--Vaya usted preparando su espíritu con esos recuerdos --le dije--, y
al fin comprenderá que no tiene otro camino que pedir perdón a D. Juan
de esa gran villanía que usted cometió en un momento de despecho. Todos
los hombres tienen un mal cuarto de hora.
--No... nada de perdones --repuso dejando caer la cabeza sobre el
pecho--. Juan me ha tratado mal. Tiene envidia de mis hazañas. ¡Oh!
Si le hubiera yo cogido anoche, le habría dicho: «Ea, Sr. Empecinado,
¿de qué le valen a usted esos humos? Ya está usted a merced de Mosén
Antón... Abajo esos galones, y váyase usted a su casa.» Le hubiéramos
perdonado, tomando yo el mando de toda la gente, pues así lo concerté
con Albuín.
--Dios protegió al soldado leal, y la traición victoriosa por un
momento es despreciada por los mismos enemigos. ¿Hay en el mundo
un ser más desgraciado que usted? El peso de sus remordimientos, la
repugnancia que como traidor inspira a los franceses, ¿no le han movido
a desear cambiarse por mí, condenado a morir?
--¡Sí... me cambiaría, me cambiaría! --dijo lúgubremente--. En verdad
no hay un hombre más desgraciado que yo en toda la redondez de la
tierra. El Manco está contento, porque al fin... ese no quería más que
dinero, y ya lo tiene. Pero yo he ambicionado lo que no me pueden dar,
lo que no alcanzaré nunca, no... yo quiero un gran ejército, y creí que
el demonio me lo daría. El demonio se ríe de mí y me llama _¡monsieur
le chanoine!_
Mosén Antón dio un salto, y con frenético ardor, poseído de insana
rabia, golpeó la pared con su cabeza, exclamando:
--¡Rómpete, cabeza, rómpete!... ¿para qué me sirves ya? ¿De qué te
vale lo que llevas dentro?... Inventa sermones para embobar a los
botorritanos, y nada más. ¡Epaminondas, César, Alejandro, Gran Capitán,
Bonaparte! Vosotros tuvisteis ejércitos que mandar: yo no mandaré más
que en mi iglesia, y el ama y mi sobrina, el sacristán y el monago me
obedecerán tan solo.
--Basta --dije apartándole de la pared, temiendo que realmente se
estrellara el cráneo.
El Empecinadillo sacó la cabeza fuera de la manta, para mirar un
instante con aterrados ojos a Trijueque. Después se volvió a esconder.
--Hasta que no me echen abajo esta montaña que llevo sobre los
hombros... Mi cabeza es demasiado grande y harto pesada para uno solo.
Con ella habría para dar entendimiento a veinte.
Los ojos se le querían saltar de las irritadas órbitas; respiraba con
ardiente resoplido, y el aspecto de su cara era el de un delirante.
--Me voy --dijo--. Quiero pasear por el campo... Pensaré lo que debo
hacer. Valiente joven, ánimo. La situación de usted es de las más
gloriosas.
--Sí --repuse con honda tristeza.
--Le fusilarán de madrugada. Su recuerdo quedará vivo y respetado en
el ejército. «¡Araceli, dirán, gran muchacho! Murió por no querer
pasarse al enemigo...» Se escribirá su nombre en la historia... ¡Bonita
página!... hermosa vida y más hermosa muerte.
No le respondí nada.
--¿Será usted capaz de flaquear en el momento supremo? Esa alma
varonil, ¿será capaz de sentir turbación cuando el cuerpo se vea dentro
del fúnebre cuadro?
--No.
--Ánimo. Si le viera a usted decaer de su apogeo glorioso, tendría
un disgusto. Pues no se envanecería poco esa vil canalla si usted
se afrancesara... No, no, vil gentuza francesa... no le tendréis...
El heroico joven morirá antes que servir bajo vuestra ignominiosa
bandera... ¡Maldito sea el español que cae en vuestros lazos!
