Cuando Marta entró en la sala, vaciló un instante, pero luego, armándose
de valor, golpeó suavemente a la puerta de la pieza.
--Entrad--respondió una voz en tono seco.
La señora de Bruinsteen estaba sentada en un sillón. Sus ojos inflamados
parecían lanzar relámpagos; tenía, sin embargo, una sonrisa en los
labios, una expresión de alegría sarcástica y triunfante. Estaba
contenta porque un acontecimiento inesperado había entregado indefensa a
sus manos a aquella mujer a quien odiaba. Al entrar la viuda murmuró
algunas palabras de disculpa; pero la condesa no le dejó tiempo para
hablar claramente y exclamó en tono irónico:
--¡Ah, ah! ¿Estáis aquí? Vamos a ver, hipócrita, cobarde, ¿cuánto dinero
os ha dado Federico para traicionarme? ¡Hasta dónde puede llegar la
falsedad! La señora es modesta, instruída, reservada; hay que medir las
palabras con ella, ¡es tan sensible!... ¡Y esta miserable ladrona vende
el honor de mi casa, por dinero! ¡Sí, sí! Atreveos a disculparos; sois
una desvergonzada; pero vos misma habéis caído en vuestra celada. Nada
puede salvaros, se acabó. Si no me contuviera os patearía como a una
víbora; pero quiero contenerme; tengo curiosidad por ver qué medios
ridículos vais a emplear para eludir el castigo de vuestra baja
debilidad. Hablad, sed breve; porque todo es inútil; dentro de pocos
minutos vuestra suerte se habrá fijado.
Marta unió las manos y dijo con voz suplicante, mientras las lágrimas
corrían por sus mejillas:
--¡Ah, señora! comprendo vuestra justa cólera, pero dejadme explicaros
cómo sucedió esa desgracia. Quizá veais en mis palabras una razón para
no ser inexorable con vuestra pobre e inocente sirvienta...
--No os andéis con tantas vueltas, os digo.
--Yo llevé con vuestro permiso a la señorita a casa del guarda. Catalina
estaba en el jardín; hice sentar a Elena en una glorieta y entré en la
casa con mi amiga, para que la señorita no oyera nuestra conversación.
Entonces el señor de Bergmans se deslizó al jardín por una abertura de
la cerca y habló con la señorita.
--¿Y vos no sabíais que debía ir allí? ¿Y os imagináis que me vais a
hacer creer eso?--exclamó la condesa.
--Creedme, señora; yo ignoraba por completo su presencia en Orsdael.
--¡Vamos, vamos! Me expresáis el deseo de ir a casa del guarda; sois
bastante astuta para elegir la hora de vuestro paseo habitual para
arrancarme el permiso; colocáis a Elena en el jardín para que pueda
hablar con entera libertad con su cobarde adorador; éste acude allí...
¿Y todo este juego, hábilmente combinado, resulta ser ahora una mera
casualidad? ¡Debéis tener una opinión muy triste de mí si esperáis
engañarme con esas niñerías!
--¡Soy inocente, señora, os lo juro!
La condesa se echó a reír.
--¡Un juramento!--exclamó la condesa--. ¿Qué significa eso en los labios
de una infidente descarada? ¿No os di orden de que no perdierais un solo
instante de vista a Elena?
--En efecto, señora, en eso falté a vuestras órdenes. Me arrepiento
sinceramente de ello; ésa es la única falta que tengo que reprocharme; y
por eso es que imploro vuestro perdón.
--¡Perdón! ahora veremos. ¿Permaneció mucho tiempo Federico con Elena?
--Dos o tres minutos, señora.
--Tanto tiempo, ¿y qué le dijo?
--No lo sé, señora.
--¿Y ella no os llamó?
--Creo que sí, señora, pero yo no la oí.
--¡Hipócrita, no le oisteis y estabais a diez pasos de distancia! Os
habéis arreglado con la loca para engañarme. Aunque finjáis estar triste
y asustada, interiormente, ¿verdad?, estáis contenta. El dinero que
Federico os ha dado o prometido, os indemnizará de los resultados de
vuestra vil traición. Marchaos, salid del castillo, y esperad delante de
la puerta vuestros bagajes. Suplicad y rogad cuanto queráis; no
volveréis a poner los pies en el castillo.
