Torna roble, árbol patrio, á dar sombra

Cariñosa á la escueta montaña

Donde un tiempo la gaita guerrera

Alentó de los nuestros las almas;

Y compás hizo al eco monótono

Del canto materno,

Del viento y del agua,

Que en las noches de invierno al infante

En su cuna de mimbre arrullaban.

Que tan bello apareces, ¡oh roble!,

De este suelo en las cumbres gallardas

Y en las suaves graciosas pendientes

Donde umbrosas se extienden tus ramas,

Como en rostro de pálida virgen

Cabellera ondulante y dorada,

Que en lluvia de rizos

Acaricia la frente de nácar.

¡Torna presto á poblar nuestros bosques;

Y que tornen contigo las hadas

Que algún tiempo á tu sombra tejieron,

Del héroe gallego

Las frescas guirnaldas!

* * *

Alma que vas huyendo de ti misma,

¿Qué buscas, insensata, en las demás?

Si en ti secó la fuente del consuelo,

Secas todas las fuentes has de hallar.

¡Que hay en el cielo estrellas todavía,

Y hay en la tierra flores perfumadas!

¡Sí!... Mas no son ya aquellas

Que tú amaste y te amaron, desdichada.

***

Cuando recuerdo del ancho bosque

El mar dorado

De hojas marchitas que en el otoño

Agita el viento con soplo blando,

Tan honda angustia nubla mi alma,

Turba mi pecho,

Que me pregunto:

—¿Por qué tan terca,

Tan fiel memoria, me ha dado el cielo?

***

Del antiguo camino á lo largo,

Ya un pinar, ya una fuente aparece,

Que brotando en la peña musgosa

Con estrépito al valle desciende.

Y brillando del sol á los rayos

Entre un mar de verdura se pierden,

Dividiéndose en limpios arroyos

Que dan vida á las flores silvestres

Y en el Sar se confunden, el río

Que cual niño que plácido duerme,

Reflejando el azul de los cielos,

Lento corre en la fronda á esconderse.

No lejos, en soto profundo de robles,

En donde el silencio sus alas extiende,

Y da abrigo á los genios propicios,

Á nuestras viviendas y asilos campestres,

Siempre allí, cuando evoco mis sombras,

Ó las llamo, respóndenme y vienen.

***

Ya duermen en su tumba las pasiones

El sueño de la nada;

¿Es, pues, locura del doliente espíritu,

Ó gusano que llevo en mis entrañas?

Yo sólo sé que es un placer que duele,

Que es un dolor que atormentando halaga,

Llama que de la vida se alimenta,

Mas sin la cual la vida se apagara.

***

Creyó que era eterno tu reino en el alma,

Y creyó tu esencia, esencia inmortal;

Mas, si sólo eres nube que rueda,

Ilusiones que vienen y van,

Rumores del onda que pasa y que muere

Y nace de nuevo y vuelve á rodar,

Todo es sueño y mentira en la tierra,

¡No existes, verdad!

***

Ya siente que te extingues en su seno,

Llama vital, que dabas

Luz á su espíritu, á su cuerpo fuerzas,

Juventud á su alma.

Ya tu calor no templará su sangre,

Por el invierno helada,

Ni harás latir su corazón, ya falto

De aliento y de esperanza.

Mudo, ciego, insensible,

Sin gozos ni tormentos,

Será cual astro que apagado y solo

Perdido va por la extensión del cielo.

***

No subas tan alto, pensamiento loco,

Que el que más alto sube más hondo cae,

Ni puede el alma gozar del cielo

Mientras que vive envuelta en la carne.

Por eso las grandes dichas de la tierra

Tienen siempre por término grandes catástrofes.

* * *

¡Jamás lo olvidaré!... De asombro llena

Al escucharlo, el alma refugióse

En sí misma y dudó...; pero al fin, cuando

La amarga realidad, desnuda y triste,

Ante ella se abrió paso, en luto envuelta,

Presenció silenciosa la catástrofe,

Cual contempló Jerusalén sus muros

Para siempre entre el polvo sepultados.

