--A estos barbilindos que ha traído usted --me dijo mosén Antón,
mirando hacia abajo como quien está en lo alto de una torre--, ¿se les
puede confiar una comisión delicada?
--Sí, mi Coronel --respondí--. Ya saben lo que se hacen.
--Una comisión delicada --repitió--: por ejemplo, tapar la salida de un
pueblo, poniéndose como muralla de carne desde una casa a otra.
--Haremos todo lo que se nos mande, pues para eso hemos venido.
Mientras esto hablábamos miré al jefe de la partida, el cual, con las
manos cruzadas sobre la barriga, aflojadas las riendas del caballo y
dejándole marchar pausadamente, se había sumergido en beatífico sueño.
Despierto, vigilante, inquieto como un sabueso que adivina la presa,
mosén Antón escudriñaba con sus ojos de buitre el estrecho horizonte
del valle por donde caminábamos y las cercanas colinas.
Habíamos comenzado a descender, y a nuestra izquierda el cielo empezaba
a teñirse de rosa y oro pálido, anunciando el cercano día. Las crestas
de los cerros irregulares, cuyas siluetas semejaban, cuál un perro
dormido, cuál un pellejo de vino, principiaban a aclararse, dejando ver
desparramados caseríos, manchas de carrascales, olmedas y grupos de
colmenas.
--Quiero saber otra cosa --me dijo mosén Antón inclinándose de nuevo
sobre mí, como un picacho próximo a desprenderse--. En caso de entrar
en combate las tropas regulares que manda usted y su amigo, ¿deben
batirse por separado o mezcladas con mi gente?
--Creo que de una manera u otra lo harán bien. Mezclándolas se evitan
las envidias y la rivalidad, que siempre existe entre la tropa de
ejército y la voluntaria.
La cara de mosén Antón se contrajo de un modo especial, indicando
disgusto.
--Ya, ya comprendo lo que mi coronel desea --dije con viveza, y era
verdad que lo comprendía--. Lo que mi coronel quiere es precisamente
que exista esa rivalidad y emulación. Ahora caigo en que lo mejor es
hacerles pelear por separado para que unos se estimulen con el ejemplo
de los otros, si hay diferencia en el modo de combatir.
--Muy bien, señor oficial --repuso con satisfacción--. Veo que usted
tiene todo el saber militar en la punta de la uña.
Llegamos a lo hondo de un estrecho barranco, y la partida hizo alto.
Mosén Antón dispuso que se guardase el mayor silencio, y D. Vicente
Sardina despertó exclamando:
--¿Qué hay? ¿Hemos dado con los franceses? ¡A ellos!... ¡Que se
escapan!... ¡Viva Fernando VII, muera Napoleón!
--Despabílese usted, hombre --dijo entre veras y burlas el cura--. Aquí
no se ven franceses más que en sueños.
--¿Acaso yo dormía...?
--No, velaba.
--Eso es un insulto, mosén Antón... ¡Sostener que el jefe de la partida
dormía, cuando!... Si se me cerraron los ojos fue porque estaba
recapacitando sobre la bobería y descuido de esos tontos de franceses
que se dejan sorprender...
--Silencio --dijo el jefe de Estado Mayor bajándose del caballo--, voy
a hacer un reconocimiento.
--Sí --indicó con burlona malignidad Sardina--. Puede que detrás de
aquella peña esté el general Gui con 20.000 hombres... Pero si no me
engaño, tras aquel muro arruinado se ve el sombrerito de Napoleón.
Gran presa hemos hecho... Lo menos caen hoy en nuestras manos 50.000
gabachones.
--Descabece usted otro sueño --dijo Trijueque.
--¿Pero dónde estamos? Por fuerza este endiablado cura nos ha traído
a Madrid. ¿Apostamos a que quiere sorprender al Rey José en su misma
corte y cogerle prisionero? ¿Aquel mojón no es la puerta de Atocha?...
¡Pero quia! Si es una colmena... Querido mosén, hablemos ahora con
franqueza: ¿no hubiera sido más cuerdo quedarnos sosegadamente en aquel
cómodo lugar de Val de Rebollo? A esta hora ni a usted ni a mí nos
hubiera faltado un buen tazón de chocolate.
