El Empecinadillo, después de hartarse segunda vez de pan, dio varios
paseos militares por la prisión. Luego sintiéronse pasos fuera,
acompañados de una tos perruna, y mi tierno compañero corrió azorado
hacia mí gritando: _el coco_.
Mosén Antón entró en la estancia, buscándome con la vista. Al verme,
acercóseme con cierta cortedad, y su cabeza tropezó repetidas veces en
las vigas del techo. Mas encorvándose llegó hasta mí, y apoyando las
manos en las rodillas, doblado por la cintura y alargado el hocico, me
contempló largo rato. Yo no me movía. El Empecinadillo, refugiándose en
el rincón detrás de mí, metió la cabeza entre el pedazo de manta, y no
hizo movimiento alguno mientras estuvo allí el coco.
Trijueque, golpeándome con la punta del pie, me dijo:
--Araceli, ¿duerme usted?... ¡Oh, conciencia tranquila!
--Mosén Antón, ¿viene usted a convertirme? --le pregunté.
Turbose ligeramente, y luego, doblándose para sentarse, habló así en
voz baja:
--No se puede aguantar a esa canalla.
--¿A qué canalla?
--A los franceses.
--No se habla mal de los amigos, Sr. Trijueque: ¿le han hecho ya
general en premio de su traición?
Mosén Antón se puso pálido.
--El general Gui --dijo con violenta ira-- me llamó esta mañana
para darme una bolsita con dinero. La tiré y salí sin decir nada...
Araceli... ¿lo creerá usted? Esos canallas se burlan de mí, me llaman
_monsieur le chanoine_, y hace poco los soldados me pedían riendo la
bendición. Di a uno tan fuerte bofetada, que lo doblé... Pero vamos
a otra cosa: el comandante me dijo: «Ese desgraciado que está arriba
necesitará tal vez oír exhortaciones espirituales. Suba usted, Padre,
y a ver si le convence de que se pase a nuestro campo.» ¿Hase visto
insolencia semejante?... ¡Tratar de este modo a un hombre, a un
guerrero como mosén Antón!
--He oído que a los franceses no les gustan los curas soldados.
--¡Así debe de ser --repuso con amargura el buen ex-párroco--, porque
me manifiestan un desprecio...! ¡Y quieren que le catequice a usted
para que sea afrancesado! ¡No, mil veces no! ¿Sabe usted lo que le
aconsejo? Que les mande a paseo... Vale más una muerte gloriosa...
Trijueque dio tan fuerte puñada en el suelo, que creí se había roto la
mano.
--¡Morir, morir mil veces es mejor! --exclamó como hablando consigo
mismo--. No se pase usted a los franceses, que son unos ladronazos sin
vergüenza... ¡Ay, con qué gusto les vería arder a todos!... Pero vamos
a cuentas. Dígame usted, ¿qué piensan de mí en la partida?
--Hablan de mosén Antón con tanto desprecio, que si yo fuera mosén
Antón, me moriría de vergüenza.
El cura dejó caer la cabeza sobre el pecho, y estuvo largo rato
meditabundo.
--¿Y Juan Martín, qué dice? --preguntó después.
--¿Qué ha de decir el hombre que se ha visto vendido del modo más vil,
el hombre a quien un traidor amigo tendió celada tan horrible como la
de anoche?... ¿Qué ha de decir de los que se pasaron al enemigo, y
guiaron o ayudaron a este para coparnos y matar a nuestro general?
--¡Matarle, no! --dijo vivamente el guerrillero.
--O cogerle prisionero, que es peor. D. Juan Martín habrá muerto tal
vez, y su grande alma ha recibido la recompensa acordada a los justos.
Los infames traidores vivirán aborrecidos y despreciados de todo el
mundo, y los mismos franceses huirán de ellos con horror, porque la
traición es una mancha que no se cubre ni se borra.
De lo más hondo del pecho de Trijueque salió un suspiro o resoplido.
