Avanzando siempre, encontré antes de llegar a Moranchel un obstáculo
en que hasta entonces no había pensado; un obstáculo invencible y
aterrador, el Tajuña, bastante crecido para que nadie intentase
vadearlo. La barca estaba al otro lado, abandonada y sola.
Senteme en una piedra junto al río, y pensé en Dios. Al punto vino
a mi memoria la Caleta de Cádiz y mi habilidad natatoria. Extendí la
vista por la superficie del agua; agitome una bullidora inquietud, y
aquella fuerza secreta que me impelía a seguir adelante, redoblose en
mí. Pensarlo era perder el tiempo. Arrolleme el capote en torno al
cuello, abandoné la escopeta, y cogiendo el sable entre los dientes me
lancé al agua.
Los primeros pasos en ella me dieron esperanza; pero al poco rato
sentime transido de frío: mis pies fueron dos pedazos de inmóvil
hielo, mis piernas rígidas no me pertenecían, y en vano se esforzaba
la voluntad en darles movimiento. Aquella muerte glacial invadía mi
cuerpo, subiéndome hasta el pecho. Tendiendo la vista con angustia
a las dos orillas, vi más cerca aquella de donde había partido; mis
brazos remaron en el agua para acercarme a ella: hice esfuerzos
terribles; pero no podía llegar, porque la corriente me arrastraba
río abajo; además, la masa de agua profunda me chupaba hacia adentro.
Recordando, sin embargo, que la serenidad es lo único que puede
salvar en tales casos, me esforcé por adquirir tranquilidad y aplomo.
Felizmente aún podía disponer de los brazos: trabajé poderosamente con
ellos; pero aquella orilla no se aproximaba a mí tanto como yo quería.
Por fin, ¡Dios misericordioso! una rama que besaba las aguas estuvo al
alcance de mí. Agarrándome a aquella mano del cielo que me salvaba,
pude al cabo pisar tierra. Había perdido el capote en el agua, y me
moría de frío en la misma ribera de donde partí.
A pesar de tan horribles contratiempos, la tenacidad de mi propósito
era tan grande, que aún creí posible seguir mi camino. Sin embargo, mi
estado era tal, que si no me guarecía bajo techo, estaba en peligro
evidente de perecer aquella noche. Y la noche venía a toda prisa,
lóbrega, húmeda, helada, espantosa. Miré en derredor, y no vi casa, ni
cabaña, ni choza, ni abrigo. Estaba desamparado, completamente solo en
medio de la Naturaleza irritada contra el hombre. Todo en torno mío
tendía a exterminarme, y no podía considerar sino que aquel suelo,
aquel viento, aquellas pardas nubes venían contra mí.
Otro hubiera cedido; pero yo no quería ceder. Tenía delante el aparato
formidable de la Naturaleza y de las circunstancias, que me decían: «De
aquí no pasarás»; mas ¿qué vale esto al lado del poder invencible de
la voluntad humana, que cuando da en ser grande, ni cielo ni tierra la
detienen?
Corrí para vencer el frío; pero las articulaciones me lo impedían con
agudo dolor. Procurando animarme, hablé conmigo en voz alta y canté,
como los niños cuando tienen miedo. El sonido de mi propia voz me
halagaba en aquella soledad horrorosa, y a ratos sentía no ser dueño
de mi pensamiento. Corriendo en diversas direcciones, vencí un poco
el frío; pero las ropas empapadas no querían secarse. Me parecía que
llevaba todo el Tajuña encima de mí.
Después que cerró completamente la noche, sentí ruido de voces.
«Gracias a Dios que está habitado el planeta --dije para mí--. El
género humano no ha concluido.»
Las voces sonaban del otro lado del río hacia la barca.
«Alguien pasa el río --exclamé con alegría--. Dejarán la barca en este
lado y podré pasar después.»
Al punto conocí que eran franceses, porque algunas palabras llegaron
hasta mí. Escondime aguardando a que pasaran... ¡Ay! ¡Cómo bendije
su aparición! ¡Con qué gozo sentí el suave rumor del agua, agitada
por la pértiga! ¡Cómo conté los segundos que duró el viaje y los que
emplearon en desembarcar y marcharse! Pero se me heló la sangre en
las venas cuando vi desde mi escondite que uno de ellos quedaba en la
embarcación, y que otro de los que se alejaron le dijo:
--Espera ahí, pues volveremos antes de media noche. Que la barca no se
mueva de esta orilla.
El peligro, sin embargo, no era invencible. Un hombre no es un
ejército. Acerqueme lentamente a la orilla, miré a la barca y vi a mi
marinero dispuesto a pasar bien la noche, abrigado en su capote.
--No hay tiempo que perder --dije--: echémonos encima.
En efecto: de buenas a primeras llegueme a él, y le di un sablazo de
plano sobre la espalda. Saltó el maldito gritando:
--¿Quién va?... ¿Qué quiere usted?
--¿Qué he de querer? Pasar.
Al punto reconocí en él a un renegado que había servido con mosén Antón.
--No se pasa --repuso--. ¡Qué modos, hombre! ¿Y quién es usted?
--Ya me conoces bien. Si quieres ir al agua ahora mismo, ándate con
preguntas y no desates la barca.
--Es Araceli --dijo--. Vamos a ver, ¿y si no me diera la gana de pasar?
Sin hacerle caso, me metí en la embarcación y con la pértiga la empujé
hacia la otra orilla. El renegado no puso obstáculo, y ayudándome me
dijo:
--Pero ¿no le fusilaron a usted esta mañana?
--Parece que no.