¡Miserables secuaces del gran bandido!... Valor, joven. Que le vea yo
a usted dentro del cuadro abatiendo con su noble altivez la vanidad de
esos cobardes.
--Es extraño que de tal modo me hable un hombre que ha hecho lo que ha
hecho.
--No hable usted de mí. Yo soy un... Anoche, santo Dios... cómo me
abrumaba el peso... Conque valor, mucho valor... Este ejemplo que tengo
ante la vista me entusiasma... Francamente, cuando vi que subía a
conferenciar con usted ese farsante a quien llaman Santorcaz, temí...
--Le conozco hace tiempo. Ese hombre y yo no podemos hacer buena
compañía.
--Él se las prometía muy felices. Es un bribón. En verdad que no es de
los que peor me tratan. Dicen que todas esas idas y venidas al ejército
francés, y el recorrer los pueblos de la Alcarria, es por cuestión de
unos amores con cierta jovenzuela de Cifuentes.
--¿Eso dicen?
--Sí... y ahora me viene a la memoria que entre él y ese zascandil de
D. Pelayo, que vino acá conmigo, están tramando una picardía... El
nombre del Sr. Araceli danza en la fiesta.
--¿Mi nombre?
--Sí; pero ¿qué le importan estas tonterías a un hombre que está con un
pie en la inmortalidad?
--Cuénteme usted todo lo que sepa...
--Ello es que... a ver si me acuerdo. Tiene uno la cabeza tan llena de
ideas, que no se fija en lo que se dice a su lado...
--Haga usted memoria: nada me sorprenderá, pues todo lo he previsto.
--Ello es que... --dijo rascándose la oreja--. ¡Ah! ya me acuerdo. Hay
una chica en Cifuentes.
--Es muy natural que haya, no una, sino varias.
--Y esa chica es al modo de novia de Araceli. Un soldado como usted
no debe meterse en noviazgos... ¡Ah! es evidente que Santorcaz quiere
llevársela. En verdad, fusilarle a uno y quitarle después su novia,
es un poco fuerte. Pero no haga usted caso. Ánimo, joven. Las grandes
almas desprecian las pequeñeces del mundo.
--¿No sabe usted más?
--Sí. Ese D. Luis estaba esta mañana discurriendo el modo de
sacarla... ¡Si pudiera acordarme de lo que dijo...! ¡Cómo se reían los
tunantes!... El D. Pelayo mostró a Santorcaz una carta que usted había
escrito a esa damisela desde Sigüenza, y que le confió a él para que la
llevase.
--Es verdad. Hace más de diez días --dije con la mayor ansiedad.
--Santorcaz la leyó. Después, después... ya me acuerdo. Después dijo
que era preciso escribir otra imitando la letra de usted.
--¿Para qué?...
--Una cartita en que se figurase que usted escribía a la tal
chiquilla... ¿para qué se mete usted en chicoleos con las muchachas?
Pues... una esquela diciéndole: «Estaba preso en Gárgoles, y me he
escapado. Unos amigos me han escondido. Quiero veros, lucero mío, sí...
quiero veros. Venid al instante. Sé que vuestra mamá está enferma
en cama. No le digáis nada. Tengo que confiaros una cosa, de que
depende el porvenir, etc. Salid un momento por la puertecilla de la
huerta. Estoy en la casa de enfrente. Fiaos del que os entregará esta,
que es mi mejor amigo...» Cuando yo subí, D. Pelayo, que es un gran
pendolista, estaba escribiendo la carta. El demonio son los enamorados.
He aquí una debilidad que yo no he tenido nunca. Esos bribones quieren
obligarla a salir de casa, para echarle el guante.
Al oír esto, quedeme absorto y mudo. Después la sangre saltó dentro
de mí, y una cólera impetuosa se desató en mi pecho. Levantándome con
ímpetu frenético, corrí a la puerta, que Trijueque había cerrado por
dentro guardando la llave, y la sacudí con violencia.