Mosén Antón no contestaba a las burlas de su jefe, y haciéndonos señas
de que le siguiéramos, a mí, al Sr. Viriato y a otro guerrillero
llamado Narices, hombre pequeño, flaco y resbaladizo como una culebra,
llevonos por una vereda adelante y por entre espesos carrascales, cuyas
ramas apartábamos a un lado y a otro para poder pasar.
--No hacer ruido --nos decía a cada momento--. Si el enemigo está donde
sospecho, tendrá por aquí sus escuchas.
Mosén Antón apartaba, tronchándolas, ramas corpulentas que impedían el
paso. El jabalí perseguido no se abre camino en la trocha con mejor
arte. A ratos se agachaba, atendiendo con viva ansiedad; pintábase
en su rostro, tan feo como expresivo, una dolorosa duda; volvía a
emprender el paso; por último, llegamos a lo más alto del cerro y a un
punto desde donde se veía otra hondonada como aquella en que acababa
de hacer alto la partida. En la meseta donde nos hallábamos, el monte
tenía una extensa calva, no reapareciendo la vegetación sino en lo más
bajo del declive.
Mosén Antón se echó de barriga en el suelo. Parecía una inmensa cigarra
negra en el momento en que, contrayendo las angulosas zancas y plegando
las alas, se dispone a dar el salto. Nos colocamos a su lado en análoga
posición, y entonces nos habló así:
--¿Ven ustedes abajo el pueblo?
En efecto: bajo nosotros se veían los tejados rojos de algunas casas
apiñadas.
--Ese pueblo es Grajanejos --añadió--. Anoche se me metió en la cabeza
que los franceses que estaban en Cogolludo habían de venir a pernoctar
aquí por Miralejo... Se me metió en la cabeza, sí, señores; y cuando a
mí se me mete una cosa en la cabeza...
--Tiene que suceder, aunque Dios no quiera --dijo Viriato.
--Yo no me equivoco --añadió con cierta confusión el padre Trijueque--.
Yo dije: «Pues que los franceses están en Cogolludo de regreso de
Aragón, han de tomar una de estas dos direcciones: o la vuelta del
Casar de Talamanca para ir a tierra de Madrid, o la vuelta de
Grajanejos para tomar el camino real y marchar hacia Guadalajara o
hacia Brihuega.» El primer movimiento es inverosímil, porque están
muy hambrientos y habían de tardar tres o cuatro días en llegar a la
corte; el segundo movimiento es seguro, y sentado que es seguro, ahora
digo: «Si pasan el Henares, ¿cuál puede ser su intención? O tratar de
sorprendernos en este laberinto de barrancos y pequeños valles, lo cual
sería fácil si ellos fueran nosotros y nosotros ellos, o simplemente
guarecerse dentro de los muros de Brihuega o Guadalajara, donde tienen
abundantes provisiones.» En uno u otro caso, entrarán en el camino
real, que está a nuestra vista. Observen ustedes: a la luz de la aurora
se ve claramente el camino real que va desde Madrid a Zaragoza. Es una
hermosa calzada, que podría empedrarse con los cráneos de franceses que
hemos matado en ella.
Vimos, en efecto, el camino real de Aragón, que serpenteaba entre el
arroyo y la montaña de enfrente, siguiendo las sinuosidades del angosto
valle.
--Todos esos cálculos --dijo Viriato-- son admirables, y demuestran el
consumado talento de vuecencia. ¡Y dice mosén Antón que no ha estudiado
lógica!... No puede ser. Lo que hay de malo en esto, es que por de
pronto esas ingeniosas previsiones han resultado fallidas, porque yo
estoy ciego de tanto mirar, y no veo franceses en Grajanejos.
Mosén Antón no decía nada, y miraba atentamente a los extremos visibles
del valle y a las suaves colinas que enfrente teníamos. En su rostro
se pintaba una ira reconcentrada y profunda; apretaba las mandíbulas;
fruncía el ceño, haciendo culebrear las cejas negras y espesas como dos
bigotes, y el resoplido de su aliento no discrepaba en fuerza y calor
del de un caballo.
He dicho que se había tendido de barriga, con las palmas de las manos
en tierra y los codos en alto, en actitud muy parecida a la de los
cigarrones cuando se disponen a dar el salto. De súbito, mosén Antón
saltó todo lo que puede saltar un hombre en tal postura: levantose
en pie, extendió los brazos, lanzaron las cavidades de su pecho un
graznido de ave de rapiña, brilló el rayo en sus ojos, y señalando a la
derecha hacia el punto donde desaparecía el valle formando un recodo,
exclamó:
--¡Los franceses, ahí están los franceses!
