IX

Los carros de que dispusimos se llenaron de heridos amontonados con

desorden, y una pequeña fuerza rezagada se encargó de custodiarles,

dejándoles en los pueblos del tránsito. Los demás nos pusimos en

marcha. Albuín iba de vanguardia, mortificando a los fugitivos a

lo largo del camino de Yunta, y mosén Antón, obligado a marchar a

retaguardia, bramaba de ira por considerar su papel un poco deslucido

en aquella expedición.

En las aldeas por donde pasamos tuvimos ocasión de presenciar escenas

tristísimas, pero que eran inevitables en aquella cruel guerra. Los

habitantes del país cometían mil desafueros y crueldades en los

franceses rezagados, bien ahorcándoles, bien arrojándoles vivos a los

pozos. Por una parte, les impulsaba a esto su odio a los extranjeros,

y por otra, el deseo de congraciarse con los guerrilleros que venían

detrás, y evitar de este modo que se les tachase de afectos al enemigo.

Más allá de Odón nos cogió la noche, y Sardina, permitiéndose descansar

en un ventorrillo que a la entrada del lugar estaba, juntó alrededor

de una mesa a cuatro o cinco oficiales, entre los cuales tuve el honor

de encontrarme. Tratábase de ver qué gusto tenía una torta y un zaque

de vino aragonés ofrecidos al jefe por unos honrados labriegos de

Odón. Sardina, dando rienda suelta a su humor festivo, reía de todo:

de los franceses, de los empecinados, del pastel y del vino, que eran

de lo peor. mosén Antón golpeaba con la palma de su manaza la mesa,

alzábase el gorro hasta la corona, para calárselo después hasta las

cejas; escupía; hablaba palabras no entendidas, hasta que, interpelado

bruscamente por su jefe, se expresó de este modo:

--Ya veo claro que se desea deslucirnos.

--¿Cómo deslucirnos?

--Esta división debió marchar delante picando la retaguardia a los

franceses --vociferó Trijueque, echando fuera del cráneo casi todo el

globo de los ojos--. Usted no ve estas cosas; usted tiene una frescura,

una pachorra... Si yo fuera jefe de la división, al ver que me dejaban

a retaguardia con intento manifiesto de deslucirme y obscurecerme,

habría roto la espada y retirádome de este ejército.

--Querido Antón --dijo D. Vicente con bondad--, todos no pueden ir a

vanguardia. Bastante nos hemos distinguido hoy, y esto de ir en los

cuartos traseros del ejército nos sirve de descanso.

--¡Descanso! --repuso el clérigo desdeñosamente--. ¡Que no he de oír en

esa boca otra palabra!

--Si pensará el buen cura de Botorrita que todos somos de hierro como

su reverencia.

--Lo que digo --gritó el clérigo dando sobre la mesa tan fuerte puñada

que el inválido mueble estuvo a punto de acabar sus días-- es que si

yo hubiera marchado delante con el Crudo y Orejitas, como era natural,

y como lo indiqué a Juan Martín al fin de la batalla, los franceses

habrían dejado la mitad de su gente entre las casas de Yunta. Pero

ya... desde que Juan Martín se ha llenado de cruces y fajas, de galones

y entorchados como un generalote de los de Madrid, no nos permite que

nosotros, los pobres guerrilleros harapientos y sin nombre, hagamos

cosa alguna que suene y sea llevada por la fama desde un cabo a otro de

la Península. Para nosotros no trompetean los diarios de Cádiz; para

nosotros no hay donativos ni suscripciones; nuestros humildes nombres

no figuran en la _Gaceta_, ni por nosotros van las damas pidiendo de

puerta en puerta, ni nadie dice _las hazañas de mosén Antón, las

hazañas de Sardina_, porque Sardina y Antón y Orejitas son tres almas

de cántaro que han matado muchos franceses; pero que no se alaban a sí

mismos, ni se ponen cintajos, ni tienen orgullo, ni tratan de humillar

a los subalternos, ni echan sobre los demás la fatiga y sobre sí

propios la gloria.

Púsose serio el jefe, y volviéndose a su segundo, con las manos

apoyadas en la cintura, fruncido el ceño, y haciendo repetidas

insinuaciones afirmativas con la pesada cabeza, le dijo:

--Ya son muchas con esta las veces que ha dicho mosén Antón delante

de mí palabras ofensivas a nuestro general; y francamente, amigo, me

va cargando. mosén Antón, usted no está contento en la partida, lo

conozco; usted se cree humillado, postergado y ofendido... Pues largo

el camino. Aquí no se quiere gente descontenta.

--Sí, me marcharé, me marcharé --dijo el clérigo trémulo de ira--. ¡Si

lo que quieren es que me marche! No saben cómo echarme. No me gusta

estorbar, Sr. D. Vicente. Ya sé que no sirvo más que para decir misa;

otros hay en la partida más valientes que yo, más guerreros que yo. ¿De

qué sirve este pobre clérigo?

