No me detuve con él en largas conferencias, porque impaciente por ver
a Amaranta, corrí sin perder tiempo al célebre castillo. Encontrela en
estado tan deplorable de cuerpo y de espíritu, que tardó en reconocerme
cuando me presenté. ¡Cómo había decaído en el breve espacio de algunos
días aquella incomparable naturaleza tan potente en su fenomenal
hermosura, que parecía destinada a no ajarse ni con los años ni con las
pesadumbres, cual inalterable modelo de una raza perfecta! Aumentada
con la palidez y la demacración la intensa negrura de sus ojos,
había perdido aquella dulce armonía de su rostro. Ya no era esbelto
y flexible su talle, y un enflaquecimiento repentino desfiguraba los
hermosos hombros y garganta, que no habían tenido rival. La voz, cuyo
timbre producía antes inexplicable sensación en los que la escuchaban,
se había dilatado y enronquecido, y por la congoja del pecho necesitaba
hacer dolorosos esfuerzos para hacerse oír.
Cuando me reconoció, arrojose llorando en mis brazos, estrechándome en
ellos durante largo tiempo con fuerza nerviosa y un ardiente anhelo de
que solo es capaz el maternal cariño. Ni ella ni yo podíamos hablar.
Sus lágrimas mojaban mi seno.
Mirome luego, asombrándose de encontrarme tan desfigurado como yo la
encontré a ella. Volviome a abrazar con efusión, y me dijo:
--¡Hijo mío! ¡Cuánto has padecido!
--Inútilmente --repuse, sentándome junto a ella y besando sus manos--,
porque he llegado tarde.
Callamos de nuevo, sin acertar con las palabras propias para expresar
nuestra congoja.
--¡La hemos perdido para siempre! --exclamó, elevando al cielo los
ojos bañados en lágrimas--. ¡Bien sospechaba yo que ese hombre no me
perdonaría jamás! ¡Ha esperado largo tiempo la ocasión de su venganza,
y al fin la ha consumado!
--Señora --le dije--, no se ha perdido todo. Yo buscaré a Inés por toda
España, por todo el mundo si es preciso, y al fin, con la ayuda de
Dios, espero encontrarla.
La infeliz, sin contestarme de palabra, expresó en su rostro la más
dolorosa duda.
--No --repitió--, ya sabía yo que ese hombre no me perdonaría... Pero
esto me parece un sueño. Mi hija desapareció de mi lado sin que hasta
ahora me haya sido posible averiguar cómo y a qué hora. Sé que unos
aldeanos la vieron conducida en un coche y custodiada por españoles y
franceses... y nada más. El corazón me dice que no la volveré a ver...
¿Piensas tú lo mismo? Ese hombre me impondrá condiciones ignominiosas
que no podré aceptar sin deshonrarme.
Cubriose el rostro con las manos.
--Señora --le dije--, o no valgo nada, o la arrancaré del poder de ese
hombre. Es para mí una deuda de honor, y a satisfacerla me consagraré
mientras tenga un aliento de vida. Este infame atropello me hiere en lo
más delicado de mi ser. He sido robado, señora; vilmente robado, porque
Inés es mía: ¿no lo sabía usted?
--Es tuya --respondió la condesa--. No me atrevo a negarlo. En este
momento terrible, cuando me siento herida, castigada sin duda por Dios;
cuando veo por tierra mi orgullo; cuando, volviendo a todos lados los
ojos, no veo más que ruinas; en esta triste ocasión, en que considero
disipadas mis glorias, obscurecido el lustre de mi casa, perdido mi
prestigio y valimiento; ahora que me veo enferma y quizás próxima al
sepulcro, me parece que el mayor, el único consuelo de mi alma, es
estrecharte entre mis brazos y llamarte mi hijo. Gabriel, te prometo,
te juro que si encuentras a Inés, si me la devuelves, será tu mujer.
¿Quién puede oponerse a esto?
--Nadie, señora --respondí con orgullo--. Nadie.
Estreché sus hermosas manos entre las mías. Era el único lenguaje que
mi emoción me permitía.
--Solo en el mundo, abandonado a mí mismo --le dije después de una
larga pausa--, me echo de hoy para siempre en los brazos de la que fue
mi ama y hoy representa para mí la familia, la amistad, el amor, todo
aquello que me ha faltado y que busco con el afán del sediento en mi
solitaria vida.
--Y yo te recibo en ellos --exclamó--. ¿Por qué no? ¿Quién me lo
impide? Dios ha enlazado tu vida con la nuestra, y todas las potencias
de la tierra no pueden separarla. ¿Debo atender a mi familia? Pero
yo estoy loca. ¿Acaso tengo familia? Perseguida por mis parientes,
olvidada de todos, Dios ha dispuesto las cosas de modo que mi único
amparo, mi único consuelo sea este generoso joven; tú, Gabriel, que
con mi pobre hija llenas el vacío de mi corazón. ¡Cómo se elevan las
personas, Dios mío; cómo triunfan finalmente las dotes excelsas del
alma, abriéndose camino por entre la miseria, la humildad y el olvido
del mundo, para establecer su imperio sobre las gentes! ¿De qué valéis,
grandezas exteriores, títulos vanos, fortuna y pompas de los hombres?
