Experiencia del mendigo,

Eres precoz como el mal,

Implacable como el odio,

Dura como la verdad.

***

De la vida entre el múltiple conjunto de los seres,

No, no busquéis la imagen de la eterna belleza,

Ni en el contento y harto seno de los placeres,

Ni del dolor acerbo en la dura aspereza.

Ya es átomo impalpable ó inmensidad que asombra,

Aspiración celeste, revelación callada;

La comprende el espíritu y el labio no la nombra,

Y en sus hondos abismos la mente se anonada.

* * *

I

Quisiera, hermosa mía,

Á quien aún más que á Dios amo y venero,

Ciego creer que este tu amor primero,

Ser por mi dicha el último podría.

Mas...

—¡Qué! ¡Gran Dios, lo duda todavía!

—¡Oh!, virgen candorosa,

¿Por qué no he de dudarlo al ver que muero

Si aun viviendo también lo dudaría?

—Tu sospecha me ofende,

Y tanto me lastima y me sorprende

Oirla de tu labio,

Que pienso llegaría

Á matarme lo injusto del agravio.

—¡Á matarla! ¡La hermosa criatura

Que apenas cuenta quince primaveras!...

¡Nunca!... ¡Vive, mi santa, y no te mueras!

—Mi corazón, de asombro y dolor llenas.

—¡Ah!, siento más tus penas que mis penas.

—¿Por qué, pues, me hablas de morir?

—¡Dios mío!

¿Por qué ya del sepulcro el viento frío

Lleva mi nave al ignorado puerto?

—¡No puede ser!... Mas oye: ¡vivo ó muerto,

_Tú solo, y para siempre!_... Te lo juro.

—No hay por qué jurar; mas si tan bello

Sueño al fin se cumpliera, sin enojos

Cerrando en paz los fatigados ojos,

Fuera á esperarte á mi sepulcro obscuro.

Pero... es tan inconstante y tan liviano

El flaco y débil corazón humano,

Que lo pienso, alma mía, y te lo digo,

Serás feliz más tarde ó más temprano.—

Y en tanto ella llorando protestaba,

Y él sonriendo, irónico y sombrío,

En sus amantes brazos la estrechaba.

Cantaba un grillo en el vecino muro,

Y cual mudo testigo

La luna, que en el cielo se elevaba,

Sobre ambos reflejaba

Su fulgor siempre casto y siempre amigo.

II

De polvo y fango nacidos,

Fango y polvo nos tornamos;

¿Por qué, pues, tanto luchamos

Si hemos de caer vencidos?

Cuando esto piensa humilde y temerosa,

Como tiembla la rosa

Del viento al soplo airado,

Tiembla y busca el rincón más ignorado

Para morir en paz si no dichosa.

III

Los astros son innúmeros, al cielo

No se le encuentra fin,

Y este pequeño mundo que habitamos,

Y que parece un punto en el espacio,

Inmenso es para mí.

Después... tantos y tantos,

Cual las arenas del profundo mar,

Seres que nacen á la vida, y seres

Que sin parar su rápida carrera,

Incierta siempre, vienen ó se van.

Que se van ó se mueren, esta duda

Es en verdad cruel;

Pero ello es que nos vamos ó nos dejan

Sin saber si después de separarnos

Volveremos á hallarnos otra vez.

IV

Y como todo al cabo

Tarde ó temprano en este mundo pasa,

Lo que al principio eterno parecía,

Dio término á la larga.

¿Le mataron acaso, ó es que se ha muerto

De suyo aquello que quedara aún vivo?

Imposible es saberlo, como nadie

Sabe al quedar dormido

En qué momento ha aprisionado el sueño

Sus despiertos sentidos.

V

¡Que cuándo le ha olvidado!

¿Quién lo recuerda en la mudable vida,

Ni puede asegurar si es que la herida

Del viejo amor con otro se ha curado?

¡Transcurrió el tiempo!—inevitable era

Que transcurriese—y otro amante vino

Á hacerse cauteloso su camino

Por donde el muerto amante ya lo hiciera.

