Deje de ser, si con llanto de contrición fué regada;
Así, cuando de la mía se borró el rastro infamante,
Como en el cielo se borra el de la estrella que pasa,
Pasé yo entre los mortales, como el pie sobre la brasa,
Sin volver atrás los ojos ni mirar hacia adelante.
Y á mi corazón le dije: «Si no es vano tu ardimiento
Y en ti el manantial rebosa del amor y el sentimiento,
Fuentes en donde el poeta apaga su sed divina,
Sé tú mi musa, y cantemos sin preguntarle á las gentes
Si aman las alegres trovas ó los suspiros dolientes,
Si gustan del sol que nace ó buscan al que declina.»
* * *
Mientras el hielo las cubre
Con sus hilos brillantes de plata,
Todas las plantas están ateridas,
Ateridas como mi alma.
Esos hielos para ellas
Son promesa de flores tempranas,
Son para mí silenciosos obreros
Que están tejiéndome la mortaja.
***
Pensaban que estaba ocioso
En sus prisiones estrechas,
Y nunca estarlo ha podido
Quien firme al pie de la brecha,
En guerra desesperada,
Contra sí mismo pelea.
Pensaban que estaba solo,
Y no lo estuvo jamás
El forjador de fantasmas
Que ve siempre en lo real
Lo falso, y en sus visiones
La imagen de la verdad.
***
Brillaban en la altura cual moribundas chispas
Las pálidas estrellas,
Y abajo..., muy abajo, en la callada selva,
Sentíanse en las hojas próximas á secarse,
Y en las marchitas hierbas,
Algo como estallidos de arterias que se rompen
Y huesos que se quiebran.
¡Qué cosas tan extrañas finge una mente enferma!
Tan honda era la noche,
La obscuridad tan densa,
Que ciega la pupila
Si se fijaba en ella,
Creía ver brillando entre la espesa sombra
Como en la inmensa altura las pálidas estrellas.
¡Qué cosas tan extrañas se ven en las tinieblas!
En su ilusión, creyóse por el vacío envuelto,
Y en él queriendo hundirse,
Y girar con los astros por el celeste piélago,
Fué á estrellarse en las rocas, que la noche ocultaba
Bajo su manto espeso.
***
Son los corazones de algunas criaturas
Como los caminos muy transitados,
Donde las pisadas de los que ahora llegan,
Borran las pisadas de los que pasaron:
No será posible que dejéis en ellos,
De vuestro cariño, recuerdo ni rastro.
***
Al oir las canciones
Que en otro tiempo oía,
Del fondo en donde duermen mis pasiones
El sueño de la nada,
Pienso que se alza irónica y sombría
La imagen ya enterrada
De mis blancas y hermosas ilusiones,
Para decirme:
—¡Necia!, lo que es ido
¡No vuelve!; lo pasado se ha perdido
Como en la noche va á perderse el día,
Ni hay para la vejez resurrecciones...
¡Por Dios, no me cantéis esas canciones
Que en otro tiempo oía!
***
Vosotros que del cielo que forjasteis
Vivís como Narciso enamorados,
No lograréis cambiar de la criatura
En su esencia, la misma eternamente,
Los instintos innatos.
No borraréis jamás del alma humana
El orgullo de raza, el amor patrio,
La vanidad del propio valimiento,
Ni el orgullo del ser que se resiste
Á perder de su ser un solo átomo.
Á LA LUNA
I
¡Con qué pura y serena transparencia
Brilla esta noche la luna!
Á imagen de la cándida inocencia,
No tiene mancha ninguna.
De su pálido rayo la luz pura
Como lluvia de oro cae
Sobre las largas cintas de verdura
Que la brisa lleva y trae.
Y el mármol de las tumbas ilumina
Con melancólica lumbre,
Y las corrientes de agua cristalina
Que bajan de la alta cumbre.
La lejana llanura, las praderas,
El mar de espuma cubierto,
Donde nacen las ondas plañideras,
El blanco arenal desierto.
La iglesia, el campanario, el viejo muro,
La ría en su curso varia,
Todo lo ves desde tu cenit puro,
Casta virgen solitaria.
II
Todo lo ves, y todos los mortales
Cuantos en el mundo habitan,
En busca del alivio de sus males,
Tu blanca luz solicitan.
