este libro un puesto en mi modesta biblioteca; pero ocupaciones
imprescindibles que me llevaron muy lejos del campo de las letras; la
escasez de tiempo consiguiente, y una cierta pereza para escribir de
que me encuentro acometido, fueron causa de que este artículo salga un
tanto trasnochado: sírvame esto de disculpa ante la dulce poetisa que
me distingue con su consideración.
Que el artista que lo es de veras imprime á sus obras el indeleble
sello de su personalidad, cosa es indudable; y á través de ellas ve,
el que de esto entiende, el carácter, el genio, la persona, en fin,
del que las crea. No otra cosa que este sello es lo que se llama la
_manera_ del artista, modo de hacer que los mediocres y más ó menos
vulgares toman de su maestro ó de su modelo favorito, pero que los
grandes crean siempre, haciéndole original y propio. Y, como no puede
ser menos, esta _manera_ ó esta _factura_, según ahora se dice, está
íntimamente ligada con el modo de sentir, de pensar y de querer, y
hasta con las condiciones exteriores de la vida del artista. Así se
explica que muchos hayan tenido dos ó más _maneras_, en relación acaso
con las distintas épocas de su vida, quién sabe si en consonancia con
las revoluciones de su espíritu.
Cosa curiosa es, por cierto, cuando se estudian las obras de un artista
renombrado, seguir paso á paso el desarrollo de su genio, verle nacer é
iniciarse, quizá tímido é indeciso, en sus primeros destellos, crecer
después en ulteriores ensayos, mostrarse más tarde en todo su esplendor
y lozanía, y llegar, por fin, á su ocaso precedido ó no de desmayo y
decadencia. Estudio interesante el que puede hacerse de este modo,
asistiendo á todos los aciertos y á todas las debilidades, adivinando
las vacilaciones, descubriendo los momentos de valor, y contemplando,
en fin, la vida del genio escrita en sus obras con imborrables
caracteres.
Y este estudio es más completo y profundo si, á la par que las obras,
conocemos al autor y la historia de su vida; porque entonces de tal
suerte nos parecen concordadas las unas y la otra; á tal punto hacemos
llegar el lazo de unión que las estrecha, que nos parecen ellas la
representación animada de la vida del artista. Y vemos en los tonos
de luz las alegrías de su alma; las dudas de su espíritu abatido en
los trazos más seguros y en los perfiles indecisos; las vicisitudes de
su suerte en los vaivenes de su estilo; y las amarguras de su corazón
en las tintas obscuras, en las sombras recargadas y en los manchones
informes, rastros acaso de la huella de sus lágrimas.
No es posible desechar estas ideas al leer las poesías de Rosalía
Castro; de tal manera se ven en ellas confirmadas. _Cantares gallegos_,
_Follas novas_ y _En las orillas del Sar_, son los tres libros que
señalan las etapas de su vida literaria. Destila el primero toda la
fragancia y la frescura de los primeros años: vese á su través á la
mujer joven y mimada de la fortuna, á quien su fantasía se complace en
pintar un porvenir de rosas. Son aquellos _Cantares_ el primer gorjeo
del ruiseñor que despierta para saludar á la aurora, el primer rayo que
el sol envía á la tierra para acariciarla, el primer beso que la brisa
deposita en el cáliz de la flor. Alegres como la inocencia y juguetones
como la infancia, atraen y seducen como seduce y atrae lo más seductor
que Dios crió en el universo: los ángeles y los niños.
El tiempo, que no sabe correr sin esparcir abrojos, hizo que á Rosalía
le correspondiesen no pocos; y al publicar más tarde su libro _Follas
novas_, aparece la que pudiera llamarse su segunda _manera_: á las
poesías sueltas y bulliciosas como cascadas de notas, suceden las
baladas melancólicas, en cuyo fondo se siente palpitar á veces la
ironía intencionada, y aun el sarcasmo acerbo. Son también estas
poesías más viriles y más sentidas: hay entre ellas prodigios de
descripción y maravillas de sentimiento, cierta filosofía sutil en
el fondo y dichosos atrevimientos de _factura_. Por aquel tiempo era
también la época de esta clase de poesía. Bécquer, el inolvidable, el
artista nunca bastante llorado, había dado ya la pauta del _idealismo
racional_, y sus _rimas_ eran repetidas por todos los labios y
repercutían en todos los corazones. Á este mismo género pertenecen la
mayor parte de _Follas novas_.
