en busca de informes. Estuvo ausente una gran parte de la noche, y _le
Tas_ se durmió esperándole. La señora Chermidy tascó el freno, no sin
que más de una vez encontrara sorprendente que una persona que tenía
cien mil francos en su poder no pudiese adquirir una noticia tan
sencilla. Despertó a la pobre _le Tas_ que ya no podía más, y ésta le
aconsejó que durmiera y no se pudriera la sangre.
--Ya comprendes--le dijo--que si la pequeña ha emprendido el viaje al
otro mundo, no se habrán entretenido en colgar la población de negro. No
sabremos nada hasta que vayamos al campo. Todos deben conocer la villa
Dandolo. Acuéstate tranquilamente, y mañana será otro día. ¿A qué te
expones? Con seguridad que si ha muerto no resucitará esta noche.
Iba la señora Chermidy a seguir el consejo de su prima, cuando el
comisionista del hotel llegó con gran alboroto a comunicarle que los
señores de Villanera habían desembarcado en la isla en el mes de abril,
con su médico y toda la servidumbre; que los habían llevado a la villa
Dandolo, y que debía haber muerto hacía ya tiempo si es que no se
encontraba mejor a estas horas. La viuda, impaciente, puso al empleado
en la puerta, se echó luego sobre la cama y durmió bastante mal.
A la mañana siguiente tomó un coche y se hizo llevar a la villa Dandolo.
El cochero no supo decirle lo que le interesaba, y los campesinos que
encontró en el camino oyeron sus preguntas sin comprenderlas. Todas las
casas que veía se le antojaban la villa Dandolo, pues en realidad se
parecen mucho unas a otras en la isla. Cuando el cochero le señaló un
tejado de pizarras oculto entre los árboles, se apretó el corazón con
ambas manos. Consultaba con gran atención la fisonomía del paisaje para
ver si le anunciaba la gran noticia que ardía en deseos de conocer.
Desgraciadamente los jardines, los caminos y los bosques son testigos
impasibles de nuestras alegrías y de nuestros dolores. Si se interesan
por nuestra muerte, lo disimulan admirablemente, pues los árboles del
parque no se visten de luto por la muerte de su dueño.
La señora Chermidy paladeaba la lentitud de los caballos. Habría querido
subir al galope la escalinata que conducía a la villa. No podía
contenerse; iba de una ventanilla a la otra, interrogando la casa y los
campos y buscando una figura humana. Por fin saltó a tierra, corrió
hacia la villa, encontró todas las puertas abiertas y no vio a nadie.
Retrocedió y penetró en el jardín del Norte; estaba desierto. Una
puertecita y una escalerilla llevaban al jardín del Mediodía. Se lanzó
por ella y se aventuró por las avenidas.
A la sombra de un corpulento naranjo, por el lado de la playa, divisó a
una mujer vestida de blanco, que se paseaba con un libro en la mano.
Estaba demasiado lejos para reconocerla, pero el color del vestido le
dio que pensar. No se llevan trajes blancos en una casa donde hay luto.
Todas las observaciones que había hecho durante cinco minutos combatían
en su espíritu. El abandono casi absoluto de la villa podía hacer creer
en la muerte de Germana; las puertas abiertas, los criados ausentes, los
dueños en viaje, pero, ¿para dónde? Quizás para París. Mas, ¿cómo no
sabían nada en la ciudad? ¿Habría curado Germana? Imposible en tan poco
tiempo. ¿Estaba todavía enferma? En ese caso la cuidarían y no dejarían
las puertas abiertas. No se atrevía a aproximarse a la paseante blanca,
cuando de pronto un niño entró corriendo en la avenida y se perdió entre
los árboles, como un conejo asustado que atraviesa un sendero del
bosque. Reconoció en aquel niño a su hijo y recobró su audacia.
--¿Qué es lo que temo?--pensó--. Nadie tiene derecho a echarme de aquí.
Que esa mujer viva o que haya muerto, soy madre y vengo a ver a mi hijo.
Dirigiose rectamente hacia el niño. El pequeño Gómez sintió miedo al ver
a aquella mujer enlutada, y escapó corriendo hacia su madre. La señora
Chermidy dio algunos pasos tras él y se detuvo en seguida en presencia
de Germana.
Germana se hallaba sola en el jardín con el marqués de los Montes de
Hierro. Sus huéspedes acababan de despedirse de ella; la condesa y su
hijo habían ido a acompañar a la señora de Vitré; el doctor se marchó a
la ciudad con los Dandolo y Delviniotis. La casa estaba en poder de los
criados, que dormían la siesta, según costumbre, donde el sueño los
había sorprendido.
