El aya estaba sentada en su cuarto con la cabeza baja y los ojos
cerrados. De cuando en cuando, su pecho se alzaba y dejaba escapar un
triste suspiro.
Por fin irguió lentamente la cabeza y dirigió una mirada extraviada al
espacio. Una triste sonrisa vagó por sus labios; la expresión de su
rostro era mezcla de sufrimiento, resignación y desprecio. Muy luego,
sus sentimientos tomaron otra dirección. Buscó con la mano en su pecho,
sacó una caja de oro y la abrió. Miró durante algún tiempo con expresión
de espanto el retrato que encerraba. En la disposición de espíritu en
que Marta se encontraba, le pareció que los ojos del soldado se animaban
y la miraban con airado reproche. Esta ilusión adquirió en su espíritu
agitado una especie de realidad y apartó instintivamente aquella imagen
como la de un terrible acusador, y aproximó el retrato a sus ojos,
murmurando con voz trémula:
--¡Oh mi Héctor, ¡qué severa es tu mirada! No, no dudes de mi valor;
cumpliré con la misión que me impusiste en tu lecho de muerte. Si he
vacilado al acercarse esta prueba suprema, era por amor a ti, era por
defender el corazón que sigue amándote más allá de la tumba, hasta la
apariencia de una mancha. Ahora, la lucha ha terminado, la madre ha
vencido en mí a la esposa y vaciará el cáliz hasta el fondo. ¡Ah! es un
martirio horrible descender así al abismo de la degradación, aunque ello
sea para defender a nuestra hija, el gaje de nuestro amor.
Marta se puso de repente en pie como si algún golpe violento la hubiese
herido y escuchó palideciendo... Le parecía haber oído un ruido en el
corredor. Permaneció inmóvil hasta que salió de su error; pero se le
escapó un grito de angustia y se puso a temblar murmurando:
--Valor y energía; y ya tiemblo y palidezco al solo pensar en su
aparición.
Se dejó caer en una silla. Sin duda una confianza nueva iba penetrando
en ella, porque una sonrisa de reto se dibujó lentamente en sus labios,
mientras una chispa de coraje brilló en sus ojos. Se levantó y pasó al
otro cuarto, se detuvo delante del postigo y miró, a través del vidrio,
a la niña que estaba en un rincón leyendo y estudiando sus lecciones.
Marta se detuvo, inmóvil, para no distraerla. Fijó en ella sus ojos como
si buscara en aquella larga y profunda mirada la fuerza necesaria para
no sucumbir en la prueba temida.
En aquel momento sintió claramente que abrían la puerta. Una ligera
palidez decoloró sus pupilas. Su pecho se dilató y su respiración se
hizo penosa, mientras volvía a su cuarto. Pero aquella emoción parecía
más bien signo de una fuerte voluntad que un acceso de temor. Dirigió
una mirada suplicante al cielo y se sentó junto a la mesa. Allí tomó su
labor y esperó con indiferencia afectada la llegada de Mathys.
El intendente apareció en la pieza y balbuceó algunas palabras corteses.
Aunque fuere día de trabajo, vestía sus mejores ropas, y para ponerse
sin duda a la altura de la situación, habíase puesto guantes blancos. Su
aparición en aquel traje solemne hizo temblar a Marta en los primeros
momentos, pero luego, dominada por la necesidad, se puso de pie
sonriendo y respondió al saludo de Mathys con suave amabilidad.
Esta acogida amistosa alentó al intendente, que se aproximó triunfante,
y le dijo con expresión ligera:
--Mi querida Marta, estáis sin duda sorprendida de verme en este traje,
¿verdad? Hace tiempo que algo me oprime el corazón... Separados por una
enojosa desinteligencia, una pena que no nos atrevíamos a confesar, nos
hacía sufrir a los dos; ahora vengo a romper el hielo... El hombre es
débil, no os enojéis... yo no tengo la culpa, Marta, de que vos seáis
hermosa... y que yo no sea insensible...
