La señorita de Bruinsteen estaba sentada delante de una mesa y copiaba
pasajes de un libro. Por grande que fuera la atención que pusiera en su
trabajo, de cuando en cuando volvía la cabeza para dirigir una triste
sonrisa a su aya, que, sentada junto a la pared y con los ojos
entornados, parecía sumida en sombríos pensamientos.
Un silencio completo reinaba en el cuarto; los rayos del sol oblicuos y
su débil claridad anunciaban el declinar del día.
Marta estaba triste e inquieta. No le había dicho todavía a Elena que
habían resuelto mandarla al convento. Tenía miedo de desgarrarle el
corazón con aquella triste noticia. Por otra parte, tenía la esperanza
de que con ayuda de Mathys conseguiría parar el golpe fatal que las
amenazaba a las dos. En realidad, el intendente, que no comprendía por
qué Marta deseaba impedir la partida de la joven, había rechazado sus
tentativas como absurdas; pero todavía podía contar con algunos días, y
creía que conseguiría convencer a Mathys, sin traicionar los motivos que
la inspiraban. Por desgracia, el intendente había salido muy temprano
aquel día del castillo; había salido en el coche grande y sólo volvería
muy tarde. ¿Por qué no le había hablado Mathys de aquel viaje? ¿Qué le
ocultaba? Al hacer esta reflexión, se puso pálida y empezó a temblar,
porque una sospecha terrible acababa de cruzarle el espíritu. El
convento... ¿Sería una casa de sanidad? ¡Horror! ¡Su hija encerrada
entre criaturas dementes y condenada a encierro perpetuo! Después,
Marta rechazó esta idea y pasó a suposiciones menos atroces. Las
palabras de Mathys le habían hecho pensar que se dejaba llevar por
suposiciones mal fundadas. Y vacilando así entre una débil esperanza y
una angustiosa ansiedad, la pobre Marta alzaba los ojos al cielo y se
dolía de la suerte que la amenazaba tan cruelmente, en el momento mismo
en que estaba cerca de descubrir el secreto de sus enemigos.
Elena volvió la cabeza hacia ella y exhaló un suspiro de compasión; no
se atrevía a hablarle porque Marta le había rogado que terminara
silenciosamente su trabajo. Sin embargo, un momento después había
terminado su tarea; se levantó, se acercó al aya, le mostró el escrito,
y dijo:
--Mirad, querida Marta, he terminado.
--Está muy bien, querida--dijo el aya echando una distraída mirada al
papel--. Ya escribes mejor; tu aplicación supera mis esperanzas.
La joven acercó una silla, tomó la mano de la viuda, y le dijo en tono
suplicante:
--Marta, estáis disgustada, ¿verdad? ¡Oh! ¿por qué no podré rescatar mi
fatal desobediencia? Sufrís por culpa mía, vos que sois la bondad y el
cariño mismos. Es como si me traspasaran el corazón a puñaladas.
Consolaos, Marta, eso no volverá a suceder jamás; si alguna vez Federico
llega a aproximarse, pediré auxilio y escaparé al instante. Hasta me
empeñaré en olvidarlo por completo.
--No, no; te equivocas, mi querida Elena; ése no es el motivo de mi
melancolía--respondió Marta.
--No me atrevo a preguntaros ese motivo porque no os gusta que se os
interrogue. Pero, ¡me dais pena, Marta! Lo conozco bien en vuestra
fisonomía; tenéis pena y tenéis miedo. Podéis quedaros a mi lado, sin
embargo; mi madre nos ha perdonado a las dos, según decís. Esta
felicidad inesperada, debiera alegraros; sin embargo, estáis pálida, y
vuestra mirada está obscurecida por pensamientos inquietos. Vamos,
vamos, quiero que mis besos os hagan sonreír.
Le dió un beso a Marta y la aproximó con fuerza contra su corazón,
mientras que aquélla se entregaba pacientemente a las caricias de la
niña, retribuyéndolas y tratando de sonreír. Permanecieron luego mudas y
mirándose con expresión afectuosa, hasta que un ligero golpe en la
puerta las vino a turbar en la expansión de su mutuo afecto.
Marta se apresuró a ver quién era la que llamaba a la puerta, y
volviéndose inmediatamente a la joven, le dijo:
--Elena, es Mariana, la cocinera; tu madre me ordena que baje en seguida
contigo.
--¿Mi madre nos llama?--exclamó la joven--. Dios mío, ¿qué irá a
suceder?
La viuda no estaba menos asustada, pero se dominó, y dijo con aparente
tranquilidad:
--¿Por qué palideces, pobrecilla? Yo voy contigo. No temas nada, no me
apartaré de ti.
--¡Ay! no es por mí por quien tiemblo, querida Marta; es por vos que
sufro tanto sin ser culpable. Mi madre puede castigarme cruelmente. Eso
no es nada; pero, ¿y si se le ocurriera castigar mi falta en vos, en mi
presencia?
--No, no; te estás agitando por un vano temor. Vamos, no podemos hacer
esperar a tu madre. Ten calma y sígueme.
Marta bajó con la joven, y abrió la puerta de la sala. Un suspiro
ahogado se le escapó. Vió sentado al lado de la condesa a un hombre
vestido de negro, de una fisonomía fría y sonriente, cuya mirada le heló
la sangre en las venas.
--Está bien--dijo con sequedad la condesa--. Dejad a la señorita con
nosotros, cerrad la puerta, idos arriba y esperad allí mis órdenes...
¿No me comprendéis?
La viuda salió de la pieza, pero permaneció en el corredor. Sus piernas
se negaban a alejarse de un sitio en que sin duda iba a decidirse la
suerte de su hija y a pronunciarse una sentencia irrevocable. Un ruido
en la cerradura le hizo temer que la condesa fuera a sorprenderla. Subió
rápidamente la escalera y fué a refugiarse a su cuarto, donde se dejó
caer sobre una silla, y escondió la cabeza entre las manos.
¿Quién era ese hombre vestido de negro? Probablemente un médico. ¿Qué
iba a hacer a Orsdael, donde nadie estaba enfermo? ¿Por qué tenía que
quedar solo con Elena? ¡La casa de sanidad! En efecto, la desgraciada
madre lo sabía desde hacía tiempo; las leyes que protegen la libertad
personal, no velan con la vigilancia necesaria la puerta del abismo, que
se llama la casa de sanidad. La declaración de un solo médico basta para
condenar a reclusión perpetua; y una vez encerrada la pobre víctima en
esa tumba muda, ¿quién reconocería la fatal equivocación en un lugar tan
atroz y tan extraordinario que hasta los gestos y las palabras de las
personas razonables toman apariencias de locura? La viuda quedó como
aplastada bajo el peso de tales pensamientos, hasta que el repiqueteo de
la campanilla le dió la orden de bajar. Al pie de la escalera, vió que
el visitante subía a un coche.
Cuando hubo abierto la puerta de la sala, la condesa le dijo con un tono
y una expresión en que estallaba la alegría:
--Marta, acompañad a la señorita a su cuarto; cerrad cuidadosamente las
puertas y volved pronto; tengo que hablaros de un asunto importante.
Elena lloraba y temblaba; parecía estar muy asustada; comenzaba a
explicarse la causa de aquel miedo, cuando Marta le hizo comprender con
una mirada imperiosa que debía reservar aquella confidencia para cuando
estuviesen solas. Cuando llegaron al cuarto de Elena, Marta cerró las
puertas y preguntó:
--¿Qué es lo que te ha sucedido, querida niña? Habla pronto, que tu
madre me espera.
--¡Ay de mí! ¡Me mandan a un convento, lejos de aquí!--dijo sollozando
la joven--. Huir de mi prisión, salir de Orsdael, sería un cielo; pero
separarme de vos, Marta, me matará; ¡no puedo vivir sin vos!
--Ten valor y consuélate--dijo Marta sofocando su propia emoción--. En
cualquier parte que estés, yo estaré siempre a tu lado. ¿Qué hizo y qué
dijo el desconocido? Es preciso que yo lo sepa; pero apúrate, apúrate,
que ya empieza a repicar la campanilla.
--El señor desconocido me tomó la mano; fijó largo rato sus ojos
penetrantes en los míos, como si quisiera indagar con su mirada el fondo
de mi alma. Mi corazón latía violentamente, mi espíritu se extraviaba,
una nube me empañaba la vista.
--Pero, ¿qué te preguntó?
--Una porción de cosas extrañas e incomprensibles; en qué pienso, en qué
sueño, si me agradaría jugar con otras señoritas o si me agradaría
entrar en un convento para hacerme religiosa...
