Después recayó la conversación sobre la tropa que acaudillaba, y nos
dijo:
--Muchas satisfacciones me causa la guerra, entre ellas la del buen
resultado de mis operaciones; pero no es pequeño gusto esto del cariño
que me tiene mi gente. Todos ellos, señores oficiales, se dejarían
matar por mí. Verdad es que yo no les trato mal. Pero vamos al decir,
que yo tengo a mis órdenes a los hombres más honrados del mundo.
Ninguno de ellos es capaz de faltar ni tanto así.
Cuando esto dijo, sentimos a nuestra espalda un gruñido, un monosílabo
dubitativo, una de esas exclamaciones inarticuladas, que no diciendo
nada, lo expresan todo. Detrás de nosotros, tendido sobre un gran arcón
de pino, estaba un hombre, a quien atribuimos la emisión de aquel
gutural elocuente sonido. Levantándose pesadamente de su improvisado
lecho, estiraba los brazos y piernas para desperezarse, cuando D. Juan
Martín le dijo:
--¿Qué tiene usted que decir, Sr. D. Saturnino Albuín? ¿No cree usted,
como yo, que la gente que está a nuestras órdenes es la mejor del mundo?
--Según y cómo --dijo Albuín, adelantándose con los ojos medio cerrados
para resguardar de los rayos de luz sus pupilas, recién salidas de la
obscuridad del sueño.
He aquí cómo era (si no me engañan los recuerdos que guarda en su
archivo mi memoria) aquel célebre guerrillero de quien hasta los
historiadores franceses hablan con gran encomio. D. Saturnino Albuín,
llamado el Manco, había adquirido la mutilación que fue causa de tal
nombre en una acción entablada en el Casar de Talamanca. Su mano
derecha fue por mucho tiempo el terror de los franceses. Era un hombre
de mediana edad, pequeño, moreno, vivo, ingenioso, ágil cual ninguno,
sin aquel vigor pesado y muscular de D. Juan Martín; pero con una
fuerza más estimable aún, elástica, flexible, tanto más imponente en
los momentos supremos, cuanto menos se la veía en los ordinarios. Si
el Empecinado era el hombre de bronce, a cuya pesadez abrumadora nada
resistía, Albuín era el hombre de acero. Mataba doblándose. Su cuerpo
enjuto parecía templado al fuego y al agua, y modelado después por el
martillo. Yo le vi más tarde en varios encuentros, y su arrojo me llenó
de asombro. Cuando se oían contar sus proezas, apenas se daba crédito
a los narradores, y no es extraño que un general francés dijese de
Albuín: _Si este hombre hubiera militado en las banderas de Napoleón,
ya sería Mariscal de Francia_.
Vestía D. Saturnino traje de paisano con pretensiones de uniforme
militar, y su chaquetón, donde lucían las charreteras y los mustios y
mal cosidos bordados, estaba lleno de agujeros. Los codos del héroe,
no inferior a Aquiles en el valor, se parecían a los de un escolar. En
sus pantalones se veían los trazados y dibujos de la aguja remendona
y zurcidora, y el correaje del trabuco que llevaba a la espalda y
de las pistolas y sable pendientes del cinto, hacía poco honor a la
administración de fornituras de aquel ejército. Todo esto probaba que
las campañas de la partida no eran tan lucrativas como gloriosas.
--Según y cómo --repitió Albuín, poniendo su única mano sobre la mesa
y atrayendo a sí la atención de los que estábamos presentes--. Eso de
que todos sean gentes honradas no es verdad, Sr. D. Juan Martín. Los
calumniadores, los chismosos que están siempre trayendo y llevando
cuentos al general, ¿pueden ser gentes honradas?
--Amigo Albuín --contestó el Empecinado--, usted tiene tirria a dos o
tres personas de este ejército, y por eso se le antojan los chismes y
enredos.
--Sí, señor, chismes y enredos, y lo sostengo --afirmó D. Saturnino--,
lo sostengo aquí y en todas partes. ¿Cómo se llama si no el venir aquí
contándole a usted lo que yo dije y lo que me callé? Yo no digo nada
más que la verdad, y no en secreto, sino públicamente, delante de Juan
y de Pedro, de Fulanito y de Perencejo. Y esto que he dicho, ahora lo
voy a repetir.
--Pues lo oiremos.
--Y no es más sino que digo y repito y sostengo --replicó Albuín con
energía-- que aquí se está uno batiendo, se está uno matando, se está
uno destrozando el alma y el cuerpo; pasan meses, pasan años, y con
tanto trabajar no salimos nunca de la miseria. Señores que me oyen,
digan si es justo que D. Saturnino Albuín no tenga otros calzones que
estos guiñapos que lleva en las piernas.
Hubo un momento de silencio, durante el cual todos contemplamos la
prenda indicada, que, en efecto, no era digna de figurar sobre el
cuerpo de quien habría sido mariscal de Francia si hubiera servido a
Napoleón.
--Sr. D. Saturnino --dijo gravemente Don Juan Martín--, después del
valor, la primera virtud del soldado es la humildad. Nosotros no
combatimos por dinero: combatimos por la patria. Me ha dicho usted que
sus calzones están un si es no es destrozadillos. Tortas y pan pintado,
amigo D. Saturnino. La guerra trae tales desgracias; el buen soldado no
mira a su cuerpo, señores: el buen soldado no fija los ojos más que en
el cielo y en el enemigo.