--Nadie ha desconocido sus servicios; todos reconocen el gran mérito de

mosén Antón, y principalmente el general le tiene en gran estima, y le

aprecia más que a ningún otro de la partida.

--Menos cuando se dan al pobre clérigo los puestos más desairados;

menos cuando se le niega confianza, no permitiéndole que mande un

cuerpo de ejército; menos cuando se adoptan todos los pareceres

distintos del suyo para empequeñecerle. Mosén Antón es un desgraciado,

un botarate, un loco, un díscolo y un impertinente. Verdad es que

mosén Antón suele acertar en los movimientos que dirige; verdad es

que sin mosén Antón no se hubiera ganado la batalla de Fuentecén, ni

la del Casar de Talamanca, ni se hubiera entrado en la Casa de Campo

de Madrid; verdad es que sin mosén Antón no se hubiera desbaratado el

ejército del general Hugo... Pero esto no vale nada. Mosén Antón es

un pobre hombre, un envidioso, como dicen por ahí; un revoltoso que

ha sembrado discordias en la partida... ¡Váyase mosén Antón con mil

demonios!... ¡Qué holgada se quedará la partida cuando el clerigote

pendenciero se marche lejos de ella!

--Verdaderamente --repuso Sardina con calma--, no falta razón para

acusar a usted de díscolo, revoltoso, intratable e impertinente. Pero,

hombre de Dios, ¿qué quiere usted? Pida por esa bocaza. No quisiera

morirme sin ver a mi segundo satisfecho y contento siquiera un minuto.

--No pido ni quiero nada --dijo el guerrillero levantándose con tan

poco cuidado, que sus rodillas, al pasar del ángulo agudo a la línea

recta, dieron a la mesa un fuerte golpe, que la arrojó al suelo con

platos y vasos.

--Hombre de Dios... --exclamó Sardina--. Otra vez, cuando se desdoble,

ponga más cuidado... Nos ha dejado a medio comer. Ya ve... para él

todo esto del condumio es superfluo. Yo creo que mi jefe de Estado

Mayor se alimenta con paja y cebada. Maldito sea él y sus cuatro patas.

Mosén Antón se había retirado sin oír más razones, y Sardina y los que

le acompañábamos emprendimos también la marcha.

Mi inmediato jefe, hombre bondadosísimo y de excelente corazón, como

habrán observado mis lectores, habíase aficionado a mi compañía y

trato, y me distinguía y obsequiaba tanto, que me proporcionó un

caballo para que a todas horas fuese a su lado. Sus bondades conmigo

eran tales, que me recomendaba al Empecinado con desmedido interés, y

hacía de mí delante del general elogios tan inmerecidos, que sin duda

debí a su mediación los grados que obtuve después de aquella campaña.

Cuando nos pusimos de nuevo en marcha, me dijo señalando a mosén Antón,

que iba a regular distancia de nosotros:

--Este clerigote es oro como militar; pero como hombre no vale una

pieza de cobre. Parece mentira que Dios haya puesto en un alma

cualidades tan eminentes y defectos tan enormes. No dudo en afirmar

que es el primer estratégico del siglo. En valor personal no hay que

poner a su lado a Hernán Cortés, al Cid ni a otros niños de teta. Pero

en mosén Antón la envidia es colosal, como todo lo de este hombre,

cuerpo y alma. Su orgullo no es inferior a su envidia, y ambas pasiones

igualan las inconmensurables magnitudes de su genio militar, tan

grande como el de Bonaparte.

Contesté a Sardina que ya había formado yo del citado personaje juicio

parecido, e indiqué también mis observaciones respecto a los síntomas

de discordia que había notado en varios de la partida, a lo cual repuso:

--Esa mala yerba de las murmuraciones, de los disgustos y desconfianzas

hanlas sembrado Trijueque y D. Saturnino, que también es hombre

díscolo, aunque muy valiente.

Llegose a nosotros el Sr. Viriato rogando al jefe que le permitiera

catar de un repuesto de aguardiente que detrás conducían en rellenos

barriletes dos cantineros, a lo cual le contestó Sardina que avivase

el andar y entraría en calor sin acudir a irritativas libaciones. El

estudiantillo le contestó con aquella máxima latina:

Si Aristóteles supiera

_aliquid de cantimploris,_

de seguro no dijera

_motus est causa caloris._

Dio permiso Sardina para echar un trago a él y al Sr. Cid Campeador, y

después sonó el guitarrillo que uno de ellos llevaba.

