Pedí hospitalidad en una casucha donde había un anciano inválido y una
mujer joven, ambos muy afligidos por las vejaciones que sufrieran de
los franceses el día anterior; y cuando les conté cómo había escapado,
con gran gozo diéronme de comer y alguna ropa, que troqué por la
mía húmeda y desgarrada. Pero no pudieron proporcionarme lo que más
deseaba, y les dejé, continuando mi marcha hacia el mediodía.
En un caserío cerca de Algora encontré algunos españoles, a quienes al
punto conocí. Eran de la partida de Orejitas. Nos felicitamos por el
encuentro y me dieron noticias de D. Juan Martín.
--Dicen que D. Juan vive y ha ido con algunos hacia la sierra --me dijo
uno--. Está juntando la gente, y nosotros vamos en busca suya. Orejitas
está herido y D. Vicente no tiene novedad.
--Pues vamos todos allá --repuse--. ¿Decís que hacia Cifuentes?
--No: en Cifuentes está el francés.
--De todos modos, amigos míos, yo quisiera que me proporcionárais un
caballo.
--¡Un caballo! Por medio daríamos nosotros un ojo de la cara.
--Entremos en esta casa a tomar un bocado.
--¡Muchachos, a correr! --gritaba uno viniendo con precipitación hacia
nosotros--. ¡Que vienen, que vienen!
--¿Quién viene?
--Los franceses.
--¿Cuántos son?
--Diez.
--Nosotros seis --dije contando las filas--. Tenemos buenas armas. Pero
¿dónde están esos señores?
--Acaban de entrar en el pueblo --añadió el mensajero--, y se han
metido en la posada junto al molino. Son de caballería.
--Pues ataquémosles, muchachos --exclamé resuelto a todo--. Si hay
alguno entre nosotros que prefiera hacer a pie la jornada, que se
retire.
--Esto debe pensarse --dijo uno, que era sargento veterano en la
partida--. Perico, ¿los has visto tú, o tu miedo?
--¡Los he visto!
--¿Han dejado los caballos y se han metido en la posada para comer y
beber?
--No: están en el corralón, todos a caballo, trasegando el tinto.
Parece que van a seguir su camino. Son tiradores. Llevan carabina,
sable y pistola. Da miedo verles.
--¡A ellos! --grité sin saber lo que decía--. Les quitaremos los
caballos.
--Están prevenidos --repuso el sargento--. Pero por mí no ha de quedar.
Vamos allá.
--¿El posadero es nuestro? --pregunté.
--No; pero su mujer es capaz de cualquier cosa.
Algunos, considerando altamente peligrosa la hazaña, no querían
seguirme. Pero al fin, echándoles en cara su cobardía, pude
convencerles, y desviándonos del camino nos metimos en el pueblo por
las callejas del norte, acercándonos sigilosamente a la posada y al
molino del Sr. Perogordo. Entramos por una puerta excusada que nos
condujo a la cocina, y desde allí subimos a la parte alta del edificio
para explorar las fuerzas enemigas y escoger posición. Miraba yo hacia
el patio por un ventanillo abierto en la alcoba de la señora Bárbara,
esposa de Perogordo, mientras los compañeros aguardaban mis órdenes en
la pieza inmediata, cuando sentí que por detrás me tiraban del capote.
Al volverme, vi a la señora Bárbara que en voz baja me dijo:
--¿Se atreven ustedes a mandar al infierno a esos herejes?
--De eso me ocupaba, señora --repuse observando a los franceses que
estaban a caballo en el patio, recibiendo el vino que les servía el
criado de Perogordo.
--En la cocina --añadió la posadera-- tengo un gran calderón de agua
hirviendo. Lo puse al fuego para pelar el cerdo que matamos esta
mañana; pero voy a rociar con él a esos marranos.
--No se precipite usted --dije deteniéndola--, porque puede malograrse
el patriótico pensamiento de arrojar el agua.
--Aquí tiene usted la escopeta de mi marido, el hacha, el cuchillo
grande y dos pedreñales.
--¡Magnífico arsenal!
Entró el Sr. Perogordo diciendo:
--Es preciso tener prudencia. Esos condenados me quemarán la casa.
--Eres un mandria, Blas --repuso la señora Bárbara--. Si les hubieras
echado en el vino esos polvos que te dio el boticario para los ratones,
reventarían todos, sin necesidad de hacer aquí una carnicería. Te veo
yo muy agabachado, Blas... Ea, tengamos la fiesta en paz.
--Señor oficial --me dijo Perogordo--, lo mejor será que usted y los
suyos salgan al camino para esperar fuera a los franceses.
--Sr. Perogordo --repuse--, haré lo que me convenga para acabar con
ellos. Tienen magníficos caballos que nos hacen mucha falta.
--¡Qué bien parlado! --exclamó la posadera--. Estos tres que están
bajo la ventana grande, parece que están pidiendo el agua del Santo
Bautismo. Voy allá.
Y diciendo y haciendo, la diligente, y más que diligente, patriota
señora Bárbara, corrió a la habitación inmediata, y empuñando las asas
de un enorme caldero de agua caliente, que poco antes había subido,
vaciolo por la ventana sobre los cuerpos de los franceses, que a
pesar del frío no recibieron con agrado aquel sistema de calefacción.
Oyéronse gritos horribles; relincharon con espantoso alarido los
caballos, y en el mismo instante, mi gente empezó a hacer fuego desde
las ventanas altas, mientras Doña Bárbara, su hija y la criada
arrojaban con esa presteza propia de mujeres feroces, ladrillos,
piedras y cuanto habían a la mano.
