XXI

En aquellos instantes de turbación espantosa reflexioné que una

defección fingida no me serviría de nada, porque los franceses me

retendrían allí, imposibilitándome de acudir a Cifuentes, como yo

deseaba. Era preciso, pues, resignarse a morir. La traición no cabía

en mi pecho, y me aterraba más que la muerte desconsolada, fría y sin

gloria que tenía tan cerca.

Largo tiempo estuve solo. Turbaba el silencio de la solitaria pieza

la voz del Empecinadillo que hablaba con sus juguetes en un rincón.

El pobre chico, cuando se sentía fatigado de correr, sacaba de entre

sus ropas objetos diferentes que le servían de diversión. Un par de

botones eran caballos, un pedazo de clavo hacía de coche, y una piedra

de chispa era el cochero. Si su fantasía se inclinaba a las cosas

militares, las mismas baratijas eran cañones, cuerpos de ejército y

generales. Otras veces eran personas que le hablaban y sostenían con

él chispeantes diálogos. En mi tribulación, ¡cuán inefable deleite

experimentaba oyéndole!

Entró ya de noche un oficial en compañía del mismo soldado que me

visitara por la mañana. Echome el primero a la cara la luz de una

linterna, y después leyó un papel que parecía ser mi sentencia de

muerte.

--Al romper el día --añadió--, seréis pasado por las armas.

Era extraña la sentencia de un Consejo de guerra que me mandaba fusilar

sin oírme. Pero no procedía hacer reflexiones sobre esta anomalía.

Además, los guerrilleros, excepto Don Juan Martín, acostumbraban

despachar a cuantos franceses caían en sus manos, sin molestarse en el

uso de procedimientos. Los enemigos al menos tenían la consideración de

leerle a uno un papel donde constaba la picardía inaudita de defender

la patria.

El zapador traía comida abundante para mí y para el Empecinadillo,

que, recogiendo sus juguetes, se había refugiado entre mis brazos. Es

costumbre, hasta en los campamentos, engordar y emborrachar a los que

van a morir, aunque no consta este precepto entre las obras de caridad

de la religión cristiana.

--Mi teniente --dijo el soldado arreglando los platos en el suelo--,

creo que debe ser retirado de aquí este chiquillo.

--Si el preso quiere retenerlo en su compañía hasta mañana, dejadlo

aquí, Plobertin. Ese niño será suyo. No debe mortificarse inútilmente

a los desgraciados que van a morir. La comida es excelente, señor

español, y el vino de lo mejor.

Después de esta explosión de sentimientos caritativos, el francés me

miró con lástima.

--Mañana --prosiguió-- se recogerá este infeliz huérfano, para

entregarlo en el primer hospicio que encontremos en el camino.

Retirose el oficial, y Plobertin seguía poniendo en orden los platos.

Observele a la luz de la linterna, y con gran sorpresa vi su rostro

bañado en lágrimas.

--¿Qué tiene usted? --le pregunté.

Plobertin, por única respuesta, corrió hacia el Empecinadillo, y

estrechándole en sus brazos, le besó con ardiente efusión.

--Es una mengua --dijo-- que un soldado del Imperio llore a moco y

baba, ¿no es verdad? Pero no lo puedo remediar. Mis camaradas se han

reído de mí. Al ver esta noche a vuestro niño, el corazón se me ha

derretido... Señor oficial, me muero de dolor.

Sin cuidarse de la comida que me servía, sentose ante mí, sosteniendo

al chico sobre sus piernas cruzadas.

--Toma --dijo sacando del bolsillo varias golosinas--. Te voy a hacer

un vestido de lancero y una espadita de hierro con su vaina y correaje.

Me dejaré emplumar antes que permitir, como quiere el teniente

Houdinot, que te quedes en un hospicio. ¡Ay, mi pequeño Claudio,

corazón y alma mía! Mañana me pertenecerás. El pobre soldado, ausente

de su hogar, triste y sin familia, te llevará en sus brazos.

--¡Cuánta sensiblería! Ya sabemos que vuestro niño era como este.

--Sí --declaró con intensa congoja--. Era como este; era, señor

oficial, pero ya no es. ¿No dije a usted que hoy esperábamos el correo

de Francia? Pues el correo vino; ojalá no viniera. El corazón me

anunciaba una desgracia. ¡Ay, mi hijo único, mi pequeño Claudio, el

alma de mi vida, está ya en el cielo!

Cubriéndose el rostro con ambas manos, lloró sin consuelo.

--En la Borgoña --añadió--, el sarampión se está llevando todos los

niños. El señor cura Rivière me escribe (porque mi esposa, a causa

de su desolación, no puede hacerlo, además de que no sabe escribir),

y me dice que el pequeño Claudio... ¡Ay, mi corazón se despedaza! El

pobre niño no se apartaba de mi memoria en toda la campaña. ¡Oh! si yo

hubiera estado en Arnay-le-Duc, mi pequeñín no hubiera muerto... ¡Cómo

es posible! Tiene la culpa el Emperador..., ese ambicioso sin corazón...

¡Que Dios le quite al rey de Roma, como me ha quitado el mío!... Yo

tenía mi rey de Roma, que no nació para hacer daño a nadie... ¡Pobre de

mí! No tengo consuelo... Era rubio como este, con dos pedazos de cielo

azul por ojos, y este aire tan marcial, esta gracia, esta monería.

Cuando yo le tomaba en brazos para llevarle a paseo, me sentía más

orgulloso que un rey, y todos los papanatas de Arnay-le-Duc se morían

de envidia...

