III

El jefe le miraba con asombro, no exento de malicia, como diciendo:

--¿Por dónde nos querrá llevar este condenado?

--Hay que pensar qué dirección tomaremos, Sr. Sardina --dijo el jefe

de Estado Mayor y de la caballería--. Las veredas son nuestra ciencia

militar.

--Creo que no hay lugar a duda --replicó Sardina--. El sendero de Yela

está diciéndonos: «Corred por aquí.»

--No hemos de ir por ahí, sino por aquí --dijo Trijueque

imperiosamente, señalando un cerro bastante elevado que a nuestra

derecha teníamos--. Por aquí, por aquí.

--Hombre de Dios... ¿pero vamos a conquistar el cielo? --exclamó con

displicencia Sardina--. ¿A dónde demonio vamos en esta dirección?

--Por aquí --repitió el cura señalando a la tropa el cerro--. Yo sé lo

que me digo.

--¿En qué se funda usted para creer...?

--Me fundo en lo que me fundo --replicó con impaciencia el atroz cura

guerrillero--. Y no hay más que hablar. Cuando yo lo mando, sabido

tengo por qué. Y a prisita, a prisita, muchachos... hacer poco ruido.

Empezamos a echarnos a pecho la cuestecilla, que era más que regular

para los que marchábamos a pie. En los primeros momentos de la marcha

satisfice mi curiosidad de conocer a los misteriosos personajes, a

quienes oí nombrar por los apodos, pues apodos eran, de Viriato, Cid

Campeador y D. Pelayo, porque los tres iban junto a mí, y al punto

me brindaron, lo mismo que a mi compañero, con su franca amistad. No

eran barbudos personajes de teatro, ni fantasmas de héroes históricos

evocados por la noche y la poesía, sino tres estudiantillos de Alcalá,

que desde el comienzo de la guerra se habían afiliado en la partida.

Conservaban el traje clerical de las aulas, con el sombrerete tripico,

amén de la faja de cuero para el pedreñal y un sable corvo ganado entre

los despojos de cualquier acción desfavorable a los franceses. Eran muy

jóvenes, y uno de ellos casi tierno niño; los tres alegres, animosos,

entusiasmados con aquella vida que para gente de otra casta será

penosa, pero que para españoles ha sido, es y será siempre placentera.

--Yo, señor oficial --me dijo el que llamaban Viriato--. estudiaba en

la Complutense cuando declaramos la guerra a Napoleón. Soy hijo de unos

labradores del Campillo de las Ranas, y vivía en Alcalá, unos días de

limosna, otros de la sopa boba, y otros de lo que mis compañeros me

quisieran dar... En los veranos era el primer corredor de tuna que

se ha conocido desde que el gran Cisneros fundó la Universidad... De

este modo, y aunque no lo parezca, adelantaba mucho en mis estudios,

siendo _nemine discrepante_ en Humanidades e _Instituta_; pero llegó

la guerra, y al oír yo el _quadrupedante putrem sonitu quatit ungula

campum_; al oír tal ruido de trompetas, tal redoble de tambores, tal

relinchar de guerreros caballos, me sentí inflamado en bélico ardor.

Cuando apareció la primera partida, creí volverme loco de entusiasmo;

púseme yo mismo el nombre de Viriato, en memoria del más grande y el

más célebre guerrillero que hemos tenido, y soldado me soy. Esta es

la mejor vida del mundo. Tengo el grado de alférez, y como esto dure

pienso no parar hasta brigadier, renunciando para siempre a los pícaros

estudios, que no traen más que trabajo en la juventud y hambre en la

vejez.

--Brava gente es esta --exclamé--. Pensar que con semejantes hombres

nos han de quitar a nuestro Rey Fernando, es majadería.

--No satisfecho aún --continuó Viriato-- con el nombre que me puse (el

mío verdadero es Aniceto Tortuera), expedí carta de heroísmo a estos

venerables amigos míos, y a ese más pequeño, que apenas levanta cuatro

tercias del suelo, por ser más bravo que un toro le puse Cid Campeador.

