NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía ha sido conservada como en el texto impreso y no ha
sido modernizada.
* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
del párrafo en que se las llama.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
OBRAS COMPLETAS
DE
ROSALÍA DE CASTRO
I
[Ilustración]
OBRAS COMPLETAS
DE
ROSALÍA DE CASTRO
I
EN LAS ORILLAS DEL SAR
PRÓLOGO DE
MANUEL MURGUÍA
[Ilustración]
MADRID
LIBRERÍA DE PUEYO
Mesonero Romanos, 10.
—
1909
ES PROPIEDAD
MADRID.—Imprenta de Perlado, Páez y C.ª, Quintana, 33.
ROSALÍA CASTRO
_Deus! con se joinel en lui bel_
_Cuers de lions et cuers d’aignel._
Cuando la vi encerrada en las cuatro tablas que á todos nos esperan,
exclamé: «¡Descansa al fin, pobre alma atormentada, tú que has sufrido
tanto en este mundo!»
Y esta exclamación salió tan de lo íntimo, respondió tanto á la emoción
del momento, que pudiera decir que fué instintiva. Era imposible otra
cosa. Nadie como yo sabía que jamás ojos algunos derramaron en sus días
de aflicción lágrimas más amargas que las suyas, ni otro corazón como
el suyo soportó en la tierra más duros golpes. El Cielo se apiadó de la
infortunada el día de su muerte.
Mas se dirá: ¿acaso no tuvo sus días de felicidad, sus rosadas auroras,
la paz y olvido que diariamente pedía á Dios en sus oraciones? Sí,
ciertamente. Sus hijos fueron para su corazón un supremo consuelo, aun
cuando la llenaba de terror la idea de que pudiese llegar un tiempo en
que tuviesen que sufrir como ella sufría. ¡Oh, esto no! Por lo demás,
ingenua y confiada, puestas sus esperanzas en manos de Dios, y confiada
en su infinita misericordia, nada la halagaba sino la paz de su casa.
La misma gloria no la importaba. Los vanos ruidos del mundo se apagaban
á sus puertas, no tan olvidadas como ella quería, ni tan ajenas al
tumulto de la vida que no la trajesen temores y sobresaltos, pues nada
la asustaba tanto como la posesión de una dicha inesperada. Le parecía
que forzosamente debía traer consigo una nueva tormenta.
Soportando ciertas indiferencias que en el alma me dolían, y para
ella no pasaban desapercibidas, pues tocaban en los límites de la
injusticia, muchas veces le dije que nadie en este mundo haría justicia
á su obra, sino yo. Ella me contestaba siempre: «Deja pasar todo;
no somos más que sombra de sombras. Dentro de poco, ni mi nombre
recordarán. Mas, esto, ¿qué importa á los que hemos traspasado
nuestros límites?» Y era lo cierto, porque á pesar del entusiasmo con
que se acogieron sus libros todos, una frialdad dolorosa la envolvía
de tal modo, que entre el triunfo alcanzado y la justicia que pedía
fuese como era debido, ponía un mundo de distancia. Porque al positivo
valor literario de su primer volumen de versos en lengua gallega,[1] se
unían otras condiciones, no diremos superiores, pero sí muy dignas de
tenerse en cuenta para juzgar su libro y la obra de regeneración con él
emprendida. Verdadera reveladora del alma de su país, apareció entonces
para la generalidad como una más; para muy pocos, como la única. Y
así, con una dolorosa facilidad, vinieron para el poeta las mansas
injusticias, acompañadas de las limitaciones y pérfidos ejemplos de los
que se les suponían iguales, cuando no superiores, con que una mala
voluntad trató á su hora de herirla con gran lanzada.
[1] Juzgando Canalejas el libro de Rosalía, _Cantares gallegos_,
en el artículo que publicó en 1864 en el diario _La Democracia_,
lo señaló, no tan sólo como una dichosa aparición, sino que se
alargó á juzgarlo como una renovación de la poesía en las fuentes
siempre vivas de la inspiración popular.
Por fortuna, semejantes contradicciones no la importaban. Le eran
indiferentes los triunfos, pues amaba la soledad y el olvido, y si algo
podía consolar aquella alma verdaderamente inconsolable, era pensar que
tal vez el Cielo le concediese un breve descanso, y aprovecharlo para
producir algo que honrase su país y lo hiciese amar á los extraños;
algo que dijese, con razón, que cuantos la tenían por la primera,
debían tenerla.
Aquel inmortal amigo, por mi desgracia también recién enterrado, é
inolvidable su memoria en mi corazón, Curros Enríquez, que con ella
compartió más tarde el triunfo y el dolor de los hostigados por la
suerte, amaba la obra de Rosalía Castro como la de un precursor y de
una hermana. Honrando su alma de poeta, la anteponía á la suya, cuando
en realidad eran dos seres gemelos que, heridos por una misma mano,
habían soportado igual carga. Mas ella había precedido á todos. Había
roto los hielos, recorrido victoriosamente la senda, y con armonioso
acento habilitado, la primera, la lengua materna para la expresión de
todos los sentimientos, lo mismo los populares que los que pertenecían
al alma del inspirado. Y si á esto se añade que, á la vez, había dotado
su obra de acentos tan apasionados y de una sinceridad tan grande, que
aun se espera quien haya de vencerla en la vehemencia y verdad de los
afectos, bien claro dijo que cuantos en su país había caído en suerte
el don de expresar sus ideas y sentimientos en versos armoniosos,
podrían llegar á ser sus iguales, nunca superiores, pues ella ha tocado
en los cielos sin mancha.
