Perdóneseme la digresión, y a toda prisa vuelvo a mi asunto. No sé si
por completo describí la persona de D. Juan Martín, a quien nombraban
el Empecinado, por ser tal mote común a los hijos de Castrillo de
Duero, lugar dotado de un arroyo de aguas negruzcas, que llamaban
_pecina_. Si algo me queda por relatar, irá saliendo durante el curso
de la historia que refiero; y como decía, señores, D. Juan Martín salió
de su alojamiento a visitar los heridos, y al regresar, envionos a mi
compañero y a mí orden de que nos presentásemos a él.
Después de tenernos en pie en su presencia un cuarto de hora sin
dignarse mirarnos, fija su atención en los despachos que redactaba un
escribiente, nos preguntó:
--A ver, señores oficiales, díganme con franqueza qué les gusta más:
¿servir en los ejércitos regulares o en las partidas?
--Mi general --le respondí--, nosotros servimos siempre con gusto allí
donde tenemos jefes que nos den ejemplo de valor.
No nos contestó, y fijando los ojos en el oficio que torpemente
escribía el otro a su lado, dijo con muy mal talante:
--Esos renglones están torcidos... ¡qué dirá el general cuando tal
vea!... Pon muy claro y en letras gordas eso de _obedeciendo las
órdenes de vuecencia..._ pues. Después de los latines... (porque estos
principios son latines o boberías), pon: _participo a vuecencia y pongo
en conocimiento de vuecencia_; pero son estos muchos _vuecencias_
juntos...
El Empecinado se rascaba la frente buscando inspiración.
--Bueno: ponlo de cualquier modo... Ahora sigue... _que hallándonos en
Ateca el general Durán y yo_... Animal, Ateca se pone con H... eso es,
que _hallándonos en Ateca risolvimos_... está muy bien... _risolvimos_
con dos erres grandes a la cabeza... así se entiende mejor... atacar
a Calatayud... Calatayud también se pone con H... no, me equivoco.
¡Maldita gramática!
Luego, volviéndose a nosotros, nos dijo.
--Aguarden ustedes un tantico, que estoy dictando el parte de la gran
acción que acabamos de ganar.
Emprendiéndola de nuevo con el escribiente, prosiguió así:
--¡Si tú supieras de letras la mitad que aquel bendito escribano de
Barriopedro, que nos mataron el mes pasado! Estas letras gordas y
claras con un rasguito al fin que dé vueltas, y los palos derechitos...
Cuidado con los puntos sobre las íes... que no se te olviden... ponlos
bien redondos... Sigamos. _Yo (coma) no llevaba conmigo (coma) más que
la mitad (coma) de la gente (dos comas)._
--No son necesarias tantas comas --replicó con timidez el escribiente.
--La claridad es lo primero --dijo el héroe--, y no hay cosa que más
me enfade que ver un escrito sin comas, donde uno no sabe cuándo ha de
tomar resuello. Bien: puedes _comearlo_ como quieras... Adelante...
_porque había dejado en tierra de Guadalajara la división de D. Antonio
Sardina; pero Durán llevaba consigo toda su gente, y toda la de D.
Antonio Tabuenca y D. Bartolomé Amor (punto, punto grande). Reuníamos
entre todos 5.000 hombres..._ ¿Hombres con _h_? Me parece que se pone
sin _h_... No estoy seguro. En el infierno debe estar el que inventó
la _otografía_, que no sirve más sino para que los estudiantes y los
gramáticos se rían de un general... Adelante: _Pues como iba diciendo a
vuecencia_... no, no: quita el _como iba diciendo_... eso no es propio,
y pon: _el 26 de septiembre entre dos luces, aparecimos Durán y yo
sobre Calatayud y les sacudimos a los franceses tan fuerte paliza_...
--Eso de la paliza --dijo el escribiente mordiendo las barbas de la
pluma-- no me parece tampoco muy propio.
--Hombre, tienes razón --repuso el Empecinado rascándose la sien y
plegando los párpados--. Pero es lo cierto que no sabe uno cómo decir
las cosas para que tengan brío... En los oficios se han de poner
siempre palabritas almibaradas, tales como _embestir_, _atacar_,
_derrotar_, y no se puede decir _les sacudimos el polvo_, ni _les
espachurramos_, lo cual, al decirlo, parece que le llena a uno la
boca y el corazón. Escribe lo que quieras... Bien: _les embestimos,
desalojándoles de la altura que llaman los Castillos, y pescando
algunos prisioneros_.