--Estamos rodeados de canalla --me dijo D. Vicente--. Los ejércitos,

donde ingresa todo el que quiere, tienen ese inconveniente. La canalla,

amigo mío, capaz es en ocasiones de grandes cosas, y hasta puede

salvar a las naciones; pero no debe fiarse mucho de ella, ni esperar

grandes bienes una vez que le ha pasado el primer impulso, casi siempre

generoso. Eso lo estamos viendo aquí. Creo que el gran beneficio

producido con la insurrección y valentías de toda esa gente que

acaudillamos, toca a su fin, porque pasado cierto tiempo, ella misma

se cansa del bien obrar, de la obediencia, de la disciplina, y asoma

la oreja de su rusticidad tras la piel del patriotismo. Gran parte de

estos guerrilleros, movidos son de un noble sentimiento de amor a la

patria; pero muchos están aquí porque les gusta esta vida vagabunda,

aventurera, y en la cual aparece la fortuna detrás del peligro. Son

sobrios, se alimentan con poco, y no gustan de trabajar. Yo creo que si

la guerra durase largo tiempo, costaría mucho obligarles a volver a sus

faenas ordinarias. El andar a tiros por montes y breñas es una afición

que tienen en la masa de la sangre, y que mamaron con la leche.

--Tiene usted razón --le respondí--, y estas discordias y rivalidades

que van saliendo en la partida, prueban que tales cuerpos de ejército,

formados por gente allegadiza, no pueden existir mucho tiempo.

Sardina, conforme con mi parecer, añadió:

--Por mi parte, deseo que se acabe la guerra. Yo tomé las armas movido

por un sentimiento vivísimo de odio a los invasores de la patria. Soy

de Valdeaveruelo; diome el cielo abundante hacienda; heredé de mis

abuelos un nombre, si no retumbante, honrado y respetado en todo el

país, y vivía en el seno de una familia modesta, cuidando mis tierras,

educando a mis hijos, y haciendo todo el bien que en mi mano estaba.

Mi anciano padre, retirado del trabajo y atención de la casa por su

mucha edad, había puesto todo a mi cuidado. La paz, la felicidad de mi

hogar fue turbada por esas hordas de salvajes franceses que en mal hora

vinieron a España, y todo concluyó para mí en julio de 1808, cuando

se apoderaron del pueblo... Es el caso que yo volvía muy tranquilo

del mercado de Meco, cuando me anunciaron que mi buen padre había

sido asesinado por los gabachos, saqueada mi casa, incendiadas mis

paneras... Aquí tiene usted la explicación de mi ingreso en la partida.

Dijéronme que mi compadre Juan Martín andaba cazando franceses... Cogí

mi trabuco y junteme a él... Hemos organizado entre los dos esta gran

partida, que ya es un ejército... Hemos dado batallas a los franceses,

nos hemos cubierto de gloria... pero ¡ay! él y yo no ambicionamos

honores, ni grados, ni riquezas, y solo deseamos la paz, la felicidad

de la patria, la concordia entre todos los españoles, para que nos sea

lícito volver a nuestra labranza y al trabajo honrado y humilde de los

campos, que es la mayor y única delicia de la tierra. Otros desean la

guerra eterna, porque así cuadra a su natural inquieto, y me temo que

estos sean los más, lo cual me hace creer que, aun después de vencidos

los franceses, todavía tendremos para un ratito.

--Pues yo --repuse--, aunque no tengo bienes de fortuna, ni nombre,

ni porvenir alguno fuera de la carrera de las armas, siento muy poca

afición a este género de existencia, y deseo que se acabe la guerra

para pedir mi licencia, y buscar la vida por camino más de mi gusto.

--¿Quiere usted hacerse labrador? Yo le daré tierras en arriendo --me

dijo con bondad--, perdonándole el canon por dos o tres años. ¿Estamos

en ello, amiguito?

--Reciba usted un millón de gracias, dadas con el corazón, no con la

boca --le dije--. Si alguna vez me hallo en el caso de utilizar, no

esa generosidad, que es demasiado grande, sino otra más pequeña, no

vacilaré en acudir a hombre tan bondadoso.

D. Juan Martín, luego que entramos en Aragón, tuvo a bien modificar el

alto personal de su ejército. Encargó a Trijueque el mando del cuerpo

que antes estaba a las órdenes de Sardina, y puso a las de Albuín

otra división, nombrando al D. Vicente jefe de Estado Mayor general

de todo el ejército. De este modo quiso el jefe contentar a todos,

principalmente al clérigo, cuya grande iniciativa militar necesitaba en

verdad un mando de relativa independencia en que manifestarse. Yo me

quedé en el cuartel general entre las tropas que el mismo Empecinado

tenía a sus inmediatas órdenes.

Fuimos persiguiendo a los franceses hasta el mismo Daroca. Refugiados

allí los restos de la destrozada división de Mazuquelli, dejamos

aquella villa a nuestra derecha, y marchamos en dirección a la Almunia,

también ocupada por el enemigo, y destinada también por Don Juan Martín

a padecer un bloqueo riguroso y tal vez un asalto. Hicimos marchas

inverosímiles por Villafeliche con objeto de caer de improviso sobre

la villa, antes que desde Zaragoza se le enviase auxilio, y nuestra

correría fabulosa ponía en gran turbación a los franceses de Aragón,

que nos suponían en Molina, y a los de Guadalajara, que nos creían en

la sierra desbaratados por Mazuquelli. Éramos como la tempestad, que no

se sabe dónde va a caer, ni es vista sino cuando ya ha caído.

