de aquella mujer y sus monstruosas pretensiones. El doctor hizo coro con
ella y la anciana condesa lamentó altamente no haber estado allí para
arrojar a aquella desvergonzada a la puerta o al mar; el mar era una de
las puertas del jardín. Pero don Diego, en lugar de unirse a las
protestas de toda la familia, se aplicó a calmar ánimos y a vendar
heridas. Defendió a su antigua querida o, mejor dicho, la compadeció
como un hombre galante que ya no ama, pero que se cree amado aún. Llenó
este dulce deber con una tal delicadeza, que Germana aun quedó
agradecida, porque apreció una vez más la rectitud y la firmeza de su
alma. Además, si le permitía al conde dar su compasión a la señora
Chermidy, es porque estaba bien segura de poseer todo su amor.
La condesa era bastante menos tolerante. La reivindicación del niño y la
amenaza de un proceso escandaloso, la habían exasperado. No se
conformaba con menos que entregar a la viuda a los magistrados de las
siete islas y hacerla expulsar vergonzosamente como una aventurera.
--El señor Stevens--dijo--es amigo nuestro y no nos negará este pequeño
servicio.
Para ella, la visita de la viuda a Germana tenía todos los caracteres de
una tentativa de asesinato, porque, después de todo, la presencia de una
mujer tan odiosa podía matar a una convaleciente. El doctor no encontró
descabellada la idea.
El conde intentó calmar a su madre.
--No tema usted nada--dijo--, no intentará ningún proceso. No es tan
desnaturalizada que quiera comprometer a su hijo al mismo tiempo que a
nosotros. La cólera la ofuscó, sin duda. A nosotros, que somos dichosos,
nos es fácil hablar sensatamente. Debe estar indignada contra mí y
mirarme como a un gran culpable, porque yo la he abandonado sin tener
nada que reprocharle; en ocho meses no le he escrito ni una sola carta;
he dado mi alma a otra. Aun me odiaría más si supiera que los días más
dichosos de mi vida son los que he pasado lejos de ella al lado de mi
Germana y si yo le dijese que mi corazón está lleno de amor hasta los
bordes, como esas copas que una gota más haría desbordar. Déjeme que la
despida con buenas palabras. ¿Por qué no he de ir a abrirle mi corazón y
a mostrarle que ya no queda sitio para ella? No hace falta más que una
hora de dulzura y de firmeza para cambiar el amor despechado en una
amistad pura y duradera. Yo le aseguro que no pensará más en el
escándalo y será digna de encontrarse con nosotros sin embarazo y de
enviar a buscar de cuando en cuando noticias de su hijo. Hay pocas
mujeres que no estén expuestas a codearse en un salón con la antigua
amante de su marido. Y no por eso se arrancan los ojos; el presente y el
pasado viven en buena harmonía, una vez que la frontera que las separa
está bien delimitada. Considere, además, que nuestra situación no es la
corriente. Por mucho que hagamos nosotros, por mucho que haga ella
misma, esa desgraciada será siempre, a los ojos de Dios, la madre de
nuestro hijo. Aunque no hubiese sido más que su nodriza, nuestro deber
sería asegurarla contra la miseria. No nos neguemos a una gestión
inocente y prudente que puede salvarla de la desesperación y del crimen.
Don Diego hablaba de tan buena fe, que Germana le tendió la mano y le
dijo:
--Amigo mío, yo había asegurado a esa mujer que no volvería a verle,
pero si yo hubiese oído hablar a usted con tanta razón y experiencia, yo
misma le hubiera conducido a usted a su casa. Tome el coche sin pérdida
de tiempo, corra a despedirla y perdónela el mal que me ha hecho como yo
la perdono.
