XXVIII

No me detuve con él en largas conferencias, porque impaciente por ver

a Amaranta, corrí sin perder tiempo al célebre castillo. Encontrela en

estado tan deplorable de cuerpo y de espíritu, que tardó en reconocerme

cuando me presenté. ¡Cómo había decaído en el breve espacio de algunos

días aquella incomparable naturaleza tan potente en su fenomenal

hermosura, que parecía destinada a no ajarse ni con los años ni con las

pesadumbres, cual inalterable modelo de una raza perfecta! Aumentada

con la palidez y la demacración la intensa negrura de sus ojos,

había perdido aquella dulce armonía de su rostro. Ya no era esbelto

y flexible su talle, y un enflaquecimiento repentino desfiguraba los

hermosos hombros y garganta, que no habían tenido rival. La voz, cuyo

timbre producía antes inexplicable sensación en los que la escuchaban,

se había dilatado y enronquecido, y por la congoja del pecho necesitaba

hacer dolorosos esfuerzos para hacerse oír.

Cuando me reconoció, arrojose llorando en mis brazos, estrechándome en

ellos durante largo tiempo con fuerza nerviosa y un ardiente anhelo de

que solo es capaz el maternal cariño. Ni ella ni yo podíamos hablar.

Sus lágrimas mojaban mi seno.

Mirome luego, asombrándose de encontrarme tan desfigurado como yo la

encontré a ella. Volviome a abrazar con efusión, y me dijo:

--¡Hijo mío! ¡Cuánto has padecido!

--Inútilmente --repuse, sentándome junto a ella y besando sus manos--,

porque he llegado tarde.

Callamos de nuevo, sin acertar con las palabras propias para expresar

nuestra congoja.

--¡La hemos perdido para siempre! --exclamó, elevando al cielo los

ojos bañados en lágrimas--. ¡Bien sospechaba yo que ese hombre no me

perdonaría jamás! ¡Ha esperado largo tiempo la ocasión de su venganza,

y al fin la ha consumado!

--Señora --le dije--, no se ha perdido todo. Yo buscaré a Inés por toda

España, por todo el mundo si es preciso, y al fin, con la ayuda de

Dios, espero encontrarla.

La infeliz, sin contestarme de palabra, expresó en su rostro la más

dolorosa duda.

--No --repitió--, ya sabía yo que ese hombre no me perdonaría... Pero

esto me parece un sueño. Mi hija desapareció de mi lado sin que hasta

ahora me haya sido posible averiguar cómo y a qué hora. Sé que unos

aldeanos la vieron conducida en un coche y custodiada por españoles y

franceses... y nada más. El corazón me dice que no la volveré a ver...

¿Piensas tú lo mismo? Ese hombre me impondrá condiciones ignominiosas

que no podré aceptar sin deshonrarme.

Cubriose el rostro con las manos.

--Señora --le dije--, o no valgo nada, o la arrancaré del poder de ese

hombre. Es para mí una deuda de honor, y a satisfacerla me consagraré

mientras tenga un aliento de vida. Este infame atropello me hiere en lo

más delicado de mi ser. He sido robado, señora; vilmente robado, porque

Inés es mía: ¿no lo sabía usted?

--Es tuya --respondió la condesa--. No me atrevo a negarlo. En este

momento terrible, cuando me siento herida, castigada sin duda por Dios;

cuando veo por tierra mi orgullo; cuando, volviendo a todos lados los

ojos, no veo más que ruinas; en esta triste ocasión, en que considero

disipadas mis glorias, obscurecido el lustre de mi casa, perdido mi

prestigio y valimiento; ahora que me veo enferma y quizás próxima al

sepulcro, me parece que el mayor, el único consuelo de mi alma, es

estrecharte entre mis brazos y llamarte mi hijo. Gabriel, te prometo,

te juro que si encuentras a Inés, si me la devuelves, será tu mujer.

¿Quién puede oponerse a esto?

--Nadie, señora --respondí con orgullo--. Nadie.

Estreché sus hermosas manos entre las mías. Era el único lenguaje que

mi emoción me permitía.

--Solo en el mundo, abandonado a mí mismo --le dije después de una

larga pausa--, me echo de hoy para siempre en los brazos de la que fue

mi ama y hoy representa para mí la familia, la amistad, el amor, todo

aquello que me ha faltado y que busco con el afán del sediento en mi

solitaria vida.

--Y yo te recibo en ellos --exclamó--. ¿Por qué no? ¿Quién me lo

impide? Dios ha enlazado tu vida con la nuestra, y todas las potencias

de la tierra no pueden separarla. ¿Debo atender a mi familia? Pero

yo estoy loca. ¿Acaso tengo familia? Perseguida por mis parientes,

olvidada de todos, Dios ha dispuesto las cosas de modo que mi único

amparo, mi único consuelo sea este generoso joven; tú, Gabriel, que

con mi pobre hija llenas el vacío de mi corazón. ¡Cómo se elevan las

personas, Dios mío; cómo triunfan finalmente las dotes excelsas del

alma, abriéndose camino por entre la miseria, la humildad y el olvido

del mundo, para establecer su imperio sobre las gentes! ¿De qué valéis,

grandezas exteriores, títulos vanos, fortuna y pompas de los hombres?