Acaso no aparece tan marcada la distancia que de este libro separa
al que ahora examinamos. Hay en aquél baladas que parecen como el
atisbo de sentimientos que _En las orillas del Sar_ se desarrollan y
medran desmesuradamente. Así y todo, hay entre ambos una diferencia
radical. En _Follas novas_, en medio de la melancolía de que aparecen
impregnadas, encuéntrase á menudo una nota festiva, último eco de
pasadas alegrías, trazo final de juveniles desenfados. Aunque el
dolor es lo que resalta en ellas, no es de ordinario el dolor amargo
y sombrío, sino más bien el suave reflejo de una dulce tristeza. _En
las orillas del Sar_, todo lo contrario: inútil es buscar allí ya
nada plácido ni alegre. La amargura lo domina todo. Los versos de
esta colección son hermosamente bellos, pero bellos como el arrullo
de la tórtola, como la caída de la hoja, como la puesta del sol.
Analicémoslos.
Lo primero que resalta en este libro es la forma peculiarísima en que
está escrito. Á semejanza de esa música alemana que, quizá sobrado
grande para caber en las estrecheces del pentagrama, amenaza á cada
paso con destruir la armonía á fuerza de atrevimientos, así estos
versos son, más que artificios literarios, quejas espontáneas de un
alma dolorida; saltan por encima de todas las reglas y se forjan una
medida y una rima que concuerde con la grandeza de su amargura. Ni las
_Rimas_ de Bécquer, ni el _Intermezzo_ de Heine, le ganan en soltura
y libertad, siquiera sean éstos á los que mejor pueden compararse. En
efecto; Rosalía es, como ellos, poeta propiamente _subjetivo_, que
no necesita para cantar inspirarse en el mundo exterior, sino que le
basta recogerse y contemplar el mundo de su alma. Por esa razón, ellos
y ella son al presente, según yo entiendo, la genuina expresión de la
verdadera poesía lírica.
Y ya que hice mención de los poetas alemanes, he de añadir que
encuentro grandes afinidades entre ellos y la poetisa gallega. Unos
y otra son, ante todo, poetas de su país, cuyo ambiente, por decirlo
así, respiran sus versos; la tristeza y la amargura son las notas
dominantes, tanto en las canciones gallegas como en las _lieder_
germánicas, y unas y otras son producciones subjetivas y líricas.
¿Qué más? Cualquiera que haya leído un poco los poetas alemanes y lea
los versos de Rosalía, notará que en ambos palpita vivo y lozano un
sentimiento generoso que domina á todos los demás: el amor á su patria.
¿Quién al leer aquellas sentidísimas estrofas que comienzan
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella,
no recuerda la _Lied vom Rhein_, de Matzerath, cuando dice:
Mein Heimatland, o du herrlicher Rhein!
Acaso en estas semejanzas, y más que nada en la forma especial que
revisten los versos de este libro, encuentren algunos algo que
censurar. Por mi parte confieso que, acostumbrado como estaba, y como
están casi todos los españoles, á considerar los versos _como música_,
me costó algún trabajo el aprender á estudiarlos _como escultura_.
Encariñado el oído con la ingénita cadencia que nuestra lengua,
armoniosa sobre todas (aunque alguien se escandalice al leerlo),
imprime á la poesía, á duras penas se resigna á prescindir de cesuras
y asonancias; conseguido esto, sin embargo, encuéntrase luego solaz y
encanto en esos que antes parecían inarmónicos acordes.
Más bien que en esto, hallo yo pecado en el amargo desencanto, no
sistemático, sin duda, sino espontáneo, que impera en todo el libro,
desencanto y amargura que hace que la autora juzgue alguna vez con
equivocado criterio las cosas y los hechos. Tiene, sin embargo, esta
falta muy atendible explicación: cuando el espíritu y el cuerpo están
atormentados por acerbísimos dolores, abundan las sombras en los ojos
y en el alma, que es el pesar obscuro, prisma que todo lo ennegrece.
Fuera de esto, son estas poesías de primer orden, y bastarían por
sí solas para dar á su autora el merecidísimo renombre de que goza.
Escritas con asombrosa facilidad, con una como frialdad aparente,
con abandono, hasta con desdén, son todas ellas sentidas, profundas,
_hondas_; y guardan, bajo la vestidura especial de su aderezo, dolores
y desgarramientos tales, que quien las lea sin sentir enrojecidas las
mejillas y ardientes los ojos, ha de ser insensible de veras.
