condesa, se la doy a usted. En primer lugar, esto me vale cien mil
francos y no cincuenta mil. Después, nadie tratará de acusarme o de
perseguirme, porque usted ha hecho su testamento para suicidarse esta
noche. La encontrarán en su cama, atravesada con su puñal y verán que
usted ha tenido palabra. Y por último, dicho sea sin ofenderla, prefiero
matar a una bribona como usted que a una mujer honrada como mi señora,
que siempre me ha tratado bien. Es el primer paso que voy a intentar por
el buen camino y espero que el Dios de Abraham y de Jacob sabrán
recompensármelo.
XIV
LA JUSTICIA
La sombra que había seguido a Mantoux desde la villa Dandolo hasta el
jardín de la señora Chermidy era el duque de La Tour de Embleuse.
Un instinto tan infalible como el razonamiento dijo al insensato que
Mateo era esperado en casa de la bella arlesiana. Espió su partida;
esperó la hora en el fondo de un corredor obscuro de la villa. Cuando
oyó al ex presidiario abrir la puerta de su cuarto, supo ahogar su voz y
reprimir la risa nerviosa que sacudía su viejo cuerpo desde la cabeza a
los pies. Para descender la escalera en seguimiento de su guía, se quitó
los zapatos e hizo todo el camino descalzo, entre los guijarros y las
espinas que ensangrentaban sus pies a cada paso. No advirtió ni la
longitud del camino, ni los rodeos interminables, ni la fatiga, ni el
dolor. El imperio de una idea fija le hacía insensible a todo; su único
temor era perder a su conductor o ser visto por él. Cuando Mantoux
redoblaba el paso, el duque corría detrás de él, como si tuviese alas;
cuando aquél volvía la cabeza, el duque se tendía sobre el vientre y se
metía en los fosos o se replegaba adosado a un seto espinoso de cactus o
de granados.
Se detuvo al fin junto a la valla. Una voz secreta le dijo que el único
balcón donde se veía luz era el de la señora Chermidy. Vio a su guía
detenerse a la puerta. Una mujer fue a abrirle, y su viejo corazón
brincó con una alegría desordenada al reconocer a la criatura que le
atraía.
¡No estaba, pues, muerta! ¡Podría verla, hablarle y quizá volver a
hacerle amable la vida! Su primer impulso fue lanzarse hacia ella; pero
se contuvo. Estaba seguro de que no se mataría en presencia del criado.
Se prometió esperar a que estuviese sola para caer en su casa,
sorprenderla y arrancarle el puñal de la mano.
Guardó su impaciencia durante una hora larga, sin advertirlo. Amaba a la
señora Chermidy como no había amado a su mujer ni a su hija. Sentía
germinar en su cerebro ideas de abnegación, de solicitud, de desinterés,
de humilde esclavitud. Aquel amor irreflexivo, absoluto, sin medida ni
restricción, no era un sentimiento nuevo para él; hacía sesenta años que
se amaba a sí mismo de igual modo. Su egoísmo había cambiado de objeto
sin cambiar de carácter. Hubiera inmolado el mundo entero al capricho de
la señora Chermidy, como antes a su propio interés o a sus placeres.
Desde el día que la ingrata le abandonó, no vivía. Su corazón no podía
latir más que a su lado; sus pulmones no respiraban más que el aire que
ella había respirado. Iba a través del mundo como un cuerpo inerte
lanzado en el vacío.
Algunas veces, un resto de razón descendía a su espíritu y se decía:
--Soy un viejo loco. ¿Por qué me he atrevido a hablarle de amor? El amor
no sienta bien a un vejestorio como yo. Que me conceda un poco de
amistad, será todo lo que yo merezca. Que me sufra en su casa como a un
padre y yo encontraré en un rincón de mi corazón sentimientos
paternales. Ella es desgraciada, llora el abandono de Villanera; yo la
consolaré.