Lo que á los demás correspondía; lo que á su tierra y desgracias
legendarias que le afligen tocaba directamente, eso era lo que en
primer lugar le importaba. Quedaban para los que la amábamos aquellas
otras explosiones de amor y de intensa pena que la abrumaban, el
saber á qué grandes dolores se refería en sus versos. Los tiene que
son amargos gemidos, en cuyas entrañas se encerraba, si puede decirse
así, el dolor de los dolores que la abrumaban. Porque si hubo ser
sensible que al menor roce se sintiese herido; si hubo alguien que
en los momentos de desagracia se irguiese altivo como héroe que antes
de caer vencido intenta levantarse y luchar todavía, fué ella. En su
sangre circulaba, en sus carnes palpitaba algo de indómito y superior
que venía de su raza y que parecía decirle: «¡Muere, pero sé digna de
soportar la muerte!» Y en esto pudo haber también quien la igualase,
pero no quien le fuese superior. En las grandes familias se ven á cada
momento ejemplos de esta índole. Quien hablase á Rosalía, vería que era
la mujer más benévola y sencilla, porque en su trato toda era bondad,
piedad casi, para los defectos ajenos. Mas cuando la herían, ya como
á enemiga, ya como acosada por el infortunio, era tal su dignidad,
que pronto hacía sentir al que había inferido la herida todo el peso
de su enojo. Pero vanidad, pero ansia de brillar, pero empeño de
llenar este ó el otro cenáculo, pero deseo de aparecer como una mujer
superior, eso, jamás lo sintió. Todo lo contrario, nada le importaban
los triunfos alcanzados; nada el renombre que sobre ella pudiera
recaer. Hallábase contenta en la soledad de su casa, tranquila en sus
medianías, satisfecha viendo crecer sus hijos y siendo con ellos
dichosa.
***
¿Qué se podía esperar de una mujer delicada de salud, sensible, que
cada emoción la hería hondamente? Que siendo en ella tan sincera la
producción literaria, reflejase con toda intensidad el estado de
su alma. Así lo hizo. Poeta moderno, fruto del dolor de su tiempo,
cuyas carnes herían con largas y penosas vibraciones las penas que la
ahogaban y las que veía soportar, ni una sola de sus poesías dejó de
ser la viva expresión de la emoción que la embargaba. ¿Cómo extrañar
ni la gracia y verdad con que describe en sus versos en gallego las
costumbres populares del país,[2] ni las emociones que á la hora
propicia la conmovían, ni la misteriosa vaguedad de unos versos en
que dejó impresa para siempre la poderosa huella de su genio? En esto
consistió su triunfo. Los hijos de Galicia que, ya bajo los cielos
siempre serenos de Cuba, ya en las llanuras de la Argentina, leían á su
poeta—sí, á su poeta, pues si los hubo entre nosotros que fuese amado
con amor inextinguible, fué Rosalía—, los llevaban en su memoria y en
su corazón; con ellos llenaban los abismos de tristeza que les consumía
lejos de la tierra natal. En ellos veían reproducidas con entera
fidelidad las cosas de la patria por que suspiraban en su destierro.
Tan íntima compenetración del poeta con su pueblo fué lo que le dió el
nombre merecido de que gozó entre los suyos.
[2] Tanto entrañó en sus versos los sentimientos y las costumbres
de su pueblo, que entre las diversas composiciones vulgares que
recogí vinieron algunas de Rosalía aceptadas como propias por
la multitud campesina. En el estudio de Milá y Fontanals acerca
de la poesía popular gallega, la 129 y la 131 son de ella.
Entre las que publicó más tarde el Sr. Pérez Ballesteros en su
_Cancionero_, se hallan también otras como debidas á la musa del
pueblo. Lo mismo pasa con algunas que aparecen en la monumental
obra de Carolina Michaelis de Vasconcelhos, _Cancioneiro da
Ajuda_, como fruto de la inspiración popular, en especial la que
se transcribe como oída en Vigo, á la página 933 del tomo II,
que puede leerse en los _Cantares gallegos_, aun cuando el vulgo
modificó algunas estrofas.
***
Los antiguos bardos unían al don de la poesía el de la música. Nadie
dirá que Rosalía haya hecho otro tanto, mas yo afirmo que si hubiera
querido, le sería fácil. Era un temperamento por entero musical. De
haber tenido una educación á propósito, hubiera sido una tan gran
compositora como fué gran poeta. Á semejante condición debió sin duda
que, sin intención—y no como un motivo de simple técnica—, obedeciendo
tan sólo á la cadencia, que era en ella una facultad dominante, hubiese
sido la primera en España á romper con la métrica usual en su tiempo.
Causó su innovación tanta sorpresa, que su libro _En las orillas del
Sar_ fué, por de pronto, mirado, desde este punto de vista, como un
atrevimiento indisculpable, por unos; para los más, como un enigma.
Todos se detuvieron para juzgarlo, concluyendo por confesar que las
nuevas combinaciones de que hacía alarde, ni las admitía la costumbre,
ni las comprendía su oído. Sin embargo de ello, las dudas fueron de
un momento. Los que rechazaban la novedad y los que con ella asentían
callaron, pero pronto vinieron otros que, rompiendo también con lo
establecido, la siguieron en la innovación, y quedó ésta sancionada.
Aun cuando había en ello alguna gloria para quien había hecho tan
importante conquista, ni se advirtió el triunfo, ni gozó de él la
infortunada. Se necesitó que un joven escritor de nuestros días, dolido
de la injusticia, se adelantase á quejarse del hecho, proclamándola
como _precursora_ de la reforma por ella iniciada sencilla,
instintivamente, sin ánimo de constituir escuela, y sólo porque, como
tan gran música, le estaba permitido romper con los viejos moldes,
ensanchando los dominios de la métrica castellana. En pago, sin pararse
en más, la crítica de entonces le echó en cara, como una gran falta,
la de _adoptar metros inusitados y combinaciones nuevas_, en lo cual,
ciertamente, no había pecado alguno.
Por su mal, en esto como en todo necesitó que la muerte la tomase para
sí, empezando desde ese momento la forzosa reparación de los olvidos é
indiferencias con que algunas almas mezquinas trataron de envolverla
antes, después, á todas horas. Porque en cuanto á ver amada su obra
de consuelo por sus paisanos ausentes, en especial por los pobres
desterrados en América, de ese sí que gozó en toda su plenitud. Nada
pudo hacerlo menos. Á ellos debió en vida el cariño y entusiasmo con
que recibían sus obras; á ellos el único amparo que tuvo en sus días de
amargura; á ellos, casi, el monumento en que descansa. Fué triunfo que
ninguna mala voluntad pudo hacer menos—cuando trataron de sus versos
en gallego—, ni aun la de aquellos que se apresuraron á amenguarlo, no
hallando en los frutos de su inspiración más que asuntos secundarios de
escaso empeño y mérito relativo, porque, según ellos, cuanto toca á la
gente campesina era de por sí misma inferior, y el lenguaje en que se
expresaba el poeta, inferior también. Mas viéndola después escribir sus
versos en castellano, rompiendo victoriosamente los viejos moldes de la
métrica castellana, entonces se aprovecharon de la sorpresa que causó
la novedad, para herirla, haciendo menos la esencia que encerraban como
en vaso sellado.
