--Solo dos se han escapado --dijo--: les conozco bien. Ya están dadas
las órdenes. Se quintarán.
--Sr. D. Vicente Sardina --añadió el Empecinado--, el Sr. Albuín no
será arcabuceado por la espalda. Se le apuntará por el pecho, en
atención a que ha sido el primer soldado de este ejército.
El generoso corazón de D. Juan Martín no dejaba de enaltecer las
prendas militares de sus amigos, ni aun cuando hacía caer sobre ellos
la pesada cuchilla de la ordenanza.
Oyose el ruido de una descarga. Reinó después lúgubre silencio en la
sala, solo interrumpido por la voz de Sardina que dijo uno, y la de
Albuín que, elevando sus manos al cielo, exclamó con dolorido acento:
--¡Adiós, amigos míos! ¡Adiós, valientes camaradas! Ya no venceremos a
los franceses, ni vuestros generosos corazones volverán a palpitar con
el entusiasmo de la batalla.
Después, echándose mano a la cintura, deslió la culebrilla de seda que
en ella llevaba, y arrojándola en mitad de la sala, añadió:
--Ahí está el dinero, Sr. D. Juan Martín; ahí están los trescientos
cochinos pesos que son causa de la carnicería que se está haciendo
abajo con mis bravos leones. Desnudo y pobre entré en la partida, y
pobre y desnudo salgo de ella para el otro mundo.
Oyose otra descarga, y D. Vicente dijo:
--Dos. Cayó otra buena pieza.
--Puesto que voy a morir --añadió D. Saturnino--, que no maten más
gente. Yo fui causa de todo. Yo les mandé subir.
--A usted no le va ni le viene nada de esto --dijo D. Juan, no ya
colérico, sino displicente--. Usted hará lo que yo disponga, y nada más.
Dicho esto, metiose las manos en los bolsillos, hundió la barba en el
cuello del capote y se paseó de un rincón a otro.
--Vamos de una vez --dijo Albuín--. Estoy dispuesto a morir. ¡Al
cuadro! El Manco no ha temido nunca la muerte.
Dio algunos pasos hacia la salida, seguido por los que le custodiaban.
--Alto ahí --gritó de súbito el Empecinado, golpeando el suelo,
deteniéndose en su marcha y mirando a la víctima con rostro ceñudo--.
¿Quién le manda a usted bajar antes de que yo lo ordene?
--Cuanto más pronto mejor --repuso la víctima.
Oímos la tercera descarga de fusilería.
--¡Quieto todo el mundo! --repitió D. Juan--. Aquí nadie resuella sin
que yo lo mande.
--¡Quiero que me fusilen! --exclamó Albuín con coraje, sacando a los
ojos todo el odio de su corazón, lleno entonces de veneno.
--Y si a mí me diera la gana de indultarle a usted, vamos a
ver --exclamó el general con furia, como si la muerte fuera la
condescendencia, y el indulto la amenaza--. Vamos a ver: ¿si a mí me
diera la gana de indultarle y mandar que le dieran cincuenta palos
por la mordida, y luego cogerle por una oreja y ponerle al frente de
su división, con pena de otros cincuenta garrotazos si no me tomaba a
Borja, trayéndome acá prisionera media guarnición francesa...?
--A un hombre como yo no se le dan cincuenta palos --repuso el Manco--,
ni se le tira de las orejas.
--Todo será que a mí se me antoje... ¿Qué tiene usted que decir? Ea,
soltadle, y fuera de aquí todo el mundo. Sr. Sardina, mande usted que
no se fusile a nadie más. Palos y más palos... es lo mejor.
Marcháronse los de tropa, y quedamos con D. Saturnino los cuatro que
antes estábamos.
--Le perdono a usted la vida --declaró el general--. Puede ser que no
me lo agradezca.
--No --repuso Albuín sin inmutarse--. No agradezco, porque parece
generosidad y no lo es.
--¿Pues qué es, qué?
--Miedo --añadió el guerrillero gravemente--. A un hombre como yo no se
le pone dentro de un cuadro. La tropa no lo consentiría... y si lo de
antes salió mal, otra vez...
--Estoy por volverme atrás de lo dicho, y mandar que se forme el
cuadro... Pero no: cuando el Empecinado perdona... D. Saturnino,
márchese usted y haga lo que quiera. Si desea seguir a mis órdenes,
deme una satisfacción enfrente del ejército. Si no...
--D. Saturnino Albuín no da satisfacciones --repuso este--, ni necesita
mendigar un mando. Me voy. Adiós para siempre. Juan Martín acabó para
el Manco, y el Manco acabó para Juan Martín. Grandes hazañas hemos
realizado juntos. La gente de Madrid primero, y la Historia después,
se harán lenguas al hablar del Empecinado; pero nadie se acordará del
pobre Manco... Yo le regalo al general toda mi gloria... Señores,
adiós. D. Saturnino Albuín, que no puede manejar la azada ni el telar,
va a los caminos a pedir limosna. ¡Dios tenga compasión de él!