corriente, sin un guiño, sin un acento. Toda la cabeza es un común
denominador del resto del voluptuoso organismo.
Arturo junta sus reservas de discreción. Oye los pasos del drama. Se
agazapa. Medita. La mujer del cuadro es la misma que poco antes, entre
un balcón entreabierto y un solo espectador —Arturo— ha bosquejado
aquel gesto de cautela.
De cautela, porque ahora se advierte que con él solo se ha intentado
conservar el anónimo, no el pudor. Y con la diferencia de que en el
cuadro una luz cruda cayó vorazmente sobre las formas desnudas como una
esponja implacable que sorbiese relieves y borrase contornos.
Comienza a desarrollarse ante los ojos asombrados de Arturo la crónica
galante de Rebeca; pero Juan Sánchez da un tijeretazo al celuloide.
—Debí quemar el cuadro. Ya sé que es de unas pretensiones deplorables...
—¡No, no!
—Lo pinté hace tiempo, cuando creí que llegaría a ser pintor. Luego
escribí música. Al principio, como todos, escribí sonetos... Los
sonetos, sí los quemé, y la música; pero esto le gusta a mi mujer.
—Lástima de versos.
Arturo acentúa su pena por la desaparición de los versos, para así
embozar la que sufre por la conservación del cuadro. El momento es
enmarañado, porque el idioma no tiene recursos para expresar la emoción
que se siente ante quien, siendo apenas una firma con su rúbrica, ha
recorrido tantos modos de expresión sin acertar con ninguno. Todas las
artes le prestan, una tras otra, esos preciosos instrumentos por los
que puede revelarse el espíritu, sin que Juan Sánchez logre otra cosa
que manosearlos, arrinconándolos luego en un zaquizamí de ilusiones
mutiladas.
Juan Sánchez se fue asomando a todas las troneras, desde las cuales es
posible suscitar la atención del mundo, y el mundo sigue su camino,
indiferente, sin querer descifrar la firma y rúbrica de Sánchez. Y los
que podrían ser risueños trofeos no son sino irónicos testigos de una
franca derrota.
El trance es duro, pero se salva con otro más duro. Rebeca, seguida de
un mozo robusto, impertinente, asoma por el pasillo. En el umbral del
comedor, Sánchez presenta a los dos:
—Matilde, mi mujer. Alfredo, mi primo.
Rebeca masculla azoradísima unas palabras inútiles. Alfredo sonríe
ceremoniosamente. Del conflicto dramático —porque estamos en presencia
de un profundo conflicto dramático— a Arturo solo le preocupa, en
primer término, para no precipitar el desenlace, recordar bien el
verdadero nombre de Rebeca.
Pregunta, medroso, a Juan Sánchez:
—Dijo usted...
—Matilde.
—¡Ah, sí! Matilde.
Respira como si hubiese realizado con éxito una brillante investigación
filológica. Sería peligroso mezclar aturdidamente en el diálogo el
falso nombre de Rebeca, que es, sin duda, un bello nombre de batalla.
Acaso Matilde reparte su belleza bajo el manto pudoroso de un grupo de
nombres bíblicos, con una generosidad que disculpa todo desordenado
amor al incógnito. De la misma manera que las caritativas damas
esconden la hermosura de su gesto bajo el doble negro manto de la
noche y del anónimo, para repartir entre los menesterosos vergonzantes
dinero y fe: amor, al fin, aunque de calidad muy diferente.
Porque el verdadero amor —como todas sus numerosas falsificaciones—
gustó siempre de esconderse para repartir sus dones, con el fin de que
—como acontece en el lamentable retrato de Matilde— una luz desaforada
no descubra algún torcido perfil, alguna deforme exuberancia. Y esta
anónima pluralidad de Matilde, este afán de difundir su personalidad,
de repartirla generosamente, pudo sorprenderla Arturo en esos momentos
de léxico borroso en que las palabras más pulidas ceden su puesto a
cualquier turbia interjección. Tampoco Matilde, en el período cósmico
de su ternura, recuerda bien el nombre de sus colaboradores.
¿Y Alfredo?