***
Casi se negó á Lamartine el derecho á recordar á su madre y ensalzarla
con el amor y cariño que una madre merece. ¿Qué no se diría de un
marido que, hablando de su esposa, lo hiciese con el interés que
la realidad de los hechos y la pasión pondría en sus labios? No me
dejarían siquiera repetir las palabras de Daudet, refiriéndose á
su bien amada compañera: «¡Y es tan buena, tan sencilla, tan poco
literata!...» Y por cierto, que si á alguna otra escritora pudiera
aplicarse tan breve como envidiable triunfo, á ninguna con mayor
justicia que á Rosalía.
Confieso que sería para mí como cosa sagrada hablar con toda extensión
de quien en este mundo fué tan buena, tan modesta, y conmigo en
conformidad con la desgracia, que ni en sus mayores tribulaciones salió
de sus labios una queja, ni le faltó jamás el valor para arrostrar
las penas que le devoraban cuerpo y alma. Es más: si fuera preciso,
no temería atraer sobre mí los juicios contrarios, con tal que no la
hiriesen al mismo tiempo. Mas ella no merecía esta nueva prueba. Igual
á aquellas puras almas de mujer que en la soledad del claustro y en el
rigor de sus austeridades dejaron al mundo el perdurable ejemplo de su
santidad, dejó ella entre los suyos el de su valor para soportar las
amarguras, las injusticias que hicieron sangrar su corazón. ¿Cómo han
de ir las que se llamarían indiscreciones del marido á renovar las mal
cerradas llagas, cuando ya goza de la paz de la muerte?
Habrá, sin embargo, quien diga: «Cállese cuanto se refiere á la mujer
de su casa; á nosotros nos basta saber cuanto importa á la escritora.
Olvide cuanto á él toca, y háblenos de lo que desean saber los demás.»
En realidad así debiera hacerse, si las presentes líneas fuesen algo
más que un doloroso recuerdo. Después de los años que reposa en su
sepulcro, y borrado todo rastro, no es extraño que para juzgar su
obra se desee penetrar en lo oculto de su vida. Por fortuna, si son
desconocidos, si para todos están olvidados los hechos y hasta la
memoria de ellos, quien pretenda penetrar en lo íntimo de aquel vaso de
elección, si se permite decirlo así, puede leer sus versos. En ellos se
refleja su alma y el alma colectiva de su país. Transparentan las penas
que la afligieron y las amarguras soportadas con aquel estoicismo
que la hizo exclamar: «San Agustín dice que Dios no manda amar las
tribulaciones, sino sufrirlas; y esto es muy lógico», añadía en una de
sus cartas, escritas en momentos de prueba.
¡Y bien hondas é inacabables las sufrió la infortunada!
***
Después de todo, la vida de una mujer, por muy ilustre que sea, es
siempre bien sencilla. La de Rosalía, como la de cuantas se hallan en
su caso, se limita á dos fechas: la de su nacimiento y la de su muerte;
lo demás sólo importa á los suyos. Nació nuestra escritora en Santiago
de Galicia el 21 de febrero de 1837, y falleció en Iria (Padrón) el 15
de julio de 1885. ¡Breve existencia en verdad! La muerte la hirió en
la plenitud de la vida, cuando, libre al fin de los cuidados del para
ella dulcísimo yugo de la crianza de sus hijos, podía prometerse un
descanso. _Boa tea fia quen seus fillos cria_, dice el adagio gallego,
y en verdad que nadie podía decirlo como ella, pues todo su amor, todo
su cuidado, todos sus afanes, puso en la crianza de aquellos hijos de
su corazón, quienes no le dejaban momento libre para otra cosa. ¡Santo
ministerio, ocupación amorosísima!
En su indiferencia por los triunfos literarios, nada le importaba
que éstos se apagasen. Confiaba, sin embargo, en que no habiendo
dicho todavía todo de lo que se sentía capaz, aun podría aprovechar
el descanso y quietud que debían llenar sus horas, cuando en la
plenitud de sus facultades, dueña de sus «gloriosos empeños», le fuese
posible producir y legar á la posteridad los logrados frutos de su
genio. No lo quiso el Cielo. Al cerrar sus ojos para siempre, pudo
muy bien exclamar, pues estaba por entero en conformidad con ellas,
estas amargas palabras: «¡Oh desgraciada raza humana!: el reposo te
es desconocido y solamente gozas de él cuando devoras el polvo del
sepulcro. ¡Amargo, amargo es este reposo! ¡Duerme, difunto! ¡Llora tú,
el que sobrevives!»
***
En el eterno reposo, muchos de los suyos le habían precedido. En el
cementerio en que tuvo momentáneo asilo descansaban mezclados con
los que habían sido sus servidores. Nada los diferenciaba. Unidos,
igualados por la muerte, el señor y el campesino dormían el mismo sueño
en una misma tierra.
Desde las ventanas de su casa veía Rosalía el atrio y los olivos que
lo sombreaban, y dirigía diariamente hacia aquellas soledades sus
recuerdos y sus oraciones, bien ajena, por cierto, de que pronto
hallaría allí su sepultura. Poco tiempo antes, como quien une en un
santo amor la memoria y los afectos pasados, quiso que se cantase una
misa por todos ellos en aquella iglesia solitaria—ella también ejemplo
de lo pasajeras de las grandezas humanas—, y allá fué á oirla. Yo la vi
marchar rodeada de todos sus hijos, por la vía inundada de sol, de paz
y de la hermosura de que están llenos unos campos que amó como si le
hubiesen tocado en herencia. Al salir del templo besó una sepultura y
con ella cuantas en el atrio encerraban algo suyo, y entró después en
su casa contenta porque había orado por los que tenían en su corazón y
eran de su sangre, derecho á sus plegarias.
***
No muy lejos de aquellos lugares, para ella sagrados, al pie del
«altivo Miranda», se levanta la casa solariega de los de Castro, en
donde arraigó la noble estirpe de la cual procedía. Puede afirmarse que
allí nació Juan Rodríguez de Padrón, el primer poeta que tuvo Galicia
en el siglo XVI, así como ella lo fué en el XIX. Todavía se conserva
en el viejo palacio un arco ojivo que declara la antigüedad del solar
y el poder que desde aquella morada se ejerció en otros tiempos. Como
suyo le tuvo el glorioso autor de _El siervo libre de amor_, en cuyas
páginas se halla la primera, exacta, más cariñosa y más importante
de las descripciones de los campos que rodean la vieja Iria, á la
manera que _En las orillas del Sar_ se recuerdan y ensalzan en versos
inimitables.