En realidad, no se puede escoger entre ellas; pero á mí causáronme
singular complacencia, entre otras varias, _Las campanas_ y _Los
robles_. Es la primera una rima inocente, candorosa, llena de perfume
y de fe, y también de amor y meditación. La segunda es una inspiración
robusta y sostenida, donde el mágico pincel de Rosalía, rico en
hechizos y vertiendo flores, aparece esplendoroso y lozano, pintando un
cuadro lleno de vida y movimiento, de toques vigorosos y prodigiosos
efectos de luz. Una y otra son también las más dulces.
Una palabra aún antes de terminar.
Á pesar del indisputable mérito que este libro encierra, y que soy el
primero á reconocer, he de confesar que si á escoger me dieran entre
los versos de la autora, preferiría sin duda alguna los gallegos. En
esta preferencia, no sólo tendría grandísima parte del natural cariño
que profeso á mi tierra y á cuanto á ella pertenece, sino también
la mayor dulzura y sentimiento, que son el distintivo de las rimas
gallegas de nuestra poetisa. No quiero disminuir el valer de las
presentes poesías, antes por el contrario, lo admiro y reconozco; pero
enamórame, sobre todo, cuanto es, como por acá decimos, _amorosiño_ y
tierno.
En el amante nido donde vive, reciba el _ruiseñor gallego_ mi saludo
cariñoso, ¡y quiera el cielo que mi tosca pluma tenga todavía nueva
ocasión de celebrar sus trinos y gorjeos!
J. BARCIA CABALLERO.
Santiago, febrero de 1885.
UNA PRECURSORA
La fama de Rosalía Castro se funda en dos libros: _Cantares gallegos_
y _Follas novas_. En ellos, la dulce habla regional de suavísimas
inflexiones, con sus giros llenos de encanto, con sus diminutivos
mimosos, es intérprete de una poesía honda, llena de amor, que
se traduce en nostalgias, ó de piedad, que, á las veces, llega á
convertirse en odio. Los _Cantares_ son el alma de Galicia, tierra
verde, jugosa y húmeda, mozas de clara hermosura y de maravillosa
perfección corporal, mozos rudos, con una rudeza ribeteada de malicias;
vida penosa de trabajo, escasez constante, usura, emigración. Las
_Follas novas_ son el alma de Rosalía, depurada y sublimada entre todas
las espinas de la aflicción, terreno fecundo que produce sin cesar
flores de esperanza arrancadas de pronto por una mueca de escepticismo,
por un grito de desesperación; alma lírica y sonora que vibra según la
impresión del momento.
El lirismo, cualidad excelsa de los poetas grandes, de los que saben
expresar directamente su alma, es cualidad predominante en Rosalía
Castro. El elemento anecdótico no entra para nada en sus poesías, ó,
por mejor decir, todas ellas son anécdotas espirituales.
Esta misma fuerza de profundo subjetivismo tiene otro libro suyo,
menos conocido, y de él quiero hablar. Es el que encierra sus versos
castellanos, uno de los más singulares de nuestra poesía. Se titula _En
las orillas del Sar_, y se publicó en 1884. Del mismo año son algunos
_Pequeños poemas_, de Campoamor; la _Pesca_, de Núñez de Arce, que ya
había dado lo mejor de su ingenio; á la sazón Ferrari le pisaba los
talones en _Pedro Abelardo_, también publicado entonces; Manuel del
Palacio y José Velarde estaban en pleno florecimiento; Zorrilla rimaba
deliciosamente composiciones de circunstancias. El libro de Rosalía
era otra cosa. Cuando todos declamaban ó cantaban, ella se atrevía
sencillamente á hablar. Cuando todos _cincelaban_ el verso, ella
dejaba á los suyos un no sé qué de flojo y espontáneo, que fué como
embalsamarlos para que conservaran más tiempo la poesía. Cuando todos
se ceñían al endecasílabo y al octosílabo, con los otros versos que
desde siempre se les combinaban, y á lo más empleaban el alejandrino
zorrillesco, rico de acentuación, rotundo y sacudido, ella adoptaba
metros inusitados y combinaciones nuevas.
De _suspirillos germánicos_ hubiera calificado Núñez de Arce la mayor
parte de las composiciones castellanas de Rosalía, sin perjuicio de
admirar sus similares gallegas; porque en éstas, al hacer literaria un
habla popular, todo estaba permitido, al paso que en las otras había
reglas sagradas que observar.