Parece el personaje más nebuloso de este drama. Es cierta masa vegetal,
coronada por un gesto socarrón. De su adolescencia, transcurrida entre
sacos de legumbres, ha brotado una espesa juventud, de radio corto,
vivida entre facturas, plazas de toros, mesas de café, vagones de
ferrocarril y lechos de placer. Su vida es una teoría de sucesos
extraídos del anecdotario común. Sus ambiciones son dos: las buenas
comisiones y las mujeres suculentas. Aunque, en trance de elegir,
prefiere el tanto por ciento.
El tanto por ciento es su único amor. Matilde es, por ahora, su único
deseo. Los negocios decadentes de Juan Sánchez exigen la manipulación
de Alfredo. La voracidad erótica de Matilde también recaba el concurso
impersonal del negociante. No es el amigo, no es el camarada ni el
amante. Es el cómplice. Un cómplice a quien es preciso ceder mesa y
lecho, para robustecer su complicidad.
—Con un puntal así —piensa Arturo— persistirá durante mucho tiempo esta
estructura doméstica donde yo soy un miembro esporádico.
Y sigue, relumbre a relumbre, repasando las insolentes piedras
repartidas por los dedos, por la cadena del reloj, por la corbata de
Alfredo. Toda su personalidad la ha reducido a toscos productos de
joyería. La ostenta, fanfarrón, en desafío.
Son la vanguardia deslumbrante de una opaca fisonomía. El mismo guiño
truhan de sus ojos apenas es una chispa desdeñable entre tanta ceniza.
* * *
Se sitúan los cuatro comensales a los extremos de una cruz. Arturo
queda frente a Matilde y Alfredo frente a Juan Sánchez. Las cuatro
miradas y los cuatro silencios se cruzan perpendicularmente en un
punto: en un punto gris, como el formado por cuatro rayos de color
diferente.
Punto muerto. En vano se intenta reavivarlo con algunas palabras
insustanciales, ajenas al nudo dramático. El punto crece, se ensancha,
amenaza anegar a los cuatro. Lo componen los residuos espirituales más
vergonzosos de cada comensal. Es a saber:
El cinismo de Matilde, que, al mismo borde del despeñadero, ha
recobrado su desenvoltura.
La timidez de Arturo, incapaz de abandonar aquel curioso cepo doméstico.
La socarronería de Alfredo, que calcula íntimamente las fuerzas
irrisorias del evidente enemigo nuevo.
Y la flaqueza mental de Sánchez.
Cada uno se instala dentro de su cabaña tejida de tupidas hojarascas;
apaga todas las luces de su espíritu, se hunde en una bruma común,
desliza frases opacas, mates.
Un halo plomizo enturbia las frentes. De sus pensamientos escogen el
más vulgar, el de tipo más conocido, el más lejano de su inquietud;
de sus ademanes, el más blando, el menos auténtico, el más fácil de
olvidar. Va inundando el comedor una nube cenicienta, nutrida por
espesas oleadas, alimentada por los cuadros, por las palmeras, por
el filtro, por el trinchante, por los comensales, por todo lo allí
agrupado, inerte o vivo.
Ensaya Arturo esfuerzos sobrehumanos para avizorar en la niebla. Le
empuja una invencible curiosidad de conocer en cada espíritu sus
relieves y fronteras. De aquellos tres paisajes interiores solo conoce
un vaho soñoliento, y él sabe que entre la nube algodonosa y la médula
del terruño hay siempre declives imprevistos.
Le desespera no hallar en los ojos de Matilde ningún hito de avance.
Matilde cerró herméticamente el cofrecito de sus verdaderas miradas
y distribuye, en lotes iguales, entre los tres, unas sonrisas y unos
mohines apócrifos.
Y esta misma ausencia de elementos concretos le empuja a mirar a sus
compañeros de mesa como elementos abstractos de un drama latente, de un
juego cuyas cartas nadie se atreve a arrojar sobre la mesa.
Arturo —que por complacer a la fracasada Rebeca, está leyendo estos
días un lote copioso de novelas del siglo XIX— define en esta vaga
fórmula la extraña situación íntima del grupo:
—Sobre nosotros se cierne la tragedia.
Arturo siente volar sobre las cuatro cabezas, el gran pajarraco negro.
Calcula el ímpetu de los cruentos picotazos...