--Oh, señora, no seáis inexorable conmigo!--exclamó Marta trémula de
emoción--, me despedís de aquí. ¿Adónde iré? Tened compasión de una
pobre viuda. ¿Me acusáis de deslealtad? ¿Creéis que he consentido por
dinero en exponerme a vuestra justa cólera? ¡Ah! ¡si supierais que daría
la mitad de mi vida por seguir a vuestro servicio!
La condesa pareció no escucharla y se puso de pie animada por un nuevo
furor.
--En cuanto a la estúpida loca--exclamó--, en seguida tendrá su
merecido. Voy a tratar de que no olvide este día; para que no se le
vuelva a ocurrir el deseo de ver a mi enemigo. Sí; quiero que en
adelante tiemble y tenga miedo al sólo oír pronunciar su nombre.
Estas palabras le arrancaron a Marta un grito de desesperación. Se echó
a los pies de la condesa, abrazó sus rodillas y recurrió a las más
ardientes súplicas, para mitigar su cólera; pero la señora de
Bruinsteen, que la miraba con triunfante ironía, se alejó y la rechazó
duramente, mientras le indicaba la puerta, diciendo:
--¡Idos, idos de aquí! No os perdonaré. Durante demasiado tiempo os
entendisteis con el intendente para desafiarme y burlaros de mí. Ahora
estáis perdida. El mismo Mathys, si estuviera aquí, os echaría, del
castillo. Marchaos, basta de cobardías inútiles, basta de mentiras;
marchaos os digo. ¿Vais a obligarme a llamar a mis sirvientes para verme
libre de vuestras súplicas hipócritas?
Pero la viuda siguió arrastrándose a sus pies y balbuceando todas las
súplicas que la desesperación más profunda podía sugerirle. Estas
palabras sólo sirvieron para aumentar la cólera y la indignación de la
condesa.
--¿Cómo?--exclamó--, ¿os he entendido bien? ¿Perdón? ¿Pedís perdón para
la loca? ¿Entonces le tenéis cariño? ¿Os asusta la idea de que reciba el
justo castigo de su maldad?
--¡Oh! ¡No, no, señora! Os pido perdón para mí.
--Acabaréis de una vez--gritó la señora de Bruinsteen--. Ya habéis dicho
vuestra última palabra en Orsdael. Vamos, ¿queréis marcharos? ¿sí o no?
Y como Marta siguiera de rodillas y llorara tendiéndole los brazos, se
puso de pie violentamente, la empujó rabiosa y le dió como adiós un
golpe tan violento, que la pobre Marta se golpeó contra la pared y
permaneció un instante aturdida.
La puerta de la pieza volvió a abrirse, y una cruel amenaza le devolvió
a la viuda la conciencia de su posición.
--Vamos--gritó la condesa--, ¿estáis empeñada en que os eche a la calle?
Marta caminó hacia la puerta y salió de la casa vacilante, aniquilada,
deshecha y casi sin ideas. Se imaginaba la escena de violencias y
crueles tormentos que Elena iba a sufrir, y su imaginación estaba tan
impresionada por aquel doloroso espectáculo, que permaneció inmóvil y
como petrificada delante del castillo:
Una voz que pronunciaba su nombre le hizo alzar la cabeza y le arrancó
un grito de alegría. Tendió las manos hacia el intendente, que acudía
hacia ella dando muestras de impaciencia y de cólera.
--Ya sé lo que ha pasado--exclamó--. Catalina me lo ha contado todo.
Pero, ¿qué ha dicho la condesa? ¿Estáis llorando? ¿Os ha maltratado?
--Cruelmente maltratado, señor. Me ha echado, señor; no puedo subir
siquiera a buscar mi ropa.
