En aquellos instantes de turbación espantosa reflexioné que una
defección fingida no me serviría de nada, porque los franceses me
retendrían allí, imposibilitándome de acudir a Cifuentes, como yo
deseaba. Era preciso, pues, resignarse a morir. La traición no cabía
en mi pecho, y me aterraba más que la muerte desconsolada, fría y sin
gloria que tenía tan cerca.
Largo tiempo estuve solo. Turbaba el silencio de la solitaria pieza
la voz del Empecinadillo que hablaba con sus juguetes en un rincón.
El pobre chico, cuando se sentía fatigado de correr, sacaba de entre
sus ropas objetos diferentes que le servían de diversión. Un par de
botones eran caballos, un pedazo de clavo hacía de coche, y una piedra
de chispa era el cochero. Si su fantasía se inclinaba a las cosas
militares, las mismas baratijas eran cañones, cuerpos de ejército y
generales. Otras veces eran personas que le hablaban y sostenían con
él chispeantes diálogos. En mi tribulación, ¡cuán inefable deleite
experimentaba oyéndole!
Entró ya de noche un oficial en compañía del mismo soldado que me
visitara por la mañana. Echome el primero a la cara la luz de una
linterna, y después leyó un papel que parecía ser mi sentencia de
muerte.
--Al romper el día --añadió--, seréis pasado por las armas.
Era extraña la sentencia de un Consejo de guerra que me mandaba fusilar
sin oírme. Pero no procedía hacer reflexiones sobre esta anomalía.
Además, los guerrilleros, excepto Don Juan Martín, acostumbraban
despachar a cuantos franceses caían en sus manos, sin molestarse en el
uso de procedimientos. Los enemigos al menos tenían la consideración de
leerle a uno un papel donde constaba la picardía inaudita de defender
la patria.
El zapador traía comida abundante para mí y para el Empecinadillo,
que, recogiendo sus juguetes, se había refugiado entre mis brazos. Es
costumbre, hasta en los campamentos, engordar y emborrachar a los que
van a morir, aunque no consta este precepto entre las obras de caridad
de la religión cristiana.
--Mi teniente --dijo el soldado arreglando los platos en el suelo--,
creo que debe ser retirado de aquí este chiquillo.
--Si el preso quiere retenerlo en su compañía hasta mañana, dejadlo
aquí, Plobertin. Ese niño será suyo. No debe mortificarse inútilmente
a los desgraciados que van a morir. La comida es excelente, señor
español, y el vino de lo mejor.
Después de esta explosión de sentimientos caritativos, el francés me
miró con lástima.
--Mañana --prosiguió-- se recogerá este infeliz huérfano, para
entregarlo en el primer hospicio que encontremos en el camino.
Retirose el oficial, y Plobertin seguía poniendo en orden los platos.
Observele a la luz de la linterna, y con gran sorpresa vi su rostro
bañado en lágrimas.
--¿Qué tiene usted? --le pregunté.
Plobertin, por única respuesta, corrió hacia el Empecinadillo, y
estrechándole en sus brazos, le besó con ardiente efusión.
--Es una mengua --dijo-- que un soldado del Imperio llore a moco y
baba, ¿no es verdad? Pero no lo puedo remediar. Mis camaradas se han
reído de mí. Al ver esta noche a vuestro niño, el corazón se me ha
derretido... Señor oficial, me muero de dolor.
Sin cuidarse de la comida que me servía, sentose ante mí, sosteniendo
al chico sobre sus piernas cruzadas.
--Toma --dijo sacando del bolsillo varias golosinas--. Te voy a hacer
un vestido de lancero y una espadita de hierro con su vaina y correaje.
Me dejaré emplumar antes que permitir, como quiere el teniente
Houdinot, que te quedes en un hospicio. ¡Ay, mi pequeño Claudio,
corazón y alma mía! Mañana me pertenecerás. El pobre soldado, ausente
de su hogar, triste y sin familia, te llevará en sus brazos.
--¡Cuánta sensiblería! Ya sabemos que vuestro niño era como este.
--Sí --declaró con intensa congoja--. Era como este; era, señor
oficial, pero ya no es. ¿No dije a usted que hoy esperábamos el correo
de Francia? Pues el correo vino; ojalá no viniera. El corazón me
anunciaba una desgracia. ¡Ay, mi hijo único, mi pequeño Claudio, el
alma de mi vida, está ya en el cielo!
Cubriéndose el rostro con ambas manos, lloró sin consuelo.
--En la Borgoña --añadió--, el sarampión se está llevando todos los
niños. El señor cura Rivière me escribe (porque mi esposa, a causa
de su desolación, no puede hacerlo, además de que no sabe escribir),
y me dice que el pequeño Claudio... ¡Ay, mi corazón se despedaza! El
pobre niño no se apartaba de mi memoria en toda la campaña. ¡Oh! si yo
hubiera estado en Arnay-le-Duc, mi pequeñín no hubiera muerto... ¡Cómo
es posible! Tiene la culpa el Emperador..., ese ambicioso sin corazón...
¡Que Dios le quite al rey de Roma, como me ha quitado el mío!... Yo
tenía mi rey de Roma, que no nació para hacer daño a nadie... ¡Pobre de
mí! No tengo consuelo... Era rubio como este, con dos pedazos de cielo
azul por ojos, y este aire tan marcial, esta gracia, esta monería.
Cuando yo le tomaba en brazos para llevarle a paseo, me sentía más
orgulloso que un rey, y todos los papanatas de Arnay-le-Duc se morían
de envidia...