¡Profanación sin nombre! Dondequiera

Que el alma humana, inteligente, rinde

Culto á lo grande, á lo pasado culto,

Esas selvas agrestes, esos bosques

Seculares y hermosos, cuyo espeso

Ramaje abrigo y cariñosa sombra

Dieron á nuestros padres, fueron siempre

De predilecto amor, lugares santos

Que todos respetaron.

¡No! En los viejos

Robledales umbrosos, que hacen grata

La más yerma región, y de los siglos

Guardan grabada la imborrable huella

Que en ellos han dejado, ¡nunca!, ¡nunca!,

Con su acerado filo osada pudo

El hacha penetrar, ni con certero

Y rudo golpe derribar en tierra,

Cual en campo enemigo, el árbol fuerte

De larga historia y de nudosas ramas,

Que es orgullo del suelo que le cría

Con savia vigorosa, y monumento

Que en solo un día no levanta el hombre,

Pues es obra que Dios al tiempo encarga

Y á la madre inmortal naturaleza,

Artista incomparable.

Y sin embargo...,

¡Nada allí quedó en pie! Los arrogantes

Cedros de nuestro Líbano, los altos

Gigantescos castaños seculares,

Regalo de los ojos; los robustos

Y centenarios robles, cuyos troncos

De arrugas llenos, monstruos semejaban

De ceño adusto y de mirada torva,

Que hacen pensar en ignorados mundos;

Las encinas vetustas, bajo cuyas

Ramas vagaron en silencio tantos

Tercos, impenitentes soñadores...

¡Todo por tierra y asolado todo!

Ya ni abrigo, ni sombra, ni frescura;

Los pájaros huídos y espantados

Al ver deshecha su morada; el viento

Gimiendo desabrido, como gime

En las desiertas lomas, donde sólo

Áridos riscos á su paso encuentra;

Los narcisos y blancas margaritas

Que apiñadas brillaban entre el musgo

Cual brillan las estrellas en la altura;

Los lirios perfumados, las violetas,

Los _miósotis_, azules como el cielo

—Y que bordando la ribera undosa

Recordábanle al triste enamorado

Que de las aguas se sentaba al borde

Aquella dulce frase, ¡siempre inútil,

Mas repetida siempre!: «_No me olvides_»,

Todo marchito y sepultado todo

Sin compasión, bajo el terrible peso

De los ya inertes troncos. La corriente

Mansa del Sar, entre sus ondas plácidas

Arrastrando en silencio los despojos

Del sagrado recinto, y de la dura

Hacha los golpes resonando huecos,

Cual suelen resonar los del martillo

Al remachar de un ataúd los clavos...

Ya en el paraje agreste y escondido

Que tanto hemos amado; ya en el bello

Lugar en donde con afán las almas

Buscaban un refugio, y en alegres

Bandadas, al llegar la primavera

En unión de los pájaros, las gentes

De aire, de flores y de luz ansiosas

Iban á respirar vida y perfumes,

De sus galas más ricas despojado

Hoy se levanta el monasterio antiguo

Como triste esqueleto. Aquel tan grato

Silencio misterioso que envolvía

Los agrietados muros, á regiones

Más dichosas quizás huyó ligero

En busca de un asilo. Las campanas

De eco vibrante y musical resuenan

De una manera sorda en el vacío

Que sin piedad á su alrededor hicieron

Manos extrañas, y el rumor monótono

De la fuente en el claustro solitario

Parece sollozar por los jazmines,

Que, cual la nieve blancos, las cornisas

Musgosas adornaban, y parece

Triste llamar, por la aldeana hermosa

Que lavaba sus lienzos en el agua

Siempre brillante del pilón de piedra

Que el roce de sus manos ha gastado

Y hoy buscan de otra fuente la frescura.

¡Lo vieron y callaron... con silencio

Que causa asombro y que contrista el alma!...

Si allá donde entre rosas y claveles

Arrastra el Turia sus revueltas ondas,

Nuestras manos talasen los jardines

Que plantaron los suyos, y aman ellos,

Su labio, al rostro, de desprecio llenas

Una tras otra injuria nos lanzaran

—¡Bárbaros!—exclamando.