El intendente había creído que no le costaría el menor esfuerzo hacer su
pedido. Por lo que le había dicho Catalina, sabía que el aya acogería su
proposición con una alegría, si no ruidosa, por lo menos sincera.
Sin embargo, su tono familiar y el giro atrevido de sus frases habían
asustado a Marta, y, aunque hubiese conservado en sus labios una sonrisa
fingida, había en su mirada algo de severo que detuvo a Mathys
imponiéndole ser más respetuoso y reservado. No sabía ya qué decir, y
balbuceó confusamente:
--De veras... es algo extraño... cuando se está herido en el corazón...
las ideas se confunden. ¡El asunto me parecía tan fácil y sencillo!...
En fin, a los cuarenta o a los veinte, el amor es siempre el amor... He
venido para hablaros de una cosa que sin duda tiene que seros agradable
y no sé por dónde comenzar.
--Hacéis mal, señor--dijo el aya con voz dulce--. Hablad; sea lo que
fuere lo que tengáis que decirme, os escucharé con atención. Servíos
tomar asiento.
--En efecto, así estaremos mejor--prosiguió Mathys algo cohibido--.
Sentaos vos también, Marta. Parecéis estar inquieta. Teméis que la
condesa nos sorprenda, ¿verdad? No tengáis cuidado; la he hecho ir con
un pretexto fútil a la granja grande. Estará ausente una hora por lo
menos. Vamos, no somos niños. ¿Puedo hablaros, Marta, con franqueza?
--Con toda franqueza, señor.
--Sí, pero no es como intendente del castillo, ni como vuestro superior
que os lo pregunto, sino como amigo.
--Sois demasiado bondadoso, señor.
--Está bien, no comenzamos mal--dijo Mathys restregándose las manos--.
En seguida nos entenderemos, Marta. Escuchadme: ¿Habréis notado, verdad,
cómo desde el primer día de vuestra llegada a Orsdael os demostré
amistad, cómo os protegí contra la crueldad y el odio de la condesa,
cómo espiaba vuestros pasos y os seguía para tener la felicidad de
encontraros y hablaros? ¿No habéis adivinado, acaso, la causa de este
afecto?
--Creo haberla adivinado, señor. Os confesaré que me asusto porque sólo
soy una sirvienta.
--¡Una sirvienta! Pero si tenéis la belleza, los ojos de una reina.
Desde la primera vez que os vi, Marta, me impresionaron los encantos de
vuestra persona, de vuestro lenguaje, de vuestra seductora sonrisa... No
tembléis así, amiga mía; mis intenciones son puras y honradas. Ya sé que
en materia de pudor sois muy severa y hasta muy hosca. Esa reserva me
engañó en un principio, haciéndome creer que me despreciabais. Pero
atribuyo un alto precio a la bondad, sobre todo en vos, hermosa Marta.
Así, pues, es superfluo que os diga que os amo, lo sabéis de hace
tiempo; sin embargo, todavía no conocéis la extensión de mi afecto.
Noche y día pienso en vos, y vuestra imagen no me deja sosiego; mi más
hermoso sueño consiste en haceros la compañera de mi vida, para jamás
apartarme de vos, buena y querida Marta.
Al pronunciar estas palabras apasionadas, Mathys tomó la mano de la
viuda.
Esta estaba pálida y a pesar de los violentos esfuerzos que hacía sobre
sí misma, no podía dominar sus emociones, ni su visible estremecimiento.
Felizmente Mathys se equivocó con respecto a aquella emoción.
--Perdonad, Marta--dijo con más calma--, perdonad el sentimiento que me
arrebata. ¡Ah! os lo ruego, antes de que os declare formalmente el
objeto de mi visita, decidme que no habéis permanecido indiferente a mi
cariño. Sé que vuestro corazón es sensible y agradecido, pero me sería
muy dulce sentir una palabra halagüeña de vuestros labios queridos.
--¿Qué queréis que os diga?--balbuceó Marta casi dominada por la
angustia--. ¿Qué deseáis que os responda?
