claridad,

la redime de todos sus punibles intentos de poseer el hombre integral,

unas veces vencedor por el espíritu y otras por la carne.

Matilde descansa de todas sus vehemencias alternativamente, y su juego

es infantil y perdonable. Sabe cederse a dos fuerzas que en ella

confluyen silenciosamente, a espaldas de este ser borroso, en perpetuo

desequilibrio, que solo persigue conocer —sin conseguirlo nunca— su

propio relieve. Hombre a caza de su sombra.

—Falta algo más de dos kilómetros. Pero no podemos seguir por

carretera. Hay que tomar una senda. La finca está allí, a mano derecha,

detrás de aquellos chopos.

—Iremos a pie. El coche pueden guardarlo esos labriegos.

Por una senda vemos avanzar hacia nosotros el roído caserón de los

condes de Monte Azul. Avanza con la boca abierta, amenazándonos con

engullirnos.

Deben estar polvorientas sus entrañas, su corazón estará amojamado,

apergaminada su lengua. Vamos viendo los ojos del monstruo, sus

ventanas desportilladas, la visera de su casco rojo. La enmarañada

pelambre de hiedra que cuelga por sus sienes.

Una docena de chopos altísimos escolta a la desmoronada mansión. Una

tapia de ladrillo la ciñe. Hay alguien cerca de la verja, un campesino

que poda unos rosales.

—¿Y la condesa?

—Vuelve en seguida del pueblo. En casa les dirán.

En el vestíbulo surge la negación de aquel paraje: la doncella de la

señora, una deliciosa muchacha con atisbos de bulevar, con guiños

pícaros de cabaret, con la vivacidad de charla que nunca puede

aprenderse en el campo, siempre lento, sin prisa.

—Pues verán ustedes, la señora condesa salió muy de mañanita al

pueblo...

—Esperaremos.

Entran los dos en una sala. Juan va delante, conmovido, concentrada en

los ojos toda su vida. Frente a él, dentro de un marco de roble, le

mira fijamente un militar.

—¡Yo!

—¿Cómo?

—Mire. ¡Soy yo! ¡Yo mismo!

Allí está Juan Sánchez, erguido altaneramente, con la mano en la

empuñadura de un sable. Hay una desoladora expresión de vacía

arrogancia en sus pupilas. Cuelgan en su pecho unas medallas. Se empina

su bigote. Su uniforme impecable, acusa el corte más fino.

—Cierto. Se le parece mucho.

—¡Soy yo! ¡Yo mismo!

Juan Sánchez contempla un largo rato al militar de la mano en el sable.

Al volver los ojos hacia la derecha, no puede contener un grito:

—¡Yo! ¡Soy yo!

—¿Quién?

Allí está Juan Sánchez con la mano en la pluma, posada sobre un montón

de volúmenes. Sus ojos miran al mundo compasivamente, como desde lo

alto del Parnaso.

Arturo lee en el lomo de algunos libros: _Cervantes, Dante, Milton_...

Una gran corbata negra subraya el rostro pálido de aquel Juan Sánchez

olímpico, lamentable. Sus guedejas sombrías se enmarañan un poco. Posa

junto a una ventana, y el viento le mece el pelo y le trae «ráfagas de

ardiente inspiración».

El tercer Juan Sánchez lo descubre Arturo. Se asoma al cuadro de la

izquierda. Abate los ojos sobre un plano. Su mano se apoya en una rueda.

—¡Es usted mismo!

—¡Yo, otro yo!

Un hombre de ciencia, un inventor. Sobre la mesa, una esfera armilar,

cartas geográficas, una miniatura de máquina trilladora, una escuadra,

un paralelepípedo. Sus ojos, sin brillo, contemplan un ángulo rojo

trazado en el papel.

—Tiene usted entre sus antepasados hombres de ciencia, poetas,

caudillos. Le felicito, Juan Sánchez. Puede usted ir licenciando

sus dudas. El pasado le guardaba sorpresas. Hará de usted un hombre

original. Todos los gérmenes están aquí, en estos muros.

Juan Sánchez contempla, abrumado, el bosquejo de trilladora mecánica;

el paralelepípedo.

—¡Una trilladora! —murmura—. La misma que yo quise inventar hace seis

años.

—No le sorprenda. Seguramente, ese poeta que ahí está recibiendo un

chorro de ardiente inspiración, comenzaría a escribir las quintillas

que usted ha terminado ayer.

—¿Se burla usted de mí?

—Todo se burla de nosotros, Juan Sánchez. El único partido serio para

nosotros es tomar parte en la burla.

Se sienta bajo una panoplia donde se enmohecen algunas espadas sin

gloria. Hojean un volumen donde amarillean ristras de sonetos, silvas y

aleluyas.

—¡Qué espléndido libro para una antología de lo cursi!

—Debe de ser mi abuelo. Lea algún verso.

