Incorporose D. Saturnino, y después de restregarse perezosamente los
párpados, vimos brillar sus ojos parduzcos, en cuya pupila reverberaba
con punto verdoso la macilenta luz de la lámpara.
--Si yo llego a descuidarme y no tomo las primeras casas del pueblo
--dijo el Manco--, los franceses hubieran... mosén Antón se metió por
medio del batallón de ligeros, abrió en dos al comandante...
--A ver, venga ese dinero --dijo el Empecinado cortando la relación de
la batalla.
--¿Qué dinero? --preguntó Albuín despertando completamente, pues hasta
entonces lo había hecho a medias.
--El dinero que se ha recogido por buenas y por malas --dijo
imperiosamente D. Juan.
Albuín se inmutó un poco y sus ojos se animaron con pasajero rayo.
El observador, ilusionado por el aspecto de zorra de aquel singular
rostro, hasta creía verle mover las orejas picudas y aguzar el negro y
húmedo hociquillo.
--El capitán Recuenco tiene los fondos recaudados --repuso después de
breve pausa, disponiéndose a tomar en un banco de los próximos a la
pared posición más holgada para dormir.
--Que venga Recuenco.
Vino el capitán a quien se llamaba, hombre puntual y honrado, según
advertí en varias ocasiones, el cual dijo:
--Tengo ochenta y tres pesos en distintas monedas. Esto me han
entregado y esto entrego. Lo que se ha cogido en el saqueo los soldados
lo tendrán, o mosén Antón y D. Saturnino.
El capitán Recuenco dejó sobre la mesa un bolsón con ochenta y tres
pesos, que anoté en el cuaderno, y se retiró llevando el encargo de
hacer comparecer a Trijueque. Presentose este de muy mal talante, y
antes que el general le interpelara, expresose rudamente de esta manera:
--Ya sé para qué me quieres. Para pedirme dinero. Ya sabes que mosén
Antón no lleva un cuarto sobre sí. Aquí están mis bolsillos, más
limpios que la patena de la Santa Misa.
Y mostró vacías y al revés las dos mugrientas faltriqueras cosidas a
sus calzones.
--Pero si es preciso --añadió-- que todos contribuyamos a los regalos
del Cuartel general, ahí va mi reloj, que es lo único que posee el
pobre Trijueque.
Puso sobre la mesa una rodaja de plata que solía marcar la hora.
--Yo no quiero tu reloj, Trijueque --dijo D. Juan Martín devolviendo la
cebolleta con enfado--. Maldito _caraiter_ el de este clérigo. No dice
una palabra sin soltar una coz. Quiero el dinero que se ha cogido en el
saqueo. ¿Lo tienes o no?
--¿También quieren que Trijueque pase por ladrón?... --repuso el
clérigo--. Bueno... ponlo en el oficio. Más pasó Jesucristo por
nosotros. Yo no tengo dinero. ¿No sabes que cuando cobro alguna paga
la doy a los soldados? ¿No sabes que no me para un ochavo en los
bolsillos, porque en seguida lo doy al que me lo pide? ¿A qué vienen
estas pamemas, Juan Martín?
--Sé que eres desprendido y liberal --dijo el Empecinado en el tono
de quien se propone tener paciencia--. Me basta con que tú digas que
no tienes nada. Estoy satisfecho. No te ofrezco dinero, porque no lo
tomarías, Trijueque; pero esas botas necesitan medias suelas; necesitas
un buen capote para abrigarte... Don Vicente, encárguese usted de que
mosén Antón no vaya descalzo y desabrigado.
--Gracias --dijo el clérigo--. No soy hombre melindroso. Con lo que se
gaste en mi persona puedes tú comprar pomadas para el pelo, plumas
para el sombrero, y galoncillos para el uniforme. Mosén Antón Trijueque
no necesita perifollos, y desprecia el dinero. Sabe ganarlo para los
demás.
