NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
modernización.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
* Se ha compilado y añadido un Índice al final del libro pese a que
el original impreso no lo incluye.
Locura y muerte de Nadie
OBRAS DEL AUTOR
REVISTA DE OCCIDENTE
_El Profesor inútil._ («Nova Novorum».)
_El cantar de Roldán._ Traducción. («Musas Lejanas».)
_Vida de San Alejo._ (Núm. LXV de la «Revista».)
_Paula y Paulita._ Novela.
_Viviana y Merlín._ (Núm. LXXII de la «Revista».)
EDICIONES ORIENTE
_Locura y muerte de Nadie._ Novela.
ESPASA-CALPE
_Sor Patrocinio._ Biografía.
_Zumalacarregui._ Biografía. (En prensa.)
_Teoría del Zumbel._ Novela. (En breve.)
LA LECTURA
_Ejercicios._ («Cuadernos Literarios».)
LA GACETA LITERARIA
_Salón de Estío._ (Andrómeda, Circe, Folletín, Película.)
HISTORIA NUEVA
_El convidado de papel._ Novela.
_Amor bajo tres lunas._ Novela. (En preparación.)
C. I. A. P.
_Pauta y Arabesco._ Ensayos breves. (En preparación.)
BENJAMÍN JARNÉS
LOCURA Y MUERTE
DE NADIE
NOVELA
Primera edición
[Ilustración]
EDICIONES ORIENTE
MADRID
ES PROPIEDAD
Derechos reservados
EDICIONES ORIENTE
Imprenta ARGIS. Tarragona, 22. Teléfono 71843.—Madrid.
Con el lirismo penetra en el arte una sustancia voluble y tornadiza.
La intimidad del hombre varía a lo largo de los siglos; el vértice
de su sentimentalidad gravita unas veces hacia oriente y otras hacia
poniente. Hay tiempos jocundos y tiempos de amargor. Todo depende de
que el balance que hace el hombre de su propio valer le parezca, en
definitiva, favorable o adverso.
...La poesía y todo arte versa sobre lo humano y solo sobre lo
humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre como un escenario
para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de seguirse que
todas las formas del arte toman su origen de la variación en las
interpretaciones del hombre por el hombre. Dime lo que del hombre
sientes y decirte he qué arte cultivas.
...Por eso la literatura genuina de un tiempo es una confesión
general de la intimidad humana entonces.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET.
Prólogo
A fuerza de tropezarme con Juan Sánchez he llegado a intimar con él, a
quererle; por eso escribo hoy su historia. Me gusta contarla porque en
ella apenas hay conflictos, aparte del viejo conflicto de todo héroe
que aparece en este mundo: el de su propia aparición.
Porque, de pronto, cuando las aventuras de la carne se van arrinconando
—fatigadas— entre los biombos de la frivolidad, se van extinguiendo
sobre los almohadones del hastío, y la misma Salomé no provoca
vibración simpática ninguna de no acercarse a los espectadores
precedida de un costoso y desnudo «conjunto»; cuando la castidad y
la lujuria, como la suavidad y la cólera —meros productos de una
concurrencia de humores— apenas logran ya conmover a las gentes; cuando
todo, en el teatro y en la novela, vacila o cae, se levantan de lo más
profundo los antiguos signos de interrogación.
La virtud y el vicio, el bien y el mal, fueron perdiendo sus confines;
pero cada vez se acusa con más brío el problema gigante.
A su lado todos los demás son menudos anecdotarios, rudimentos vitales,
que saltan —inofensivos, ingenuos— luciendo sus escamas, sus tornasoles
alrededor del buque, mientras el pulpo, el pulpo voraz, incansable,
persigue, acosa, avizora, buscando a quién devorar. Todo lo demás
divierte..., cuando divierte. Solo el gran pulpo estremece, alucina,
mata.
Juan Sánchez se pasa la vida tentándose el espíritu, de miedo a irlo
perdiendo entre las garras de su enorme inquietud. Pero no se aparta de
la barandilla. Su vida es una sucesión de escenas junto al verdugo. El
espectáculo de su vida es, pues, sombrío, abrumador.
Si yo lo acertase a describir, si yo llegase a inyectar en los nervios
de las gentes un poco de ese pánico, todo en torno mío quedaría
crispado, convulso.
Yo he sentido ese miedo, me he sentido desfallecido, aniquilado. Pero
he preferido siempre no asustar a los demás. Tampoco hoy quisiera
asustar a mis buenos amigos. ¿Haré que el gran pulpo desaparezca entre
las ágiles escamas, entre los vivaces tornasoles? ¿No correré el albur
de que —como otras veces— el aturdido transeúnte solo vea sobre la
superficie del agua esos racimos revoltosos de cohetes?
Prefiero seguir encendiéndolos a rasgar el vientre al agua y dejar que
asome el gran pulpo. Al fin, es muy penoso, es muy duro invitar al
transeúnte a que medite unas horas con su propia calavera entre las
manos.
1
El Banco Agrícola
Los cangilones de la puerta se van vaciando rítmicamente en el
vestíbulo. Un campesino, absorto al ver que entre la calle y el zaguán
gira una estrella en vez de un plano, se agarra tan fuertemente
a una de las puntas, que en lugar de un semicírculo describe dos
circunvoluciones.
En el reloj, las doce. En el termómetro, los cien grados. Está ya
henchida la enorme caldera de mármol y cristal. Explotan las burbujas
disparando cifras:
—¡El 331!
—¡El 332!
Hiende la rotonda un redondo volumen galoneado de plata —el gran cero
inquieto, andarín perenne del Banco— que remueve la caldera y acentúa
la presión.
Hoy en el Banco Agrícola de Augusta todas las cuentas corrientes,
cansadas de dormitar a la sombra de los panzudos libros, están
ensayando un cambio de postura. Se escucha el sordo roce de largas
serpientes de sumandos que reptan por los atriles. Por una ventanilla
le sonríen a Arturo las cuatro filas de dientes de una «Remington».
Quince troneras, quince ventosas se precipitan a sorber los ahorros del
campesino, las carteras voluminosas de los clientes. Las ventanillas
son otros tantos confesionarios en donde absuelven gravemente del
terrible pecado del miedo. Se ve salir a los penitentes en estado de
gracia mercantil, con un crédito más a los ojos inapelables del Consejo
de Administración.
