XXVII

Sentí otra vez angustiosos gritos de una mujer que pedía socorro. Al

verme hacer colosales esfuerzos para desasirme; al oír mis alaridos

de furor, Trijueque, poseído de indignación, si no tan ruidosa, tan

intensa como la mía, abandonó la estancia, diciéndome:

--Esto no se puede tolerar... Mi sangre hierve.

Juan Martín el Empecinado · 第 32 / 37 题