De absurda y desgraciada debió calificarse entonces la suplantación
del heptasílabo por el octosílabo en combinación con el verso de once
sílabas, contra lo que era uso:
Todo lo ves, y todos los mortales
Cuantos en el mundo habitan,
En busca del alivio de sus males,
Tu blanca luz solicitan.
Unos para consuelo de dolores;
Otros tras de ensueños de oro
Que con vagos y tibios resplandores
Vierte tu rayo incoloro.
Y otros, en fin, para gustar contigo
Esas venturas robadas,
Que huyen del sol, acusador testigo,
Pero no de tus miradas.
Y el mismo octosílabo, combinándose en muchas composiciones del libro,
también contra lo corriente, con el verso de diez, que sólo se empleaba
con el de seis y el de doce sílabas:
Á través del follaje perenne
Que oir deja rumores extraños,
Y entre un mar de ondulante verdura,
Amorosa mansión de los pájaros,
Desde mis ventanas veo
El templo que quise tanto.
El templo que tanto quise...
Pues no sé decir ya si le quiero,
Que en el rudo vaivén que sin tregua
Se agitan mis pensamientos,
Dudo si el rencor adusto
Vive unido al amor en mi pecho.
Y no son sólo estas combinaciones llenas de armonía nueva lo que
hoy nos asombra en el libro de Rosalía Castro. En él aparecen
metros enteramente nuevos entonces: el verso de nueve sílabas, como
hemistiquio de uno de diez y ocho, de esta manera:
Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo,
Tal como arrastra las arenas el huracán en el desierto.
Y cual halcón que cae herido en la laguna pestilente,
Cayó en el cieno de la vida, rotas las alas para siempre.
Mas aun sin alas, cree ó sueña que cruza el aire, los espacios,
Y aun entre el lodo se ve limpio cual de la nieve el copo blanco.
El de diez y seis, formado por dos hemistiquios de á ocho, verso que
sólo se personaliza por la regularidad de los acentos, úsalo Rosalía
tal como lo emplean nuestros poetas de hoy:
¡Pensamientos de alas negras! Huid, huid azorados,
Como bandada de cuervos por la tormenta acosados,
Ó como abejas salvajes en quien el fuego hizo presa;
Dejad que amanezca el día de resplandores benditos,
En cuya luz se presienten los placeres infinitos...
¡Y huid con vuestra perenne sombra que en el alma pesa!
¡Pensamientos de alas blancas! Ni gimamos ni roguemos
Como un tiempo, y en los mundos luminosos penetremos,
En donde nunca resuena la débil voz del caído,
En donde el dorado sueño para en realidad segura,
Y de la humana flaqueza sobre la inmensa amargura
Y sobre el amor que mata sus alas tiende el olvido.
Y, sobre todo, el verso alejandrino, reconquistado y llevado á punto
de flexibilidad por los poetas modernos de España, quitándole las
ligaduras con que lo domeñó el maravilloso Zorrilla, y haciéndole apto,
no sólo para el alto vuelo ditirámbico, sino para toda sensación y todo
matiz, el verso alejandrino triunfa en Rosalía Castro, que casi siempre
lo asonanta, en toda su íntima y humana amplitud. Leed estas estancias,
que pueden compararse por la técnica y aun por el pensamiento á algunas
de Rubén Darío en _Cantos de vida y esperanza_; que pueden competir
con las mismas _Stances_, de Juan Moreas, creación de las más puras y
perfectas en la poesía francesa contemporánea:
De la vida entre el múltiple conjunto de los seres,
No, no busquéis la imagen de la eterna belleza,
Ni en el contento y harto seno de los placeres,
Ni del dolor acerbo en la dura aspereza.
Ya es átomo impalpable ó inmensidad que asombra;
Aspiración celeste, revelación callada;
La comprende el espíritu y el labio no la nombra,
Y en sus hondos abismos la mente se anonada.
Esta imagen de la eterna belleza es la que buscó siempre, la que
vislumbró á ratos la excelsa Rosalía. Su poética, por lo mismo que
es toda interior, por lo mismo que huye de toda pompa y exuberancia,
porque es vestidura de un sentimiento y no llamativo disfraz de un
inerte maniquí, parece haber formulado mucho antes de que Verlaine
fuera conocido (_Jadis et Naguère_ es también de 1884) aquel precepto
del _Arte poética_ verleniana:
Prends l’éloquence et tords-lui son cou!