La congoja le impedía hablar. La cara del Empecinadillo se perdía en

las magníficas barbas del francés humedecidas por las lágrimas. Aquella

personificación de la fuerza humana; aquel león, cuya sola vista

causaba miedo, estaba delante de mí, dominado y vencido por el amor de

un niño.

--La semejanza --dijo-- de este angelito con el mío es tanta, que me

parece que Dios, después de llamar a mi pequeño Claudio al cielo, le

envía a hacerme una visita. Como me den la licencia en marzo, espero

entrar en Arnay-le-Duc con vuestro muñeco en brazos y presentarme en

mi casa diciendo: «Señora Catalina, aquí le traigo. El buen Dios,

que sabía mi soledad, le mandó a mi campamento. Has estado sola unos

meses... Todo no ha de ser para ti... Ya estamos juntos los tres.

Convidemos a todos los vecinos, celebremos una fiesta, pongamos a la

cabecera de la mesa al cura M. Rivière, para que nos explique este

milagro de Dios.»

Después, y mientras el Empecinadillo comía, me miró fijamente y me dijo:

--Aquí hace bastante frío. Además, este chico os servirá de estorbo.

¿Por qué no me le dais desde ahora?

--Señor Plobertin --repuse--, este niño no se separará de mí mientras

yo viva. ¿Verdad, lucero?

El Empecinadillo, saltando de los brazos del zapador, corrió a

arrojarse en los míos.

--Ven acá, tunante --le dije--. Tú no quieres a los asesinos de papá...

Dile a ese animal que se marche, que no quieres verle.

El niño miró a Plobertin con miedo, y se aferró a mi cuello, juntando

su cara con la mía.

--Os equivocáis, Sr. Plobertin --añadí--, si pensáis apoderaros de esta

criatura luego que yo muera. La dejaré en poder del comandante, el

cual en su caballerosidad no permitirá que por más tiempo esté ausente

de sus padres.

--¿No es vuestro?

--¡Qué desatino! ¿Habéis visto alguna vez que un oficial lleve sus

hijos a la guerra?

--Muchas veces: en los ejércitos imperiales se han criado algunos niños.

--Este que veis aquí es hijo de los señores Duques de Alcalá. Hallábase

en poder de su nodriza en un pueblo de la Alcarria; quemaron nuestros

soldados el lugar, recogiendo a este señor duquito; mas sabida por D.

Juan Martín la elevación de su origen, ordenó que fuese entregado en

Jadraque a la servidumbre del señor Duque, que le está buscando. Con

este fin le llevábamos, cuando nos sorprendieron los renegados y los

franceses. Yo le recogí del campo de batalla a punto de ser pisoteado

por la caballería.

Plobertin, hombre de poca perspicacia, creyó lo del ducado.

--Antes de morir le entregaré al señor comandante, para que lo retenga

en su poder hasta que pueda ser puesto en manos de la gente del de

Alcalá. Os advierto que el señor Duque es partidario y amigo del Rey

José. Conque pensad si vuestro comandante tendrá cuidado de complacerle.

Plobertin lo creyó todo. Bestia de mucha fuerza, pero de poca astucia,

no supo evitar el lazo que yo le tendía. Mirábame con asombro y

desconsuelo.

--De modo que no hay _pequeño Claudio_ para el Sr. Plobertin --añadí--.

Sois un hombre sensible, un padre cariñoso; pero Dios ha querido

probaros, y el consuelo que deseabais os será negado. Sin embargo (al

decir esto acerqueme más a él), os propongo un medio para que adquiráis

este juguete que tanto os agrada.

--¿Cuál?

--No puede ser más sencillo --le contesté con serenidad--. Dejadme

escapar, y os dejaré esta prenda.

Levantose con viveza el león, y enfurecido me dijo:

--¡Que os deje escapar! ¿Qué habéis dicho? ¿Por quién me tomáis?

¿Creéis que somos aquí como en las partidas? ¿Creéis que los franceses

nos vendemos por un cigarrillo como vuestros guerrilleros?... ¡Escapar!

¡Solo Dios haciendo un milagro os salvaría!

--Sr. Plobertin, un buen soldado como vos, ¿será cómplice del asesinato

que se va a perpetrar en mí?

--¡Asesinato! --exclamó mostrándome sus formidables puños--. Que os

salpiquen los sesos, ¿a mí qué me importa? Lo mismo debieran hacer

con todos los españoles, a ver si de una vez se acababa esta maldita

guerra... Miradme bien, mirad estas manos. ¿Creéis que necesito armas

contra un alfeñique como vos? Si lo dudáis y queréis probarlo, hablad

segunda vez de escaparos. Estando en Portugal con Junot, custodiaba a

un preso. Quiso fugarse: le cogí el cuello con la izquierda, y con la

derecha dile tan fuerte martillazo sobre el cráneo, que ahorré algunos

cartuchos a los tiradores que le aguardaban en el cuadro...

Luego quiso tomar en brazos al Empecinadillo, diciendo:

--Dame un beso, amor mío, que me voy. Despídete de tu querido papá.

El chiquillo se aferró a mi cuello con toda su fuerza, y ocultando

el rostro, sacudió sus patitas que azotaron la cara del formidable

zapador. Gruñendo y jurando alejose este, después de darme las buenas

noches con muy mal talante.

La débil esperanza que me había reanimado por un momento, desaparecía.

Juan Martín el Empecinado · 第 26 / 37 题