XI

Incorporose D. Saturnino, y después de restregarse perezosamente los

párpados, vimos brillar sus ojos parduzcos, en cuya pupila reverberaba

con punto verdoso la macilenta luz de la lámpara.

--Si yo llego a descuidarme y no tomo las primeras casas del pueblo

--dijo el Manco--, los franceses hubieran... mosén Antón se metió por

medio del batallón de ligeros, abrió en dos al comandante...

--A ver, venga ese dinero --dijo el Empecinado cortando la relación de

la batalla.

--¿Qué dinero? --preguntó Albuín despertando completamente, pues hasta

entonces lo había hecho a medias.

--El dinero que se ha recogido por buenas y por malas --dijo

imperiosamente D. Juan.

Albuín se inmutó un poco y sus ojos se animaron con pasajero rayo.

El observador, ilusionado por el aspecto de zorra de aquel singular

rostro, hasta creía verle mover las orejas picudas y aguzar el negro y

húmedo hociquillo.

--El capitán Recuenco tiene los fondos recaudados --repuso después de

breve pausa, disponiéndose a tomar en un banco de los próximos a la

pared posición más holgada para dormir.

--Que venga Recuenco.

Vino el capitán a quien se llamaba, hombre puntual y honrado, según

advertí en varias ocasiones, el cual dijo:

--Tengo ochenta y tres pesos en distintas monedas. Esto me han

entregado y esto entrego. Lo que se ha cogido en el saqueo los soldados

lo tendrán, o mosén Antón y D. Saturnino.

El capitán Recuenco dejó sobre la mesa un bolsón con ochenta y tres

pesos, que anoté en el cuaderno, y se retiró llevando el encargo de

hacer comparecer a Trijueque. Presentose este de muy mal talante, y

antes que el general le interpelara, expresose rudamente de esta manera:

--Ya sé para qué me quieres. Para pedirme dinero. Ya sabes que mosén

Antón no lleva un cuarto sobre sí. Aquí están mis bolsillos, más

limpios que la patena de la Santa Misa.

Y mostró vacías y al revés las dos mugrientas faltriqueras cosidas a

sus calzones.

--Pero si es preciso --añadió-- que todos contribuyamos a los regalos

del Cuartel general, ahí va mi reloj, que es lo único que posee el

pobre Trijueque.

Puso sobre la mesa una rodaja de plata que solía marcar la hora.

--Yo no quiero tu reloj, Trijueque --dijo D. Juan Martín devolviendo la

cebolleta con enfado--. Maldito _caraiter_ el de este clérigo. No dice

una palabra sin soltar una coz. Quiero el dinero que se ha cogido en el

saqueo. ¿Lo tienes o no?

--¿También quieren que Trijueque pase por ladrón?... --repuso el

clérigo--. Bueno... ponlo en el oficio. Más pasó Jesucristo por

nosotros. Yo no tengo dinero. ¿No sabes que cuando cobro alguna paga

la doy a los soldados? ¿No sabes que no me para un ochavo en los

bolsillos, porque en seguida lo doy al que me lo pide? ¿A qué vienen

estas pamemas, Juan Martín?

--Sé que eres desprendido y liberal --dijo el Empecinado en el tono

de quien se propone tener paciencia--. Me basta con que tú digas que

no tienes nada. Estoy satisfecho. No te ofrezco dinero, porque no lo

tomarías, Trijueque; pero esas botas necesitan medias suelas; necesitas

un buen capote para abrigarte... Don Vicente, encárguese usted de que

mosén Antón no vaya descalzo y desabrigado.

--Gracias --dijo el clérigo--. No soy hombre melindroso. Con lo que se

gaste en mi persona puedes tú comprar pomadas para el pelo, plumas

para el sombrero, y galoncillos para el uniforme. Mosén Antón Trijueque

no necesita perifollos, y desprecia el dinero. Sabe ganarlo para los

demás.

