«Querido Gabriel: Por milagro estamos vivas Inés y yo. El castillo,
el pícaro castillo, hizo al fin lo que yo temía. Sin embargo, puedo
vivir para contártelo. El sábado entraron los franceses en Cifuentes.
Sabiendo que debían ocupar este histórico edificio, de cuya capacidad
se tiene idea muy equivocada mirándole desde afuera, abandonamos las
habitaciones vivideras y nos refugiamos en uno de los torreones de
la parte ruinosa, hoy trastera, con lo cual nos creímos seguras. En
efecto: entraron los franceses, se arrellanaron en nuestras camas
y comiéronse lo poco que teníamos para vivir. Todo fue bien hasta
la mañana del domingo y hora en que se les antojó a los artilleros
disparar un cañón contra los reyes de armas y figurones de piedra
que hay en el torreón del homenaje. Nunca tal hicieran, porque con
la violencia del golpe y estremecimiento del tiro, las paredes de
aquella fachada, que anhelaban ya de antiguo descansar de su gloriosa
vigilancia, se arrojaron gozosas en tierra. ¡Ay! ¿quién no se fatiga
de estar de pie durante siete siglos? Demasiado han hecho, y no
hay que vituperarlas. La torre del homenaje se desmoronó como un
bizcocho, y por milagro del cielo el torreón en que Inés y yo nos
guarecimos, mantúvose derecho, sin duda por respeto a los últimos
vástagos de la familia.
»Mas el terror que aquello nos produjo, el miedo de vernos sepultadas
entre las ruinas de nuestro asilo, obligonos a salir, desbaratando
el engaño de nuestro encierro. No poco se alegraron los franceses
al vernos; pero por fortuna nuestra, eran los huéspedes de mi
desgraciada vivienda personas bien nacidas y decentes, oficiales
todos; y lejos de hacernos daño, se nos ofrecieron muy rendidos, no
sin vislumbres de enamoramiento en alguno de ellos. La verdad es
que la explosión, el hundimiento y el presentarnos nosotras dos de
improviso, saliendo por los huecos de despedazados tabiques, parecen
cosa de las que pasan en las novelas o en el teatro. No les negué mi
nombre, apelando a su caballerosidad para que fuésemos respetadas,
y se contentaron con imponernos una fuerte contribución que me ha
dejado sin un cuarto. No te rías de lo que voy a decirte. Estoy tan
pobre, que vivo de lo que mis colonos quieren darme.
»El lunes por la tarde entraron los españoles, y parece que han hecho
algo de provecho por el lado de Algora. También han traído heridos,
muchos heridos. No puedo seguir. Es preciso curarlos. Cuando veo
esto, me alegro de que sigas ahí. Adiós...--_La condesa de X._»