Unos para consuelo de dolores;
Otros tras de ensueños de oro,
Que con vagos y tibios resplandores
Vierte tu rayo incoloro.
Y otros, en fin, para gustar contigo
Esas venturas robadas,
Que huyen del sol, acusador testigo,
Pero no de tus miradas.
III
Y yo, celosa como me dió el cielo
Y mi destino inconstante,
Correr quisiera un misterioso velo
Sobre tu casto semblante.
Y sueña mi exaltada fantasía
Que sólo yo te contemplo,
Y como que es hermosa en demasía
Te doy mi patria por templo.
Pues digo con orgullo que en la esfera
Jamás brilló luz alguna
Que en su claro fulgor se pareciera
Á nuestra cándida luna.
Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana
Ésta que llena mi mente!...
De altísimas regiones soberana
Nos miras indiferente.
Y sigues en silencio tu camino
Siempre impasible y serena,
Dejándome sujeta á mi destino
Como el preso á su cadena.
Y á alumbrar vas un suelo más dichoso
Que nuestro encantado suelo,
Aunque no más fecundo y más hermoso,
Pues no le hay bajo del cielo.
No hizo Dios cual mi patria otra tan bella
En luz, perfume y frescura,
Sólo que le dió en cambio mala estrella,
Dote de toda hermosura.
IV
Dígote, pues, adiós, tú cuanto amada,
Indiferente y esquiva;
¿Qué eres al fin, ¡oh hermosa!, comparada
Al que es llama ardiente y viva?
Adiós..., adiós, y quiera la fortuna,
Descolorida doncella,
Que tierra tan feliz no halles ninguna
Como mi Galicia bella.
Y que al tornar viajera sin reposo
De nuevo á nuestras regiones,
En donde un tiempo el celta vigoroso
Te envió sus oraciones,
En vez de lutos como un tiempo, veas
La abundancia en sus hogares,
Y que en ciudades, villas y aldeas
Han vuelto los ausentes á sus lares.
* * *
«Yo en mi lecho de abrojos,
Tú en tu lecho de rosas y de plumas,
Verdad dijo el que dijo que un abismo
Media entre mi miseria y tu fortuna.
Mas yo no cambiaría
Por tu lecho mi lecho,
Pues rosas hay que manchan y emponzoñan,
Y abrojos que á través de su aspereza
Nos conducen al cielo.»
* * *
Con ese orgullo de la honrada y triste
Miseria resignada á sus tormentos,
La virgen pobre su canción entona
En el mísero y lóbrego aposento,
Y mientras ella suspira murmura á sus oídos
Otra voz: «No seas tonta;
Entre plumas y rosas descansemos,
Que hallo mejor anticipar los goces
De la gloria en la tierra, y que impaciente
Por ti aguarde el infierno;
El infierno á quien vence el que ha pecado
Con su arrepentimiento.
¡Bien hayas tú, la que el placer apuras,
Y tú pobre y ascética mal hayas!
La vida es breve, el porvenir obscuro,
Cierta la muerte, y venturosa aquella
Que en vez de sueños realidades ama.»
Ella, triste, de súbito suspira
Interrumpiendo su cantar, y bañan,
Frías y silenciosas,
Su semblante las lágrimas.
¿Quién levantó tal tempestad de llanto
En aquella alma blanca y sin rencores
Que aceptaba serena su desdicha
Con fe, esperando en los celestes dones?
¡Quién!... El perenne instigador oculto
De la insidiosa duda; el monstruo informe
Que ya es la fiebre del carnal deseo,
Ya el montón de oro que al brillar corrompe,
Ya de amor puro la fingida imagen...
Otra vez el de siempre... ¡Mefistófeles!
Que aunque hoy así no se le llame, acaso
Proseguirá sin nombre la batalla,
Porque mudan los nombres, mas las cosas
Eternas, ni se mudan ni se cambian.
* * *
Viéndome perseguido por la alondra
Que en su rápido vuelo
Arrebatarme quiso en su piquillo
Para dar alimento á sus polluelos,
Yo, diminuto insecto de alas de oro,
Refugio hallé en el cáliz de una rosa,
Y allí viví dichoso desde el alba
Hasta la nueva aurora.