--Está loca, Marta; ¿acaso tenéis la culpa de que ese bribón de Federico
haya tenido la idea de reaparecer de repente? Vamos, vamos, reíos de la
injusticia de la condesa y volved a vuestro cuarto.
--No me atrevo--dijo la viuda con verdadero miedo--; me haría echar a la
calle por los sirvientes.
Mathys la tomó la mano y la arrastró, diciendo con gran agitación:
--¿Echaros a la calle? Quisiera ver que os tocara con un dedo solamente.
Se aferra a ese pretexto para echaros. No es de vos de quien se venga,
es de mí. Sabe que me hiere al maltrataros; pero ahora veremos cómo van
a andar las cosas. No tembléis, aunque estuviera cien veces irritada,
cedería, y se volvería mansa como un cordero. No sólo le impondré que en
adelante os deje en paz y os respete, sino que le declararé a la vez que
os he elegido por mujer y que pronto seréis mi esposa.
--No, Mathys, no hagáis eso; su furor no reconocería límites--exclamó la
viuda.
--Ya lo sé; pero, aunque se volviera loca furiosa, poseo los medios de
desarmarla. No tengáis temor; si yo se lo exijo, os pedirá perdón por su
brutalidad.
--No, no la humilléis, emplead la, persuasión; limitaos a demostrarle mi
inocencia, para que me perdone mi descuido de un instante.
--Eso corre de mi cuenta, Marta; yo también tengo que vengarme.
Permaneced aquí y tened valor; no saldréis de Orsdael.
El intendente entró y cerró la puerta. Momentos después Marta oyó los
ecos de una voz irritada, y apenas hubo dicho algunas palabras la voz
más agria aun de la condesa se mezcló a sus amenazas; ora era un rumor
sordo; ora era una tempestad que iba siempre creciendo; hubo momentos en
que hasta el piso temblaba al choque de violentas patadas.
Marta estaba de pie y toda trémula en la escalera; con la mirada fija en
la puerta, escuchando aquella disputa, de la que podía depender su
felicidad y la de su hija. Por mucha atención que pusiera no podía
entender una palabra; el ruido de las voces amortiguado por la pesada
puerta, sólo le llegaba de un modo indistinto y confuso.
El altercado duraba desde hacía largo rato, sin que la señora de
Bruinsteen ni Mathys perdieran terreno, ni parecieran rendirse. La voz
del intendente había llegado poco a poco al diapasón más elevado, y sin
duda la obstinación de la condesa lo llenaba de furor, porque llegó a
gritar tan fuerte que la viuda creyó distinguir algunas de sus amenazas.
Las palabras de «madre falsa, ladrona de herencias» llegaron a sus oídos
y la hicieron estremecer. Sus enemigos estaban hablando del secreto cuyo
conocimiento ella perseguía al precio de las más sangrientas
humillaciones y los más crueles sufrimientos.
Impresionada hasta el punto de que casi le faltaban las fuerzas, apoyó
la mano en la pared y se deslizó hasta la puerta. Su corazón latía
violentamente y poco faltaba para que la angustia la venciera.
La voz del intendente seguía gritando con la misma violencia; pero la
condesa hablaba al mismo tiempo que él, y Marta sólo pudo oír sonidos
mezclados y confusos, y palabras sin ningún sentido. Creyó entender, sin
embargo, que hablaban de Elena, del viejo conde y de su herencia.
Temblando de impaciencia y de esperanza, apoyó el oído a la puerta; pero
su esperanza quedó frustrada porque las voces parecieron calmarse y se
debilitaron...
De pronto, como si la condesa le hubiera inferido una injuria
sangrienta, el intendente le replicó con nuevo furor. La viuda se
inclinó y pegó el oído contra el agujero de la cerradura. En esa actitud
oía casi todo lo que decía Mathys.
--¡Ja, ja!--gritaba burlonamente--. ¿Conque también me echaréis a mí?
Está bien, os conozco desde hace tiempo, señora, he tomado mis
precauciones a tiempo. Habéis sido lo bastante tonta para darme un
escrito de vuestro puño y letra. Este documento es una espada suspendida
sobre vuestra cabeza. Me obedeceréis, me obedeceréis os digo... o si no,
la miseria, la ruina, la cárcel os espera. Yo fuí vuestro cómplice,
vuestro instrumento, pero para vengarme...