El sitio de la Almunia duró bastantes días, y la guarnición tuvo que

entregarse, después que derrotamos a la columna enviada desde Zaragoza

en socorro de aquella. Los franceses, buenos para una embestida, son la

peor gente del mundo para defender plazas, porque carecen de constancia

y de aquel tesón admirable que dispone las almas a la resistencia.

Con motivo de la nueva distribución dada a nuestras fuerzas, dejé por

algún tiempo de tratar de cerca a mosén Antón, el cual desempeñó un

gran papel en la acción del 7 de noviembre frente a los campos de la

Almunia, y en la del 20 junto a Mainar. Después de estos sucesos, nos

detuvimos algunos días en Ricla; cuando el ejército salió a operaciones

con intento de atacar a Borja y Alagón, quedó en aquella villa una

corta fuerza destinada a custodiar los prisioneros.

Comenzaba diciembre cuando ocurrió un acontecimiento no mencionado por

la historia, pero que yo contaré por haber sido de suma transcendencia

en el ejército empecinado, y de gran influjo en el porvenir de aquellas

rudas partidas de campesinos. Habiendo dispuesto el general el sitio

de Borja, envió allá a Orejitas por Tabuenca, mientras Albuín se

situaba en Matanquilla observando las tropas enemigas que vinieran de

Calatayud. D. Juan Martín, que se hallaba solo con algunas fuerzas en

Alfamén, mandó que viniera a unírsele mosén Antón.

Por no acudir a tiempo el maldito clérigo, nos vimos en gran aprieto

con la embestida inesperada que nos dieron los lanceros polacos, y

a fe que si entonces no hubo milagro, poco faltó sin duda. Casi nos

sorprendieron, y si nos salvamos y aun vencimos en encuentro tan

formidable, fue porque el general, jamás acobardado ni aturdido, tuvo

serenidad admirable, y decidiéndose a tomar la ofensiva, dispuso sus

escasas fuerzas de modo que pareciese tenerlas muy grandes en el

inmediato pueblo. Salvonos la sangre fría primero, y después el arrojo

sublime de D. Juan Martín, con la práctica de las veteranas y escogidas

tropas de caballería que mandaba. Concluida la acción, y cuando se

retiraron los polacos, sin que pudiéramos perseguirlos, el héroe estaba

furioso, y dijo a Sardina:

--De esto tiene la culpa mosén Antón. Los polacos no nos han frito

porque no estaba de Dios. Ya tengo atravesado en el gañote a ese

maldito clerigón, y me las ha de pagar todas juntas.

--Mosén Antón --dijo Sardina queriendo disculpar al que había sido su

subalterno--, tal vez no haya podido acudir a tiempo.

--¿Que no ha podido?... ¡Condenado le vea yo!... Ahora dirá que no

sabía. Si mosén Antón estaba en Mesones como le mandé, los polacos

debieron pasarle por delante de las narices... Si no estaba ni está en

Mesones, ¿por qué no vino? Trijueque me está abrasando las _asaúras_

y ya no puedo con él... Trijueque ha visto a los polacos, y en lugar

de correr a auxiliarme se ha ido por otro lado, gozándose con la idea

de que me derrotarían... ¡Críe usted cuervos, santo Dios bendito!...

Ha tiempo que estoy viendo en la envidia de ese renegado un peligro

para este ejército; pero he aguantado por el decir, porque no digan...

pues... pero ya se acabó el aguante... ¡Mil demonios! De mí no se ríe

nadie.

Acabose de poner al día siguiente D. Juan Martín en punta de caramelo,

con la llegada de un emisario de Orejitas, que anunciaba haber

levantado el sitio de Borja, ante la presencia de una fuerte columna

enemiga. El guerrillero echaba la culpa de esta contrariedad a mosén

Antón, que en vez de unírsele, había tomado la dirección de Tabuenca,

sin que nadie supiese con qué fin.

X

Dábase a todos los demonios el general en jefe, cuando llegó otro

correo de D. Saturnino Albuín diciendo que juntos este y mosén Antón

Trijueque habían ganado una gran victoria en Calcena, matando setenta

franceses.

--Váyase lo uno por lo otro --dijo el Empecinado--. Ya sabía yo que

la mano derecha de D. Saturnino había de dar algún porrazo bueno por

ahí... Pero se ha levantado el sitio de Borja, y eso no me gusta. Sr.

D. Vicente, entre Albuín y Trijueque se proponen hacerme pasar por un

monigote... Que ganen batallas enhorabuena, pero sin echarme abajo mis

planes; porque yo tengo mis planes, y mis planes son atacar a Borja, y

después a Alagón, para obligarles a que saquen tropas de Zaragoza...

Pero vamos, vamos a Calcena a ver qué victoria ha sido esa. Esos dos

guerrilleros de Barrabás merecen al mismo tiempo la faja de generales

por su bravura, y cincuenta palos por su desobediencia. En marcha.