Y si dijésemos

Que rosas y claveles perfumados

No valdrán nunca, pese á su hermosura,

Lo que un campo de trigo, y allí en donde

Las flores compitieran con las bellas,

Arrastrando el arado, la amarilla

Mies con afán sembráramos

—Mezquinos

Aun más que torpes son—prorrumpirían

Los fieros hijos del jardín de España

Con rudo enojo levantando el grito.

Mas nosotros, si talan nuestros bosques

Que cuentan siglos... ¡quedan ya tan pocos!

Y ajena voluntad su imperio ejerce

En lo que es nuestro, cosas de la vida

Nos parecen quizás, vanas y fútiles

Que á nadie ofenden ni á ninguno importan

Si no es al que las hace, á soñadores

Que sólo entienden de llorar sin tregua

Por los vivos y muertos... y aun acaso

Por las hermosas selvas que sin duelo

Indiferente el leñador destruye.

—Pero qué...—alguno exclamará indignado

Al oir mis lamentos—, ¿por ventura

La inmensa torre del reloj se ha hundido

Y no hay ya quien señale nuestras horas

Soñolientas y tardas, como el eco

Bronco de su campana formidable;

Ó en mis haciendas penetrando acaso

Osado criminal, ha puesto fuego

Á las extensas eras? ¿Por qué gime

Así importuna esa mujer?—

Yo inclino

La frente al suelo y contristada exclamo

Con el Mártir del Gólgota... _Perdónales,_

_Señor, porque no saben lo que dicen_;

Mas ¡oh, Señor! Á consentir no vuelvas

Que de la helada indiferencia el soplo

Apague la protesta en nuestros labios,

Que es el silencio hermano de la muerte,

Y yo no quiero que mi patria muera,

Sino que como Lázaro, ¡Dios bueno!,

Resucite á la vida que ha perdido;

Y con voz alta que á la gloria llegue,

Le diga al mundo que Galicia existe

Tan llena de valor cual tú la has hecho,

Tan grande y tan feliz cuanto es hermosa.

* * *

I

Unos con la calumnia le mancharon;

Otros falsos amores le han mentido;

Y aunque dudo si algunos le han querido,

De cierto sé que todos le olvidaron.

Sólo sufrió, sin gloria ni esperanza,

Cuanto puede sufrir un ser viviente;

¿Por qué le preguntáis qué amores siente

Y no qué odios alientan su venganza?

II

Si para que se llene y se desborde

El inmenso caudal de los agravios

Quieren que nunca hasta sus labios llegue

Más que el duro y amargo

Pan, que el mendigo con dolor recoge

Y ablanda con su llanto,

Sucumbirá por fin, como sucumben

Los buenos y los bravos,

Cuando en batalla desigual les hiere

La mano del cobarde ó del tirano.

Y ellos entonces vivirán dichosos

Su victoria cantando,

Como el cárabo canta en su agujero

Y la rana en su charco.

Mas en tanto ellos cantan...—¡muchedumbre

Que nace y muere en los paternos campos

Siempre desconocida y siempre estéril!—

Triste la patria seguirá llorando,

Siempre oprimida y siempre

De la ruindad y la ignorancia pasto.

* * *

En su cárcel de espinos y rosas

Cantan y juegan mis pobres niños,

Hermosos seres, desde la cuna

Por la desgracia ya perseguidos.

En su cárcel se duermen soñando

Cuán bello es el mundo cruel que no vieron,

Cuán ancha la tierra, cuán hondos los mares,

Cuán grande el espacio, qué breve su huerto.

Y le envidian las alas al pájaro

Que traspone las cumbres y valles,

Y le dicen:—¿Qué has visto allá lejos,

Golondrina que cruzas los aires?—

Y despiertan soñando, y dormidos

Soñando se quedan,

Que ya son la nube flotante que pasa,

Ó ya son el ave ligera que vuela,

Tan lejos, tan lejos del nido, cual ellos

De su cárcel ir lejos quisieran.

—¡Todos parten!—exclaman—.¡Tan sólo,

Tan sólo nosotros nos quedamos siempre!

¿Por qué quedar, madre, por qué no llevarnos

Donde hay otro cielo, otro aire, otras gentes?—

Yo, en tanto, bañados en llanto mis ojos,

Los miro en silencio, pensando:—En la tierra,

¿Adónde llevaros, mis pobres cautivos,

Que no hayan de ataros las mismas cadenas?

