XX

--Vaya usted preparando su espíritu con esos recuerdos --le dije--, y

al fin comprenderá que no tiene otro camino que pedir perdón a D. Juan

de esa gran villanía que usted cometió en un momento de despecho. Todos

los hombres tienen un mal cuarto de hora.

--No... nada de perdones --repuso dejando caer la cabeza sobre el

pecho--. Juan me ha tratado mal. Tiene envidia de mis hazañas. ¡Oh!

Si le hubiera yo cogido anoche, le habría dicho: «Ea, Sr. Empecinado,

¿de qué le valen a usted esos humos? Ya está usted a merced de Mosén

Antón... Abajo esos galones, y váyase usted a su casa.» Le hubiéramos

perdonado, tomando yo el mando de toda la gente, pues así lo concerté

con Albuín.

--Dios protegió al soldado leal, y la traición victoriosa por un

momento es despreciada por los mismos enemigos. ¿Hay en el mundo

un ser más desgraciado que usted? El peso de sus remordimientos, la

repugnancia que como traidor inspira a los franceses, ¿no le han movido

a desear cambiarse por mí, condenado a morir?

--¡Sí... me cambiaría, me cambiaría! --dijo lúgubremente--. En verdad

no hay un hombre más desgraciado que yo en toda la redondez de la

tierra. El Manco está contento, porque al fin... ese no quería más que

dinero, y ya lo tiene. Pero yo he ambicionado lo que no me pueden dar,

lo que no alcanzaré nunca, no... yo quiero un gran ejército, y creí que

el demonio me lo daría. El demonio se ríe de mí y me llama _¡monsieur

le chanoine!_

Mosén Antón dio un salto, y con frenético ardor, poseído de insana

rabia, golpeó la pared con su cabeza, exclamando:

--¡Rómpete, cabeza, rómpete!... ¿para qué me sirves ya? ¿De qué te

vale lo que llevas dentro?... Inventa sermones para embobar a los

botorritanos, y nada más. ¡Epaminondas, César, Alejandro, Gran Capitán,

Bonaparte! Vosotros tuvisteis ejércitos que mandar: yo no mandaré más

que en mi iglesia, y el ama y mi sobrina, el sacristán y el monago me

obedecerán tan solo.

--Basta --dije apartándole de la pared, temiendo que realmente se

estrellara el cráneo.

El Empecinadillo sacó la cabeza fuera de la manta, para mirar un

instante con aterrados ojos a Trijueque. Después se volvió a esconder.

--Hasta que no me echen abajo esta montaña que llevo sobre los

hombros... Mi cabeza es demasiado grande y harto pesada para uno solo.

Con ella habría para dar entendimiento a veinte.

Los ojos se le querían saltar de las irritadas órbitas; respiraba con

ardiente resoplido, y el aspecto de su cara era el de un delirante.

--Me voy --dijo--. Quiero pasear por el campo... Pensaré lo que debo

hacer. Valiente joven, ánimo. La situación de usted es de las más

gloriosas.

--Sí --repuse con honda tristeza.

--Le fusilarán de madrugada. Su recuerdo quedará vivo y respetado en

el ejército. «¡Araceli, dirán, gran muchacho! Murió por no querer

pasarse al enemigo...» Se escribirá su nombre en la historia... ¡Bonita

página!... hermosa vida y más hermosa muerte.

No le respondí nada.

--¿Será usted capaz de flaquear en el momento supremo? Esa alma

varonil, ¿será capaz de sentir turbación cuando el cuerpo se vea dentro

del fúnebre cuadro?

--No.

--Ánimo. Si le viera a usted decaer de su apogeo glorioso, tendría

un disgusto. Pues no se envanecería poco esa vil canalla si usted

se afrancesara... No, no, vil gentuza francesa... no le tendréis...

El heroico joven morirá antes que servir bajo vuestra ignominiosa

bandera... ¡Maldito sea el español que cae en vuestros lazos!