Al llegar a Calcena, después de medio día de marcha, advertí que el

general era recibido por la tropa con alguna frialdad. Parte del pueblo

ardía, y los desgraciados habitantes, más cariñosos con D. Juan Martín

que su misma tropa, salían al encuentro de este, suplicándole pusiese

fin al incendio y al saqueo. Una mujer furiosa adelantose por entre

los caballos, y deteniendo enérgicamente por la brida el del general,

exclamó más bien rugiendo que hablando:

--¡Juan Martín, justicia! ¿Te has alzado en armas contra España o

contra Francia?

--¿Es señá Soleá?... La misma. La amiga de mi mujer... ¿Señá Soleá, qué

le pasa a usted?

--Juanillo, Juanillo, ¿mandas soldados o bandoleros? ¡Malos rayos del

cielo te partan! Nos saquearon los franceses anoche, y esta mañana nos

han saqueado los tuyos... ¿Qué cuadrillas de tigres carniceros son

estas que traes contigo?

--Veré lo que pasa --dijo el general frunciendo el ceño.

--Juanillo, después que eres general, ya no se te puede hablar de tú

--añadió la mujer, cuya fisonomía revelaba el mayor espanto--. Yo te

conocí guardando los guarros de tu padre el tío Juan... yo conocí a la

señá Lucía Díez, tu madre... Si no nos haces justicia, iremos a decirle

a Doña Catalina Fuente que eres un asesino... Juanillo, esta mañana han

fusilado a mi marido porque no les quiso dar unos pocos pesos duros que

teníamos envueltos en un pañuelo.

Oyose una fuerte detonación.

--Trijueque está haciendo de las suyas --dijo el Empecinado, rompiendo

a caballo por entre la multitud.

--No es nada, señores --indicó Santurrias, que con su niño en brazos

apareció, mostrándonos su abominable sonrisa--. Es que están fusilando

a los pícaros franceses prisioneros, que nos hicieron fuego desde la

casa del alcalde.

El vecindario clamaba a grito herido. Don Juan Martín, haciendo valer

al instante su autoridad, penetró en la plaza, entró en la casa del

Ayuntamiento e hizo llamar a su presencia a los dos cabecillas Albuín y

Trijueque. No tardó este en presentarse. Su rostro, ennegrecido por la

pólvora, era el rostro de un verdadero demonio. El júbilo del triunfo

mostrábase en él con una inquietud de cuerpo y un temblor de voz que

le hubieran hecho risible si no fuera espantoso. Sin aguardar a que el

general hablase, tomó él la palabra, y atropelladamente dijo:

--¡He derrotado a mil quinientos franceses con solo ochocientos

hombres!... ¡bonito día!... ¡Viva Fernando VII!... He cogido

cuatrocientos prisioneros... ¿para qué se quieren prisioneros?...

Cuatrocientas bocas... lo mejor es _pim, plum, plam_, y todo se

acabó... Demonios al infierno.

Hacía ademán de llevarse el trabuco a la cara, y cerraba el ojo

izquierdo, haciendo con el derecho imaginaria puntería.

--Celebro la victoria --dijo con calma Don Juan--; pero ¿por qué

abandonaste a Orejitas?

--¡Oh! --exclamó con diabólica sonrisa el guerrillero--, ya sé que no

doy gusto a los señores... Ya sabía que mi conducta no sería de tu

agrado, Juan Martín... mosén Antón Trijueque es un tonto, un loco,

y no puede hacer más que desatinos... He ganado una batalla, la más

importante batalla de esta campaña; pero ¿esto qué vale?... Es preciso

anonadar y obscurecer a mosén Antón.

--Lo que vale y lo que no vale harto lo sé --repuso el Empecinado

alzando la voz--. Respóndeme: ¿por qué no fuiste a ayudar a Orejitas?

De mí no se ríe nadie (y soltó redondo un atroz juramento), y aquí no

se ha de hacer sino lo que yo mando.

--Pues bien --dijo mosén Antón, haciendo con los brazos gestos más

propios de molino de viento que de hombre--: abandoné a Orejitas porque

el sitio de Borja me pareció un disparate, una barbaridad que no se le

ocurre ni a un recluta... Cuidado que es bonita estrategia... ¡Sitiar

a Borja, cuando los franceses andan otra vez por Calatayud! Perdone Su

Majestad el gran Empecinado --añadió con abrumadora ironía--; pero yo

no hago disparates, ni me presto a planes ridículos.

--¿_Redículos_, llama _redículos_ a mis planes? --exclamó D. Juan fuera

de sí--. No esperaba tal coz de un hombre a quien saqué de la nada de

su iglesia para hacerle coronel. ¡Coronel, señores!... Un hombre que no

era más que cura... Trijueque --añadió amenazándole con los puños--, de

mí no se ríe ningún nacido, y menos un harto de paja y cebada como tú.

