XII

Marchose Albuín. Luego que salió, advertimos en el general un

desasosiego, una alteración muy notoria. Se sentaba, se levantaba, se

movía de un lado para otro. Creímos advertir cierta humedad en sus

ojos. El héroe pestañeaba con viveza, y aun se pasó por los párpados

las falanges de sus rudos dedos. Al fin se tranquilizó, y sentándose

puso los codos en la mesa y afianzó las sienes en las palmas de las

manos.

--Me voy quedando sin amigos --dijo sombríamente.

--Tú te empeñas --indicó Sardina-- en hacer un ejército regular de lo

que no es más que una partida grande... Si hay algún ejemplo de que

un buen militar haya sido bandolero, no puede esperarse que todos los

bandidos puedan ser generales.

Púsose de nuevo en práctica el plan primitivo de D. Juan Martín, y

Borja y Alagón fueron sitiadas. Respondía esto a las instrucciones

del general Blake, defensor de Valencia, que deseaba por tal medio

entretener en Aragón las tropas destinadas a reforzar la expugnación de

aquella gran plaza. Los hechos militares del Empecinado en noviembre y

diciembre de aquel año fueron de gran beneficio a las armas españolas,

y logró distraer durante aquel tiempo a un gran ejército francés,

prolongando el respiro de los valencianos. Pero todos saben que

Valencia cayó a principios de 1812, y entonces las cosas variaron un

poco.

Durante corto tiempo, el conde de Montijo mandó personalmente el

ejército empecinado, en virtud de una combinación de las siempre

inquietas e intrigantes Juntas; pero D. Juan Martín estuvo solo algunos

días separado de sus soldados, y las necesidades de la guerra le

llevaron otra vez a ponerse al frente de la _partida grande_, que él

solo sabía dirigir.

En diciembre pasamos de Aragón a tierra de Guadalajara, fatigados con

las repetidas acciones y las penosas marchas. Sigüenza había quedado

definitivamente por nosotros después de haberla ganado y perdido

repetidas veces. Con la ocupación de Valencia, las condiciones de la

campaña habían variado para nosotros, y hallándose en libertad de

operar con desahogo considerables fuerzas francesas, nos cumplía a

nosotros la guerra defensiva en vez de la ofensiva que anteriormente

habíamos hecho. Hallando en Sigüenza posición ventajosa, el Empecinado

dispuso no renunciar a ella; y mientras recorría los alrededores de

Guadalajara, dejó en la ciudad episcopal una fuerte guarnición. En

dicha guarnición, mandada por Orejitas, estaba yo.

Y ahora viene bien decir que la condesa con su hija, de quienes yo

me había separado cuatro meses antes en Alpera, dejándolas camino

de Madrid, se habían refugiado al fin en Cifuentes, como lo indicó

Amaranta la última vez que nos vimos. En la citada villa, del dominio

señorial de la familia de Leiva, tenía esta un famoso castillo que fue

arreglado para palacio en el siglo anterior por el abuelo de quien

entonces lo poseía.

Cómo y por qué hicieron las dos damas este viaje huyendo del bullicio

de la Corte, sabralo el lector más adelante; y por de pronto, y para

que no carezca de noticias sobre dos personas que no pueden sernos

indiferentes, mostraré parte de la correspondencia que sostuve con

Amaranta en aquellos días. Mi desdicha quiso que permaneciese algún

tiempo en Sigüenza, como encerrado, mientras la mayor parte del

ejército recorría su campo natural y favorito de la Alcarria; pero

imposibilitado de visitar a mis dos amigas, la movilidad de las

partidas me permitió comunicarme con ellas alguna vez, como se verá por

los documentos que a la letra copio:

Cifuentes, 1.º de diciembre de 1811.

«Querido Gabriel: Al verme en la necesidad de salir de Madrid, no

he encontrado residencia mejor que esta villa de Cifuentes. Verdad

es que aquí me encuentro, como si dijéramos, dentro de un campo de

batalla; pero ¿en qué lugar de España me refugiaría sin que me pasara

lo mismo? En Madrid no puedo estar, por razones que no me atrevo

a decirte por escrito y que sabrás de palabra cuando vengas acá.