A juzgar por el número de los personajes, la tragedia se ofrece
algo disminuida; una ligera meditación acerca del número cuatro
comienza a tranquilizarle sobre el posible final, como el examen de
las sustancias combinadas en la probeta hace posible precisar las
consecuencias del cuerpo explosivo resultante.
Del número uno al tres, las posibilidades de tragedia crecen
rápidamente. Un solo personaje apenas puede plantearse sino problemas
metafísicos: ser, conocer, existir. Es el monólogo, con toda su total
ausencia de choques vitales. Hamlet dando paseos por dentro de sí
mismo, persiguiendo fantasmas.
Para que surja el conflicto dramático real es preciso contar al menos
con dos seres que se atraigan o repelan, que se entable el diálogo, y
surjan conflictos que serán fáciles de resolver porque se limitarán a
desacuerdos temperamentales, a transitorias ansias de libertad, si se
trata de disturbios domésticos.
La tragedia reviste su verdadero carácter al llegar al número tres, en
que un tercero rompe el equilibrio definitivamente. El grupo social
puede admitir al tercero como elemento de armonía, como el «mediador»,
pero en el grupo dramático el tercero es siempre un disociador, la
dinamita que hace estallar los bloques más recios.
El número tres es fatal en la tragedia bien planteada, que ya solo
podrá disminuir, desvanecerse, con la expulsión de un término.
Pero la tragedia comienza asimismo a reducirse de tamaño, al crecer
el número de actores esenciales. Cuatro principian a ser excesivos.
Comienza a intervenir el elemento irónico. Tres mantienen la escena,
y uno contempla: y todo el que verdaderamente contempla, termina por
desgajarse de lo contemplado.
En cinco, se relajan ya tanto las cuerdas patéticas, que solo falta un
leve empuje para penetrar de rondón en los dominios de la comedia de
enredo. Seis o siete personajes ya solo pueden producir un coro; pocas
veces consiguen encontrar su autor.
Ahora, en esta mesa, Arturo señala mentalmente los papeles.
El marido.
La mujer.
Amante primero.
Amante segundo.
El amante primero es Alfredo. Lo delatan sus recios músculos de
atleta, capaces de adjudicarle el campeonato en todos los concursos de
fisiología galante. Arturo no vacila en asignarse el cuarto papel, se
reduce a la baja condición de amante subalterno.
Y de contemplador que ya va pensando en desgajarse del grupo.
En esta partida doméstica, como en las de tantos juegos de azar, se
llamó a un cuarto jugador para que así pudiera continuar el juego: a
ese cuarto que frecuentemente pierde, porque, reclutado a la ventura,
no conoce las tretas del resto del grupo. Arturo se siente allí como el
verso-ripio en una cuarteta pasional.
Será preciso eliminarse, cautamente, aun a trueque de agudizar
el drama. Tres meses de ternura amorosa comienzan a agotar sus
posibilidades de tragedia. Como otras veces, renuncia al goce que acaba
de disfrutar. Todos sus propósitos podrían medirse por su distancia al
deleite.
Fatigada, en declive, su carne obedece, sumisa, al imperativo del
espíritu.
La tragedia, cansada ya de cernerse sobre las cuatro cabezas, se aburre
y se va, dejando abiertas las ventanas al tedio. Matilde se lleva las
manos a los ojos: es su gesto favorito, que ahora lo utiliza para
simular una jaqueca.
Sale y se enrollan todos los bastidores de la escena. Ni un gesto, ni
una sonrisa. Al estrechar las manos deja en cada oído una fecha.
Lejos de Matilde se sienten los tres más cercanos. El recuerdo de
Matilde es mejor aglutinante que su real presencia.
Alguien propone una excursión nocturna. Se sentirán más apiñados en una
mesa de café. Silenciosamente van penetrando en la calle, desembocan en
una plazoleta oscura. Alfredo ordena :
—A La Perla.
Es el caudillo. Uno a uno van entrando en el zaguán.
5
Noche de placer
Dentro del cabaret, los modos de fascinar están ya tan gastados
que algunas muchachas inteligentes pretenden ir cambiando todo el
repertorio. En vez del pícaro juego de las miradas utilizan la preciosa
geometría de las piernas.