Las ventanillas son también diminutos escenarios por donde asoma la
cabeza un hábil prestidigitador. Monedas, billetes, papelitos rojos,
papelitos azules, van, vienen, se desparraman, se enlazan, desaparecen,
se apiñan. El gran juego del tanto por ciento esparce sobre el tapete
la baraja entera.
—¡El 333!
—¡El 334!
—¡El 335!
—¡El 336!
Una danza epiléptica de cifras en torno a los dioses de este infierno;
melocotón, uva, maíz, centeno, remolacha, aceituna. Sagrados nombres
de dioses, invocados en el torbellino, subrayados por los monótonos
cuchicheos de las «Underwood», de las «Smith». De pronto surge el Zeus
Tonante de la mitología bancaria: el trigo.
—A 57.
—No hay ofertas.
—¡El alza!
—Mañana, a 58.
—O a 58,50.
—Se está comprando muy de prisa.
Arturo asiste a la solemne ascensión del dios. Se remonta altanero,
majestuoso, sobre la conmovida multitud. Una gavilla se yergue —como en
las eras de Canaán— y recibe el homenaje de once gavillas subordinadas.
Hacen corro otras más humildes: de cebada, de alfalfa. Arturo ve
ascender el dios agrícola, mecerse en el aire, esconderse en las nubes.
Queda flotando en el aire una espiga. Una espiga enorme de trigo
candeal, crujiente grumo de oro que amenaza desgranarse sobre la frente
de Arturo, medio dormido. Enjambre vivo que defiende una guardia de
finas lanzas amarillas, ceñidas en hostiles escalones. Cada grano
destaca su centinela, en orden perfecto de batalla.
Arturo ve iniciarse en la espiga un tránsito del símbolo a la
geometría. Ve fracasar en ella toda muelle sensualidad. Fruto para goce
de los ojos, huraño al tacto, casi mineral, enjuto, soberbio de sus
delgadas cápsulas, donde se esconde el alimento de los hombres y la
sustancia de los dioses.
Confín de los sentidos. Detrás del racimo dorado se extiende la región
de lo esquemático, la región innumerable de las místicas metáforas, hoy
la lenta caravana de los números. Por él ondulan las largas columnas de
cifras en las falsillas de los libros mayores.
Trigo soberano, cuentas amarillas de un precioso collar, apiñadas en lo
sumo de una caña delgada, donde pueden tañerse bellos himnos rurales.
Caña sonora que opone su tañido jocundo a la oquedad ética de las altas
cañas pensantes que se miran vanidosas en el río fiel.
Hiende el aire la espiga como un hosco insecto aprisionado en los
mismos umbrales de las formas puras. Rubio dios de los campos,
convertido en mero nombre por estas gentes codiciosas que, sin saberlo,
sin poderlo ver en toda su grandeza, lo acogen, lo desechan, lo
almacenan, lo arrojan, según la veleidad de un tablero de precios.
—¡El 344!
Se dispersa el cortejo de lanzas. La espiga da un estallido y se
derraman los granos de oro. Pasa el número 344, una espléndida Dánae,
que con un cheque en la mano va a cobrarse alguna transitoria cesión de
su belleza. La lluvia de oro desciende sobre el número 344, corre a lo
largo de sus opulentos flancos...
Dánae abate, al fin, la cabeza. La sumerge en el otro mundo, en el
mundo de los números y las máquinas. Va a ser guillotinada. La preciosa
cabeza de ámbar se estremece, se desmelena; las manos de Dánae se
crispan, arañan un bolso de piel, extraen un poco de encaje... ¡La
cuchilla va a caer! Arturo sofoca un grito.
Y se incorpora bruscamente. Ha creído ver unas manchas rojas entre
el amarillo ¿de las espigas, de los bucles? Las manchas rojas se
desvanecen. Arturo se frota los ojos. La cuchilla no cae. La boca,
pintada; las mejillas, pintadas desaforadamente... Dánae cierra con un
chillido metálico su bolso y se va.
La guillotina, ¿no funciona? Forcejean desde dentro, tiemblan un poco
las cabezas en la platina. Al fin, nada: un cambio de papelitos rojos,
de papelitos morados.
—¡El 345!
* * *
Un codazo del hombre de la izquierda.
Arturo sale de su semivigilia. En su papelito rojo está marcado el
número 352. El 345 deja libre un asiento que Arturo se apresura a
ocupar. Incrustado entre un caballero gris y una lozana campesina
que recuerda a Gabriel y Galán, se dispone a pasar de masa oscilante
al menor vaivén, donde se reflejan todas las presiones, a cuerpo en
perfecto equilibrio, inamovible.
El caballero gris se impacienta, le roza un pie, se disculpa:
—Perdone.
Surge el diálogo nutrido de protestas contra la lentitud del Banco. El
mismo diálogo, entablado, como todos los días, con un número de orden.
El desconocido remira su papelito rojo, como el desconocido de ayer.
El 351 es el antecesor de Arturo. Así Arturo puede declinar —como
siempre— su temor de perder turno: basta seguir los pasos del hombre
desconocido. Le liga a él una relación aritmética a que debe obedecer
ciegamente, y esta servidumbre —como todas— le extirpa un ojo sobrante,
le borra un campo inútil de atención.
Ya puede invertir su tiempo en contemplar el vaivén de los números que
se apiñan en la rotonda. Pocos lugares como un Banco para realizar
estudios sobre la vulgaridad. Es aquí muy remoto el peligro de
tropezarse con un genio. Y una escrupulosa vigilancia elimina de los
clientes lo que pudiera ser considerado como turba. La criba solo deja
pasar seres intermedios, normales, caras y cuerpos de desesperante
equilibrio. Un mismo maniquí ha servido para treinta gabanes; igual
módulo para cien fisonomías; idéntico manual para todos los saludos.
En vano las implacables ventosas pretenden acentuar el perfil de algún
rostro. La misma emoción ante las subidas de Bolsa. La alegría ante
un alza de precios es de tipo común. Un mismo coletazo de la larga
serpiente de cifras produce en cien bocas el mismo gesto de acritud.
En vano la luz de las altas vidrieras pretende subrayar en las
facciones algún gesto inusitado. Solo consigue éxitos efímeros,
banales. Sobre tal mejilla color de langostino, se desliza un rayo
verde que, por un momento, trueca en biliosa la faz placentera de un
comisionista. Un rostro enflaquecido, color garbanzo, se empapa en un
chorro granate, trocándose de esquizoide en sensual.