--Juan Martín nos trataba muy mal --dijo--. No le podíamos aguantar. Se
empeñaba en deslucirme... Yo quería mandar por mi cuenta y hacer lo que
me diera la gana... Yo tengo un genio muy malo, y no me gusta que nadie
se ponga sobre mí... Cuando vi que Albuín se marchó al campo enemigo,
tuve tentaciones de hacer lo propio; pero por el pronto me vencí.
Estuve pensándolo mucho tiempo... ¡ay, qué noches! Yo no podía dormir,
¡me reviento en Judas! La cólera que sentía contra Juan porque no me
dejaba hacer mi gusto, y las promesas de los franceses...
--Dicen allá que le prometieron a usted un arzobispado.
--¡Mentira! ¿Quién dice tal cosa? ¡Eso es burlarse de mí! --exclamó
mirándome con ojos furiosos--. Lo que me prometieron fue darme el mando
de tres mil hombres. El general Gui me escribió una carta llamándome el
_primer estratégico del siglo_, y diciéndome que el Emperador y el Rey
José querían conocerme.
No pude contener la risa. Viéndome reír, púsose más furioso el gran
Trijueque, deslenguándose en improperios contra los enemigos.
--¡Quién me lo había de decir! Pero estos perros me las pagarán todas
juntas... ¡Engañarle a uno; engañar a un hombre que sería capaz de
revolver el mundo si le dieran tres mil hombres escogidos; a un hombre
que sería capaz de afianzar la corona en las sienes del Rey José o en
las del Rey Fernando, según su antojo y voluntad!
--En resumen, señor cura --le dije--, usted está en camino de
arrepentirse de su traición y volverse al campo empecinado. Creo que
lo recibirán como merece, es decir, a tiros. No habrá entre todos los
leales que siguieron la suerte de D. Juan Martín, uno solo que no se
crea deshonrado solo de tocar la mano de mosén Antón.
Mirome el guerrillero con expresión extraña. Había en ella tanto de
congoja como de ira. Después de una pausa me dijo:
--No: mosén Antón no vuelve atrás... No es este hombre de los que
piden perdón. Lo que hice, hecho está. Soy una montaña y no me ablando
con gotas de agua... ¡Me reviento en Judas! Váyase Juan Martín con
mil demonios; y si los franceses me tratan mal, que me traten; y si
me llaman _monsieur le chanoine_, que me lo llamen; y si me quieren
matar, que me maten. Yo no me doblo; lo que hice, hecho está... Pues no
faltaba más... Conmigo no se juega. Tan canallas son los unos como los
otros... Pero no me arrepiento, no. Agradezca Juan Martín a Dios que no
le hayamos cogido.
--Esos fieros, Sr. Trijueque --le dije--, prueban una conciencia
alborotada.
--Y usted, ¿cómo tiene la suya? --me preguntó con interés.
--La mía está tranquila. Voy a morir. Mi alma se turba al considerar
este trance; pero he cumplido con mi deber: no he hecho traición, no
he vendido a mis jefes, no he cometido la vileza de auxiliar a mis
enemigos. Muero con dolor, pero con calma.
Trijueque me miró largo rato. Luego, tomándome la mano, me la estrechó
con fuerza y me dijo:
--Aunque parezca mentira, le tengo a usted envidia.
--Lo comprendo --repuse--, porque a pesar de mi situación no me
cambiaría por usted.
El cura se levantó sobresaltado: su cabeza dio en el techo; mas sin
hacer caso del golpe ni del dolor consiguiente, corrió varias veces de
un extremo a otro de la estancia.
--Mosén Antón --le dije--, cálmese usted. Un hombre de tal temple debe
sufrir con más entereza la adversidad.
Yo, vencido y destinado a morir, consolaba al vencedor y al verdugo.
--¡Hermoso fin será el de usted! --exclamó parándose ante mí--. Bajará
a la explanada, y entrando con severo continente en el cuadro, usted
mismo mandará el fuego. Bonito final. Eso se llama morir como un
valiente, y no por castigo de traición, sino por la ley fatal de la
guerra, que a veces trae estas catástrofes... Y ahora, señor Araceli
--añadió sentándose de nuevo junto a mí--, aconséjeme usted lo que debo
hacer.