--Y tú, ¿qué le respondiste?
--No recuerdo, balbucí. Su mirada fija y profunda me quitaba toda
conciencia de mí misma.
--Debieron sorprenderle mucho tus respuestas, ¿no es cierto?
--No, parecía muy satisfecho y meneaba la cabeza con aire aprobador;
después se dirigió a la mesa y escribió algo sobre un gran papel.
--¡Oh Dios mío!--exclamó Marta, levantando las manos al cielo.
Elena la miró temblando; pero la viuda evitó la explicación, diciéndole,
mientras se iba del cuarto:
--No temas, querida. Hay secretos que un día conocerás. Por ahora no
tienes nada que temer. Vuelvo dentro de un momento.
--Sentaos, Marta--le dijo la condesa cuando ella hubo entrado a la
sala--. Tengo muchos motivos para estar enojada con vos; pero quiero
olvidar el pasado, sobre todo ahora que la única causa de mi cólera y
dolor va a alejarse de Orsdael. Lo que voy a deciros os alegrará a vos
también; es para vos como para mí una noticia feliz. Elena entra mañana
en un convento, de manera que os veréis libre de su guarda, y podréis
pasearos todo el día y hacer lo que queráis... ¿Por qué parecéis
disgustada? yo creí que os iba a causar gran alegría.
Marta comprendía muy bien que debía fingir una gran satisfacción. Trató
de sonreír a la vez que balbucía un agradecimiento; pero, a pesar de sus
esfuerzos, podía leerse en su fisonomía una inquietud cruel.
--Me imagino que teméis perder vuestro empleo después de la partida de
Elena; estáis equivocada, Marta; he convenido con Mathys que
permaneceréis en Orsdael hasta vuestro casamiento, y aun después, si así
lo queréis. Me agradaría mucho que hicierais esto último. Una vez que
Elena no esté ante mi vista, y encerrada en un sitio seguro, yo no
estaré ni apenada ni colérica. Me haréis compañía, y yo haré cuanto me
sea posible para haceros agradable vuestra permanencia en mi castillo.
Mi lenguaje os sorprende, ¿verdad? ¿No acostumbro a hablar tan
amistosamente? Es que hoy me sucede una felicidad por la cual suspiraba
desde hace mucho tiempo, como por la libertad de la esclavitud más dura.
La loca era para mí una fuente de dolor y un peso tan penoso como el
grillete de un presidiario. Me veo libre de esa cadena y respiro por vez
primera a mi placer. La alegría vuelve bueno y amable.
Marta había tenido el tiempo necesario para recuperar su propio dominio.
Mientras la condesa hablaba, murmuró sonriendo algunas palabras de
asentimiento, y se había armado de valor para averiguar lo que deseaba
saber.
--¡Qué buena sois, señora!--dijo--. Entonces, ¿puedo quedar en Orsdael?
¿Sois tan generosa que me hagáis este favor? ¿Y no tendré que guardar
más a la señorita? ¡Oh, cuánto os agradezco que me libréis de ese penoso
servicio! Pero, ¿y si Elena no quiere seguir en el convento y vuelve
aquí?... Es obcecada y no es posible tenerla siempre encerrada.
--No, no volverá--exclamó alegremente la condesa--. Va a entrar a un
lugar del que no se sale nunca.
--Yo no me fiaría--dijo malignamente la viuda--. El señor de Bergams
sabrá adónde está y le proporcionará los medios de salir del convento.
--¡Bah! Federico no lo sabrá; no lo sabremos más que yo y el intendente;
en el sitio a que va las ventanas tienen estrechas rejas de hierro, por
donde no se podría escapar ni un gato. ¡Ja! ¡Ja! ¿Por qué ocultaros lo
que va a complaceros tanto como a mí? Escuchad; os lo voy a decir en
confianza; pero no lo digáis a nadie, porque es preciso que todos crean
realmente que Elena va a entrar a un convento para hacerse religiosa. De
este modo se hablará menos de su desaparición.
--¡Cómo! ¿No va a entrar a un convento?
--Sí, va a entrar a un convento porque es una casa habitada y dirigida
por religiosas.
La señora de Bruinsteen inclinó la cabeza sobre el hombro de la viuda y
murmuró algo al oído:
--¿Vió usted a ese señor que estuvo aquí? Un señor que vino para juzgar
la razón y la inteligencia de mi hija. Las cosas pasaron muy felizmente;
Elena se mostró mucho más estúpida y loca de lo que realmente es; en
seguida me firmó una declaración en que afirma que su cerebro se halla
desequilibrado... y... ya os imaginaréis lo demás.
--¿El qué? ¿el qué, señora?... No comprendo--balbuceó Marta casi
desfallecida.
--Es fácil de comprender, sin embargo: Elena va a entrar en una casa de
sanidad.
Un grito penetrante se le escapó a la pobre viuda; pero se dominó en
seguida y estalló en una carcajada.
--¿Y ese grito?--murmuró la condesa estupefacta.
--Es de alegría, señora, de alegría--dijo Marta--. Ahora me podré casar,
vos seréis libre y feliz, estaréis libre de todo pesar. ¡Ah, qué
satisfecha estoy! Menos por mí que por vos, que sois mi buena y generosa
señora.
Engañada por estas halagadoras palabras, la condesa exclamó alegremente:
--Os creo, la victoria me ha causado a mí también una viva impresión.
Desde que estoy cierta del triunfo, mi corazón se ha aliviado de un peso
enorme. Es un verdadero martirio verse abrumada durante muchos años por
una loca, que ha recibido de la naturaleza un carácter detestable, que
no tiene más propósito que deshonrar mi nombre y arrancarme la vida.
--Sí, señora, es un martirio cruel para una madre verse obligada,
después de tantos sufrimientos, a encerrar a su hija única en una casa
de sanidad.
--¡Qué queréis, Marta; cuando no hay más remedio!...
--¿Va ir lejos de aquí?
--Sí, bastante lejos.
--Cuanto más lejos, mejor será para vos y para mí... De esta modo habrá
menos peligro de que el señor de Bergams descubra su paradero. ¿La
señorita irá, sin duda, al extranjero?
--No me preguntéis eso--respondió la condesa visiblemente molestada por
la curiosidad del aya--. Mathys ha ido esta mañana a hablar con la
directora del convento y a anunciarle la llegada de Elena. Si regresa
antes de la noche, podréis preguntarle lo que os interesa. Si cree que
debe decíroslo, está bien; pero yo le hecho prometer formalmente que
callaría el sitio adonde va a ser conducida Elena mañana.
--¡Ah! ¡mañana! ¡tan pronto!
--Mañana, a las diez en punto, vendrá a buscarla un coche de la ciudad.
Estaremos ausentes.
--¿Estaremos ausentes durante mucho tiempo, señora? Porque tendré, por
supuesto, que preparar algunos equipajes, y llevar ropa para mí.
--Vos permaneceréis a mi lado, Marta.
--¿Y qué mujer acompañará entonces a vuestra hija?
--Ninguna, irá Mathys solamente. Ya está todo concluído y arreglado. Por
otra parte, no es lejos, porque Mathys estará de regreso al día
siguiente. El sol se ha ocultado ya tras del bosque; id, Marta, a
vuestro cuarto y preparad las ropas de Elena. Haré que os lleven dentro
de un momento un par de valijas y unas cajas de cartón. Ocupaos en
colocar en ellas las cosas de mi hija, para no tener que apresuraros
demasiado mañana. Sed discreta, no digáis nada de lo que os he dicho...,
y que la loca llore o grite, no os importe, dejadla que grite como si no
la oyerais. Es la última vez que os molestará.
Marta salió de la sala con la sonrisa en los labios y murmurando
palabras de agradecimiento, pero así que estuvo sola las lágrimas
brotaron de sus ojos y se vió obligada a apoyarse en la barandilla de la
escalera, porque sus piernas vacilantes se negaban a sostenerla.
En el primer piso se detuvo en medio del pasillo con el pecho jadeante
para que su espíritu tuviera tiempo de recogerse y su valor de templarse
a fin de preparar a su hija contra el dolor de la separación, o de
consolarla con una falsa esperanza. Era una fatalidad implacable que
pesaba sobre ella desde que había pisado a Orsdael; tenía que disimular,
fingir, mentir siempre, lo mismo a su hija que a sus indignos verdugos.
Permaneció un momento inmóvil, absorta en sus sombríos pensamientos.