Y al abandonar el arte amplio de orquestación sonora y algo hueca,
haber adivinado, traduciéndolo en suaves melodías rotas, en acordes
extraños y personalísimos, el otro principio:
De la musique avant toute chose.
Música es lo que hay, ante todo, en los versos de Rosalía Castro.
Su vaguedad, su imprecisión, que les ha hecho sufrir el dictado de
nebulosos y germanizados, proviene de ahí. Síntesis profundas de
sentimiento son las composiciones de _En las orillas del Sar_. Al
ensueño ó al dolor de cada uno se adaptan fácilmente, como un andante
de Beethoven ó un trozo de Schumann.
Su parentesco con Bécquer y con Heine no se puede negar. Es de la misma
familia poética; como lo son también Julio Laforgue y Verlaine, el
Verlaine de la _Bonne Chanson_ y de _Romances sans paroles_. Pero la
poetisa gallega, que es más varonil que Bécquer, tiene dignamente un
lugar propio. Carece de ironía, aunque á veces llegue al sarcasmo; y
hay en ella menos ternura que pasión. Espíritu apasionado debió ser el
suyo, extremado en amores y en odios; de su choque con las dificultades
y las tormentas del vivir saltaron, como espuma, las composiciones de
sus _Follas novas_ y las que llenan su libro castellano.
Hay que dar á Rosalía, entre nuestros poetas, un lugar eminente. Hay
que reconocer que nadie como ella fundió su espíritu en el crisol de
la estrofa, y que de la abundancia de su inspiración nacieron sus
extraordinarias adivinaciones métricas. Y los poetas de hoy, los que
van dejando de llamarse modernistas, los que quieren decir cosas del
alma en versos que sólo obedezcan á una ley interior de armonía,
formulada por cada uno en cada caso, han de ver una precursora en la
mujer extraordinaria que escribió, sin preocupaciones, dejando libres
á su inspiración y á su técnica, el libro titulado _En las orillas del
Sar_.
ENRIQUE DÍEZ-CANEDO.
Madrid, 1908.
ÍNDICE
Páginas
PRÓLOGO VII
Aunque no alcancen gloria 1
Orillas del Sar 3
Los unos altísimos 11
Margarita 21
Sedientas las arenas, en la playa 25
Los tristes 27
Los robles 33
Alma que vas huyendo de ti misma 39
¡Jamás lo olvidaré!... De asombro llena 43
Unos con la calumnia le mancharon 49
En su cárcel de espinos y rosas 51
Ya no mana la fuente, se agotó el manantial 53
Era la última noche 57
¡Volved! 59
Camino blanco, viejo camino 61
Las canciones que oyó la niña 67
La canción que oyó en sueños el viejo 71
Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo 73
En el alma llevaba un pensamiento 75
Quisiera, hermosa mía 79
En mi pequeño huerto 87
Todas las campanas con eco pausado 89
Cuido que una planta bella 93
En los ecos del órgano ó en el rumor del viento 95
Santa Escolástica 97
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros 105
Los que á través de sus lágrimas 109
Mientras el hielo las cubre 115
Á la luna 119
Yo en mi lecho de abrojos 123
Con ese orgullo de la honrada y triste 125
Viéndome perseguido por la alondra 127
De repente los ecos divinos 129
La palabra y la idea... Hay un abismo 131
Los muertos van de prisa 133
Las campanas 137
En la altura los cuervos graznaban 139
Ansia que ardiente crece 141
Sed de amores tenía, y dejaste 145
Al caer despeñado en la hondura 149
Desde los cuatro puntos cardinales 151
Aún otra amarga gota en el mar sin orillas 153
Tú para mí, yo para ti, bien mío 157
Tiemblan las hojas, y mi alma tiembla 159
No va solo el que llora 161
¡La copa es de oro fino! 163
¡Ea!, aprisa subamos de la vida 165
Yo no he nacido para odiar, sin duda 167
Cayendo van los bravos combatientes 169
Viendo que, semejantes á las flores 171
Más rápidos que el rayo 173
Hora tras hora, día tras día 175
Tan sólo dudas y terrores siento 177
APÉNDICE 179
«En las orillas del Sar», poesías por D.ª Rosalía Castro
de Murguía 181
Una precursora 189