La luz de los cristales se divierte infantilmente en ir cambiando uno
por uno los temperamentos de los clientes.
—¡El 348!
—¡El 349!
Va bajando el termómetro. Estallan en la tina las últimas burbujas.
Se apaga, al fin, el hervor. El hombre de galones da plata ya no se
perfila para atravesar de canto la sala; camina de frente, sin miedo a
chocar con alguna huraña cuenta corriente.
En alguno de los diminutos proscenios se producen ya entreactos: el
telón no desciende, pero el héroe suspende sus escamoteos de billetes,
deja ver, perfectamente enmarcada, una angulosa faz inmóvil, que
lentamente se va convirtiendo en el retrato de sí mismo.
Los cuatro policías de la sala, obligados antes a multiplicar por
cuatro su atención sobre la homogénea muchedumbre, pueden ya deshacer
la operación y seguir su faena con la visión normal.
Las haces policromadas que llovían de las altas vidrieras no
encuentran ya a su paso frentes y mejillas resignadas a tan frívolo
bautismo de verbena; se deslizan por bustos, por caderas, por grupas
descuidados; en enroscan en tobillos, resbalan por zapatos, se pierden
definitivamente en las baldosas.
Pero, en su tránsito, fueron dibujando ingeniosos bocetos. Los
perfiles de los clientes pueden afirmar su escasa originalidad
plástica, en plena holgura. La atención tiene zonas más confinadas y,
al apretarse, comienzan a surgir escorzos, algunos originales. Tal
brazo desnudo, oprimido antes por el torso de un enorme almacenista de
alfalfa, recobra su gracioso ademán. Unos senos se yerguen, sin temor a
ser punzados por el codo de un tendero enjuto. Todo recobra el sobrante
de espacio necesario para crearse una atmósfera personal.
—¡El 350!
—¡El 351!
El caballero gris se levanta y llega a la ventanilla, donde unos
ojos implacables le recorren de arriba a abajo. Arturo le sigue. El
desconocido alarga su papelito rojo y una mugrienta cédula personal.
Manotea nerviosamente, replica al empleado, protesta, infla la voz. El
empleado exige el cumplimiento de un rito. Quiere firmas, créditos,
certidumbres, evidencias. Pretende que el desconocido deje de serlo,
que un número cualquiera logre rápidamente, en la batería del diminuto
proscenio, un carácter definitivo de personalidad. Pretende que aquel
hombre destacado de la multitud, que viste análogo terno y canta el
mismo cuplé de todos los demás, adquiera de pronto facciones de héroe.
La contienda termina dramáticamente. El caballero se abre el pecho
y lo muestra desnudo al empleado. Gesto patricio de los héroes que
imploraban en el ruedo, ante los césares, piedad para un vencido. A
cuenta de una individualidad reconocida, pedían el olvido para un ente
borroso...
Sorpresa, explosión de risas. El empleado alarga unos billetes. El
hombre desconocido se abrocha precipitadamente y sale del Banco.
Arturo consigue una pronta evasión, y corre en busca del desconocido.
Lo encuentra en una esquina, le pregunta:
—¿Cobró usted, por fin?
—Cobré. Son bobos. Cada día exigen más firmas. Menos mal que yo llevo
la mía... Guardo un documento infalible. Cuando no reconocen mi firma,
me abro el pecho y la muestro grabada en la piel.
—¿Un tatuaje?
—Sí, voy siempre firmado y rubricado. Soy el notario de mí mismo. A mí
me identifican en seguida. Venga conmigo.
En un zaguán, el desconocido se desabrocha e invita a Arturo a
contemplar una presumida rúbrica en forma de intestino que sirve de
pedestal a un nombre: Juan Sánchez y Sánchez.
* * *
—¡Qué capricho!
—¡Qué sarcasmo!, querrá usted decir. Porque esto es señal de algo
terrible. Esta escena del Banco Agrícola se repite diariamente en mi
vida. Mi tragedia es abrumadora, tiene muy profunda la raíz. Vea usted
que no se trata de fortuna o desdicha, de obrar bien o mal, de producir
o de evitar algo nefasto. Se trata de algo anterior a mi voluntad,
anterior al destino. Se trata de _ser_. Fíjese bien: ¡ni siquiera de
existir! ¡De ser! Porque a fuerza de pensar mucho en mí mismo, he
deducido que, aun suponiendo que exista, _no soy_.
2
Campo magnético
En la terraza del bar, ante un _cocktail_ de ginebra, se plantea Juan
Sánchez un viejo problema filosófico: el de la esencia y la existencia.
Es la hora más banal del día: la hora del aperitivo. Hora de hacer
el resumen de la mañana y de fraguar los proyectos que la tarde irá
desbaratando. El orador insiste en convencer a Arturo de que él, Juan
Sánchez y Sánchez, no es. Entre ese tropel de seres inclasificables, de
ambos sexos, que luchan desde sus banquetas por reproducir exactamente
el contorno exterior de una estrella de moda, Juan Sánchez, el hombre
firmado, de rúbrica en forma de intestino, se revela como un fanático
perseguidor de su propia esencia.
Es un místico amante de la personalidad. Tiembla ante la idea de gozar
de una forma sustancial colectiva, de un subconsciente solo colectivo,
de un alma común. Intentó crearse un rostro, acentuarse, al menos, un
defecto, estilizarse alguna aberración que pudiera izar como bandera de
un carácter. Nada logró.
—He intentado —dice— lo absurdo. Llegué a provocar en mí alguna
enfermedad crónica que modificase, que torciese mi temperamento, que
me lo cambiase de raíz, a ser posible, para intentar buscarme, con el
nuevo, otra fisonomía... Hice experiencias inútiles.
—Eso es peligroso. Se expone usted a quebrarse el aparato.
—Es desesperante no tener nada mío. De niño me tomaban siempre por
mi hermano. Y, ahora, el arcediano de Sos tiene mi misma cara. Y un
médico. Anteayer me preguntaron reservadamente, en un zaguán, por el
estado de un cáncer... ¡Si yo pudiese, al menos, no ser nada, pasar
inadvertido! Pero hay algo peor que todo eso: ser otro cualquiera, uno
que casi nunca me gustaría ser.
No es fácil estrenar todos los días un amigo, y menos un _universal_,
un hombre-tipo, como Juan Sánchez, que oculta problemas tan arduos bajo
su firma y rúbrica grabadas en la piel. Por eso Arturo, además del
_cocktail_, saborea golosamente este placer de convertirse en minero de
espíritus, de socavar, estrato por estrato, las entrañas de un nuevo
continente.