Luego, de golpe, irguió la cabeza. En sus ojos negros brillaba una
especie de altivez dolorosa y una especie de audacia amenazadora, como
si lanzara un reto a sus enemigos invisibles; sus facciones contraídas
se distendieron de pronto, sin embargo, y su expresión se tornó
tranquila y paciente, al dirigirse a pasos lentos al cuarto de Elena;
una suave serenidad iluminaba su rostro, y le dijo a la joven que se
arrojó desesperada a su cuello con los ojos llenos de lágrimas:
--Vamos, Elena, mi querida hija; no llores así. Tu desesperación no es
razonable. Lo que temes, no sucederá.
--¡Oh, Dios sea loado!--exclamó la joven con una risa nerviosa--. Tenía
razón en confiar en vuestro maravilloso poder. ¿Habéis convencido a mi
madre? ¿Ya no iré al convento? ¿Puedo quedarme con vos? ¡Oh! ¡Gracias,
gracias, mi ángel bueno!
--Siéntate, Elena--dijo la viuda conduciéndola hasta una silla--, y
trata de escucharme con calma. El día toca a su fin: tengo que trabajar
todavía y no me alcanza el tiempo para conversar largo rato contigo. Es
cosa resuelta que vayas al convento.
--¡Oh, Marta, mirad cómo tiemblo!
--Haces mal. Escucha lo que voy a decirte. Mañana a las diez, vendrá un
coche a buscarte... ¿Por qué te asustas tanto? No hay la menor razón
para ello. ¿Es acaso tan dulce y agradable la vida en este estrecho
calabozo?
--Con vos, Marta, este obscuro cuarto es para mí un paraíso en la
tierra.
--Estarás seguramente mejor en el convento.
--¡Oh! Entonces, Marta, ¿vienes conmigo? Sí, sí, estoy contenta. ¡Si
pudiera irme en seguida de este sitio en que he sufrido tanto!
--Es cierto, hija mía, pero seguramente no partiré en el mismo coche que
tú y no me verás en todo el viaje... ¿Te pones pálida otra vez? Trata
de dominar tu espanto.
--¡Por amor de Dios, no me engañéis, Marta!
--¿Cuándo os he engañado?
--¡Jamás!... ¡Jamás!... perdonadme esta duda. No sé lo que me pasa,
tengo el corazón oprimido, apenas puedo respirar, tiemblo de pies a
cabeza; una voz secreta me dice que voy a perderos para siempre. ¡Antes
preferiría morir, Marta, a no volveros a ver más!
La viuda, aunque su corazón sangraba cruelmente, dulcificó aún más la
voz y trató de calmar a la joven, asegurándole que no se separaría nunca
de ella y que estaría siempre a su lado para quererla y protegerla. Por
fin, cuando creyó haberlo conseguido agregó:
--Pues bien, Elena, ya que este viaje te asusta tanto, todavía creo que
lo podré impedir. El intendente salió esta mañana y volverá tarde esta
noche. Espiaré su vuelta e iré a verlo en su cuarto. Por medio de él
quizá consiga que tu madre vuelva sobre su decisión. Si esta última
tentativa no da resultado, es preciso que demuestres que tienes valor y
juicio, y que no dificultes mi protección con tu debilidad. Sube al
coche, déjate conducir sin quejas ni resistencias; aunque tengas que
pasar algunos días sin mí en el convento, soporta con paciencia esta
corta ausencia, segura de que me tendrás pronta a tu lado, más abnegada
y poderosa que antes. Es posible, Elena, que tus enemigos hayan querido
prepararte una existencia dolorosa en el convento, pero debes saber que
tengo bastante amor y fuerzas para triunfar de su maldad.
Marta consiguió, por fin, fingiendo una confianza absoluta, dar a su
hija el valor necesario. Elena prometió que haría el viaje sin quejarse,
retemplada por la idea de que su protectora estaría presente en el
momento de la partida para alentarla y sostenerla.
Era tiempo de que la joven fuera a acostarse y tratara de descansar
después del golpe terrible que su corazón había recibido. Los consuelos
y las predicciones del aya le habían hecho esperar que su existencia
sería menos amarga en el convento que en el castillo de Orsdael.
La viuda salió después de abrazar tiernamente a Elena.
Apenas hubo Marta cerrado la puerta, la expresión de su rostro cambió
por completo. Las señales de espanto reaparecieron alrededor de sus
labios, y sus ojos abiertos sondeaban los espacios con una especie de
extravío, su propio pensamiento la arrastraba, y, sin embargo, era ese
mismo pensamiento el que, hacía un instante, le había inspirado el valor
de arrojar a sus enemigos un victorioso reto. Ahora parecía vacilar y
retroceder ante la ejecución, aunque la felicidad de su hija fuera el
premio de su audacia.
Su cuarto estaba casi a obscuras; el crepúsculo de la noche no permitía
distinguir los objetos, sino como formas grises...
De pronto lanzó un grito extraño; su resolución era ya inquebrantable.
--Soy madre--se dijo--; Dios me perdonará.
Corrió con precipitación febricitante hacia el cuarto del intendente, se
dejó caer sobre la puerta, apoyó contra ella el hombro, se arqueó sobre
las piernas, contrajo los músculos para vencer el obstáculo de la
cerradura. La puerta había sido sin duda mal cerrada, porque se abrió al
primer empuje. Un grito ronco salió de la garganta de la viuda
semienloquecida. Saltó hacia el cofre de hierro, tanteó por todas partes
la cerradura, la sacudió temblando y jadeando, bramó de desesperación
cuando comprendió que era imposible violentarla. Sin embargo, en aquel
cofre había un objeto, un escrito cuya posesión hubiera comprado al
precio de su sangre. La libertad de su hija, su derecho de madre, su
felicidad, sólo estaban separados de sus manos trémulas, por las
delgadas paredes de aquel cofre; ¡y tendría que dejarlo allí, que
renunciar a toda esperanza y sucumbir bajo el peso de su impotencia!
Pero no se dió por vencida aún. Acudió a la chimenea y tomó las pinzas
de hierro. Se arrojó al suelo delante del cofre, introdujo el
instrumento con una violencia insensata, entre la tapa y la cerradura,
se apoyó con tal fuerza contra las tenazas, que las dobló, como si
fueran de plomo. Sudaba copiosamente; jadeaba como si un gran peso le
oprimiera el pecho; su corazón latía con furia. Nada, todo era inútil.
Por fin, hizo un último esfuerzo, rompió las tenazas, y Marta sintió con
terror inexplicable que tenía sangre en las manos.
Recogió los pedazos del instrumento roto y corrió a su cuarto, cayendo
sin conocimiento en una silla.
Volvió en sí largo rato después. Primero se sintió desalentada y como
aniquilada por la fatiga; una nueva claridad iluminó su espíritu,
comenzó a reflexionar, y a buscar en aquella necesidad extrema, si no
existía algún último medio de continuar su lucha contra el destino.
¿Despertaría su hija? ¿La vestiría apresuradamente y emprendería la fuga
con ella a favor de la obscuridad? Pero, ¿a dónde iría? ¿No la
perseguirían y muy luego darían con ella? La pondrían en la cárcel... Y,
¿cuál sería la suerte de su pobre Elena? ¿Iría a hablar a la condesa, le
declararía su nombre y reclamaría su derecho de madre sobre la joven? No
podía probar ese derecho, la única prueba estaba en poder de sus
enemigos y a la menor sospecha destruirían infaliblemente ese
testimonio. ¿Huiría sola del castillo? ¿Correría horas enteras a través
de los bosques, para invocar el socorro de Federico? ¿Quién le indicaría
el camino? ¿Y qué podría hacer aquel joven más que ella?
La inutilidad de sus meditaciones le arrancaba penosos suspiros. La
atroz convicción de que la puerta de la casa de sanidad iba a cerrarse
sobre su hija querida, le oprimía el corazón y hacía correr por todo su
cuerpo un frío glacial.
Después de haber permanecido un rato inmóvil y como inerte, una
inspiración brusca y misteriosa la hizo erguirse vivamente con un rayo
de alegría en los ojos.
--Sí--exclamó--, lo que voy a intentar sería culpable en otra
circunstancia de mi vida, pero no me es dado escoger, debo salvar a todo
precio la vida de mi hija.
V
Eran las once de la noche cuando el coche en que viajaba el intendente
llegó a todo galope por el camino que conducía al castillo y se detuvo
delante de la puerta. Los caballos, fatigados por aquella rápida
carrera, estaban jadeantes y cubiertos de sudor. Mathys saltó al suelo y
llamó; la puerta se abrió en seguida.
--Veo luz en la ventana. ¿La señora está despierta todavía?
--Sí, señor, os está esperando--le respondieron.
