D. Pelayo, riendo como vil bufón, exclamó:

--¿Se enfada también porque chilla la de Cifuentes?... ¡Qué guapa

es! Mimos y suspiritos por todo el camino... Nos traía locos... Será

preciso taparle la boquirrita con un pañuelo... Araceli, que pase usted

buena noche. Adiós.

Todo esto se ofreció a mis sentidos como las imágenes de un delirio.

«¿Estoy despierto?», me preguntaba. Mi cuerpo se blandía entre las

lazadas de la cuerda con que aquellos bárbaros le habían sujetado, y no

me quedaba libre más que la voz para echar por su conducto, en forma

de improperios horribles, toda mi alma. Cuando, pasado algún tiempo,

quedó en silencio la venta y alejáronse los que poco antes entraran en

ella, yo había sufrido una transformación horrorosa. Me había vuelto

imbécil. Surgían en mi pensamiento las ideas con un aspecto entre

risible y monstruoso, y dominado por un pueril terror no podía expresar

cosa alguna sin reír, sin desbordarme en una hilaridad atrabiliaria que

desgarraba mi pecho, envolviendo en sombras tristísimas mi alma.

A pesar de mi singular situación de espíritu, entendía perfectamente lo

que a mi lado hablaban.

--Este fue el que escapó de la casa de Ayuntamiento en Rebollar de

Sigüenza --dijo uno--. Bravo mozo.

--Y el que dirigió la matanza de nuestros compañeros en la batalla de

Algora --afirmó otro--. No se asesina a los franceses impunemente. Es

preciso quitaros de en medio.

Un comandante subió, y estuvo examinándome largo tiempo.

--Parece que se finge demente este joven para evitar el castigo.

Desatadle y veremos.

Hicieron lo que se les mandaba.

--Si os pusiera en libertad --me preguntó el comandante--, ¿qué haríais?

--¡Matar! --repuse con siniestra calma.

--¿Es cierto que os escapasteis de la prisión en Rebollar?

--Sí.

--¿Y asesinasteis a los tiradores que llevaban un parte mío al general

Gui?

--Yo quería un caballo --respondí.

--Contestad a lo que os pregunto --dijo con enfado--, y no os hagáis el

tonto. Puedo mandaros fusilar al momento.

--Es lo que deseo --repuse, sintiéndome otra vez invadido por la risa.

--Si pensáis salvaros así, es peor. Estoy inclinado a la benevolencia,

porque ha intercedido hace poco por vos una persona a quien estimo, un

español del orden civil, que sirve lealmente al Rey José.

La imagen de Santorcaz pasó sangrienta y terrible por delante de mis

ojos.

--No le hagáis caso --dije--. Es un borracho, como vos y como vuestro

Rey José.

Dije esto, no como quien habla, sino como quien escupe. Con tales

palabras pronuncié mi sentencia. Pero había llegado a una situación

física y moral tan deplorable, que la muerte era para mí un accidente

sin importancia. Me sentía enfermo otra vez, mortificado por acerbos

dolores; y además, la idea de que Dios me había abandonado en mi

noble empresa decretando el triunfo del crimen, dábame un profundo

desaliento, en virtud del cual casi empezaba a morir. Recordaba los

sucesos de aquella noche con la vaguedad indiferente y triste con que

el alma inmortal parece ha de recordar en los instantes que siguen a

la muerte los últimos accidentes del mundo recién abandonado, de cuya

esfera el infinito acaba de separarla.

Cuando me bajaron, apenas me podía mover; mas los franceses, con

inhumanidad indisculpable, me empujaban golpeándome. Un oficial, sin

embargo, me tomó la mano, y con noble delicadeza rogome que descansase

en uno de los bancos de piedra que había en el patio. Allí escuché

claramente estas palabras, dichas al comandante por otro oficial:

--Este joven no debe estar en su sano juicio.

--Interrogadle otra vez --ordenó el comandante, alejándose.