Mas aunque era tan fresca y perfumada
La rosa, como yo no encontró abrigo
Contra el viento, que alzándose en el bosque
Arrastróla en revuelto torbellino.
Y rodamos los dos en fango envueltos
Para ya nunca levantarse ella,
Y yo para llorar eternamente
Mi amor primero y mi ilusión postrera.
* * *
De repente los ecos divinos
Que en el templo se apagaron,
Desde lejos de nuevo llamáronle
Con el poderoso encanto
Que del fondo del sepulcro
Hizo levantar á Lázaro.
Agitóse al oirlos su alma
Y volvió de su sueño letárgico
Á la vida, como vuelve
Á su patria el desterrado
Que ve al fin los lugares queridos,
Mas no á los seres amados.
Alma que has despertado
Vuelve á quedar dormida;
No es que aparece el alba,
Es que ya muere el día
Y te envía en su rayo postrero
La postrimera caricia.
***
Si al festín de los dioses llegas tarde,
Ya del néctar celeste
Que rebosó en las ánforas divinas
Sólo, alma triste, encontrarás las heces.
Mas aun así de su amargor dulcísimo
Conservarás tan íntimos recuerdos,
Que bastarán á consolar tus penas
De la vida en el áspero desierto.
* * *
La _palabra y la idea_... Hay un abismo
Entre ambas cosas, orador sublime:
Si es que supiste amar, di: cuando amaste,
¿No es verdad, no es verdad que enmudeciste?
¿Cuando has aborrecido, no has guardado
Silencioso la hiel de tus rencores
En lo más hondo y escondido y negro
Que hallar puede en sí un hombre?
Un beso, una mirada,
Suavísimo lenguaje de los cielos;
Un puñal afilado, un golpe aleve,
Expresivo lenguaje del infierno.
Mas la palabra, en vano,
Cuando el odio ó el amor llenan la vida,
Al convulsivo labio balbuciente
Se agolpa y precipita.
¡Qué ha de decir!; desventurada y muda,
De tan hondos, tan íntimos secretos,
La lengua humana, torpe, no traduce
El velado misterio.
Palpita el corazón enfermo y triste,
Languidece el espíritu, he aquí todo;
Después se rompe el frágil
Vaso, y la esencia elévase á lo ignoto.
* * *
«Los muertos van de prisa»,
El poeta lo ha dicho;
Van tan de prisa, que sus sombras pálidas
Se pierden del olvido en los abismos
Con mayor rapidez que la centella
Se pierde en los espacios infinitos.
«Los muertos van de prisa»; mas yo creo
Que aún mucho más de prisa van los vivos.
¡Los vivos!, que con ansia abrasadora,
Cuando apenas vivieron
Un instante de gloria, un solo día
De júbilo, y mucho antes de haber muerto,
Unos á otros sin piedad se entierran
Para heredarse presto.
***
Á sus plantas se agitan los hombres,
Como el salvaje hormiguero,
En cualquier rincón oculto
De un camino olvidado y desierto,
¡Cuál le irritan sus gritos de júbilo,
Sus risas y sus acentos,
Gratos como la esperanza,
Como la dicha soberbios!...
Todos alegres se miran,
Se tropiezan, y en revuelto
Torbellino van y vienen
Á la luz de un sol espléndido,
Del cual tiene que ocultarse,
Roto, miserable, hambriento.
¡Ah!, si él fuera la nube plomiza
Que lleva el rayo en su seno,
Apagara la antorcha celeste
Con sus enlutados velos,
Y llenara de sombras el mundo
Cual lo están sus pensamientos.
***
Era en abril, y de la nieve al peso
Aún se doblaron los morados lirios;
Era en diciembre y se agostó la hierba
Al sol, como se agosta en el estío.
En verano ó en invierno, no lo dudes,
Adulto, anciano ó niño,
Y hierba y flor, son víctimas eternas
De las amargas burlas del destino.
Sucumbe el joven, y encorvado, enfermo,
Sobrevive el anciano; muere el rico
Que ama la vida, y el mendigo hambriento
Que ama la muerte es como eterno vivo.