--Una sola palabra: un «sí» quedo y breve, Marta. Marta, ¿me amáis?
El aya bajó silenciosamente la cabeza; su frente y sus mejillas se
cubrieron de un vivo sonrojo. Sufría atrozmente y luchaba con
desesperación contra la vergüenza que le causaba y le oprimía el
corazón. Mathys la miraba con expresión de alegría y de triunfo. El, que
era ya viejo, conseguiría por mujer una criatura hermosa, buena y que se
sonrojaba como un niño a la primera palabra que pudiera rozar su rubor.
Respetó un momento su silencio y preguntó:
--¿No me decís nada, Marta? ¿Me negáis la palabra que ha de hacerme
feliz?
--Una mujer... mi posición respecto a vos. ¿Me exigís, me arrancáis esa
confesión?
--Os lo suplico, Marta.
--Pues bien, sí--dijo el aya con voz casi ininteligible.
Mathys abrió los brazos y lanzó un grito; pero la viuda se alzó de un
salto de su silla, y con una mirada, que la indignación y el miedo
hacían irresistible, exclamó:
--Señor, señor, no ofendáis mi dignidad de mujer. Si queréis convencerme
de que realmente me amáis, respetad al menos vuestro amor por mí.
--Tenéis razón, Marta; la felicidad me hace perder la cabeza--murmuró el
intendente, dominado y casi desconcertado--. Volvamos a sentarnos y
escuchadme. Hacéis mal en asustaros por la demostración primera de mi
amor sincero, y vais a reconocerlo inmediatamente. Oídme, querida
amiga; hace quince años que soy intendente de la condesa de Bruinsteen,
he ganado bastante dinero y gastado poco. He reunido una pequeña
fortuna, y puedo hacer independiente y feliz a la mujer que elija por
compañera. Mi corazón es joven, mi salud es buena y estoy lleno de vida.
Vuestro dulce lenguaje, vuestras maneras honestas, algo inexplicable, el
encanto misterioso de vuestros ojos... ¡Ay, ay! me estoy poniendo
hablador... Bueno, bueno, ya sospecháis lo que os quiero decir, Marta.
Consentís con alegría, ¿verdad? Vuestra vacilación... Pero, ¿acaso no me
comprendéis?
--No me atrevo a comprenderos, señor--respondió el aya--. Un favor, un
honor semejante para una pobre sirvienta...
--Me habéis comprendido, Marta. Pues bien, hablaré claramente. ¿Queréis
ser mi mujer y compartir mi fortuna? Dadme la mano y no agreguemos nada
más.
Marta puso su mano en la suya.
--Estáis conmovida, tembláis--exclamó alegremente Mathys--. Es natural,
yo mismo tiemblo de alegría. Calmaos ahora, Marta, que todo ha
concluído. No me agradezcáis, querida amiga, que os ofrezca una
existencia libre y exenta de inquietudes, porque vos me aportáis todo lo
que un hombre necesita para ser feliz. Estamos, pues, a mano. Hay
personas que van a tratar de impedir nuestro casamiento; no les dejemos
tiempo para que nos susciten serios obstáculos.
--¡Sí, la condesa!--dijo el aya suspirando--. Me echará del castillo así
que sepa lo que acabáis de decirme.
--¡Echaros!--exclamó el intendente con una sonrisa de desprecio--. La
condesa se pondrá furiosa y os injuriará probablemente; pero no temáis
nada; haga y diga lo que quiera, tendrá que someterse a mi voluntad.
Poseo medios infalibles para vencer su resistencia.
Una chispa de secreta esperanza brotó en los ojos de Marta; alzó la
cabeza, dió a su fisonomía una expresión seria, y dijo:
--Perdonadme, señor; pero me parece que, sin ser indiscreta, he
conquistado desde hace un momento el derecho de interrogaros respecto de
cosas que me inspiran cierta desconfianza y que me inquietan.
--Tenéis, Marta, todos los derechos de una prometida.