VI

De pronto el corazón con ansia extrema,

Mezclada á un tiempo de placer y espanto,

Latió, mientras su labio murmuraba:

—¡No, los muertos no vuelven de sus antros!...—

Él era y no era él, mas su recuerdo,

Dormido en lo profundo

Del alma, despertóse con violencia

Rencoroso y adusto.

—No soy yo, ¡pero soy!—murmuró el viento—,

Y vuelvo, amada mía,

Desde la eternidad para dejarte

Ver otra vez mi incrédula sonrisa.

—¡Aun has de ser feliz!—te dije un tiempo,

Cuando me hallaba al borde de la tumba—.

Aun has de amar—; y tú, con fiero enojo,

Me respondiste:—¡Nunca!

—¡Ah!, ¿del mudable corazón has visto

Los recónditos pliegues?—

Volví á decirte; y tú, llorando á mares,

Repetiste:—Tú solo, y para siempre.—

Después, era una noche como aquéllas,

Y un rayo de la luna, el mismo acaso

Que á ti y á mí nos alumbró importuno,

Os alumbraba á entrambos.

Cantaba un grillo en el vecino muro,

Y todo era silencio en la campiña;

¿No te acuerdas, mujer? Yo vine entonces,

Sombra, remordimiento ó pesadilla.

Mas tú, engañada recordando al muerto,

Pero también del vivo enamorada,

Te olvidaste del cielo y de la tierra

Y condenaste el alma.

Una vez, una sola,

Aterrada volviste de ti misma,

Como para sentir mejor la muerte

De la sima al caer vuelve la víctima.

Y aun entonces, ¡extraño cuanto horrible

Reflejo del pasado!,

El abrazo convulso de tu amante

Te recordó, mujer, nuestros abrazos.

—¡Aun has de ser feliz!—te dije un tiempo

Y me engañé; no puede

Serlo quien lleva la traición por guía,

Y á su sombra mortífera se duerme.

—¡Aun has de amar!—te repetí, y amaste,

Y protector asilo

Diste, desventurada, á una serpiente

En aquel corazón que fuera mío.

Emponzoñada estás; odios y penas

Te acosan y persiguen,

Y yo casi con lástima contemplo

Tu pecado y tu mancha irredimibles.

¡Mas, vengativo, al cabo yo te amaba

Ardientemente, y te amo todavía!

Vuelvo para dejarte

Ver otra vez mi incrédula sonrisa.

* * *

I

En mi pequeño huerto

Brilla la sonrosada margarita,

Tan fecunda y humilde,

Como agreste y sencilla.

Ella borda primores en el césped,

Y finge maravillas

Entre el fresco verdor de las praderas

Do proyectan sus sombras las encinas,

Y á orillas de la fuente y del arroyo

Que recorre en silencio las umbrías.

Y aun cuando el pie la huella, ella revive

Y vuelve á levantarse siempre limpia,

Á semejanza de las almas blancas

Que en vano quiere ennegrecer la envidia.

II

Cuando llega diciembre y las lluvias abundan,

Ellas con las acacias tornan á florecer,

Tan puras y tan frescas y tan llenas de aroma

Como aquellas que un tiempo con fervor adoré.

¡Loca ilusión la mía es en verdad, bien loca

Cuando mi propia mano honda tumba les dió!

Y ya no son aquellas en cuyas hojas pálidas

Deposité mis besos..., ni yo la misma soy.

* * *

Todas las campanas con eco pausado

Doblaron á muerto:

Las de la basílica, las de las iglesias,

Las de los conventos:

Desde el alba hasta entrada la noche

No cesó el funeral clamoreo:

¡Qué pompa! ¡Qué lujo!

¡Qué fausto! ¡Qué entierro!

—

Pero no hubo ni adioses ni lágrimas,

Ni suspiros en torno del féretro...

¡Grandes voces sí que hubo!... Y cantáronle,

Cuando le enterraron, un _Requiem_ soberbio.

***

Siente unas lástimas,

¡Pero qué lástimas!...

Y tan extrañas y hondas ternuras...