Podía haber escogido otros lugares de Castilla, en Burgos, Zamora o

Salamanca; pero en todos arde la guerra lo mismo que aquí, y carezco

en ellos de la cariñosa adhesión de estas buenas gentes y colonos

míos, a quienes mi padre y yo hemos hecho tantos beneficios.

»Ven pronto a vernos. Todos los días entran y salen partidas de

tropa y voluntarios, y desde que suena el tambor nos asomamos a la

ventana esperando verte pasar. Entrego esta carta al que me ha traído

la tuya: un feísimo vejete llamado Santurrias, que lleva consigo un

gracioso niño de más de dos años, el cual habla mil herejías con

su media lengua y es muy querido del ejército. Santurrias me está

dando prisa y no puedo extenderme más. Le digo a Inés que concluya

la suya; pero aunque empezó hace dos horas, no lleva trazas de

concluir todavía. Si no vienes pronto, en la primera que te escriba

te referiré la vida que hacemos ella y yo en este histórico castillo,

con lo que te has de reír.--_La condesa de X._»

No copiaré la carta de Inés, por no contener cosa alguna que pueda

interesar a mis lectores, y exhibo estotra de la condesa:

Domingo 28.

«¡Qué gran chasco nos hemos llevado esta mañana! Nos despertamos

sobresaltadas, sintiendo ruido de caballos y rumor de soldados; y

como viéramos a muchos de estos con uniformes, creíamos vendrías tú

entre ellos. Al poco rato pidió permiso para saludarnos un señor

Sardina, que más que sardina parece tiburón, y nos dio tus cartas.

Hablamos del señor de Araceli, y nos dijo muchas picardías de ti.

»Hoy ha entrado bastante tropa y no pocos heridos, pues ayer parece

que hubo una sangrienta batalla hacia Ocentejo. ¡Qué lastimosos

espectáculos hemos presenciado Inés y yo! Se nos ha llenado la casa

de heridos, y en todo el día no hemos podido descansar un rato:

¡tanto nos da que hacer nuestro cargo de enfermeras! Les damos lo que

hay, bien poco por cierto. Nosotros carecemos algunos días hasta de

lo más preciso, y de nada nos sirve nuestro dinero para luchar con la

espantosa miseria de este país.

»No te he dicho nada de mi castillo, y voy a ello. Perdona el

desorden que hay en mis cartas: escribo a toda prisa, y luchando con

el sueño, que a estas horas empieza a querer rendirme. Son las doce;

los heridos siguen bien, excepto tres que me parece darán cuenta a

Dios esta madrugada.

»Vuelvo a mi castillo, que es la mejor pieza que ha albergado señores

en el mundo. Tiene cuatro habitaciones vivideras. Lo demás está

en situación verdaderamente conmovedora, de tal modo, que por las

noches, cuando sopla con fuerza el viento, parece que se oye el ruido

de las piedras dando unas contra otras, y las almenas se mueven como

dientes de vieja mal seguros en las gastadas encías. Ciertamente,

no es ningún niño este nuestro castillo, pues parece construyó la

parte más antigua de él D. Alfonso el Batallador, Rey de Aragón y

esposo de Doña Urraca, el cual ganó a los moros toda esta tierra y

el señorío de Molina. Me entretengo en recordar esto, porque, al

escribirte, la idea de mal traer en que andan y de la decadencia

en que yacen todas nuestras grandezas, no pueden apartarse de mi

pensamiento. Estos sitios, con su gran ancianidad y su tristeza, me

son muy agradables; y si no existiese la guerra, que todos los días

nos hace presenciar escenas lastimosas, me gustaría residir aquí por

algún tiempo. Tiemblo al pensar que entren aquí los franceses, o que

unos y otros se encuentren en estas calles. ¡Pobre castillo mío!

¿Cómo va a resistir el ruido de los cañonazos? Desgraciado de aquel

ejército sobre quien caigan sus gloriosas piedras.

»He preguntado a varios de la partida cómo se podrá mandar esta carta

a Sigüenza, y un estudiantillo a quien llaman Viriato me ha dicho que

el general manda mañana no sé qué órdenes a esa plaza. Ha llegado

Sardina, el cual me da prisa. Adiós; no puedo ser tan prolija como

deseara. En Cifuentes...--_La condesa de X._»

Ocho días después, Orejitas recibió dentro del correo de la guerra

otras dos cartas, que decían:

Juan Martín el Empecinado · 第 14 / 37 题