Del hombre, enemigo del hombre, no puede

Libraros, mis ángeles, la egida materna.

* * *

Ya no mana la fuente, se agotó el manantial;

Ya el viajero allí nunca va su sed á apagar.

Ya no brota la hierba, ni florece el narciso,

Ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.

Sólo el cauce arenoso de la seca corriente

Le recuerda al sediento el horror de la muerte.

¡Mas no importa!; á lo lejos otro arroyo murmura

Donde humildes violetas el espacio perfuman.

Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas,

Tiende en torno del agua su fresquísima sombra.

El sediento viajero que el camino atraviesa,

Humedece los labios en la linfa serena

Del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea,

Y dichoso se olvida de la fuente ya seca.

***

Cenicientas las aguas, los desnudos

Árboles y los montes cenicientos;

Parda la bruma que los vela y pardas

Las nubes que atraviesan por el cielo,

Triste, en la tierra, el color gris domina,

¡El color de los viejos!

De cuando en cuando de la lluvia el sordo

Rumor suena, y el viento

Al pasar por el bosque

Silba ó finge lamentos

Tan extraños, tan hondos y dolientes,

Que parece que llaman por los muertos.

Seguido del mastín, que helado tiembla,

El labrador, cubierto

Con su capa de juncos cruza el monte;

El campo está desierto,

Y tan sólo en los charcos que negrean

Del ancho prado entre el verdor intenso

Posa el vuelo la blanca gaviota

Mientras graznan los cuervos.

Yo desde mi ventana,

Que azotan los airados elementos,

Regocijada y pensativa escucho

El discorde concierto

Simpático á mi alma...

¡Oh, mi amigo el invierno!

Mil y mil veces bien venido seas,

Mi sombrío y adusto compañero.

¿No eres acaso el precursor dichoso

Del tibio mayo y del abril risueño?

¡Ah!, si el invierno triste de la vida,

Como tú de las flores y los céfiros,

¡También precursor fuera de la hermosa

Y eterna primavera de mis sueños!...

* * *

I

Era la última noche,

La noche de las tristes despedidas,

Y apenas si una lágrima empañaba

Sus serenas pupilas.

Como el criado que deja

Al amo que le hostiga,

Arreglando su hatillo, murmuraba

Casi con la emoción de la alegría:

—¡Llorar! ¿Por qué? Fortuna es que podamos

Abandonar nuestras humildes tierras;

El duro pan que nos negó la patria,

Por más que los extraños nos maltraten,

No ha de faltarnos en la patria ajena.

Y los hijos contentos se sonríen,

Y la esposa, aunque triste, se consuela

Con la firme esperanza

De que el que parte ha de volver por ella.

Pensar que han de partir, ese es el sueño

Que da fuerza en su angustia á los que quedan;

Cuánto en ti pueden padecer ¡oh patria!

¡Si ya tus hijos sin dolor te dejan!

II

Como á impulsos de lenta

Enfermedad, hoy cien, y cien mañana,

De nuestra vida hasta perder la cuenta,

Racimo tras racimo se desgrana.

Palomas que la zorra y el milano

Á ahuyentar van, del palomar nativo

Parten con el afán del fugitivo,

Y parten quizás en vano;

Pues al posar el fatigado vuelo

Acaso en el confín de otra llanura,

Ven agostarse el fruto que madura,

Y el águila cerniéndose en el cielo.

¡VOLVED!

I

Bien sabe Dios que siempre me arrancan tristes lágrimas

Aquellos que nos dejan,

Pero aún más me lastiman y me llenan de luto

Los que á volver se niegan.

¡Partid, y Dios os guíe!... pobres desheredados,

Para quienes no hay sitio en la hostigada patria;

Partid llenos de aliento en pos de otro horizonte,

Pero... volved más tarde al viejo hogar que os llama.

Jamás del extranjero el pobre cuerpo inerte,

Como en la propia tierra en la ajena descansa.