--¡Muy bonito!--exclamó la señora de Villanera--. Si él sube al coche,
yo misma desengancharé a los caballos. Don Diego, usted no me consultó
para tomar una amante; no me escuchó usted cuando le dije que había
caído en manos de una bribona; puesto que usted me consulta hoy, tendrá
que escucharme hasta el fin. Soy yo quien le he casado. Yo le he dejado
hacer, en el interés de nuestra raza, un tratado que sería odioso entre
los burgueses; pero la grandeza de los intereses y el principio a
salvar, excusan muchas cosas. Dios ha permitido que un asunto tan mal
iniciado se haya convertido en la felicidad de todos. ¡Dios sea loado!
Pero no se dirá, mientras viva yo, que usted ha salido de casa de su
esposa santa y legítima para entrar en la de su antigua amante. Ya sé
que usted no la ama ya, pero tampoco la desprecia lo bastante para que
yo le crea curado. Esa Chermidy le ha tenido tres años en sus garras; no
quiero exponerle a que caiga de nuevo en ellas. No diga usted que no con
la cabeza. La carne es débil, hijo mío; lo sé por usted, ya que no por
experiencia propia. Conozco a los hombres, aunque nunca me han hecho la
corte. Pero cuando se asiste al teatro por espacio de cincuenta años se
está un poco en el secreto de la comedia. Acuérdese bien de esto: el
mejor de los hombres no vale nada. El mejor es usted, se lo concedo.
Usted está curado de su amor; pero esos amores parásitos son de la
familia de la acacia; se arranca el árbol, se queman las raíces y los
retoños salen a millares. ¿Quién me asegura que la vista de esa mujer no
le hará perder la cabeza? Usted no tiene el cerebro tan sólido para
exponerlo a semejante sacudida. Quien ha bebido beberá; y usted ha
bebido tanto que yo pensaba que se ahogaría. ¡Ah! si usted estuviese
casado desde hace tres o cuatro años, si usted viviese como vivirá
pronto, con la ayuda de Dios, si el marqués tuviese un hermano o una
hermana, quizás entonces le dejaría suelta la brida. Pero suponga que su
antigua locura vuelve, ¡habría hecho yo un bonito papel casándole con
este ángel! Por eso es, mi querido conde, por lo que no irá usted a casa
de la señora Chermidy, ni siquiera para despedirla, y si, a pesar de mi
negativa, va usted, cuando vuelva no encontrará aquí ni a su mujer ni a
su madre.
Don Diego se conformó, pero estuvo de mal humor por espacio de tres
días. El doctor Le Bris había cambiado de enfermo y se dedicaba a curar
el cerebro de su amigo y a desarraigar las ilusiones obstinadas que el
conde guardaba sobre su amante. Desató implacablemente la tupida venda
que el pobre hombre se había dejado colocar sobre los ojos. Le contó
detalladamente todo lo que sabía del pasado de aquella mujer; le hizo
ver que era ambiciosa, avariciosa, ladina y malvada.
--Me llaman la tumba de los secretos--pensaba, adivinando todas las
maldiciones que sobre él caerían--, pero la justicia tiene derecho a
abrir las tumbas.
Don Diego dudaba aún; le hizo leer la última carta que había recibido de
la señora Chermidy. El conde se estremeció de horror viendo allí una
provocación al asesinato con una recompensa de quinientos mil francos.
La llegada del duque fue una nueva prueba de la maldad de la señora
Chermidy. El pobre anciano había hecho el viaje sin accidentes gracias a
ese instinto de conservación que nos es común con los animales; pero su
espíritu había desgranado todas sus ideas por el camino, como un collar
cuyo hilo se rompe. Supo encontrar la villa Dandolo y cayó en medio de
la familia extrañada, sin más emoción que la que experimentaría al salir
de su habitación. Germana le saltó al cuello y le colmó de ternezas; él
se dejaba acariciar como un perro que juega con un niño.
--¡Qué bueno es usted!--le dijo--. Ha sabido que yo estaba en peligro y
ha corrido a verme.
