Orejitas recibió orden de abandonar Sigüenza, antes que fuera sitiada
por las imponentes fuerzas francesas que vinieron de Teruel. Las
excursiones que habíamos hecho a los alrededores nos habían dado escaso
resultado. En Cabrera nos unimos a la partida de mosén Antón, quien
dijo que los franceses habían pasado por Torre Sabiñán, y que él era de
opinión que tratásemos de salirles al encuentro, pues teníamos fuerzas
suficientes para darles un golpe. Repúsole Orejitas que él se ajustaría
estrictamente a las órdenes de Don Juan Martín, que le mandaba bajar a
esperarle en Almadrones, y añadió:
--Hoy he sabido que D. Saturnino Albuín está con los franceses. Si
parece mentira... ¿No será equivocación, Sr. Trijueque?
--¿Qué sé yo? --repuso con enfado el clérigo--. ¿Acaso soy guardián de
D. Saturnino, para que todos me pregunten lo que ha hecho? El Manco es
dueño de hacer lo que le acomode, y si se vio maltratado y vejado por
nuestro general... Ya dije que había de suceder...
--¿Cuántos hombres se llevó consigo?
--Al pie de cuatrocientos.
--Oí decir que los franceses le han dado cuatro talegas en pago de su
traición. También aseguran que le ofrecieron hacerle Marqués y Capitán
general...
--No hay que hacer caso de las habladurías de esta gente de los
pueblos. Un hombre tan de bien como Albuín no toma resolución de esa
naturaleza sin motivo para ello.
Decían esto los dos jefes, sentados a la puerta de un ventorrillo. En
los intervalos de su diálogo oíase el ruido de los dientes del caballo
de mosén Antón, los cuales, a espaldas de este, molían pausadamente la
cebada, metiendo el hocico negro y huesoso dentro de un saco.
--Come bien, leal amigo --dijo Trijueque volviéndose hacia su
cabalgadura--, que la jornada será larga.
--¿A dónde va usted? --le preguntó con viveza Orejitas.
--Ya lo he dicho --repuso el cura guerrillero acariciando el cuello del
gigantesco animal--. Sé que el general Gui ha pasado por Torre Sabiñán,
y no quiero que me quede la comezoncilla de no darle un buen golpe.
--El general Gui trae mucha gente --repuso Orejitas, bebiendo por
octava vez, pues era uno de los principales empinadores de codo que
había en la partida--, y con la fuerza que tenemos usted y yo juntos no
es locura pensar en salirle al encuentro. Si bajamos de la sierra al
llano y acertamos a topar con los _mosiures_, pienso que no quedaremos
ninguno para contarlo.
--Sr. Orejitas --dijo Trijueque bebiendo también, aunque en menos dosis
que su colega--, usted hará lo que mejor le convenga y lo que su miedo
le dicte... Yo voy en busca de Gui.... Le estoy viendo debajo del filo
de mi sable.
--Y yo --añadió Orejitas-- estoy viendo al gran Trijueque bajo las
herraduras de los caballos de un escuadrón polaco. Vámonos a donde nos
mandan y no comprometamos la partida.
--Bien se conoce que ese corazón amadamado --dijo el cura-- no
simpatiza con el peligro, ni padece lo que yo llamo enfermedad de la
gloria: una palpitación dolorosa, una angustia sublime acompañada de
cierta fiebre... Cuando se tiene esta enfermedad, la victoria está
cerca, Orejitas. Y para acabar --añadió levantándose--, ¿viene usted o
no viene?
--Yo no --contestó el otro guerrillero, dando fin al contenido del
jarro--. Temo que Juan Martín me riña por no obedecerle.
--¡Ah, corazones de alcorza --exclamó Trijueque golpeando el suelo
con el sable--, que se asustan cuando arquea las cejas y se rasca el
cogote Juan Martín! ¿No conoce usted que si hiciéramos lo que nos manda
ese pobre hombre, ya estaría la partida disuelta y todos nosotros
ensartados en cuerdas de presos, como cuentas de rosario, para marchar
a Francia? Sr. Orejitas, tengamos iniciativa; ganemos batallas contra
la voluntad de nuestro general; proporcionémosle los grados y las
vanidades que tanto ama, y no nos reñirá... No dudo que habrá en la
partida muchos valientes que pudieran seguirme. A ver, Araceli, ¿se
decide usted a hacer la hombrada?
--Yo no me separo de mi jefe, el Sr. Orejitas --repuse.
--Este es un bravo mozo --me dijo el jefe, golpeándome el hombro--.
¡Lástima que no hubiera cogido tres cuartillas en vez de dos en la
bodega del alcalde de Cabrera!
--Les dejo a ustedes entregados al vino --dijo mosén Antón-- y me voy.
Que haga buen provecho la mona.