***
Prodigando sonrisas,
Que aplausos demandaban,
Apareció en la escena, alta la frente,
Soberbia la mirada,
Y sin ver ni pensar más que en sí misma,
Entre la turba aduladora y mansa
Que la aclamaba sol del universo,
Como noche de horror pudo aclamarla,
Pasó á mi lado y arrollarme quiso
Con su triunfal carroza de oro y nácar;
Yo me aparté, y fijando mis pupilas
En las suyas airadas:
—¡Es la inmodestia!—al conocerla dije,
Y sin enojo la volví la espalda.
Mas tú cree y espera, ¡alma dichosa!,
Que al cabo ése es el sino
Feliz de los que elige el desengaño
Para llevar la palma del martirio.
LAS CAMPANAS
Yo las amo, yo las oigo,
Cual oigo el rumor del viento,
El murmurar de la fuente
Ó el balido del cordero.
Como los pájaros, ellas,
Tan pronto asoma en los cielos
El primer rayo del alba,
Le saludan con sus ecos.
Y en sus notas, que van prolongándose
Por los llanos y los cerros,
Hay algo de candoroso,
De apacible y de halagüeño.
Si por siempre enmudecieran,
¡Qué tristeza en el aire y el cielo!
¡Qué silencio en las iglesias!
¡Qué extrañeza entre los muertos!
* * *
En la altura los cuervos graznaban,
Los deudos gemían en torno del muerto,
Y las ondas airadas mezclaban
Sus bramidos al triste concierto.
—
Algo había de irónico y rudo
En los ecos de tal sinfonía,
Algo negro, fantástico y mudo
Que del alma las cuerdas hería.
—
Bien pronto cesaron los fúnebres cantos;
Esparcióse la turba curiosa;
Acabaron gemidos y llantos
Y dejaron al muerto en su fosa.
Tan sólo á lo lejos, rasgando la bruma,
Del negro estandarte las orlas flotaron,
Como flota en el aire la pluma
Que al ave nocturna los vientos robaron.
* * *
Ansia que ardiente crece,
Vertiginoso vuelo
Tras de algo que nos llama
Con murmurar incierto.
Sorpresas celestiales,
Dichas que nos asombran;
Así cuando buscamos lo escondido,
Así comienzan del amor las horas.
Inacabable angustia,
Hondo dolor del alma,
Recuerdo que no muere,
Deseo que no acaba,
Vigilia de la noche,
Torpe sueño del día
Es lo que queda del placer gustado,
Es el amargo fruto de la vida.
***
Aunque mi cuerpo se hiela
Me imagino que me quemo,
Y es que el hielo algunas veces
Hace la impresión del fuego.
***
Á las rubias envidias
Porque naciste con color moreno,
Y te parecen ellas blancos ángeles
Que han bajado del cielo.
¡Ah!, pues no olvides, niña,
Y ten por cosa cierta,
Que mucho más que un ángel siempre pudo
Un demonio en la tierra.
***
De este mundo en la comedia
Eterna vienen y van
Bajo un mismo velo envueltas
La mentira y la verdad;
Por eso al verlas el hombre
Tras del mágico cendal
Que vela la faz de entrambas,
Nunca puede adivinar
Con certeza cuál es de ellas
La mentira ó la verdad.
***
Triste loco de atar el que ama menos
Le llama al que ama más;
Y terco impenitente, al que no olvida
El que puede olvidar;
Del rico el pobre en su interior maldice,
Cual si él rico no fuera si pudiese,
Y aquél siente hacia el pobre lo que el blanco
Hacia las razas inferiores siente.
***
Justicia de los hombres, yo te busco,
Pero sólo te encuentro
En la _palabra_, que tu nombre aplaude,
Mientras te niega tenazmente el _hecho_.
—¡Y tú, dónde resides?—me pregunto
Con aflicción—, justicia de los cielos,
Cuando el pecado es obra de un instante
Y durará la expiación terrible
¡Mientras dure el infierno!
* * *
Sed de amores tenía, y dejaste
Que la apagase en tu boca
¡Piadosa samaritana!
Y te encontraste sin honra,
Ignorando que hay labios que secan
Y que manchan cuanto tocan.
—
¡Lo ignorabas!..., y ahora lo sabes,
Pero yo sé también, pecadora
Compasiva, porque á veces
Hay compasiones traidoras,
Que si el sediento volviese
Á implorar misericordia,
Su sed de nuevo apagaras,
Samaritana piadosa.