La esperanza de volver a verla le producía fiebre. Sus ojos fatigados
por la fiebre le cosquilleaban dolorosamente, pero esperaba llorar
cuando cayese a los pies de Honorina. En los grandes dolores de la vida,
nuestros ojos se calman con las lágrimas. El señor de La Tour de
Embleuse, sentado en un rincón del jardín, frente a la casa, se parecía
al animal que ha corrido tres días por el desierto en busca de agua
fresca y que se detiene con el último impulso ante el manantial deseado,
con el ojo sangriento y la lengua colgando.
El último resplandor se extinguió en la habitación y el balcón del que
él no separaba la mirada se confundió con todos los demás en la
obscuridad. Pero la casa, invisible para los demás, no lo era para el
duque, y el balcón brillaba como un sol a sus ojos iluminados. Vio a
Mantoux salir de la casa, huir a través de los campos con una carrera
desesperada, sin volver la cabeza hacia atrás. Entonces salió de su
escondite y avanzó a paso de lobo hasta el balcón bien amado. Ni
siquiera se fijó en si la puerta estaba abierta o cerrada, ¡tanto le
atraía aquel balcón! Se apoyó en el borde, palpó los hierros y apoyó su
nariz y su boca contra un vidrio, sintiendo una frescura consoladora con
el contacto.
Dentro como fuera, reinaba una obscuridad grande, pero los enfermos
sentidos del viejo loco creyeron ver a la señora Chermidy arrodillada al
pie de su cama, con la cabeza hundida entre las manos y abriendo a la
oración sus bellos labios rosados. Para llamarle la atención golpeó
dulcemente el cristal, pero nadie le contestó. Entonces creyó verla
dormida, porque las alucinaciones más contradictorias se sucedían en su
espíritu. Reflexionó largamente sobre el medio de llegar hasta ella y
despertarla sin asustarla. Para alcanzar su objeto se sentía capaz de
todo, incluso de demoler un lienzo de pared sin otro auxilio que el de
sus diez dedos. Al acariciar la vidriera advirtió que el vidrio estaba
encerrado en un armazón de plomo. Entonces decidió arrancarlo con las
manos, y tan valerosamente emprendió la tarea que acabó por conducirla a
buen término. Sus uñas se retorcían alguna vez sobre el plomo o se
quebraban sobre el vidrio; sus dedos sangraban, pero no hacía caso; si
se detenía alguna vez, era para secarse la sangre, para escuchar los
ruidos que podían venir de dentro y asegurarse de que Honorina
continuaba durmiendo.
Cuando hubo casi arrancado el armazón, empezó a tirar del vidrio
deteniéndose cada vez que se oía un crujido o que una sacudida demasiado
violenta hacía resonar todo el balcón. Por fin su paciencia obtuvo la
recompensa y la hoja transparente cayó en sus manos. La depositó sin
hacer ruido sobre la arena de la alameda, dio un paso apoyando el índice
sobre sus labios y fue a aspirar el vaho de la habitación por la
abertura que había hecho. Su pecho se henchía con una ávida
voluptuosidad. Era la primera vez que respiraba en diez días.
Alargó la mano hacia la habitación, palpó el interior, encontró la
falleba y la cogió. Las vidrieras eran pequeñas, la abertura estrecha,
por lo cual no podía mover el brazo con desahogo; no obstante, la puerta
cedió rechinando sobre sus goznes. El duque se asustó ante aquel ruido y
pensó que todo estaba perdido. Retrocedió hasta el fondo del jardín y
trepó a un árbol, con los ojos fijos en la casa y el oído abierto a
todos los ruidos. Escuchó largo tiempo y no oyó otra cosa que el lamento
dulce y melancólico de los sapos que cantaban al borde del camino.
Descendió de su observatorio y llegó a gatas hasta el balcón, tan pronto
bajando la cabeza para no ser visto, tan pronto levantándola para ver y
oír. Volvió al sitio de donde el miedo le había arrojado y se aseguró de
que Honorina dormía aún.