Retirose sin decir más, y el general, que ya iba a contestarle con
cólera, se rascó con entrambas manos la cabeza, haciendo muecas que
revelaban penosas indecisiones en su espíritu. Después nos dijo:
--Trijueque y yo hemos de reñir para siempre algún día... Vaya,
apúntenme los ochenta y tres pesos... Mucho más ha de salir... Yo pongo
mi mano en el fuego por mosén Antón. Revolverá el mundo por envidia,
pero no se ensuciará las manos con un ochavo... ¡Eh, D. Saturnino de
mil demonios, despierte usted!
Albuín, que sin duda fingía dormir, abrió los ojos.
--Prontito, venga ese dinero --le dijo el general sin mirarle.
--¡Ah! --exclamó el Manco en el tono de quien recuerda alguna cosa--.
¿El dinero? Ya. ¿No dije que tenía mil trescientos y pico de reales?
Aquí los llevo.
Diciendo esto, puso sobre la mesa un paquete en que había monedas de
distintas clases en plata y oro.
--Algo más será --dijo el Empecinado--. Sé que usted se apoderó de los
fondos del Noveno y el Excusado, de los diezmos y de lo que el alcalde
había recaudado para entregarlo a la Junta; y también oí que los
frailes de la Merced se habían dejado quitar algunos miles.
--Si el general hace caso de lo que digan las malas lenguas del
pueblo...
--Albuín, no quiero _retólicas_... Venga ese dinero y pongamos punto
final --repuso Don Juan con energía.
--Dale con el dinero. ¡Se me deben diez y ocho pagas, diez y ocho
pagas, y no tengo calzones!
--Poca conversación --añadió enfadándose por grados D. Juan Martín--.
Ya hablaremos de las pagas. D. Saturnino, deme usted esa culebrilla
que lleva a la cintura. Si no, nos veremos las caras. Esto no lo digo
como general. Nos veremos de hombre a hombre... pues... de mí no se ríe
usted. Así amanso yo a mi gente. Aquí no se fusila a nadie, ni se ponen
castigos de ordenanza, Albuín: ya usted me conoce... _Gomite_ usted el
dinero. Acuérdese de aquella ocasión en que, no queriendo usted hacer
lo que yo le mandaba, le di tal pezco que rodó por el suelo hecho un
ovillo.
--Juan Martín --repuso el Manco poniéndose pálido--, siempre he
obedecido y respetado a mi jefe; he servido a sus órdenes con
entusiasmo, y le estimo y le quiero. Hoy mi jefe no tiene confianza
en mí. Bueno: yo le digo a mi jefe que me mande fusilar al instante,
porque no me da la gana de darle el dinero que me pide y que
efectivamente tengo.
--¿Volvemos a la broma de mosén Antón? --dijo D. Juan Martín--. No me
lo digan mucho, porque ya me van cargando los valentones; y aunque me
quede sin héroes en la partida, haré un escarmiento.
--Pues yo digo que hasta aquí llegó la paciencia --afirmó Albuín
poniéndose lívido y retando al general con la mirada--. No aguanto más:
no doy dinero, ni sirvo más en la partida. Ea...
Levantose de su asiento D. Juan Martín como si una explosión le
sacudiera, rompiendo el sillón, y volcando la mesa.
--¡Pues también se me acaba la paciencia! --exclamó con furia--. Usted
aguantará, usted dará el dinero, y usted no saldrá de la partida.
--Veamos cómo ha de ser eso, no queriendo yo --dijo el Manco,
poniéndose en actitud del carnívoro que espera el ataque de fiera más
poderosa.
--¡Albuín, Albuín! --gritó con tremendo alarido D. Juan, dando
tan fuerte patada, que piso, paredes, techo y todo el edificio se
estremecieron--. Es la primera vez que un subalterno se revuelve contra
mí de esa manera; y no lo pasaré, no lo pasaré.