Marta, mediante un esfuerzo nervioso, concentró todas las fuerzas de su
alma en el oído; suspendió la respiración; el secreto que hubiera pagado
con su vida iba probablemente a serle revelado.
Pero tuvo que erguirse y retroceder lanzando un grito sofocado. La vieja
cocinera bajaba la escalera y se le acercaba sonriendo.
Mariana había visto que el aya tenía el oído pegado a la puerta.
--¿Qué está pasando ahí dentro, Marta, para que lo estéis oyendo con
tanta inquietud? ¿Hablan de vos?
--Sí, sí, de mí--murmuró la viuda.
--No quiero molestaros con mi presencia; dentro de un rato me diréis lo
que haya pasado, ¿verdad?
La viuda aplicó de nuevo el oído a la cerradura; pero la pelea se había
calmado sensiblemente y las voces sólo zumbaban confusas en una
conversación común. Después de haber escuchado largo rato e inútilmente,
Marta exhaló un doloroso suspiro y se alejó de la puerta. Tenía los ojos
llenos de lágrimas; pero consiguió dominar su dolor, al ver que la
cocinera estaba todavía en la escalera.
--¿Y qué es lo que han dicho de vos? ¿Os despiden o podéis quedaros?
--- Me echan--balbuceó Marta temblando de emoción y sin entender casi lo
que la cocinera le preguntaba.
--Despedida y sin remedio, ¿no queda ninguna esperanza? Es una
desgracia, Marta, y os compadezco sinceramente. La señorita me contó
cómo pasaron las cosas. Vos no tenéis la culpa.
--¿La señorita?--preguntó Marta--. ¿Cómo se siente? Está muy afligida,
¿verdad?
--¡Pobre criatura loca! Es cosa de llorar de lástima, aunque se tenga el
corazón de piedra.
--Teme que la maltraten, ¿no es cierto?
--No, no; otra persona pensaría en ello; ¡pero una pobre loca! ¿Creéis
que no piensa en ella? Todo lo que grita es: «Marta, Marta», y sólo la
preocupa el que vos tengáis que sufrir las consecuencias de su
imprudencia. Es singular; no os demostraba, sin embargo, mucho cariño;
hasta creía que os odiaba, y sin embargo, en el momento de perderos,
demuestra por vos un cariño extraordinario. Su cabeza está perdida; no
sabe lo que dice ni lo que hace.
Se abrió la puerta de la sala y apareció el intendente en el corredor;
estaba colorado, y tenía los ojos rojos de cólera. La presencia de
Mariana pareció molestarle, e hizo un gesto imperioso para alejarla;
pero cambió de idea, le tomó a la cocinera las dos llaves que tenía en
la mano y le dijo a Marta, dirigiéndose a la escalera:
--Seguidme, Marta.
La viuda obedeció. La condujo a su propio cuarto, la hizo sentar cerca
de la mesa, y le dijo:
--Aquí tenéis vuestras llaves, Marta. El asunto está arreglado; pero no
fué sin trabajo; he tenido que emplear los medios más enérgicos para
vencerla; podéis quedaros en Orsdael y no tenéis nada que temer.
--¡Me ha perdonado!--exclamó el aya.
--Una mujer como la condesa no perdona jamás.
--Pero, con todo, ¿puedo quedarme?
--Eso no era lo difícil; la señora de Bruinsteen consintió en ello sin
mayor resistencia; pero cuando le dije que ibais a ser mi mujer casi le
dió de rabia un ataque de apoplejía... ¿Esto os sorprende, Marta? Se
diría ¿verdad? que está celosa porque yo distingo a otra mujer. Nada de
eso; me odia, pero tiene necesidad de mí, y me teme. Si yo quisiera
podría hacerle mucho daño y hasta arruinarla por completo. Por eso
querría tenerme bajo su dependencia; pero se acabó, estoy cansado de
esta existencia.