Las dos puertas del balcón se abrieron sin ruido. El aire de la noche
entró en la casa sin despertar a la bella dormida. El duque echó una
pierna por encima de los hierros y se deslizó en la habitación. La
alegría y el miedo le hacían temblar como un árbol sacudido por el
viento. Vacilante, iba adelantando sin atreverse a apoyarse en los
muebles. La habitación estaba llena de objetos de toda clase, de baúles
abiertos y cerrados y aun de muebles derribados. El duque atravesó por
todos aquellos obstáculos con precauciones infinitas. Marchaba a
tientas, rozando todos los objetos sin tocarlos y paseando entre las
sombras sus dedos destrozados. A cada paso murmuraba en voz baja:
--Honorina, ¿está usted ahí? ¿me oye usted? Soy yo, su viejo amigo, el
más desgraciado, el más respetuoso de todos sus amigos. No tenga usted
miedo; no tema nada, ni siquiera que le dirija ningún reproche. En París
estaba loco, pero el viaje me ha cambiado. Soy un padre que viene a
consolarla. No se mate usted; ¡yo me moriría!
Aquí se detuvo, se calló y escuchó. No oía más que los latidos de su
corazón. Tuvo miedo y se sentó un momento para calmar su angustia.
--¡Honorina!--gritó levantándose--, ¿está usted muerta?
Fue la muerte en persona la que le respondió. Tropezó contra un mueble y
sus manos nadaron en un mar de sangre.
Cayó arrodillado, apoyó los brazos en la cama y permaneció hasta que se
hizo de día en la misma postura. No se preguntó siquiera cómo había
podido ocurrir aquella desgracia. No experimentó ni sorpresa ni pesar.
La sangre le subió hasta el cerebro y todo concluyó. Su cabeza no era
más que una jaula abierta de la que la razón había volado. Pasó las
últimas horas de la noche apoyado sobre un cadáver que se enfriaba
gradualmente.
Cuando _le Tas_ fue a ver si su hermosa prima se había despertado, oyó a
través de la puerta un grito estridente como el canto del grajo. Al
entrar vio un viejo ensangrentado que agitaba la cabeza en todas
direcciones como para sacudir la sangre. El duque de La Tour de Embleuse
gritaba: «¡Acá! ¡Acá! ¡Acá!» Era todo lo que le quedaba del don de la
palabra, el más hermoso privilegio del hombre. Su cara era una mueca
horrible, sus ojos se abrían y se cerraban automáticamente; sus piernas
estaban paralizadas, su cuerpo hundido en el sillón, sus manos muertas.
_Le Tas_ no había conocido más que un sentimiento humano: adoraba a
Honorina. La monstruosa criatura se arrojó sobre el cuerpo de su dueña
lanzando un grito como el que no es posible oírlos más que en el
desierto. Lloró como las tigresas deben llorar a sus cachorros. Arrancó
el cuchillo de una grande y profundida herida que ya no sangraba; cogió
en brazos a aquel hermoso cuerpo inanimado y le colmó de caricias locas.
Si las almas pudiesen partirse en dos, ella hubiera resucitado a sus
expensas a su querida Honorina. La cólera sucedió bien pronto al dolor.
No dudó ni un instante de que el duque fuese el asesino. Arrojó el
cadáver sobre la cama y corrió con toda su masa hacia el viejo. Le
golpeó, le mordió las manos y buscó sus ojos para arrancárselos, pero el
duque era insensible y no respondía a aquellas violencias más que por un
grito uniforme que debía ser en lo sucesivo su único lenguaje. Los
animales tienen diferentes sonidos para expresar la alegría o el dolor;
pero el paralítico yace en el último grado de la escala de los seres.
_Le Tas_ se cansó de golpearlo antes de que él sospechase que lo
golpeaban.