¡Pero qué extrañas!

Llora á mares por ellos,

Les viste la mortaja

Y les hace las honras...

Después de que los mata.

***

De la noche en el vago silencio,

Cuando duermen ó sueñan las flores,

Mientras ella despierta, combate

Contra el fuego de ocultas pasiones,

Y de su ángel guardián el auxilio

Implora invocando piadosa su nombre:

El de ayer, el de hoy, el de siempre,

Fiel amigo del mal,

Mefistófeles,

En los hilos oculto, del lino

Finísimo y blanco cual copo de espuma,

En donde ella aún más blanca reclina

La cabeza rubia,

Así astuto y sagaz, al oído

De la hermosa en silencio murmura:

«Goza aquél de la vida, y se ríe

Y peca sin miedo del hoy y el mañana,

Mientras tú con ayunos y rezos

Y negros terrores tus horas amargas.»

«Si del hombre la vida en la tumba

¡Oh bella, se acaba,

Qué profundo y cruel desengaño,

Qué chanza pesada

Te juega la suerte,

Le espera á tu alma!»

***

Á la sombra te sientas de las desnudas rocas,

Y en el rincón te ocultas donde zumba el insecto,

Y allí donde las aguas estancadas dormitan

Y no hay humanos seres que interrumpan tus sueños,

¡Quién supiera en qué piensas, amor de mis amores,

Cuando con leve paso y contenido aliento,

Temblando á que percibas mi agitación extrema,

Allí donde te escondes, ansiosa te sorprendo!

—¡Curiosidad maldita!, frío aguijón que hieres

Las femeninas almas, los varoniles pechos,

Tu fuerza impele al hombre á que busque la hondura

Del desencanto amargo y á que remueva el cieno

Donde se forman siempre los miasmas infectos.

—¿Qué has dicho de amargura y cieno y desencanto?

¡Ah!, no pronuncies frases, mi bien, que no comprendo;

Dime sólo en qué piensas cuando de mí te apartas

Y huyendo de los hombres vas buscando el silencio.

—Pienso en cosas tan tristes á veces y tan negras,

Y en otras tan extrañas y tan hermosas pienso,

Que... no las sabrás nunca, porque lo que se ignora

No nos daña si es malo, ni perturba si es bueno.

Yo te lo digo, niña, á quien de veras amo;

Encierra el alma humana tan profundos misterios,

Que cuando á nuestros ojos un velo los oculta,

Es temeraria empresa descorrer ese velo;

No pienses, pues, bien mío, no pienses en qué pienso.

—Pensaré noche y día, pues sin saberlo, muero.—

Y cuenta que lo supo, y que la mató entonces

La pena de saberlo.

* * *

Cuido que una planta bella

Que ama y busca la sombra,

Como la busca el alma

Huérfana, triste, enamorada y sola,

Y allí donde jamás la luz del día

Llega sino á través de las umbrosas

Ramas de un mirto y los cristales turbios

De una ventana angosta,

Ella vive tan fresca y perfumada,

Y se torna más bella y más frondosa,

Y languidece y se marchita y muere

Cuando un rayo de sol besa sus hojas.

—

Para el pájaro el aire, para el musgo la roca,

Los mares para el alga, mayo para las rosas;

Que todo ser ó planta va buscando

Su natural atmósfera,

Y sucumbe bien pronto si es que á ella

Oculta mano sin piedad la roba.

—

Sólo el humano espíritu al rodar desquiciado

Desde su órbita á mundos tristes y desolados,

Ni sucumbe ni muere; que del dolor el mazo

Fuerte, que abate el polvo y que quebranta el barro

Mortal, romper no puede, ni desatar los lazos

Que con lo eterno le unen por misterioso arcano.

Por eso yo que anhelo que el refulgente astro

Del día calor preste á mis miembros helados,

Aun aliento y resisto sin luz y sin espacio,

Como la planta bella que odia del sol el rayo,

Ya que otra luz más viva que la del sol dorado

Y otro calor más dulce en mi alma penetrando

Me anima y me sustenta con su secreto halago

Y da luz á mis ojos por el dolor cegados.