—
No volverá, te lo juro;
Desde que una fuente enlodan
Con su pico esas aves de paso,
Se van á beber á otra.
***
Sintiéndose acabar con el estío
La desahuciada enferma,
—¡Moriré en el otoño!—
Pensó entre melancólica y contenta,
Y sentiré rodar sobre mi tumba
Las hojas también muertas.
Mas... ni aun la muerte complacer la quiso,
Cruel también con ella:
Perdonóle la vida en el invierno,
Y cuando todo renacía en la tierra
La mató lentamente, entre los himnos
Alegres de la hermosa primavera.
***
Una cuerda tirante guarda mi seno,
Que al menor viento lanza siempre un gemido,
Mas no repite nunca más que un sonido
Monótono, vibrante, profundo y lleno.
Fué ayer y es hoy y siempre:
Al abrir mi ventana,
Veo en Oriente amanecer la aurora,
Después hundirse el sol en lontananza.
Van tantos años de esto,
Que cuando á muerto tocan,
Yo no sé si es pecado, pero digo:
—¡Qué dichoso es el muerto, ó qué dichosa!
* * *
Al caer despeñado en la hondura
Desde la alta cima,
Duras rocas quebraron sus huesos,
Hirieron sus carnes agudas espinas,
Y el torrente de lecho sombrío
Rasgando sus linfas,
Y entreabriendo sus húmedos labios
Con negra sonrisa,
Vino á darle un beso de muerte,
Cerrando en los suyos el paso á la vida.
—
Despertáronle luego, y temblando
De angustia y de miedo,
—¡Ah!, ¡por qué despertar?—preguntóse
Después de haber muerto.
—
Al pie de su tumba
Con violados y ardientes reflejos,
Flotando en la niebla
Vió dos ojos brillantes de fuego
Que al mirarle ahuyentaban el frío
De la muerte, templando su seno.
Y del yermo sin fin de su espíritu
Ya vuelto á la vida, rompiéndose el hielo,
Sintió al cabo brotar en el alma
La flor de la dicha, que engendra el deseo.
Dios no quiso que entrase infecunda
En la fértil región de los cielos;
Piedad tuvo del ánimo triste
Que el germen guardaba de goces eternos.
* * *
Desde los cuatro puntos cardinales
De nuestro buen planeta
—Joven, pese á sus múltiples arrugas—,
Miles de inteligencias
Poderosas y activas,
Para ensanchar los campos de la ciencia,
Tan vastos ya que la razón se pierde
En sus frondas inmensas,
Acuden á la cita que el Progreso
Les da desde su templo de cien puertas.
Obreros incansables, ¡yo os saludo!
Llena de asombro y de respeto llena,
Viendo cómo la Fe que guió un día
Hacia el desierto al santo anacoreta,
Hoy con la misma venda transparente
Hasta el umbral de lo imposible os lleva.
¡Esperad y creed!, _crea_ el que cree,
Y ama con doble ardor aquel que espera.
Pero yo en el rincón más escondido
Y también más hermoso de la tierra,
Sin esperar á Ulises
(Que el nuestro ha naufragado en la tormenta),
Semejante á Penélope
Tejo y destejo sin cesar mi tela,
Pensando que ésta es del destino humano
La incansable tarea,
Y que ahora subiendo, ahora bajando,
Unas veces con luz, otras á ciegas,
Cumplimos nuestros días y llegamos
Más tarde ó más temprano á la ribera.
* * *
Aún otra amarga gota en el mar sin orillas,
Donde lo grande pasa de prisa y lo pequeño
Desaparece ó se hunde, como piedra arrojada
De las aguas profundas del estancado légamo.
Vicio, pasión, ó acaso enfermedad del alma,
Débil á caer vuelve siempre en la tentación.
Y escribe como escriben las olas en la arena,
El viento en la laguna y en la neblina el sol.
Mas nunca nos asombra que trine ó cante el ave,
Ni que eterna repita sus murmullos el agua;
Canta, pues, ¡oh poeta!, canta, que no eres menos
Que el ave y el arroyo que en ondas se desata.