No vimos nada; pero oímos un rumor vago y lejano, que acrecían con sus
hondos ecos las angosturas del valle. Era ruido de caballos, de gentes
de armas; el ruido a ningún otro parecido de un ejército que se acerca.
--¿No lo dije? ¿No lo dije?... ¿Me he equivocado alguna vez? --gritaba
mosén Antón desfigurado por el júbilo, con toda su persona descompuesta
y alterada, cual máquina que se va a desengranar--. Cogidos, cogidos en
una ratonera. Ni uno solo escapará... Lo que pensé, lo mismo que pensé:
pasaron el Henares por Carrascosa, subieron a los altos de Miralrío,
vadearon el Vadiel, y han cogido el camino real en Argecilla... Todo
esto lo estaba yo viendo anoche, señores; lo estaba viendo como se ve
un cuadro que uno tiene delante.
Agitaba los brazos, sacudía las piernas y ponía en movilidad espantosa
todos los músculos de su rostro, asemejándose a Satanás cuando padece
un ataque de nervios, si es que el ministro de la eterna sombra
experimenta iguales debilidades que las damas del mundo visible;
desenvainaba su sable, volvíalo a envainar, frotábase las anchas manos
con tal presteza, que causaba asombro que no despidieran chispas;
se acomodaba en la cabeza el mugriento pañizuelo y la gorrilla, se
apretaba el cinto y profería vocablos ya patrióticos, ya indecentes,
mezclados con blasfemias usuales y aforismos de guerra.
Las avanzadas de los franceses aparecieron en el camino real.
--¡Con cuánta confianza vienen! --dijo mosén Antón--. Esos bobalicones
no aprenden nunca. No flanquean la marcha. ¿Ven ustedes columnas
volantes en las alturas?
--Por este lado --dijo Viriato-- se ven brillar algunos cañones de
fusil.
--Retirémonos abajo --dijo Trijueque--. Dejémosles entrar
tranquilamente en el pueblo.
Poco después de esto, la partida marchaba despacio y con orden
admirable por una senda de escasa pendiente, que conducía, faldeando
el cerro en repetidas vueltas, al lugar de Grajanejos. Mosén Antón
dispuso que una parte de la fuerza se escondiese en el carrascal,
adelantándose con toda precaución para no ser vista ni oída. El resto
marchó adelante.
--Mucho silencio --dijo Sardina--, mucho silencio. Cuidado no se escape
algún tiro... Al que respire fuerte, le fusilo.
Cuando esto decía, oyose un chillido prolongado y lastimero. Era el
Empecinadillo que pedía la teta.
--Si ese condenado chiquillo no calla --exclamó mosén Antón con
furia--, arrojarle al barranco.
El Empecinadito, extraño a la estrategia, seguía gritando. El jefe de
Estado Mayor, que llevaba del diestro a su caballo, se detuvo ciego de
ira, y repitió:
--¡Arrojarle al barranco! ¿No hay quien tape la boca a ese trompetero
de mil demonios?
El Sr. Santurrias se esforzó en hacer callar al pobre niño; mas no
le convencían los argumentos empleados, ni aunque se le dijo «que
te va a comer mosén Antón» se resignó a la obediencia que el grave
caso requería. Al fin creo que taparon su boca o sofocaron sus gritos
envolviéndole en sus propios abrigos, con lo cual se libró por aquella
vez de ser arrojado al barranco en castigo de sus escandalosos
discursos.
D. Vicente Sardina, de acuerdo con su segundo, dispuso que los de la
izquierda de la senda nos adelantáramos con objeto de cortar la salida
del pueblo por el camino real en dirección opuesta a aquella por la
cual entraban los franceses.
--No me fío de estos señoritos --dijo mosén Antón al vernos partir--.
Que vaya el Crudo con ellos. ¡Crudo, Crudo!
Presentose un guerrillero rechoncho y membrudo, bien armado y que
parecía hombre a propósito lo mismo para un fregado que para un barrido
en materia de guerra.
--Crudillo --ordenó el jefe--, a ti y a estos señores os toca cortar la
salida por abajo. Lleva cien hombres de lo bueno. Apretar de firme.
