El Empecinadillo dormía a mi lado. Santorcaz me habló así:
--Yo soy salamanquino, y mi familia es de labradores honrados con
puntas de hidalguía. Estudiando en la gran Universidad, tuve una
disputa con un joven de Ciudad-Rodrigo: nos desafiamos, le maté, y este
funesto suceso me obligó a huir de aquel país, viniendo a Alcalá para
seguir mis estudios. Era yo muy travieso: armaba frecuentes camorras,
corría la tuna como nadie, me batía con el demonio, apedreaba a los
maestros, y mis diabluras traían conmovida a la ciudad complutense. Te
diré además, aunque parezca vanidad, que era yo entonces muy hermoso, y
a más de hermoso, atrevido, de fácil palabra, con arte habilísimo para
congraciarme con todo el mundo, y principalmente con las muchachas. Mi
imaginación impetuosa era mi única riqueza; mas de tal modo parecíame
estimable este tesoro en aquella edad, que con él lo tenía todo.
»Cuatro compañeros y yo corríamos la tuna por estos pueblos, y en una
noche de invierno pedimos hospitalidad en el castillo de Cifuentes.
El frío y el cansancio me habían afectado de tal modo, que al día
siguiente me encontré gravemente enfermo. Mis amigos se marcharon, y
yo me quedé allí. Asistiéronme los dueños de aquel palacio con mucho
cariño; pero cuando sané me despidieron de la casa. Yo salí con el
corazón hecho pedazos, porque estaba enamorado.
»Cambió mi carácter; volvime taciturno; huía del bullicio, y las
soledades eran mi delicia. Olvidé los estudios, olvidé a mis padres
y a mis amigos, y puedo decir que no vivía en el mundo. Vagaba por
los alrededores de Cifuentes extraño a la hermosa naturaleza que me
rodeaba, y para mí no había cielo, ni árboles, ni ríos, ni montañas.
Ocupado mi interior por una inmensidad indefinible, el mundo era para
mí como un paisaje lejano del cual no se ven más que vagas sombras,
indignas de que se fijara la vista en ellas.
»Un año pasó de este modo. La veía muy rara vez en Madrid, muy rara
vez en Cifuentes, y en un viaje que hicieron a Andalucía seguí a la
familia caminando a pie. Volvieron a Cifuentes en el invierno del 92;
pero me vi detenido en Madrid por un suceso lamentable, y fue que
habiendo contraído bastantes deudas por mi desmedido lujo en el vestir,
mis acreedores dieron conmigo en la cárcel. Al fin salí. Si en aquella
ocasión hubiera yo renunciado a mis locos devaneos, conformándome con
la humildad de mi posición, mi suerte en el mundo habría sido distinta.
Pero entonces la idea de renunciar al tormento era para mí mucho más
dolorosa que el tormento mismo.
»Corrí a Cifuentes. Mil estratagemas ingeniosas, la audacia y la
cavilación reunidas me permitieron entrar en el castillo. Yo adoraba
aquellas piedras antiguas, que encerraban la más extraordinaria, la
más preciosa y admirable obra del Criador. ¡Cuánto las he aborrecido
después!
»Recuerdo cómo avanzaba yo lentamente por la penumbra de aquella sala,
inmediata al torreón del mediodía; recuerdo las paredes cubiertas de
tapices, adornadas con armas, retratos y arcones de encina tallada. Me
parece que aquellas horas son las únicas en que he vivido, y que lo
demás de mi existencia es una pesadilla de cuarenta años. Al sentirme
amado, me decía: “No puedo ser yo mismo este ser felicísimo que aquí
está.”
»Una mañana, al descolgarme del torreón con una escala de cuerda, los
criados me vieron; y como me maltrataran de un modo soez, creyéndome
ladrón, disparé mis pistolas sobre ellos y maté a uno. Fui llevado a
la cárcel de Guadalajara, de donde los mismos señores de Cifuentes me
sacaron, temiendo que si llevaban adelante la causa, se descubriera su
deshonra.
»Mientras con habilidad suma hicieron esfuerzos para que todo quedase
en la sombra, emprendieron contra mí una persecución cruel, con la cual
me era muy difícil luchar. Varias veces estuve a punto de ser cogido en
las levas que hacían en el interior del país para llevar gente a los
barcos del Rey; me vigilaban constantemente, y extendieron de tal modo
la opinión de que yo era un vicioso, calavera y vagabundo, que varios
respetables sujetos a quienes mi padre me había recomendado cuando vine
a Madrid, me cerraron las puertas de su casa.
