XXIV

Pedí hospitalidad en una casucha donde había un anciano inválido y una

mujer joven, ambos muy afligidos por las vejaciones que sufrieran de

los franceses el día anterior; y cuando les conté cómo había escapado,

con gran gozo diéronme de comer y alguna ropa, que troqué por la

mía húmeda y desgarrada. Pero no pudieron proporcionarme lo que más

deseaba, y les dejé, continuando mi marcha hacia el mediodía.

En un caserío cerca de Algora encontré algunos españoles, a quienes al

punto conocí. Eran de la partida de Orejitas. Nos felicitamos por el

encuentro y me dieron noticias de D. Juan Martín.

--Dicen que D. Juan vive y ha ido con algunos hacia la sierra --me dijo

uno--. Está juntando la gente, y nosotros vamos en busca suya. Orejitas

está herido y D. Vicente no tiene novedad.

--Pues vamos todos allá --repuse--. ¿Decís que hacia Cifuentes?

--No: en Cifuentes está el francés.

--De todos modos, amigos míos, yo quisiera que me proporcionárais un

caballo.

--¡Un caballo! Por medio daríamos nosotros un ojo de la cara.

--Entremos en esta casa a tomar un bocado.

--¡Muchachos, a correr! --gritaba uno viniendo con precipitación hacia

nosotros--. ¡Que vienen, que vienen!

--¿Quién viene?

--Los franceses.

--¿Cuántos son?

--Diez.

--Nosotros seis --dije contando las filas--. Tenemos buenas armas. Pero

¿dónde están esos señores?

--Acaban de entrar en el pueblo --añadió el mensajero--, y se han

metido en la posada junto al molino. Son de caballería.

--Pues ataquémosles, muchachos --exclamé resuelto a todo--. Si hay

alguno entre nosotros que prefiera hacer a pie la jornada, que se

retire.

--Esto debe pensarse --dijo uno, que era sargento veterano en la

partida--. Perico, ¿los has visto tú, o tu miedo?

--¡Los he visto!

--¿Han dejado los caballos y se han metido en la posada para comer y

beber?

--No: están en el corralón, todos a caballo, trasegando el tinto.

Parece que van a seguir su camino. Son tiradores. Llevan carabina,

sable y pistola. Da miedo verles.

--¡A ellos! --grité sin saber lo que decía--. Les quitaremos los

caballos.

--Están prevenidos --repuso el sargento--. Pero por mí no ha de quedar.

Vamos allá.

--¿El posadero es nuestro? --pregunté.

--No; pero su mujer es capaz de cualquier cosa.

Algunos, considerando altamente peligrosa la hazaña, no querían

seguirme. Pero al fin, echándoles en cara su cobardía, pude

convencerles, y desviándonos del camino nos metimos en el pueblo por

las callejas del norte, acercándonos sigilosamente a la posada y al

molino del Sr. Perogordo. Entramos por una puerta excusada que nos

condujo a la cocina, y desde allí subimos a la parte alta del edificio

para explorar las fuerzas enemigas y escoger posición. Miraba yo hacia

el patio por un ventanillo abierto en la alcoba de la señora Bárbara,

esposa de Perogordo, mientras los compañeros aguardaban mis órdenes en

la pieza inmediata, cuando sentí que por detrás me tiraban del capote.

Al volverme, vi a la señora Bárbara que en voz baja me dijo:

--¿Se atreven ustedes a mandar al infierno a esos herejes?

--De eso me ocupaba, señora --repuse observando a los franceses que

estaban a caballo en el patio, recibiendo el vino que les servía el

criado de Perogordo.

--En la cocina --añadió la posadera-- tengo un gran calderón de agua

hirviendo. Lo puse al fuego para pelar el cerdo que matamos esta

mañana; pero voy a rociar con él a esos marranos.

--No se precipite usted --dije deteniéndola--, porque puede malograrse

el patriótico pensamiento de arrojar el agua.

--Aquí tiene usted la escopeta de mi marido, el hacha, el cuchillo

grande y dos pedreñales.

--¡Magnífico arsenal!

Entró el Sr. Perogordo diciendo:

--Es preciso tener prudencia. Esos condenados me quemarán la casa.

--Eres un mandria, Blas --repuso la señora Bárbara--. Si les hubieras

echado en el vino esos polvos que te dio el boticario para los ratones,

reventarían todos, sin necesidad de hacer aquí una carnicería. Te veo

yo muy agabachado, Blas... Ea, tengamos la fiesta en paz.

--Señor oficial --me dijo Perogordo--, lo mejor será que usted y los

suyos salgan al camino para esperar fuera a los franceses.

--Sr. Perogordo --repuse--, haré lo que me convenga para acabar con

ellos. Tienen magníficos caballos que nos hacen mucha falta.

--¡Qué bien parlado! --exclamó la posadera--. Estos tres que están

bajo la ventana grande, parece que están pidiendo el agua del Santo

Bautismo. Voy allá.

Y diciendo y haciendo, la diligente, y más que diligente, patriota

señora Bárbara, corrió a la habitación inmediata, y empuñando las asas

de un enorme caldero de agua caliente, que poco antes había subido,

vaciolo por la ventana sobre los cuerpos de los franceses, que a

pesar del frío no recibieron con agrado aquel sistema de calefacción.

Oyéronse gritos horribles; relincharon con espantoso alarido los

caballos, y en el mismo instante, mi gente empezó a hacer fuego desde

las ventanas altas, mientras Doña Bárbara, su hija y la criada

arrojaban con esa presteza propia de mujeres feroces, ladrillos,

piedras y cuanto habían a la mano.

