Puse al Empecinadillo sobre mis rodillas, y le dije:
--Pobre niño, esperé que me salvarías; pero Dios no lo quiere.
Pareció que me comprendía y se puso a llorar.
--No llores, no llores... a ver, come de este pastel que el Sr.
Plobertin ha traído para ti. Parece que está bueno.
La soledad y profunda tristeza en que me encontraba, me inducían a
comunicarme con mi compañero, cual si fuese una persona capaz de
comprenderme.
--Considera tú si no es una iniquidad lo que van a hacer conmigo.
¡Matarme, asesinarme...! Porque es un asesinato, hijo mío, ¿no lo
crees así? ¿Qué he hecho yo? Servir lealmente a la patria. Esos
esclavos de Bonaparte, que le obedecen como máquinas y le sirven como
perros, no comprenden el sentimiento de la patria.
El Empecinadillo me miró con sus dulces ojos azules llenos de luz y
expresión. Creyendo advertir en su mirada un categórico asentimiento a
mi discurso, proseguí de este modo:
--¡Glorioso es morir sin culpa! ¡Gran premio del bien obrar, de la
inocencia y de la virtud, es esa inmortalidad gozosa que la religión
nos ha ofrecido, niño mío! Pero mi alma no está tranquila; mi alma
no tiene bastante serenidad ni bastante entereza para afrontar los
horrores del tránsito, y se apega un poco a la tierra. ¡Qué infeliz
soy! Bien lo sabes tú. En mi vida agitada, triste y dolorosa, sin
padres, sin familia, sin fortuna, obligado a luchar con el destino y
a vivir con mis propios esfuerzos, solo dos personas me han amado con
desinteresado cariño; esas dos personas están a punto de ser víctimas
de una infame acción, y aquí me tienes imposibilitado de socorrerlas,
preso, dispuesto a morir, casi muerto ya. ¡Qué triste momento! ¿No me
dices nada, no me consuelas?
El Empecinadillo se comía su pastel.
--Come, hermoso animalito, no tengas reparo de comer --continué--;
aprovecha el tiempo, aprovecha las horas de tu inocencia, estas horas
en que siempre hallarás personas caritativas que te den el sustento,
que te abriguen y consuelen. Pero crecerás, crecerás; la carga de la
vida empezará a pesar sobre tus hombros hoy libres; ¡sabrás lo que son
penas, luchas, fatigas y dolores!
Le abracé y besé con dolorosa emoción. Era la única forma viva del
mundo delante de mí, y su pequeño corazón, que yo sentía palpitar entre
mis brazos, parecía indicarme la despedida de los sentimientos que yo
había logrado inspirar en la tierra. Le apretaba contra mí, como si
quisiera metérmelo dentro del pecho.
--¿Me quieres mucho? --le pregunté.
--Sí --me respondió, añadiendo mi nombre, desfigurado por su media
lengua.
--¿De veras me quieres mucho? --le pregunté de nuevo, experimentando
las más puras delicias al oírle decir que me amaba--. ¿Y quieres que me
maten?
Movía la cabeza negativamente, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Experimentaba yo una angustia insoportable, y el corazón se me
deshacía. Nuevamente me sentí atacado de la desesperación, y
levantándome impetuosamente y corriendo a la reja, intenté moverla con
colosales esfuerzos. La reja, bien clavada en el muro, no se movía, y
aunque sus barrotes no eran muy gruesos, tenían la robustez suficiente
para no ceder al empuje de manos humanas, aunque fueran las del zapador
Plobertin.
--Y si pudiera romper esta reja --dije para mí--, ¿de qué me serviría,
si la salida de la huerta está cerrada, y todo custodiado por
centinelas?
Corrí por la habitación como un demente; aplicaba el oído a la
cerradura de la puerta; tocaba con mis manos las vigas del techo por
ver si alguna cedía; golpeaba con violentos puntapiés las paredes. No
había salida por ninguna parte.
En tanto, mi compañero, bien porque tuviera frío, bien porque se
asustara de verme en tan lastimoso estado de locura, empezó a llorar a
gritos.
--Calla, mi niño, calla por Dios... --le dije--; tu llanto me lastima.
¡Plobertin va a venir y te comerá!
No me engañaba. Al poco rato sentí que descorrían los pesados cerrojos,
y entró un sargento que hacía de carcelero, y tras él Plobertin muy
irritado, diciendo:
--¿Por qué llora ese niño? Desde abajo le he sentido. Le estáis
mortificando, señor oficial, y os las veréis conmigo... ¿Qué te ha
hecho este judío, amor mío; qué quieres?
--Sr. Plobertin --dije--, hacedme el favor de no molestarme más con
vuestras visitas. Me quejaré al comandante.
