«Querido amigo: estoy llena de tristeza. Una gran desgracia me
amenaza sin duda. Sospechas tal vez las razones que me movieron
a salir de Madrid; mas no las sabes todas. Había algo más que el
cambio de personas, algo más que el aislamiento en que me encontraba
y la mala voluntad del Gobierno francés para conmigo. Vigilada sin
cesar por un hombre que tiene hoy en su mano poderosos medios, mi
vida ha sido en la Corte un suplicio insoportable. Lo que me anonada
y confunde, es que creí estar aquí completamente olvidada de mis
enemigos, y me he equivocado. Hace dos días volvieron a entrar aquí
los franceses; con ellos venía el hombre a quien tanto temo y cuya
proximidad me hace temblar. Por los oficiales a cuya generosidad
apelé, después de la ruina del edificio, supo que estaba aquí. No
se ha atrevido a entrar en nuestra casa; mas por las preguntas que
ha hecho a individuos de mi servidumbre, comprendo que fragua algún
plan abominable contra nosotras. ¿Quién me defenderá? Yo estoy loca;
yo me muero de tristeza, de pavor, de sobresalto, y los más negros
presentimientos turban mi alma. Inés no sabe ni entiende nada de
esto. No le permito separarse de mi lado. Ven pronto: necesito de tu
protección como militar. No puedo seguir más tiempo en Cifuentes, y
estoy meditando el modo de trasladarme a otro punto, caminando al
amparo de la partida, para evitar la persecución de mis enemigos. Te
repito que vengas pronto. Tu presencia me tranquilizará.
»_Post-scriptum._--Con las gentes del pueblo he hablado de los
franceses que estuvieron aquí desde el lunes hasta el domingo por
la mañana, y me han dicho que ese personaje civil que acompaña al
ejército, ha tiempo que recorre el país sobornando a las personas
sencillas con promesas, halagos, destinos, honores y grados
militares y dinero. Él es, según aseguran, quien ha logrado armar
las contraguerrillas, o sea partidas de gente perdida que defiende
la causa francesa, y últimamente parece haber conseguido seducir
a uno de los más célebres guerrilleros de este país, un hombre a
quien llaman el Manco. Esto se dice de público y lo han confirmado
esta mañana los partidarios que entraron de madrugada, con el propio
D. Juan Martín, quien estuvo un rato en casa. Le pusimos un mediano
almuerzo; pero no quiso probarlo. Parece muy disgustado y abatido; no
come ni duerme, y todo se le vuelve hablar consigo mismo. Este pesar
proviene, según he oído, de la jugada que le ha hecho ese pícaro
Manco.
»El mismo D. Juan Martín me ha dicho que se darán órdenes para
abandonar a Sigüenza. ¡Albricias! Haz por venir aquí, y entonces Inés
y yo seguiremos la partida hasta que tengamos ocasión de salir de
España. ¡Dios tenga piedad de nosotras!...» Etc., etc.