--¡Quiero salir! --grité--. ¡Quiero salir! No puedo estar aquí ni un
momento más. ¡Mi libertad, que me devuelvan mi libertad!
Mosén Antón, corriendo tras de mí, me sujetó.
--¡Qué es eso de libertad! Silencio.
El furor me abrasaba la sangre. Mi corazón estallaba, y olvidé mi
próxima muerte.
--¡Quiero mi libertad! ¡Yo necesito salir de aquí; hablaré al
comandante!... ¡Esos infames merecen que les arranque las entrañas!
Di tan fuertes patadas en la puerta, que el edificio retemblaba con
violenta convulsión.
--Araceli --dijo Trijueque alzando la voz--, esa puerta no se pasa sino
para ir al cuadro, o para ponerse al amparo de la bandera francesa.
Exaltado por la ira, loco, fuera de mí, ardiendo todo, cuerpo y alma,
grité:
--Pues bien: me paso a los franceses... me paso, hago traición. Pero
que me saquen de aquí, que me den mi libertad... quiero correr fuera de
aquí... Tengo que hacer en otra parte.
--¡Desgraciado, insensato, miserable! --exclamó Trijueque estrechándome
en sus brazos de hierro--. ¿Así habla un español valiente y patriota;
así se renuncia a la gloria, al honor? Silencio, porque si vuelves a
hablar de pasarte al enemigo, aquí mismo... ¡Pasarse a la canalla! ¡Ahí
es nada!... ¡Eso quisieran ellos!... No lo consentiré.
--¿Quién habla así? --grité luchando con el coloso para desasirme de
él--. El mayor y más vil traidor del mundo; usted, mosén Antón, que ha
vendido a su jefe.
--Pero yo... --repuso con gran turbación--. Repara que yo soy...
Lanzando un rugido, se cubrió la cara con las manos, y terminó la frase
así:
--¡Yo soy un hombre indigno, un Judas!
Al ruido que ambos hicimos, acudió gente, y abriendo mosén Antón la
puerta, llenose mi prisión de oficiales y soldados.
--¿Qué pasa aquí? --preguntó el oficial de guardia mirándome con fieros
ojos.
--¿Ha querido escapar atropellando a _monsieur le chanoine_? --dijo
otro observando la turbación de Trijueque.
Este, con voz campanuda y acción imponente, habló así:
--Es un salvaje, un bárbaro, y al que le habla de pasarse a los
franceses le quiere matar. Había que oírle, señores oficiales,
había que oírle. Para él todos ustedes son unos canallas, perdidos
sin vergüenza, y dice que prefiere cien muertes a servir bajo las
deshonradas banderas del Imperio. Cuando se lo propuse, se echó sobre
mí llamándome traidor... No hay que hablarle más que de la honra, de
la conciencia y otras majaderías... A este joven se le ha puesto en la
cabeza que primero es el honor que nada. Mi opinión es que le fusilen
al momento.
Los franceses no comprendieron la ironía de las palabras de mosén
Antón. Yo, abrumado, confundido por tan extraña salida, sentí
desfallecer mi ánimo y disiparse aquella exaltación que me había hecho
pedir a voces la deshonra. Contesté afirmativamente al oficial, cuando
me preguntó si me ratificaba en lo dicho por el clérigo; fuéronse todos
y quedé solo otra vez.
El día empezaba a declinar. Mi alma cayó en la obscuridad. Estaba
irritada, demente, y forcejeaba en doloroso pugilato con las sombras,
con las ideas, con las sensaciones. A ratos apetecía la libertad
con vehemencia terrible; después se abrazaba a la cruz de su honor
anhelando no separarse de ella. ¡Cuán difícil me es pintar lo que pasó
dentro de mí aquella noche! Si alguien ha visto la muerte delante
de sí, y ha abofeteado sin respeto ni pavor la imagen del tránsito
terrible, para echarse después llorando en sus brazos y decirle:
«Vamos, vamos de una vez», comprenderá lo que yo padecí.