--Cese el fuego --grité furioso--; abajo todo el mundo. Atacarles

cuerpo a cuerpo.

Corrimos abajo y la emprendimos con los imperiales, embistiéndoles con

tanta energía, que no pudieron resistir mucho tiempo. Además de que la

sorpresa les desconcertó, tres de ellos habían quedado incapaces de

defensa, con el horrible sacramento administrado por la atroz posadera.

Los caballos les estorbaban dentro del corralón. Alguno echó pie a

tierra y nos recibió a sablazos, descalabrando con fuerte mano a todo

el que se acercaba; pero al fin pudimos más que ellos, porque la gente

del pueblo acudió con hoces y azadas, y la señora Bárbara con su hija

se dio la satisfacción de arrastrar a uno hasta el brocal del pozo,

arrojándole dentro, sin duda para curarle con agua fría las heridas

ocasionadas por la caliente.

Cuatro de ellos huyeron, corriendo a uña de caballo, y los demás o

quedaron fuera de combate, o se dejaron maniatar para permanecer allí

como prisioneros de guerra, bajo la vigilancia de la señora Bárbara.

Perogordo se me acercó después del combate, y con gran aflicción me

dijo:

--Señor oficial, ¿y quién me paga el gasto? Esa loca de mi mujer tiene

la culpa de todo. Detrás de estos franceses vendrán otros, porque ahora

dominan en el país, y ¡pobre casa mía!

Pero yo no me cuidaba de contestarle, y recogiendo del campo de batalla

un sable, dos buenas pistolas y una escopeta, monté en el caballo que

me pareció mejor. En el mismo momento agolpose la gente del lugar en la

portalada del corralón, y mirando todos con espanto hacia lo alto del

camino, decían:

--¡Los franceses, los franceses!...

En efecto: venían en la misma dirección que yo había seguido; pero

no eran dos ni tres, sino más de cincuenta. No quise detenerme a

contarlos, y picando espuelas lancé mi caballo a toda carrera por el

camino abajo en dirección a Cifuentes.

--Cuatro leguas largas hay de aquí allá --decía para mí--. Aunque el

caballo está cansado, podré recorrerlas en dos horas. Esos que entraban

en Algora cuando yo salía, deben ser Santorcaz y algún destacamento

que le acompañe. Llegaré antes que ellos a Cifuentes, y podré, si no

ponerlas en salvo, al menos prevenirlas. Vuela, caballo, vuela.

Pero el caballo, desobedeciendo mis órdenes, no volaba, y un cuarto

de hora después de la salida, ni siquiera corría medianamente. Al fin

dio en la flor de pararse, insensible al látigo, a la espuela y a los

denuestos, y solo con blandas exhortaciones podía convencerle que me

llevase al paso y cojeando. Mi ansiedad era inmensa, pues temía verme

alcanzado y cogido por los franceses, que castigarían inmediatamente

en mí la escapatoria de Rebollar y la diablura de Algora. Apenas había

andado una legua después de hora y media de marcha, cuando llegué a

un caserío donde ofrecí cuanto llevaba (la suma no era ciertamente

deslumbradora) si me proporcionaban un caballo; pero todo fue inútil.

Imposibilitado de marchar con rapidez, seguí, resuelto a abandonar la

cabalgadura y a internarme en el monte, en caso de que me viera en

peligro de caer en manos de los que venían detrás.

Era cerca de media tarde, cuando sentí el trote vivo del destacamento

que había entrado en Algora mientras yo salía: hundí las espuelas a

mi caballo; mas el pobre animal, que apenas podía ya con el peso de

su propio cuerpo, dio con este en tierra para no levantarse más. A

toda prisa me aparté del camino. Cuando pasaron cerca, sorprendiéronse

de ver el animal en mitad del camino; algunos sospecharon que yo

estaría oculto en los alrededores, y les vi abandonar la senda como

para buscarme; pero sin duda no faltó entre ellos quien creyese más

oportuno seguir camino adelante, y, en efecto, siguieron. Distinguí

perfectamente a mosén Antón.

Después de este suceso perdí toda esperanza. Ya no podía llegar a

tiempo a Cifuentes. Mi desesperación y rabia eran tan grandes, que

eché a correr camino abajo deseando seguir a los jinetes. Mi sangre

hervía, mi corazón iba a estallar, rompíase mi cerebro en mil pedazos

y el sofocado aliento me ahogaba. Arrojeme en el suelo, maldiciendo

mi suerte, y evocando en mi ayuda no sé qué potencias infernales. Mis

ojos distinguían por todos lados inmenso horizonte, y en toda aquella

tierra no había un caballo para mí. Fijé la vista en el fango del

camino, y todo él estaba lleno de las huellas que deja la herradura.

¡Tanto animal yendo y viniendo, y ni uno solo para mí!

Aun entonces conservaba alguna esperanza.

--Ellos se detienen mucho en los pueblos --me dije--. Beben y comen en

todos los mesones. Si se detuvieran más de tres horas en otra parte,

quizás no lleguen a Cifuentes hasta la noche. De aquí a la noche bien

pueden andarse cuatro leguas. Ánimo, pues.

Seguí adelante. En el camino unos pastores dijéronme que el Empecinado

y D. Vicente Sardina habían pasado muy de mañana por la sierra y que

caminaban hacia Yela. Pregunteles por los atajos que podrían llevarme

más pronto a Cifuentes; pero sus noticias eran tan vagas, que juzgué

oportuno seguir por el camino para no perderme.

Juan Martín el Empecinado · 第 29 / 37 题