--¡Toma! Es verdad--respondió--. ¿No has muerto, pues? ¿Cómo te las has
arreglado? Estoy muy contento, es decir, no mucho; Honorina está furiosa
contra ti. ¿No está aquí Honorina? Ha venido a casarse con el conde.
¡Mientras me perdone!
Nadie le pudo arrancar una palabra sobre la salud de la duquesa, pero en
cambio habló de Honorina tanto como quiso. Contó todas las dichas y
todos los pesares que le había dado. Todos sus discursos se referían a
ella, así como todas sus preguntas: la quería a todo precio y empleó la
astucia de una tribu india para descubrir su dirección.
La llegada inesperada de aquella ruina viviente fue un serio dolor para
Germana y una cruel enseñanza para don Diego. La señora de Villanera,
que nunca había sentido simpatía por el duque, se interesaba
mediocremente por su estado, pero se consideraba triunfante al tener a
mano a una víctima de la señora Chermidy. Dedicó los cuidados más
asiduos al señor de La Tour de Embleuse y le arrancó todos los secretos
de su miseria y de su decadencia.
El duque había fondeado en la casa desde hacía unas horas, cuando la
señora Chermidy hizo saber a don Diego que era vecina suya y que le
esperaba. El conde enseñó la carta al señor Le Bris.
--¿Qué le contestaría usted en mi lugar?--le preguntó con indiferencia.
--La ofrecería dinero. Ella ha venido aquí para apoderarse de su nombre,
de su persona y de su fortuna. Cuando ha visto que la condesa aún vivía,
ha renunciado al nombre y se ha hecho fuerte en lo demás. Cuando vea que
su persona de usted se pasa fácilmente sin la suya, se contentará con el
dinero.
--¿Y ese proceso, ese escándalo con que nos amenaza?
--Ofrézcala dinero.
--Pero, ¿y su hijo?
--Cuestión de dinero. Claro que habrá de ser mucho. Se dan dos sueldos a
un mendigo de blusa, diez al que viste de americana, cien al de levita;
calcule usted lo que conviene ofrecer a los que mendigan en coche de
cuatro caballos.
--¿Quiere ir usted a ver lo que pide?
--¡Diablo! Usted me ha contratado por meses; no contábamos las visitas.
El doctor se hizo llevar a casa de la señora Chermidy. Cuando entró,
estaba en escena. Sentada lánguidamente en un gran sillón, los brazos
colgando, la cabellera suelta, dejaba errar sus ojos melancólicos, y
_Soñadora, miraba vagamente hacia el espacio._
--Buenos días, señora--dijo el doctor--. Puede usted sentarse a su
comodidad, soy yo.
Se levantó sobresaltada, corrió a él y le dijo:
--¡Es usted, amigo mío! Me dio usted un disgusto el otro día. ¿Es así
como debía acogerme después de una larga ausencia?
--No hablemos más de eso, ¿le parece a usted? Hoy no vengo como amigo,
sino como embajador.
--¿No le veré a él, pues?
--No; pero, si tiene usted curiosidad por ver a alguien, puedo enseñarle
al duque de La Tour de Embleuse.
--¿Está aquí?
--Sí, desde esta mañana. Una linda obra de usted, pero sin firma.
--No soy responsable de las necedades de todos los viejos locos que
pierden la cabeza por mí.
--¿Ni de los millones que pierden en su casa? De acuerdo.
--¿Pero de buena fe me cree usted una mujer interesada, llave de los
corazones?
--¡Caramba! ¿Cuánto quiere usted por volverse a París y permanecer
tranquila allí?
--Nada.
--Le pagaremos el pasaje, aunque cueste un millón.
--Es que somos dos; he traído a _le Tas_.
--Doblaremos quizá la suma.
--¿Qué ganaría yo con eso? Si yo fuese lo que usted supone, podría tomar
hoy el dinero y dar mañana el escándalo. Pero valgo más que todos
ustedes.
--¡Muchas gracias!