--Pues bien, señor, demostradme que sois sincero. Desde hace tiempo me
pregunto por qué la condesa os persigue y espía sin cesar. ¿Por qué la
amistad que me tenéis le inspira una especie de celos y la pone
furiosa?...
--¡Bah! es sólo porque me odia, y no le agrada que los servidores tengan
por mí más respeto y afecto que por ella.
--Quiero creeros... ¿Si me engañarais, sin embargo?
--Qué ideas tenéis, Marta.
--¡Está bien! Si no fuera más que por esas apariencias, señor, haría
mal en estar inquieta; pero hay otro misterio que me espanta; a pesar de
vuestro importante cargo de intendente, estáis al servicio de la
condesa, es vuestra ama, tiene derecho a vuestra obediencia. ¿Cómo es,
entonces, que cuando ello es necesario, se encuentra bajo vuestro
dominio y tenga que someterse a vuestra voluntad, como decís vos mismo?
Aquella pregunta pareció confundir a Mathys, porque balbuceó una
respuesta confusa. Esta vacilación hizo que Marta se estremeciera de
esperanza y alegría; pero, sin embargo, prosiguió con fingida tristeza:
--¿La causa de vuestra influencia sobre la condesa no será acaso de tal
naturaleza que no pueda conocerla la mujer a quien habéis ofrecido
vuestra mano, y no podría suceder que si yo la descubriese me viera en
el caso de rechazar vuestras proposiciones? Disculpad que os hable así,
porque me veo obligada, a pesar mío, a sospechar de vuestra sinceridad.
--Nada de eso, querida Marta, estáis equivocada. El asunto de que
habláis no puede tener influencia sobre nuestro afecto recíproco ni
afectar en nada mi lealtad.
--¿Por qué ese interés en ocultarme esa razón con tanto empeño?
--Hay cosas que no pueden decirse--murmuró Mathys--, sobre todo cuando
carecen de interés para aquella que... que desea conocerlas.
--¿Entonces es un secreto?--exclamó el aya--. Un secreto entre vos y
yo... ya.
--Pues bien, sí, es un secreto--respondió Mathys--. Mi honor, y, por
consiguiente el vuestro, Marta, puede depender de la menor indiscreción
a ese respecto.
--¡Oh! tranquilizadme, señor, disipad esta duda de mi espíritu,
acordadme esa prueba de vuestro amor.
--No, Marta, sólo mi mujer puede tener el mismo interés que yo en
guardar este secreto.
La viuda juntó ambas manos y suspiró acariciándolo con la mirada, y
palpitando de emoción:
--¡Mathys, Mathys, os lo ruego, os lo suplico!
--El día de nuestro casamiento conoceréis el secreto, antes no. Tengo
que permanecer inflexible por grande que sea la emoción que experimento
bajo vuestra mirada... Pero, ¿qué es lo que oigo? Esa voz que se oye
abajo... ¡Es la condesa! Se ha vuelto a toda prisa, furiosa sin duda de
que la haya engañado. Tengo que irme, Marta. Cuando esta causa de mal
humor haya pasado, le anunciaré nuestro casamiento. Estáis de nuevo
temblando, calmaos. Si la señora llega a venir y os interroga decidle
que os he reprendido. Eso la alegrará. ¡Adiós! La condesa anda gritando
como una loca; me busca. Más tarde hablaremos de los medios de apresurar
nuestro casamiento.
Marta lo siguió y acompañó hasta la puerta; pero, habiendo pasado un
brusco capricho por el espíritu del intendente, se volvió y tomó a Marta
en los brazos. El aya dió un salto hacia atrás dando un grito, y Mathys
salió de la pieza echándose a reír.
La viuda se dejó caer en una silla y se puso a llorar de vergüenza y de
dolor. De cuando en cuando alzaba los ojos al cielo. No le dejaron
tiempo, sin embargo, de aliviar el corazón. La condesa entró bruscamente
en el cuarto y echando a todas partes miradas furibundas, se puso a
gritar:
--¿Dónde está el intendente? Os pregunto, ¿dónde está el intendente? ¿No
me oís acaso, insolente?