Mientras tanto, Germana, bella y sonriente como la mañana, despertaba a
su madre y a su marido, asistía al tocado de su hijo y bajaba al jardín
para respirar el aire embalsamado del otoño. Los señores Le Bris y
Stevens no tardaron en unirse a ellos. Todos contemplaban al pequeño
Gómez que paseaba un galápago por el jardín. El único que faltaba era el
duque. Sus balcones aun estaban cerrados, y respetaron su sueño. Mateo
Mantoux, que había redoblado su celo desde que el doctor le mantuviera
en su plaza, lavaba activamente su ropa al borde de un arroyuelo que
corría hacia el mar.
El criado del señor Stevens acudió apresuradamente a llamar a su señor.
En la vecindad se había cometido un crimen; todo el cantón estaba
emocionado. El señor Stevens, al despedirse de sus amigos, pidió algunos
detalles al mensajero.
--No sé nada--respondió éste--. Dicen que han encontrado a una francesa
muerta en su cama.
--¿Cerca de aquí?--interrumpió el doctor.
--A un cuarto de legua.
--¿No dicen si es una recién llegada?
--Creo que sí; pero su criada no habla más que el francés y no han
podido comprenderla.
--¿Usted ha visto a la criada? ¿Una mujer gruesa?
--Enorme.
--Vaya, no será nada--dijo el señor Le Bris--. Querido señor Stevens, es
la hora del desayuno y usted hará muy bien en acompañarnos. La muerta
está perfectamente, yo se lo aseguro.
El señor Stevens, hombre grave, no comprendió la ironía. El doctor
añadió:
--¿La ley inglesa castiga a los que prometen suicidarse y no cumplen su
palabra?
--No, pero castiga el suicidio cuando está probado.
--Vamos, no tengo suerte con la ley inglesa.
--Ahora en serio, doctor--continuó el magistrado--. ¿Cree usted
verdaderamente que se trata de una falsa alarma?
--Le respondo de que la dama en cuestión no ha recibido ni un rasguño.
La conozco bien y sé que está demasiado enamorada de su piel para
agujereársela.
--Pero, ¿y si hubiese sido asesinada?
--No tenga usted cuidado, mi excelente amigo. ¿Conoce usted a los
pájaros de jaula?
--No mucho.
--¿Entonces usted no sabe la diferencia que hay entre los pájaros de
cabeza azul y los pájaros de cabeza negra?
--No.
--Los pájaros de cabeza azul son unos lindos animalitos que se dejan
matar sin resistencia; los de cabeza negra son los que matan a los
otros. ¡Pues bien! la dama en cuestión es un pájaro de cabeza negra.
Ahora, vamos a desayunarnos.
--No comprendo. ¿Entonces por qué me harían llamar?
--Si le hace venir a buscar aquí, no es por el placer de hablar con
usted. Es para atraer a otra persona. ¿Qué dice usted, querido conde?
--Tiene razón--dijo la viuda.
El conde no respondió. Estaba más emocionado de lo que quería aparentar.
Germana le tendió la mano y le dijo:
--Vaya usted con el señor Stevens, amigo mío, y confírmese en que el
doctor habrá dicho la verdad.
--¡Diablo!--dijo el señor Le Bris--, yo también voy; aunque no me ha
invitado nadie, seré de la partida. Pero si esa señora no ha muerto
irremisiblemente, juro por mi bonete de doctor que el conde no le dirá
ni una palabra.
El señor Stevens, el conde y el doctor partieron en coche. Diez minutos
después se detenían ante la casa de la señora Chermidy. El doctor ya
había cambiado de pensamiento y presentía una desgracia. Una muchedumbre
compacta rodeaba la valla y la policía maltesa no bastaba para contener
la curiosidad pública.
--¡Diablo!--dijo el doctor--, ¿es que esa señora se habrá matado para
jugarnos una mala partida? No la creía tan fuerte como todo eso.