Ahí donde usted le ve tan callado y modesto, hijo es del señor Marqués

de Aleas, uno de los señores más ricos de esta tierra; mas con tener

tanta hacienda, prefiere el niño esta áspera vida a los regalos de su

casa, y no se aparta de mí, su amigo y paje en Alcalá. Bien hizo el

señor Marqués en encomendarlo a mi cuidado y dirección durante la paz,

porque pienso devolvérsele en disposición de conquistar a Valencia,

como el otro Cid.

--Mi señor padre --dijo el Cid Campeador con voz y gestos infantiles--

me ha llamado varias veces, enviándome veinte propios para que me

lleven a casa; pero ya le he dicho que estoy aquí defendiendo a la

patria, y que en diez años no me hablen de casas, ni de mamás, ni de

golosinas... A fe que es triste cosa dejar esto, cuando uno va para

alférez, y cuando el mejor día le pueden caer del cielo las insignias

de coronel. Militar quiero ser toda la vida, que no estudiante, ni

legista, ni físico, ni retórico ni matemático.

--De todo ha de haber en el mundo --dijo enfáticamente Viriato--; y

si no, ahí está mi amigo el príncipe de sangre goda D. Pelayo, que es

legista de la partida. Púsele el nombre de Pelayo por lo venerable y

augusto de su persona. ¡Vean ustedes qué majestad en sus movimientos,

qué mirar regio!

Le miramos, y, en efecto, su fisonomía era la del pillete más redomado

y pulido que han dado de sí claustros universitarios, porterías de

convento, mesones y posadas de estudiantes _more tunesca_.

--Es hijo de uno de los bedeles de la Universidad --añadió Viriato--, y

en fuerza de tratar con estudiantes, sabe más leyes que Gregorio Sala,

que el gran Madera y el célebre Montalvo reunidos. Buscaba posada a los

estudiantes nuevos; acompañaba en sus diversiones a los antiguos, y

compraba libros viejos para cambiarlos por sotanas y zapatos. Es grande

amigo nuestro, y cuando llegamos a un lugar donde parece que no hay

nada, él siempre encuentra algo. Señores oficiales, ustedes tendrán

muchísimos buenos amigos en la partida, la cual con todos sus trabajos

y fatigas vale más, mucho más que las siete famosas de D. Alfonso el

Sabio, por lo cual nosotros resolvimos trocar las siete por una sola.

Seguimos departiendo alegremente, y cuando atravesábamos un áspero

monte sentí dentro de las mismas filas, no un estruendo de combate,

no un grito de guerra, no un redoble de tambor ni son bélico de

cornetas, sino unos lastimeros lamentos de criatura de pecho, que con

toda la fuerza de sus débiles pulmoncitos pedía lo que no suelen dar

los ejércitos, sino las amas de cría. Tan inusitados chillidos, que

yo no había oído en ninguna de mis campañas, despertó de tal modo mi

curiosidad, que pregunté el motivo de llevar en la partida tan extraño

apéndice.

No tardé en divisar al Sr. Santurrias, que llevando en brazos una

criatura como de dos años, mal agasajada en un medio refajo amarillo,

procuraba, condolido de su incapacidad para desempeñar las funciones

maternas, acallarla con exhortaciones, promesas y silogismos que

habrían convencido a un doctor de la Iglesia, mas no a un infeliz

huérfano hambriento.