Como ejemplo de lo que sois, aquí me tenéis. En cambio, ¿quién puede

negar que existe una aristocracia de las almas, cuya nobleza, aunque la

ahoguen desgracias y privaciones, al fin ha de abrirse paso y llevar su

dominio hasta las mismas esferas donde campean llenos de hinchazón los

orgullosos? Ejemplo eres tú, hijo mío... Me siento desfallecer al darte

este nombre, que trae a mi espíritu desconocidas alegrías... Gabriel,

búscala, por piedad, pronto, hoy mismo. De eso depende que veas en

mí la más desgraciada o la más feliz entre las mujeres nacidas; de

eso depende el cariño que te debo tener, que tengo ya por ti; de eso

depende todo, querido mío. Vas a probarme la energía de tu voluntad, el

temple de tu alma, y si eres digno de aquello que con tan noble audacia

has deseado y solicitado, desafiándome a mí, a toda mi familia y al

mundo entero.

--Señora y madre mía --exclamé puesto de rodillas frente a ella, con

la solemne expresión de quien descubre ante Dios lo más hondo de su

conciencia--, no hay dentro de mí una sola gota de sangre que me

pertenezca. Pertenezco a mi familia, por quien desde hoy vivo. Si no

amase a Inés como la amo, la buscaría por toda la tierra, y moriría

cien veces por devolverla a la persona que con cuatro palabras ha

engrandecido mi alma a mis propios ojos abriéndome los horizontes de la

vida; haciéndome ver que los latidos de mi corazón no eran un esfuerzo

solitario, inútil y perdido en el caos de los sentimientos humanos;

llenando de una vez este vacío, y poblando esta soledad espantosa

que desde el nacer me rodea. Si no la amara como la amo, y aun con

la certidumbre de que no había de ser para mí, yo emplearía toda mi

voluntad, toda mi fuerza y la vida toda en rescatarla de sus infames

secuestradores. Tengo la seguridad de que lo conseguiré. Señora, Dios

está con nosotros; y si en la ocasión terrible que acaba de pasar no

nos ha favorecido, es porque nos exige mayores y más nobles esfuerzos

para merecer el galardón de su misericordia infinita. Señora condesa

--añadí levantándome--, ánimo. Dios está con nosotros.

La desgraciada madre se arrojó de nuevo en mis brazos. Entonces

advertí su deplorable situación en lo relativo al vestir y a las

diversas comodidades domésticas que una persona de su posición exigía.

Contestando a mi pregunta, dijo:

--¿Pero no sabes que los franceses al retirarse esta mañana se llevaron

todo lo que había en la casa? Hace ya días que me quitaron el último

dinero que tenía. Hoy no han dejado ni una pieza de ropa, ni una manta

de abrigo, ni un mantel. Rompieron toda la loza porque no podían

llevársela. Nada te digo de la plata y vajillas de valor, pues todo eso

pasó hace tiempo al tesoro del Rey José. En suma, hijo mío: esta mañana

he necesitado un alfiler, y he tenido que pedirlo prestado. Esta ropa

con que me visto es de la tía Pepa, mujer de uno de los guardas del

monte. ¿Verdad que estoy guapa?

--Poco a poco se irá usted curando de su afición a los extranjeros --le

dije con melancólica jovialidad.

--No, ya estoy curada por completo... Pero di, ¿qué piensas hacer? ¡En

qué horrible trance nos hallamos! ¿Has averiguado algo de la dirección

que tomaron esos bandidos?

--Es demasiado pronto. No será imposible averiguarlo. Debe tenerse en

cuenta que su vida no corre peligro. Además, para ocultarla de un modo

absoluto, Santorcaz tendrá que ocultarse también él mismo, y un hombre

que funda su poder en un cargo público, ha de estar visible en alguna

parte. La situación no es desesperada ni mucho menos. Santorcaz es un

hombre, no un demonio.

--¿Podrás darme hoy mismo alguna esperanza, alguna noticia

satisfactoria? --me preguntó con amargo desconsuelo.

--Es difícil. Entretanto, procure usted reposar de tanta fatiga,

calmar un poco las angustias de su corazón destrozado... Es urgente

proporcionar a usted algunas comodidades.

--No te preocupes de eso, ni emplees en mí un tiempo precioso. Yo estoy

bien así.

--Escribiremos a Madrid para que el administrador de la casa envíe a

usted ropas, vajilla y dinero.

--Es inútil --me respondió sonriendo--. Mi señor administrador tiene

orden del jefe de la familia para no darme nada mientras yo misma no

escriba a dicho jefe, pidiéndole perdón de mis... faltas. Pero antes de

dar este paso, pediré limosna de puerta en puerta...

Esta revelación me indujo a tristes meditaciones.

--Ya te he dicho que vienen penosísimos y horribles días para mí...

Hablan de mis faltas. Sin duda he cometido alguna muy grande,

inmensa... --dijo cerrando los ojos como aletargada, o para rodearse de

las sombras que le permitieran explorar con ojo seguro su conciencia.

Juan Martín el Empecinado · 第 34 / 37 题