--Estaba aquí hace un momento, señora--respondió Marta.
--¿A dónde ha ido?
--No lo sé, señora.
--¿Qué significan, veamos, esas lágrimas y esa palidez?
--Me ha retado, señora.
--¡Os ha retado! ¿y por eso lloráis?--exclamó la condesa dulcificando el
tono--, ¿os ha maltratado acaso?
--Me ha dicho palabras que me han afectado mucho.
--Es un hombre falso y cruel, ¿verdad?
--Sí, señora, es un hombre falso y cruel.
--¡Bah! no reparéis en sus maneras brutales. Ahora lo voy a arreglar yo
a ese insolente... Burlarse de mí, hacerme ir hasta la granja grande por
un motivo ridículo... Vamos, Marta, consolaos, más vale que él os
maltrate a que quiera engañaros con su falsa amistad. Secad vuestras
lágrimas e id a pasear al jardín.
--Señora--dijo el aya cuya atención se había despertado al oír estas
últimas palabras--, desearía ir hasta la casa de Catalina, la mujer del
guardabosque. Eso me consolaría un poco en medio de mi desgracia.
--No hay ningún inconveniente para negaros esa distracción, Marat, pero
preferiría que, desde mañana, permanecierais más tiempo en el jardín con
Elena; me desagrada el tener que llamaros como ayer casi al caer la
noche. Mirad, llevad a Elena a casa del guardabosque. Catalina es una
mujer prudente. Colocad a la loca en un rincón y cuando hayáis
conversado con vuestra amiga, volveos al jardín; pero tened cuidado de
no perder de vista a Elena ni un solo instante.
--Ni un instante, señora.
--¿De modo que no sabéis dónde está el intendente?
--No, señora, se marchó corriendo en cuando sintió vuestra voz abajo.
--¡Qué cobarde! se habrá ido a esconder, pero lo encontraré. Tengo que
averiguar por qué se ha burlado de mí.
Dichas estas palabras, salió renegando, y se alejó rápidamente.
Esta conversación le devolvió a la viuda las fuerzas necesarias para
dominar los impulsos de su corazón. ¿Tenía, en efecto, un gran deseo de
ver a Catalina? ¿O más bien deseaba alejarse de la casa para evitar en
lo posible una entrevista con el intendente? Reflexionó un instante, se
secó los ojos y las mejillas y abrió la puerta del cuarto de Elena.
--Querida niña, guarda tu libro--le dijo--. Vamos a ir a pasear. Tu
madre nos ha dado permiso para ir hasta la casa de Catalina.
La joven se puso de pie rápidamente y, como si aquella sonrisa la
colmase de felicidad, unió sus manos; pero inmediatamente las dejó caer
y quedó inmóvil; luego le preguntó a su aya:
--Marta, ¿qué os ha sucedido? Tenéis los ojos colorados. ¡Si habéis
llorado!
--No ha sido nada, mi buena Elena, el intendente me reprendió.
--¡Ah! Dios mío, ¿os maltrató como a mí?
--No, no; de palabra, de palabra solamente. Te asustas sin motivo.
Apúrate; tu chal. ¡Está el tiempo más hermoso!
La joven estaba acostumbrada, desde hacía tiempo, a obedecer sin
replicar, y a no insistir nunca cuando el aya le expresaba el deseo de
no ser interrogada. Estaba convencida de que Marta le ocultaba muchos
secretos; pero creía que de eso dependía la permanencia en Orsdael, de
su protectora. Se preparó silenciosa y luego siguió al aya.
Al llegar a la puerta del castillo trató de consolar a Marta, diciéndole
palabras alegres; pero viendo que estaba absorta en sus pensamientos
melancólicos, caminó silenciosamente a su lado.
La casa del guarda estaba abierta; no había nadie en ella; pero después
de buscar algún tiempo vieron a Catalina, ocupada en arrancar las malas
hierbas en el jardín.