--Tome usted, bello embajador, llévele esto al rey su señor y dígale que
si quiere algo para el otro mundo, me lo puede enviar esta noche.
--¡Cómo! ¿Ya acudimos a los grandes efectos?
--Sí, amigo mío. Este es mi testamento y aquí está el acta de mis
últimas voluntades. El paquete no está cerrado, puede usted leerlo.
--¡Efectivamente!
Y leyó:
«Este es mi testamento y el acta de mis últimas voluntades.
»En la víspera de dejar voluntariamente una vida que el abandono del
señor conde de Villanera me ha hecho odiosa...»
--¡Desgraciada!--dijo el doctor interrumpiendo la lectura.
--Es la verdad pura.
--Borre esa frase. Está mal escrita.
--Las mujeres no escriben bien más que las cartas. No tienen la
especialidad de los testamentos.
--Entonces, continúo:
«Yo, Honorina Lavenaze, viuda de Chermidy, sana de cuerpo y de espíritu,
lego todos mis bienes muebles e inmuebles a Gómez, marqués de los Montes
de Hierro, hijo único del conde de Villanera. (Firmado.)»
--Y mañana por la mañana quedará rubricado. ¡Vaya usted!
--Me parece que no.
--¿Lo duda usted?
--Sí.
--¿Y quiere usted decirme por qué no me mataré yo?
--Porque eso sería un gran placer para tres o cuatro honradas personas
que yo conozco. Adiós, señora.
Aun no se había cerrado la puerta tras el doctor, cuando _le Tas_ salió
de una habitación inmediata en compañía de Mantoux.
XIII
EL PUÑAL
Mateo Mantoux no podía consolarse de la curación de Germana. Acusaba al
droguero de haberle vendido arsénico falsificado. En su dolor,
descuidaba el servicio y se consolaba divagando alrededor de la villa.
El objeto de sus paseos era siempre aquella linda propiedad de la cual
había sido el dueño en esperanza. A fuerza de contemplarla la conocía
hasta en sus menores detalles, como si se hubiese criado en ella. Sabía
cuántos balcones tenía la casa y no había un árbol que no tuviese un
recuerdo para él. Había franqueado la verja más de una vez, lo que no
era difícil. Aquel paraíso terrestre estaba cerrado por un seto de
cactus y de áloes, formidable defensa si se cuida de ella, pero la
infranqueable barrera había caído en tres o cuatro sitios y la delicada
librea de Mantoux podía saltar sin peligro al recinto prohibido.
El 26 de septiembre, hacia las cuatro de la tarde, aquel melancólico
bribón pensaba en su desgracia franqueando la valla. Se acordaba con
amargura de sus primeras entrevistas con _le Tas_ y de la acogida de la
señora Chermidy. Cuando comparaba su situación presente con la que había
soñado, se consideraba como el más desgraciado de los hombres, porque
creía haber perdido lo que había dejado de ganar. La interrupción de una
masa enorme que se movía pesadamente en el jardín interrumpió el curso
de sus ideas. Se restregó los ojos y se preguntó por un instante si veía
a _le Tas_ o a su sombra; pero las sombras no abultan tanto. _Le Tas_ le
advirtió y le hizo señas. Precisamente estaba buscándole.
--¡Qué tal!--le dijo--. ¿Cómo va eso, guapo enfermero? Ha cuidado usted
muy bien a su ama y ya está curada.
--¡Poca suerte!--respondió él con un gran suspiro.
--Estamos solos--continuó _le Tas_--, nadie puede oírnos; no tenemos
tiempo que perder. ¿Estás contento de que haya curado tu señora?
--Ciertamente, señorita. No obstante, su ama me había prometido otra
cosa.
--¿Qué es lo que te había prometido?
--Que la señora moriría bien pronto y que yo tendría 1.200 francos de
renta.
--Y tú hubieras preferido eso, ¿verdad?