--¿Qué terribles secretos hay entonces entre vos y la condesa?--dijo
Marta con terror fingido--. Quizá la señora condesa ha cometido alguna
falta y vos la sabéis...
--No me preguntéis nada de eso--replicó Mathys--. El día de nuestro
casamiento lo sabréis todo. Antes no me arrancaréis una palabra. Vos
misma reconoceréis que este silencio era una plausible prudencia.
Hablemos ahora de asuntos serios. La escena que acaba de producirse
entre la condesa y yo, no nos permite esperar largo tiempo. Debemos
apurar cuanto se pueda nuestro casamiento. La maldad de la señora
Bruinsteen hallará todavía medio de romperlo. Esta misma noche
escribiréis las cartas para que os manden los papeles necesarios de
Bruselas, y si tenéis tanta prisa como yo, nos casaremos dentro de seis
semanas.
La viuda parecía que ya no le oía y dirigía la mirada con atención
particular al fondo del cuarto. Había un escritorio de caoba entre unos
bonitos muebles y sillones de terciopelo. Había también cuatro cuadros
con marcos dorados. Pero el objeto en que Marta fijaba los ojos, era un
cofre con fuertes herrajes que estaba al pie del pupitre.
--¿Estáis distraída, Marta?--observó el intendente--. Decidme, querida
amiga, ¿escribiréis esta tarde para que os manden de Bruselas los
papeles necesarios? ¿Haréis lo posible, a fin de que no perdamos un
instante en celebrar nuestro casamiento?
--Sí, sí--replicó la viuda cuya mirada se encontraba irresistiblemente
atraída por el cofre de hierro.
--¿Estáis mirando mis muebles?--preguntó alegremente el intendente--.
Sí, Marta, no tendremos que comprar muchos para instalar nuestra casa.
Todo lo que veis aquí me pertenece. Un buen escritorio, magníficos
sillones, ¿no es cierto?
Marta trató de sonreír y preguntó con fingido buen humor:
--Me imagino que este cofre será el mueble principal de la casa. ¿Es sin
duda en el que guardáis las economías?
--Sin duda, y también papeles.
--¿Papeles? ¿Papeles preciosos?
--¡Con qué expresión me preguntáis eso, Marta!--dijo Mathys vacilante--.
¿Podéis imaginaros que en un cofre así, no se guarda todo lo que uno
quiere conservar?
--En efecto, no hay nada que excite tanto la curiosidad de una mujer
como una caja de hierro que parece encerrar cosas misteriosas. Dentro de
algunas semanas seré vuestra esposa. Sed, pues, bueno, y decidme de
antemano qué encierra ese cofre.
--Vamos, loca, estáis bromeando. ¿Qué puede haber en él? Un poco de
dinero y títulos de deudas públicas; porque ya os imaginaréis que no
soy tan estúpido como para guardar mi dinero sin que produzca. Cuando
volvamos de la iglesia, ya marido y mujer, os entregaré las llaves del
cofre y de los armarios. Hasta entonces, querida, tendréis que dominar
vuestra ansiedad, porque todo permanecerá bien cerrado. Vamos, dejad a
un lado esos caprichos. Escuchadme, Marta: una vez casados podremos
seguir viviendo en el castillo, si no preferís tener una casa vuestra;
podéis escoger. Aquí se pueden conseguir muchos provechos, se puede
vivir sin gastos y redondear tranquilamente la fortuna.
--Preferiría seguir en Orsdael--dijo Marta que pensaba en su hija.
--Eso me agrada--replicó el intendente--; tanto más cuanto no seréis más
sirvienta ni aya, y no tendréis que servir a nadie.
--Y la señorita, ¿quién la cuidará?
--Ya se ha pensado en eso, Marta. Dentro de pocos días estará lejos del
castillo, y tengo razones para creer que no volverá nunca a él.
--¿Cómo es eso? ¿Qué queréis decir?--balbuceó la viuda presa de una
súbita ansiedad.
--Es cosa resuelta; la señorita entrará en un convento.