Así que la campesina vió a la joven y a su aya, se incorporó y fué a
recibirlas. Una ardiente curiosidad se leía en sus ojos, y, mientras se
iba acercando, interrogaba al aya con la mirada. Después de haber
saludado cortésmente a la jovencita se volvió hacia su amiga, y murmuró:
--Vuestra venida a mi casa me indica que Mathys os ha halado. ¿Cómo han
pasado las cosas? ¿Quedaréis en Orsdael?
Marta le hizo comprender por una seña misteriosa que no podía hablar de
esas cosas delante de la señorita. Paseó la vista por todos los puntos
del jardín. Este estaba rodeado por una espesa cerca, y al fondo había
un banco cubierto de yedras y madreselvas. Se veía en verdad una
abertura en la cerca, pero quedaba cerca de la casa, y alguien que
estuviera bajo aquel techo de follaje no podría ser visto desde afuera.
--Anda, Elena, siéntate en el banco, bajo la glorieta--dijo el aya--.
Tengo que entrar en la casa con Catalina, para hablar de un asunto
importante. Toma, aquí tienes mi bolsa de labores, en ella encontrarás
un tejido. Ten paciencia, que volveré a buscarte dentro de algunos
minutos.
Se alejó, y entró en la casa con Catalina, cuyo corazón palpitaba de
curiosidad.
La joven caminó lentamente por el sendero; recogió aquí y allá algunas
flores, e hizo un ramito, que se puso en el seno. Después se sentó en el
banco y se puso a concluir la gorra que Marta había comenzado. Mientras
que sus manos manejaban rápidamente las agujas, su mirada vagaba delante
de sí, meditabunda y olvidada de lo que hacía. El aya tardaba más de lo
que había dicho; pero Elena no parecía reparar en ello. Quizá pensaba en
las huellas de las lágrimas sorprendidas en los ojos de Marta; quizá se
preguntaba cuál podía ser la causa del misterio que la rodeaba. Quizá
también una imagen querida se alzaba ante sus ojos; porque a veces una
sonrisa se dibujaba en sus labios. Sea lo que fuera, sus pensamientos
se fueron volviendo tan absorbentes que dejó de tejer y su cabeza se
inclinó suavemente sobre su pecho como si sus ojos se hubieran cerrado
para mirar más profundamente dentro de sí misma.
Mientras estaba sumida en sus meditaciones, un hombre atravesó el
agujero de la cerca y penetró en el sendero.
Se detuvo y lanzó una mirada casi indiferente al jardín. Era un joven de
buena presencia y vestido con esmero. Iba a proseguir su paseo cuando
notó a la joven sentada bajo la glorieta, inmóvil y con la cabeza
inclinada. Se le escapó un grito ahogado. Se deslizó a lo largo de la
cerca y se aproximó sin ruido. A cinco o seis pasos de ella se puso un
dedo sobre los labios y balbuceó:
--¡Elena, querida Elena!
La joven se puso de pie temblando y pronta a lanzar un grito de alarma;
pero la señal que le hacía el joven y la muda plegaria que se leía en
sus ojos detuvieron la voz en los labios de Elena.
--¡Federico! ¡Ah, Federico! idos, apartaos de este sitio.
--¡Silencio, silencio, os lo ruego! No me privéis de este instante de
felicidad--murmuró.
--No, no; es preciso que os hable, cueste lo que cueste.
--¡Ay!--suspiró la joven--, mi madre despidió a Rosalía porque vos me
hablasteis. Si Marta, mi protectora, me fuera quitada, me moriría de
pena.
--No es lo mismo; por otra parte el destino lo quiere; no hay que
vacilar. Vamos, querida mía, calmaos; sentaos en el banco; así será
menos fácil que nos vean.
Tomó a la joven de la mano y la condujo al banco a pesar de las súplicas
y de la resistencia de ella. Una vez sentado junto a la joven,
prosiguió:
--Elena, he estado enfermo en Bruselas, en peligro de morir;
tranquilizaos, no tembléis así.