A la vez que refunfuñaba con singular vivacidad, abrió la puerta de la
sala y, en vez de responder al saludo, al alegre saludo y las preguntas
premiosas de la condesa, se dejó caer en una silla exhalando un suspiro.
--¡Dios mío! ¿qué os pasa, mi buen Mathys?--exclamó la condesa--, ¡qué
sudoroso y pálido estáis!
--Dejadme respirar, dejadme reponer del susto mortal que he sentido.
--Hablad, os lo ruego. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Me hacéis temblar,
Mathys!
--Es cosa de temblar, señora; he estado a punto de ser asesinado a una
legua de aquí.
--¡Asesinado! ¿Qué queréis decir?
--Os contaré eso mañana; pero no, ya veo que no tenéis compasión de mi
estado, y no me concederéis un minuto de reposo hasta que lo sepáis
todo. Pues bien, he aquí en pocas palabras lo que me ha pasado. Cuando
llegamos a la aldea en que vive Federico Bergams, el cochero me propuso
que atravesáramos el bosque de Muraster para acortar el camino. Yo no
acepté porque la obscuridad es intensa, y confieso que no me gusta andar
por los caminos apartados, sobre todo de noche. Pero como ya era tarde y
tenía ganas de encontrarme en mi cama, me dejé convencer por el cochero,
y tomamos por el camino travieso. Todo marchó bien durante una hora.
Pero tuvimos que pasar por un valle rodeado por todas partes por bosques
espesos. Yo no me sentía a gusto porque la sombra era tal que no podía
distinguir ni al cochero ni a los caballos, y ya empezaba a pensar en
aquel crimen cometido en ese sitio hace años, cuando de pronto oigo un
silbido agudo detrás de mí. Le grito al cochero que castigue a los
caballos; pero un silbido análogo se hace sentir por todas partes,
delante y detrás de nosotros. Yo estaba más muerto que vivo y ya me veía
rodeado de una banda de asesinos. El cochero estaba quizá más asustado
que yo, quizá los caballos tuvieron conciencia del peligro, porque se
pusieron a volar como el viento. Yo ya me felicitaba de que hubiéramos
escapado, cuando tres o cuatro hombres salieron del bosque y nos
gritaron que nos detuviéramos; pero algunos buenos fustazos despertaron
el valor de los caballos. Uno de los bandidos invisibles hizo un disparo
de pistola y la bala pasó tan cerca de mis oídos, que todavía me siguen
zumbando. Desde ese momento los caballos galoparon sin cesar hasta el
castillo. Son unos animales soberbios y el cochero debe ser muy hábil.
No sé como no nos rompimos el pescuezo en esta carrera salvaje. ¡Ah!
comienzo a tranquilizarme, pero necesito descansar, y os ruego que me
permitáis retirarme.
La condesa abrió la puerta de un armario y sacó una botella y una copa.
--Mi pobre Mathys--le dijo tomándole la mano--, vuestro susto debe haber
sido grande. Tomad, bebed una copa de vino de España, esto os repondrá.
Ahora estáis en seguridad en el castillo, todo temor ha desaparecido. Os
dejaría marchar a pesar de mi ardiente deseo de saber si habéis
conseguido el objeto de vuestro viaje; pero no podéis iros a la cama tan
agitado, y debéis darle a vuestro espíritu el tiempo necesario para que
se calme. Bebed un sorbo, os digo, esto os repondrá, mi buen amigo.
El intendente miró a la condesa con sorpresa; había en el timbre de su
voz y en su fisonomía algo tan suave y cariñoso, que no supo qué pensar
y se preguntó si no ocultaría alguna celada bajo aquella amabilidad
extraordinaria. Supuso que la condesa había sido dominada por completo
por sus amenazas de la víspera y que no le halagaba más que para impedir
las realizara en un momento de cólera.
--Vamos, Mathys--dijo la señora de Bruinsteen--, olvidad vuestra
aventura de esta noche, y hacedme el favor de darme algunas
explicaciones sobre el resultado de vuestro viaje. ¿Le hablasteis a la
directora de la casa de sanidad?
--Estuve cerca de una hora junto con ella.
--¿Aceptarán a Elena sin dificultad?
--Sin ninguna dificultad. La declaración del médico y vuestro pedido,
eso es todo lo que pide.
--¡Por fin vamos a vernos libres de esa loca desnaturalizada! ¿Es cosa
segura, Mathys, que se la vigilará con cuidado y que no se dejará que
nadie se acerque a ella?
--Le he explicado a la directora que un joven interesado y codicioso la
persigue por su fortuna, y que ese cobarde seductor tratará de verla o
le aconsejará por medio de cartas o de intermediarios que se escape de
la casa. Se me ha tranquilizado a ese respecto. Puesto que no
repararemos en los gastos, se le dará una guardiana severa que estará
junto con ella siempre, y dormirá en el mismo cuarto.
--¿Y no volverá a salir jamás de la casa de sanidad?
--Jamás, a menos que lo pidáis.
--¡Entonces, no tendrá que esperar poco!--dijo la condesa restregándose
las manos--. Puede estar segura de que no volverá a saber lo que es el
campo libre y el espacio azul. Se acabó, ahora que ha sido declarada
loca, y que va a ser encerrada para siempre, nadie se preocupará de
ella. El secreto de su nacimiento quedará encerrado en la casa de
sanidad. Yo me vuelvo curadora de su fortuna, y si muere, de fastidio o
de enfermedad, heredaré, naturalmente, sus bienes, en calidad de madre.
Sí, sí, seréis inmensamente rica, y yo, que he sacrificado toda mi vida
en favor de vuestro bienestar y de vuestros intereses, ¿qué recompensa
tendré? Un puñado de oro, economizado sueldo a sueldo.
--¿Un puñado de dinero?--dijo la señora de Bruinsteen, riendo de
incredulidad--. ¿Pensáis que no sé cuántas acciones de la deuda del
Estado y cuántos títulos de empréstitos encerráis allá arriba, en
vuestra caja de hierro? Vamos, vamos, no os enojéis, mi buen Mathys, no
os envidio de ningún modo vuestro tesoro. Ahora que hemos conseguido el
fin de nuestra vida, quiero demostraros mi agradecimiento con un legado
considerable. El molino de agua de Lisck es una linda propiedad, ¿no es
cierto?
--El molino de agua--repitió el intendente--. ¿Y qué hay con eso?
--Es una linda granja, con quince cuadras de tierra gorda.
--En efecto, señora; ¿qué es lo que queréis decir?
--Que estoy decidida a regalaros ese molino, Mathys.
El intendente lanzó un grito de alegre sorpresa, y tomó entre las suyas
la mano de la condesa.
--¡Ay, señora, qué generosa sois!--dijo--. Ahora ya no deploro todo lo
que he hecho por vos. ¿Me dais entonces el molino de agua con la granja?
¿Irrevocablemente, en plena propiedad?
--Es decir--respondió la condesa--que tendréis el usufructo y gozaréis
de los arriendos.
--Ya me parecía--dijo el intendente con amarga decepción.
--Sois injusto, Mathys--observó la señora de Bruinsteen--. Hago todo lo
que puedo por disponer de ellos a mi antojo. Si muere, el molino de agua
será vuestro; pero, mientras tanto, tenéis que contentaros con la renta
y los réditos. Es una bonita renta anual.
--Sí, pero es revocable, señora, y no sé que estéis dispuesta a mi favor
el año que viene; ¿y si se os ocurre casaros, ahora que la loca no os
estorba el camino?
--No, no temáis nada, Mathys.
--¿Queréis, señora, que aprecie vuestro regalo y lo considere como
recompensa de los sacrificios que he hecho por vos?
--Ciertamente que sí.
--Pues entonces, dadme un escrito de vuestra mano.
--¿Qué escrito?--murmuró inquieta la condesa--. ¿Un escrito de mi mano?
--Es fácil de comprender, señora; un vale por una suma de dinero
bastante considerable para compensar el valor del molino de agua y de la
granja. Sólo entonces le daré realmente las gracias.
--Pero--dijo la condesa con cólera mal contenida--, si la casualidad
hiciera que yo no heredase los bienes de Elena, seguiría siendo, sin
embargo, vuestra deudora. Ya me habéis hecho vuestra esclava exigiéndome
un primer escrito. No me he de poner por segunda vez bajo vuestra
dependencia.
Mathys se levantó para retirarse y repitió con amarga sonrisa:
--Está bien, señora. Vuestra extraña amabilidad, vuestro lenguaje
halagüeño me hacían prever que queríais engañarme. Cuál puede ser
vuestra intención secreta lo ignoro, pero creedme, jugáis una partida
peligrosa. La loca partirá mañana, pero todo no ha concluído por eso.