Como ejemplo de lo que sois, aquí me tenéis. En cambio, ¿quién puede
negar que existe una aristocracia de las almas, cuya nobleza, aunque la
ahoguen desgracias y privaciones, al fin ha de abrirse paso y llevar su
dominio hasta las mismas esferas donde campean llenos de hinchazón los
orgullosos? Ejemplo eres tú, hijo mío... Me siento desfallecer al darte
este nombre, que trae a mi espíritu desconocidas alegrías... Gabriel,
búscala, por piedad, pronto, hoy mismo. De eso depende que veas en
mí la más desgraciada o la más feliz entre las mujeres nacidas; de
eso depende el cariño que te debo tener, que tengo ya por ti; de eso
depende todo, querido mío. Vas a probarme la energía de tu voluntad, el
temple de tu alma, y si eres digno de aquello que con tan noble audacia
has deseado y solicitado, desafiándome a mí, a toda mi familia y al
mundo entero.
--Señora y madre mía --exclamé puesto de rodillas frente a ella, con
la solemne expresión de quien descubre ante Dios lo más hondo de su
conciencia--, no hay dentro de mí una sola gota de sangre que me
pertenezca. Pertenezco a mi familia, por quien desde hoy vivo. Si no
amase a Inés como la amo, la buscaría por toda la tierra, y moriría
cien veces por devolverla a la persona que con cuatro palabras ha
engrandecido mi alma a mis propios ojos abriéndome los horizontes de la
vida; haciéndome ver que los latidos de mi corazón no eran un esfuerzo
solitario, inútil y perdido en el caos de los sentimientos humanos;
llenando de una vez este vacío, y poblando esta soledad espantosa
que desde el nacer me rodea. Si no la amara como la amo, y aun con
la certidumbre de que no había de ser para mí, yo emplearía toda mi
voluntad, toda mi fuerza y la vida toda en rescatarla de sus infames
secuestradores. Tengo la seguridad de que lo conseguiré. Señora, Dios
está con nosotros; y si en la ocasión terrible que acaba de pasar no
nos ha favorecido, es porque nos exige mayores y más nobles esfuerzos
para merecer el galardón de su misericordia infinita. Señora condesa
--añadí levantándome--, ánimo. Dios está con nosotros.
La desgraciada madre se arrojó de nuevo en mis brazos. Entonces
advertí su deplorable situación en lo relativo al vestir y a las
diversas comodidades domésticas que una persona de su posición exigía.
Contestando a mi pregunta, dijo:
--¿Pero no sabes que los franceses al retirarse esta mañana se llevaron
todo lo que había en la casa? Hace ya días que me quitaron el último
dinero que tenía. Hoy no han dejado ni una pieza de ropa, ni una manta
de abrigo, ni un mantel. Rompieron toda la loza porque no podían
llevársela. Nada te digo de la plata y vajillas de valor, pues todo eso
pasó hace tiempo al tesoro del Rey José. En suma, hijo mío: esta mañana
he necesitado un alfiler, y he tenido que pedirlo prestado. Esta ropa
con que me visto es de la tía Pepa, mujer de uno de los guardas del
monte. ¿Verdad que estoy guapa?
--Poco a poco se irá usted curando de su afición a los extranjeros --le
dije con melancólica jovialidad.
--No, ya estoy curada por completo... Pero di, ¿qué piensas hacer? ¡En
qué horrible trance nos hallamos! ¿Has averiguado algo de la dirección
que tomaron esos bandidos?
--Es demasiado pronto. No será imposible averiguarlo. Debe tenerse en
cuenta que su vida no corre peligro. Además, para ocultarla de un modo
absoluto, Santorcaz tendrá que ocultarse también él mismo, y un hombre
que funda su poder en un cargo público, ha de estar visible en alguna
parte. La situación no es desesperada ni mucho menos. Santorcaz es un
hombre, no un demonio.
--¿Podrás darme hoy mismo alguna esperanza, alguna noticia
satisfactoria? --me preguntó con amargo desconsuelo.
--Es difícil. Entretanto, procure usted reposar de tanta fatiga,
calmar un poco las angustias de su corazón destrozado... Es urgente
proporcionar a usted algunas comodidades.
--No te preocupes de eso, ni emplees en mí un tiempo precioso. Yo estoy
bien así.
--Escribiremos a Madrid para que el administrador de la casa envíe a
usted ropas, vajilla y dinero.
--Es inútil --me respondió sonriendo--. Mi señor administrador tiene
orden del jefe de la familia para no darme nada mientras yo misma no
escriba a dicho jefe, pidiéndole perdón de mis... faltas. Pero antes de
dar este paso, pediré limosna de puerta en puerta...
Esta revelación me indujo a tristes meditaciones.
--Ya te he dicho que vienen penosísimos y horribles días para mí...
Hablan de mis faltas. Sin duda he cometido alguna muy grande,
inmensa... --dijo cerrando los ojos como aletargada, o para rodearse de
las sombras que le permitieran explorar con ojo seguro su conciencia.