--Este muchacho --me dijo Viriato-- lo encontramos en un caserío

donde entramos una mañana hace dos meses. Los franceses, después de

quemar el lugar, habían matado allí mucha gente: solo quedó vivo ese

caballero que da tales berridos. El Sr. Santurrias le cogió, y le

lleva en brazos cuando va al espionaje, fingiéndose mendigo. Nosotros

le damos sopas de leche y migas de pan; pero él no quiere sino teta

y más teta, porque a pesar de tener dos años no le habían despechado

todavía. Cuando llegamos a un pueblo donde hay alguna mujer criando,

se da buenos hartazgos, y así va viviendo el infeliz. Pasamos el rato

con sus monadas y gracias infantiles, y procuramos despecharle, no sin

trabajo ni malos ratos. Será un buen soldado, ¿qué digo, buen soldado?

será general; sí, señores, general. Le llamamos el _Empecinadillo_.

--Pero condenado, tragón --decía Santurrias al pobrecito personaje

que llevaba en brazos--, ¿no estuviste dos horas en Val de Rebollo,

chupando de la señá Gumersinda?... Pues si ella decía que le sacabas

los tuétanos... Callas, o te estrello.

--Deme acá, deme acá ese Heliogábalo, señor Santurrias --dijo Viriato

alargando los brazos para recoger la carga--. Ven acá, tragaldabas:

no hay teta... Comerá usted rancho, si lo hay, y beberá un cuartillo

de vino... Un general pidiendo teta... Calla hombre, no toques diana

que nos vuelves sordos... Arro, roooo... Ahora llegaremos a un pueblo;

sorprenderemos a los franceses, matando unos cuantos, y por fuerza

habrá allí otra señora Gumersinda que te dé una mamada... Vamos... es

preciso ir dejando esas mañas... Los hombres no maman... Es preciso

comer. ¿Para qué quieres esos dentazos?

Después Viriato, arrullando al niño en sus brazos, le adormeció con

cantares de cuna; y el guerrillero de dos años, metiéndose ambos puños

en la boca para acallar su violento apetito, se durmió. La señá Damiana

Fernández vino a pedirnos municiones.

--Señá Damiana --le dijo Viriato--, cargue usted este mostrenco, que

antes debe ir en sus brazos que en los míos.

--Una doncella no carga chiquillos --repuso con desdén la

guerrillera--; que si entro con él en un pueblo, si a mano viene creerá

la gente que es mío. Hay que guardar la honra, Sr. Viriato.

--¿Qué honra? ¡Ay, honradillo está el tiempo! Mal cosida has dejado la

sotana del Cid Campeador. Damiana, por Dios, carga un rato este becerro.

--Cuando los eche al mundo los cargaré... Cartuchos, señores; un

cartucho por amor de Dios.

--¿El Cid no te los da, pimpolla? Pícaro Cid Campeador... si le cojo...

Estas conversaciones y otras igualmente festivas siguieron adelante;

pero no pude gozar de ellas, porque me adelanté llamado por mosén

Antón. El cura iba caballero en un gran jamelgo, que parecía, por su

gran alzada, hecho de encargo, para que sobre la muchedumbre ecuestre

y pedestre se destacase de un modo imponente la tosca y tremebunda

estampa del jefe de Estado Mayor. Caballo y jinete se asemejaban en

lo deforme y anguloso, y ambos parece que se identificaban el uno

con el otro, formando una especie de monstruo apocalíptico. Los

brazos larguísimos y negros de mosén Antón dictando órdenes desde la

altura de sus hombros; las piernas, ciñendo la estropeada silla, que

echaba fuera el relleno por informes agujeros; la sotana partida en

dos luengos faldones que agitaba el viento, y que en la penumbra de

la noche parecían otros dos brazos u otras dos piernas, añadidas a

las extremidades reales del caballero; el escueto cuello del corcel,

ribeteado por desiguales crines, que le daban el aspecto de una sierra;

su cabeza negra y descomunal, que, moviéndose a compás de las patas,

parecía un martillo hiriendo en visible yunque; el son metálico de las

herraduras medio caídas, que iban chasqueando como piezas próximas a

desprenderse, todo esto, que no se parecía a cosa ninguna vista por mí,

se ha quedado hasta hoy fijamente grabado en mi memoria.

Juan Martín el Empecinado · 第 6 / 37 题