Entusiasmado por el recuerdo de su triunfo volviose a nosotros, y con
semblante vanaglorioso nos dijo:
--Bien hecho estuvo aquello, señores. Si les hubiesen visto
ustedes cómo corrían... Y eso que había mucha _diferiencia_ en las
fuerzas. Ellos eran más... Pon eso también --añadió dirigiéndose al
escribiente--, pon lo de la _diferiencia_... así, está bien. Ahora
sigue: _La guarnición se encerró en el convento fortificado de la
Merced, y los mandaba un tal musiú Muller... escribe con cuidado eso
del musiú... se pone_ MOSIEURRE... muy bien... Ahora descansemos, y un
cigarrito.
D. Juan Martín nos dio a cada uno de los presentes un cigarrillo de
papel, y fumamos. Aunque habló por breve rato de asuntos ajenos a
la acción de Calatayud, el general no podía apartar de su mente la
comunicación que estaba redactando, y dijo a su amanuense:
--Vamos a ver. Adelante. _Pues como iba diciendo a vuecencia..._ no:
eso no; ¡maldita costumbre! Pon: _Durán atacó el convento de la Merced,
y como no tenía artillería abrió minas... en fin, para no cansar a
vuecencia, Durán los amoló._
El escribiente, comiéndose otra vez las barbas de la pluma, miró al
general con expresión dubitativa.
--Tienes razón --dijo el Empecinado--; pero si esta maldita lengua
mía no sirve para nada... ¿Por qué no he de poder poner en un oficio
_amolar_, _reventar_, _jeringar_, y otras voces que expresan la idea
con fuerza?... Y no que ha de estar usted plegando la boca como un
señoritico para decir _nuestra ala derecha hizo retroceder al enemigo_,
y otras pamemas que están bien en labios de damiselas y abates verdes.
Pon que Durán derrotó a los franceses y se zampó dentro del convento,
y escribe el vocablo que quieras, porque una de dos: o dejamos las
armas para aprender la gramática y las retóricas, o _hamos_ de escribir
lo que sabemos. Adelante. Ahora letra muy clara y redondita, y bien
comeado el párrafo. Oye bien. _Mientras Durán se cubría de gloria
en la Merced_ (esto sí está bien parlado y no lo criticarán los
bobos del ejército), _yo me fui con mi gente al puerto del Fresno,
maliciándome_... no, _maliciándome_ no, _sospechando que el francés de
Zaragoza vendría por allí con ojepto_ (muy clarito eso de _ojepto_, que
es palabreja peliaguda) _de auxiliar al de Calatayud_... (auxiliar con
X grande que se vea bien) _y en efecto, Ezcelentísimo señor, el 1.º
de octubre apareció una columna francesa, a la cual escabeché_... No:
ya se han reído mucho otra vez porque dije _escabechar_... ¡Como si
hubiera en castellano alguna otra palabra para expresar lo que quiere
decir esta!... _En fin, para no cansar a vuecencia, desbaratamos la
columna, matándole mucha gente, y cogiendo muchos prisioneros, entre
ellos el coronel Mosieurre_ (muy clarito eso) _Guillot_... Ahora se
añadirá lo de Grajanejos, y que, conseguido nuestro fin, Durán se
retiró por un lado y yo por otro, y me vine a la sierra, donde espero
las órdenes de vuecencia. _Dios guarde a vuecencia_... Vamos, Recuenco,
pronto, ponlo en limpio, lo firmaré y se llevará al momento... Letra
clara y hermosa.
Concluyó al fin Recuenco, que así llamaban al escribiente, el oficio,
que firmó D. Juan Martín con nombre y apellido, acompañados de una
rúbrica harto adornada de rasgos, y luego se cerró con las obleas rojas
para enviarle a su destino. Satisfecho el héroe de su obra, no se
ocupó más del asunto, y departió un rato con nosotros, demostrándonos
confianza suma.