--El insigne mosén Antón, el gran estratégico, el hombre eminente,
¿necesita que yo le aconseje? ¡Yo, que no valgo nada y que voy a morir!
Hanle mandado aquí para que me exhorte, y venimos a parar en que yo he
de exhortarle.
--Sí --repuso el gigante con cierto embarazo pueril en la palabra--.
Es que yo... yo soy bastante desgraciado. Desde anoche no sé lo que
pasa en mí. Paréceme que el alma, esta grande alma mía, me da saltos
dentro del pecho... paréceme que el cielo... desde anoche, todo desde
anoche... se me ha caído encima, y que tengo que estar con las manos en
alto sosteniéndolo para que no me aplaste.
--Pues bien --dije--: ya sé el mal que padece mosén Antón. Me lo
figuraba. La situación en que me hallo me autoriza para aconsejar a
persona de más edad y experiencia. ¿Quiere usted curarse de su mal?
Pues no hay más que un remedio, y consiste en huir de aquí, abandonando
a los franceses; buscar a D. Juan Martín, si es que vive; echarse
a sus pies; pedirle perdón humildemente, y suplicarle le conceda a
usted, no el mando de un batallón, que eso es imposible, ni siquiera el
mando de una compañía, sino una plaza de simple soldado en el ejército
empecinado.
--¡Eso jamás! --exclamó con súbita agitación el guerrillero--. ¡Usted
se burla de mí! ¡Rayos y truenos!... ¿Soy algún monigote?... ¡Pedir
perdón! No sé cómo le escucho con paciencia.
--Pues desechado ese remedio, aún queda otro, el único.
--¿Cuál?
--Ahorcarse. Es de un efecto inmediato. Siga usted el ejemplo de Judas,
después de haber vendido a Jesús.
--¡Qué consejos da usted! ¡Pedir perdón a Juan Martín!...
--Como le veo arrepentido...
--Arrepentido precisamente, no... --dijo con afectada entereza--. Un
hombre como Trijueque... sabe lo que hace y por qué lo hace...
--Entonces no hablemos más... Que le aproveche a usted el arzobispado
que le van a dar.
--¡Arzobispado a mí! --exclamó con furia, sacudiéndome el brazo--. Sepa
usted que de mí no se ríe nadie, nadie.
--Mosén Antón --dije, deseando poner fin a la conferencia--, déjeme
usted solo.
--No me da la gana... Vamos a ver... He subido para ayudarle a usted
a bien morir; y si me ven bajar tan pronto, esa gentuza dirá que
_monsieur le chanoine_ despacha a los reos demasiado pronto...
--Sin embargo, si alguno nos oye, creerá que el reo es usted y yo el
Padre capellán.
--En resumidas cuentas, Sr. Araceli --dijo con mucha impaciencia--,
¿qué cree usted que debo hacer?
--Ya lo he dicho; a no ser que prefiera el buen cura quedarse entre
los franceses diciendo misa...
Los ojos de Trijueque despedían fuego.
--¡No, no, no! --gritó con exaltada inquietud, haciendo gestos de
loco--. Yo no puedo pedir perdón a Juan Martín. Desde anoche, un
demonio está montado sobre mi hombro, y con la boca pegada a mi oído
me dice: «Pide perdón a Juan Martín...» No, mil veces no. Este hombre,
este gran Trijueque, este corazón de bronce no será capaz de tanta
bajeza... Juan Martín me ha faltado, me ha humillado; no quería que yo
fuese general como él, cuando me siento con alma y cabeza para mandar
todos los ejércitos de Napoleón.
--D. Juan quería que sus subalternos le obedecieran. Esta es su gran
culpa.
--Juan tenía envidia de mis victorias.
--Él le sacó a usted de la nada y le dio nombre y poder.
--Es verdad: no negaré que debo a mi enemigo la reputación que he
adquirido, porque hace tres años yo no era más que cura. ¡Qué tiempos!