* * *

I

En los ecos del órgano ó en el rumor del viento,

En el fulgor de un astro ó en la gota de lluvia,

Te adivinaba en todo y en todo te buscaba,

Sin encontrarte nunca.

Quizás después te ha hallado, te ha hallado y te ha perdido

Otra vez, de la vida en la batalla ruda,

Ya que sigue buscándote y te adivina en todo,

Sin encontrarte nunca.

Pero sabe que existes y no eres vano sueño,

Hermosura sin nombre, pero perfecta y única;

Por eso vive triste, porque te busca siempre,

Sin encontrarte nunca.

II

Yo no sé lo que busco eternamente

En la tierra, en el aire y en el cielo;

Yo no sé lo que busco, pero es algo

Que perdí no sé cuándo y que no encuentro,

Aun cuando sueñe que invisible habita

En todo cuanto toco y cuanto veo.

Felicidad, no he volver á hallarte

En la tierra, en el aire ni en el cielo,

¡Aun cuando sé que existes

Y no eres vano sueño!

SANTA ESCOLÁSTICA

I

Una tarde de abril, en que la tenue

Llovizna triste humedecía en silencio

De las desiertas calles las baldosas,

Mientras en los espacios resonaban

Las campanas con lentas vibraciones,

Dime á marchar, huyendo de mi sombra.

Bochornoso calor que enerva y rinde,

Si se cierne en la altura la tormenta,

Tornara el aire irrespirable y denso.

Y el alma ansiosa y anhelante el pecho

Á impulsos del instinto iban buscando

Puro aliento en la tierra y en el cielo.

Soplo mortal creyérase que había

Dejado el mundo sin piedad desierto,

Convirtiendo en sepulcro á Compostela.

Que en la santa ciudad, grave y vetusta

No hay rumores que turben importunos

La paz ansiada en la apacible siesta.

II

—¡Cementerio de vivos!...—murmuraba

Yo al cruzar por las plazas silenciosas,

Que otros días de gloria nos recuerdan.

¿Es verdad que hubo aquí nombres famosos,

Guerreros indomables, grandes almas?

¿Dónde hoy tu raza varonil alienta?

La airosa puerta de Fonseca, muda,

Me mostró sus estatuas y columnas

Primorosas, encanto del artista,

Y del gran hospital, la incomparable

Obra del genio, ante mis tristes ojos,

En el espacio dibujóse altiva.

Después la catedral..., palacio místico

De atrevidas románicas arcadas,

Y con su Gloria de bellezas llena.

Me pareció al mirarla que quería

Sobre mi frente desplomar, ya en ruinas,

De sus torres la mole gigantesca.

Volví entonces el rostro, estremecida,

Hacia donde atrevida se destaca

Del Cebedeo la celeste imagen,

Como el alma del mártir, blanca y bella,

Y vencedora en su caballo airoso,

Que galopando en triunfo rasga el aire.

Y bajo el arco obscuro, en donde eterno

Del oculto torrente el rumor suena,

Me deslicé cual corza fugitiva,

Siempre andando al azar, con aquel paso

Errante del que busca en donde pueda

De sí arrojar el peso de la vida.

Atrás quedaba aquella calle adusta,

Camino de los frailes y los muertos,

Siempre vacía y misteriosa siempre,

Con sus manchas de sombra gigantescas

Y sus claros de luz, que hacen más triste

Su soledad, y que los ojos hieren.

Y en tanto... la llovizna, como todo

Lo manso, terca, sin cesar regaba

Campos y plazas, calles y conventos

Que iluminaba el sol con rayo oblicuo

Á través de los húmedos vapores,

Blanquecinos á veces, otras negros.

III

Ciudad extraña, hermosa y fea á un tiempo,

Á un tiempo apetecida y detestada,

Cual ser que nos atrae y nos desdeña,

Algo hay en ti que apaga el entusiasmo,

Y del mundo feliz de los ensueños

Á la aridez de la verdad nos lleva.