Y era que en su sangre llevaba el amor á aquellos lugares y gentes que
los poblaban. Gracias á este sentimiento que dominaba todo su ser,
instintivamente asimilaba cuanto había en lo exterior y le interesaba
por modo excepcional. Así sorprendía y expresaba—con el poder de una
victoriosa sugestión—los misterios del alma campesina. ¿Quiénes habían
sido los que desde lo alto del viejo palacio de la Arreten habían
dominado sobre aquellos campos? Lo ignoraba. Sabía que era cosa suya y
los ponía á su lado. Ajena á todo género de vanidades, esto le bastaba.
Aun sin ello, cuanto la rodeaba venía á cada momento á hablarla de sus
horas felices y de lo que interesaba á su corazón. Recordándola las
dichas pasadas y las penas que la atormentaban, unía en su memoria los
gloriosos hechos de sus antepasados y el abismo de dolor en que había
caído. Y pues aquellas soledades y hombres que las hacían fértiles las
veía como cosa propia—en la conmiseración que la inspiraban—, vertía
toda su alma. En tan gran piedad envolvió á cuantos sufrían en su
tierra las inclemencias del cielo y las del infortunio.
Su obra fué por ello una obra de piedad y de renovación. Aplaudida,
amada, es en realidad una reivindicación de la tierra gallega. ¿Cómo
extrañar que su nombre fuera citado á cada momento con verdadero
cariño, cuando sus versos, impregnados de los sentimientos populares,
fueron aceptados por la musa campesina y sellados por la gente iletrada
con sello imborrable? Esta compenetración de su obra con el alma de
su gente fué desde el primer momento tan visible, que un poeta de
su tierra, de su barrio casi, pudo decir con verdad en la hermosa
composición que le dedicó:[3]
Todo el genio de su raza palpitaba en sus endechas;
Eran bellas... ¡y á las almas se prendieron como flechas!
Eran santas... ¡y Galicia de rodillas las oyó!
[3] Alejandro Miguens Parrado, en la hermosa poesía en elogio de
su paisana publicada en el _Almanaque Gallego_ de Buenos Aires
para el año de 1909.
***
Á pesar de ello, estaba escrito que las demostraciones de estimación
pública y las de los que más la distinguían no habían de llegar todas
á su conocimiento, ni á su hora, ni á su corazón. El mismo día de su
muerte se recibió en su casa _La Rassegna Nazionale_, notable revista
de Florencia, que contenía un breve, pero notable juicio de sus poesías
castellanas _En las orillas del Sar_, recientemente publicadas.
«Vorremmo, decía, che qualche gentil donna italiana ce ne regalase
una traduzione, per che solo una donna può degnamente intendere e
interpretare cosi pura ed eletta poesia.» Y esto cuando en España el
más benévolo de sus críticos, reflejando sinceramente la opinión de los
que se tenían por entendidos, consignaba en un artículo que se había
«encontrado en sus composiciones algo á que no se hallaba acostumbrado
su oído y las han acusado de falta de armonía».
Se necesitó que pasasen más de veinte años para que al fin se le
hiciese justicia y se la señalase como _La Precursora_ en un estudio
en que, abordando el tema de la modificación que sufrió en estos días
casi la antigua métrica castellana, que ella había iniciado, y para que
en el artículo en cuestión se añadiese que el volumen de sus versos
castellanos «es uno de los más singulares de nuestra poesía», es
decir, de la poesía española.
Sin duda no bastaban las contrariedades sufridas y hubo de soportarlas
mayores para su corazón. Las páginas que le hemos consagrado en nuestro
libro _Los Precursores_, no supo siquiera que se habían escrito.
Pensaba sorprenderla con ellas, y sólo sirvieron para decir el día de
su muerte lo que perdía Galicia al desaparecer para siempre aquella
alma verdaderamente superior. Hubiera sido dichosa leyéndolas, y no se
lo permitió su mala fortuna. Sería para ella un gran consuelo, y no lo
tuvo. Así todo en su vida.
***
Los meses que siguieron en aquel verano, tan lleno para mí de
esperanzas que se desvanecían y de temores á cada paso renovados,
fueron dolorosos para los suyos, que nos negábamos á creer lo que
estaba dispuesto. También lo fué para la infortunada, pues se
sentía morir. Aun cuando su postración decía á todos que pronto la
perderíamos, nos parecía imposible que llegase ese instante. En
ocasiones, hasta ella misma, cansada de sufrir, esperaba un milagro.
Habiéndose visto tantas veces al pie del sepulcro, esperaba una vez
más escapar al peligro; que el Cielo no podía herir tan cruelmente á
los que quería con toda su alma y cuya separación veía tan cerca. Aun
en esos momentos de angustia, aquella mujer heroica tenía valor para
ocultar sus padecimientos, abriendo su alma á la esperanza, más por
los suyos, que dejaba en el mayor desamparo, que por ella, pues harto
conocía que le faltaban pocos días.
Antes de caer para no levantarse más; antes de aceptar resignada el
doloroso calvario con que el Cielo quiso probarla, marchó á Carril con
los suyos. Quería ver el mar antes de morir: el mar que había sido
siempre, en la Naturaleza, su amor predilecto. Pero en aquellas orillas
que le recordaban otras horas felices, se sintió ya tan rendida, que
apenas podía dejar su aposento y sentarse á la tarde—antes que el sol
se hundiese por completo en las aguas—sobre las piedras del malecón,
aspirar los aires salobres y contemplar los ardientes cielos de estío
que iluminaban el Poniente. Un mundo de recuerdos la llenaban, y las
involuntarias tristezas, que como ráfagas doloridas pasaban ante sus
ojos, se templaban para ella viendo á sus hijas reemplazarla en el
mundo. Como se había casado joven, Dios le daba el consuelo de verlas
crecidas y ser como un rayo de su misma juventud.
El día que abandonó el puerto, esperando el carruaje que debía
conducirla á la estación, se impacientó porque tardaba en llegar.