Es delicioso estrenar los amigos como quien estrena un gabán, y reponer
a tiempo los usados, antes de lamentar su decadencia. No importa que
la originalidad de muchos se agote al primer día: al menos en este,
todo espíritu nuevo es capaz de ofrecer cierto curioso lote de gracias
imprevistas.
Arturo está sentado frente a la viva corriente humana, en la terraza
del bar; Juan Sánchez, de espaldas a la calle, frente a Arturo, es
decir, frente a un espejo donde pretende verse en todo su crespo
interior. Representan dos mundos opuestos. Para Juan Sánchez, Arturo
es una placa sensitiva donde va a ser escrupulosamente recogido el
gráfico de una inquietud. Pero en los ojos de Arturo, voluntariamente
dispersos, se quiebran todos los perfiles de la calle. Su cara es como
un lago que se quisiera contemplar en azul reposo, y de pronto comienza
a tiritar bajo la loca lluvia de guijarros de un tropel infantil.
El día, en plena granazón, abre sus pomposos abanicos de emociones
sazonadas, normales: pavo real de académico civismo, sin audacia
cromática alguna.
Es la hora de acudir al hogar, donde miles de hembras, también maduras,
aguardan la dulce confidencia de un alza de bolsa o de un ascenso.
Todos los caminos que ahora se recorren en la ciudad son claros y
abiertos: el día está en su punto cimero de doméstica legalidad. Ni la
religión —como en las primeras horas— desvía los pasos del torturado
incrédulo hacia algún templo de los suburbios, ni el amor —como en
las horas últimas— desvía los del impetuoso joven hacia la equívoca
intimidad de una mujer.
Todo en la calle palpita ordenadamente bajo el signo del trabajo. La
disciplina social escalona rigurosamente sus ejércitos, instalándolos
según normas tradicionales: los directores y consejeros se arrellanan
en opulentos coches; los jefes de contabilidad, en averiados taxis;
los sencillos empleados se apretujan en un tranvía; los ordenanzas
van a pie. Apenas se advierten a esta hora las conquistas sociales.
No se toleraría, como al anochecer, que alguna mecanógrafa inquieta
y un cajero inmoral rompiesen ahora tan severa ordenación jerárquica
penetrando en un _Hispano_ a morder el «fruto prohibido».
Nubes de obreros y burócratas cruzan en todos sentidos la calle.
Han cesado de castañetear las ametralladoras de cifras de todas las
marcas; todas las ventanillas acaban de guillotinar, uno tras otro, los
momentos finales de la jornada.
El Banco Agrícola vierte sus empleados en la acera, los desparrama
a lo largo de los primeros soportales. Un obeso banquero atraviesa
lentamente la calle, deteniéndose cada tres pasos entre las blasfemias
contenidas de dos infelices subalternos condenados a marcar idéntico
compás de marcha, tan salpicado de insoportables calderones.
Se producen nudos, interferencias, cruces a veces dolorosos. Algún pie
se alza indignado y aplastado por otro más aturdido, que desconoce el
arte de andar. Se ve que el empleado municipal que yergue virilmente
su batuta intenta armonizar las masas ambulantes; pero estos
elementos que han de ejecutar la hirviente sinfonía revelan un total
desconocimiento de la partitura. Sobreviene un flujo y reflujo de
espesas resonancias, que solo podrían desaparecer si se inculcase a las
gentes de a pie cierta virtud que les falta de acomodación a un ritmo.
—Hubo una época —martillea Juan Sánchez— en que llegué a olvidar
mi nombre. Me complacía no ser más que «el joven que cruza la
acera de seis a siete», «el que compra _La Crónica_ en el quiosco
de enfrente»... En una casa me conocían —yo soy comisionista— por
«Hermanos Vallés. Cementos»; en otra, por «La Bola de Oro»; en otra,
por «Martorell y Compañía»...
Persiste entre las multitudes el tipo de guerrillero de la circulación,
que, con grave peligro de sus huesos, se lanza heroicamente a ganar
batallas de velocidad. Y la masa se complace en destacar esa suerte
de individuos exteriormente indóciles. Exteriormente —piensa Arturo—,
porque la docilidad en el hombre apunta en razón inversa de su
excelencia personal. Por eso el sabio obedece como un niño a los signos
del agente, mientras se obstina en rebelarse contra un principio de
Euclides. A un sabio podrá vestirlo cualquier sastre, pero solo le
provee de ideas un genio...
—Yo sabía —no cesa el zumbido de Juan Sánchez— que en todos los
escalafones subían y bajaban algunas docenas de Juan Sánchez, y
desprecié rotundamente mi firma. ¡Caro me costó! Porque esto me condujo
a la evidencia de que en mí no se escondía un determinado individuo,
sino un maniquí capaz de soportar una personalidad cualquiera, con
preferencia una razón social.
En cambio, un pobre diablo acata las ideas del más humilde teorizante
de café, mientras opone su libre, la que él cree libre, personalidad
a la blanca mano de un guardia. El orden exterior de la calle —y del
mundo— no suelen conservarlo íntegramente sino el sabio y el discreto,
sumisos al polizonte, aunque discutan a Platón.
—Si mi nombre lo usaban algunas docenas de empleados en cada escalafón,
mi cara, mis gestos, mi andar, toda mi anatomía rodaba al mismo tiempo
por los vagos recuerdos de cada transeúnte...
Es preciso destruir esa leyenda del sabio distraído que se deja mutilar
por un vehículo. Por un Curie habrá miles de necios aplastados.
Los atolondrados son los otros. El distraído es un sujeto que
ideológicamente —y en el sector sentimental— pertenece a la masa, es
masa todo él, desde los conceptos políticos y taurinos hasta el dibujo
de sus corbatas. Al sabio nada le preocupa, ni siquiera la advierte,
esa porción de materia común que envuelve su rica lumbre personal;
el hombre vulgar sí la advierte, porque en él es todo masa, y solo
al amarla se ama a sí mismo. Por eso la defiende contra cualquier
cinceladura ajena. Cree que en esa porción común radica todo él, y la
pasea altivamente como se pasea un gabán estandarizado. Capaz es de
entregar a todas horas su inteligencia al tópico, pero se resiste a
someter sus pasos a la pauta municipal. La gran muchedumbre se nutre de
pequeñas rebeldías, mientras al sabio y al discreto solo les estimulan
las grandes.