--En peligro de morir--repitió la joven--. ¡Oh! era por eso que mi
corazón estaba lleno de temores y que lloraba cuando pensaba en vos...
--Gracias, Elena, por vuestro recuerdo. ¿De modo que no me habéis
olvidado?
--¿Olvidado, Federico? Vos y Marta sois las únicas criaturas que me
habéis amado en la tierra.
El joven meneó la cabeza, y dijo precipitadamente:
--No tenemos tiempo para cambiar palabras dulces. Decidme, Elena, ¿de
dónde procede vuestra aya?
--De Bruselas, Federico.
--¿Cuál es su apellido?
--Se llama Marta, Marta Sweerts.
--¿Quién es?
--No lo sé.
--¿No es una parienta del conde, vuestro finado padre? ¿No es vuestra
prima o tía?
--No.
--¿No ha sido mandada por alguien de vuestra familia para protegeros?
--No lo creo.
--¿No lo creéis, no lo sabéis?--murmuró Federico con decepción--. ¿La
presencia de esa mujer oculta acaso un secreto?
--Sí, sí, muchos secretos; pero no intentéis penetrarlos, tal vez de
ellos dependa mi felicidad.
--¿Vuestra felicidad? ¿Estáis bien cierta de que esa mujer sea sincera?
--¡Oh! amigo mío; esa duda es una gran injusticia. ¡Sospechar de Marta,
un ángel de generosidad y compasión!
--¿Estáis cierta? ¿No finge? Entonces, Elena, debe ser sin duda de la
familia de vuestro padre, porque sólo la voz de la sangre puede inspirar
palabras y sentimientos como los que ha expresado delante de mí. Y si no
supiera que sois la hija de la condesa de Bruinsteen dudaría de que
fuera ésta, y no Marta, vuestra Marta...
--Sí, sí--exclamó la joven con orgullosa alegría--, ¡es mi madre por el
alma, por el corazón! ¡Ah, Federico, qué felices deben ser los hijos que
tengan una madre así!
--¿Y no os ha dicho por qué os quiere de una manera tan sorprendente, ni
quién pueda haberla mandado para consolaros o defenderos?
--¡Ah, Federico! Marta cuenta a ese respecto cosas extrañas. ¿Sabéis
quién la ha enviado a mí? Un hombre que hace cerca de veinte años que
está en el cielo. Un héroe, un oficial de húsares, condecorado con la
cruz de honor.
--¡Un oficial de húsares!--exclamó el joven.
--Sí, un oficial de húsares, que me quería antes que yo naciese.
--¡Ah! ahí está el secreto, seguid hablando, Elena.
--Pues bien, fué él quien la mandó hacia aquí; y cuando Marta ruega por
mí se le aparece a menudo, y siempre le ordena que me quiera mucho. Es
singular, no lo comprendo, pero es cierto, porque lo dice Marta, y lo
que ella dice...
Una grosera carcajada vino a interrumpirles.
Un hombre que estaba en la abertura de la cerca y que extendía el puño
hacia ellos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
--¡Ah, ah, bribona, estás otra vez ahí! Corro en busca de la condesa
para hacerle saber lo que pasa aquí. Esta vez te va a salir mal.
Elena se puso vivamente de pie, azorada por aquella amenaza, y huyó
hacia la casa dando gritos agudos. Federico trató de calmarla; pero
viendo que no lo escuchaba, pasó por la abertura y desapareció tras de
la cerca.
--¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido?--exclamaron a un mismo tiempo la viuda y
la campesina, que habían acudido al jardín--. ¿Quién ha hablado de la
condesa en voz tan alta y amenazadora?
--¡Ah, Marta, querida Marta, perdóname!--suplicó la joven asustada
echando los brazos al cuello de su aya y poniéndose a llorar sobre su
pecho--. He hecho mal. Seréis despedida, y yo moriré de pena y de dolor.