¡De la verdad!... ¡Del asesino honrado

Que impasible nos mata y nos entierra!

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

¡Y yo quería morir! La sin entrañas,

Sin conmoverse, me mostrara el negro

Y oculto abismo que á mis pies abrieran.

Y helándome la sangre, fríamente,

De amor y de esperanza me dejara,

Con sólo un golpe, para siempre huérfana.

«¡La gloria es humo! El cielo está tan alto

Y tan bajos nosotros, que la tierra

Que nos ha dado volverá á absorbernos.

Afanarse y luchar, cuando es el hombre

Mortal ingrato y nula la victoria,

¿Por qué, ya que hay Dios, vence el infierno?»

Así del dolor víctima, el espíritu

Se rebelaba contra cielo y tierra...

Mientras mi pie inseguro caminaba;

Cuando de par en par vi abierto el templo,

De fieles despoblado, y donde apenas

Su resplandor las lámparas lanzaban.

IV

Majestad de los templos, mi alma femenina

Te siente, como siente las maternas dulzuras,

Las inquietudes vagas, las ternuras secretas

Y el temor á lo oculto tras la inmensa altura.

¡Oh, majestad sagrada! En nuestra húmeda tierra

Más grande eres y augusta que en donde el sol ardiente

Inquieta con sus rayos vivísimos las sombras

Que al pie de los altares oran, velan ó duermen.

Bajo las anchas bóvedas, mis pasos silenciosos

Resonaron con eco armonioso y pausado,

Cual resuena en la gruta la gota cristalina

Que lenta se desprende sobre el verdoso charco.

Y aún más que los acentos del órgano y la música

Sagrada, conmovióme aquel silencio místico

Que llenaba el espacio de indefinidas notas,

Tan sólo perceptibles al conturbado espíritu.

Del incienso y la cera, el acusado aroma

Que impregnaba la atmósfera que allí se respiraba,

No sé por qué, de pronto, despertó en mis sentidos

De tiempos más dichosos reminiscencias largas.

Y la mirada inquieta, cual buscando refugio

Para el alma, que sola luchaba entre tinieblas,

Recorrió los altares, esperando que acaso

Algún rayo celeste brillase al fin en ella.

Y... ¡no fué vano empeño ni ilusión engañosa!...

Suave, tibia, pálida la luz rasgó la bruma

Y penetró en el templo, cual entra la alegría

De súbito en el pecho que las penas anublan.

¡Ya yo no estaba sola!... En armonioso grupo,

Como visión soñada, se dibujó en el aire

De un ángel y una santa el contorno divino,

Que en un nimbo envolvía vago el sol de la tarde.

Aquel candor, aquellos delicados perfiles

De celestial belleza, y la inmortal sonrisa

Que hace entreabrir los labios del dulce mensajero

Mientras contempla el rostro de la virgen dormida

En el sueño del éxtasis, y en cuya frente casta

Se transparenta el fuego del amor puro y santo,

Más ardiente y más hondo que todos los amores

Que pudo abrigar nunca el corazón humano;

Aquel grupo que deja absorto el pensamiento,

Que impresiona el espíritu y asombra la mirada,

Me hirió calladamente, como hiere los ojos

Cegados por la noche la blanca luz del alba.

Todo cuanto en mí había de pasión y ternura,

De entusiasmo ferviente y gloriosos empeños,

Ante el sueño admirable que realizó el artista,

Volviendo á tomar vida, resucitó en mi pecho.

Sentí otra vez el fuego que ilumina y que crea

Los secretos anhelos, los amores sin nombre,

Que como al arpa eólica el viento, al alma arrancan

Sus notas más vibrantes, sus más dulces canciones.

Y orando y bendiciendo al que es todo hermosura,

Se dobló mi rodilla, mi frente se inclinó

Ante Él, y conturbada, exclamé de repente:

«¡Hay arte! ¡Hay poesía!... Debe haber cielo; ¡hay Dios!»