—Muchas veces me hurté a desconocidos que se acercaban a hablarme,
tomándome por un amigo. Fui saludado por centenares de ciudadanos
miopes, a quienes nunca había visto. Padezco todos los peligros
del hombre-tipo, sin las felices características del arquetipo. Mi
característica es no tener acento, ese acento que añade a la estatura
un codo, por quien las letras alzan la frente y se hacen reinas del
vocablo.
Ahora, tres Renault, dos carretillas de mano, una motocicleta
y diecisiete Fords se detienen a contemplar el desfile de una
institutriz, que arrastra a dos niños, y el de un botones. Hace dos
siglos a este botones y a esa institutriz les hubieran propinado muchos
puntapiés los lacayos de alguna favorita de turno. Conquista de los
tiempos, a la que no corresponde la masa con un asiduo aprendizaje del
arte de moverse en la vía pública sin producir nudos y elipsis. Admito
—sigue pensando Arturo— que este público dinamismo atente contra la
personalidad, que llegue acaso a destruirla, pero, en cambio, robustece
la expresión colectiva. Puesto que hoy sea inexorable admitir el
dominio de la masa, ¿por qué no trabajar por hacerla más bella?
—Por eso inventé ese medio pintoresco de identificación. Soy el
hombre que no tiene señas personales. Ya que no puedo ofrecer un
rostro, ofreceré al menos una firma. De mi cara se tiraron millones de
ejemplares, en ediciones económicas. Y de mis ideas. Y de mis ademanes.
Yo no soy un individuo. Soy un universal ambulante. Es decir: ¡Nadie!
* * *
De pronto, para Arturo, todo el paisaje ciudadano enfila sus
ritmos en un solo sentido, en el de una mujer que avanza cortando
gentilmente cada grupo en dos porciones. Como esa granalla de hierro
disciplinadamente repartida en torno a la barra magnética, más cerca
o más lejos de ella, según índices de docilidad y ligereza, así
la burocrática muchedumbre se va situando, al paso de esta mujer,
según una escala de sordas vehemencias harto tiempo adormecidas
entre facturas y legajos, despiertas ahora, al aire libre, frente al
ondulante panorama.
Y el surco abierto tras ella lo van llenando algunos manoseados,
cursis, desfallecidos piropos, como de gentes en ayunas, arriada la
fantasía, cegados los grifos de la jovialidad.
—Creo en la felicidad del anónimo —contesta por fin Arturo—. La
tortura de la personalidad, ¿por qué sentirla tan obstinadamente?
Quizá el individuo, en absoluto personal, no existe. Si persistimos en
mantenerlo en un punto de nuestra vida, nos petrificamos. Si lo dejamos
transformarse demasiado, nos tropezamos siempre con una legión de
nosotros mismos que entorpece nuestro momento actual, que constituye un
peligro para nuestra libertad de hoy.
—Consuela oírle. ¿Usted escribe?
—De ningún modo.
—Lo hubiera jurado.
—Soy profesor de filosofía, pero vi que es más divertido —y productivo,
¿sabe?— inspeccionar siniestros.
—¿Cómo?
—Formo parte de una Sociedad de seguros contra incendios. Actúo siempre
en regiones devastadas. Después del último bombero.
—¡Qué raro!
—Conozco a los hombres al borde de una catástrofe. Me interesan más
sus violentas reacciones que sus actos normales. Aunque siempre son
muy divertidos. Los hombres suelen ir almacenando pasado. Cuando
les pesa mucho, quisieran abandonarlo, pero temen hacerlo porque lo
creen ya materia propia; como sienten abandonar un diente maltrecho.
Y aun comprendo que se tenga más cariño a un dedo propio que a toda
la humanidad; lo que no comprendo es por qué se fija ese cariño en un
montón de despojos acumulados.
—Toda la vida del hombre es un esfuerzo desesperado por afirmar su
existencia, por dejar surco de ella. Este es el pobre recurso de los
artistas.
—¡Bah! Los artistas son unos infelices locos que gastan aturdidamente
su vida real en fabricarse una posible. El artista es una deliciosa
aberración de la humanidad. Cree, sencillamente, en otra vida y suele
sacrificarle esta como un iluminado anacoreta. Teme petrificarse, y no
recuerda que su último pago —también posible— ha de ser una estatua
de piedra, construida por algún camarada que, al crearla, afirmará
que aquello es su obra más personal. Y el primer artista solo habrá
logrado servir de escalafón para que suba el segundo más de prisa. Me
he extraviado.
—Siga, siga.
—Creo que puede usted salvarse a fuerza de anécdotas. La acción
reconstruye, zarandea, remueve, modifica. Ensaye a obrar activamente:
le surgirán actos originales. Y con el acento, la expresión. Y con la
expresión, la fisonomía. Métase en danza. Déjese ya del ser y del no
ser. Eso está muy anticuado. Obre.
—He ensayado sin éxito. ¿Usted cree...?
—Firmemente.
—Me anima usted mucho. Venga por mi casa. Ahí tiene mis señas. Le
espero a cenar esta noche.
—Iré.
* * *
Desde el velador, oculto en la metafísica maraña de problemas que
suscita el hombre firmado y rubricado, sigue avizorando Arturo la
menuda tempestad callejera provocada por el tránsito de Rebeca. La
amante es ahora un termómetro donde poder medir los grados de febril
irradiación, la pureza de contornos, la dinámica gallardía de cada
hembra transeúnte; pero también los de procacidad de cada súbito
admirador.
Traza Rebeca en la plaza una firme diagonal, y se interna en los
soportales a tiempo que advierte la presencia de Arturo. Y entonces
todos sus ademanes se embozan en una nube de más refinada coquetería,
como si de pronto quisiera oscurecer el rico botín de sus encantos,
envolviéndolo, como en un delgado papel de seda carmín, de un pudor
visible no solo en las mejillas y en las inquietas manos, sino en toda
su juguetona fábrica.
Y entonces, los soportales adquieren una preciosa calidad de claustro
en que la amada transeúnte se va ofreciendo por grados, en progresión
decreciente, resurgiendo bajo los arcos sucesivos que añaden a cada
aparición un poco más de seductora lejanía.