¡Miserables secuaces del gran bandido!... Valor, joven. Que le vea yo

a usted dentro del cuadro abatiendo con su noble altivez la vanidad de

esos cobardes.

--Es extraño que de tal modo me hable un hombre que ha hecho lo que ha

hecho.

--No hable usted de mí. Yo soy un... Anoche, santo Dios... cómo me

abrumaba el peso... Conque valor, mucho valor... Este ejemplo que tengo

ante la vista me entusiasma... Francamente, cuando vi que subía a

conferenciar con usted ese farsante a quien llaman Santorcaz, temí...

--Le conozco hace tiempo. Ese hombre y yo no podemos hacer buena

compañía.

--Él se las prometía muy felices. Es un bribón. En verdad que no es de

los que peor me tratan. Dicen que todas esas idas y venidas al ejército

francés, y el recorrer los pueblos de la Alcarria, es por cuestión de

unos amores con cierta jovenzuela de Cifuentes.

--¿Eso dicen?

--Sí... y ahora me viene a la memoria que entre él y ese zascandil de

D. Pelayo, que vino acá conmigo, están tramando una picardía... El

nombre del Sr. Araceli danza en la fiesta.

--¿Mi nombre?

--Sí; pero ¿qué le importan estas tonterías a un hombre que está con un

pie en la inmortalidad?

--Cuénteme usted todo lo que sepa...

--Ello es que... a ver si me acuerdo. Tiene uno la cabeza tan llena de

ideas, que no se fija en lo que se dice a su lado...

--Haga usted memoria: nada me sorprenderá, pues todo lo he previsto.

--Ello es que... --dijo rascándose la oreja--. ¡Ah! ya me acuerdo. Hay

una chica en Cifuentes.

--Es muy natural que haya, no una, sino varias.

--Y esa chica es al modo de novia de Araceli. Un soldado como usted

no debe meterse en noviazgos... ¡Ah! es evidente que Santorcaz quiere

llevársela. En verdad, fusilarle a uno y quitarle después su novia,

es un poco fuerte. Pero no haga usted caso. Ánimo, joven. Las grandes

almas desprecian las pequeñeces del mundo.

--¿No sabe usted más?

--Sí. Ese D. Luis estaba esta mañana discurriendo el modo de

sacarla... ¡Si pudiera acordarme de lo que dijo...! ¡Cómo se reían los

tunantes!... El D. Pelayo mostró a Santorcaz una carta que usted había

escrito a esa damisela desde Sigüenza, y que le confió a él para que la

llevase.

--Es verdad. Hace más de diez días --dije con la mayor ansiedad.

--Santorcaz la leyó. Después, después... ya me acuerdo. Después dijo

que era preciso escribir otra imitando la letra de usted.

--¿Para qué?...

--Una cartita en que se figurase que usted escribía a la tal

chiquilla... ¿para qué se mete usted en chicoleos con las muchachas?

Pues... una esquela diciéndole: «Estaba preso en Gárgoles, y me he

escapado. Unos amigos me han escondido. Quiero veros, lucero mío, sí...

quiero veros. Venid al instante. Sé que vuestra mamá está enferma

en cama. No le digáis nada. Tengo que confiaros una cosa, de que

depende el porvenir, etc. Salid un momento por la puertecilla de la

huerta. Estoy en la casa de enfrente. Fiaos del que os entregará esta,

que es mi mejor amigo...» Cuando yo subí, D. Pelayo, que es un gran

pendolista, estaba escribiendo la carta. El demonio son los enamorados.

He aquí una debilidad que yo no he tenido nunca. Esos bribones quieren

obligarla a salir de casa, para echarle el guante.

Al oír esto, quedeme absorto y mudo. Después la sangre saltó dentro

de mí, y una cólera impetuosa se desató en mi pecho. Levantándome con

ímpetu frenético, corrí a la puerta, que Trijueque había cerrado por

dentro guardando la llave, y la sacudí con violencia.