II

Volved, que os aseguro

Que al pie de cada arroyo y cada fuente

De linfa transparente,

Donde se reflejó vuestro semblante,

Y en cada viejo muro

Que os prestó sombra cuando niños erais

Y jugabais inquietos,

Y que escuchó más tarde los secretos

Del que ya adolescente

Ó mozo enamorado,

En el soto, en el monte y en el prado,

Dondequiera que un día

Os guió el pie ligero...,

Yo os lo digo y os juro

Que hay genios misteriosos

Que os llaman tan sentidos y amorosos

Y con tan hondo y dolorido acento,

Que hacen más triste el suspirar del viento,

Cuando en las noches del invierno duro

De vuestro hogar que entristeció el ausente,

Discurren por los ámbitos medrosos,

Y en las eras sollozan silenciosos,

Y van del monte al río

Llenos de luto y siempre murmurando:

«¡Partieron!... ¿Hasta cuándo?

¡Qué soledad! ¿No volverán, Dios mío?»

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Tornó la golondrina al viejo nido

Y al ver los muros y el hogar desierto,

Preguntóle á la brisa:—¿Es que se han muerto?—

Y ella en silencio respondió:—¡Se han ido

Como el barco perdido

Que para siempre ha abandonado el puerto!

* * *

Camino blanco, viejo camino,

Desigual, pedregoso y estrecho,

Donde el eco apacible resuena

Del arroyo que pasa bullendo,

Y en donde detiene su vuelo inconstante,

Ó el paso ligero,

De la fruta que brota en las zarzas

Buscando el sabroso y agreste alimento,

El gorrión adusto,

Los niños hambrientos,

Las cabras monteses

Y el perro sin dueño...

Blanca senda, camino olvidado,

¡Bullicioso y alegre otro tiempo!

Del que solo y á pie de la vida

Va andando su larga jornada, más bello

Y agradable á los ojos pareces

Cuanto más solitario y más yermo.

Que al cruzar por la ruta espaciosa

Donde lucen sus trenes soberbios

Los dichosos del mundo, descalzo,

Sudoroso y de polvo cubierto,

¡Qué extrañeza y profundo desvío

Infunde en las almas el pobre viajero!

***

Aun parece que asoman tras del Miranda altivo

De mayo los albores, ¡y pasó ya septiembre!

Aun parece que torna la errante golondrina

Y en pos de otras regiones ya el raudo vuelo tiende.

Ayer flores y aromas, ayer canto de pájaros

Y mares de verdura y de doradas mieses;

Hoy nubes que sombrías hacia Occidente avanzan,

El brillo del relámpago y el eco del torrente.

Pasó, pasó el verano rápido, como pasa

Un venturoso sueño del amor en la fiebre,

Y ya secas las hojas en las ramas desnudas,

Tiemblan descoloridas esperando la muerte.

¡Ah!, cuando en esas noches tormentosas y largas

La luna brille á intervalos sobre la blanca nieve,

¡De cuántos, que dichosos ayer la contemplaron,

Alumbrarán la tumba sus rayos transparentes!

***

Cerrado capullo de pálidas tintas,

Modesta hermosura de frente graciosa,

¿Por quién has perdido la paz de tu alma?

¿Á quién regalaste la miel de tu boca?

Á quien te detesta quizás, y le causan

Enojo tus labios de cándido aroma,

Porque busca la rosa encendida

Que abre al sol de la tarde sus hojas.

***

En sus ojos rasgados y azules,

Donde brilla el candor de los ángeles,

Ver creía la sombra siniestra

De todos los males.

En sus anchas y negras pupilas,

Donde luz y tinieblas combaten,

Ver creía el sereno y hermoso

Resplandor de la dicha inefable.

Del amor espejismos traidores,

Risueños, fugaces...

Cuando vuestro fulgor sobrehumano

Se disipa... ¡Qué densas!... ¡Qué grandes

Son las sombras que envuelven las almas

Á quienes con vuestros reflejos cegasteis!

***

Fué cielo de su espíritu, fué sueño de sus sueños,

Y vida de su vida, y aliento de su aliento;

Y fué, desde que rota cayó la venda al suelo,

Algo que mata el alma y que envilece el cuerpo.

De la vida en la lucha perenne y fatigosa

Siempre el ansia incesante y el mismo anhelo siempre;

Que no ha de tener término sino cuando, cerrados,

Ya duerman nuestros ojos el sueño de la muerte.