Mosén Antón púsose delante de su jefe y amigo; desgarró con sus

crispadas manos la sotana que le cubría el pecho, y abriendo

enormemente los ojos, ahuecando la temerosa voz, dijo:

--Juan Martín, aquí está mi pecho. Mándame fusilar, mándame fusilar

porque he ganado una gran batalla sin consentimiento tuyo. Te he

desobedecido porque me ha dado la gana, ¿lo oyes? porque sirvo a España

y a Fernando VII, no a los franceses ni al Rey Botellas. Manda que me

fusilen ahora mismo, prontito, Juan Martín. ¿Crees que temo la muerte?

Yo no temo la muerte, ni cien muertes: ¡me reviento en Judas! Yo no soy

general de alfeñique; yo no quiero cruces, ni entorchados, ni bandas.

El corazón guerrero de Trijueque no quiere más que gloria y la muerte

por España.

--Mosén Antón --dijo D. Juan Martín--, tus bravatas y baladronadas me

hacen reír. _Semos_ amigos, y como amigo te sentaré la mano por haberme

desobedecido. Además, ¿no tengo mandado que no se hagan carnicerías en

los pueblos?...

--Este pueblo dio raciones a los franceses y no nos las quería dar a

nosotros. Los calceneros son afrancesados.

--Eres una _jiena_ salvaje, Trijueque --dijo cada vez más colérico--.

Por ti nos aborrecen en los pueblos, y concluirán por alegrarse cuando

entren los franceses.

--He fusilado a unos cuantos pillos afrancesados --replicó mosén

Antón--. También hice mal, ¿no es verdad? Si este clérigo no puede

hacer nada bueno. Juan Martín, fusílame por haber ganado una batalla

sin tu consentimiento... Es mucha desobediencia la mía... Soy un

pícaro... Pon un oficio a Cádiz diciendo que mosén Antón está bueno

para furriel y nada más.

--¡Silencio! --exclamó de súbito con exaltado coraje el Empecinado,

sin fuerzas ya para conservar la serenidad ante la insolencia de su

subalterno.

Y sacando el sable con amenazadora resolución, amenazó a Trijueque

repitiendo:

--¡Silencio, o aquí mismo te tiendo, canalla, deslenguado, embustero!

¿Crees que soy envidioso como tú, y que me muerdo las uñas cuando

un compañero gana una batalla? Aquí mando yo, y tú, como los demás,

bajarás la cabeza.

Mosén Antón calló, y sus ojos despidieron destellos de ira. Púsose

verde, apretó los puños, pegó al cuerpo las volanderas extremidades,

agachose, apoyando la barba en el pecho, y de su garganta salió el

ronquido de las fieras vencidas por la superioridad abrumadora del

hombre. La autoridad de Juan Martín, el tradicional respeto que no se

había extinguido en su alma, la presencia de los demás jefes, y, sobre

todo, la actitud terrible del general, pesaron sobre él, humillando su

orgullo. El Empecinado envainó gallardamente el sable, y acercándose

a Trijueque asió la solapa de su sotana u hopalanda, y sacudiole con

fuerza.

--A mí no se me amedrenta con palabras huecas ni con ese corpachón

de camello. Harás lo que yo ordeno, pues soy hombre que manda dar

cincuenta palos a un coronel. El que me quiera amigo, amigo me tendrá;

el que me quiera jefe, jefe me tendrá, y no vengas aquí, jamelgo,

con la pamema de que te fusilen. Yo no fusilo sino a los cobardes,

¿entiendes? A los valientes como tú, que no saben cumplir su obligación

ni obedecen lo que mando, no les arreglo con balas, sino a bofetada

limpia, ¿entiendes? bofetada limpia... Como me faltes al respeto, yo

no andaré con pamplinas ni gatuperios de oficios y órdenes, sino te

rompo a puñetazos esa cara de caballo... ¿estás?... Vamos, cada uno a

su puesto. Se acabaron los fusilamientos. Celebremos la batalla con una

merienda, si hay de qué, y aquí no manda nadie más que yo, nadie más

que yo.

Salió de la estancia mosén Antón cuando ya empezaba a obscurecer. La

expresión de su cara no se distinguía bien.

D. Juan Martín salió también a recorrer el pueblo, que ofrecía un

aspecto horroroso, después del doble saqueo. En las calles veíanse

hacinadas ropas y objetos de mediano valor que los soldados habían

arrojado por las ventanas; los cofres, las arcas abiertas obstruían

las puertas, y las familias desoladas recogían sus efectos o buscaban

con afanosa inquietud a los niños perdidos. La plaza estaba llena de

cadáveres, la mayor parte franceses, algunos españoles, y por todas

partes abundaban sangrientas y tristísimas señales de la infernal

mano del más cruel y bárbaro de los guerrilleros de entonces. Por

todas partes encontrábamos gentes llorosas que nos miraban con espanto

y huían al vernos cerca. La tropa ocupaba el pueblo; los cantos

de algunos soldados ebrios hacían erizar los cabellos de horror.

Persistían otros en cometer tropelías en la persona y hacienda de

aquellos infelices habitantes, y nos costó gran trabajo contenerlos.

