Pronunciaba el Empecinadillo los nombres de todos los oficiales,
desfigurándolos con su torpe lengua. Con todos hacía buenas migas,
menos con uno que le inspiraba mucho miedo. Era este mosén Antón. En
el varonil y rudo carácter del cíclope, las gracias infantiles eran
como rasguños con que se quiere desmoronar una montaña. Jamás se acercó
al corrillo en que nos entreteníamos viendo al Empecinadillo hacer el
ejercicio. Este, al verle de lejos, huía de su temerosa figura, y le
llamaba _el coco_.
Cuando el Empecinadillo no se quería dormir en el alojamiento y nos
importunaba con sus chillidos, le decíamos: «Que viene Trijueque», y
callaba. Era el único medio de llamarle al orden, y el solo freno de
aquella alma tan impetuosa como traviesa.
Pero cuando el feísimo guerrillero se separó de nosotros, el
Empecinadillo, como un individuo para quien desaparece la ley moral y
el freno coercitivo de las reglas sociales, no conoció límites a su
desvergüenza. Hacía lo que le daba la gana. Rompía las cacerolas del
rancho; destapaba los pellejos de vino para ver correr el líquido; se
emborrachaba, se subía como un gato a las sillas de los caballos cuando
estaban sin jinetes; se caía rompiéndose la cabeza; hacía las aguas
menores en el escaso fuego a cuyo amor nos calentábamos; escondía o
perdía cuanto se hallaba al alcance de su mano; vaciaba el tintero del
escribiente en la olla donde se cocía la cecina; cogía las piedras de
chispa para jugar; agujereaba con una navaja el parche de los tambores,
dando a estos instrumentos de guerra ronco y apagado sonido; traía
siempre medio loco al Sr. Moscaverde, cerrajero de la partida, el
cual componía las llaves de los fusiles, y en más de una ocasión se
encontró sin herramientas; quitaba además la paja a los caballos, a
los soldados los cartuchos, y a todos la paciencia con sus diabluras
sin fin. Recibía, sí, más azotes que un condenado a galeras; pero como
buen soldado, hecho a penas y dolores, no perdía su buen humor con los
castigos.
Se me ocurre nombrar a este personaje, porque recuerdo que lo llevé en
la perilla de mi cabalgadura desde Cabrera basta cerca de Castejón;
y por más señas, que me volvió loco por todo el camino haciéndome
preguntas, mientras sus piernecitas espoleaban sin cesar la cruz del
animal. Convengo con mis oyentes en que es en mí puerilidad casi
indisculpable detenerme en contar las hazañas de este héroe, menos
importantes sin duda que las de aquel cuyo nombre va al frente de
esta relación; pero yo quiero que aquí, como en la Naturaleza, las
pequeñas cosas vayan al lado de las grandes, enlazadas y confundidas,
encubriendo el misterioso lazo que une la gota de agua con la montaña,
y el fugaz segundo con el siglo, lleno de historia.
Y dicho esto, voy a contar lo que ocurrió cuando encontramos a D. Juan
Martín.
El cual estaba en Almadrones con la mayor parte de las fuerzas de su
ejército. Cuando le contamos lo que se decía entre nosotros sobre la
defección de Trijueque, enfureciose y nos dijo:
--No me vengan acá con embustes. Eso no puede ser. mosén Antón tiene
sus defectos; es capaz de abrasarme las entrañas con sus majaderías;
pero antes me creeré a mí mismo traidor que suponerle vendido a los
franceses... Por vida de... ¿Ustedes han pensado bien lo que dicen?
¡Pasarse Trijueque al enemigo!...
--Pronto hemos de salir de dudas --dijo Sardina, que no participaba del
optimismo de su jefe y amigo--. Un hombre envidioso es capaz de todo.
Yo tenía a Trijueque por persona díscola; pero con un fondo de rectitud
superior a traiciones, dobleces y alevosías, como las de D. Saturnino.
Sin embargo, tengo comezón por saber...
--Y yo --repitió D. Juan con ademán sombrío.
Dicho esto, el héroe quedó profundamente pensativo. Estaba inmóvil
junto a la ventana de su alojamiento delante de un espejillo, y
dispuesto a afeitarse, tenía en la mano derecha la navaja y cubierta
de jabón la barba. Nosotros callábamos viendo su melancolía. Por fin,
dando un suspiro, alzó el brazo como quien se va a degollar, y a toda
prisa se rasuró con movimientos tan inseguros y nerviosos, que su
curtida piel quedó adornada con algunas cortaduras. Luego, volviéndose
a Sardina, le dijo:
--¿Le parece a usted que salgamos esta noche en busca de esa canalla?
D. Vicente miraba el paisaje exterior al través de los turbios
cristales verdosos.
--Mala noche nos espera. La nieve cae con gana, y los senderos están
cubiertos y desfigurados. ¿No vale más que esperemos a mañana?