Y aunque el primer impulso de Arturo, al ver surgir a Rebeca, es
lanzarse tras ella a recoger en sus manos la brasa de aquellas, tan
expertas en artes de acariciar, no se mueve del asiento; le contiene el
riguroso veto según el cual ambos amantes deben confinar su deleite en
un rígido programa del que están excluidos todos los azares.
La aventura es desterrada de este amor. Los encuentros fortuitos no
deben ser aprovechados, puesto que ya en el plan erótico se apuntan
los precisos para, sin agotarlo, seguir paladeando el goce. (Arturo
jamás quiso averiguar las causas de este veto, por no dar de bruces
con alguna doméstica trivialidad, con la pobre anécdota conyugal,
con algún romántico impulso incomprensible). Refrena su vehemencia,
progresivamente dulcificada según avanza la serie de sucesivas Rebecas,
cada vez más borrosas; y el placer de acercarse a ella, de sumergirse
en su estela voluptuosa, es vencido por el de contemplar el cuadro
favorito desde muchas distancias, y a distintas luces, multiplicando y
refinando así su goce, consumado catador de vivas plasticidades.
Ya al quinto arco, de la total estructura se han perdido deliciosos
fragmentos. Al séptimo arco, aún se divisa el guiño picaresco de los
ojos, el garabato rosa de la mano que traza en el aire una frase de
adiós impronunciada.
Por fin, de aquella vibrante sucesión de imágenes, solo queda el
luminoso residuo de un pañuelo perdido poco a poco en la cromática red,
hasta poder ser confundido con otro cualquiera, como en los andenes.
Pero Arturo sigue paladeando algún tiempo el postrer sorbo, el más
sabroso, de aquella copa emocional bebida en progresión aritmética
descendente.
Porque este tránsito de Rebeca a través de las pilastras que la ocultan
y descubren rítmicamente, haciendo más deliciosa su aparición, hoy dos
veces discreta, es una imagen acabada del otro gran tránsito de su
belleza palpitante a lo largo de la vida de Arturo, iluminada a trechos
por la blanca desnudez de su amante.
Aquella hora resume toda una juventud, como aquellos soportales juegan
el papel de días, días anodinos, opacos, en que Rebeca se oculta en su
otra vida oscura, doméstica, acaso conyugal alternados con la sucesión
encantadora de los de verla en el refugio de una dulce intimidad: de
uno de esos —como el de hoy— en que todas las horas giran locamente en
torno a una, las siete de la tarde, pidiéndole un poco de su jocunda
irradiación.
—¡Las siete! ¡Las siete!
Suenan las dos palabras en el oído de Arturo como el jovial tañido
de una bocina de _Rolls_ que desde lejos reclama virilmente paso
libre al tropel de horas monótonas, pesadas, carretas crujientes,
camiones grasientos, que cruzan lentamente la luminosa carretera del
día. Una hora ardiente, brusca, impetuosa, que irrumpe en la tarde,
atropellándolo todo con su cínica desenvoltura.
3
Amor disperso
La escalerita del placer suele ser sórdida, oscura, como suele ser
reverberante, magnífica, la escalera del fastidio. La escalerita del
placer es un breve tránsito entre la acera y unos brazos ardientes; la
escalera del fastidio suele ser el preludio de una frívola comedia que
principia en unas orondas libreas y termina en la falsa sonrisa de un
caballero gran cruz.
Arturo sube precipitadamente la escalerita del placer; angosto
desfiladero entre los valles multitudinarios y la solitaria cañada
donde una mujer le apaga con besos la última frase inútil arrastrada de
la calle.
De pronto, todas las palabras recobran su sentido esencial. O son meros
balbuceos. Y todos los ademanes. El instinto, en suma vibración, los
armoniza, los ordena en el más sencillo pentagrama. El idioma se reduce
considerablemente: bastan algunas infantiles interjecciones.
Y algún vocablo preñado de sentido histórico. He aquí uno:
¡Incendiaria!
Es el requiebro favorito de Arturo, hallado en cierta excursión
profesional, extraído del bloque de textos conminatorios que nutrían
su léxico en las horas de faena, como se suele extraer un gramo de
_radium_ de entre algunos quintales de mineral.
Al principio se le ofreció en forma de insulto. Pero un insulto se
convierte fácilmente en un piropo: basta con una dulce inflexión de
voz. Arturo era ya entonces inspector de _El Cisne_, Sociedad de
seguros, y se hallaba investigando en el subsuelo ético del propietario
de _La Rosa Blanca_, almacén de tejidos, las verdaderas causas del
sospechoso incendio que había reducido a pavesas el establecimiento.
Arturo realizaba una función intermedia entre el confesor y el buzo.
¡Dura tarea la de extraer de una conciencia tan turbia este grave
pecado de inmoralidad mercantil! El incendio se había producido en
un sótano donde fueron halladas, aún humeantes, algunas piezas de
percal muy pasado de moda. Arturo había bajado al sótano a solas con
el propietario de _La Rosa Blanca_, cierta sinuosa viuda de treinta
años que asistía en silencio a la enojosa exploración. Arturo acumulaba
artículos del Código, argucias tomadas del pliego de instrucciones para
inspectores de seguros, invitaba a la viuda a llegar a un acuerdo...
En la escaramuza brotó la palabra definitiva:
—¡Incendiaria!
Al apóstrofe le faltó su punto preciso de severidad, y quedó en el
mismo instante convertido en una apasionada declaración de servidumbre.
Allí perdió _El Cisne_ gran parte de su prestigio: todo por el matiz
poco claro de un insulto.
Más tarde, frente al tablero de libros de 2,50 pesetas, Arturo ensayó
su requiebro en una desconocida...
Su reiteración a flor de oído provocó en ella un atisbo de llama.
Arturo acudía a la feria a adquirir unas tablas de logaritmos,
difíciles de encontrar entre aquellos volúmenes «pasionales» de la
Biblioteca Antorcha que hojeaba una encantadora desconocida.
Ante los ojos de ambos se extendía el mapa sentimental del orbe
entero, porque la Biblioteca Antorcha acoge en sus volúmenes a
todos los enamorados del mundo, siempre que no reclamen derechos de
reproducción. El momento era solemne. Sobre ellos tendían sus redes los
poetas cordiales, los novelistas del sexo, los filósofos de la rebeldía.