--¡Claro! Así hubiera sido propietario, mientras que ahora tendré que
vivir siempre en casa de los otros.
--¿Y no se te ha ocurrido nunca hacer por tu cuenta lo que la enfermedad
no había hecho?
Mantoux la miró fijamente con una turbación visible. No sabía si se
trataba de un juez o de un cómplice. Ella le sacó de su embarazo
añadiendo:
--Yo te conozco; te había visto en Tolón. Cuando fui a visitarte a
Corbeil, ya conocía tu historia.
--¡De modo que usted...! ¿Así usted tenía su idea al enviarme aquí?
--Seguramente. Si no hubiese habido nada que hacer, yo hubiera buscado a
un hombre honrado. Gracias a Dios, no faltan. ¡Hasta hay demasiados!
--¿Y era por eso por lo que me ofrecían 1.200 francos de renta?
--¡Figúrate!
--Sospecho que fue usted la que me escribió aquel anónimo.
--¿Quién había de ser?
--¿Pero qué interés tiene usted?
--¿Qué interés? Tu ama ha robado su marido a la mía. ¿Comprendes ahora?
--Empiezo a comprender.
--Deberías haber empezado más pronto, ¡imbécil!
--Es verdad; no obstante, algo he hecho.
--¿Qué has hecho?
--He comprado arsénico y le he dado un poco todas las noches.
--¿De veras?
--¡Palabra de honor!
--Debes de haberle dado muy poco.
--Tenía miedo de comprometerme. Es un veneno que deja señales.
--¡Cobarde!
--¡Toma! No se hace uno cortar el cuello por 1.200 francos de renta!...
--La señora te hubiera dado todo lo que hubieras querido.
--Habérmelo dicho. Ahora ya es tarde.
Mantoux esperaba en una habitación contigua la partida del doctor Le
Bris. Algunas palabras sueltas de la conversación llegaban a sus oídos.
No obstante, no comprendió más que a medias el trato que le querían
hacer. Abordó con una desconfianza respetuosa a la señora Chermidy. La
viuda no juzgó conveniente entrar en explicaciones con él hasta que no
hubiese recibido una respuesta de don Diego. Estaba muy agitada y daba
apresurados pasos por el salón. Escuchaba a _le Tas_ sin oírla y miraba
al ex presidiario sin verle. Le era bien conocida la cortesía del conde
de Villanera para que pudiese apreciar en todo su valor su ausencia y su
silencio.
--Ya no me ama--se decía--. Menos mal, si sólo fuese indiferencia; ya
sabría yo reconquistarle. Pero seguramente me han pintado a sus ojos
como un monstruo. Si así no fuese, no me habría tratado de tal modo.
¡Ofrecerme dinero por mediación de ese odioso Le Bris! ¡Y en qué
términos, grandes dioses! Si me ve con los mismos ojos que su embajador,
si he perdido ya su aprecio, ¿qué será de mí? No volverá ya. Viudo o no,
está perdido para mí. Entonces, ¿a qué conduciría?... ¿por pura
venganza? Pues bien, sea, ¡me vengaré! Pero esperemos. Si no viene
corriendo cuando haya leído lo que he escrito, todo está perdido.
--Señora--interrumpió Mantoux--, es preciso que vaya a servir la comida,
y si la señora tiene algo que mandarme...
--Ve a servir tu comida--respondió--; pero no olvides que me perteneces.
Escucha bien todo lo que digan, para repetírmelo.
--Sí, señora.
--Un momento. Quizás el señor de Villanera venga aquí esta tarde. En tal
caso, no tendré necesidad de ti. No obstante, paséate por los
alrededores mañana por la mañana. Si no viniese... ¡pero no, eso es
imposible! vienes tú así que se hayan acostado. No importa a que hora.
Tal vez _le Tas_ duerma; llama de todos modos, yo te abriré la puerta.
--Es inútil, señora; he sido cerrajero y conservo mis herramientas.