Reforzados por la gente del Crudo, que era de lo mejor que había en la
partida, emprendimos la marcha por un suave declive que nos condujo
a las inmediaciones del camino real por el mediodía del pueblo. Los
otros, al hallarse próximos y con la ventaja que les daba su excelente
posición en lo alto, atacaron a un pequeño destacamento francés
que avanzó a reconocer la altura, mientras el resto de la fuerza
enemiga descansaba en el pueblo. Esta conoció al punto que había sido
sorprendida, y pensando en defenderse ocupó precipitadamente las casas.
Los de la partida les atacaron, no solo con brío, sino con plena
confianza por la fuerza moral que la sorpresa les daba, y los franceses
se defendían mal a causa de la turbación, del cansancio y la estrechez
del lugar en que se habían metido.
Después de un breve combate, los enemigos comprendieron que no tenían
otra salvación que la fuga por la carretera abajo, o bien por la misma
dirección de Argecilla que habían traído en sentido contrario. Muchos
intentaron escapar por donde estábamos; pero viendo bien guardada la
salida y divisando hacia aquella parte uniformes de ejército y hasta
veinte caballos, que en su atolondramiento se les figuraron doscientos,
creyeron que todo el segundo ejército, al mando de D. Carlos O’Donnell,
se había corrido desde Cuenca a tomar el camino de Aragón, y optaron
por la salida opuesta. El barullo y confusión que esto produjo en
sus azoradas tropas fue tal, que Don Vicente Sardina, con su gente
escogida, acuchilló sin piedad y sin riesgo a muchos infelices que
no hacían fuego ni tenían alma y vida más que para buscar entre el
laberinto de callejuelas el mejor hueco que les diera salida de tal
infierno.
Algunos que advirtieron la imposibilidad de retroceder sin ser
despedazados en la pequeña plaza, arriesgáronse a abrirse camino por el
mediodía, y vimos que se nos echó encima regular masa de caballería,
cuya veloz carrera y varonil decisión nos hizo temblar un momento.
Habíamos ocupado la casa del portazgo, y en el breve espacio de tiempo
de que dispusimos habíamos amontonado allí algunas piedras, ramas y
troncos que encontramos a mano. Se les hizo fuego nutrido, y cuando
los briosos caballos saltaban relinchando con furia por entre los
obstáculos allí mal puestos, el Crudo lanzose con los suyos, quién a
la bayoneta, quién esgrimiendo la navaja, a dar cuenta de los pobres
dragones. Estimulados por el ejemplo, corrimos los demás y pudimos
detener el empuje de los caballos y desarmar los infantes que tras
ellos corrían. Duró poco este lance; pero fue de los de cáscara amarga,
y en él perdimos alguna gente, aunque no tanta como los enemigos.
Bastantes de estos murieron, y excepto dos o tres que fiados en la
enorme bravura de sus caballos lograron escapar, todos los vivos fueron
hechos prisioneros.
Cuando presentamos nuestra presa a Don Vicente Sardina y a mosén Antón,
que estaban en la plaza dictando órdenes para asegurar la victoria,
ambos nos felicitaron con calor.
--Es preciso pegar fuego a este condenado Grajanejos --dijo mosén
Antón--. Es un lugar de donde salen todos los espías de los franceses.
--Quemarle, no --repuso Sardina con benevolencia.
--Eso es, eso es --dijo con arrebatos de destrucción el jefe de la
caballería--. Mieles y más mieles. Así los pueblos se ríen de nosotros.
En Grajanejos han tenido los franceses muy buen acomodo, y se susurra
que de aquí han sacado ellos más raciones en un día que nosotros en un
mes.
--No se hable más de eso --dijo Sardina--. El pueblo no será quemado.
¿Para qué? No rebajemos la gloria de esta gran jornada con una
atrocidad. Gran día ha sido este... Bien sabía yo que los franceses
habían de venir aquí... mosén Antón, nada de quemar. Mande usted
saquear el lugar, y al vecino que oculte algo tirarle de las orejas...
--Señor Mosca Verde --dijo mosén Antón a un guerrillero que venía a
recibir órdenes--. ¿Cuántos prisioneros tenemos?
--Sesenta y ocho he contado ya. Entre ellos un coronel.
--Es demasiada gente --repuso el cura--; sesenta y ocho bocas a las
cuales es preciso dar pan. Sr. Sardina, ¿doy la orden de quintarlos?
--¿Para qué? --dijo el jefe--. Dejémosles las vidas, y los entregaremos
sanos y mondos a D. Juan Martín para que haga de ellos lo que quiera...