»Yo quería quitarme de encima la pesadumbre de la infamia que habían
arrojado sobre mí; luchaba con las piedras que se me habían caído
encima sepultándome, y mis débiles manos no podían levantar una
sola. Quise ser militar, y solicité una banderola; pero no se me
concedió. Quise estudiar; pero ya era tarde. Había pasado la edad de
los estudios, olvidándoseme lo que a tiempo aprendí. Mi padre, a cuya
noticia llegó la artificial fama de mis faltas, me escribió diciéndome
que no volviera más a su casa y que me considerase huérfano.
»Intenté verla; pero esto era ya más imposible que escalar el cielo.
Mis cartas no llegaban a ella. Sus padres, al resguardarla de mí,
habían tenido arte para librarla de toda mancha ante la sociedad. Jamás
secreto alguno ha sido mejor guardado.
»Caí enfermo, y convaleciente aún, los alguaciles me prendieron en mi
casa para llevarme como vagabundo al arsenal de Cartagena, simplemente
porque les daba la gana. No pude resistir; pero en el camino me escapé,
y con mil dificultades y privaciones y peligros fui a Francia.
»Entré en París el 21 de enero del 93, y sin saber cómo me encontré
en una gran plaza, donde el pueblo estaba reunido para ver matar a
un hombre. Este era Luis XVI. Cuando el verdugo enseñó al pueblo su
cabeza, yo aplaudí como los demás, gritando: “Está muy bien hecho.”
»¡Ay! Aquella sociedad, aquel caos, aquel infierno era lo que hacía
falta a mi turbada y rabiosa alma. Sentíame entre tal gente inundado
de salvaje alegría. Al instante tomé parte en todos los alborotos,
frecuenté las tribunas de la Convención, acompañaba chillando y
aullando a las pobres víctimas que iban en carreta desde la Conserjería
a la plaza de la Guillotina, y me emborraché como los parisienses
con el vapor de la sangre y el bárbaro frenesí revolucionario. Tenía
siempre la vista fija en mi país, y cuando la Convención declaró la
guerra a España en la sesión del 7 de marzo, yo, que estaba en la
tribuna, grité: “¡Me alegro: llevaremos allá todo esto!”
»Yo habitaba con Marchena en un miserable cuartucho del barrio de
San Marcial. Íbamos a los Jacobinos y a los clubs más soeces, más
desvergonzados, más cínicos de la gran ciudad. Los dos vivíamos en lo
más execrable de aquella fermentación horrible. En la puerta de la
casa que nos albergaba, pusimos un cartel que decía: _Aquí se enseña el
ateísmo por principios_.
»Marchena y yo nos adiestramos pronto en la lengua francesa. Él
escribía folletos contra los frailes, y yo peroraba en los clubs.
Nos hicimos amigos de Marat y de Robespierre, que nos tenían por
grandes hombres. Cuando la Montaña triunfó sobre la Gironda, yo me
sentía inflamado por la pasión política, y recorría las calles con el
populacho pidiendo la cabeza de los veintiún convencionales encerrados
en la cárcel. El 16 de octubre nos dieron la cabeza de María Antonieta,
y el 31 las de los veintiún girondinos. ¡Cuán presentes están estos
horrores en mi memoria, y qué huella dejaron en mi entendimiento y en
mi espíritu! Al contacto de las llamaradas de aquel incendio, sentí
nacer en mí nuevas y espantosas pasiones.
»Yo era de los más frenéticos. Toda la sangre derramada me parecía
poca para reformar una sociedad que no era de mi gusto, y estimaba lo
mejor hacerla desaparecer en la guillotina, dejando a Dios el cuidado
de hacer otra nueva. ¿Pero a qué nombrar a Dios? Entonces solo el
nombrarlo era un insulto a la razón, única divinidad que adorábamos.
Marchena y yo habíamos inventado un Dios irrisorio, al cual llamábamos
Ibrascha.
»En mi delirio, insulté públicamente a Robespierre, nuestro protector
y amigo, porque había proclamado la existencia del Ser Supremo. ¡El
pícaro Maximiliano se pasaba a los realistas! Mi amigo y yo fuimos
presos, y aguardábamos en la Conserjería la carreta que nos debía
llevar a la guillotina.
»Una exaltación febril, una embriaguez de imaginación nos enloquecía,
y anhelábamos la muerte, no con la entereza del estoico, sino con el
estúpido heroísmo de la calentura política. Caí gravemente enfermo,
y un pobre cura que compartía nuestro calabozo quiso convertirme.
Gritando como un insensato _¡No hay más Dios que Ibrascha!_ maltraté a
aquel buen hombre...