Y luego, desabotonándose el uniforme, añadió:
--Señores, si les ha llamado la atención que D. Saturnino lleve unos
calzones rotos, miren hacia acá y verán que el Empecinado no tiene
camisa.
Efectivamente, el uniforme abierto dejaba ver el velludo pecho del
héroe.
--Y no me quejo, señores --prosiguió abotonándose--; no estoy siempre
_glarimeando_ como el Sr. Albuín. De aquí en adelante voy a mandar
venir de la Corte una docena de sastres para que vistan de seda y
brocado a mi oficialidad.
--Sr. D. Juan Martín --dijo el Manco--, no venga echándosela de
anacoreta. Usted no tiene camisa porque no quiere, porque es un
desastrado y un facha. Señores, ¿les parece a ustedes propio de un
general quitarse la camisa en medio del camino para dársela a un viejo
pedigüeño que se quejaba de frío?... Basta de farsas. Ello es que
nosotros luchamos, nosotros nos batimos, y para nosotros no hay pagas,
para nosotros no hay recompensa, para nosotros no hay más que palos,
fríos, calores, lluvias, fatiga, y por último una muerte gloriosa que
para nada nos sirve, si es que no nos coge en pecado mortal, para
acabar de divertirse uno en los infiernos.
--¿El Sr. Albuín quiere dinero? --dijo el general--. Pues bien sabe ya
que no se lo puedo dar. Casi todo lo que se recauda se entrega a la
Junta, y si esta no da pronto las pagas porque hay muchas cosas a que
atender, ya las dará. En el ínterin nosotros nos cobramos en trigo, en
cebada, en paja, en almortas, en bellota, en centeno y otras _comibles_
especies que vamos recogiendo por los pueblos.
--Y que yo le regalo al Sr. Juan Martín --replicó vivamente el Manco--
para que con tales especies mantenga a su mujer y a sus hijos, y
se llene el buche a sí propio, y se vista y calce... Pero voy a lo
principal... ¡Ah, señor general de mi alma! Nosotros somos unos bobos,
porque mientras usted y yo estamos el uno sin calzones y el otro sin
camisa, en la partida hay quien se ríe de vernos desnudos y sin un
cuarto.
--No dudo que tengamos aquí algunas personas ricas, como por ejemplo...
--No es eso, no, Sr. Martín Díez --replicó el Manco--. Estos de que
hablo aparentan ser más pobres que las ratas; son de los que todos los
días nos piden un cigarro y dos cuartos para aguardiente; pero todo
lo acaparan, embaulan lo que se recoge, de tal modo, que ni la junta
ni cien juntas saben a dónde ha ido a parar. Y aguante usted esto,
sí, señor; aguántelo usted... y déjese usted matar por la patria y
por el Rey... En resumidas cuentas, se acabará la guerra, y los que
lo han hecho todo quedaranse más pobres que antes, mientras que los
uñilargos (aquí hizo el Manco con los dedos de su única mano un gesto
muy expresivo) irán a Madrid a comerse en paz lo que han merodeado
a nuestra costa. ¡Si somos unos héroes, Sr. D. Juan Martín; si la
historia se va a ocupar de nosotros y a ponernos por las nubes!... pero
comeremos pedazos de gloria y páginas de libro.
--Amigo Albuín --dijo el general--, tan acostumbrado estoy a su genio
endemoniado, que no me coge de nuevo lo que me ha dicho, y le perdono
sus bravatas. ¡El demonio es D. Saturnino! ¿Y quién al oírle diría
que es el hombre mejor del mundo?... ¿Conque dinero?... ¿Para qué
quieren las personas de bien el dinero? Aquí no hay gente viciosa. Los
_empecinados_ no combaten sino por la gloria, por la libertad, por la
independencia.
--Bueno es todo eso --repuso Albuín--; pero otros jefes de la partida,
tales como Chaleco, Chambergo, Mir y el Médico, todos personas muy
completas y honradas, sin dejar de poner a la patria sobre su cabeza,
cuidan de asegurar el porvenir de sus familias, y hombre hay entre esos
que ha hecho su capital en un quítame allá esas pajas.
--Conversación. Ni Chaleco ni Mir tienen sobre qué caerse muertos.
--No hablemos más --dijo D. Saturnino-- porque pierdo la paciencia. El
general hará lo que guste; pero yo no sé hasta dónde podré resistir.
--Usted resistirá hasta la misma fin del mundo --dijo el Empecinado
mirando a su subalterno con severidad--. Basta ya de _retruécanos_, que
me voy atufando con los humos de estos caballeros. Uno pide por aquí,
otro por allí... Obediencia, Sr. Manco, obediencia y humildad --añadió
golpeando la mesa--. Aquí todos _semos_ pobres y yo el primero...
Conque no digo más... Cada uno a su puesto, y prepararse para mañana.
--Buenas noches --dijo Albuín secamente.
--¿No reza usted el rosario conmigo?
--Lo rezaré con mosén Antón --repuso el guerrillero volviendo la
espalda.