El conde se mordía el bigote sin decir nada. Había amado a la señora
Chermidy durante tres años y se había creído sinceramente correspondido.
Se le destrozaba el corazón ante la idea de que se hubiese matado por
él. Los recuerdos del pasado se revolvían contra las afirmaciones del
doctor y defendían victoriosamente la causa de Honorina.
La multitud abrió paso al señor Stevens y a sus acompañantes. Guiados
por los agentes llegaron a la cámara mortuoria. La señora Chermidy
estaba en su cama con el mismo vestido que la víspera. Su linda cabeza
colgaba horriblemente. Su boca entreabierta dejaba ver dos hileras de
pequeños dientes apretados por las convulsiones de la agonía. Sus ojos,
que una mano piadosa no había cerrado a tiempo, parecían mirar la muerte
con espanto. El puñal estaba en medio de la pieza, en el sitio en que
_le Tas_ lo arrojara. La sangre lo había inundado todo. Un gran charco
coagulado ante la chimenea anunciaba que la desgraciada se había herido
allí. Un reguero de un rojo obscuro demostraba que había tenido fuerzas
para arrastrarse hasta la cama.
La criada, que había llamado a la justicia y alarmado al vecindario, ya
no gritaba. Acurrucada en un rincón, con los ojos fijos en el cadáver de
su ama, miraba ir y venir a toda aquella gente maquinalmente. La llegada
del conde y de Le Bris no la hizo salir tampoco de su sopor.
El señor Stevens, seguido del actuario, hizo la información ocular y
dictó la descripción del cadáver con la impasibilidad de la justicia,
rogando al doctor que declarase cuanto supiera. Le Bris contó todo lo
ocurrido, lo que sabía él, y esto, junto con lo que él mismo vio,
confirmó al magistrado en la idea del suicidio.
Esta palabra, pronunciada a media voz, produjo en _le Tas_ como una
conmoción eléctrica. Se levantó como una fiera y mirando fijamente al
doctor, le dijo:
--¡Suicidio! Demasiado sabe usted que no era capaz de suicidarse. ¡Pobre
ángel! ¡Tan hermosa y tan feliz que era! ¡Hubiera vivido cien años si no
la hubiesen asesinado! Además, ¿es que ese viejo no estaba ahí? Vayan a
verle y verán que está lleno de su sangre.
Entonces advirtió al conde de Villanera que se había dejado caer en un
sillón y lloraba silenciosamente.
--¿Ha venido usted al fin?--le dijo--. ¡Tenía que haberlo hecho antes!
¡Ah, señor conde! ¡Paga usted muy mal sus deudas de amor!
Mientras el juez y el médico entraban en la pieza vecina, donde una
dolorosa sorpresa les aguardaba, _le Tas_ arrastró al conde hasta la
cama, le obligó a mirar a su antigua amante y le hizo oír una oración
fúnebre que le puso el cabello de punta.
--¡Vea usted, vea usted!--decía sollozando--, vea esos hermosos ojos que
le sonreían tan tiernamente, esa linda boca que le ha besado tantas
veces, esos cabellos tan negros que usted desataba con sus propias
manos... ¿Se acuerda de la primera vez que fue usted a la calle del
Circo? Cuando todos hubieron salido, usted se arrodilló para besar esa
mano. ¡Y ahora qué fría está! ¡Usted le había jurado fidelidad eterna
hasta la muerte! ¡Bésela, pues, caballero fiel!
El conde, inmóvil, rígido y más frío que el cadáver que tenía enfrente,
expió en un minuto tres años de dicha ilegítima.
En esto trajeron al duque que también pagaba, y bien caro, una vida de
egoísmo y de ingratitud.