A la insolencia ha sucedido el ingenio. Son modales que la sociedad
ensaya allí —como en una granja agrícola se ensaya una familia
importada de membrillos—, para trasplantarlos luego a los salones.
Una tanguista arrebata a Alfredo, y Juan Sánchez intenta continuar sus
confesiones. Arturo ensaya una piel especial de oidor de confidencias
por la que resbalen sin dejar huella, como el mercurio. Atiende,
resignado.
Se necesita una sabia flexibilidad para ir acomodándose a las
ondulaciones emocionales del confidente, a su intensidad, tono y
timbre. El oidor de confidencias debe buscar un rodrigón, un punto de
apoyo para no flaquear en la larga cuerda floja. Y Arturo encuentra
felizmente ese punto en una media de seda que comienza a disgregarse
en el opulento arranque de una curva: punto de patetismo superior al
de muchas falsas escenas de caballeros con la mano en el pecho.
Arturo contempla, emocionado, aquella pierna profesional, mientras Juan
Sánchez persiste en su sombría locura:
—Ser o no ser. Hallarse a merced de un registro civil, de una cédula
falsificada, de un pasaporte. Esperar a que alguien nos diga qué
somos...
Las piernas inician un delicioso vaivén para escamotear el punto
suelto. Se quiebra la armonía de la mujer sentada, que todo lo fio a la
parte inferior, tan esquemática.
Un movimiento torpe produce otro más torpe. Si estudiamos la torpeza en
sus dos aspectos sinónimos, dinámico y voluptuoso, veríamos que un caso
de torpeza rítmica destruye totalmente la sensual. Nada suscitan unas
piernas en franco desnivel armonioso.
—Porque nuestro ser es tan frágil que el más leve control lo
desvanece...
Un punto es todo y es nada. El geómetra no puede atraparlo, y se lo
inventa en el cruce de dos caminos. Es un átomo de la línea, es la
larva de un poliedro. Sin gozar de ninguna dimensión puede engendrar
las tres.
Este punto que examina Arturo esta describiendo una línea recta. Se
agranda, se ensancha, anula la distancia de su mesa a la de Arturo;
unas manos se posan en los hombros de Juan Sánchez, le tapan los ojos,
le vuelven la cabeza, le zarandean, le golpean...
—Pero, ¿no me conoces, Juanito?
Juan Sánchez abre los ojos, atónito; quiere recordar. La muchacha ríe,
alborozada.
—¡Pero este Juanito!
—No recuerdo.
—¡Si eres inconfundible! Tu cara no se olvida nunca. ¿Convidas? ¿Vienes?
Juan Sánchez, estremecido, renaciente, se deja arrastrar
(¡Inconfundible! ¡Inconfundible!), mientras Arturo recorre el cabaret
con los ojos, buscando otro punto de apoyo para mover aquel menudo
universo de sus imágenes fatigadas.
Bebe. Queda medio adormilado. Le despierta la explosión de aplausos
que provoca Nené, la atracción de La Perla, bello ejemplar de cocota
que se ofrece en el ruedo totalmente desnuda bajo una lluvia de gasas
negras. Juega con sus encantos al escondite. Se desliza friolenta,
arropándose en las sombras, tiritando bajo la cruda luz de un reflector.
Finge su rostro un mortal abatimiento. De pronto, da un grito, se
arranca la máscara de tristeza. Cínicamente reta a los espectadores,
adelantando, sonriendo, entre las apretadas nieblas, un seno.
Un vientre redondo gira en torno de su eje, que ahora es el eje de todo
el cabaret; ahuyentó las nubes, y una luna rosada describe lentamente
glotonas espirales. En el centro ríe un primoroso hoyuelo, boca pintada
de grana, que de pronto se pierde entre el ceñudo aluvión de sombras.
Sobre la desnudez siempre en fuga, se van plegando dócilmente los
jirones de humo. Nené hace de él cascadas, nubes, rosas enormes. Sujeta
en alto las sombras, se las derrama a capricho sobre su carne que se
acoge o se hurta a ellas, felina, ondulante.
Alza un puñado sobre la frente, lo deja caer sobre sus senos, por su
espalda, como una ducha; se lo ciñe a la cintura, a las caderas; se
forja peregrinas cúpulas o temblorosos zócalos de bruma sobre los
cuales se estremece toda la fábrica voluptuosa.