--No, no; tranquilízate, querida Elena--dijo la viuda prodigándole sus
caricias para calmarla--. Habla. ¿Qué ha sucedido?
--Federico, Federico estuvo en el jardín...
--¡Ah, Dios mío!--exclamaron las dos mujeres--. ¿Federico estuvo con vos
en el jardín?
--Sí, yo quería llamaros; pero me pidió tanto que no lo hiciera. No tuve
el valor de hacerlo. Sus ojos, su voz... Mientras que yo lo oía en un
culpable abandono de mí misma, el peón jardinero se acercó a la abertura
del cerco. Vió a Federico y corrió al castillo para avisárselo a mi
madre. ¡Ay, mi buena Marta! lo que yo tendré que sufrir no es nada, me
lo merezco; pero vos... Sostenedme, no puedo más, mis fuerzas me
abandonan.
El aya oprimió a la joven contra su pecho, y la besó con ternura,
murmurando a su oído palabras de consuelo.
--Ven, Elena--dijo la viuda tomándola del brazo--, no podemos permanecer
aquí. Tu madre estará aun más irritada si no nos viera regresar
inmediatamente.
Antes de salir de la casa del guardabosque, Catalina tomó la mano a la
viuda y le dijo:
--Marta, sois la hija de un soldado. Veo lo que pasa en vuestro corazón
y admiro vuestro valor. El señor Mathys os defenderá a las dos de las
crueldades de la condesa. Id a buscarlo en seguida, llamadlo en vuestro
auxilio; él será vuestro protector.
Cuando la viuda y la jovencita se vieron en el camino del castillo se
pusieron a caminar a toda prisa; y volvieron a cambiar entrecortadas
frases. Elena suplicaba a su aya le perdonara lo que ella llamaba su
culpable olvido de sí misma, y deploraba de antemano la pérdida de su
generosa protectora; Marta, aunque medio muerta de inquietud, ocultaba
su emoción para calmar la desesperación de su hija; y darle el valor
necesario para soportar el cruel castigo que sin duda la esperaba.
Vieron a la vieja cocinera que acudía hacia ella con el peón jardinero.
Este último, cuando estuvieron cerca, le gritó a Marta con altanería:
--Señora, dadle las llaves del cuarto alto a Mariana; la condesa lo
manda. Y no resistáis a su orden, porque si no, recurriré a la violencia
para quitaros las llaves. Os está prohibido subir.
--Es cierto, Marta--dijo en tono más dulce la cocinera--. Tenéis que
confiarme a la señorita. La condesa os espera en el salón.
--Las llaves--murmuró el aya con espanto--. Y con la señorita, ¿qué van
a hacer?
--¡Ah! va a ser severamente castigada por su imprudencia--suspiró
Mariana--. Sin embargo, la compadezco.
--¿La van a maltratar?
La cocinera hizo un gesto afirmativo, y viendo que Marta palidecía y
temblaba, le murmuró al oído:
--No os alarméis, trataré de estar junto a la señorita hasta que se
acabe este asunto.
--Y el intendente, ¿dónde está, Mariana, el intendente?--exclamó la
viuda.
--No está en el castillo; creo que ha ido al bosque a hablar con los
aserradores. Id en seguida a hablar con la condesa; tal vez, Marta, no
se muestre tan terrible como creéis.
--Ten valor, Elena, no llores así--dijo la viuda a la joven
atemorizada--. Yo soy la única causante de esto; yo sola soportaré las
consecuencias de mi fatal imprudencia.
--¡Ah, no, no!--exclamó Elena--. Sois inocente. Se lo diré a mi madre.
Si quiere vengarse de lo que ha pasado, que sea sólo en mí. Os lo
ruego, Marta, no me hagáis doblemente desgraciada.
Pero una mirada severa y un ademán imperioso le indicaron que debía
someterse sin réplica. Calló y bajó la cabeza.
El aya le dió las llaves a Mariana, miró ansiosamente una vez más a su
hija con ansiedad y corrió al castillo temblorosa.