--¡Quiero salir! --grité--. ¡Quiero salir! No puedo estar aquí ni un

momento más. ¡Mi libertad, que me devuelvan mi libertad!

Mosén Antón, corriendo tras de mí, me sujetó.

--¡Qué es eso de libertad! Silencio.

El furor me abrasaba la sangre. Mi corazón estallaba, y olvidé mi

próxima muerte.

--¡Quiero mi libertad! ¡Yo necesito salir de aquí; hablaré al

comandante!... ¡Esos infames merecen que les arranque las entrañas!

Di tan fuertes patadas en la puerta, que el edificio retemblaba con

violenta convulsión.

--Araceli --dijo Trijueque alzando la voz--, esa puerta no se pasa sino

para ir al cuadro, o para ponerse al amparo de la bandera francesa.

Exaltado por la ira, loco, fuera de mí, ardiendo todo, cuerpo y alma,

grité:

--Pues bien: me paso a los franceses... me paso, hago traición. Pero

que me saquen de aquí, que me den mi libertad... quiero correr fuera de

aquí... Tengo que hacer en otra parte.

--¡Desgraciado, insensato, miserable! --exclamó Trijueque estrechándome

en sus brazos de hierro--. ¿Así habla un español valiente y patriota;

así se renuncia a la gloria, al honor? Silencio, porque si vuelves a

hablar de pasarte al enemigo, aquí mismo... ¡Pasarse a la canalla! ¡Ahí

es nada!... ¡Eso quisieran ellos!... No lo consentiré.

--¿Quién habla así? --grité luchando con el coloso para desasirme de

él--. El mayor y más vil traidor del mundo; usted, mosén Antón, que ha

vendido a su jefe.

--Pero yo... --repuso con gran turbación--. Repara que yo soy...

Lanzando un rugido, se cubrió la cara con las manos, y terminó la frase

así:

--¡Yo soy un hombre indigno, un Judas!

Al ruido que ambos hicimos, acudió gente, y abriendo mosén Antón la

puerta, llenose mi prisión de oficiales y soldados.

--¿Qué pasa aquí? --preguntó el oficial de guardia mirándome con fieros

ojos.

--¿Ha querido escapar atropellando a _monsieur le chanoine_? --dijo

otro observando la turbación de Trijueque.

Este, con voz campanuda y acción imponente, habló así:

--Es un salvaje, un bárbaro, y al que le habla de pasarse a los

franceses le quiere matar. Había que oírle, señores oficiales,

había que oírle. Para él todos ustedes son unos canallas, perdidos

sin vergüenza, y dice que prefiere cien muertes a servir bajo las

deshonradas banderas del Imperio. Cuando se lo propuse, se echó sobre

mí llamándome traidor... No hay que hablarle más que de la honra, de

la conciencia y otras majaderías... A este joven se le ha puesto en la

cabeza que primero es el honor que nada. Mi opinión es que le fusilen

al momento.

Los franceses no comprendieron la ironía de las palabras de mosén

Antón. Yo, abrumado, confundido por tan extraña salida, sentí

desfallecer mi ánimo y disiparse aquella exaltación que me había hecho

pedir a voces la deshonra. Contesté afirmativamente al oficial, cuando

me preguntó si me ratificaba en lo dicho por el clérigo; fuéronse todos

y quedé solo otra vez.

El día empezaba a declinar. Mi alma cayó en la obscuridad. Estaba

irritada, demente, y forcejeaba en doloroso pugilato con las sombras,

con las ideas, con las sensaciones. A ratos apetecía la libertad

con vehemencia terrible; después se abrazaba a la cruz de su honor

anhelando no separarse de ella. ¡Cuán difícil me es pintar lo que pasó

dentro de mí aquella noche! Si alguien ha visto la muerte delante

de sí, y ha abofeteado sin respeto ni pavor la imagen del tránsito

terrible, para echarse después llorando en sus brazos y decirle:

«Vamos, vamos de una vez», comprenderá lo que yo padecí.

Juan Martín el Empecinado · 第 25 / 37 题