El Manco entonces llevó la derecha mano precipitadamente al cinto, y
exhaló un rugido de desesperación. No tenía sable. Se lo había quitado
antes de comer, arrojándolo en un rincón.
--Le hace falta a usted un sable: ahí va el mío --dijo D. Juan Martín,
arrojando el acero desnudo ante los pies del guerrillero--. Defiéndase
usted, ¡voto al demonio! porque le voy a amarrar los brazos con esta
cuerda para llevarle preso al sótano.
Estábamos todos los presentes mudos y aterrados, y no nos atrevíamos a
intervenir en la dramática escena. Con presteza suma, D. Juan tomó una
soga que cerca había, y se dirigió hacia su subalterno diciendo:
--Dese usted preso, señor deslenguado. ¡Recuerno! Estoy cansado de ser
bueno.
El Manco, haciéndose atrás, exclamó:
--No necesito cuerda. Me dejaré matar antes que consentir que me aten
como a un ladrón... ¿A dónde tengo que ir? ¿Al sótano? No me da la
gana. Señor general --añadió recogiendo el arma del suelo--, tome usted
su sable y atraviéseme con él, porque Albuín no se deja atar la mano
que le queda... Iré preso; que me fusilen al instante, y entonces, si
quieren mi dinero, lo recogerán de mi cadáver.
No pudo seguir, porque con una rapidez, una seguridad, una destreza
extraordinaria, la mano poderosa de D. Juan Martín asió con el vigor
de férrea tenaza la extremidad derecha del Manco, el cual, bruscamente
cogido, forcejeó, se retorció, se doblegó, dio un terrible grito,
agitando el impotente muñón de su extremidad izquierda.
--De rodillas --vociferó el general sacudiendo con su membrudo brazo
aquel cuerpo de acero que se cimbreaba como una hoja toledana--. ¡De
rodillas delante del Empecinado!
D. Saturnino, una vez presa la mano derecha, era hombre perdido, una
espada sin punta, una culebra sin veneno. Su muñón hizo esfuerzos
formidables; pero no pudo defenderle. Al fin, después de repetidos
arqueos y dobleces, las agudas rodillas del héroe, cayendo con
violencia, hicieron estremecer el suelo. Se oía un resoplido de animal
vencido.
--Miserable, ladrón --exclamó el Empecinado con voz indecisa y ronca a
causa del gran esfuerzo--. Ahora mismo me entregarás lo que te pido, o
pereces a mis manos.
En el propio instante, observamos que la cabeza de D. Saturnino hizo
vivísimo movimiento, y sus blancos dientes se clavaron en la mano
potente que le sujetaba.
--¡Me muerde este perro! --exclamó Don Juan Martín con súbito dolor--.
¡Ah, miserable!
Forcejeó segunda vez el Manco, y pudiendo al fin desasirse, corrió de
un salto a la inmediata ventana. Abriéndola, gritó hacia afuera:
--¡Soldados, muchachos, amigos... a mí, a mí!... ¡Socorro! Quieren
asesinar a vuestro querido Manco... ¡Arriba todo el mundo!
Y dicho esto, volviose hacia adentro, y miró a su jefe y a todos con
expresión de salvaje alegría.
D. Juan Martín, cuya mano sangraba, recogió su sable. Todos nos
apercibimos, barruntando algo grave, porque D. Saturnino, además de
ser muy querido de sus tropas, tenía una especie de guardia negra,
compuesta de los más salvajes, feroces y bárbaros hombres de aquel
ejército.
--Esto es una infamia --gritó Sardina--. Concitar a las tropas a la
insubordinación.
Albuín seguía gritando:
--¡A mí, muchachos; subid pronto!
Oyose rumor muy imponente en la vecina escalera.
--Cerremos las puertas --dijo Sardina, disponiéndose a hacerlo--.
Tiempo habrá de hacer entrar en razón a esa canalla.