***

—Te amo... ¿por qué me odias?

—Te odio... ¿por qué me amas?—

Secreto es éste el más triste

Y misterioso del alma.

Mas ello es verdad... ¡Verdad

Dura y atormentadora!

—Me odias, porque te amo;

Te amo, porque me odias.

***

Nada me importa, blanca ó negra mariposa,

Que dichas anunciándome ó malhadadas nuevas,

En torno de mi lámpara ó de mi frente en torno,

Os agitéis inquietas.

La venturosa copa del placer para siempre

Rota á mis pies está,

Y en la del dolor llena..., ¡llena hasta desbordarse!,

Ni penas ni amarguras pueden caber ya más.

***

Muda la luna y como siempre pálida

Mientras recorre la azulada esfera,

Seguida de su séquito

De nubes y de estrellas,

Rencorosa despierta en mi memoria

Yo no sé qué fantasmas y quimeras.

Y con sus dulces misteriosos rayos

Derrama en mis entrañas tanta hiel,

Que pienso con placer que ella, la _eterna_,

Ha de pasar también.

***

Nos dicen que se adoran la aurora y el crepúsculo,

Mas entre el sol que nace y el que triste declina,

Medió siempre el abismo que media entre la cuna

Y el sepulcro en la vida.

Pero llegará un tiempo quizás, cuando los siglos

No se cuenten y el mundo por siempre haya pasado,

En el que nunca tornen tras de la noche el alba

Ni se hunda entre las sombras del sol el tibio rayo.

Si de lo eterno entonces en el mar infinito

Todo aquello que ha sido ha de vivir más tarde,

Acaso alba y crepúsculo, si en lo inmenso se encuentran,

En uno se confundan para no separarse.

Para no separarse... ¡Ilusión bienhechora

De inmortal esperanza, cual las que el hombre inventa!

¿Mas quien sabe si en tanto hacia su fin caminan,

Como el hombre, los astros con ser eternos sueñan?

***

Una sombra tristísima, indefinible y vaga

Como lo incierto, siempre ante mis ojos va,

Tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye,

Corriendo sin cesar.

Ignoro su destino...; mas no sé por qué temo

Al ver su ansia mortal,

Que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.

LAS CANCIONES QUE OYÓ LA NIÑA

UNA

Tras de los limpios cristales

Se agitaba la blanca cortina,

Y adiviné que tu aliento

Perfumado la movía.

Sola estabas en tu alcoba

Y detrás de la tela blanquísima

Te ocultabas, ¡cruel!, á mis ojos...

Mas mis ojos te veían.

Con cerrojos cerraste la puerta,

Pero yo penetré en tu aposento,

Á través de las gruesas paredes,

Cual penetran los espectros;

Porque no hay para el alma cerrojos,

Ángel de mis pensamientos.

Codicioso admiré tu hermosura,

Y al sorprender los misterios

Que á mis ojos velabas..., ¡perdóname!,

Te estreché contra mi seno.

Mas... me ahogaba el aroma purísimo

Que exhalabas de tu pecho,

Y hube de soltar mi presa

Lleno de remordimiento.

—

Te seguiré adonde vayas,

Aunque te vayas muy lejos,

Y en vano echarás cerrojos

Para guardar tus secretos;

Porque no impedirá que mi espíritu

Pueda llegar hasta ellos.

Pero... ya no me temas, bien mío;

Que aunque sorprenda tu sueño,

Y aunque en tanto estés dormida

Á tu lado me tienda en tu lecho,

Contemplaré tu semblante,

Mas no tocaré tu cuerpo,

Pues lo impide el aroma purísimo

Que se exhala de tu seno.

Y como ahuyenta la aurora

Los vapores soñolientos

De la noche callada y sombría,

Así ahuyenta mis malos deseos.

OTRA

Hoy uno y otro mañana

Rodando, rodando el mundo,

Si cual te amé no amaste todavía,

Al fin ha de llegar el amor tuyo.

¡Y yo no quiero que llegue!...

Ni que ames nunca, cual te amé, á ninguno;

Antes que te abras de otro sol al rayo,

Véate yo secar, fresco capullo.