¿Pero no hay en este infernal pueblo un poco de chocolate?... ¡Sr.
Viriato de mil demonios!... que siempre ha de desaparecer el tuno de mi
ayudante cuando más lo necesito...
--Aquí estoy, mi general --gritó Viriato que venía corriendo con una
sarta de chorizos en la mano--. ¿Pedía vuecencia chocolate? Ya lo he
mandado hacer para vuecencia y mosén Antón.
--Yo --dijo este-- tengo bastante para todo el día con un pedazo de pan
y queso, señor Viriato; o si no, dadme uno de esos chorizos y buscadme
un zoquete que lo acompañe... Si todos fueran tan sobrios como yo...
Repito que será preciso quintar a los prisioneros, si nuestra gente ha
de tener ración para tres días.
--Mando que no se fusile a ningún prisionero --dijo Sardina--. ¿Se
niegan los vecinos a dar lo que tienen?
--No, señor --respondió Mosca Verde--. No se niegan, porque como no
dan, sino que lo tomamos... Algunas arcas repletas de pan y queso y
miel se han encontrado.
--¿Ha muerto alguna gente dentro de las casas?
--Nada más que el tío Genillo, el albéitar, que está clavado en la
pared como un murciélago.
--Pero ese chocolate, ese chocolate... Señor Viriato, ¿sabe usted que
tengo más hambre que seis estudiantes juntos?
Presentose de improviso Santurrias, diciendo:
--Mi general, hemos encontrado al fin una mujer con cría; pero no
quiere dar de mamar al Empecinadillo.
--¡Qué alevosía, qué desacato! --exclamó mosén Antón--. Que la fusilen
al momento.
--Venga acá esa señora, y yo la haré entrar en razón --dijo con
benevolencia Sardina--. Este Trijueque quiere fusilar a todo el género
humano.
El Cid Campeador, la señá Damiana y otro guerrillero trajeron casi a
rastras a una mujer joven y hermosa, la cual, clamando al cielo con
lastimeros gritos, se esforzaba en desasirse de los brazos de aquellos
bárbaros.
--Aquí está, aquí, mi general, la mala patriota, la afrancesada.
--Señora --dijo mosén Antón mirando a la buena mujer con fieros y
aterradores ojos--, ¿no sabe usted que la hacienda del buen español ha
de ponerse a disposición de los buenos servidores de la patria y del
Rey?
--La hacienda, sí; pero no los pechos --repuso la mujer con varonil
denuedo.
--Señora, rece usted el Credo --vociferó Trijueque--. Que vengan cuatro
escopeteros. Atadle las manos a la espalda.
--Pues qué, ¿me quieren fusilar? --gritó la infeliz con angustia.
--Este condenado mosén Antón --me dijo en voz baja Sardina-- quiere hoy
una víctima, y al fin habrá que dársela.
Creyendo luego conveniente interponer su autoridad para impedir un
hecho abominable, habló así:
--Buena mujer, ponga usted sus pechos a disposición de la patria y del
Rey... El Empecinadillo es hijo adoptivo de este ejército... dele usted
de mamar, y tengamos la fiesta en paz... Y a usted, Sr. Santurrias, le
ordeno que despeche a ese becerro de dos años lo más pronto posible,
o que lo deje en cualquiera de estos lugares. Todos los días hay una
cuestión por la teta que necesita el muñeco.
La hermosa mujer, comprendiendo el peligro que la amenazaba si no ponía
a disposición de la patria los dones que natura le concediera, tomó al
muchacho y lo arrimó a su seno. El gusto que debió experimentar nuestro
Empecinadillo cuando se vio regalado con lo que en abundancia tenía
su improvisada madre, figúreselo el lector, y traiga a la memoria las
hambres y los hartazgos de sus verdes niñeces, si es que tan remotas
impresiones pueden venir a la memoria. El huerfanillo tragaba con
voracidad insaciable, y según la fuerza con que sus manecitas apretaban
lo que tenían más cerca, parecía querer tragarse también aquellas
partes, causa de su regocijo, y que demostraban la longanimidad del
Criador para con la señá Librada, pues tal era el nombre de aquella
mujer.
Los circunstantes veían con alborozo el glotón rechupar del huérfano, y
aplaudían en coro diciendo:
--¡Cómo traga! ¡La va a dejar en los huesos! Es un fraile dominico que
nunca acaba de llenar el buche.