Ya sabéis que aunque Elena estuviera encerrada varios años, me bastaría
decir una palabra para libertarla a ella y sumiros a vos en la pobreza.
--Pero, mi querido Mathys, os equivocáis; yo no tengo ningún propósito
secreto--dijo la condesa con tono suave y humilde--. Mi único proyecto
era recompensar vuestra abnegación, y creía que os causaría placer esta
noticia. No desconfiéis de mí, os lo ruego; el molino de agua será
vuestro, si no es ahora, será más adelante. Hablaremos más detenidamente
de este asunto cuando volváis del convento, y estad seguro que os dejaré
satisfecho, aunque tenga que daros otra vez mi firma. Id a descansar
ahora, mi buen amigo; mañana tendréis que partir bastante temprano.
Tomad esta lámpara. Que paséis buena noche. Dormid tranquilo, Mathys;
vais a quedar sorprendido de mi generosidad.
El intendente salió de la sala refunfuñando. Subió lentamente la
escalera, reflexionando sobre la amable sorpresa que le había hecho la
condesa, y su modo astuto de ofrecerle con mucho énfasis una donación
que podía retirarle al día siguiente. ¿Qué hábil maniobra ocultaba
aquello? ¿Quería la señora de Bruinsteen tenderle una celada? ¿Buscaba
algún medio de impedir su casamiento con Marta? ¿Cómo sabía la condesa
que poseía títulos de renta? ¿Quién le había dicho que sus papeles
estaban encerrados en el cofre de hierro?
Se aproximó a su cuarto pensativo y desconfiado. Cuando fué a poner la
llave en la cerradura, la puerta se abrió sola. Esto le sorprendió y se
detuvo inquieto. ¿Se habría olvidado de echar la llave al salir? ¿Había
entrado alguno en su cuarto durante su ausencia? Iba a darse cuenta de
ello.
De pronto se estremeció y volvió la cabeza; era un ruido de pasos que se
deslizaba en el piso.
--¿Sois vos, Marta?--dijo--. ¡Cómo! ¿Todavía estáis en pie? Son cerca
de las doce. ¿Queríais hablarme antes de acostaros? Os agradezco esa
benévola atención, querida amiga.
Pero la viuda se colocó misteriosamente el índice sobre los labios, y
mientras él la miraba estupefacto, ella le tomó el brazo derecho y le
condujo silenciosamente al fondo de la pieza, le indicó una silla y se
sentó a su lado, junto a la mesa.
--¿Qué significa este silencio y este aire de misterio? Me hacéis
temblar.
--Hablad despacio, que nadie nos oiga--dijo Marta con voz sofocada--. Un
gran peligro pende de vuestra cabeza. Vuestros enemigos han tendido una
celada a vuestros pies y de antemano celebran vuestra pérdida...
Respondedme, Mathys, y no os sorprendáis de mis preguntas. ¿Es cierto
que una vez cometisteis una acción que podría entregaros, a la menor
indiscreción, a la justicia?
El intendente murmuró algunas palabras confusas, como si no
comprendiera bien lo que se le preguntaba.
--¡Quiera Dios que me hayan engañado!--prosiguió Marta--. ¡Oh Mathys,
hoy he sabido cosas atroces! Durante toda la tarde he reflexionado en la
penosa situación con que me amenaza esa inesperada revelación. Me
pregunto con inquietud si puedo ser la esposa de un hombre a quien
acusan de haber cometido un crimen.
--¡Cómo! ¿qué decís?--exclamó el intendente palideciendo--. ¿Un crimen?
¿Y os referís a mí?
--¡Chito! ¡chito! dejadme proseguir. Manteneos tranquilo y escuchadme
hasta el fin; la felicidad de toda vuestra vida, quizá dependa de
vuestra sangre fría... Después de pensarlo bien, me acordé del afecto
que me tenéis; la gratitud y la compasión vencieron, y he pensado que
sois sin duda víctima de personas perversas que quieren librarse de un
testigo inocente, mediante alguna cobarde traición.
--No os comprendo--balbuceó el intendente.
--Puede ser que, en efecto, no me comprendáis. Hablaré más claro, pero
dadme antes vuestra palabra de que vais a dominar vuestra indignación, y
a no salir de esta pieza hasta que yo os lo permita. Si no os conservais
dueño de vos, os perderéis irremisiblemente.
--Os prometo, Marta, conservar mi sangre fría.
--¿Y hablar en voz baja?
--Muy baja.
--Si tomo estas precauciones, Mathys, es solamente para preservaros de
un gran peligro. No podré, sin duda, ser vuestra mujer; pero me habéis
demostrado afecto, y quiero demostraros, al menos, que soy agradecida.
--¿Que no podréis ser mi mujer? ¡Oh! os juro, Marta, que me han
calumniado.
--Yo así lo creo, señor, y me lo va a demostrar la sinceridad de
vuestras palabras. Os ruego, Mathys, que, para bien vuestro, no me
ocultéis la verdad.
--Pero hablad claramente; ¿qué es lo que queréis saber?
Aproximándose a él, la viuda le preguntó con voz contenida:
--Decidme, Mathys, ¿Elena es realmente hija de la señora de Bruinsteen?
Al oír esta pregunta, Mathys pareció haberse vuelto mudo; sin embargo,
después de un rato de silencio, respondió tratando de sonreír:
--Yo lo creo por lo menos; ¿de quién sería, si no, la hija?
--Eso no está bien, señor--dijo Marta con un tono de triste reproche--.
Yo trato de obtener la consoladora convicción de que he sido engañada, a
lo menos respecto a la parte que habéis tomado en ella; pero si os
parece que debéis fingir conmigo, me es imposible protegeros y tengo
que abandonaros a la muerte atroz que os amenaza. No penséis en nuestro
casamiento: ¿cómo podría resolverme a llevar un nombre que hoy o mañana
puede ser deshonrado por una sentencia infamante?
--¡Dios mío! ¿qué decís?--balbuceó el intendente espantado por las
palabras de Marta, pero retrocediendo ante la revelación que ella le
quería arrancar--. Os he prometido confiar ciertos secretos así que
estemos casados. ¿Por qué no esperáis ese momento para interrogarme?
--Porque ese momento no llegará, si no obtengo de vuestra boca toda la
verdad.
--Decidme de qué se me acusa y veré si puedo responder ahora con entera
franqueza.
Marta pareció ofendida por aquella resistencia y permaneció algunos
minutos muda. Después dijo, como adoptando una brusca resolución:
--Elena no es la hija de la señora Bruinsteen; es hija de un oficial de
húsares, y tuvo como nodriza una campesina, en Elterbeck, cerca de
Bruselas...
--¡Dios mío! ¿quién os ha dicho eso?
--Lo sabréis si por vuestra parte me demostráis alguna confianza. Vamos,
respondedme: ¿Elena es hija de la condesa de Bruinsteen, sí o no?
--Pues bien, no--suspiró Mathys como si aquella confesión le hubiera
atemorizado.
Marta dejó escapar un grito de alivio; porque bien que no hubiese dudado
de que la joven era su hija, la confirmación de esa creencia la llenó de
una alegría infinita. Pero, como viera que el intendente la mirara con
desconfianza, prosiguió con acento más tranquilo:
--¡Ah, Mathys, qué feliz me hace esta prueba de vuestra sinceridad! Ella
me permite esperar que os hayan acusado injustamente. Se pretende que
vos robasteis a esa niña y la trajisteis a casa del conde de Bruinsteen
sin que él ni la condesa supieran nada de antemano.
--¡Mentira, calumnia!--exclamó el intendente.
--¡Chist!--murmuró el aya--, acordaos de vuestra promesa. Yo también
creo que se trata de traicionaros a fin de que vos solo carguéis con la
pena de un delito que la ley castiga con cinco años de presidio. Quiero
salvaros por gratitud, por abnegación.
--¿Quién puede haberos revelado cosas semejantes?
--¿No lo adivináis? La nodriza ha muerto, pero hay otras personas que
conocen el secreto del robo de la niña.
--¿Otras personas? No existen, Marta.
--¿No hay otros testigos? ¿Estáis seguro?
--Ni uno solo, el marido de la nodriza murió hace catorce años.
Esta certidumbre le causó a la viuda una sensación dolorosa; pero ocultó
su emoción y prosiguió:
--El secreto se habrá entonces revelado por sí solo, a menos que la
señora...
--¿La condesa? ¡Es imposible!
--Sin embargo, ha sido la condesa quien me lo ha confiado.