--A esta fecha --nos dijo después que le contamos algo de los sucesos
políticos de Cádiz-- ya debe estar hecha la Constitución. Veremos si
hay alguien que ponga la mano en ella para quitarla. Yo, a ser la
Regencia y las Cortes, les metería el resuello en el cuerpo a todos
esos mandrias servilones... No sé para qué estamos aquí los hombres que
sostenemos la guerra. Como defendemos a España, defenderemos mañana la
Constitución. Dicen que será hasta allí... una ley liberal y española
que meta en cintura a los que no la quieran... Pero todos la queremos.
Está la gente entusiasmada con la Constitución... Hay que oírles... Y
dicen que nuestro cautivo Monarca está contentísimo de que la hayamos
hecho.
--Así debe de ser.
--Y díganme ustedes: ¿han oído ustedes hablar a D. Agustín Argüelles, a
García Herreros y a Muñoz Torrero? Parece que no se muerden la lengua.
--Los tres son eminentes oradores.
--¡Buena gente tenemos en España! Cuando se acabe la guerra se formará
un Gobierno regular con todos los hombres ilustres, y ya no tendremos
más Godoyes. El pícaro Gobierno absoluto es la peor cosa del mundo.
--En esta guerra --dije-- han salido muchos hombres distinguidos, que
después en la paz servirán al Estado de otro modo.
--Así será; pero no yo --afirmó con modestia--, pues cuando esto se
acabe me meteré en Castrillo de Duero o en Fuentecén, y con un par de
mulas... Después de la guerra, lo único que me gusta es la labranza.
No pienso poner los pies en la Corte. Si algún día necesita el Rey de
mí contra los serviles, allá voy. España, el Rey, la Constitución: ese
es mi remoquete. Nada más. Yo no hago la guerra como otros, por ganar
perifollos, grados ni riquezas. Han de saber ustedes que yo soy muy
militar, y que desde muy niño supe manejar las armas. Mis padres no
querían que fuese soldado; pero tal era mi afición, que a los diez y
seis años me escapé de la casa paterna para alistarme en el ejército.
Mi padre me libertó del servicio, y casi arrastrando llevome a
Castrillo; pero cuando cerró el ojo volví a las andanas, y alistándome
en el regimiento de caballería de España, estuve en la guerra del
Rosellón. Concluida, volví a mi casa, y en Fuentecén me casé.
»Tranquilo vivía cultivando mis tierras, cuando se dijo que al Rey
Fernando se lo llevaban a Francia. Yo quería echarme al campo, porque
esta canalla francesa me cargaba, señores, y cuando la gente de aquí
se entusiasmaba con Napoleón, yo decía: _Napoleón es un infame. Si
entra Fernando en Francia, no sale hasta que le saquemos..._ No me
quisieron creer... Vino mayo y al fin se descubrió el pastel. Yo no
podía aguantar más, y me picó mostaza en la nariz. Llamé a Juan García
y a Blas Peroles, y les dije: _¿Nos echamos o no nos echamos?_ Ellos me
contestaron que ya tenían pensado salir a matar franceses; y en efecto,
salimos. Éramos tres. Nos pusimos en el camino real a cuatro leguas de
Aranda, en un punto que llaman Honrubia, y allí, a todo correo francés
que pasaba, le arreglábamos la cuenta. Fue llegando gente y se formó
una partidilla... La verdad es que no sé cómo se formó. La partida
se hizo ejército y aquí estamos. Me han hecho brigadier. Yo no lo he
pedido. Quieren que sea general... He servido a la patria con fe, y
también con buen resultado, ¿no es verdad?
--La fama del Empecinado --respondió mi compañero-- llena toda la
extensión de España.
--Me han dicho que la gente de Cádiz, los políticos y los periodistas
se ríen de mí --dijo D. Juan Martín frunciendo el ceño-- porque una vez
dije _la mapa_ en vez de _el mapa_. Los militares no estamos obligados
a estar siempre con el libro en la mano, viendo cómo se dicen y cómo
no se dicen las cosas. Yo sé mi obligación, que es perseguir a los
franceses. Lo demás no me importa. Mi deseo es que se diga mañana: «El
Empecinado cumplió con su deber.»