D. Vicente Sardina, que continuaba teniendo más hambre que seis
estudiantes, miraba al hijo de la guerrilla con ansiosa envidia.
Cuando el jefe marchó a despachar el almuerzo que le había dispuesto el
Sr. Viriato, mosén Antón me dijo:
--Veo que están ustedes indignados, y con mucha razón. No se castiga a
nadie, no se escarmienta a los pueblos, no se procura hacer respetables
a los soldados de la patria y el Rey... Paciencia, señores. Ustedes
están indignados como yo por las blanduras de D. Vicente Sardina y D.
Juan Martín. El mal viene de arriba, del jefe de nuestro ejército.
Le respondimos que, en efecto, era grande nuestra cólera; pero que
confiábamos en el inmediato triunfo de las ideas de justicia contra la
anticuada y rutinaria bondad del jefe de la partida. Él se consoló un
poco con esto, y fue a dictar órdenes para la mayor seguridad de los
prisioneros.
V
No permanecimos muchas horas en Grajanejos, y cuando la tropa se
racionó con lo poco que allí se encontrara, dieron orden de marchar
hacia la sierra, en dirección al mismo pueblo de Val de Rebollo, de
donde habíamos partido. Nada nos aconteció en el camino digno de
contarse, hasta que nos unimos al ejército (pues tal nombre merecía)
de D. Juan Martín, general en jefe de todas las fuerzas voluntarias
y de línea que en aquel país operaban. El encuentro ocurrió en
Moranchel. Venían ellos de Sigüenza por el camino de Mirabueno y
Algora, y nosotros, que conocíamos su dirección, pasamos el Tajuña y lo
remontamos por su izquierda.
Caía la tarde cuando nos juntamos a la gran partida. Los alrededores de
Moranchel estaban poblados de tropa, que nos recibió con aclamaciones
por la buena presa que llevábamos, y al punto la gente de nuestras
filas se desparramó, difundiéndose entre la muchedumbre empecinada como
un arroyo que entra en un río. Encontré algunos conocidos entre los
oficiales de línea del segundo y tercer ejército, que Don Juan Martín
había recogido en distintos puntos, según las órdenes de Blake, y me
contaron la insigne proeza de Calatayud, realizada algunos días antes.
Yo tenía suma curiosidad de ver al famoso Empecinado, cuyo nombre,
lo mismo que el de Mina, resonaba en aquellos tiempos con estruendo
glorioso en toda la Península, y a quien los más se representaban como
un héroe de los tiempos antiguos, resucitado en los nuestros como una
prueba de la protección del cielo en la cruel guerra que sosteníamos.
No tardé en satisfacer mi curiosidad, porque Don Juan Martín salió de
su alojamiento para visitar a los heridos que habíamos traído desde
Grajanejos. Cuando se presentó delante de su gente, advertí el gran
entusiasmo y admiración que a esta infundía, y puedo asegurar que el
mismo Bonaparte no era objeto por parte de los veteranos de su guardia
de un culto tan ferviente.
Era D. Juan Martín un Hércules de estatura poco más que mediana,
organización hecha para la guerra, persona de considerable fuerza
muscular, cuerpo de bronce que encerraba la energía, la actividad, la
resistencia, la contumacia, el arrojo frenético del mediodía junto con
la paciencia de la raza del norte. Su semblante moreno amarillento,
color propio de castellanos asoleados y curtidos, expresaba aquellas
cualidades. Sus facciones eran más bien hermosas que feas, los ojos
vivos, y el pelo, aplastado en desorden sobre la frente, se juntaba a
las cejas. El bigote se unía a las cortas patillas, dejando la barba
limpia de pelo, afeite a la rusa que ha estado muy en boga entre
guerrilleros, y que más tarde usaron Zumalacárregui y otros jefes
carlistas.
Envolvíase en un capote azul que apenas dejaba ver los distintivos de
su jerarquía militar, y su vestir era en general desaliñado y tosco,
guardando armonía con lo brusco de sus modales. En el hablar era tardo
y torpe, pero expresivo, y a cada instante demostraba no haber cursado
en academias militares ni civiles. Tenía empeño en despreciar las
formas cultas, suponiendo condición frívola y adamada en todos los que
no eran modelo de rudeza primitiva, y sí de carácter refractario a la
selvática actividad de la guerra de montaña. Sus mismas virtudes y su
benevolencia y generosidad, eran ásperas como plantas silvestres que
contienen zumos salutíferos, pero cuyas hojas están llenas de pinchos.