De vuelta a la casa del Ayuntamiento, comimos con mayor regalo del que

esperábamos: verdad es que los soldados de la división de Trijueque

no habían dejado en las casas del pueblo ni un mendrugo de pan, ni una

gallina, ni un chorizo, ni una fruta seca de las muchas y excelentes

con cuya conservación se envanecía Calcena. La comida fue, sin embargo,

triste. El general estaba pensativo, y Sardina, Albuín (que acababa

de entrar), Orejitas y los ayudantes y amigos y protegidos de unos y

otros, que les acompañábamos a la mesa, no decíamos una palabra. Aunque

guerreros, todos estaban conmovidos, y el fúnebre clamor de la pobre

villa asolada se repetía en nuestros corazones con ecos lastimeros.

Un hombre se presentó en la sala. Era alto, enjuto, moreno,

amarillento, de pelo entrecano y erizado como el de un cepillo; con los

ojos saltones y vivarachos, fisonomía muy expresiva y continente grave

y caballeroso, cual frecuentemente se nota en campesinos aragoneses. Al

entrar buscó con la mirada una cara entre todas las caras presentes,

y hallando al fin la del Empecinado, que era sin duda la que buscaba,

dijo así:

--Ya te veo, Juanillo Martín. Cuesta trabajo encontrar la cara de un

amigo debajo de la pompa y vaniá de un señor general como tú. ¿No me

conoces?

--No a fe --respondió D. Juan examinándole.

--No es fácil --añadió este con desdén--. No es fácil que un señor

general conozca al tío Garrapinillos, que le llevaba en su mula desde

Castrillo a Fuentecén, y le compraba rosquillas en la venta del camino.

--¡Tío Garrapinillos de mi alma! --exclamó el general extendiendo los

brazos hacia el campesino--. ¿Quién te había de conocer hecho un hombre

grave? Ven acá, amigo. Yo para ti no soy otro que Juanillo el hijo de

la señá Luciíta. ¿Te acuerdas de cuando llevabas los títeres a la feria

de Castrillo? ¿Y la mona que te ayudaba a ganar la vida?... Cuando era

niño, yo te tenía por el primer personaje de España después del Rey,

y si yo hubiera tenido entonces en mi mano las Indias con todos sus

_Perules_, los habría dado por los títeres y la mona. Pero siéntate y

toma un bocado.

--No quiero comer --repuso Garrapinillos con dignidad--. Ya no hay

nada de títeres ni de monas... Me establecí en este pueblo... puse un

bodegoncillo, y con él mi familia y yo íbamos matando el hambre.

--¿Qué familia tienes?

--Mujer y siete chiquillos. El mayor no llega a diez años.

--¡Hombre, te comerán vivo!

Garrapinillos exhaló un suspiro, y luego dijo mirando al cielo:

--Juan Martín, ¿no sabes a qué vengo?

--No, si no me lo dices.

--Pues vengo a que me devuelvas lo que me han robado --clamó con

violenta cólera el campesino, cerrando los puños y jurando y votando--.

Si no, tú y todos los tuyos se las verán conmigo, pues yo soy un hombre

que sabe defender el pan de sus hijos.

--¿Qué te han robado, Garrapinillos, y quién ha sido el ladrón?

--El ladrón --dijo el labriego señalando con enérgico ademán a Albuín--

es ese.

El Manco, que a consecuencia del mucho comer y de las copiosas

libaciones dormitaba con la cabeza oculta entre los brazos y estos

apoyados sobre la mesa, despabilose al instante, y miró a su acusador

con ojos turbios y displicente expresión.

--Garrapinillos --manifestó D. Juan Martín--, _pue_ que te hayan sacado

algún dinero, si los jefes impusieron contribución para sostenimiento

de las tropas, porque la Junta no nos paga, y el ejército ha de vivir.

--Yo he pagado mis tributos siete veces en dos meses --contestó el

reclamante--; yo he dado en aguardiente y en pan más de lo ganado en un

mes. Esta mañana me pidieron doce pesos y los di, quedándome solo con

dos y medio.

--¿Y es eso lo que te han robado?

--No es eso, que es otra cosa --respondió acompañando sus palabras con

gestos vehementes--. Lo que me han robado es treinta y cuatro pesos

que mi mujer tenía guardados en su arca... ¡Porra! Lo ganado en diez

años, Juanillo. Mi mujer iba guardando, guardando, y decíamos: «_pus_

compraremos esto, _pus_ compraremos lo otro...»

--¿Y dices que entró la tropa y abrió las arcas?

--Entró ese con otros dos, ese que nos está oyendo --declaró el

robado señalando otra vez a Albuín tan enérgicamente como si quisiera

atravesarlo de parte a parte con su dedo índice--, ¡ese tunante que no

tiene más que una mano!

Albuín, después que a satisfacción observó a su acusador, se descoyuntó

las quijadas en un largo bostezo, y volviendo a cruzar los brazos sobre

la mesa, reclinó de nuevo sobre ellos la cabeza, creyendo sin duda que

los gritos de aquel desgraciado no debían turbar las delicias de su

modorra. El mirar turbio, el largo bostezo, el hundir la cabeza, le

dieron apariencias de un perro soñoliento a quien la persona mordida

insultara desde lejos sin poder hacerle comprender el lenguaje humano.