--Es preciso entonces que esté loca, o que el mismo diablo la haya
empujado a hacer tal extravagancia--exclamó Mathys--. ¡Oh! yo lo sabré,
tendrá que darme cuenta de su traición.
Y se puso de pie para salir.
Pero el aya, que ya había previsto ese movimiento, lo retuvo del brazo
diciéndole:
--Dominad vuestra indignación, señor; si salís de esta pieza antes de
oírme hasta el fin, nada podrá salvaros del deshonor y de la cárcel.
--Pero es algo incomprensible--murmuró Mathys desalentado--. ¿Entonces
ella misma me quiere poner en peligro para perderme? ¿Qué la puede
impulsar a cometer semejante locura? ¿Qué fin puede tener en vista?
--Lo que la impulsa es el odio ardiente que os tiene; y al acusaros de
un crimen ante mi, quiere impedir nuestro casamiento. Pero vos no sois
culpable del robo de la criatura: ¿VERDAD? Vamos, Mathys, os lo suplico,
no me dejéis en esta penosa duda: ¿vaciláis aún?
--No sé qué responder. Me parece que estoy soñando.
--Quizá hayáis prestado vuestra ayuda--dijo la viuda con dulzura
pacífica--, pero, si no habéis hecho más que cumplir las órdenes de
vuestros señores, sólo habéis sido el instrumento pasivo de las personas
que tenían derecho a vuestra obediencia.
--Sí, sí, es así--afirmó Mathys.
--En este caso, quizá os fuera fácil justificar vuestra intervención, y
probar vuestra inocencia... Vamos, decidme cómo pasaron las cosas. Lo sé
todo, pero deseo encontrar en vuestro relato, medio de defensa de
vuestros enemigos. No me ocultéis nada. Después os diré el infame
proyecto formado para perderos.
El intendente vacilaba aún e inclinaba la cabeza para reflexionar.
Marta tenía sus ojos encendidos fijos en él; la esperanza y la
impaciencia le hacían saltar el corazón en el pecho.
--¡La condesa debe estar loca! ¡revelar semejantes cosas a mi futura
esposa! ¡Ah! Con razón presumía yo algún ardid de serpiente bajo su
falsa amabilidad. Pero jamás hubiese creído que el odio y la maldad la
cegaran hasta este punto. Marta--agregó--, no puedo pretender que soy
inocente del todo, pero hay alguien más culpable que yo, y no creo que
os sea difícil encontrarme excusas.
--Tened valor, Mathys--dijo la viuda--, yo le he de perdonar mucho al
hombre que me ha protegido y defendido.
--Pues bien, escuchad, vais a saberlo todo. La señora... o más bien
Margarita de Schminspaen, era sirvienta, y yo lacayo, en Bruselas, en
casa del conde de Bruinsteen, un hombre gastado y loco que se pasaba
ocho meses del año en su sillón, paralizado por la gota. Margarita, por
medio de halagos y adulaciones, lo tenía dominado por completo. El conde
no tenía más que parientes lejanos por el lado materno, y ella los tenía
alejados, para hacerse dueña de él por completo. Yo creía que procedía
así por amor, por gratitud a nuestro señor, y como se mostraba atenta y
amistosa conmigo, yo la ayudaba por todos los medios. ¿Es esto
censurable?
--La gratitud es un noble sentimiento--murmuró el aya, la cual,
previendo que Mathys trataría de justificarse, ponía toda su atención en
discernir de sus palabras la verdad y la mentira.
--Margarita me engañaba, sin embargo--prosiguió el intendente--. Tenía
un fin secreto, y quería poseer su fortuna después de su muerte. El
mejor medio de conseguirlo, era el casamiento, según ella. El señor
Bruinsteen, vencido por sus largas instancias y por sus maniobras de
una habilidad infinita, se dejó por fin llevar hasta eso. Pero Margarita
se vió en parte defraudada en sus esperanzas, porque el contrato
estipulaba que la considerable fortuna del conde pertenecía a sus
legítimos herederos, si no tenía hijos de su casamiento.
--¿Y ella no tuvo familia?--interrumpió la viuda.
--Vais a saberlo; Margarita vivió dos largos años de inquietud. El
conde, que mejoró un poco en su salud, recuperó un tanto la claridad de
espíritu; pareció deplorar su casamiento, y su mujer le inspiró
aversión. Ella tenía poca esperanza de que favoreciera en su testamento
a aquella que le había inducido a contraer un matrimonio deshonroso. El
deseo más ardiente de Margarita, se vió, sin embargo, cumplido. En el
tercer año de su unión el Cielo le acordó una hija, que recibió el
nombre de Elena. Pero su alegría fué de corta duración; la niña nació
enferma, y al cabo de dos o tres semanas se puso tan flaca que no cupo
duda de que viviría poco tiempo más. Podéis imaginaros la desesperación
de la señora. No sólo sufría su cariño de madre, sino que, si su hija
moría, la fortuna del conde se le escapaba. El doctor pretendió que no
quedaba otra esperanza que darle a la criatura una nodriza robusta y
hacerle respirar el aire del campo. Yo me había informado de una
nodriza, y conocía una robusta campesina no lejos de Bruselas, que se
había presentado a ofrecerse. Como la pequeña Elena estaba casi muerta,
partió al día siguiente con una sirvienta y la niña. Pero en casa de la
campesina, ya encontré el sitio ocupado por otra criatura.
--¡La hija del oficial de húsares!--suspiró Marta con voz casi
ininteligible.
--Sí, de su viuda, porque al día siguiente, supe que su padre había
muerto. Yo no sabía qué hacer y me encontraba en una gran dificultad,
porque temía que la pequeña Elena muriera en mis brazos por falta de
próximos auxilios. Merced a la promesa de una generosa recompensa, hice
consentir a la campesina en que cuidara y amamantara a la niña durante
algunos días, hasta que encontrara otra nodriza. Al volver, a la condesa
le di cuenta de mi aventura, tratando de prepararla para la fatal
noticia que iba a recibir sin duda al día siguiente. La certidumbre de
que su hija estaba por morir llenó a la condesa de indecible
desesperación, y al mismo tiempo la llenó de rabia; sin embargo, ya
debía haber pensado en recurrir a algún expediente supremo porque me
rogó que no dijera nada a nadie de aquello, y durante la tarde fingió
dormir para combinar y madurar un proyecto tan hábil como criminal. Era
de noche, cuando me hizo llamar... ¡Ay! pluguiera al Cielo que nunca
hubiera hallado a tan pérfida mujer. Mi vida no estaría amenazada por un
terror incesante y por arrepentimiento continuo. Mi corazón es honrado y
soy incapaz de cometer espontáneamente una injusticia; pero la
compasión que me inspiraba...
--¿Qué os dice?--interrumpió la viuda, que escuchaba palpitante las
palabras que recogía de los labios del culpable.
--Le resistí, me negué; pero ella me rogó, me suplicó, regó mis manos
con sus lágrimas, y tanto hizo que hubiera ablandado el corazón más
insensible. Después me amenazaba con su venganza e iba a echarme a la
calle. Si, por el contrario, consentía en ayudarla, prometía
enriquecerme.
--Pero, ¿qué era lo que os exigía?
--Vencido por la compasión, cedí a sus deseos, y me encargué de la
ejecución de su proyecto... Estáis impaciente, Marta. Yo mismo tengo
miedo de esta revelación. Mi espíritu se revela y mi conciencia sufre.
La señora estaba dispuesta a arriesgar una tentativa desesperada, para
colocar a la niña ajena, en el lugar de Elena si ésta llegaba a morir, a
fin de conservar así la posibilidad de poseer la fortuna del conde. Con
el bolsillo lleno de oro y autorizado para las más brillantes promesas,
partí aquella misma noche y golpeé a las puertas de la nodriza, con el
pretexto de informarme del estado de la criatura. La niña vivía aún,
pero la nodriza no dudaba de que no pasaría del día siguiente. ¿Qué os
diré? Me costó gran esfuerzo hacerle comprender a aquella simple lo que
deseaba de ella, y en un principio rechazó con horror mi proposición;
pero la vista del oro y la promesa de una renta anual, acabaron de
triunfar de sus escrúpulos. Las circunstancias favorecieron de una
manera muy particular la ejecución del proyecto de la condesa. El cambio
proyectado podía hacerse sin despertar la sospecha de nadie... Las cosas
pasaron de este modo: La pequeña Elena murió al día siguiente por la
tarde. Se le anunció a la viuda del oficial que su hija había muerto.