Ocurriósenos que lo mejor era, aunque breve el trayecto, que fuese
por mar. Para ella constituyó tal contratiempo un descanso y una
distracción inesperada, aunque llena de los vagos temores que acosan á
los que tienen su fin ante la vista. Así y todo, el aire y los rumores
de la playa animaron su semblante y nunca me pareció más imposible
lo que esperábamos, cuando en pie, abierta la portezuela del vagón,
iluminando el sol su rostro animado por la fatiga, en medio de sus
hijas, joven todavía, sonriente siempre con los que la rodeaban, la
despedían y no habían de verla más, esperaba el momento de ponerse el
tren en marcha. Un dulce rayo de paz, un soplo de otros días felices
que yo conocía tanto, me dió por el momento, no la esperanza, la
seguridad de que no nos abandonaría tan pronto.
No así á las buenas almas que se despedían de ella y tenían una más
segura certeza del temido desenlace. Y tanto fué así, que no la
dejaron marchar sola, sino que quisieron acompañarla hasta su casa. En
su compañía fueron hasta que la dejaron en su soledad, en medio del
jardín cuidado por sus manos, y entregada al amor de los suyos. ¡Dios
bendiga á quienes tanto hicieron sin tener en cuenta que acompañaban
á una buena, á una santa amiga! No sabían siquiera cuán nobles, cuán
gloriosas facultades se extinguirían al morir aquélla, en quien puede
decirse que estuvieron representadas todas las grandes cualidades de la
mujer gallega.
***
Decir ahora cuán amargas fueron las horas de su agonía; hablar de lo
que bajo aquel techo de angustias se sufrió por la que soportaba el
dolor y por los que la amaban y veían soportarlo, es ya imposible.
No se levanta el velo que cae sobre un sepulcro amado sin sentir que
se remuevan en el corazón las inquietudes y las emociones que las
contrariedades tienden en tales momentos sobre cuanto nos rodea...
MANUEL MURGUÍA.
* * *
Aunque no alcancen gloria,
Pensé escribiendo libro tan pequeño,
Son fáciles y breves mis canciones,
Y acaso alcancen mi anhelado sueño.
Pues bien puede guardarlas la memoria
Tal como pese al tiempo y la distancia
Y al fuego asolador de las pasiones
Sabe guardar, las que aprendió en la infancia,
Cortas, pero fervientes oraciones.
Por eso son, aunque no alcancen gloria,
Tan fáciles y breves mis canciones.
ORILLAS DEL SAR
I
Á través del follaje perenne
Que oir deja rumores extraños,
Y entre un mar de ondulante verdura,
Amorosa mansión de los pájaros,
Desde mis ventanas veo
El templo que quise tanto.
El templo que tanto quise...
Pues no sé decir ya si le quiero,
Que en el rudo vaivén que sin tregua
Se agitan mis pensamientos,
Dudo si el rencor adusto
Vive unido al amor en mi pecho.
II
¡Otra vez! Tras la lucha que rinde
Y la incertidumbre amarga
Del viajero que errante no sabe
Dónde dormirá mañana,
En sus lares primitivos
Halla un breve descanso mi alma.
Algo tiene este blando reposo
De sombrío y de halagüeño,
Cual lo tiene en la noche callada
De un ser amado el recuerdo,
Que de negras traiciones y dichas
Inmensas, nos habla á un tiempo.
Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
Y afligido mi espíritu, apenas
De su cárcel estrecha y sombría
Osa dejar las tinieblas
Para bañarse en las ondas
De luz que el espacio llenan.
Cual si en suelo extranjero me hallase
Tímida y hosca, contemplo
Desde lejos los bosques y alturas
Y los floridos senderos,
Donde en cada rincón me aguardaba
La esperanza sonriendo.
III
Oigo el toque sonoro que entonces
Á mi lecho á llamarme venía
Con sus ecos, que el alba anunciaban;
Mientras cual dulce caricia
Un rayo de sol dorado
Alumbraba mi estancia tranquila.
Puro el aire, la luz sonrosada,
¡Qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso
Visiones con alas de oro
Que llevaban la venda celeste
De la fe sobre sus ojos...
Ese sol es el mismo, mas ellas
No acuden á mi conjuro;
Y á través del espacio y las nubes,
Y del agua en los limbos confusos,
Y del aire en la azul transparencia,
¡Ay!, ya en vano las llamo y las busco.
Blanca y desierta la vía
Entre los frondosos setos
Y los bosques y arroyos que bordan
Sus orillas, con grato misterio
Atraerme parece y brindarme
Á que siga su línea sin término.
Bajemos, pues, que el camino
Antiguo nos saldrá al paso,
Aunque triste, escabroso y desierto,
Y cual nosotros cambiado,
Lleno aún de las blancas fantasmas
Que en otro tiempo adoramos.
IV
Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
Caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
Siempre serena y pura;
Y con mirada incierta, busco por la llanura
No sé qué sombra vana ó qué esperanza muerta,
No sé qué flor tardía de virginal frescura
Que no crece en la vía arenosa y desierta.
De la obscura _Trabanca_ tras la espesa arboleda,
Gallardamente arranca al pie de la vereda
_La Torre_ y sus contornos cubiertos de follaje,
Prestando á la mirada descanso en su ramaje
Cuando de la ancha vega, por vivo sol bañada,
Que las pupilas ciega,
Atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.
Como un eco perdido, como un amigo acento
Que suena cariñoso,
El familiar chirrido del carro perezoso
Corre en alas del viento, y llega hasta mi oído
Cual en aquellos días hermosos y brillantes
En que las ansias mías eran quejas amantes,
Eran dorados sueños y santas alegrías.
Ruge la _Presa_ lejos..., y de las aves nido
_Fondons_ cerca descansa;
La cándida abubilla bebe en el agua mansa,
Donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
Beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
Las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
Donde de los vencejos que vuelan en la altura
La sombra se refleja,
Y en cuya linfa pura, blanco el nenúfar brilla
Por entre la verdura de la frondosa orilla.
V
¡Cuán hermosa es tu vega! ¡Oh Padrón! ¡Oh Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
Que extraje de tu seno,
Como el sediento niño el dulce jugo extrae
Del pecho blanco y lleno,
De mi existencia obscura en el torrente amargo
Pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,
Una visión de armiño, una ilusión querida,
Un suspiro de amor.