--Bien, te esperaré. Pero estoy segura que el conde vendrá.
Mantoux sirvió a la mesa y aun cuando se esforzó en oír la conversación,
el nombre de la señora Chermidy no fue pronunciado.
Se comió en familia, con un solo invitado, el señor Stevens. La señora
de Villanera le preguntó si la ley inglesa permitía a los magistrados
expulsar a los vagabundos sin otra forma de proceso. El señor Stevens
respondió que la legislación de su país protegía la libertad individual
hasta en sus abusos.
--Eso está muy bien--dijo el doctor sonriendo--. ¿Y a las aventureras?
--Se las trata un poco más severamente.
--¿Aun cuando tengan cinco o seis millones de capital?
--Si conocéis muchas de esa especie, enviadlas todas a Inglaterra. Se
las recibirá con los brazos abiertos, se las coronará de rosas y se
casarán con _lords_.
La señora de Villanera hizo una mueca y se pasó a otra cosa.
Durante toda la comida, el viejo duque tuvo los ojos fijos en Mantoux.
Aquel cerebro impotente, aquella memoria desvanecida, supo reconocer en
él al hombre que había visto una sola vez en casa de la señora Chermidy.
Lo llamó aparte después de los postres y lo condujo misteriosamente a su
habitación.
--¿Dónde está ella?--le preguntó--. Tú la conoces; tú sabes dónde está
oculta; ¡porque me la ocultan!
--Señor duque--respondió--, no sé a quien...
--Te hablo de Honorina. Ya sabes quién es, Honorina, la dama de la calle
del Circo.
--¿La señora Chermidy?
--¡Ah! ¿ves cómo la conoces? Estoy seguro de que tú la has visto. ¡Mi
hija también la ha visto! ¡el doctor también! todos, en fin, ¡menos yo!
Ve a buscármela y te haré rico.
Mantoux respondió:
--Puedo jurar al señor duque que no sé dónde está la señora Chermidy.
--¡Dímelo, bribón! no se lo contaré a nadie: esto quedará entre los
dos... Si no me lo dices esta noche, te haré cortar la cabeza--añadió en
tono de amenaza.
El ex presidiario se estremeció como si el viejo pudiese leer en su
conciencia. Pero el duque había cambiado de nota: lloraba como un niño.
--Hijo mío--decía--, no quiero tener secretos para ti. Es necesario que
te anuncie la desgracia que nos amenaza. Honorina quiere matarse esta
noche; se lo ha dicho al doctor y ha enseñado su testamento a mi yerno.
Ellos pretenden que no hará nada y que sólo se propone asustarle, pero
yo la conozco mejor que nadie y sé que se matará. ¿Y por qué no ha de
matarse? ¡Ya ves, a mí que te estoy hablando, me ha matado! ¿Te has
fijado en aquel puñal que tenía sobre su chimenea en París? Pues bien,
un día, no me acuerdo cuándo, me lo hundió en el corazón. Con ese mismo
cuchillo se matará esta noche, si no llego a tiempo. ¿Quieres llevarme a
su casa?
Mantoux hizo nuevas protestas de que ignoraba el domicilio de la viuda,
pero no pudo convencer al insensato viejo. Hasta las diez de la noche,
el señor de La Tour de Embleuse le siguió a todas partes, al jardín, a
la despensa, a la cocina, con la paciencia de un salvaje.
--Es inútil que disimules--le decía--; tú irás a su casa y yo te
seguiré.
En las islas Jónicas la gente se acuesta temprano. A media noche todos
dormían en la casa, menos el duque y Mantoux. El ex presidiario
descendió a paso de lobo la escalerilla que conducía a su habitación. Al
atravesar el jardín del norte creyó ver deslizarse una sombra entre los
olivos. Salió al campo y anduvo a lo largo de las verjas, por senderos
extraviados, en dirección a la propiedad que tan bien conocía. La sombra
encarnizada le siguió de lejos hasta la valla. Mantoux se preguntó si no
le había engañado su vista y si no era víctima de una alucinación;
recuperó la presencia de ánimo, volvió sobre sus pasos y buscó al
enemigo; el camino estaba desierto y la aparición se había desvanecido
en la noche.