Poseía en alto grado el genio de la pequeña guerra, y después de Mina,
que fue el Napoleón de las guerrillas, no hubo otro en España ni tan
activo ni de tanta suerte. Estaba formado su espíritu con uno de los
más visibles caracteres del genio castizo español, que necesita de la
perpetua lucha para apacentar su indomable y díscola inquietud, y ha
de vivir disputando de palabra u obra para creer que vive. Al estallar
la guerra, se había echado al campo con dos hombres, como D. Quijote
con Sancho Panza, y empezando por detener correos, acabó por destruir
ejércitos. Con arte no aprendido, supo y entendió desde el primer día
la geografía y la estrategia, y hacía maravillas sin saber por qué. Su
espíritu, como el de Bonaparte en esfera más alta, estaba por íntima
organización instruido en la guerra y no necesitaba aprender nada.
Organizaba, dirigía, ponía en marcha fuerzas diferentes en combinación,
y ganaba batallas sin ley ninguna de guerra, mejor dicho, observaba
todas las reglas sin saberlo, o de la práctica instintiva hacía derivar
la regla.
Suele ser comparada la previsión de los grandes capitanes a la mirada
del águila que, remontándose en pleno día a inmensa altura, ve mil
accidentes escondidos a los vulgares ojos. La travesura (pues no es
otra cosa que travesura) de los grandes guerrilleros, puede compararse
al vigilante acecho nocturno de los pájaros de la última escala
carnívora, los cuales, desde los tejados, desde las cuevas, desde los
picachos, torreones, ruinas y bosques, atisban la víctima descuidada y
tranquila para caer sobre ella.
En las guerrillas no hay verdaderas batallas; es decir, no hay
ese duelo previsto y deliberado entre ejércitos que se buscan, se
encuentran, eligen terreno y se baten. Las guerrillas son la sorpresa,
y para que haya choque es preciso que una de las dos partes ignore
la proximidad de la otra. La primera calidad del guerrillero, aun
antes del valor, es la buena andadura, porque casi siempre se vence
corriendo. Los guerrilleros no se retiran, huyen, y el huir no es
vergonzoso en ellos. La base de su estrategia es el arte de reunirse y
dispersarse. Se condensan para caer como la lluvia, y se desparraman
para escapar a la persecución; de modo que los esfuerzos del ejército
que se propone exterminarlos son inútiles, porque no se puede luchar
con las nubes. Su principal arma no es el trabuco ni el fusil: es
el terreno; sí, el terreno, porque según la facilidad y la ciencia
prodigiosa con que los guerrilleros se mueven en él, parece que se
modifica a cada paso prestándose a sus maniobras.
Figuraos que el suelo se arma para defenderse de la invasión; que
los cerros, los arroyos, las peñas, los desfiladeros, las grutas son
máquinas mortíferas que salen al encuentro de las tropas regladas,
y suben, bajan, ruedan, caen, aplastan, separan y destrozan. Esas
montañas que se dejaron allá y ahora aparecen aquí; estos barrancos que
multiplican sus vueltas; esas cimas inaccesibles que despiden balas;
esos mil riachuelos, cuya orilla derecha se ha dominado, y luego se
tuerce presentando por la izquierda innumerable gente; esas alturas, en
cuyo costado se destrozó a los guerrilleros, y que luego ofrecen otro
costado donde los guerrilleros destrozan al ejército en marcha: eso, y
nada más que eso, es la lucha de partidas; es decir, el país en armas,
el territorio, la geografía misma batiéndose.
Tres tipos ofrece el caudillaje en España, que son: el guerrillero, el
contrabandista, el ladrón de caminos. El aspecto es el mismo: solo el
sentido moral los diferencia. Cualquiera de esos tipos puede ser uno de
los otros dos sin que lo externo varíe, con tal que un grano de sentido
moral (permítaseme la frase) caiga de más o de menos en la ampolleta
de la conciencia. Las partidas que tan fácilmente se forman en España,
pueden ser el sumo bien o mal execrable. ¿Debemos celebrar esta
especial aptitud de los españoles para congregarse armados y oponer
eficaz resistencia a los ejércitos regulares? ¿Los beneficios de un
día son tales que puedan hacernos olvidar las calamidades de otro día?