De tus suaves rumores la acorde consonancia,
Ya para el alma yerta, tornóse bronca y dura
Á impulsos del dolor;
Secáronse tus flores de virginal fragancia,
Perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
El alba su candor.
La nieve de los años, de la tristeza el hielo
Constante, al alma niegan toda ilusión amada,
Todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores
Y de la duda el frío,
Avivan los dolores que siente el pecho mío;
Y ahondando mi herida,
Me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
Eternas de la vida.
VI
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
Del Sar cabe la orilla,
Al acabarme, siento la sed devoradora
Y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
Y el hambre de justicia, que abate y que anonada
Cuando nuestros clamores los arrebata el viento
De tempestad airada.
Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
Tras del _Miranda_ altivo,
Valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
En vano llega mayo de sol y aromas lleno,
Con su frente de niño de rosas coronada,
Y con su luz serena:
En mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
Mezcla de gloria y pena,
Mi sien por la corona del mártir agobiada
Y para siempre frío y agotado mi seno.
VII
Ya que de la esperanza para la vida mía
Triste y descolorido ha llegado el ocaso,
Á mi morada obscura, desmantelada y fría
Tornemos paso á paso,
Porque con su alegría no aumente mi amargura
La blanca luz del día.
Contenta el negro nido busca el ave agorera,
Bien reposa la fiera en el antro escondido,
En su sepulcro el muerto, el triste en el olvido,
Y mi alma en su desierto.
* * *
Los unos altísimos,
Los otros menores,
Con su eterno verdor y frescura,
Que inspira á las almas
Agrestes canciones,
Mientras gime al rozar con las aguas
La brisa marina, de aromas salobres,
Van en ondas subiendo hacia el cielo
Los pinos del monte.
De la altura la bruma desciende
Y envuelve las copas
Perfumadas, sonoras y altivas
De aquellos gigantes
Que el _Castro_ coronan;
Brilla en tanto á sus pies el arroyo
Que alumbra risueña
La luz de la aurora,
Y los cuervos sacuden sus alas,
Lanzando graznidos
Y huyendo la sombra.
El viajero, rendido y cansado,
Que ve del camino la línea escabrosa
Que aún le resta que andar, anhelara,
Deteniéndose al pie de la loma,
De repente quedar convertido
En pájaro ó fuente,
En árbol ó en roca.
***
Era apacible el día
Y templado el ambiente,
Y llovía, llovía,
Callada y mansamente;
Y mientras silenciosa
Lloraba yo y gemía,
Mi niño, tierna rosa,
Durmiendo se moría.
Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!
Tierra sobre el cadáver insepulto
Antes que empiece á corromperse..., ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
Bien pronto en los terrones removidos
Verde y pujante crecerá la hierba.
¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
Torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!...
Jamás el que descansa en el sepulcro
Ha de tornar á amaros ni á ofenderos.
¡Jamás! ¿Es verdad que todo
Para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.
Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
Te espera aún con amoroso afán,
Y vendrás ó iré yo, bien de mi vida,
Allí donde nos hemos de encontrar.
Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
Que no morirá jamás,
Y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
Á desunir ya nunca volverá.
En el cielo, en la tierra, en lo insondable
Yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.
—Mas... es verdad—ha partido,
Para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
De un día en este mundo terrenal,
En donde nace, vive y al fin muere,
Cual todo nace, vive y muere acá.
***
Una luciérnaga entre el musgo brilla
Y un astro en las alturas centellea,
Abismo arriba, y en el fondo abismo;
¿Qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
En vano el pensamiento
Indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia!
Siempre al llegar al término, ignoramos
Qué es al fin lo que acaba y lo que queda.
Arrodillada ante la tosca imagen,
Mi espíritu, abismado en lo infinito,
Impía acaso, interrogando al cielo
Y al infierno á la vez, tiemblo y vacilo.
¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
Con sus ecos responde á mis gemidos
Desde la altura, y sin esfuerzo el llanto
Baña ardiente mi rostro enflaquecido.
¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo
Lo puedes ver y comprender, Dios mío!
¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces,
Piadoso y compasivo
Vuelve á mis ojos la celeste venda
De la fe bienhechora que he perdido,
Y no consientas, no, que cruce errante
Huérfana y sin arrimo,
Acá abajo los yermos de la vida,
Más allá las llanadas del vacío.
Sigue tocando á muerto—y siempre mudo
É impasible el divino
Rostro del Redentor, deja que envuelto
En sombras quede el humillado espíritu.
Silencio siempre; únicamente el órgano
Con sus acentos místicos
Resuena allá de la desierta nave
Bajo el arco sombrío.
Todo acabó quizás, menos mi pena,
Puñal de doble filo;
Todo, menos la duda que nos lanza
De un abismo de horror en otro abismo.
Desierto el mundo, despoblado el cielo,
Enferma el alma y en el polvo hundido
El sacro altar en donde
Se exhalaron fervientes mis suspiros,
En mil pedazos roto
Mi Dios, cayó al abismo,
Y al buscarle anhelante, sólo encuentro
La soledad inmensa del vacío.
De improviso los ángeles
Desde sus altos nichos
De mármol, me miraron tristemente
Y una voz dulce resonó en mi oído:
«Pobre alma, espera y llora
Á los pies del Altísimo;
Mas no olvides que al cielo
Nunca ha llegado el insolente grito
De un corazón que de la vil materia
Y del barro de Adán formó sus ídolos.»
***
Adivínase el dulce y perfumado
Calor primaveral;
Los gérmenes se agitan en la tierra
Con inquietud en su amoroso afán,
Y cruzan por los aires, silenciosos,
Átomos que se besan al pasar.
Hierve la sangre juvenil; se exalta
Lleno de aliento el corazón, y audaz
El loco pensamiento sueña y cree
Que el hombre es, cual los dioses, inmortal.
No importa que los sueños sean mentira,
Ya que al cabo es verdad
Que es venturoso el que soñando muere,
Infeliz el que vive sin soñar.
¡Pero qué aprisa en este mundo triste
Todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!...
La que ayer fué capullo, es rosa ya,
Y pronto agostará rosas y plantas
El calor estival.
***
Candente está la atmósfera;
Explora el zorro la desierta vía;
Insalubre se torna
Del limpio arroyo el agua cristalina,
Y el pino aguarda inmóvil
Los besos inconstantes de la brisa.