Me parece que fue ayer, y al recordarlo el corazón me baila en el
pecho... Desde mi juventud conocí que Dios no me había llamado por
el camino de la Iglesia. Frecuentemente, ya después de ser clérigo,
pensaba en duelos y batallas, y más que con la lectura de teólogos y
doctores, mi espíritu se apacentaba con las obras de Ginés Pérez de
Hita, de Don Diego y D. Bernardino de Mendoza... y otros historiadores
de guerras. En mi curato de Botorrita viví tranquilamente muchos años.
Yo era un Juan Lanas: decía misa, predicaba, asistía a los enfermos
y daba limosna a los pobres. ¡Ay! En tanto tiempo, ni siquiera supe
cómo se mataba un mosquito. Pero mi alma, sin saber por qué, no estaba
contenta con aquella vida, y mi pensamiento vivía por lo general en
otras esferas.
»Estalló la guerra. El día en que llegó a Botorrita la noticia de los
sucesos del Dos de Mayo, me puse furioso, me volví salvaje. Salí a la
calle, y entrando en casa de un vecino empecé a dar gritos, por lo cual
me llevaron en triunfo... ¡Ay, qué día! Compré un trabuco y me ocupé
en disparar tiros al aire, diciendo: «Ya cayó un francés... allá va
otro...» Pasó un mes, y un domingo del mes de junio yo estaba en la
sacristía vistiéndome para salir a la misa mayor, cuando el sacristán
me dijo que acababa de entrar en el pueblo D. Juan Martín Díez, a quien
yo conocía, con una partida de gente armada para defender la patria...
Me entró tal temblor, tal desasosiego, que empecé la misa sin saber lo
que hacía... el latín se me atravesaba en la boca, y me equivocaba a
cada instante. Como el monaguillo me advirtiera mis equivocaciones, le
di un bofetón delante de los fieles.
»Dicho el Evangelio subí al púlpito para predicar, a punto que muchos
hombres de la partida de Juan Martín entraban en la iglesia. Mi plan
era hablar del Espíritu Santo; pero no me acordaba de lo que había
pensado, y dije a los botorritanos: “Hijos míos: San Juan Crisóstomo
en el capítulo veintinueve escribe que Napoleón es un tunante...
Sed buenos, no cometáis pecados. _Napoleo precitus est._ No se debe
robar, porque el demonio os llevará al infierno, así como Napoleón
se ha llevado a Francia a nuestro Rey... ¿Quiénes son esos valientes
macabeos que entran en el templo de Dios armados de guerreros trabucos,
cual los hijos de Asmoneo? Benditos sean los soldados que vienen con
su tren de escopetas y navajas, como Matatías, cuando marchó contra
Antíoco Epífanes. ¿Y quién es aquel belicoso Josué que ahora entra por
la puertecilla de las Ánimas? ¿Quién puede ser sino el santo varón
de Castrillo de Duero, que va a Gabaón en su jaca negra, para vencer
a Adonisedec, Rey de Jebús? Celebremos con cánticos la caída de las
murallas de Jericó, al son de los bélicos cuernos y de las retumbantes
castañuelas.”
»Y en este estilo, seguí ensartando disparates. Yo no sabía lo que
predicaba. El pueblo y los guerrilleros se volvieron locos, y con
sus patadas y gritos atronaron la iglesia. Seguí mi misa... ¡Ay!
cuando consumí no supe lo que hice: no respondo de haber tratado con
miramiento al santo Cuerpo y a la santa Sangre de Nuestro Señor... El
cáliz se me volcó. Durante el lavatorio, el monaguillo, entusiasmado,
se puso a dar brincos delante del altar... Yo no cabía en mí, y los
pies se me levantaban del suelo. Todo cuanto tocaba ardía, y hasta
dentro de mí creí sentir las llamas de un volcán. Cuando me volví al
pueblo para decir _Dominus vobiscum_, alcé los brazos y grité con toda
la fuerza de mis pulmones: _¡Viva Fernando VII, muera Napoleón!_...
Juan Martín, subiendo precipitadamente al presbiterio, me abrazó, y
yo, por primera y única vez en mi vida, me eché a llorar. El pueblo
aplaudía, llorando también.
»Un momento después, yo había ensillado mi caballo y seguía la partida
de Juan Martín.