Luego, mientras Orejitas se internó en la próxima cuadra para ver su
caballo, llevome aparte el insigne clérigo, y me dijo lo que sigue:
--Sr. Araceli, usted no puede hacer buenas migas con ese bárbaro y
borracho de Orejitas, arriero y mozo de mulas en junio de 1808, y que
ha hecho fortuna en la partida, gracias a la cerrazón de su mollera. Es
el perro de presa de Juan Martín. Usted vendrá conmigo: tengo necesidad
de un oficial de ejército entendido y valiente para esta operación que
tengo en el majín.
El gigante hacía todo lo posible para que la contracción de su rostro
y despliegue de su boca se pareciese a una sonrisa de benevolencia.
Estratégico incomparable en los valles y sierras, Trijueque era
completamente inexperto en la táctica del humano corazón, y los
recursos de su facultad seductora adolecían de brusca torpeza.
--Según y cómo --le respondí, fingiendo acceder, con objeto de que me
descubriera mejor sus mal ocultos pensamientos--. Para desobedecer a
mis jefes y marchar con usted a donde quiera llevarme... entiéndase
bien, a donde quiera llevarme, necesito promesa manifiesta de que me ha
de resultar algún provecho. No están los tiempos para sacrificar por
boberías una buena reputación.
El ogro, fácilmente engañado, como todos los ogros que hacen algún
papel en los cuentos de niños, no supo disimular su repentino contento,
y mostrando sin embozo su apasionado corazón, respondiome:
--Ya sé que es usted también de los descontentos. Un oficial de tanto
mérito debiera estar mandando una columna. Juan Martín habla bien de
usted; pero es para embaucarle, me consta que es para embaucarle.
Puede usted tener la seguridad de que, aunque la guerra dure treinta
años más, no saldrá de ese ten con ten. Aquí no se aprecia el mérito.
Con tal que nuestro general tenga batallas ganadas por mí, que le
sirvan de asunto para poner oficios a la Regencia, haciéndose pasar por
un Julio César o un Pompeyo... En fin, venga usted con Trijueque y no
le pesará.
Al decir esto, apoyaba su mano en mi hombro, y me hacía tambalear hacia
adelante y hacia atrás. Mirándome con interés, sonreía.
--Yo soy gran admirador de Trijueque --le dije--; hago justicia a
sus altas prendas, y me río de las inculpaciones con que quieren
desacreditarle.
--Bien dicho, muy bien dicho --exclamó en tono de predicador.
--Estoy pronto a partir con usted; pero ¿a dónde vamos, señor cura?
Porque si es cosa de salir por ahí a disparar unos cuantos tiros, matar
dos docenas de franceses, y coger otras tantas de prisioneros, yo no me
muevo. ¡Hemos hecho lo mismo tantas veces! Ya estoy harto de ver que
con proezas no se saca aquí el vientre de mal año. Sepamos lo que voy
ganando, como dijo el gallego del cuento.
Trijueque llevose el dedo a la boca y su rostro expresó satisfacción y
victoria. Viendo que se acercaban algunos individuos, íntimos amigos de
Orejitas, me dijo:
--Parto al instante con mi gente. Por este barranco que se ve a
espaldas de la venta, pienso pasar al valle de Pelegrina. ¿Ve usted
aquella casa arruinada que hay abajo? Allí le espero; allí le diré a
dónde vamos, sin peligro de infundir sospechas a estos borrachos. Si me
sigue usted, me sigue, y si no... Adiós.
Fuese mosén Antón, y yo busqué a Orejitas; mas el guerrillero,
sintiéndose en la cuadra acometido de gran sopor, por efecto sin duda
de no ser agua cristalina el contenido del jarro que yo llené en la
bodega del alcalde, echose sobre un montón de paja, donde sus ronquidos
se acordaban musicalmente con el respirar de los caballos y el mugido
de un par de becerros flacos y medio enfermos. Procuré traerle al mundo
con algunos puntapiés; mas no quiso salir de la beatífica esfera en
que, sin duda con gran fruición, revoloteaba su espíritu.
Al salir para ver partir a Trijueque, y pasando por cierto edificio
ruinoso que había al fin del caserío, sentí la algarabía de una
riña, y oí claramente la voz de la señá Damiana en concierto chillón
con las de los tres famosos estudiantes. Es el caso que el llamado
Cid Campeador dio en aporrear a la Fernández por suponer en aquella
Ximena veleidades en favor de D. Pelayo. Defendiose de palabra la
acusada; mas percatándose después de que todo el zipizape provenía
de chismes y enredos, obra del ingenioso _intellectus_ de aquella
lumbrera complutense, nombrada el Sr. Viriato, la emprendió con este,
adjudicándole varias patadas, o sean coces, y puñadas y rasguños, una
parte de los cuales fueron a caer de rechazo sobre la respetable
persona del Sr. Santurrias, que se ocupaba en dar al Empecinadillo
cucharada tras cucharada de sopas. Dos de los estudiantes partieron
a escape, dejando que la contienda acabase con sus consecuencias
naturales, cuando Dios se fuese servido ponerle fin, y Viriato y la
guerrillera y Santurrias quedaron enzarzados con el engaste de las
uñas y de las manos, hasta que los separamos, recogiendo del suelo al
Empecinadillo, que por poco perece en aquel trance.
