Sentí otra vez angustiosos gritos de una mujer que pedía socorro. Al
verme hacer colosales esfuerzos para desasirme; al oír mis alaridos
de furor, Trijueque, poseído de indignación, si no tan ruidosa, tan
intensa como la mía, abandonó la estancia, diciéndome:
--Esto no se puede tolerar... Mi sangre hierve.