--¿Habéis servido mucho tiempo a las órdenes del general Empecinado?

--me preguntaron.

Entrome de nuevo el ansia de reír, y les contesté de un modo que no les

satisfizo.

--¿Estuvísteis en la acción de Rebollar, donde murió el célebre D. Juan

Martín Díez?

Al oír esto contúvoseme la risa, y sentí alguna claridad en mi

espíritu.

--D. Juan Martín no ha muerto --respondí.

--¿Vive ese buen hombre? --dijo con ironía uno de los oficiales--. ¿Por

dónde lleva ahora sus fabulosos ejércitos de bandidos?

--Si vive --añadió otro de los que me observaban--, no debe tener un

solo hombre consigo, pues disuelta la gran partida, unos están con

nosotros y otros han formado cuadrillas de salteadores.

Solté de nuevo la risa, y el oficial afirmó:

--El miedo y los padecimientos le vuelven imbécil: haced un esfuerzo y

fijaos bien en lo que os pregunto. ¿No sabéis a dónde se ha retirado lo

que quedó del disuelto ejército de Don Juan Martín?

Un rayo de luz entró en mi mente.

--El ejército de D. Juan Martín --respondí con serenidad-- no se ha

disuelto. Se dividió y ha vuelto a reunirse.

--¿En dónde está?

Desde el patio donde nos encontrábamos se veía todo el país cercano

por occidente. Era la hora en que las primeras claridades del alba

comienzan a iluminar la tierra, y sobre el turbio cielo se destacaban

vagamente unos cerros escalonados. Mirando al horizonte, señalé con mi

mano temblorosa, y dije:

--Allí.

--Allí --repitieron los oficiales--. En esa dirección, a legua y media

de distancia, hay una aldea llamada Cíbicas. Sabemos que a prima noche

merodeaba por allí una cuadrilla de bandoleros. ¿Es ese el ejército que

decís? ¿En qué os fundáis para asegurar que allí se han reunido los

grupos disueltos del ejército empecinado?

--Lo adivino --repuse experimentando otra vez el sacudimiento nervioso

que me hacía reír.

--El estado de este joven --dijo uno de ellos-- es tal que debe

suponerse no existe en él verdadera responsabilidad.

--Sois demasiado jurista, Saint-Amand --dijo otro--. Los guerrilleros

son gente astuta. Acordaos de aquel bárbaro patriota gallego que

después de haber envenenado a treinta franceses, se fingió tonto para

eludir el castigo.

Otro de los oficiales se apartó de mí para dar algunas órdenes, y vi

que varios soldados marchaban de acá para allá. Entonces oí claramente

que un zapador que acababa de entrar en el patio dijo a los demás:

--Los escuchas han anunciado la aproximación de alguna gente del lado

de Cíbicas.

--Merodeadores y gente menuda.

--Pienso que se debe enviar media compañía a vigilar el sendero que hay

en aquel cerro. ¿Dónde está el comandante?

--Duerme --repuso otro--, y ha mandado que no se le despierte, a menos

que venga aviso del general Gui.

Oyose un disparo.

--Ha sonado un tiro en las avanzadas. ¿Qué es eso?

En el mismo instante, el vivo redoblar de un tambor, llegando hasta

nosotros, infundió cierta inquietud a aquella gente, y empezaron a no

ocuparse gran cosa de mí.

--No es nada --indicó uno.

--¿Cómo que no es nada? --exclamó azoradamente un oficial que con

precipitación acababa de entrar en el patio--. Por el sendero de

Cíbicas ha aparecido mucha gente. Se corren por ese cerro de la

izquierda que está sobre nuestras cabezas. ¡A las armas!

--Llamar al comandante.

--Es preciso escarmentar a esos miserables. Son ladrones de caminos.

Oí un disparo y luego muchos.

