XVIII

El Empecinadillo dormía a mi lado. Santorcaz me habló así:

--Yo soy salamanquino, y mi familia es de labradores honrados con

puntas de hidalguía. Estudiando en la gran Universidad, tuve una

disputa con un joven de Ciudad-Rodrigo: nos desafiamos, le maté, y este

funesto suceso me obligó a huir de aquel país, viniendo a Alcalá para

seguir mis estudios. Era yo muy travieso: armaba frecuentes camorras,

corría la tuna como nadie, me batía con el demonio, apedreaba a los

maestros, y mis diabluras traían conmovida a la ciudad complutense. Te

diré además, aunque parezca vanidad, que era yo entonces muy hermoso, y

a más de hermoso, atrevido, de fácil palabra, con arte habilísimo para

congraciarme con todo el mundo, y principalmente con las muchachas. Mi

imaginación impetuosa era mi única riqueza; mas de tal modo parecíame

estimable este tesoro en aquella edad, que con él lo tenía todo.

»Cuatro compañeros y yo corríamos la tuna por estos pueblos, y en una

noche de invierno pedimos hospitalidad en el castillo de Cifuentes.

El frío y el cansancio me habían afectado de tal modo, que al día

siguiente me encontré gravemente enfermo. Mis amigos se marcharon, y

yo me quedé allí. Asistiéronme los dueños de aquel palacio con mucho

cariño; pero cuando sané me despidieron de la casa. Yo salí con el

corazón hecho pedazos, porque estaba enamorado.

»Cambió mi carácter; volvime taciturno; huía del bullicio, y las

soledades eran mi delicia. Olvidé los estudios, olvidé a mis padres

y a mis amigos, y puedo decir que no vivía en el mundo. Vagaba por

los alrededores de Cifuentes extraño a la hermosa naturaleza que me

rodeaba, y para mí no había cielo, ni árboles, ni ríos, ni montañas.

Ocupado mi interior por una inmensidad indefinible, el mundo era para

mí como un paisaje lejano del cual no se ven más que vagas sombras,

indignas de que se fijara la vista en ellas.

»Un año pasó de este modo. La veía muy rara vez en Madrid, muy rara

vez en Cifuentes, y en un viaje que hicieron a Andalucía seguí a la

familia caminando a pie. Volvieron a Cifuentes en el invierno del 92;

pero me vi detenido en Madrid por un suceso lamentable, y fue que

habiendo contraído bastantes deudas por mi desmedido lujo en el vestir,

mis acreedores dieron conmigo en la cárcel. Al fin salí. Si en aquella

ocasión hubiera yo renunciado a mis locos devaneos, conformándome con

la humildad de mi posición, mi suerte en el mundo habría sido distinta.

Pero entonces la idea de renunciar al tormento era para mí mucho más

dolorosa que el tormento mismo.

»Corrí a Cifuentes. Mil estratagemas ingeniosas, la audacia y la

cavilación reunidas me permitieron entrar en el castillo. Yo adoraba

aquellas piedras antiguas, que encerraban la más extraordinaria, la

más preciosa y admirable obra del Criador. ¡Cuánto las he aborrecido

después!

»Recuerdo cómo avanzaba yo lentamente por la penumbra de aquella sala,

inmediata al torreón del mediodía; recuerdo las paredes cubiertas de

tapices, adornadas con armas, retratos y arcones de encina tallada. Me

parece que aquellas horas son las únicas en que he vivido, y que lo

demás de mi existencia es una pesadilla de cuarenta años. Al sentirme

amado, me decía: “No puedo ser yo mismo este ser felicísimo que aquí

está.”

»Una mañana, al descolgarme del torreón con una escala de cuerda, los

criados me vieron; y como me maltrataran de un modo soez, creyéndome

ladrón, disparé mis pistolas sobre ellos y maté a uno. Fui llevado a

la cárcel de Guadalajara, de donde los mismos señores de Cifuentes me

sacaron, temiendo que si llevaban adelante la causa, se descubriera su

deshonra.

»Mientras con habilidad suma hicieron esfuerzos para que todo quedase

en la sombra, emprendieron contra mí una persecución cruel, con la cual

me era muy difícil luchar. Varias veces estuve a punto de ser cogido en

las levas que hacían en el interior del país para llevar gente a los

barcos del Rey; me vigilaban constantemente, y extendieron de tal modo

la opinión de que yo era un vicioso, calavera y vagabundo, que varios

respetables sujetos a quienes mi padre me había recomendado cuando vine

a Madrid, me cerraron las puertas de su casa.