--No --gritó con furia el general esgrimiendo el sable--. dejarles
entrar.
No tardaron en aparecer los que eran la hez más abominable de la
partida. Algunos hombres rudos, negros, sucios, de mirada aviesa y
continente repulsivo, se presentaron en la puerta.
--¿Qué hay? --preguntó el general, mirándoles con terribles ojos--.
¿Qué buscáis aquí?
--Aquí estamos, Sr. Manco --dijo uno entrando resueltamente.
Aquel y los demás, que eran hasta veinte o veinticinco, dieron algunos
pasos dentro de la sala.
--¡Atrás, atrás todo el mundo! --gritó resueltamente el Empecinado,
adelantándose hacia ellos con la majestad del heroísmo.
--¿Dejaréis que asesinen a vuestro querido Manco? --exclamó en el hueco
de la ventana la voz angustiosa de D. Saturnino.
--Mando que se retiren todos --repitió Don Juan Martín--, o no me
queda uno vivo. Soy el general. ¡Al que me desobedezca, le tiendo aquí
mismo!... Ea... den un paso si se atreven... que vengan más... Aquí
espero... Que venga todo mi ejército a atropellar a su general... Aquí
me tenéis, cobardes, bandidos... Venid... que venga más gente... Somos
cuatro... Matadnos... pisad el cadáver de vuestro general.
Una voz horrible clamó en la escalera:
--¡Viva D. Saturnino el Manco!
Dos de los que habían entrado, adelantáronse lanzando votos y
juramentos hacia Don Juan Martín. Pero este, con empuje vigoroso,
descargó sobre la cabeza de uno de ellos tan fuerte sablazo, que se la
abrió a cercén.
El soldado cayó al suelo muerto.
Arrojámonos los tres en auxilio del general, y esgrimimos los sables
contra aquella infame canalla. Aunque acobardados y aterrados por la
presencia, por la voz, por el heroísmo sublime de D. Juan Martín,
trataron de defenderse, fiados en su gran número; pero no tardamos en
hacer estrago en ellos. Dispararon algunos fusilazos, que por fortuna
no nos hicieron otro daño que una herida leve recibida por mí, y otra
que le cupo en suerte a Sardina; mas acometidos bravamente, huyeron por
la escalera abajo.
D. Juan Martín bajó repartiendo sablazos a diestro y siniestro, y
nosotros tras él. Otras tropas invadieron el edificio, y los mismos
partidarios del Manco perdiéronse entre la multitud afecta al jefe.
--Crudo --exclamó este--, es preciso fusilar ahora mismo a toda esa
canalla. Sardina, dé usted las órdenes necesarias. Quintarlos es
mejor... Asegurarles bien... El Tuerto es el peor de todos... Esos
tres, esos tres que se escabullen por ahí también subieron... Que no
se escapen. Ponerles en fila... Yo los reconoceré... ¡Eh! Moscaverde...
Al instante, es preciso castigar esta gran canallada.
La tropa gritó:
--¡Viva el Empecinado!
--Gracias, gracias --dijo el héroe--. Dejarse de vivas y portarse
bien... Voy a hacer un escarmiento esta noche... Hace tiempo que lo
estoy meditando, y en verdad es necesario... Ninguno se ríe de mí.
Subimos de nuevo. Ya en la Sala del Ayuntamiento había bastante gente,
y D. Saturnino era custodiado por gente leal. El Empecinado, al
encararse nuevamente con él, le dijo:
--Señor Manco, dispóngase usted para el _requieternam_. Aquí no hay más
capellán que mosén Antón, y ese ya ha olvidado el oficio. Haga usted
acto de contrición.
--Despachemos pronto --dijo el Manco esforzándose por aparecer sereno,
pues aquel hombre, bravo cual ninguno en las batallas, carecía de valor
moral.--. Despachemos pronto... Mande vuecencia formar el cuadro en la
plaza... Pueden llevarme cuando quieran.