--Cese el fuego --grité furioso--; abajo todo el mundo. Atacarles
cuerpo a cuerpo.
Corrimos abajo y la emprendimos con los imperiales, embistiéndoles con
tanta energía, que no pudieron resistir mucho tiempo. Además de que la
sorpresa les desconcertó, tres de ellos habían quedado incapaces de
defensa, con el horrible sacramento administrado por la atroz posadera.
Los caballos les estorbaban dentro del corralón. Alguno echó pie a
tierra y nos recibió a sablazos, descalabrando con fuerte mano a todo
el que se acercaba; pero al fin pudimos más que ellos, porque la gente
del pueblo acudió con hoces y azadas, y la señora Bárbara con su hija
se dio la satisfacción de arrastrar a uno hasta el brocal del pozo,
arrojándole dentro, sin duda para curarle con agua fría las heridas
ocasionadas por la caliente.
Cuatro de ellos huyeron, corriendo a uña de caballo, y los demás o
quedaron fuera de combate, o se dejaron maniatar para permanecer allí
como prisioneros de guerra, bajo la vigilancia de la señora Bárbara.
Perogordo se me acercó después del combate, y con gran aflicción me
dijo:
--Señor oficial, ¿y quién me paga el gasto? Esa loca de mi mujer tiene
la culpa de todo. Detrás de estos franceses vendrán otros, porque ahora
dominan en el país, y ¡pobre casa mía!
Pero yo no me cuidaba de contestarle, y recogiendo del campo de batalla
un sable, dos buenas pistolas y una escopeta, monté en el caballo que
me pareció mejor. En el mismo momento agolpose la gente del lugar en la
portalada del corralón, y mirando todos con espanto hacia lo alto del
camino, decían:
--¡Los franceses, los franceses!...
En efecto: venían en la misma dirección que yo había seguido; pero
no eran dos ni tres, sino más de cincuenta. No quise detenerme a
contarlos, y picando espuelas lancé mi caballo a toda carrera por el
camino abajo en dirección a Cifuentes.
--Cuatro leguas largas hay de aquí allá --decía para mí--. Aunque el
caballo está cansado, podré recorrerlas en dos horas. Esos que entraban
en Algora cuando yo salía, deben ser Santorcaz y algún destacamento
que le acompañe. Llegaré antes que ellos a Cifuentes, y podré, si no
ponerlas en salvo, al menos prevenirlas. Vuela, caballo, vuela.
Pero el caballo, desobedeciendo mis órdenes, no volaba, y un cuarto
de hora después de la salida, ni siquiera corría medianamente. Al fin
dio en la flor de pararse, insensible al látigo, a la espuela y a los
denuestos, y solo con blandas exhortaciones podía convencerle que me
llevase al paso y cojeando. Mi ansiedad era inmensa, pues temía verme
alcanzado y cogido por los franceses, que castigarían inmediatamente
en mí la escapatoria de Rebollar y la diablura de Algora. Apenas había
andado una legua después de hora y media de marcha, cuando llegué a
un caserío donde ofrecí cuanto llevaba (la suma no era ciertamente
deslumbradora) si me proporcionaban un caballo; pero todo fue inútil.
Imposibilitado de marchar con rapidez, seguí, resuelto a abandonar la
cabalgadura y a internarme en el monte, en caso de que me viera en
peligro de caer en manos de los que venían detrás.
Era cerca de media tarde, cuando sentí el trote vivo del destacamento
que había entrado en Algora mientras yo salía: hundí las espuelas a
mi caballo; mas el pobre animal, que apenas podía ya con el peso de
su propio cuerpo, dio con este en tierra para no levantarse más. A
toda prisa me aparté del camino. Cuando pasaron cerca, sorprendiéronse
de ver el animal en mitad del camino; algunos sospecharon que yo
estaría oculto en los alrededores, y les vi abandonar la senda como
para buscarme; pero sin duda no faltó entre ellos quien creyese más
oportuno seguir camino adelante, y, en efecto, siguieron. Distinguí
perfectamente a mosén Antón.
Después de este suceso perdí toda esperanza. Ya no podía llegar a
tiempo a Cifuentes. Mi desesperación y rabia eran tan grandes, que
eché a correr camino abajo deseando seguir a los jinetes. Mi sangre
hervía, mi corazón iba a estallar, rompíase mi cerebro en mil pedazos
y el sofocado aliento me ahogaba. Arrojeme en el suelo, maldiciendo
mi suerte, y evocando en mi ayuda no sé qué potencias infernales. Mis
ojos distinguían por todos lados inmenso horizonte, y en toda aquella
tierra no había un caballo para mí. Fijé la vista en el fango del
camino, y todo él estaba lleno de las huellas que deja la herradura.
¡Tanto animal yendo y viniendo, y ni uno solo para mí!
Aun entonces conservaba alguna esperanza.
--Ellos se detienen mucho en los pueblos --me dije--. Beben y comen en
todos los mesones. Si se detuvieran más de tres horas en otra parte,
quizás no lleguen a Cifuentes hasta la noche. De aquí a la noche bien
pueden andarse cuatro leguas. Ánimo, pues.
Seguí adelante. En el camino unos pastores dijéronme que el Empecinado
y D. Vicente Sardina habían pasado muy de mañana por la sierra y que
caminaban hacia Yela. Pregunteles por los atajos que podrían llevarme
más pronto a Cifuentes; pero sus noticias eran tan vagas, que juzgué
oportuno seguir por el camino para no perderme.