La sangre de que estaba cubierto, su presencia en la casa, el vidrio
arrancado, los arañazos de sus manos, y sobre todo la pérdida de su
razón, hicieron creer un instante que él era el asesino. El doctor
examinó la herida de la señora Chermidy y reconoció que el puñal había
atravesado el corazón de parte a parte; la muerte debió de ser
instantánea; era, pues, imposible, que la víctima hubiese podido llegar
hasta la cama. El señor Stevens, comiendo la noche anterior con el
duque, había podido observar el estado de sus facultades mentales. El
señor Le Bris le explicó en pocas palabras cómo la manía homicida habría
podido germinar en su cerebro desequilibrado. Si era verdad que había
cometido el crimen, la justicia no podía hacer nada contra un loco. La
Naturaleza le había condenado a una muerte próxima, después de algunos
meses de una existencia peor que la misma muerte.
Pero, examinando más de cerca el cadáver, se encontró en su mano
crispada algunos cabellos más cortos y más rudos que los de una mujer y
de un color más natural que los del duque. El actuario, al levantar un
mueble derribado, recogió un botón de librea con las armas de los
Villanera. Finalmente el cajón donde la señora Chermidy había guardado
cien mil francos, estaba vacío. Era, pues, necesario, buscar a otro
asesino. Interrogaron a _le Tas_, pero no pudieron obtener nada. De
pronto se golpeó en la frente diciendo:
--¡Bestia de mí! ¡es él! ¡El miserable! ¡Le haré despellejar vivo! pero,
¿para qué? Ya hablará. Enterrad a mi señora, echadme a mí a la basura y
él que se vaya al diablo.
La justicia se trasladó el mismo día a la villa Dandolo donde se pudo
comprobar que Mateo era el autor del crimen. Al ser detenido exclamó:
--¡Poca suerte!
El señor Stevens le hizo conducir al castillo de Guilfort, a orillas del
mar. Fue bastante afortunado para escaparse durante la noche, pero cayó
en una de esas grandes redes que los pescadores tienden por la tarde
para levantarlas por la mañana.
XV
CONCLUSIÓN
Si habéis visto el mar en la estación de los equinoccios, cuando las
olas amarillas suben hasta lo más alto de la escollera y los guijarros
se entrechocan con estrépito sobre la orilla, cuando el viento aúlla en
el cielo negro y el oleaje abate los restos informes de los naufragios,
volvedle a ver en verano; no le reconoceréis. Los guijarros relucientes
están alineados a lo largo de la playa; el mar se extiende como una
sabana azul bajo el riente cielo; a lo lejos se ven cruzar las velas
blancas, y sobre la escollera las parisienses abren sus sombrillas de
color de rosa.
El conde y la condesa de Villanera, después de un largo viaje cuya
historia no ha sabido nunca París, han vuelto hace tres meses a su
palacio del _faubourg_ de San Honorato. La condesa viuda que había
partido con ellos, y la duquesa que se les había unido a la muerte del
duque, compartían sin celos el gobierno de una gran casa y la educación
de una linda criatura. Era una niña de dos años, parecida a su madre, y
más hermosa por lo tanto que su hermano mayor, el difunto marqués.
El doctor Le Bris era aún el médico y el mejor amigo de la casa. El
viejo duque y el pequeño Gómez habían muerto en sus brazos, el uno en
Corfú y el otro en Roma, a consecuencia de una tifoidea.
El pequeño marqués tenía una fortuna personal de seis o siete millones
que le había dejado una parienta lejana y que sus padres emplearon en
obras de caridad.
Una capilla se eleva al sur de la isla de Corfú, sobre el emplazamiento
de la villa Dandolo, y es servida por un joven sacerdote de una
sabiduría y una tristeza ejemplares: Gastón de Vitré.
FIN
NOTAS:
[A] _Sangre ligada con el Rey._
[B] Portero de casa principal.
[C] Jabalí.
[D] Hay que tener presente la época en que se escribió esta novela.
[E] El montón.
[F] Se puede perdonar esta ridícula afirmación al autor en gracia al
buen concepto que en general tiene formado de los españoles. N. del T.