Esto no lo diré yo, y menos en este libro, donde me propongo enaltecer
las hazañas de un guerrillero insigne que siempre se condujo movido por
nobles impulsos, y fue desinteresado, generoso, y no tuvo parentela
moral con facciosos, ni matuteros, ni rufianes, aunque sin quererlo y
con fin muy laudable, cual era el limpiar a España de franceses, enseñó
a aquellos el oficio.
Los españoles nacieron para descollar en varias y estimadísimas
aptitudes, por lo cual tenemos tal número de santos, teólogos, poetas,
políticos, pintores; pero con igual idoneidad sobresalen en los tres
tipos que antes he indicado, y que a los ojos de muchos parece que
son uno mismo, según las lamentables semejanzas que la Historia nos
ofrece. Yo traigo a la memoria la lucha con los romanos y la de siete
siglos con los moros, y me figuro qué buenos ratos pasarían unos y
otros en esta tierra, hostigados constantemente por los Empecinados de
antaño. Guerrillero fue Viriato, y guerrilleros los jefes de mesnada,
los adelantados, los condes y señores de la Edad Media. Durante la
monarquía absoluta, las guerras en país extraño llevaron a América,
Italia, Flandes y Alemania a todos nuestros bravos. Pero cesaron
aquellos gloriosos paseos por el mundo, y España volvió a España, donde
se aburría, como el aventurero retirado antes de tiempo a la paz del
fastidioso hogar, o como D. Quijote lleno de bizmas y parches en el
lecho de su casa, y ante la tapiada puerta de su biblioteca sin libros.
Vino Napoleón y despertó todo el mundo. La frase castellana _echarse a
la calle_, es admirable por su exactitud y expresión. España entera se
echó a la calle, o al campo; su corazón guerrero latió con fuerza, y
se ciñó laureles sin fin en la gloriosa frente; pero lo extraño es que
Napoleón, aburrido al fin, se marchó con las manos en la cabeza, y los
españoles, movidos de la pícara afición, continuaron haciendo de las
suyas en diversas formas, y todavía no han vuelto a casa.
La guerra de la Independencia fue la gran academia del desorden. Nadie
le quita su gloria, no, señor: es posible que sin los guerrilleros la
dinastía intrusa se hubiera afianzado en España, por lo menos hasta
la Restauración en Francia. A ellos se debe la permanencia nacional,
el respeto que todavía infunde a los extraños el nombre de España,
y esta seguridad vanagloriosa, pero justa, que durante medio siglo
hemos tenido de que nadie se atreverá a meterse con nosotros. Pero la
guerra de la Independencia, repito, fue la gran escuela del caudillaje,
porque en ella se adiestraron hasta lo sumo los españoles en el arte
para otros incomprensible de improvisar ejércitos y dominar por más
o menos tiempo una comarca; cursaron la ciencia de la insurrección,
y las maravillas de entonces las hemos llorado después con lágrimas
de sangre. ¿Pero a qué tanta sensiblería, señores? Los guerrilleros
constituyen nuestra esencia nacional. Ellos son nuestro cuerpo y
nuestra alma; son el espíritu, el genio, la Historia de España; ellos
son todo, grandeza y miseria, un conjunto informe de cualidades
contrarias, la dignidad dispuesta al heroísmo, la crueldad inclinada al
pillaje.
Al mismo tiempo que daban en tierra con el poder de Napoleón, nos
dejaron esta lepra del caudillaje que nos devora todavía. ¿Pero estáis
definitivamente juzgados ya, oh insignes salteadores de la guerra? ¿Se
ha formado ya vuestra cuenta, oh Empecinado, Porlier, Durán, Amor, Mir,
Francisquete, Merino, Tabuenca, Chaleco, Chambergo, Longa, Palarea,
Lacy, Rovira, Albuín, Clarós, Saornil, Sánchez, Villacampa, Cuevillas,
Aróstegui, Manso, el Fraile, el Abuelo?
No sé si he nombrado a todos los pequeños grandes hombres que entonces
nos salvaron, y que en su breve paso por la Historia dejaron la semilla
de los Misas, Trapense, Bessières, el Pastor, Merino, Ladrón, quienes a
su vez criaron a sus pechos a los Rochapea, Cabrera, Gómez, Gorostidi,
Echevarría, Eraso, Villarreal, padres de los Cucala, Ollo, Santés,
Radica, Valdespina, Samaniego, Tristany, varones coetáneos que también
engendrarán su pequeña prole para lo futuro.