»Yo quería quitarme de encima la pesadumbre de la infamia que habían

arrojado sobre mí; luchaba con las piedras que se me habían caído

encima sepultándome, y mis débiles manos no podían levantar una

sola. Quise ser militar, y solicité una banderola; pero no se me

concedió. Quise estudiar; pero ya era tarde. Había pasado la edad de

los estudios, olvidándoseme lo que a tiempo aprendí. Mi padre, a cuya

noticia llegó la artificial fama de mis faltas, me escribió diciéndome

que no volviera más a su casa y que me considerase huérfano.

»Intenté verla; pero esto era ya más imposible que escalar el cielo.

Mis cartas no llegaban a ella. Sus padres, al resguardarla de mí,

habían tenido arte para librarla de toda mancha ante la sociedad. Jamás

secreto alguno ha sido mejor guardado.

»Caí enfermo, y convaleciente aún, los alguaciles me prendieron en mi

casa para llevarme como vagabundo al arsenal de Cartagena, simplemente

porque les daba la gana. No pude resistir; pero en el camino me escapé,

y con mil dificultades y privaciones y peligros fui a Francia.

»Entré en París el 21 de enero del 93, y sin saber cómo me encontré

en una gran plaza, donde el pueblo estaba reunido para ver matar a

un hombre. Este era Luis XVI. Cuando el verdugo enseñó al pueblo su

cabeza, yo aplaudí como los demás, gritando: “Está muy bien hecho.”

»¡Ay! Aquella sociedad, aquel caos, aquel infierno era lo que hacía

falta a mi turbada y rabiosa alma. Sentíame entre tal gente inundado

de salvaje alegría. Al instante tomé parte en todos los alborotos,

frecuenté las tribunas de la Convención, acompañaba chillando y

aullando a las pobres víctimas que iban en carreta desde la Conserjería

a la plaza de la Guillotina, y me emborraché como los parisienses

con el vapor de la sangre y el bárbaro frenesí revolucionario. Tenía

siempre la vista fija en mi país, y cuando la Convención declaró la

guerra a España en la sesión del 7 de marzo, yo, que estaba en la

tribuna, grité: “¡Me alegro: llevaremos allá todo esto!”

»Yo habitaba con Marchena en un miserable cuartucho del barrio de

San Marcial. Íbamos a los Jacobinos y a los clubs más soeces, más

desvergonzados, más cínicos de la gran ciudad. Los dos vivíamos en lo

más execrable de aquella fermentación horrible. En la puerta de la

casa que nos albergaba, pusimos un cartel que decía: _Aquí se enseña el

ateísmo por principios_.

»Marchena y yo nos adiestramos pronto en la lengua francesa. Él

escribía folletos contra los frailes, y yo peroraba en los clubs.

Nos hicimos amigos de Marat y de Robespierre, que nos tenían por

grandes hombres. Cuando la Montaña triunfó sobre la Gironda, yo me

sentía inflamado por la pasión política, y recorría las calles con el

populacho pidiendo la cabeza de los veintiún convencionales encerrados

en la cárcel. El 16 de octubre nos dieron la cabeza de María Antonieta,

y el 31 las de los veintiún girondinos. ¡Cuán presentes están estos

horrores en mi memoria, y qué huella dejaron en mi entendimiento y en

mi espíritu! Al contacto de las llamaradas de aquel incendio, sentí

nacer en mí nuevas y espantosas pasiones.

»Yo era de los más frenéticos. Toda la sangre derramada me parecía

poca para reformar una sociedad que no era de mi gusto, y estimaba lo

mejor hacerla desaparecer en la guillotina, dejando a Dios el cuidado

de hacer otra nueva. ¿Pero a qué nombrar a Dios? Entonces solo el

nombrarlo era un insulto a la razón, única divinidad que adorábamos.

Marchena y yo habíamos inventado un Dios irrisorio, al cual llamábamos

Ibrascha.

»En mi delirio, insulté públicamente a Robespierre, nuestro protector

y amigo, porque había proclamado la existencia del Ser Supremo. ¡El

pícaro Maximiliano se pasaba a los realistas! Mi amigo y yo fuimos

presos, y aguardábamos en la Conserjería la carreta que nos debía

llevar a la guillotina.

»Una exaltación febril, una embriaguez de imaginación nos enloquecía,

y anhelábamos la muerte, no con la entereza del estoico, sino con el

estúpido heroísmo de la calentura política. Caí gravemente enfermo,

y un pobre cura que compartía nuestro calabozo quiso convertirme.

Gritando como un insensato _¡No hay más Dios que Ibrascha!_ maltraté a

aquel buen hombre...