LA CANCIÓN

QUE OYÓ EN SUEÑOS EL VIEJO

Á la luz de esa aurora primaveral, tu pecho

Vuelve á agitarse ansioso de glorias y de amor,

¡Loco!... Corre á esconderte en el asilo obscuro

Donde ya no penetra la viva luz del sol.

Aquí tu sangre torna á circular activa,

Y tus pasiones tornan á rejuvenecer...

Huye hacia el antro en donde aguarda resignada,

Por la infalible muerte, la implacable vejez.

Sonrisa en labio enjuto, hiela y repele á un tiempo;

Flores sobre un cadáver, causan al alma espanto:

Ni flores, ni sonrisas, ni sol de primavera

Busques, cuando tu vida llegó triste á su ocaso.

* * *

I

Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo,

Tal como arrastra las arenas el huracán en el desierto.

Y cual halcón que cae herido en la laguna pestilente,

Cayó en el cieno de la vida, rotas las alas para siempre.

Mas aun sin alas cree ó sueña que cruza el aire, los espacios,

Y aun entre el lodo se ve limpio, cual de la nieve el copo blanco.

II

No maldigáis del que, ya ebrio, corre á beber con nuevo afán;

Su eterna sed es quien le lleva hacia la fuente abrasadora,

Cuanto más bebe, á beber más.

No murmuréis del que rendido ya bajo el peso de la vida

Quiere vivir y aun quiere amar;

La sed del beodo es insaciable, y la del alma lo es aún más.

III

Cuando todos los velos se han descorrido

Y ya no hay nada oculto para los ojos,

Ni ninguna hermosura nos causa antojos,

Ni recordar sabemos que hemos querido,

Aun en lo más profundo del pecho helado,

Como entre las cenizas la chispa ardiente,

Con sus puras sonrisas de adolescente,

Vive oculto el fantasma del bien soñado.

* * *

En el alma llevaba un pensamiento,

Una duda, un pesar,

Tan grandes como el ancho firmamento,

Tan hondos como el mar.

De su alma en lo más árido y profundo

Fresca brotó de súbito una rosa,

Como brota una fuente en el desierto,

Ó un lirio entre las grietas de una roca.

***

Cuando en las nubes hay tormenta

Suele también haberla en su pecho;

Mas nunca hay calma en él, aun cuando

La calma reine en tierra y cielo;

Porque es entonces cuando, torvos,

Cual nunca riñen sus pensamientos.

***

Desbórdanse los ríos si engrosan su corriente

Los múltiples arroyos que de los montes bajan,

Y cuando de las penas el caudal abundoso

Se aumenta con los males perennes y las ansias,

¿Cómo contener, cómo, en el labio la queja?

¿Cómo no desbordarse la cólera en el alma?

***

Busca y anhela el sosiego...

Mas... ¿quién le sosegará?

Con lo que sueña despierto

Dormido vuelve á soñar.

Que hoy, como ayer y mañana,

Cual hoy en su eterno afán,

De hallar el bien que ambiciona

—Cuando solo encuentra el mal—

Siempre á soñar condenado

Nunca puede sosegar.

***

¡Aturde la confusa gritería

Que se levanta entre la turba inmensa!

Ya no saben qué quieren ni qué piden;

Mas, embriagados de soberbia, buscan

Un ídolo ó una víctima á quien hieran.

Brutales son sus iras,

Y aún quizás más brutales sus amores;

No provoquéis al monstruo de cien brazos,

Como la ciega tempestad terrible,

Ya ardiente os ame ó fríamente os odie.

***

Cuando sopla el Norte duro

Y arde en el hogar el fuego,

Y ellos pasan por mi puerta

Flacos, desnudos y hambrientos,

El frío hiela mi espíritu,

Como debe helar su cuerpo,

Y mi corazón se queda,

Al verles ir sin consuelo,

Cual ellos, opreso y triste,

Desconsolado cual ellos.

Era niño y ya perdiera

La costumbre de llorar;

La miseria seca el alma

Y los ojos además:

Era niño y parecía

Por sus hechos viejo ya.

En las orillas del Sar · 第 2 / 5 段