Retirose sin decir más, y el general, que ya iba a contestarle con

cólera, se rascó con entrambas manos la cabeza, haciendo muecas que

revelaban penosas indecisiones en su espíritu. Después nos dijo:

--Trijueque y yo hemos de reñir para siempre algún día... Vaya,

apúntenme los ochenta y tres pesos... Mucho más ha de salir... Yo pongo

mi mano en el fuego por mosén Antón. Revolverá el mundo por envidia,

pero no se ensuciará las manos con un ochavo... ¡Eh, D. Saturnino de

mil demonios, despierte usted!

Albuín, que sin duda fingía dormir, abrió los ojos.

--Prontito, venga ese dinero --le dijo el general sin mirarle.

--¡Ah! --exclamó el Manco en el tono de quien recuerda alguna cosa--.

¿El dinero? Ya. ¿No dije que tenía mil trescientos y pico de reales?

Aquí los llevo.

Diciendo esto, puso sobre la mesa un paquete en que había monedas de

distintas clases en plata y oro.

--Algo más será --dijo el Empecinado--. Sé que usted se apoderó de los

fondos del Noveno y el Excusado, de los diezmos y de lo que el alcalde

había recaudado para entregarlo a la Junta; y también oí que los

frailes de la Merced se habían dejado quitar algunos miles.

--Si el general hace caso de lo que digan las malas lenguas del

pueblo...

--Albuín, no quiero _retólicas_... Venga ese dinero y pongamos punto

final --repuso Don Juan con energía.

--Dale con el dinero. ¡Se me deben diez y ocho pagas, diez y ocho

pagas, y no tengo calzones!

--Poca conversación --añadió enfadándose por grados D. Juan Martín--.

Ya hablaremos de las pagas. D. Saturnino, deme usted esa culebrilla

que lleva a la cintura. Si no, nos veremos las caras. Esto no lo digo

como general. Nos veremos de hombre a hombre... pues... de mí no se ríe

usted. Así amanso yo a mi gente. Aquí no se fusila a nadie, ni se ponen

castigos de ordenanza, Albuín: ya usted me conoce... _Gomite_ usted el

dinero. Acuérdese de aquella ocasión en que, no queriendo usted hacer

lo que yo le mandaba, le di tal pezco que rodó por el suelo hecho un

ovillo.

--Juan Martín --repuso el Manco poniéndose pálido--, siempre he

obedecido y respetado a mi jefe; he servido a sus órdenes con

entusiasmo, y le estimo y le quiero. Hoy mi jefe no tiene confianza

en mí. Bueno: yo le digo a mi jefe que me mande fusilar al instante,

porque no me da la gana de darle el dinero que me pide y que

efectivamente tengo.

--¿Volvemos a la broma de mosén Antón? --dijo D. Juan Martín--. No me

lo digan mucho, porque ya me van cargando los valentones; y aunque me

quede sin héroes en la partida, haré un escarmiento.

--Pues yo digo que hasta aquí llegó la paciencia --afirmó Albuín

poniéndose lívido y retando al general con la mirada--. No aguanto más:

no doy dinero, ni sirvo más en la partida. Ea...

Levantose de su asiento D. Juan Martín como si una explosión le

sacudiera, rompiendo el sillón, y volcando la mesa.

--¡Pues también se me acaba la paciencia! --exclamó con furia--. Usted

aguantará, usted dará el dinero, y usted no saldrá de la partida.

--Veamos cómo ha de ser eso, no queriendo yo --dijo el Manco,

poniéndose en actitud del carnívoro que espera el ataque de fiera más

poderosa.

--¡Albuín, Albuín! --gritó con tremendo alarido D. Juan, dando

tan fuerte patada, que piso, paredes, techo y todo el edificio se

estremecieron--. Es la primera vez que un subalterno se revuelve contra

mí de esa manera; y no lo pasaré, no lo pasaré.