»La caída de Robespierre y la subida de los Termidorianos nos puso

al fin en libertad. Pero en la insurrección de las secciones contra

la Convención en Vendimiario, fui mal herido y estuve a punto de

morir. Cuando sané, encontreme viejo, gastado, débil, y con una fuerte

disposición a la sensibilidad. Me causaba horror la presencia de

mis antiguos compañeros, y buscando la soledad pasaba muchas horas

llorando. Convalecía mi alma. Cuando salí a las calles de París después

de muchos meses de encierro, advertí que la fiebre de la revolución iba

pasando.

»Sentí vivo deseo de volver a España y volví. Dulces memorias alegraban

mi alma, y experimentaba alivio placentero pensando en la que había

amado. Pero al dar en Madrid los primeros pasos, saliome al encuentro

mi reputación de revolucionario y guillotinista. La que era ya condesa

y mujer casada no quiso recibirme, y advertí que ya no le inspiraba

desdén, sino horror. La familia gestionó para enviarme a los presidios

de Ceuta... No puedo pintar la rabia, el furor que esto me producía.

Mi corazón agitose de nuevo con pasiones salvajes. Recordé a París,

recordé la Convención y las carretas que iban desde la Conserjería a la

plaza. Yo hablaba de esto y todos se reían de mí.

»Iba a las tertulias de las librerías, y los poetas y hombres

ilustrados me tenían por loco. Los necios me aplaudían. Ocupábame

en fundar logias y clubs que al punto se poblaron de tontos... Huí

de nuevo de España, lleno el pecho de rencores, y afiliándome en el

ejército de Bonaparte, estuve en Montenotte, en Mondovi y en Lodi.

Cuando él fue a Egipto, le dejé y viví en París practicando varios

oficios. Alisteme luego en tiempo del Imperio, y le serví hasta la

capitulación de Erfurth.

»Ya sabes que vine a España después de la invasión. ¡Qué inmensa

alegría! Figurábaseme que los pies de los doscientos mil franceses

que vinieron eran míos, y que con todos ellos estaba yo pisoteando el

aborrecido suelo patrio... La condesa estaba viuda. Quise verla y toda

la familia se horrorizó de nuevo. Tú conoces mi viaje a Andalucía,

donde serví accidentalmente la causa nacional; pero mi corazón me

impelía a servir a mi patria adoptiva, a mi querida Francia, que había

cortado la cabeza al Rey y a los nobles.

»Creo que conoces mis proyectos. Busqué a mi hija. Quise recogerla,

pero no pude. Al fin las circunstancias me han favorecido de tal modo,

que este deseo ardiente de mi vida se cumplirá mañana mismo.

--Yo no veo en esto --le dije-- sino una cruel venganza. Muero con

la ilusión de que Dios protegerá a esas dos personas que no quieren

separarse.

--Eres un necio. Cifuentes está ocupado por los franceses, y no dejan

salir ni una mosca.

--¡Están presas! --exclamé con angustia.

--Presas, sí. La condesa se ha puesto bajo la protección del jefe de

brigada Verdier: él no permitirá que se las ofenda.

--Dios bendiga a ese buen caballero.

--Joven amigo --me dijo con socarronería--, yo sé más que el brigadier

Verdier. Y no te digo más, porque me marcho. Por última vez te pregunto

si aceptas lo que te he propuesto.

--¿Pasarme al enemigo? Los hombres como yo no hacen tales infamias.

Ruego a usted que se marche. Quiero estar solo.

--¡Desgraciado joven! --exclamó contemplándome con lástima--. Dios sabe

que me es imposible salvarte. La ley de la guerra es inexorable. El

general Belliard ha dado órdenes terribles para exterminar la pillería

de las partidas. Dame la mano, Gabriel.

Levantose no sin trabajo, y acercándose a mí, estrechó mi mano.

--Este hombre empedernido --me dijo con cierta alteración en la voz--

no siente indiferencia al considerar tu triste suerte. Adiós... ¿No me

das ningún recado?

No contesté nada. Mi postración, mi abatimiento moral eran

extraordinarios.

--Adiós --repitió apretándome ambas manos. Las mías estaban heladas, y

las suyas ardían.

Se despidió de mí, sin arrancarme una palabra más. Yo me hallaba en

un estado de estupefacción dolorosa, cual si todas mis facultades se

hallasen en suspenso. La abundancia, la aglomeración de ideas en mi

cerebro, hacía un efecto parecido al de no tener ninguna. Me había

vuelto estúpido. No podía fijarme en ningún orden determinado de

pensamientos, porque en mi cabeza reinaba el caos. Mi vida pasada y la

futura; aquella vida frustrada, se resolvía en él, y me era imposible

expulsar de mí la tenebrosa balumba para llenar solo con Dios mi

entendimiento.

Juan Martín el Empecinado · 第 23 / 37 题