--Señor oficial --dijo él furiosamente--, os advierto que si seguís
mortificando a la criatura, no podréis decirle nada al comandante,
porque aquí mismo... Ya me conocéis... Contento está el comandante
de vos... No entro de guardia hasta la madrugada: estaré abajo, y si
siento llorar otra vez al pequeño Claudio... Sin duda os habréis comido
las golosinas que traje para él...
--Vámonos, Plobertin --dijo el sargento--. El comandante ha mandado
que se le deje tranquilo.
Se fueron. El muchacho calló. Arropándole para que durmiera, le dije:
--Empecinadillo, no hay más remedio que resignarse a la muerte. Duerme,
niñito mío; recemos antes. ¿Sabes rezar?
Sus labios articularon dos o tres vocablos de los más feos, atroces e
indecentes de nuestra lengua.
--Eso no se dice, chiquillo. ¿_Mamá_ Santurrias no te ha enseñado el
Padre nuestro, ni siquiera el Bendito?
Me contestó en la lengua que sabía.
--Chiquillo, ¿tú no sabes que hay un Dios, el que te da de comer, el
que te ha dado la vida, el que ahora ha dispuesto que me la quiten a mí?
Esto no lo entendía, y me miraba atentamente. En mi pecho se desbordaba
el sentimiento religioso, y mi alma, en su exaltación, buscaba otra
alma que armonizase con ella, que la acompañase, guiándola en su
misterioso vuelo.
--Empecinadillo --proseguí sin caer en la cuenta de que hablaba con un
niño--, recemos. Dios dispone del destino de las criaturas. Dios da
la vida y la muerte. Yo elevo mi espíritu al Supremo Bien, y le digo:
«Señor que estás en los cielos, recíbeme en tu seno.»
El huérfano, repentinamente atacado de una jovialidad inagotable,
pronunciaba, recalcándolas con complacencia infantil, las palabrotas de
su repertorio. Yo quisiera poderlas copiar; pero el pudor del lenguaje
me lo veda, quitando todo su interés a la escena que describo.
--Niñito mío --le dije--, olvida esas barbaridades que te han enseñado.
Pero eres un ángel, y en tu boca el fango es oro. Pide a Dios por mí.
¿Tú sabes quién es Dios?
Sin responder nada, miraba al techo.
--Dios está arriba --añadí--, encima del cielo azul, ¿sabes? Recemos
juntos, y pidámosle piedad para la desgraciada víctima de las pasiones
de los hombres... Pero tú no entiendes esto... Duérmete, pobrecillo,
que es locura hacerte participar de mi congoja.
Quise rezar solo y no podía, porque no se puede rezar mintiendo. Las
palabras formuladas en mi pensamiento, sin pasar a la boca, expresaban
piadosa resignación con la muerte; pero la voz de mi corazón repetía
dentro de mí con estruendo más sonoro que el eco de cien tempestades:
«Quiero vivir.»
--Empecinadillo --grité dando rienda suelta a mi dolor--, no duermas,
no, no me dejes solo. Pidamos a Dios que me dé la libertad y la vida.
El niño abrió los ojos y me habló... como él sabía hablar.
--¡No blasfemes, por piedad! --exclamé horrorizado--. ¡Dios mío! Las
palabras de los hombres, ¿llegan hasta aquí?
Mi compañero sacó los brazos de su envoltorio, y empezó a dar palmadas
y a reír.
--¿Por qué ríes, ángel? Tu risa me causa inmenso dolor.
Arrojose sobre mí, besándome y acariciándome.
Después me dio varias bofetadas, que acepté sin defenderme. Le cogí en
brazos, y mi mano chocó con un cuerpo extraño, que anteriormente había
tocado, pero en el cual hasta entonces, por circunstancias especiales
del espíritu, no fijara yo la atención. Con avidez registré las ropas,
mejor dicho, los envoltorios que cubrían al Empecinadillo, y encontré
una cavidad, un inmundo bolsillo lleno de baratijas. Saquelo todo, y vi
un pedazo de cazoleta, un cordón verde, dos o tres botones, una corona
arrancada a un bordado, y una lima, un pedazo de lima como de cuatro
pulgadas de largo, bastante ancha, con diente duro y afilado.
Un rayo de luz iluminó de súbito mi entendimiento. ¡Una lima! Era fácil
limar uno o dos de los hierros de la reja y desenlazar los demás...
Levanteme de un salto... Me creía salvado, y di gracias a Dios con una
sola frase, con una exclamación pronunciada por todo mi ser... Corrí a
la reja... probé la herramienta... Era admirable, y comía el hierro con
su bien templada dentadura.
--¿De dónde has sacado esto? --pregunté al Empecinadillo.
--_Mocavelde_ --me contestó.
--Ya... se la robaste a Moscaverde, el cerrajero de la partida...
hiciste bien... Dios bendiga tus manos de ángel. Duérmete ahora, que
voy a trabajar, y cuidado cómo lloras.