El Manco entonces llevó la derecha mano precipitadamente al cinto, y

exhaló un rugido de desesperación. No tenía sable. Se lo había quitado

antes de comer, arrojándolo en un rincón.

--Le hace falta a usted un sable: ahí va el mío --dijo D. Juan Martín,

arrojando el acero desnudo ante los pies del guerrillero--. Defiéndase

usted, ¡voto al demonio! porque le voy a amarrar los brazos con esta

cuerda para llevarle preso al sótano.

Estábamos todos los presentes mudos y aterrados, y no nos atrevíamos a

intervenir en la dramática escena. Con presteza suma, D. Juan tomó una

soga que cerca había, y se dirigió hacia su subalterno diciendo:

--Dese usted preso, señor deslenguado. ¡Recuerno! Estoy cansado de ser

bueno.

El Manco, haciéndose atrás, exclamó:

--No necesito cuerda. Me dejaré matar antes que consentir que me aten

como a un ladrón... ¿A dónde tengo que ir? ¿Al sótano? No me da la

gana. Señor general --añadió recogiendo el arma del suelo--, tome usted

su sable y atraviéseme con él, porque Albuín no se deja atar la mano

que le queda... Iré preso; que me fusilen al instante, y entonces, si

quieren mi dinero, lo recogerán de mi cadáver.

No pudo seguir, porque con una rapidez, una seguridad, una destreza

extraordinaria, la mano poderosa de D. Juan Martín asió con el vigor

de férrea tenaza la extremidad derecha del Manco, el cual, bruscamente

cogido, forcejeó, se retorció, se doblegó, dio un terrible grito,

agitando el impotente muñón de su extremidad izquierda.

--De rodillas --vociferó el general sacudiendo con su membrudo brazo

aquel cuerpo de acero que se cimbreaba como una hoja toledana--. ¡De

rodillas delante del Empecinado!

D. Saturnino, una vez presa la mano derecha, era hombre perdido, una

espada sin punta, una culebra sin veneno. Su muñón hizo esfuerzos

formidables; pero no pudo defenderle. Al fin, después de repetidos

arqueos y dobleces, las agudas rodillas del héroe, cayendo con

violencia, hicieron estremecer el suelo. Se oía un resoplido de animal

vencido.

--Miserable, ladrón --exclamó el Empecinado con voz indecisa y ronca a

causa del gran esfuerzo--. Ahora mismo me entregarás lo que te pido, o

pereces a mis manos.

En el propio instante, observamos que la cabeza de D. Saturnino hizo

vivísimo movimiento, y sus blancos dientes se clavaron en la mano

potente que le sujetaba.

--¡Me muerde este perro! --exclamó Don Juan Martín con súbito dolor--.

¡Ah, miserable!

Forcejeó segunda vez el Manco, y pudiendo al fin desasirse, corrió de

un salto a la inmediata ventana. Abriéndola, gritó hacia afuera:

--¡Soldados, muchachos, amigos... a mí, a mí!... ¡Socorro! Quieren

asesinar a vuestro querido Manco... ¡Arriba todo el mundo!

Y dicho esto, volviose hacia adentro, y miró a su jefe y a todos con

expresión de salvaje alegría.

D. Juan Martín, cuya mano sangraba, recogió su sable. Todos nos

apercibimos, barruntando algo grave, porque D. Saturnino, además de

ser muy querido de sus tropas, tenía una especie de guardia negra,

compuesta de los más salvajes, feroces y bárbaros hombres de aquel

ejército.

--Esto es una infamia --gritó Sardina--. Concitar a las tropas a la

insubordinación.

Albuín seguía gritando:

--¡A mí, muchachos; subid pronto!

Oyose rumor muy imponente en la vecina escalera.

--Cerremos las puertas --dijo Sardina, disponiéndose a hacerlo--.

Tiempo habrá de hacer entrar en razón a esa canalla.

--No --gritó con furia el general esgrimiendo el sable--. dejarles

entrar.