Una persona extraña vino a asistir al entierro. Nadie sospechó la menor
superchería, y, tres meses después, el conde de Bruinsteen estrechaba
entre sus brazos a la niña robada, dando gracias a Dios por haberle
conservado a su única heredera... Veo, Marta, que tenéis los ojos
llorosos. Es una triste historia y soy muy digno de que se me tenga
lástima, ¿verdad? ¡Ser dominado por una mujer falsa y perversa, y sufrir
toda mi vida por cumplir una orden de mis señores, cuando todavía
ignoraba por completo lo que es el mundo!
Marta se había afectado profundamente al oír el final del relato del
intendente. Había despertado en ella dolorosos recuerdos y hecho sangrar
viejas heridas. Sin embargo, no le faltaron fuerzas para ocultar su
emoción y simular otra aparente. Todo lo que hacía, por otra parte, lo
había premeditado; en la soledad de sus reflexiones había previsto con
tanto acierto todas las fases posibles de esta conversación, que se
dirigía a su fin preciso, con paso firme a través de todas las
dificultades. Después de un breve silencio, prosiguió suspirando:
--¡Pobre Mathys! Sois la víctima de una ciega abnegación. Os compadezco;
el terrible peligro que os amenaza me arranca lágrimas de compasión y de
angustia. La maldad es muy grande en los corazones perversos. Aquella
por quien os habéis sacrificado, quiere preparar ella misma vuestra
pérdida y entregaros a la justicia.
--¿La condesa?--exclamó el intendente.
--Sí, la condesa.
--¡Eso es imposible! Tengo pruebas que le impiden tramar algo contra mí.
--Poseéis un documento firmado por ella, ya lo sé.
--¿Lo sabéis?--murmuró el intendente estupefacto.
La viuda aproximó su silla como para revelarle secretos importantes.
--Escuchad, Mathys; sofocad por el momento vuestra indignación y hablad
quedo--le dijo con tono misterioso--. Lo que vais a saber os llenará de
temor y de cólera; pero cobrad coraje y no temáis nada; yo lucharé junto
con vos contra vuestros enemigos, y estad seguro de que, uniendo
nuestros esfuerzos, haremos fracasar sus pérfidas maquinaciones.
--Os doy las gracias por vuestra abnegación--respondió Mathys--, y me
felicito de que la condesa no haya conseguido con su calumnia quitarme
vuestra estimación... Pero no me doy cuenta de lo que teméis, Marta. La
señora no puede hacer nada contra mí, os lo repito.
--¿Creéis eso? ¿Estais tranquilo porque tenéis en vuestro poder un
documento firmado por ella? Y si os robara ese papel, ¿no estaríais por
completo en su poder? ¿No podría pretender entonces que ignora por
completo el robo de la niña? ¿Quién podría demostrar entonces que Elena
no es su hija, puesto que todos los testigos han muerto, y que vuestra
acusación sería considerada como una acción perversa?
--Pero ella no puede quitarme ese papel, no sabe dónde está.
--En la caja de hierro--dijo el aya.
--¡No, no es cierto!--exclamó el intendente, estremeciéndose de temor y
de sorpresa.
--Mathys, Mathys, ¿por qué queréis engañarme? ¿No me queréis entonces
permitir que os salve?
--¡Ya no sé ni lo que digo!--murmuró el intendente--. Sí, sí, Marta;
está en el cofre.
--El hierro es duro, Mathys; pero el acero es más duro aún. ¿Y si
fracturaran ese cofre durante vuestra ausencia y os quitaran ese
documento?
El intendente, asaltado por una inquietud secreta, se puso vivamente de
pie, sacó una llave del bolsillo y abrió el cofre. Luego lo volvió a
cerrar con la misma rapidez, y volvió junto a la viuda, con una sonrisa
en los labios.
--Ahí está todavía, nadie lo ha sacado--exclamó respirando
ruidosamente--. Pero la verdad es que parece que hubieran tratado de
forzar el cofre--agregó examinando la cerradura--. Pero es absurdo que
me asuste. ¿Cómo haría una mujer para forzar un mueble como éste?
--Hay cerrajeros en la aldea.
--Pero, ¿qué queréis decir? ¿Sería capaz la condesa de consumar un acto
tan criminal?
--Juzgad por vos mismo, Mathys. Mientras estabais en viaje, la señora me
hizo llamar. Me interrogó durante más de una hora para convencerse de
que yo estaba dispuesta a asociarme a ella contra vos. Intentó volveros
tan perverso y miserable ante mis ojos, que os hubiera tomado por un
demonio si no os hubiera conocido. Me ha prometido una fortuna y una
existencia feliz hasta el fin de mis días. Inspirada por mi gratitud
hacia vos y por mi odio hacia ella, fingí entrar por entero en sus
proyectos; y prometí ayudarla sinceramente, libertarla, como decía ella,
de vuestra cruel tiranía, que está envenenando su vida desde hace más de
quince años. Tened calma, os lo suplico, Mathys... De esa manera le
arranqué el secreto de sus intenciones y obtuve de ella los medios de
defenderos contra ella:
--Pero, ¿qué le pasa por la cabeza?--murmuró Mathys, aplastado por
aquella revelación--. ¿Se ha vuelto loca entonces?
--No, sabe muy bien lo que quiere. Su objeto es aniquilar la prueba de
su complicidad, y teneros sometido a sus pies, como un instrumento
impotente; a fin de pretender que ella no ha sabido nunca nada, si el
secreto de la substitución llega a descubrirse algún día.
--¿Y se imagina que substraerá el documento que contiene esa caja?
--Mañana tenéis que hacer un viaje y permaneceréis ausente hasta el día
siguiente. Tiene tiempo para fracturar veinte cofres como éste.
--Su esperanza quedará defraudada, porque me quedaré en casa y no haré
el viaje. De ese modo...
La viuda había probablemente previsto esta respuesta, que no pareció
hacer gran impresión en ella.
--Imposible. Es preciso, Mathys, que partáis--le replicó--. Si no
queréis salir de la casa tenéis que declararle a la condesa la causa de
vuestra negativa. Me acusaría a mí, con razón, de falsedad; y yo
quedaría ¡ay! perdida, y a vos no os quedaría la menor esperanza de ver
realizados vuestros deseos.
--Entonces hay otro medio, pondré el documento en mi cartera y lo
llevaré conmigo.
--No hagáis eso, Mathys; la condesa lo ha previsto todo. Que dejéis la
prueba en la casa o que os la llevéis consigo, ha jurado apoderarse de
ella; y tened la seguridad de que lo conseguirá si no encontramos otro
medio de engañarla.
--En verdad, Marta, que no os comprendo. ¿Cómo se podría apoderar la
condesa de un papel que yo llevo conmigo? Mientras estoy en viaje, ella
no...
Pero la viuda no quería dejarle tiempo para que reflexionara; había
sabido por un sirviente lo pasado en el bosque y lo interrumpió con voz
trémula:
--Esperad lo peor que pueda imaginarse, Mathys. La condesa no se ha
atrevido a decirme abiertamente su pensamiento, pero he comprendido muy
bien por sus palabras que no retrocedería ni ante un atentado. Se ha
puesto en el caso de que os llevéis con vos el documento, y me ha
hablado en términos encubiertos de hombres pagados para espiaros y
atacaros...
--¿Hombres pagados para atacarme?--preguntó el intendente, cuyo espíritu
conturbado asoció las palabras de Marta con la emboscada de esa noche--.
¿Estáis cierta de que la condesa haya dicho algo parecido?
--Completamente segura.
--Pues entonces no viajaré más que de día; no saldré de la carretera, y
me haré acompañar por gente segura.
--Vanas precauciones. Aunque tuviera que hacer ocultar a la gente en su
propia alcoba para haceros registrar al regreso, se apoderaría del
documento, no lo dudéis...
--En ese caso no saldré.
--¿Y la señorita? Es preciso que parta, Mathys. Todo retardo podría
inspirar sospechas e impedir su reclusión.
--Es que mañana mismo le diré a la condesa que conozco su cobarde
proyecto contra mí. La obligaré a renunciar a él, amenazándola con mi
venganza. Quiero que se eche a mis pies, y que me pida perdón.
--¡Dios mío! ¡entonces queréis sacrificarme!--exclamó Marta con ansiedad
simulada--. ¡Cómo! ¿Os atreveríais, después de eso, a dejarme un solo
instante en Orsdael, junto con la condesa? No, no; si reveláis mi
traición, huiré de aquí al despuntar el día. Es preciso que no lo sepa
nunca, jamás.
--¿Y qué medio puedo emplear para que el documento no pueda caer en
manos de la condesa?
Marta se pasó la mano por la cabeza, fingiendo torturar su espíritu,
buscando una idea que pudiera salvarlos. De pronto se puso de pie
lanzando un grito de alegría.