Una obscuridad profunda envolvía la casa. El único balcón en que se veía
luz era el de la señora Chermidy, que estaba en el piso bajo: Mantoux
comprendió que le esperaban. Sacó un manojo de llaves falsas que había
envuelto en un trapo para que no hiciesen ruido, pero no tuvo tiempo de
emplearlas. La señora Chermidy le abrió la puerta.
--Habla en voz baja--dijo--. _Le Tas_ acaba de dormirse.
Los dos cómplices entraron en la habitación, y lo primero que hirió la
vista de Mantoux fue el puñal de que le había hablado el duque.
--¡Y bien!--exclamó la viuda--; ¿el señor de Villanera se ha acostado?
--Sí, señora.
--¡Infame! ¿Qué han dicho mientras comían?
--No han hablado de la señora.
--¿Ni una palabra?
--No; pero después de comer, el señor duque me ha preguntado la
dirección de la señora. Le he encontrado muy desmejorado.
--¿No ha dicho nada más?
--Tonterías. Que la señora quería matarse, que ha escrito su testamento.
--Sí, es verdad; lo he hecho para obligar al conde a que viniese. ¿Se ha
acostado?
--¡Oh! sí, señora. La habitación del señor está cerca de las nuestras.
El señor ha apagado la luz a las once.
--Oye; si han dicho algo de mí en la mesa, puedes repetírmelo sin temor;
no me enfadaría por ello, al contrario, me consideraría dichosa.
--No han abierto la boca para ocuparse de la señora.
--¡Ah! ¡les anuncio que voy a matarme esta noche y ni siquiera me
dedican un pequeño comentario!
--No se han ocupado de la señora; como si la señora no estuviese en el
mundo.
--Está bien; ya les recordaré que estoy viva. _Le Tas_ me ha dicho que
le habías dado arsénico a la condesa.
--Sí, señora; pero no ha hecho efecto.
--Si le dieses una puñalada, quizás haría efecto.
--¡Oh! ¡señora! ¡una puñalada! eso ya es más grave.
--¿Qué diferencia hay?
--Por de pronto, la señora condesa estaba enferma, y la enfermedad tiene
buenas espaldas para cargar con todo. ¡Pero matar a una persona que está
sana! Eso es más difícil.
--Te pagaré según el trabajo.
--¿Y si me cogen?
--Tomas una embarcación y te refugias en Turquía; la justicia no te
perseguirá hasta allí.
--Es que tenía la idea de quedarme aquí. Quería comprar una propiedad.
--La tierra se compra por nada en Turquía.
--Es igual. Lo que la señora pide vale cincuenta mil francos.
--¿Cincuenta mil francos?
--¡Espero que la señora no querrá regatear!
--Sea. Trato hecho.
--¿Y dinero contante?
--Contante.
--¿Lo tiene usted? Porque si usted no me pagase esa suma, no iría a
reclamársela a París.
--Tengo cien mil francos en mi _secreter_.
--Pido cinco minutos para reflexionar.
--Reflexiona.
Mantoux se volvió hacia la chimenea, se apoderó maquinalmente del puñal
corso de la señora Chermidy, probó la punta sobre uno de sus dedos e
hizo doblar la hoja sobre el mármol. La señora Chermidy no le miraba;
esperaba el resultado de su decisión.
--Ya lo he pensado--dijo--. Prefiero quedarme aquí que ir a Turquía; mis
compatriotas son mejor tratados en Corfú; además, he aprendido un poco
el italiano y no aprendería el turco; y, por último, el jardín y la casa
que usted ha alquilado, me convienen.
--¿Pero cómo diablos quieres...?