Arturo comenzó también a remover volúmenes, a contemplar
escrupulosamente los dibujos, la tipografía de las cubiertas, el año
de la edición. Comprendió que su viaje a la feria de libros exigía
entonces una explicación de índole emotiva, no algorítmica, y, en
lugar de las tablas de logaritmos, adquirió un ejemplar de _Tristán e
Isolda_. Entretanto Rebeca discutía el precio de un tomo de Jorge Sand,
y pronto se hallaron los dos, frente a frente, blandiendo sendos libros
de frenético amor.
Arturo recorre precipitadamente la historia, frente a este capítulo
que diariamente amenaza ser el último. Una pasión cercana al
desmoronamiento, que se asoma al río del tiempo, sin audacia para
acabar de sumergirse. Un amor que cada tarde necesita de una fuerte
dosis de deleite para seguir viviendo.
Y de un gran derroche de cautelas. El balcón entornado da una luz tan
rezumada que el color nunca podrá hacer fracasar los perfiles desnudos
de Rebeca. Es tan silenciosa la alcoba, que el ruidillo más tenue
rozaría los nervios como un alfiler.
Ahora Rebeca divaga por la salita en contacto con ese mundo de
sensaciones inéditas, que todos podríamos hacer nuestro si nos
decidiéramos a llevar los pies descalzos, el cuerpo entero desnudo.
Hay entre la piel y las cosas demasiados aisladores, muchas sustancias
hostiles que desvían la pura sensación, que mixtifican el deleite de
tantas amorosas presiones. Apenas logra besarnos, desnuda, la rica
epidermis del mundo.
La sensación se tuerce, se borra. Rodean el cuerpo muros de algodón, de
cuero, de seda, de lana; atrincheran el campo táctil fosos de sombra,
empalizadas de tupida materia vegetal, residuos animales, minerales. De
casi todas las cosas le queda virgen al hombre la epidermis.
Ocurre hundirse en la entraña de un objeto sin haber paseado los ojos
y las manos, voluptuosamente, por regiones inexploradas de la piel. Se
contenta con ver pasar por ella las efímeras caravanas del color, tan
enemigo del dibujo, del firme relieve. Solo ve en ella lo que apenas
existe, dejando lo duradero, su pura extensión, su frágil materia
encajada en los compartimientos del aire.
Apenas vislumbra sus deleites, sus amores, cuyo idioma universal
posee dialectos encantadores que se llaman porosidad, elasticidad,
blandura... tan salpicados de sugestiones eléctricas, magnéticas,
luminosas, vibrátiles. Apenas conoce sus odios, cuyo dialecto más
plebeyo es la viscosidad, y el más noble el que depura cada frase con
un cincel geométrico, con frialdad de aristas que deliciosamente hacen
sangrar: la dureza.
Apenas sabe que hay cuerpos blandos y duros, fríos y calientes... Pero
esto es como saber que hay hombres buenos y hombres malos; es decir, no
saber nada de los hombres.
—¿No vienes?
—Se me ha extraviado un pendiente.
—¡Déjalo!
¿Por qué hablarán los poetas de nieve y de alabastro al describir la
desnudez de una mujer? Lo blanco no es nada. O es el refugio de todos
los que fracasan ante los demás colores. Detrás de una pretensión de
pureza hay siempre una larga fila de impotencias.
Lo blanco solo existe junto al negro, que también es nada. Pero dos
valores negativos producen un valor positivo: el claroscuro. Rebeca es
ahora un prodigio de claroscuro.
Curvada, junto a una silla, construye el arco del placer. Su cuerpo
es una rama en tensión de la que cuelgan los dos menudos conos, tan
sabrosos.
¿Por qué la forma cónica es en los senos más dulce de gustar que la
hemisférica? Misteriosa geometría del placer. También el profundo
misticismo medieval destruye la redondez de los arcos, e inventa el
suyo, terminado en punta. Con una rosa de oro por dentro.
En los menudos arcos de esta encantadora fábrica el rosetoncillo va por
fuera.
—¡Aquí está!
Tiembla toda la rama al erguirse. La recorre una onda fría. Corre a
esconderse entre los brazos de Arturo.
* * *
Van naufragando las ideas, ausente la última tabla —la distancia entre
dos cuerpos ya anulada—. Rebeca ahuyenta la última abstracción, con
el último resto de su traje. Por no sentir el rubor de contemplar su
hermosura, se lleva las manos a los ojos: deliciosa manera de ser
casta. Una cabeza velada, sobre un cuerpo totalmente desnudo.
Pero al fin quedan libres los ojos, cuando ya solo pueden ver los ojos
extraviados de Arturo.
El idioma ha perdido definitivamente su estructura. Solo algunas
palabras, vacías de sentido, quedan flotando en la plena inundación.
—¡Alfredo!
Ha llegado para Arturo el feliz momento de perder su personalidad.
Placer soberano de ser un hombre u otro, de ver hundirse el individuo
en un golfo de vibraciones tumultuosas. Rebeca le borra todo rasgo
personal, y se contenta con vagos caracteres específicos, apenas
clasificables en sociedad, a los que puede ser aplicado un nombre
cualquiera.
Arturo se siente resbalar por la deliciosa pendiente que le empuja
a ser un ente colectivo, un número de masa, un Nadie que desmenuza
lentamente su gozosa postura de hombre sin ramificaciones sociales, sin
tentáculos domésticos, sin opiniones, sin prejuicios, sin pasado y sin
futuro, con un fugaz y encantador presente.
Arturo es un sibarita del anónimo. Le deleita el amor vario, generoso.
A cada nombre que ahora evocase ardientemente Rebeca, sentiría nacer en
sí individuos nuevos, posibles vidas originales, que se van perdiendo,
lamentablemente, por el mezquino y monótono placer de continuar siendo
uno y el mismo. Análoga sensación de dulce desdoblamiento sentía junto
a uno de esos filósofos en tan alta cumbre instalados que solo perciben
de los demás mortales algo así como una bruma espiritual, producida
por los diversos meteoros de una misma capa atmosférica, sujeta
a parecidas oscilaciones, por la estación, por el clima, por las
corrientes emocionales de una edad, a veces de una fecha.
Si Rebeca, en aquel instante cimero de la economía animal, solo veía en
Arturo cierta nebulosa de materia cósmica universal, el filósofo solo
advierte un hálito de espiritualidad común a una masa de individuos
de parecida fisonomía, de algunos caracteres semejantes. De modo
que el Arturo verdadero quedaba, en uno y otro caso, intacto; el
Arturo individual y único, quedaba sin aprisionar en los moldes de la
sensación y del concepto.
