XXVI

Hallábame, después de un espacio de tiempo cuya longitud no puedo

apreciar, en el interior de una venta, y en una habitación tan

parecida a mi famosa prisión en Rebollar de Sigüenza, que pensé que no

había salido de ella. Pero una observación atenta me hizo ver alguna

diferencia, y principalmente el montón de paja con que me habían

cubierto, y cuyo suave calor me volvía lentamente a la vida. A mi lado

estaban algunos renegados y mosén Antón. El local era la parte alta

de una venta del camino ocupada por los franceses con los caseríos

inmediatos.

--Estoy otra vez prisionero --dije instintivamente.

--Sí, señor --repuso el clérigo con cierta socarronería--. Y ahora no

se nos escapará usted.

--¿Qué hora es? --pregunté.

--¿Para qué quiere usted saberlo?

--Es que quisiera marcharme, Sr. Trijueque. ¿Qué distancia hay de aquí

a Cifuentes?

--No es mucha; pero aunque pudiera usted salir, amiguito, y fuera a

donde desea, no conseguiría nada. Otros le han tomado la delantera.

Ya había previsto la noticia, y la pena y rabia que sentía apenas se

aumentó.

--Supongo que estos bandidos me castigarán por haberme escapado de

Rebollar y por lo de Algora.

--Los castigos y crueldades de esta gentuza --me dijo mosén Antón

acercando su rostro a mi oído, y expresándose en voz muy queda-- honran

y enaltecen a la víctima.

Algunos renegados salieron, y los franceses que quedaron en la

habitación, dormían. Trijueque pudo hablarme con más libertad.

--Ya llegó a su colmo mi paciencia --me dijo--, y estoy decidido a

romper con estos pillos. Son más orgullosos que Rodrigo en la horca,

y a los que nos hemos pasado a sus banderas nos humillan, tratándonos

con un desprecio... Mi rabia es tan grande, Araceli, que les ahorcaría

a todos sin piedad, si en mi mano estuviera. ¿Querrá usted creer que

siguen prodigándome insultos, y que su insolencia para conmigo va en

aumento? No satisfechos con llamarme _monsieur le chanoine_ se empeñan

en denigrarme más, y hoy un oficial me llamó _monseigneur l’évêque_.

--Mosén Antón, ¿los demás renegados que están aquí piensan lo mismo que

usted? --le pregunté, sintiendo que por encanto me restablecía.

--Lo mismo. Todos desean volver allá.

--¿Cuántos son?

--No llegamos a veinte.

--¿Y los franceses?

--En esta venta y en las casas inmediatas hay más de ciento. La lucha

sería muy desigual.

--La traición ha vuelto cobarde al gran Trijueque. Somos pocos; pero

vale más morir que ser juguete de esta chusma.

--¡Sí, y mil veces sí! --exclamó el cura con exaltación--. Araceli, veo

que hay un gran corazón dentro de ese cuerpo. Conque... Pero déjeme

usted que le explique --añadió bajando la voz--: he sabido que Juan

Martín está vivo y ha reunido alguna gente.

--También yo lo he sabido. ¿Dónde están?

--Un pastor me dijo que Sardina había ido a parar a Grajanejos... Juan

Martín pasó ayer tarde por la sierra. Muchos dispersos estaban en Yela.

--Es fácil que se hayan reunido y traten de reconstituir el ejército.

--Creo que sí, y harán bien --dijo el ogro--. Me alegraría de que

diesen una paliza a esta gente. Si mi previsión militar, si mi

conocimiento del país no me engaña esta vez --añadió bajando más la

voz--, Juan Martín y Sardina reunirán su gente en Cíbicas, que está a

legua y media de aquí... ¡qué admirable posición para caer sobre este

destacamento y hacerlo polvo!... Si yo estuviera en su lugar... Pero ni

el uno ni el otro ven más allá de sus narices.

--Hay que hacer un esfuerzo para salir de aquí. Nos uniremos a D. Juan,

y usted, luego que le pida perdón...

--¡Yo perdón!... ¡perdón! --dijo el guerrillero con voz cavernosa y

ademán sombrío--. Eso jamás.

--Nos presentaremos al Empecinado...

--Yo no: mi decoro, mi dignidad... En suma, mosén Antón se cortará

con sus propias manos su gran cabeza, que envidiarán más de cuatro,

primero que volver atrás del paso que dio. Los hombres de mi estambre

no retroceden, y lo que hicieron hecho está... Mi intento ahora es

renunciar a la guerra y marcharme a morir a Botorrita.

Después de meditar un momento, mosén Antón se levantó para marcharse.

--No me deje usted solo --le dije deteniéndole.

--No puedo estar aquí más... Quiero correr fuera... quiero huir. ¿No he

dicho a usted que Juan Martín está en Cíbicas?

--Mejor.

--Figúrese usted --añadió con espanto-- que viene aquí, que sorprende a

estos bolos, que nos coge a todos, que me ve...

--¡Oh! Ese suceso es demasiado feliz para que pueda suceder. Estamos

dejados de la mano de Dios.

--Yo me voy.

--¿En dónde está Albuín?

--No lo sé, ni quiero saberlo. ¡Ojalá se le tragara la tierra!...

Condenado Juan Martín: si tuviera dos dedos de frente, podía caer

encima de este destacamento y aniquilarlo. Todos los generales del

mundo son unos zotes. ¡Si yo tuviera un ejército! ¡Me reviento en...!