--Garrapinillos --dijo D. Juan--, no se habla de ese modo de un

coronel. Este señor es el valiente D. Saturnino Albuín, a quien habrás

oído nombrar. Su mano derecha es el terror de los franceses. Napoleón

daría la mitad de su corona imperial por poder cortar esa mano.

--Y también los españoles --dijo el agraviado--. Que me devuelva mis

34 pesos, y le dejaré en paz. Si no, general Juanillo, te juro que le

mato, le ensarto, le vacío, le desmondongo... A buen seguro que si

yo hubiera estado en casa... Yo había salido a la calle en busca de

dos de los chicos, que se salieron a ver fusilar franceses... Cuando

volví, mi mujer me contó que ese señor general... (general será como mi

abuelo)... que ese señor Manco había entrado en casa pidiendo dinero;

que había amenazado con fusilar hasta el gato si no se lo daban; que

había roto las arcas, los cofres, y vaciado la lana de los colchones

para buscarlo... Casiana le dijo que no tenía nada; pero él, busca

que busca, dio con el calcetín... ¡Oh, ánimas benditas!... lo vació...

contó el dinero...

Al llegar aquí el tío Garrapinillos, en cuya alma una extremada

sensibilidad había sucedido al primitivo coraje, no pudo contener sus

lágrimas; pero luego, conociendo sin duda que tales manifestaciones de

un corazón lacerado no eran propias del caso, se las limpió como quien

se quita telarañas del rostro, y ahuecando la voz hablo así:

--Señor general Juanillo Martín, yo le digo a tu vuecencia que le mato

sin compasión como se mata a un perro, aunque sé que la tropa se echará

sobre Garrapinillos para fusilarle, y Casiana se quedará viuda y mis

siete hijos huérfanos... Pero le mato si no me da los 34 pesos, que son

toda mi hacienda.

--Garrapinillos --dijo D. Juan Martín gravemente--, en campaña

ocurren estas marimorenas, y tiene que haber mucho de esto que parece

latrocinio y no es sino la ley _nesorable_ de la guerra, como dijo

el otro. Es preciso sacrificarse por la patria y dar cada uno su

_óbalo_... Este pueblo dicen que agasaja al francés... Malo, malo...

Pero en fin, tío Garrapinillos, de mi bolsillo particular te doy los 34

pesos.

Diciéndolo, el Empecinado echose mano a la faltriquera y sacó... una

peseta.

--Yo creí que tenía más --dijo contrariado--. ¡Eh! Sr. Sardina, señor

intendente del ejército...

Antes que esto fuera dicho, D. Vicente me había mandado que del cinto

lleno de oro que por encargo suyo llevaba, sacase dos onzas. Hícelo

así, y con dos duros que Sardina aprestó, completose la suma, que fue

entregada a Garrapinillos.

--Gracias, Juan Martín --dijo este guardándose su metal--. Ya sabía yo

que eras un caballero. Voy a hacer correr por el pueblo la voz de que

tú devuelves lo robado, para que vengan el tío Pedro, el tío Somorjujo,

la tía Nicolasa y D. Norberto, que entre todos lo menos han dado un

_óbalo_ de mil pesos, como podrá atestiguar la mano derecha del que

duerme... Con Dios, señores. Saben que les quiere el tío Garrapinillos,

que vive en la esquina de la calle de la Landre, para lo que gusten

mandar... ¡Vivan mil años estos valientes generales, y viva Fernando

VII!... Y tú, Juanillo, deja mandado, si es que te vas... ojalá no

parezcáis más por aquí. Sabes que te quiero... Casiana siente no poder

venir a besarte las manos... Está embarazada de ocho meses... Adiós...

¿Se marcha la tropa esta noche? Dios la lleve... Me voy a abrir la

tienda a ver si se gana alguna cosa.

Salió Garrapinillos, y poco después Orejitas y otros jefes. El

Empecinado mandó traer luces, y cuando las indecisas claridades de un

velón iluminaron a medias la estancia, encendió un cigarro y dijo:

--Sr. Sardina, jefe de Estado Mayor general y también intendente de

este Real ejército, vamos a recoger los fondos recaudados.

--Que me entreguen lo que se ha recogido en Calcena --repuso D.

Vicente--, y yo diré lo que se puede enviar a la Junta y lo que ha de

quedarse en la caja del ejército para sus necesidades. Araceli, tome

usted la pluma y apunte en ese papel lo que yo le diga.

Nos quedamos solos el general en jefe, Don Vicente Sardina, dos

oficiales que escribíamos, y Albuín, que seguía dormitando en la

actitud antes descrita.

--¡Eh! Sr. Manco --dijo Juan Martín dejando caer la pesada mano sobre

el hombro del durmiente--, despierte usted.

Juan Martín el Empecinado · 第 11 / 37 题