***
En incesante encarnizada lucha,
En pugilato eterno,
Unos tras otros al palenque vienen
Para luchar, seguidos del estruendo
De los aplausos prodigados siempre
De un modo igual á todos.
Todos genios
Sublimes é inmortales se proclaman
Sin rubor; mas bien presto
Al ruido de la efímera victoria
Se sucede el silencio
Sepulcral del olvido, y juntos todos,
Los grandes, los medianos, los pequeños,
Cual en tumba común, perdidos quedan
Sin que nadie se acuerde que existieron.
***
Glorias hay que deslumbran, cual deslumbra
El vivo resplandor de los relámpagos,
Y que como él se apagan en la sombra,
Sin dejar de su luz huella ni rastro.
Yo prefiero de ese brillo de un instante
La triste soledad donde batallo,
Y adonde nunca á perturbar mi espíritu
Llega el vano rumor de los aplausos.
***
¡Oh gloria!, deidad vana cual todas las deidades,
Que en el orgullo humano tienen altar y asiento,
Jamás te rendí culto, jamás mi frente altiva
Se inclinó de tu trono ante el dosel soberbio.
En el dintel obscuro de mi pobre morada,
No espero que detengas el breve alado pie;
Porque jamás mi alma te persiguió en sus sueños,
Ni de tu amor voluble quiso gustar la miel.
¡Cuántos te han alcanzado que no te merecían!
Y ¡cuántos cuyo nombre debiste hacer eterno,
En brazos del olvido más triste y más profundo
Perdidos para siempre duermen el postrer sueño!
* * *
I
Tú para mí, yo para ti, bien mío
—Murmurabais los dos—;
«Es el amor la esencia de la vida,
No hay vida sin amor.»
¡Qué tiempo aquel de alegres armonías!...
¡Qué albos rayos de sol!...
¡Qué tibias noches de susurros llenas,
Qué horas de bendición!
¡Qué aroma, qué perfumes, qué belleza
En cuanto Dios crió,
Y cómo entre sonrisas murmurabais:
«No hay vida sin amor.»
II
Después, cual lampo fugitivo y leve,
Como soplo veloz,
Pasó el amor..., la ciencia de la vida...
Mas... aun vivís los dos.
_Tú de otro y de otra yo_—dijisteis luego.
¡Oh mundo engañador!
Ya no hubo noches de serena calma,
Brilló enturbiado el sol...
¿Y aún, vieja encina, resististe?, ¿aún late,
Mujer, tu corazón?
No es tiempo ya de delirar; no torna
Lo que por siempre huyó.
No sueñes, ¡ay!, pues que llegó el invierno
Frío y desolador.
Huella la nieve, valerosa, y cante
Enérgica tu voz.
¡Amor!, llama inmortal, rey de la tierra,
Ya para siempre ¡adiós!
1867.
* * *
I
Tiemblan las hojas, y mi alma tiembla,
Pasó el verano...
Y para el pobre corazón mío,
Unos tras otros ¡pasaron tantos!
—
Cuando en las noches tristes y largas
Que están llegando
Brille la luna, ¡cuántos sepulcros
Que antes no ha visto verá á su paso!
—
Cuando entre nubes hasta mi lecho
Llegue su rayo,
¡Cuán tristemente los yermos fríos
De mi alma sola, no irá alumbrando!
II
Pobre alma sola, no te entristezcas,
Deja que pasen, deja que lleguen
La primavera y el triste otoño,
Ora el estío y ora las nieves.
—
Que no tan sólo para ti corren
Horas y meses;
Todo contigo, seres y mundos,
De prisa marchan, todo envejece.
—
Que hoy, mañana, antes y ahora,
Lo mismo siempre,
Hombres y frutos, plantas y flores,
Vienen y vanse, nacen y mueren.
—
Cuando te apene lo que atrás dejas,
Recuerda siempre
Que es más dichoso quien de la vida
Mayor espacio corrido tiene.
* * *
No va solo el que llora.
No os sequéis, por piedad, lágrimas mías;
Basta un pesar al alma,
Jamás, jamás le bastará una dicha.
—
Juguete del destino, arista humilde,
Rodé triste y perdida;
Pero conmigo lo llevaba todo:
Llevaba mi dolor por compañía.