--¿En un convento? ¿En un convento de religiosas?
--Naturalmente. Parece que eso os agita violentamente. ¿Os imagináis
quizá que cuando Elena no esté aquí, la condesa podrá despediros, no
necesitando ya vuestros servicios?
--Sí, Mathys, en efecto; esa noticia me hace temblar.
--Estáis en un error. Esta decisión ha sido tomada a instancias mías,
para hacer desaparecer toda causa de desavenencias y discordias, y para
estar seguros de tener una vida agradable.
--Pero, ¿a qué convento la mandarán?
--Lo ignoro aún, la condesa se encargará de buscarlo.
--¿Queréis hacer una monja de Elena? Sin embargo, eso es imposible. ¡Una
loca!
--No; estará allí como pupila mientras se resuelva otra cosa... Oigo
regañar a la condesa; está descargando su cólera sobre los sirvientes.
Voy a tratar de calmarla, ahora que ha consentido en todo. Así que sepa
algo nuevo, vendré a decíroslo. Id a vuestro cuarto, Marta, y tratad de
descansar de vuestras emociones.
--¡Oh! ¡No me atrevo!
--¿Por qué? ¿Qué teméis?
--A la condesa. Irá allí y me castigará.
--No, se lo he prohibido. Me ha prometido que no hablará de lo que ha
jurado. Si os dice, sin embargo, alguna frase desagradable, haced como
si no la oyerais; pero no creáis que llegue hasta maltrataros.
--Vendrá a verme, sin embargo. ¡Ah! Tiemblo ante la sola idea de
encontrarme con ella.
--¿Y por qué ha de ir?
--Para retar y castigar a la señorita.
--Es cierto, pero eso, ¿qué os importa? Dejad que le aplique a la loca
el castigo que merece su falsedad. Si tuviera tiempo, me parece que le
haría sentir a esa tonta que no tiene derecho a reírse de nosotros.
--Pero comprended, Mathys; yo estaré junto a ella, y la condesa en su
enojo se exaltará tanto contra mí como contra ella. Estoy cansada de
estas escenas odiosas; si tengo que seguir soportándolas, prefiero huir
de Orsdael.
--¡Oh! ¿Qué significa esto ahora?--murmuró el intendente descontento--.
Al fin y al cabo yo no le puedo impedir a la señora de Bruinsteen que se
acerque a su hija.
Marta le tomó las manos y le dijo con extremada suavidad, mirándolo con
aire de cariño:
--Mathys, buen Mathys, todo lo podéis obtener de la condesa. Dadme una
nueva prueba de vuestro afecto. Exigidle la promesa de que no vaya a ver
a la señorita al menos hasta dentro de tres o cuatro días. De esta
manera evitaré el peligro de ser maltratada e injuriada por ella.
¡Mathys, sed complaciente, libradme de esta inquietud, os lo ruego!
El intendente, conmovido por su mirada y por su acento, inclinó un
momento la cabeza, y murmuró sonriendo:
--¡Qué hechicera sois! Hacéis de mí lo que queréis. Vamos, quedad
tranquila, haré lo que deseáis.
--¿La condesa no irá a ver a la señorita?
--Hasta dentro de tres días.
--¡Oh, gracias, gracias!
Mathys se levantó y salió del cuarto. En la puerta se detuvo y le dijo a
la sirvienta que lo había seguido:
--Quedaos en paz, Marta; así que estéis más tranquila, escribid las
cartas para pedir vuestros papeles. Ya sabéis lo que necesitáis; os lo
he dicho ya. Consolaos de vuestras desgracias. Nuestro casamiento os
hará olvidar vuestras penas. Estad segura de que seremos felices.
La viuda lo miró alejarse para estar segura de que no retrocedería, y
así que hubo bajado la escalera comprimió un grito de alegría y corrió a
su cuarto.
Antes de que hubiese llegado a la puerta, sus labios murmuraron
alegremente:
--¡Elena, Elena, hija mía, mi querida niña! ¡Me quedo, me quedo! ¡No me
separaré de ti mientras viva!