—Este. «A tu pelo»:

_¿Si eres de miel, por qué tu amor amarga?_

_¿Si eres de cera, por qué no te derrites?_

_¿Si con el sol en abrasar compites..._

* * *

—Señores —interrumpe un anciano que acaba de entrar—, perdonen que

interrumpa su lectura. Soy el mayordomo de los condes. La señora les

suplica...

—Vamos en seguida —dice Juan Sánchez, levantándose—. Estoy impaciente.

—Comprendo su impaciencia. Pero la señora condesa desearía que la

releven del penoso deber de recordar un pasado muy triste para ella. Yo

podría sustituirla, si ustedes quieren. Soy ya muy viejo. Lo conozco

todo... Mejor que ella. Permítanme que yo les revele...

El mayordomo mira receloso a Arturo.

—Puede usted hablar sin reservas. Es como un hermano mío.

—En ese caso...

—Diga, diga —replica, nerviosamente, Juan Sánchez.

—Hace unos treinta y cinco años, ¡yo llevo cuarenta en la casa!, «esta

finca era un vergel. Las madreselvas escalaban los muros, los rosales

bordeaban las avenidas, una bóveda de espesos álamos sombreaba la

quinta; los pavos reales paseaban altivos la pompa de...».

—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado.

—Eso es también su pasado. Es una descripción de la finca, escrita por

uno de sus parientes, señor.

—Entonces, ¿es cierto...?

—Lo es —y el mayordomo inclina gravemente la cabeza—. Usted nació aquí.

Venga a ver su cuna.

Se levantan los tres y penetran en un aposento destartalado.

—Uno de esos muebles desvencijados es su cuna. Hubiera querido aderezar

esto un poco, pero resultaba imposible...

—E inútil —añade Arturo.

—Seguramente —agrega el mayordomo.

—De modo es que aquí... Cuente.

Vuelven a sentarse bajo la panoplia, y el mayordomo dice:

—Fue un año de locura, de frenesí. «Sueltas las riendas de la fogosa

imaginación, el conde se dejó arrastrar por los ímpetus...».

—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado —interrumpe Juan.

—-Perdone. Esto corresponde a su pasado. Está tomado de una carta del

arcediano de Sos, hermano del señor conde.

—¿El arcediano de Sos? Le suponía de la familia. Siga.

—En fin, señor, me apena mucho decirle que usted es hijo de...

—Sí, de prostituta.

—No me atrevería a decirlo así. Su señora madre era una tiple de

Marsella, de la que se enamoró locamente el señor conde.

—¡Una artista! ¿Lo oye usted, Arturo? ¡Una artista! Una triunfadora por

su belleza, por su talento musical, por el encanto de su voz.

Juan Sánchez se exalta. Poco a poco va alzando el tono de sus frases.

Vibra como nunca. Revive. Se transfigura. El mayordomo le mira,

sorprendido.

—¡El arte! ¡El poder del arte! Un telón que se alza, una mujer que

irrumpe en escena cantando su pasión, asomándose a la zona de los

espectadores para verter sobre ellos carbones encendidos...

—¡Juan Sánchez!

—Una mujer en las baterías recogiendo en su regazo millares de flechas,

prendiendo en millares de pechos la misma llama. Fue al remate del

gran siglo turbulento, Arturo, en el enorme siglo de la pasión

desenfrenada. Una mujer convulsa por el arte y el amor que le queman

las entrañas, avanza hasta el público y lo pone en pie, y le arranca un

furioso oleaje de aplausos... Un joven, desde un palco, la contempla

embelesado, le envía un ramillete. Sale al pasillo, llega al camerino,

besa conmovido la mano de la artista... El amor hace el resto. El

amor viene a ocultarse púdicamente entre estos robles. Aquí da sus

frutos... Arturo, amigo mío, de ese regazo acribillado por millares de

deseos, nací yo, Juan Sánchez. De un súbito oleaje de pasión, de una

vehemencia, de un latigazo ardiente del deseo que empuja los mundos.

Arturo, estoy redimido. ¡Soy hijo de la más deliciosa aventura!

—Si el señor me lo permite..., quisiera rectificar un poco... —insinúa,

entre zumbón y compasivo, el mayordomo—. Su señora madre era,

efectivamente, una artista, pero siempre que se adelantó hasta las

baterías lo hacía acompañada de treinta y nueve más. Era una señorita

del coro.

—¿Qué dice usted?

Juan Sánchez se alza bruscamente del asiento, se abalanza al mayordomo,

le agarra por las solapas, lo sacude furiosamente.

—¡Del coro! ¡Del coro! ¿Sabe usted lo que dice?

—Señor mío...

—¿Sabe usted lo que eso significa para mí?

—Yo no sé... Esa es, sencillamente, la verdad.

Arturo interviene. Juan reacciona, se deja caer, derrumbar, en la

butaca; se lleva las manos a los ojos.

—¡Del coro!

Locura y muerte de Nadie · 第 3 / 7 段