No tardaron en aparecer los que eran la hez más abominable de la

partida. Algunos hombres rudos, negros, sucios, de mirada aviesa y

continente repulsivo, se presentaron en la puerta.

--¿Qué hay? --preguntó el general, mirándoles con terribles ojos--.

¿Qué buscáis aquí?

--Aquí estamos, Sr. Manco --dijo uno entrando resueltamente.

Aquel y los demás, que eran hasta veinte o veinticinco, dieron algunos

pasos dentro de la sala.

--¡Atrás, atrás todo el mundo! --gritó resueltamente el Empecinado,

adelantándose hacia ellos con la majestad del heroísmo.

--¿Dejaréis que asesinen a vuestro querido Manco? --exclamó en el hueco

de la ventana la voz angustiosa de D. Saturnino.

--Mando que se retiren todos --repitió Don Juan Martín--, o no me

queda uno vivo. Soy el general. ¡Al que me desobedezca, le tiendo aquí

mismo!... Ea... den un paso si se atreven... que vengan más... Aquí

espero... Que venga todo mi ejército a atropellar a su general... Aquí

me tenéis, cobardes, bandidos... Venid... que venga más gente... Somos

cuatro... Matadnos... pisad el cadáver de vuestro general.

Una voz horrible clamó en la escalera:

--¡Viva D. Saturnino el Manco!

Dos de los que habían entrado, adelantáronse lanzando votos y

juramentos hacia Don Juan Martín. Pero este, con empuje vigoroso,

descargó sobre la cabeza de uno de ellos tan fuerte sablazo, que se la

abrió a cercén.

El soldado cayó al suelo muerto.

Arrojámonos los tres en auxilio del general, y esgrimimos los sables

contra aquella infame canalla. Aunque acobardados y aterrados por la

presencia, por la voz, por el heroísmo sublime de D. Juan Martín,

trataron de defenderse, fiados en su gran número; pero no tardamos en

hacer estrago en ellos. Dispararon algunos fusilazos, que por fortuna

no nos hicieron otro daño que una herida leve recibida por mí, y otra

que le cupo en suerte a Sardina; mas acometidos bravamente, huyeron por

la escalera abajo.

D. Juan Martín bajó repartiendo sablazos a diestro y siniestro, y

nosotros tras él. Otras tropas invadieron el edificio, y los mismos

partidarios del Manco perdiéronse entre la multitud afecta al jefe.

--Crudo --exclamó este--, es preciso fusilar ahora mismo a toda esa

canalla. Sardina, dé usted las órdenes necesarias. Quintarlos es

mejor... Asegurarles bien... El Tuerto es el peor de todos... Esos

tres, esos tres que se escabullen por ahí también subieron... Que no

se escapen. Ponerles en fila... Yo los reconoceré... ¡Eh! Moscaverde...

Al instante, es preciso castigar esta gran canallada.

La tropa gritó:

--¡Viva el Empecinado!

--Gracias, gracias --dijo el héroe--. Dejarse de vivas y portarse

bien... Voy a hacer un escarmiento esta noche... Hace tiempo que lo

estoy meditando, y en verdad es necesario... Ninguno se ríe de mí.

Subimos de nuevo. Ya en la Sala del Ayuntamiento había bastante gente,

y D. Saturnino era custodiado por gente leal. El Empecinado, al

encararse nuevamente con él, le dijo:

--Señor Manco, dispóngase usted para el _requieternam_. Aquí no hay más

capellán que mosén Antón, y ese ya ha olvidado el oficio. Haga usted

acto de contrición.

--Despachemos pronto --dijo el Manco esforzándose por aparecer sereno,

pues aquel hombre, bravo cual ninguno en las batallas, carecía de valor

moral.--. Despachemos pronto... Mande vuecencia formar el cuadro en la

plaza... Pueden llevarme cuando quieran.

Juan Martín el Empecinado · 第 12 / 37 题