--¡Dios sea loado!--exclamó--. Conozco un medio infalible para engañarla
y burlar sus tentativas. Dadme el documento, Mathys; lo coseré al fondo
de mi falda. Nadie lo buscará allí, y por más que busque y haga vuestra
enemiga, jamás encontrará el testimonio de su crimen.
--¿Daros ese documento, mi sola arma contra su maldad, mi seguridad, mi
fuerza?--dijo entre dientes el intendente, con sonrisa irónica--. No,
no, ese tesoro no se separará de mí.
--Os lo suplico, Mathys--dijo la viuda pálida y temblorosa--. Dejadme
salvaros. ¡Ah! No me neguéis el único medio de salvaros de las celadas
de vuestros enemigos.
El intendente, engañándose respecto a la agitación del aya, le dijo con
el tono de una resolución irrevocable:
--Vamos, Marta, estáis exagerando el peligro que me amenaza. En todo
caso, la firma de la condesa es un medio infalible de defendernos
victoriosamente contra sus proyectos perversos. Os agradezco vuestras
simpatías, pero el documento no estará nunca en otras manos que las
mías. No me habléis más de eso, que ya sabré encontrar un sitio oculto
en el que nadie lo descubrirá.
Marta, herida por una cruel decepción, se puso las manos delante de los
ojos, lanzando un grito penetrante. La última esperanza que le quedaba
en la última extremidad, se había desvanecido.
En el momento mismo en que creía aferrar la prueba tan ardientemente
deseada, acababa de anonadarla una vez más el convencimiento de su
impotencia. ¡Su hija, su pobre hija, iba a ser encerrada en una casa de
locos, perdería en ella la razón, y sin duda alguna moriría!
Esta certidumbre le desgarró el corazón, apagó el último fervor de su
esperanza y abatió la fuerza de espíritu que aún le quedaba. Se entregó
por entero a su dolor, sollozando en alta voz, y llorando en tal
abundancia, que las lágrimas le empapaban las mejillas.
Mathys, que la creyó ofendida por su negativa, trató de hacerla
comprender que se equivocaba. Le dijo que no dudaba de su afecto por él
y que tenía una confianza ilimitada en su abnegación; pero que, respecto
a ese asunto, había tomado hacía largos años, una resolución firme de la
que no podía apartarse; podía estar tranquila a ese respecto; él sabría
muy bien poner el documento al abrigo de las asechanzas de la condesa, y
como el fin que impulsaba a Marta era conseguirlo de otra manera, no
había razón alguna para que se inquietara de esa manera.
Pero, dijera Mathys lo que dijera, la viuda, aniquilada, agotadas las
fuerzas y las ideas, quedó abismada por su dolor, y sólo respondió por
medio de suspiros y sollozos.
El intendente la miró durante un rato, siguiendo con la mirada las
lágrimas que caían de sus mejillas. Sacudió la cabeza contrariado, y
pareció luchar con un pensamiento penoso. Poco a poco, sin embargo, su
rostro tomó una expresión compasiva. La desesperación de Marta hacía más
fuerza en él que sus recursos más hábiles.
--Está bien--dijo al fin--, os daré la prueba de confianza que me
exigís. ¡Ah! ¡si supierais lo que me pedís!
Dichas estas palabras, se adelantó lentamente hacia el cofre.
La viuda le dirigió una mirada de soslayo; la silla temblaba, movida por
el estremecimiento de su cuerpo y tenía que apretarse el pecho para
contener los latidos de su corazón. El intendente se aproximó a ella y
le entregó el documento en un sobre sellado.
--Tomad, Marta--le dijo--; conservad esto con cuidado hasta que yo
vuelva de viaje. No lo abráis; ocultadlo entre las ropas; que no se os
separe ni un instante. Ya veis que tengo tanta confianza en vos como si
fuerais mi mujer... ¡Qué emocionada estáis! Calmaos, querida amiga, os
habéis equivocado respecto a mis intenciones.
Trémula y casi desfallecida de alegría, Marta escondió el sobre en su
seno. En el primer momento no podía hablar y balbuceaba palabras
confusas; pero la posesión del precioso documento pronto le devolvió la
energía. Dominó su conmoción y exclamó apretando con ansia febril la
mano del intendente:
--¡Oh Mathys! ¡Si supierais cuán feliz me siento! El más bello sueño de
mi vida parecía desvanecerse para siempre y hete aquí que se realiza de
golpe. ¡Gracias, gracias! Guardaré el documento, como si de él
dependiera mi salvación eterna. Aunque me pusieran la punta de un puñal
en el pecho, no lo entregaría. ¡Os lo juro!... Pasado mañana--prosiguió,
cambiando de tono--os lo devolveré tal cual está, y entonces
deliberaremos sobre lo que tenemos que hacer. Ahora, Mathys, id a
descansar; estáis probablemente muy cansado del viaje de hoy, y tenéis
que volverlo a hacer mañana. No temáis nada; ni aun la muerte podría
arrancarme este precioso depósito.
--Sí, me siento deshecho, no sólo por el viaje sino por todo lo demás, y
sobre todo, por las emociones que he sufrido hoy.
El aya, devorada por una fiebre interior, se puso de pie, y dirigiéndose
a la puerta:
--Podéis estar tranquilo, Mathys. Mañana temprano estaré levantada para
ir a hablar a la señora, y si durante la noche hubiera inventado nuevas
celadas contra vos, vendré en seguida a revelároslas. En todo caso, no
le digáis nada antes de que nos volvamos a ver. ¡Buenas noches!
--¡Buenas noches!--dijo el intendente mirando con fijeza al aya.
Esta mirada singular no le pasó inadvertida a Marta y le heló la sangre,
porque creyó leer en sus ojos que le había acometido un ímpetu furioso
de correr tras ella y recuperar el documento.
Se dirigió lentamente hacia la puerta, y hasta volvió la cabeza para
decir sonriendo: «¡Buenas noches, buenas noches!» pero así que salió al
comedor obscuro, se puso a correr hacia su cuarto en puntas de pie con
una rapidez como si tuviera alas.
Echó la llave a la puerta, corrió a la ventana que daba al campo, la
abrió, midió su altura, se alejó de ella murmurando algunas palabras
sofocadas; se acercó en seguida a la mesa, encendió una pequeña lámpara,
sacó el sobre de su seno y rompió el sello con mano trémula.
--¡Oh! ¡Dios mío!--balbuceó--. ¡El reconocimiento de mi derecho de
madre! ¡La condesa declara que ella ordenó el robo! El nombre, el dulce
nombre de mi Laura.
Fué interrumpida por un murmullo que llegó hasta su oído; creyó oír que
la llamaban.
Una sonrisa de felicidad iluminó su rostro. Se levantó, guardó el papel
en el seno y corrió al cuarto de Elena. Cuando abrió la puerta oyó un
quejido doloroso.
--¡Oh Marta! ¿sois vos, de veras? ¡Soñaba que no os volvería a ver más!
Pero un beso ahogó las palabras en sus labios.
--¡Mi hija, mi hija, mi hija querida!--dijo la viuda con voz trémula--;
calla, calla, no llores. No irás al convento. Ya no más penas, no más
dolores, alégrate. Mañana serás feliz. No irás al convento. Ríete, ponte
contenta. Mañana verás a tus enemigos arrastrarse a tus pies e implorar
tu piedad.
La joven, asustada por aquellas efusiones, y por el tono ardiente de la
voz, apartó la cabeza y murmuró:
--Pero, ¿quién sois, entonces?
--¿Quién soy? ¿Quién soy?...--repitió la viuda casi loca y con una
vehemente imprudencia--. ¿Quién soy?... El secreto de mi amor, de mi
vida. Yo soy tu... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡qué locura iba a hacer!
Y retrocedió temblando.
Elena, cuyo corazón hacía temblar el presentimiento de una revelación
suprema, tendió las manos en la obscuridad, haciendo un gesto
suplicante; pero Marta había recuperado un poco de sangre fría y
murmuró, mientras depositaba otro beso más en la frente de su hija:
--No, no, no ha llegado todavía el momento de la revelación. Cállate,
luz de mis ojos, mi esperanza, mi felicidad, no me preguntes nada. No me
conocerás hasta el momento de la liberación. Mañana, Laura; mañana,
Elena; sabrás qué vínculos nos unen... Tengo que apartarme de ti, hija
mía; podría sucumbir a una tentación que nos sería fatal a las dos.
Duerme, duerme en paz... mañana un nuevo sol lucirá para ti y para mí.
Y huyó rápidamente del cuarto, cerrando la puerta tras sí.