* * *

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,

Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros;

Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso

De mí murmuran y exclaman:

—Ahí va la loca, soñando

Con la eterna primavera de la vida y de los campos,

Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,

Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

—Hay canas en mi cabeza; hay en los prados escarcha;

Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,

Con la eterna primavera de la vida que se apaga

Y la perenne frescura de los campos y las almas,

Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños;

Sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos?

***

Cada vez que recuerda tanto oprobio,

Cada vez digo ¡y lo recuerda siempre!...

Avergonzada su alma

Quisiera en el no ser desvanecerse,

Como la blanca nube

En el espacio azul se desvanece.

Recuerdo... lo que halaga hasta el delirio

Ó da dolor hasta causar la muerte...

No, no es sólo recuerdo,

Sino que es juntamente

El pasado, el presente, el infinito,

Lo que fué, lo que es y ha de ser siempre.

***

Recuerda el trinar del ave

Y el chasquido de los besos,

Los rumores de la selva,

Cuando en ella gime el viento,

Y del mar las tempestades,

Y la bronca voz del trueno;

Todo halla un eco en las cuerdas

Del arpa que pulsa el genio.

Pero aquel sordo latido

Del corazón que está enfermo

De muerte, y que de amor muere

Y que resuena en el pecho

Como un bordón que se rompe

Dentro de un sepulcro hueco,

Es tan triste y melancólico,

Tan terrible y tan supremo,

Que jamás el genio pudo

Repetirlo con sus ecos.

***

Del mar azul las transparentes olas

Mientras blandas murmuran

Sobre la arena, hasta mis pies rodando,

Tentadoras me besan y me buscan.

Inquietas lamen de mi planta el borde,

Lánzanme airosas su nevada espuma,

Y pienso que me llaman, que me atraen

Hacia sus salas húmedas.

Mas cuando ansiosa quiero

Seguirlas por la líquida llanura,

Se hunde mi pie en la linfa transparente

Y ellas de mí se burlan.

Y huyen abandonándome en la playa

Á la terrena, inacabable lucha,

Como en las tristes playas de la vida

Me abandonó inconstante la fortuna.

***

Si medito en tu eterna grandeza,

Buen Dios, á quien nunca veo,

Y levanto asombrada los ojos,

Hacia el alto firmamento,

Que llenaste de mundos y mundos...

Toda conturbada, pienso

Que soy menos que un átomo leve

Perdido en el universo;

Nada, en fin..., y que al cabo en la nada

Han de perderse mis restos.

Mas si cuando el dolor y la duda

Me atormentan, corro al templo,

Y á los pies de la Cruz un refugio

Busco ansiosa implorando remedio,

De Jesús el cruento martirio

Tanto conmueve mi pecho,

Y adivino tan dulces promesas

En sus dolores acerbos,

Que cual niño que reposa

En el regazo materno,

Después de llorar, tranquila

Tras la expiación, espero

Que allá donde Dios habita

He de proseguir viviendo.

* * *

I

Los que á través de sus lágrimas,

Sin esfuerzo ni violencia,

Abren paso en el alma afligida

Al nuevo placer que llega;

Los que tras de las fatigas

De una existencia azarosa,

Al dar término al rudo combate

Cogen larga cosecha de gloria;

Y, en fin, todos los dichosos,

Cuyo reino es de este mundo,

Y dudando ó creyendo en el otro

De la tierra se llevan los frutos;

¡Con qué tedio oyen el grito

Del que en vano ha querido y no pudo

Arrojar de sus hombros la carga

Pesada del infortunio!

—Cada cual en silencio devore

Sus penas y sus afanes

—Dicen—, que es de animosos y fuertes

El callar, y es la queja cobarde.

No el lúgubre vaticinio

Que el espíritu turba y sorprende,

Ni el inútil y eterno lamento

Importuno en los aires resuene.

¡Poeta!, en fáciles versos,

Y con estro que alienta los ánimos,

Ven á hablarnos de esperanzas,

Pero no de desengaños.

II

Atrás, pues, mi dolor vano con sus acerbos gemidos

Que en la inmensidad se pierden, como los sordos bramidos

Del mar en las soledades que el líquido amargo llena!...