--¿Sabe usted que andan azorados?
--¿Quiénes?
--Los _musiures_. _Paeje_ que D. Juan está en la sierra con alguna
gente. Yo me voy otra vez con D. Juan. Nos han engañado.
--Dime: ¿has visto a mosén Antón?
--Ha quedado con los demás del destacamento, y el Sr. D. Luis en una
venta que hay a mano derecha del camino, a una legua de Cifuentes.
--¿Les has dejado allí? ¿Sabes si se detendrán mucho?
--Me _paeje_ que sí. Están todos borrachos. Se conoce que no tienen
prisa. Trijueque y el jefe francés han tenido una riña por el camino.
Creo que nos empecinamos otra vez.
--¿Tienes que comer?
--Medio pan puedo dar a usted. Ahí va.
Antes de poner el pie en tierra, comí con ansia. Luego que desembarqué,
despidiéndome del renegado, seguí precipitadamente mi camino. Todavía
tenía esperanzas de llegar a tiempo.
«Como saben que nadie ha de estorbarles --dije para mí--, irán con
calma. Dios alargue su borrachera... Sin embargo, si resuelven poner en
ejecución su plan a prima noche, es cosa perdida. Si le dejan para la
mañana... ¡Dios poderoso, llévame pronto allá!»
El frío me mortificaba mucho, sin que me fuese posible vencerlo con la
velocidad de la carrera, porque lleno mi cuerpo de dolores agudísimos,
me era muy difícil andar a prisa. No llovía, y a causa del recio viento
que durante el día reinara, el piso estaba algo duro, además de que la
fuerte helada de aquella noche petrificaba el suelo. A poco de alejarme
del río, noté que necesitaba gran esfuerzo para seguir andando; quería
avivar el paso; pero mientras más a prisa marchaba, más viva sentía
aquella resistencia de mis piernas a llevarme adelante. Senteme para
recobrar fuerzas, y al sentarme aumentó mi malestar. Dentro de mí
surgía una inclinación enérgica al reposo, un deseo profundo de no
mover brazo ni pierna. Quise sacudir la pereza, y anduve otro poco;
pero al corto trecho sentí que de las rodillas abajo mi persona no era
mi persona, sino un apéndice extraño, una extremidad de madera o de
hierro que me obedecía, sí, ¡pero de qué mala gana!
Moví los brazos, y ¡cosa singular! encontreme sin manos, es decir,
perdí la sensación de poseerlas. Esto me produjo mucha congoja; pero
aún permanecía poderoso, en medio del invasor enfriamiento, el horno de
mi corazón, que no anhelaba descanso, sino carrera.
«Tú no te enfriarás, corazón --exclamé--. Mientras tú conserves una
chispa de calor, el cuerpo de Gabriel marchará adelante. Si es preciso,
me daré de palos.»
Quise gritar y cantar; pero mi garganta se negó a articular sonidos.
Parecía que una invisible mano me la apretaba.
«Esto no es nada --pensé--. Ninguna falta me hace la voz. Ánimo,
corazón. Parece que llevo una fragua dentro de mí.» Pero la fragua se
iba extinguiendo también. Bien pronto mis rodillas fueron una masa
dura, rígida, mohosa; un gozne roñoso y sin juego. Al notarlo, hice lo
que me había prometido: me apaleé. Pero ¡ay! mi brazo derecho no pudo
manejar el sable, que se me escapó de la mano... Anduve más... quise de
nuevo correr, y mis piernas se doblaron. ¡Qué sensación tan extraña! El
suelo helado me parecía caliente.
Erguí la cabeza, moví el cuerpo; pero nada más. Mis manos, que aún
conservaban alguna sensibilidad, tocaron unos objetos largos, inertes
y fríos, y al notar que eran mis piernas, no pude evitar una sonrisa
fúnebre. Mi voluntad poderosa quería reanimar aquel vidrio que había
sido mi carne y mi sangre; pero no pudo. El corazón latía con furia, y
en mis oídos un zumbar monótono me enloquecía con lúgubre música. De
momento en momento me achicaba. La conciencia corporal iba estrechando
los límites de mi persona, y sentí que el mundo exterior, el cosmos,
digámoslo así, aunque parezca pedantería, empezaba en mi cintura y en
mis hombros.
«Tremendo es --pensé-- que esté uno metido dentro de una cosa que se
hiela como el agua... ¡Dios inhumano, un rayo que me derrita!»
Yo tenía un alma y me reconocía piedra.
Mi cuerpo tendía cada instante con más fuerza a la inmovilidad
absoluta. Como el moribundo deseé la vida, deseé que alguien viniese y
a martillazos me machacara.
Con ansiedad inmensa mi vista exploró el camino, y allá lejos, muy
lejos, observé gente que venía. Sonaba rumor de caballos, que acrecía
acercándose.
«Serán franceses --me dije--. ¡Malditos sean! Me salvarán, y otra vez
estoy en poder de esa canalla.»
Efectivamente, eran franceses; si bien cuando estuvieron próximos,
a pesar de que iba yo perdiendo el claro uso de mis sentidos, creí
distinguir voces españolas empeñadas con las francesas en viva disputa.
Venían también algunos renegados. Después de tantos esfuerzos, de
tantas luchas, cuando se había agotado la energía de mi cuerpo y de mi
espíritu, volvía a encontrarme prisionero. Casi anhelé que pasaran de
largo sin hacerme caso. Pero oí a mi lado la voz de mosén Antón, que
decía:
--Aquí hay un hombre helado. Es Araceli. Llevémosle al mesón.