Si en esta trepidante coyuntura en que se dejaba definir por Rebeca,
se sentía trocado apenas en la materialización genérica de «un mozo
vehemente», capaz de soportar todos los nombres del santoral, en el
caso del filósofo quedaba convertido en «el joven contemporáneo», en
una pura abstracción innominada, lejana, como la otra de definir el
total y verdadero Arturo.
Al fin él recobra su nombre, y ella —ante el espejo— recobra también
su rostro perdido en la refriega. Arturo piensa en maniobras
trascendentales, en ágiles tránsitos del individuo a la especie, o
de la masa al número, por escamoteos de conciencia, por anulaciones
nirvánicas, por resurrecciones y reencarnaciones a placer, por
incubaciones artificiales en medios distintos, por adaptaciones audaces
a climas inéditos.
Arturo, vacío de su propia sensualidad, en el clarividente estado del
hombre que se ha dejado arrebatar su parte de elementos cósmicos,
libre y ágil, en ese estado de deleite mental —el supremo— que sigue a
toda amputación de un sobrante de materia, sueña con una maravillosa
multiplicación del espíritu, con un espíritu excelso, libre, de
infinitas acomodaciones a todos los estados, capaz de gozar de las
delicias de todo el orbe.
Porque hace tiempo que a Arturo no le divierte ya contemplar su propio
paisaje anímico, tan idéntico a sí mismo; querría tener a mano, como
una lente nueva, unos ojos bien limpios, de recambio.
Y solo puede lograr —efímeramente—, gracias a la encantadora capacidad
de olvido de su amante, cambiar alguna vez de nombre.
El idioma recobra su normal fisonomía. Aunque solo se utiliza ya para
fines utilitarios.
—Hoy llevo prisa, Arturo. Tengo invitados a comer.
—Bien.
Rebeca sale precipitadamente. Desde el balcón —corridos los visillos—,
Arturo la ve tomar un coche. No oye la dirección:
—Lanuza, 87.
El día se ha consumido. Cesa el último chisporroteo con el postrer
bocinazo del coche. Quedan unas cenizas que Arturo contempla resignado.
Sale.
La escalerita del placer suele ser angosta, como es ancha la escalera
del fastidio. Arturo vuelve a recorrer la primera, ahora muy lento. En
la calle, llama a un chófer:
—Lanuza, 87.
4
Punto muerto y evasión
Los cuatro ángulos del comedor son perfectamente normales: en cada uno
reposa la vista como en una vieja butaca familiar.
Hay amigos así silenciosos, ubicuos —de puro impersonales—, que nos
brindan su grata acogida, con el mismo ademán, en todos los lugares del
mundo: las almohadillas del tren, por ejemplo. No se duelen de ningún
abandono, nos salen al paso en cada nueva coyuntura, respondiendo
siempre, fieles a sí mismas, a todas nuestras exigencias de reposo.
Desde los dos ángulos fronteros a la puerta, saludan a Arturo las
mismas palmeras, iguales maceteros, que siempre vio en docenas de
comedores idénticos; el mismo filtro a la izquierda —porque el agua
de Augusta exige todos los días una higiénica depuración— y el mismo
trinchante a la derecha. Un comedor tan dócil a la pauta común, que
Arturo cree haber cenado allí todas las noches. Es la pieza que se
repite en los cromos de novela donde se exalta el amor a la paz
conyugal.
En las paredes se ven los mismos cuadros: la merienda campestre,
Ifigenia mirando al mar, el crepúsculo rojo, los corderitos de
Millet... Y una lozana joven saliendo del baño.
No podía sospechar Arturo la presencia de aquel intruso elemento
decorativo en el ordenado mosaico del hogar. Es un elemento que hace
desafinar la pacata orquestación del comedor, como una bacante perdida
en el claustro de las Huelgas.
Pero, desde la ventanilla del Banco Agrícola, solo sorpresas podían
esperarse de Juan Sánchez. El lienzo es una interrogante que deja
perplejo a Arturo.
—¿Qué le parece?
Juan Sánchez lo pregunta con un leve estremecimiento de inquietud. Ve a
Arturo contemplar a la bañista y espía su gesto más oscuro.
—Bien.
La joven se lleva las manos a la cara, ocultándola por completo, con
el mismo gesto púdico con que se ofrecería en espectáculo a un millar
de espectadores. El pintor no tuvo en cuenta la absoluta soledad de la
bañista, sino la trascendencia doméstica de la representación.
—Es algo atrevido, ¿no?
A Arturo le parece tan edificante como los apiñados corderitos de
Millet, a pesar de la trémula desnudez de la doncella. De sobra se
advierte que el dulce rubor de aquella solitaria carne juvenil, solo
puede ser provocado por una acendrada fe en la presencia de Dios.
—Es una «nota de color» un poco audaz.
Arturo ve entonces una firma bajo el rosado pie que se apoya en la
esterilla. Es la firma no reconocida en el Banco Agrícola: una firma
que, para revelarse, necesita ser tenazmente señalada por el índice del
poseedor.
El cuadro podría ser obra de una Sociedad Anónima de Artes Plásticas,
pero es del mismo Juan Sánchez: pertenece al mismo estilo común que el
comedor.
Arturo busca una frase que sirva de antifaz a su criterio. No la
encuentra y apela al balbuceo:
—Interesante.
—¿Sí?
Arturo, para olvidar aquel fracaso de puros elementos pictóricos,
aniquilados bajo la mano impersonal de Sánchez, hundidos en la fosa
común del módulo académico, comienza a recorrer el cuadro, hacia
arriba, en busca de otros deliciosos territorios, si ajenos al arte, de
lleno, en cambio, en la curiosa y pintoresca región de las anécdotas.
De la firma salta a los pies; de los pies, a los tobillos; desde los
tobillos emprende una lenta ascensión, maravillándose, de pronto, de
estar recorriendo un terreno conocido. Ya lo debió advertir ante el
gesto de la bañista de llevarse las manos a los ojos, idéntico al de
Rebeca.
El vientre algo combado, los senos cónicos, los hombros suavemente
caídos. Es la mujer gótica, reconstruida en un taller actual, terminada
por un rostro sin otra seducción que su belleza. La fisonomía la tiene
desigualmente repartida por todo el cuerpo. Apenas le ha llegado a la
cara. Se cubre con las manos la parte menos delatora de su cuerpo.