Imponente silencio
Agobia la campiña;
Sólo el zumbido del insecto se oye
En las extensas y húmedas umbrías;
Monótono y constante
Como el sordo estertor de la agonía.
Bien pudiera llamarse, en el estío,
La hora del mediodía,
Noche en que al hombre de luchar cansado
Más que nunca le irritan,
De la materia la imponente fuerza
Y del alma las ansias infinitas.
Volved, ¡oh noches del invierno frío,
Nuestras viejas amantes de otros días!
Tornad con vuestros hielos y crudezas
Á refrescar la sangre enardecida
Por el estío insoportable y triste...
¡Triste!... ¡Lleno de pámpanos y espigas!
Frío y calor, otoño ó primavera,
¿Dónde..., dónde se encuentra la alegría?
Hermosas son las estaciones todas
Para el mortal que en sí guarda la dicha;
Mas para el alma desolada y huérfana,
No hay estación risueña ni propicia.
***
Un manso río, una vereda estrecha,
Un campo solitario y un pinar,
Y el viejo puente rústico y sencillo
Completando tan grata soledad.
¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
Basta á veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
El puente, el río y el pinar desiertos.
No son nube ni flor los que enamoran;
Eres tú, corazón, triste ó dichoso,
Ya del dolor y del placer el árbitro,
Quien seca el mar y hace habitable el polo.
***
—Detente un punto, pensamiento inquieto;
La victoria te espera,
El amor y la gloria te sonríen.
¿Nada de esto te halaga ni encadena?
—Dejadme solo y olvidado y libre;
Quiero errante vagar en las tinieblas;
Mi ilusión más querida
Sólo allí dulce y sin rubor me besa.
***
Moría el sol, y las marchitas hojas
De los robles, á impulso de la brisa,
En silenciosos y revueltos giros
Sobre el fango caían:
Ellas, que tan hermosas y tan puras
En el abril vinieran á la vida.
Ya era el otoño caprichoso y bello:
¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!
Pues en la tumba de las muertas hojas
Vieron sólo esperanzas y sonrisas.
Extinguióse la luz: llegó la noche
Como la muerte y el dolor, sombría;
Estalló el trueno, el río desbordóse
Arrastrando en sus aguas á las víctimas;
Y murieron dichosas y contentas...
¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!
***
Del rumor cadencioso de la onda
Y el viento que muge;
Del incierto reflejo que alumbra
La selva ó la nube;
Del piar de alguna ave de paso;
Del agreste ignorado perfume
Que el céfiro roba
Al valle ó á la cumbre,
Mundos hay donde encuentran asilo
Las almas que al peso
Del mundo sucumben.
MARGARITA
I
¡Silencio, los lebreles
De la jauría maldita!
No despertéis á la implacable fiera
Que duerme silenciosa en su guarida.
¿No veis que de sus garras
Penden gloria y honor, reposo y dicha?
Prosiguieron aullando los lebreles...
—¡Los malos pensamientos homicidas!—
Y despertaron la temible fiera...
—¡La pasión que en el alma se adormía!—
Y ¡adiós!, en un momento,
¡Adiós gloria y honor, reposo y dicha!
II
Duerme el anciano padre, mientras ella
Á la luz de la lámpara nocturna
Contempla el noble y varonil semblante
Que un pesado sueño abruma.
Bajo aquella triste frente
Que los pesares anublan,
Deben ir y venir torvas visiones,
Negras hijas de la duda.
Ella tiembla..., vacila y se estremece...
¿De miedo acaso, ó de dolor y angustia?
Con expresión de lástima infinita,
No sé qué rezos murmura.
Plegaria acaso santa, acaso impía,
Trémulo el labio á su pesar pronuncia,
Mientras dentro del alma la conciencia
Contra las pasiones lucha.
¡Batalla ruda y terrible
Librada ante la víctima, que muda
Duerme el sueño intranquilo de los tristes
Á quien ha vuelto el rostro la fortuna!
Y él sigue en reposo, y ella,
Que abandona la estancia, entre las brumas
De la noche se pierde, y torna al alba,
Ajado el velo..., en su mirar la angustia.
Carne, tentación, demonio,
¡Oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?
¡Silencio!... El día soñoliento asoma
Por las lejanas alturas,
Y el anciano despierto, ella risueña,
Ambos su pena ocultan,
Y fingen entregarse indiferentes
Á las faenas de su vida obscura.
III
La culpada calló, mas habló el crimen...
Murió el anciano, y ella, la insensata,
Siguió quemando incienso en su locura,
De la torpeza ante las negras aras,
Hasta rodar en el profundo abismo
Fiel á su mal, de su dolor esclava.
¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo
Hacer traición á su virtud sin mancha,
Malgastar las riquezas de su espíritu,
Vender su cuerpo, condenar su alma?
Es que en medio del vaso corrompido
Donde su sed ardiente se apagaba,
De un amor inmortal, los leves átomos
Sin mancharse, en la atmósfera flotaban.
* * *
Sedientas las arenas, en la playa
Sienten del sol los besos abrasados,
Y no lejos, las ondas siempre frescas,
Ruedan pausadamente murmurando.
Pobres arenas, de mi suerte imagen;
No sé lo que me pasa al contemplaros,
Pues como yo sufrís, secas y mudas,
El suplicio sin término de Tántalo.
Pero ¿quién sabe?... Acaso luzca un día
En que, salvando misteriosos límites,
Avance el mar y hasta vosotras llegue
Á apagar vuestra sed inextinguible.
¡Y quién sabe también si tras de tantos
Siglos de ansias y anhelos imposibles
Saciará al fin su sed el alma ardiente
Donde beben su amor los serafines!
LOS TRISTES
I
De la torpe ignorancia que confunde
Lo mezquino y lo inmenso;
De la dura injusticia del más alto,
De la saña mortal de los pequeños,
No es posible que huyáis cuando os conocen
Y os buscan, como busca el zorro hambriento
Á la indefensa tórtola en los campos;
Y al querer esconderos
De sus cobardes iras, ya en el monte,
En la ciudad ó en el retiro estrecho,
_¡Ahí va!_, exclaman. _¡Ahí va!_, y allí os insultan
Y señalan con íntimo contento,
Cual la mano implacable y vengativa
Señala al triste y fugitivo reo.