A veces, del volumen de sombras solo queda una enorme flor patética
prendida sobre el sexo azorado, o una empalizada tras de la cual
blanquea, romántica, la pudorosa azucena de su rostro.
Finge el pudor, como finge la suprema lascivia.
Borra sus propios perfiles, cambia de acento su sonrisa, se ofrece o se
niega, es impúdica o candorosa, dócil, altiva, según el gesto de esa
mano que empuña a su placer el cetro del claroscuro.
Nené es la dueña absoluta de su total geometría, y la esconde o la cede
a su antojo, como se da a morder una fruta, sin soltarla de la mano.
Nunca vio Arturo sufrir tan deliciosas transformaciones al perfil de
una mujer. Miembros tersos, flexibles, temblorosos o inmóviles bajo
una ráfaga de aire negro, cuya ruta se tuerce cada minuto. Ágiles
miembros cuya belleza se va multiplicando, según el complejo sombrío
—diáfano, denso— que sobre ellos se acumula.
Poco a poco, la sensualidad que despertó Nené se va apagando. Se van
repitiendo —van cansando— las circunvoluciones. Su gracia movediza
va retrocediendo por los mismos signos del zodíaco. Nace en los
espectadores la serena contemplación, como nace una corola clásica de
un puñado barroco de hojas verdes.
La mirada de Arturo brinca del blanco vientre —risueña luna— de Nené
hacia su propio vientre. Se convierte en un Buda, hincados los ojos del
espíritu en su propia intimidad.
—Nuestra vida —se dice— es también así: un juego de sombras. Algo
cándido, fraguado con materia infantil, blanca, primitiva, que hacemos
ir recorriendo desfiladeros de nubes. Pasan las sombras por esa
blancura temblorosa como pasan las inquietudes por nuestro espíritu.
Ateridos bajo una lluvia de oscuras incertidumbres —sigue pensando
Arturo—, sucumbimos o resurgimos, según nuestra capacidad de voltear,
de domeñar, nuestros propios fantasmas. Toda nuestra vida es una
perenne maniobra para escamotear nuestra esencial desnudez, la verdad
fundamental de nuestra vida. Danza patética de la que acaso salimos
sin saber otra cosa que nuestra propia fatiga, nuestros íntimos
derrumbamientos.
* * *
El eje de la atención de algunos clientes de La Perla sigue pasando por
el ombligo de Nené, y Arturo recuerda las graves palabras del filósofo:
«Serio es aquello por donde pasa el eje de nuestra existencia», y
piensa en lo cómico de la actitud de estas gentes que, por un momento,
parecen haber abandonado su verdadero eje para hacer piruetas en el eje
provisional de aquella voluptuosa perspectiva.
Arturo arranca de sí aquel pulpo tiránico que por unos momentos le ha
sorbido la atención, y aloja a Nené, con todos sus brumosos subrayados,
a Nené aún presente, en el mundo de los frívolos recuerdos.
Nené ya no existe. Arturo solo atiende con los ojos: dócil sentido
donde suele refugiarse la pereza. Atender con los ojos es la primera
fase del buen entendedor. También suele ser la última del cauto
distraído. El espíritu reserva para los demás infinitas coqueterías:
una de ellas está encomendada a los ojos, por los que nunca suele
asomarse el alma.
El espíritu, ante las cosas que le cautivan, comienza por abrir mucho
los ojos; pero termina, si las ha capturado bien, por cerrarlos
herméticamente para no dejar huir sus maravillosas prisioneras, las
imágenes. Ante las que le dejan indiferente, sigue abriéndolos como
embobado. Salir y entrar libremente.
Esta frase de abandonar el eje de nuestra vida, simulando una decisiva
atracción del contorno, es la farsa mayor de nuestro espíritu. Lo que
nos rodea existe en cuanto sumerge, al menos un costado, en nuestra
propia irradiación. Lo demás, lo no hundido en nuestra atmósfera, son
fríos astros, goce metálico de las ciencias cartujas.
Vibramos, movemos en derredor nuestro un poco de aire viciado por
nuestra propia emanación: cuanto no respire el mismo aire nos es
indiferente.