¡Atrás!, y que el denso velo de los inútiles lutos,

Rasgándose, libre paso deje al triunfo de los Bruto,

Que asesinados los Césares, ya ni dan premio ni pena...

Pordiosero vergonzante que en cada rincón desierto

Tendiendo la enjuta mano detiene su paso incierto

Para entonar la salmodia, que nadie escucha ni entiende,

Me pareces dolor mío, de quien reniego en buen hora.

¡Huye, pues, del alma enferma! Y tú, nueva y blanca aurora

Toda de promesas harta, sobre mí tu rayos tiende.

III

¡Pensamientos de alas negras!, huid, huid azorados,

Como bandada de cuervos por la tormenta acosados,

Ó como abejas salvajes en quien el fuego hizo presa;

Dejad que amanezca el día de resplandores benditos,

En cuya luz se presienten los placeres infinitos...

¡Y huid con vuestra perenne sombra que en el alma pesa!

¡Pensamientos de alas blancas!, ni gimamos ni roguemos

Como un tiempo, y en los mundos luminosos penetremos,

En donde nunca resuena la débil voz del caído,

En donde el dorado sueño para en realidad segura,

Y de la humana flaqueza sobre la inmensa amargura

Y sobre el amor que mata sus alas tiende el olvido.

Ni el recuerdo que atormenta como horrible pesadilla,

Ni la pobreza que abate, ni la miseria que humilla,

Ni de la injusticia el látigo, que al herir mancha y condena,

Ni la envidia y la calumnia más que el fuego asoladoras,

Existen para el que siente que se deslizan sus horas

Del contento y la abundancia por la corriente serena.

Allí donde nunca el llanto los párpados enrojece;

Donde por dicha se ignora que la humanidad padece

Y que hay seres que codician lo que harto el perro desdeña,

Allí, buscando un asilo, mis pensamientos dichosos

Á todo pesar ajenos, lejos de los tenebrosos

Antros del dolor, cantemos á la esperanza risueña.

Frescas voces juveniles, armoniosos instrumentos,

¡Venid!, que á vuestros acordes yo quiero unir mis acentos

Vigorosos, y el espacio llenar de animadas notas,

Y entre estatuas y entre flores, entrelazadas las manos,

Danzar en honor de todos los venturosos humanos,

Del presente, del futuro y las edades remotas.

IV

Y mi voz, entre el concierto de las graves sinfonías,

De las risas lisonjeras y las locas alegrías,

Se alzó robusta y sonora con la inspiración ardiente

Que enciende en el alma altiva del entusiasmo la llama,

Y hace creer al que espera y hace esperar al que ama,

Que hay un cielo en donde vive el amor eternamente.

Del labio amargado un día por lo acerbo de los males,

Como de fuente abundosa fluyó la miel á raudales,

Vertiéndose en copas de oro que mi mano orló de rosas,

Y bajo de los espléndidos y ricos artesonados

En los palacios inmensos y los salones dorados,

Fuí como flor en quien beben perfumes las mariposas.

Los aplausos resonaban con estruendo en torno mío,

Como el vendaval resuena cuando se desborda el río

Por la lóbrega encañada que adusto el pinar sombrea;

Genio supremo y sublime del porvenir me aclamaron,

Y trofeos y coronas á mis plantas arrojaron,

Como á los pies del guerrero vencedor en la pelea.

V

Mas un día, de aquel bello y encantado paraíso,

Donde con tantas victorias la suerte brindarme quiso,

Volví al mundo desolado de mis antiguos amores,

Cual mendigo que á su albergue torna de riquezas lleno;

Pero al verme los que ausente me lloraran, de su seno

Me rechazaron cual suele rechazarse á los traidores.

Y con agudos silbidos y entre sonrisas burlonas,

Renegaron de mi numen y pisaron mis coronas,

De sus iras envolviéndome en la furiosa tormenta;

Y sombrío y cabizbajo como Caín el maldito,

El execrable anatema llevando en la frente escrito,

Refugio busqué en la sombra para devorar mi afrenta.

VI

En las orillas del Sar · 第 3 / 5 段