* * *
«¡La copa es de oro fino,
El néctar que contiene es de los cielos!»
Dijo, y bebió con ansia
Hasta el último sorbo de veneno.
—
¡Era tarde!; después ardió su sangre
Emponzoñada, y muerto,
Aun rojiza brillaba en su sepulcro
La llama inextinguible del deseo.
* * *
¡Ea!, ¡aprisa subamos de la vida
La cada vez más empinada cuesta!
Empújame dolor, y hálleme luego
En su cima fantástica y desierta.
—
No, ni amante, ni amigo,
Allí podrá seguirme;
¡Avancemos!... ¡Yo ansío de la muerte
La soledad terrible!
—
Mas ¿para qué subir?; fatiga inútil
Cuando es la vida fatigosa llama,
Y podemos, ¡poder desventurado!,
Con un soplo levísimo apagarla.
—
Ruge á mis pies el mar, ¡soberbia tumba!
La onda encrespada estréllase imponente
Contra la roca, y triste muere el día
Como en el hombre la esperanza muere.
—
¡Morir!; esto es lo cierto;
Y todo lo demás mentira y humo;
Y del abismo inmenso,
Un cuerpo sepultóse en lo profundo.
—
Lo que encontró después posible y cierto
El suicida infeliz, ¿quién lo adivina?
¡Dichoso aquel que espera
Tras de esta vida hallarse en mejor vida!
* * *
Yo no he nacido para odiar, sin duda,
Ni tampoco he nacido para amar,
Cuando el amor y el odio han lastimado
Mi corazón de una manera igual.
Como la peña oculta por el musgo
De algún arroyo solitario al pie,
Inmóvil y olvidada, yo quisiera
Ya vivir sin amar ni aborrecer.
* * *
Cayendo van los bravos combatientes
Y más se aclaran cada vez las filas.
No lloréis, sin embargo;
En el vacío que los muertos dejan
Otros vendrán á proseguir la liza.
—
¡Vendrán!...; mas presto del vampiro odioso
Destruid las guaridas,
Si no queréis que los guerreros vuelvan
Tristes y obscuros á morir sin gloria
Antes de ver la patria redimida.
* * *
Viendo que, semejantes á las flores
Que el huracán en su furor deshace,
Éstos, después de aquéllos,
Llenos de vida y de esperanzas caen
Al entrar en la lid donde con gloria
Por la patria combaten,
Tal como el pobre abuelo que contempla
Del nietezuelo amado los despojos,
Exclamó alzando la mirada al cielo
De angustia lleno y doloroso asombro:
—¡Pero es verdad, Dios mío, que ellos mueren
Y quedamos nosotros!
En la _Corona fúnebre_ de Andrés Muruais, 1883.
* * *
Más rápidos que el rayo,
Más alados que el viento,
Inquietos vagamundos que no pueden
Refrenar nunca el inconstante vuelo,
Así descienden de la mar al fondo
Como escalan la altura de los cielos.
Mas si son impalpables é incorpóreos
Y múltiples y varios,
¿Por qué llamarles pensamientos negros
Ó pensamientos blancos,
Si no tienen color, esos del alma
Invisibles
Eternos é invisibles soberanos?
* * *
Hora tras hora, día tras día,
Entre el cielo y la tierra que quedan
Eternos vigías,
Como torrente que se despeña
Pasa la vida.
Devolvedle á la flor su perfume
Después de marchita;
De las ondas que besan la playa
Y que unas tras otras besándola expiran,
Recoged los rumores, las quejas,
Y en planchas de bronce grabar su armonía.
Tiempos que fueron, llantos y risas,
Negros tormentos, dulces mentiras,
¡Ay! ¿En dónde su rastro dejaron,
En dónde, alma mía?
* * *
Tan sólo dudas y terrores siento,
Divino Cristo, si de Ti me aparto;
Mas cuando hacia la Cruz vuelvo los ojos,
Me resigno á seguir con mi calvario.
Y alzando al cielo la mirada ansiosa
Busco á tu Padre en el espacio inmenso,
Como el piloto en la tormenta busca
La luz del faro que le guíe al puerto.
APÉNDICE
EN LAS ORILLAS DEL SAR
POESÍAS POR DOÑA ROSALÍA CASTRO DE MURGUÍA