La congoja le impedía hablar. La cara del Empecinadillo se perdía en
las magníficas barbas del francés humedecidas por las lágrimas. Aquella
personificación de la fuerza humana; aquel león, cuya sola vista
causaba miedo, estaba delante de mí, dominado y vencido por el amor de
un niño.
--La semejanza --dijo-- de este angelito con el mío es tanta, que me
parece que Dios, después de llamar a mi pequeño Claudio al cielo, le
envía a hacerme una visita. Como me den la licencia en marzo, espero
entrar en Arnay-le-Duc con vuestro muñeco en brazos y presentarme en
mi casa diciendo: «Señora Catalina, aquí le traigo. El buen Dios,
que sabía mi soledad, le mandó a mi campamento. Has estado sola unos
meses... Todo no ha de ser para ti... Ya estamos juntos los tres.
Convidemos a todos los vecinos, celebremos una fiesta, pongamos a la
cabecera de la mesa al cura M. Rivière, para que nos explique este
milagro de Dios.»
Después, y mientras el Empecinadillo comía, me miró fijamente y me dijo:
--Aquí hace bastante frío. Además, este chico os servirá de estorbo.
¿Por qué no me le dais desde ahora?
--Señor Plobertin --repuse--, este niño no se separará de mí mientras
yo viva. ¿Verdad, lucero?
El Empecinadillo, saltando de los brazos del zapador, corrió a
arrojarse en los míos.
--Ven acá, tunante --le dije--. Tú no quieres a los asesinos de papá...
Dile a ese animal que se marche, que no quieres verle.
El niño miró a Plobertin con miedo, y se aferró a mi cuello, juntando
su cara con la mía.
--Os equivocáis, Sr. Plobertin --añadí--, si pensáis apoderaros de esta
criatura luego que yo muera. La dejaré en poder del comandante, el
cual en su caballerosidad no permitirá que por más tiempo esté ausente
de sus padres.
--¿No es vuestro?
--¡Qué desatino! ¿Habéis visto alguna vez que un oficial lleve sus
hijos a la guerra?
--Muchas veces: en los ejércitos imperiales se han criado algunos niños.
--Este que veis aquí es hijo de los señores Duques de Alcalá. Hallábase
en poder de su nodriza en un pueblo de la Alcarria; quemaron nuestros
soldados el lugar, recogiendo a este señor duquito; mas sabida por D.
Juan Martín la elevación de su origen, ordenó que fuese entregado en
Jadraque a la servidumbre del señor Duque, que le está buscando. Con
este fin le llevábamos, cuando nos sorprendieron los renegados y los
franceses. Yo le recogí del campo de batalla a punto de ser pisoteado
por la caballería.
Plobertin, hombre de poca perspicacia, creyó lo del ducado.
--Antes de morir le entregaré al señor comandante, para que lo retenga
en su poder hasta que pueda ser puesto en manos de la gente del de
Alcalá. Os advierto que el señor Duque es partidario y amigo del Rey
José. Conque pensad si vuestro comandante tendrá cuidado de complacerle.
Plobertin lo creyó todo. Bestia de mucha fuerza, pero de poca astucia,
no supo evitar el lazo que yo le tendía. Mirábame con asombro y
desconsuelo.
--De modo que no hay _pequeño Claudio_ para el Sr. Plobertin --añadí--.
Sois un hombre sensible, un padre cariñoso; pero Dios ha querido
probaros, y el consuelo que deseabais os será negado. Sin embargo (al
decir esto acerqueme más a él), os propongo un medio para que adquiráis
este juguete que tanto os agrada.
--¿Cuál?
--No puede ser más sencillo --le contesté con serenidad--. Dejadme
escapar, y os dejaré esta prenda.
Levantose con viveza el león, y enfurecido me dijo:
--¡Que os deje escapar! ¿Qué habéis dicho? ¿Por quién me tomáis?
¿Creéis que somos aquí como en las partidas? ¿Creéis que los franceses
nos vendemos por un cigarrillo como vuestros guerrilleros?... ¡Escapar!
¡Solo Dios haciendo un milagro os salvaría!
--Sr. Plobertin, un buen soldado como vos, ¿será cómplice del asesinato
que se va a perpetrar en mí?
--¡Asesinato! --exclamó mostrándome sus formidables puños--. Que os
salpiquen los sesos, ¿a mí qué me importa? Lo mismo debieran hacer
con todos los españoles, a ver si de una vez se acababa esta maldita
guerra... Miradme bien, mirad estas manos. ¿Creéis que necesito armas
contra un alfeñique como vos? Si lo dudáis y queréis probarlo, hablad
segunda vez de escaparos. Estando en Portugal con Junot, custodiaba a
un preso. Quiso fugarse: le cogí el cuello con la izquierda, y con la
derecha dile tan fuerte martillazo sobre el cráneo, que ahorré algunos
cartuchos a los tiradores que le aguardaban en el cuadro...
Luego quiso tomar en brazos al Empecinadillo, diciendo:
--Dame un beso, amor mío, que me voy. Despídete de tu querido papá.
El chiquillo se aferró a mi cuello con toda su fuerza, y ocultando
el rostro, sacudió sus patitas que azotaron la cara del formidable
zapador. Gruñendo y jurando alejose este, después de darme las buenas
noches con muy mal talante.
La débil esperanza que me había reanimado por un momento, desaparecía.