--De esta, amigo D. Vicente --exclamó con ira el general--, o me dejo
matar por ellos, o cazo a los renegados en alguna parte. El pellejo
de Albuín y de Trijueque me parecerán poco para componer los tambores
rotos. Hay que ir tras ellos... hay que cazarlos con perros, y abrirles
luego en canal para sacarles las entrañas... ¡Malditos sean! Un lobo de
estos montes es más leal que los canallas que se pasan al enemigo...
¡Dios mío, he vivido para ver esto!... ¿De qué me valen la fama, la
buena suerte, el buen nombre, si los amigos me hacen traición y los que
favorecí me venden?... En marcha ahora mismo, Sr. Sardina... en marcha.
--¿Pero a dónde vamos? --preguntó con turbación el segundo jefe.
--¡Al demonio!... --repuso con exaltación D. Juan--. ¿También usted
se me encabrita? ¿Pues no dice que a dónde vamos? En busca de esos
granujas... ¿Necesito decirlo otra vez? Si usted lo quiere, ladraré.
--¿Usted sabe dónde les encontraremos? ¿Usted sabe que están solos, y
no acompañados con fuerzas considerables del francés?
--Aunque esté con ellos el mismo Napoleón con un millón de hombres...
--añadió en el colmo de su rabia el guerrillero--. ¡Si quiero que me
maten a mí...! Pues qué, ¿no me explico bien?... Si quiero que me maten
esos condenados... ¡Si quiero morir!...
--En marcha --dijo Sardina--. Aprovechemos lo que resta de día para
salir de la sierra.
--Quiero morir o cogerles para atarles una cuerda a la cintura y
pasearles delante del ejército... ¡España está deshonrada! ¡Juan Martín
está deshonrado! ¿Hay más traidores en mi ejército? ¿Hay alguno más?
Pues que venga acá... quiero ver a uno delante de mí.
Sus brazos se agarrotaban, contraíanse sus dedos, estrangulando en
el vacío imaginarias víctimas, y la mirada del héroe, extraviada y
salvaje, parecía querer herir con su rayo todo aquello en que se fijaba.
Por lo que he referido se ve que el Empecinado no permitió ningún
descanso a los que acabábamos de llegar. Calientes aún las sillas de
las cabalgaduras, volvimos a montar en ellas y la partida se puso
en marcha. El tiempo era tan malo, que la tarde parecía noche, y la
noche, que vino poco después de nuestra salida, horrenda y desesperante
eternidad. El suelo estaba cubierto de nieve, en cuya floja masa se
hundían hasta las rodillas hombres y caballos; habían desaparecido
los caminos bajo el espeso sudario blanco, y los cerros vecinos
parecían una cosa destinada a la muerte, una inmensa losa sepulcral, un
monumento cinerario, bajo cuya glacial pesadumbre se escondía el alma
de la Naturaleza buscando el calor en las entrañas de la tierra. El
cielo no era cielo, sino un techo blanco. Alumbraba el paisaje esa fría
claridad de la nieve, la luz helada como el agua, semejante al fúnebre
reflejo de tristes lámparas lejanas.
Malo el camino de por sí, era detestable por ser invisible, y los
caballos resbalaban al borde de los precipicios. Los jinetes bajábamos
de nuestras cabalgaduras para vencer andando el frío. La partida iba
silenciosa y resignada. Mirando de lejos la vanguardia que se escurría
despacio buscando el incierto sendero, parecía una culebra negra que
resbalaba inquieta y azorada tras el calor de su agujero. No he visto
noche más triste ni ejército más meditabundo. Nadie hablaba. El tenue
chasquido de la nieve polvorosa al hundirse bajo las plantas de tanta
gente, era el único rumor que marcaba el paso de aquellos mil hombres
abatidos por fúnebre presentimiento.
Junto a D. Juan Martín reinaba el mismo silencio. Con la barba hundida
en el cuello del capote, el héroe había abandonado las riendas de su
corcel, que marchaba, como animal práctico e inteligente, cuidando de
poner en sólido la herradura y tanteando cuidadosamente el terreno.
En Mirabueno, a donde llegamos por la mañana, supimos que los renegados
(pues desde luego recibieron este nombre) estaban con el general Gui
hacia Rebollar de Sigüenza. Reanimose con la noticia D. Juan Martín,
y a eso del mediodía, después que descansamos y comimos lo que se
encontró, la partida se puso de nuevo en marcha.
--Esta noche --me dijo el general-- les encontraré en un lado o en
otro, y me cazan o les cazo. Prepare todo el mundo el pellejo para la
más gorda hazaña de nuestra historia... ¡Maldita sea nuestra historia!
Señores, mi alma es hoy un volcán. O echa fuera el fuego que tiene
dentro, o revienta... ¡Pasarse al francés, pasarse al enemigo!...
Ni por miedo a las penas del infierno, por toda la eternidad, lo
haría yo... A ver: ¿hay alguno más en mi ejército que quiera hacer
traición?... Que me lo traigan... quiero verlo... pónganmelo delante...
deseo ver la cara del demonio... Adelante, pues... ¿Están en Rebollar
de Sigüenza? ¿Cuántos son? ¿Quinientos mil? No importa... Si no
quieren ustedes seguirme, iré yo solo.