»La caída de Robespierre y la subida de los Termidorianos nos puso
al fin en libertad. Pero en la insurrección de las secciones contra
la Convención en Vendimiario, fui mal herido y estuve a punto de
morir. Cuando sané, encontreme viejo, gastado, débil, y con una fuerte
disposición a la sensibilidad. Me causaba horror la presencia de
mis antiguos compañeros, y buscando la soledad pasaba muchas horas
llorando. Convalecía mi alma. Cuando salí a las calles de París después
de muchos meses de encierro, advertí que la fiebre de la revolución iba
pasando.
»Sentí vivo deseo de volver a España y volví. Dulces memorias alegraban
mi alma, y experimentaba alivio placentero pensando en la que había
amado. Pero al dar en Madrid los primeros pasos, saliome al encuentro
mi reputación de revolucionario y guillotinista. La que era ya condesa
y mujer casada no quiso recibirme, y advertí que ya no le inspiraba
desdén, sino horror. La familia gestionó para enviarme a los presidios
de Ceuta... No puedo pintar la rabia, el furor que esto me producía.
Mi corazón agitose de nuevo con pasiones salvajes. Recordé a París,
recordé la Convención y las carretas que iban desde la Conserjería a la
plaza. Yo hablaba de esto y todos se reían de mí.
»Iba a las tertulias de las librerías, y los poetas y hombres
ilustrados me tenían por loco. Los necios me aplaudían. Ocupábame
en fundar logias y clubs que al punto se poblaron de tontos... Huí
de nuevo de España, lleno el pecho de rencores, y afiliándome en el
ejército de Bonaparte, estuve en Montenotte, en Mondovi y en Lodi.
Cuando él fue a Egipto, le dejé y viví en París practicando varios
oficios. Alisteme luego en tiempo del Imperio, y le serví hasta la
capitulación de Erfurth.
»Ya sabes que vine a España después de la invasión. ¡Qué inmensa
alegría! Figurábaseme que los pies de los doscientos mil franceses
que vinieron eran míos, y que con todos ellos estaba yo pisoteando el
aborrecido suelo patrio... La condesa estaba viuda. Quise verla y toda
la familia se horrorizó de nuevo. Tú conoces mi viaje a Andalucía,
donde serví accidentalmente la causa nacional; pero mi corazón me
impelía a servir a mi patria adoptiva, a mi querida Francia, que había
cortado la cabeza al Rey y a los nobles.
»Creo que conoces mis proyectos. Busqué a mi hija. Quise recogerla,
pero no pude. Al fin las circunstancias me han favorecido de tal modo,
que este deseo ardiente de mi vida se cumplirá mañana mismo.
--Yo no veo en esto --le dije-- sino una cruel venganza. Muero con
la ilusión de que Dios protegerá a esas dos personas que no quieren
separarse.
--Eres un necio. Cifuentes está ocupado por los franceses, y no dejan
salir ni una mosca.
--¡Están presas! --exclamé con angustia.
--Presas, sí. La condesa se ha puesto bajo la protección del jefe de
brigada Verdier: él no permitirá que se las ofenda.
--Dios bendiga a ese buen caballero.
--Joven amigo --me dijo con socarronería--, yo sé más que el brigadier
Verdier. Y no te digo más, porque me marcho. Por última vez te pregunto
si aceptas lo que te he propuesto.
--¿Pasarme al enemigo? Los hombres como yo no hacen tales infamias.
Ruego a usted que se marche. Quiero estar solo.
--¡Desgraciado joven! --exclamó contemplándome con lástima--. Dios sabe
que me es imposible salvarte. La ley de la guerra es inexorable. El
general Belliard ha dado órdenes terribles para exterminar la pillería
de las partidas. Dame la mano, Gabriel.
Levantose no sin trabajo, y acercándose a mí, estrechó mi mano.
--Este hombre empedernido --me dijo con cierta alteración en la voz--
no siente indiferencia al considerar tu triste suerte. Adiós... ¿No me
das ningún recado?
No contesté nada. Mi postración, mi abatimiento moral eran
extraordinarios.
--Adiós --repitió apretándome ambas manos. Las mías estaban heladas, y
las suyas ardían.
Se despidió de mí, sin arrancarme una palabra más. Yo me hallaba en
un estado de estupefacción dolorosa, cual si todas mis facultades se
hallasen en suspenso. La abundancia, la aglomeración de ideas en mi
cerebro, hacía un efecto parecido al de no tener ninguna. Me había
vuelto estúpido. No podía fijarme en ningún orden determinado de
pensamientos, porque en mi cabeza reinaba el caos. Mi vida pasada y la
futura; aquella vida frustrada, se resolvía en él, y me era imposible
expulsar de mí la tenebrosa balumba para llenar solo con Dios mi
entendimiento.