II
Cayó por fin en la espumosa y turbia
Recia corriente, y descendió al abismo
Para no subir más á la serena
Y tersa superficie. En lo más íntimo
Del noble corazón ya lastimado
Resonó el golpe doloroso y frío
Que ahogando la esperanza
Hace abatir las ánimos altivos;
Y plegando las alas torvo y mudo,
En densa niebla se envolvió su espíritu.
III
Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
¿Qué entendéis de sus ansias malogradas?
Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
¿Qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
Son como niebla que disipa el alba,
¡Qué sabéis del que lleva de los suyos
La eterna pesadumbre sobre el alma!
IV
Cuando en la planta con afán cuidada
La fresca yema de un capullo asoma,
Lentamente arrastrándose entre el césped,
Le asalta el caracol y la devora.
Cuando de un alma atea,
En la profunda obscuridad medrosa
Brilla un rayo de fe, viene la duda
Y sobre él tiende su gigante sombra.
V
En cada fresco brote, en cada rosa erguida,
Cien gotas de rocío brillan al sol que nace;
Mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes
Al fecundar la tierra con su preciosa sangre.
Henchido está el ambiente de agradables aromas,
Las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;
Mas él siente que rugen con sordo clamoreo
De sofocados gritos y de amenazas mudas.
¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante
Hasta las más recónditas profundidades llega;
Mas sus hermosos rayos
Jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.
De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?
Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,
Ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,
Ó ya del desengaño á la menguada sombra.
¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,
Los pájaros, las flores y los frutos que siembra!
Para el desherado, sólo hay bajo los cielos
Esa quietud sombría que infunde la tristeza.
VI
Cada vez huye más de los vivos,
Cada vez habla más con los muertos,
Y es que cuando nos rinde el cansancio,
Propicio á la paz y al sueño,
El cuerpo tiende al reposo,
El alma tiende á lo eterno.
VII
Así como el lobo desciende á poblado,
Si acaso en la sierra se ve perseguido,
Huyendo del hombre que acosa á los tristes,
Buscó entre las fieras el triste un asilo.
El sol calentaba su lóbrega cueva,
Piadosa velaba su sueño la luna,
El árbol salvaje le daba sus frutos,
La fuente sus aguas de grata frescura.
Bien pronto los rayos del sol se nublaron,
La luna entre brumas veló su semblante;
Secóse la fuente y el árbol nególe,
Al par que su sombra, sus frutos salvajes.
Dejando la sierra buscó en la llanura
De otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;
Y á un río profundo de nombre ignorado,
Pidióle aguas puras su labio sediento.
¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,
La sed que atormenta y el hambre que mata,
¡Ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,
Le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.
Y en tanto el olvido, la duda y la muerte
Agrandan las sombras que en torno le cercan,
Allá en lontananza la luz de la vida,
Hiriendo sus ojos feliz centellea.
Dichosos mortales á quien la fortuna
Fué siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!
Si veis tantos seres que corren buscando
Las negras corrientes del hondo Leteo.
LOS ROBLES
I
Allá en tiempos que fueron, y el alma
Han llenado de santos recuerdos,
De mi tierra, en los campos hermosos,
La riqueza del pobre era el fuego;
Que al brillar, de la choza en el fondo,
Calentaba los rígidos miembros
Por el frío y el hambre ateridos,
Del niño y del viejo.
De la hoguera sentados en torno,
En sus brazos la madre arrullaba
Al infante robusto;
Daba vuelta, afanosa la anciana
En sus dedos nudosos, al huso,
Y al alegre fulgor de la llama,
Ya la joven la harina cernía,
Ó ya desgranaba
Con su mano callosa y pequeña,
Del maíz las mazorcas doradas.
Y al amor del hogar calentándose
En invierno, la pobre familia
Campesina, olvidaba la dura
Condición de su suerte enemiga;
Y el anciano y el niño, contentos
En su lecho de paja dormían,
Como duerme el polluelo en su nido
Cuando el ala materna le abriga.
II
Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto
En tierra cayeron
Encinas y robles!
Y á los rayos del alba risueña,
¡Qué calva aparece
La cima del monte!
Los que ayer fueron bosques y selvas
De agreste espesura,
Donde envueltas en dulce misterio
Al rayar el día
Flotaban las brumas,
Y brotaba la fuente serena
Entre flores y musgos oculta,
Hoy son áridas lomas que ostentan
Deformes y negras
Sus hondas cisuras.
Ya no entonan en ellas los pájaros
Sus canciones de amor, ni se juntan
Cuando mayo alborea en la fronda
Que quedó de sus robles desnuda.
Sólo el viento al pasar trae el eco,
Del cuervo que grazna,
Del lobo que aúlla.
III
Una mancha sombría y extensa
Borda á trechos del monte la falda,
Semejante á legión aguerrida
Que acampase en la abrupta montaña
Lanzando alaridos
De sorda amenaza.
Son pinares que al suelo desnudo
De su antiguo ropaje le prestan
Con el suyo el adorno salvaje
Que resiste del tiempo á la afrenta
Y corona de eterna verdura
Las ásperas breñas.
Árbol duro y altivo, que gustas
De escuchar el rumor del Océano
Y gemir con la brisa marina
De la playa en el blanco desierto,
¡Yo te amo!, y mi vista reposa
Con placer en los tibios reflejos
Que tu copa gallarda iluminan
Cuando audaz se destaca en el cielo,
Despidiendo la luz que agoniza,
Saludando la estrella del véspero.
Pero tú, sacra encina del celta,
Y tú, roble de ramas añosas,
Sois más bellos con vuestro follaje
Que si mayo las cumbres festona
Salpicadas de fresco rocío
Donde quiebra sus rayos la aurora,
Y convierte los sotos profundos
En mansión de gloria.
Más tarde, en otoño,
Cuando caen marchitas tus hojas,
¡Oh roble!, y con ellas
Generoso los musgos alfombras,
¡Qué hermoso está el campo!
La selva, ¡qué hermosa!
Al recuerdo de aquellos rumores
Que al morir el día
Se levantan del bosque en la hondura
Cuando pasa gimiendo la brisa
Y remueve con húmedo soplo
Tus hojas marchitas,
Mientras corre engrosado el arroyo
En su cauce de frescas orillas,
Estremécese el alma pensando
Dónde duermen las glorias queridas
De este pueblo sufrido, que espera
Silencioso en su lecho de espinas
Que suene su hora
Y llegue aquel día
En que venza con mano segura,
Del mal que le oprime,
La fuerza homicida.
IV