Nadie le contestó. La frialdad de la temperatura reinaba también en el
ejército. Allí no había más volcán que el pecho de D. Juan Martín.
Entrada ya la noche, el ejército se detuvo. Estábamos en una vasta
e irregular planicie. A nuestra derecha se elevaban altos cerros;
a nuestra izquierda el terreno descendía bruscamente en rápido y
vertiginoso declive, hasta terminar en un barranco, cuya profundidad
no podía distinguirse. Parecía la noche más obscura, más tenebrosa y
siniestra que la anterior. Una lluvia menuda y glacial, nieve fina o
agua congelada en invisibles puntas de aguja, nos azotaba el rostro.
El frío era horroroso y temblábamos bajo los capotes, sintiendo
imposibilitados los dedos para empuñar las armas.
Un soldado se acercó al general diciendo:
--Por aquellos cerros de la izquierda baja alguna gente. Han disparado
un tiro.
--No puede ser --dijo Sardina--. Estáis viendo visiones. No hay nadie
capaz de apostarse en aquellos empinados cerros a estas horas, con este
frío, y no sabiendo fijamente que pasaríamos por aquí.
--Sí hay alguien capaz de eso y de más --dijo D. Juan Martín con
arrebato--. Allí está mosén Antón... lo veo... solo mosén Antón es
capaz de quitarles su puesto a los cernícalos para acechar la carne que
pasa.
--¡Que viene gente! --dijo otra voz.
--¿Son españoles o franceses?
--¡Españoles!
--A ellos --gritó D. Juan Martín--. Esperemos a esos cobardes. Esta
planicie es buena... desplegad la caballería... Lo malo es este
barranco de la derecha... Pero no hay cuidado... aquí estoy yo.
Avanzamos, y nuestra vanguardia rompió el fuego.
--¡Ahí están, ahí están! --exclamó exaltado y con júbilo el general--.
Conozco a Trijueque... es él... Enriscarse en esa altura para
sorprendernos... Eso no puede hacerlo más que el diablo o Trijueque...
No bajarán: tienen que venir rodando o volando... Ánimo... que no haya
confusión... Dejar sola a la vanguardia... Prepárense los caballos en
el llano... Toda la demás gente a retaguardia... no se necesitará...
Es Trijueque, no me queda duda. Yo le he enseñado estas hazañas...
le veo rodando entre las piedras por la montaña abajo, y el aire que
hacen sus alas negras me llega a azotar la cara... No puede ser otro.
Sus cuatro patas, al bajar, se llevan por delante medio monte... Es el
bravo animal, la bestia traidora más valiente que cien leones, y con
una cabeza que no cabe dentro del mundo. ¡Adelante, muchachos! Hay que
cazar esa fiera que se nos ha escapado, y volverla a la jaula.
Efectivamente: una partida de españoles nos quería cortar el paso;
pero no sabíamos si era mandada por Albuín o Trijueque. Al principio
permanecieron en la altura haciendo fuego: los nuestros quisieron
escalarla, mas en vano. Un segundo esfuerzo sirvió para que los
empecinados dominasen una parte del terreno enemigo; pero este era tan
favorable, que tuvieron que abandonarlo. En la llanura no podíamos
temerles, y siendo nuestro objeto pasar adelante, el general dispuso
que algunas fuerzas contuvieran a los renegados, mientras el resto
del ejército pasaba de largo. Pero nos equivocamos respecto al número
de los enemigos y respecto a su intención de no bajar a la llanura.
Bajaron, sí, de improviso y con tal empuje, que lograron por un momento
desconcertar nuestras filas, arrojando sobre la nieve muchos cuerpos
heridos o muertos.
--Aquí los quiero ver --exclamó D. Juan Martín abalanzándose al frente
de su tropa escogida--. Aquí los quiero ver... Que bajen, que vengan
acá.
El impetuoso caballo del general lanzose sobre la infantería enemiga
entre un diluvio de balas, y corrimos ciegos tras él los demás,
acuchillando y aplastando con furia salvaje. Zumbaban las balas en
nuestros oídos, y las bayonetas buscaban el pecho de los fogosos
corceles. La embestida no careció de confusión; pero fue tremenda y
eficaz, porque deshicimos a los renegados que habían bajado de la
montaña.
El caballo de D. Juan Martín cayó gravemente herido. Al punto ofrecí al
general el mío, quedándome a pie. En tanto, los renegados se retiraban
a toda prisa a la altura, donde era difícil seguirles.
--Estamos haciendo el papel que han hecho siempre los franceses en
esta clase de guerra --dijo el Empecinado con rabia--, y ellos están
haciendo el mío... Cría cuervos... ¿Qué gente hemos perdido? Poca cosa.
Adelante... ¿Dónde están los carros? Recoger los muertos... digo, los
heridos.