Por eso es tan duro llegar a conocer ninguna auténtica fisonomía. Hay
que traspasar esas capas enrarecidas. No podemos fiarnos de su, a
veces, petulante transparencia. Lo normal es desistir de conocer a los
hombres, porque ir en busca de su verdadero rostro es un comienzo de
locura.
Y pretender que los demás conozcan la nuestra es una infantil
ingenuidad. Solo nos conocerán cuando una arista de nuestro ser roce el
suyo, les hiera, les haga volver los ojos.
Arturo vuelve los suyos hacia la vida de Alfredo. Cada vez que el azar
le trae una palabra suya —Alfredo bebe y ríe en una mesa cercana, entre
dos tanguistas— se despierta en Arturo el apetito de irrumpir en la
intimidad de aquel hombre. Lo advierte un solitario espectador.
—Perdóname, amigo mío. Supongo que Alfredo no lo será tuyo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—He venido observando vuestro grupo desde que entrasteis al cabaret.
Es mi profesión de estas horas. Elegí este lugar porque aquí los
hombres suelen obrar con más desembarazo. Se acercan más a sus propios
instintos. Aquí la gente viene a desnudarse de su traje de sociedad;
suele exigir el pago de una semana, de un mes de trabajo encasillado.
Suele reclamar cínicamente su plus de goce... Alfredo es de estos
hombres. Lo conozco bien. Soy un especialista en esta parcela de
humanidad, porque suelo venir frecuentemente; me siento en este mismo
sitio, veo cruzar muchas veces los mismos hombres, con sus mismos
deseos. Tú eres aquí nuevo.
—Cierto.
—Lo conocí en seguida. Para ti, entrar aquí constituyó una excepción,
mientras para Alfredo solo es continuar una actitud. Esto le hace
despreciable. Me sorprende veros juntos.
—Nos ha juntado el azar.
—Vuestras vidas no pueden ser paralelas.
—Se encuentran, efectivamente, en un punto.
—¿Dónde?
—En una mujer.
—Es la que suele trazar esos ángulos. Debí figurármelo. Ahora, todo lo
comprendo mejor.
—Dime.
—Eres el complemento de Alfredo. La mitad superior de un hombre.
—Gracias por la noticia. Pero yo también me siento inferior.
—Hablo de la que domina. ¿No has observado la oblicuidad de los ojos de
Alfredo? ¿Y sus labios redondos, gruesos, de glotón, de ente inmundo?
¿Y su nariz curvada hacia la boca? Debes aprender los signos de la
repulsión.
—Todo lo confío a mi instinto. Que no suele engañarme. Había reparado
en ese retrato de traidor de melodrama que me acabas de pintar. Pero no
le temo.
—No te burles, y controla al mismo instinto. Suele dormirse. Puesto que
Alfredo es tu mitad inferior, aprende bien sus características.
—No creo en la maldad absoluta. Apelaré a su tanto por ciento de bondad.
—Eres excesivamente generoso.
—Soy muy egoísta. Y la generosidad es una forma superior del egoísmo.
—Eres incorregible. Adiós.
* * *
En la calle, Juan Sánchez y Ruth van quebrando su propia dirección,
trazan figuras de infinitos lados que tienen por vértices los faroles,
los serenos, los taxis. Y los pálidos supervivientes de algún naufragio
lunático —gárgolas perdidas, mojones del vago reino de las sombras—,
empapados de versos y de vino: los falsos poetas. Ruth va empujando
a su amigo hacia un portal flanqueado por dos aburridas hembras que
esperan vanamente un cambio de tedio. Entre tantas herméticas, foscas,
una dócil puerta se deja violar. Un pasillo oscuro, que Juan Sánchez
alumbra con un encendedor...
Juan Sánchez persigue una extraña voluptuosidad. Le arrastra no la boca
ni el sexo de Ruth, sino aquel dedo de contera de nácar, aquel dedo
redondo, fascinador, que acaba de señalarle entre la multitud. Una
manecita acaba de afirmarlo como ente personal: Juan sigue el rastro
de aquella manecita con el propósito de verla de nuevo, extendida hacia
él, señalándole, alborozada:
—¡Tú! ¡Eres tú!