Cuando esto decía, oyose de repente vivo fuego de fusilería. No
sonaba, no, en la eminencia que servía de fortaleza a los renegados:
sonaba delante de nosotros, allá por donde se extendía el camino que
pensábamos seguir. Hubo un momento de angustiosa perplejidad. Miramos,
y nada vimos: las sombras de la noche ocultaban el cercano peligro. De
repente, en el ejército, mil voces clamaron:
--¡Los franceses, los franceses!
--¡Gracias a Dios! --gritó D. Juan Martín--. Franceses y traidores,
todo junto... Así les acabaremos a todos de una vez.
--Tenemos retirada segura --gritó Sardina que había examinado el
terreno a nuestra espalda.
--¡Cómo retirada! --bramó el general--. Maldita noche que no alumbra.
Que se repliegue toda la tropa, y esperemos... A ver, que los de
Orejitas tomen posición a la izquierda.
--Es mal sitio, porque amenazan los renegados desde la altura.
--Pues a la derecha.
--A la derecha, sí; pero cuidado con el barranco.
--Esta gente no sirve para nada. ¿Son muchos los franceses?
--No vemos nada.
--Son muchos, muchísimos --gritó una voz.
--Mejor, mucho mejor... El Crudo a vanguardia. Crudo, mucho cuidado.
Clavarse en el suelo... hasta ver si empujan fuerte. Si empujan blando,
echarse encima... si empujan gordo... aguantar. Aquí estoy yo con mi
gente... Buena presa vamos a hacer hoy.
La avanzada francesa embistió a nuestro ejército. El vivo fuego
indicaba empeño formidable de una y otra parte. Nuestra vanguardia
llevaba ventaja; pero ¡ay! sobre la blancura de la nieve se destacaban
enormes masas de franceses, y de pronto, no solo la vanguardia, sino
toda la línea, se vio amenazada.
Apretando los dientes y crispando los puños, D. Juan Martín gritó:
--¡Morir antes que retirarnos!
Destrozada nuestra derecha y no pudiendo desarrollarse por aquel lado
táctica alguna, a causa de la peligrosa configuración del terreno,
retrocedió con violencia. Sardina, tratando de restablecer el orden
para la retirada, se internó entre la tropa y pudo conseguir algo.
Pero los franceses, cuyo número era muy superior al nuestro, se echaban
encima, no daban tiempo a ordenar la resistencia, y hostilizados
nosotros por el frente y desde la montaña, nos hallábamos en la
situación más crítica que darse puede.