2 de enero.

«Querido Gabriel: Por milagro estamos vivas Inés y yo. El castillo,

el pícaro castillo, hizo al fin lo que yo temía. Sin embargo, puedo

vivir para contártelo. El sábado entraron los franceses en Cifuentes.

Sabiendo que debían ocupar este histórico edificio, de cuya capacidad

se tiene idea muy equivocada mirándole desde afuera, abandonamos las

habitaciones vivideras y nos refugiamos en uno de los torreones de

la parte ruinosa, hoy trastera, con lo cual nos creímos seguras. En

efecto: entraron los franceses, se arrellanaron en nuestras camas

y comiéronse lo poco que teníamos para vivir. Todo fue bien hasta

la mañana del domingo y hora en que se les antojó a los artilleros

disparar un cañón contra los reyes de armas y figurones de piedra

que hay en el torreón del homenaje. Nunca tal hicieran, porque con

la violencia del golpe y estremecimiento del tiro, las paredes de

aquella fachada, que anhelaban ya de antiguo descansar de su gloriosa

vigilancia, se arrojaron gozosas en tierra. ¡Ay! ¿quién no se fatiga

de estar de pie durante siete siglos? Demasiado han hecho, y no

hay que vituperarlas. La torre del homenaje se desmoronó como un

bizcocho, y por milagro del cielo el torreón en que Inés y yo nos

guarecimos, mantúvose derecho, sin duda por respeto a los últimos

vástagos de la familia.

»Mas el terror que aquello nos produjo, el miedo de vernos sepultadas

entre las ruinas de nuestro asilo, obligonos a salir, desbaratando

el engaño de nuestro encierro. No poco se alegraron los franceses

al vernos; pero por fortuna nuestra, eran los huéspedes de mi

desgraciada vivienda personas bien nacidas y decentes, oficiales

todos; y lejos de hacernos daño, se nos ofrecieron muy rendidos, no

sin vislumbres de enamoramiento en alguno de ellos. La verdad es

que la explosión, el hundimiento y el presentarnos nosotras dos de

improviso, saliendo por los huecos de despedazados tabiques, parecen

cosa de las que pasan en las novelas o en el teatro. No les negué mi

nombre, apelando a su caballerosidad para que fuésemos respetadas,

y se contentaron con imponernos una fuerte contribución que me ha

dejado sin un cuarto. No te rías de lo que voy a decirte. Estoy tan

pobre, que vivo de lo que mis colonos quieren darme.

»El lunes por la tarde entraron los españoles, y parece que han hecho

algo de provecho por el lado de Algora. También han traído heridos,

muchos heridos. No puedo seguir. Es preciso curarlos. Cuando veo

esto, me alegro de que sigas ahí. Adiós...--_La condesa de X._»

Juan Martín el Empecinado · 第 15 / 37 题