Si yo tuviera un ejército de españoles, de franceses, de griegos, de

chinos o de demonios... ¡Maldita sea mi estrella!... ¡Oh, qué gozo

sería que Juan Martín aplastara a esta vil gentuza! Yo, sin tomar

partido por unos ni por otros, aplaudiría desde lejos; sí, señor,

aplaudiría... ¡Llamarme _monseigneur l’évêque_, ultrajar a un guerrero

como yo! Dan el mando de media compañía al hombre que puede coger

cincuenta mil soldados en la palma de la mano y sembrarlos sobre el

campo de batalla, sin que ninguno caiga fuera de su natural puesto...

¡A mí, que salgo al campo, doy un resoplido, huelo media España, y ya

sé por dónde anda el enemigo; a mí, que soy capaz...! pero no quiero

hacer elogios de mí mismo.

--Sr. Trijueque, usted está corroído, abrasado por los remordimientos.

--¿Yo?... ¡Qué desatino! --exclamó con enfado--. Sr. Araceli, de mí no

se burla un mozalbete. ¿Soy algún muñeco para que se ponga en duda la

entereza de mis acciones?

--Hagamos una hombrada, señor cura. Hable usted a los renegados que

están en la venta. Sublevémonos contra esa canalla, y así acabaremos de

una vez. O muerte o libertad.

Trijueque se frotó las manos y arqueó las cejas, más negras que la

noche.

--¡Admirable suceso! --dijo--. Nos sublevamos, ¿y después...?

--Nos uniremos a D. Juan Martín.

El cura, frunciendo el ceño, demostró disgusto.

--No... ¡me voy, me voy a mi pueblo! --exclamó con febril inquietud--.

¿Y quiere usted que nos sublevemos, que pasemos por sobre los cuerpos

de estos cobardes?... Después de hecho eso, no podemos permanecer

solos. Necesitamos buscar a Juan Martín, y si nos unimos a él,

forzosamente me tiene que ver.

--Bien, ¿y qué?

--Y si me ve, me dirá algo.

--Y usted le confesará que se equivocó, que se alucinó.

--¡Rayos y centellas! --gritó con furor--. ¿Soy niño de teta?...

Araceli, este hombre de bronce, esta naturaleza de gigante, este

Trijueque a quien Dios formó por equivocación con el material que tenía

preparado para veinte hombres, no se doblega ante nadie. ¿Por qué he

de exponerme a que él me vea? En este momento no temo a todos los

ejércitos franceses, no temo a todo el mundo armado contra mí; pero si

Juan Martín entra por esa puerta y me mira, y me echa encima el rayo de

sus ojos negros, caigo rodando al suelo... ¡Váyase Juan Martín con mil

demonios! Quiero huir de la Alcarria; quiero irme a Aragón, y pronto,

ahora mismo...

--Hagamos antes la gran calaverada. Yo estoy enfermo. Solo no puedo

nada; pero al lado de mosén Antón me encuentro capaz de todo. Los

renegados tienen buenas armas.

Trijueque iba a contestarme cuando sentimos gran ruido abajo; ruido de

gente de armas a pie y a caballo, que acababa de entrar en la venta.

--Ahí están --dijo el clérigo--. ¿No conoce usted una voz entre todas

las voces? Es la de su amigo de usted, el Sr. D. Luis de Santorcaz.

Ciego de ira me lancé hacia la puerta; pero un francés que la

custodiaba, me detuvo, amenazándome con ensartarme en su bayoneta. Al

principio no vino a mi mente palabra bastante dura para manifestar mi

cólera; luché un rato con el atleta que me prohibía salir, y grité

repetidas veces:

--¡Bandidos! ¡Infame Santorcaz, embustero y falsario!

Trijueque llegose a mí, y con una sonrisa de brutal estoicismo, que me

hizo el efecto de un bofetón, me dijo:

--Sr. Araceli, es increíble que un guerrero animoso tome tan a pechos

este sainete de amores.

--Quite usted de en medio a ese miserable que me impide salir, y

veremos.

Eché mano a la empuñadura del sable que el guerrillero llevaba en el

cinto; pero con rápido movimiento Trijueque detuvo mi mano. En el mismo

instante, sentí gritos de mujer que helaron la sangre en mis venas.

Pugné de nuevo por salir; pero manos poderosas me sujetaron. Mi cuerpo

ya no era hielo: era una antorcha en que se enroscaban las abrasadoras

llamas de mi odio. Respiraba fuego.

Entró precipitadamente un hombre que no era otro que el Sr. D. Pelayo,

el cual dijo:

--¿Dónde está el reverendo obispo?... ¡Ah! ya le veo... Necesitan abajo

a _Su Ilustrísima_.

--¿Para qué, deslenguado y sin vergüenza? ¿Va a marchar mi compañía?

--No, señor. Es que se han atascado las ruedas del coche en que

llevamos a esa señorita, y como la mula no podía tirar de él, dijeron:

«¡Que venga Su Ilustrísima!» ¡Pronto abajo... a tirar del carro... arre!

--D. Pelayo --dijo Trijueque--, no te estrangulo por conmiseración.

Dile al falsario y bellaco que te mandó, que tire del carro, si gusta.

--D. Luis está más borracho que una cuba --repuso D. Pelayo riendo--.

¡Oh, qué noche! Y todavía no sé cuánto voy ganando. Me ha prometido

hacerme oficial de la guardia del Rey José...

Imposibilitado de hacer movimiento alguno, vomité los denuestos más

horribles sobre aquel miserable.

--Muy bravo está el Sr. Araceli --me dijo envalentonándose al ver que

no podía hacerle daño.

--Infame tahúr, pide a Dios que no te deje caer en mis manos, si algún

día puedo hacer uso de ellas.

Juan Martín el Empecinado · 第 31 / 37 题