Varios soldados franceses aparecieron corriendo con precipitación, y un

grito terrible resonó en aquel recinto, un grito que al punto puso gran

pánico en el ánimo de aquellos desapercibidos guerreros. El grito era:

--¡Los empecinados! ¡A las armas!

En efecto: eran los míos. El movimiento previsto por la atrevida mente

de mosén Antón se había verificado, y las tropas que asediaban el

destacamento francés eran unos quinientos hombres que con gran trabajo

había logrado reunir Sardina. Las guerrillas no necesitan, como los

ejércitos, mil prolijos melindres para organizarse. Se organizan

como se disuelven: por instinto, por ley misteriosa de su inquieta y

traviesa índole. Desparrámanse como el humo, al ser vencidos, y se

condensan como los vapores atmosféricos, para llover sobre el enemigo

cuando menos este lo espera.

Bien pronto se entabló la lucha. Los guerrilleros atacaron con brío,

como gente ofendida y rabiosa que quiere vengar un agravio. Los

franceses se defendieron bien; mas no les fue posible contener a mis

amigos, que tuvieron tiempo de acercarse en silencio y escoger la

posición y el punto de ataque que les pareció más ventajoso. Un pelotón

de imperiales, colocado al abrigo de una casucha inmediata al edificio

en que yo estaba, resistió con sublime denuedo; pero no tenían los

franceses bastante gente, y los de Sardina entraron por distintos

puntos en la aldea, atropellándolo todo. No he visto nunca mayor saña

para acorralar y destruir a un enemigo que se repliega y cede después

de colosales esfuerzos. Los empecinados no daban cuartel a nadie, y ¡ay

de aquel que se oponía a su paso! Cuando entraron victoriosos en el

patio, grité con toda la fuerza que me permitía mi voz:

--¡Aquí, bravos compañeros! Dadme un sable, que todavía os puedo

ayudar. En la cuadra de la derecha se han escondido algunos... Otros

tratan de escaparse por el arroyo... ¡A ellos! Rematadlos.

Me sentí poseído del trágico furor de la matanza, y las crueldades de

mis camaradas con los franceses enardecían mi alma. En medio del patio,

un espectáculo terrible puso límite a mi exaltación. Un hombre bajó

precipitadamente de las habitaciones altas. Era el comandante francés.

Viendo a los suyos que saltaban las tapias para huir, o se escondían en

los sótanos, gritó blandiendo el sable:

--Deteneos, miserables, y ved aquí a qué precio vende su vida un

guerrero de las Pirámides y de Austerlitz.

Y acometió a los nuestros con furia más propia de tigres que de hombres.

--¡Atrás, bandidos! --gritaba--. No hay más Rey de España que José I.

Diciendo esto, cayó en tierra para no levantarse más.

Poco después me estrechaba en sus brazos el bravo y noble Sardina.

La partida victoriosa tornó al punto a la sierra. Diéronme ropa, un

caballo, y medianamente enfermo les seguí. No me fue posible adquirir

noticia alguna de la dirección que había tomado Santorcaz con su presa,

y mientras la Providencia me deparaba alguna luz, resolví bajar a

Cifuentes, que estaba a muy corta distancia del sitio donde hicimos

alto al mediodía. No había peligro alguno en tal expedición, porque

acordadamente con la marcha de Sardina, D. Juan Martín había hecho otra

sobre Cifuentes, cuya guarnición puso a tiempo pies en polvorosa.

Bajé, pues, a la villa, donde me recibió Don Juan con gran agasajo.

Tenía el brazo derecho en cabestrillo, a consecuencia de la fuerte

contusión alcanzada cuando _se salvó_, como dice la historia,

_echándose a rodar por un despeñadero abajo_. Contome cómo pudo allegar

alguna gente y congregarla sin descanso, gracias a la docilidad y

buenas prendas de los que a todo trance le seguían, y yo, a instancias

suyas, le referí los lances de mi prisión y las dos entrevistas que

tuve con el gran Trijueque.

Juan Martín el Empecinado · 第 33 / 37 题