La Damiana, que ya tenía medio ahogado al estudiante, cuando fue
separada del grupo, vociferó de esta manera:
--El muy canalla piojoso me llamó _mujer de Putifarra_... El
_Putifarro_ será él... Señor oficial --añadió dirigiéndose a mí--, este
Viriato es un traidor y quiso seducirme.
--Tan gran delito no puede quedar sin castigo. ¿Qué marca la Ordenanza
contra los Viriatos que quieren seducir a las Damianas?
--Eso quisieras tú, Euménide, arpía de seis colas, marimacho de mil
demonios --dijo el de Alcalá, poniendo el dedo sobre las distintas
heridas de su cuerpo para tantear la gravedad de ellas.
--Sí, señor: me quería seducir, para que me pasara con ellos al francés.
--Calla, bruja, sargentona, o te estrangulo --gritó Viriato--. Aquí
está Santurrias que puede decir si soy traidor o no.
--Sí, sí, sí --gritó la guerrillera en medio del camino agitando los
brazos con una furia loca--. Estos endinos son traidores como Don
Saturnino, y se pasan a los franceses. Allá va, allá va --añadió
señalando al barranco--, ¡allá va mosén Antón que se pasa a los
franceses con sus amigos!
Mosén Antón, seguido de su tropa, desfilaba tranquilamente por detrás
de la venta, bajando al barranco.
--¡Allá van, allá van! --añadió Damiana con exaltación salvaje--.
¡Fuego en ellos, fuego en los traidores! ¡Sr. Orejitas, que se han
vendido al francés!
--Repara bien lo que dices, Damiana.
--Sé lo que digo --exclamó atrayendo en torno suyo mucha gente--.
Anoche han estado hablando de esto más de tres horas. ¿Creyeron que
yo lo iba a callar? ¡Ah, tunante Cid Campeador, me las pagarás todas
juntas!
Mosén Antón se alejó más a prisa, y entre la tropa que se quedó en el
caserío corrió de boca en boca este rumor terrible:
--¡Mosén Antón se pasa a los franceses!
Reinó gran agitación; oyéronse gritos, amenazas, juramentos. Algunos
corrieron a tomar las armas; pero Trijueque se alejaba, se perdía en
la profundidad del barranco, y parte de su gente aparecía ya en la
vertiente opuesta, internándose en la espesura de un monte.
--No crean a esta Lais bachillera, a esta loca Aspasia, a esta
Samaritana sin vergüenza --exclamó Viriato--. ¿Quién hace caso de una
mujer? Si le dieran cuatro tiros, como merece, no diría que mosén Antón
Trijueque es traidor.
--¡Sí lo digo! --prosiguió Damiana gritando con voz ronca en medio
del camino--. Es traidor, y se va con D. Saturnino. Lo digo cien
veces, porque lo sé, y el Sr. D. Pelayo andaba contratando gente para
esta picardía. ¡Yo soy muy patriota, yo soy muy española, yo soy muy
empecinada, y viva Fernando VII! ¡Viva D. Juan Martín! ¡Viva Orejitas!
Estos vivas fueron repetidos con calor, y su estruendo fue tan grande,
que llegó hasta el mismo espíritu de Orejitas por el conducto de los
aletargados sentidos. Levantose del lecho de paja, y enterándose de lo
ocurrido y de la voz general, y de la acusación formidable contra su
colega, dijo:
--No puede ser. Sigamos nuestro camino, y le contaremos esto a D. Juan
Martín.
_Minora canamus._
El Empecinadillo tenía más de dos años, casi tres; andaba regularmente,
y despechado al fin, muy tarde por cierto y no sin malas noches y
peores días por _mamá_ Santurrias, comía como un descosido. Todo era
poco para él; pero teniendo a su favor la compasión del ejército
entero, recibía mil golosinas de este y del otro.
El Empecinadillo hablaba; pero ¡qué lenguaje tan escogido el suyo! Así
como la generalidad de los niños empiezan diciendo _papá_ y _mamá_,
él había empezado por los más abominables y horrendos vocablos del
idioma. Sus palabrotas soeces, pronunciadas a medias, servían de
diversión a la tropa. También decía _malchen_, _fuego_, _apunten_
y otras voces marciales. Últimamente empezaba a ejercitarse en el
discurso, expresando juicios claramente, y hasta podía sostener un
diálogo tirado, siempre que se estimulase su incipiente locuacidad con
horribles palabrotas.
El Empecinadillo hacía diversas gracias. Tenía un palito que le servía
de escopeta para hacer el ejercicio, y otro palito más pequeño,
pendiente de la cintura, el cual era su sable. Montaba a caballo en
el garrote de _mamá_ Santurrias, y cuando salía en medio del corrillo
con la mano izquierda en la brida y agitando en la derecha el sable,
su aspecto era terrible. Nos reíamos mucho con él, y nos le comíamos a
besos.