La señora Chermidy reconoció a la primera ojeada a la mujer que sólo una
vez había visto, y a la que no esperaba encontrar en este mundo. No
obstante su serenidad y estar dotada por la Naturaleza de un alma bien
templada, retrocedió un paso largo, como el soldado que ve hundirse el
puente que él iba a atravesar. No era mujer que se alimentase de
quimeras; comprendió su posición y de un salto llegó hasta las últimas
consecuencias. Vio a su rival curada y bien curada, a su amante
confiscado, su hijo en manos de otra y su porvenir estropeado. La caída
fue tanto más ruda cuanto que la hermosa ambiciosa caía de lo más alto.
Después de haber amontonado montaña sobre montaña hasta las puertas del
cielo, los titanes de la fábula no sintieron más duramente el rayo que
los aniquilaba.
El odio que la viuda sentía por la joven condesa desde el día en que
había empezado a temerla se elevó súbitamente a proporciones colosales,
como esos árboles de teatro que el maquinista hace brotar del suelo y
subir hasta los frisos. La primera idea que atravesó su mente fue la de
un crimen. En sus músculos sintió estremecerse una fuerza centuplicada
por la rabia. Preguntose por qué con sus manos no rompía el obstáculo
tan sutil que la separaba de su dicha, y por un instante fue la hermana
de aquellas Thyades que desgarraban en pedazos los leones y los tigres
vivos. Se arrepintió de haber dejado olvidado en el hotel Trafalgar un
puñal corso, joya terrible, que en todos lados colocaba sobre el ábaco
de la chimenea. La hoja era azul como el muelle de un reloj, larga y
flexible como la ballena de un corsé; la empuñadura era de ébano con
incrustaciones de plata, y la vaina de platino grabado. Con el
pensamiento corrió hasta esa arma familiar, la empuñó con la imaginación
y la acarició. Pensó en seguida en el mar que batía muellemente la
ladera del jardín. Nada más fácil ni más tentador que llevar hasta allí
a Germana, como el águila se lleva a un cordero blanco por el aire, y
tenderla bajo tres pies de agua, ahogar sus gritos bajo las olas y
comprimir sus esfuerzos hasta el momento en que una convulsión postrera
hiciera una nueva condesa de Villanera.
Afortunadamente la distancia es mayor entre el pensamiento y la acción
que entre los brazos y la cabeza. Además el pequeño Gómez estaba allí y
su presencia quizás salvó la vida de Germana. Más de una vez, para
paralizar una mano criminal, basta la mirada límpida de un niño. Los
seres más pervertidos experimentan un respeto involuntario ante esa edad
sagrada y aun más augusta que la vejez. La vejez es como un agua en
reposo que ha dejado caer al fondo todas las impurezas de la vida; la
infamia es una fuente escapada de la montaña: se la agita sin
enturbiarla, porque es pura hasta el fondo. Los ancianos poseen la
ciencia del bien y del mal; la ignorancia de los niños es como la nieve
inmaculada de la Jungfrau que nada ha mancillado, ni aun la huella del
pie de un pájaro.
La señora Chermidy, concibió, acarició, debatió y rechazó la idea de un
crimen mientras cerraba la sombrilla y saludaba a Germana, que no la
conocía.
Germana la acogió con esa gracia y esa cordialidad que es privativa de
los venturosos en el mundo. La visita de una desconocida no tenía para
ella nada de sorprendente. Casi diariamente recibía personas de la
vecindad que se habían interesado por su curación y que iban a
felicitarla por haber recobrado la salud. La viuda inició la
conversación con unas cuantas palabras incoherentes que daban idea del
tumulto de sus pensamientos.
--Señora--le dijo--, usted no esperaba seguramente... yo tampoco
esperaba... Si hubiese sabido... Acabo de llegar de París, señora. Su
señor padre, el duque de La Tour de Embleuse, que me honra con su
amistad...
--¿Usted conoce a mi padre, señora?--interrumpió vivamente Germana--.
¿Hace poco que lo ha visto usted?
--Hace ocho días.
--Permítame, pues, que la bese. ¡Mi pobre padre! ¿Cómo está? Nos escribe
rara vez. Deme noticias de mi madre.
La señora Chermidy se mordió los labios.
--No esperaba, señora--dijo sin contestar a la pregunta--, encontrarla
tan bien. La última carta que el señor duque recibió de Corfú...
--Sí, efectivamente, señora; había llegado ya al último extremo, pero no
me han querido en el cielo. Pero siéntese a mi lado. A la hora presente
mi padre y mi madre ya estarán tranquilos. ¡Oh, estoy completamente
restablecida! Debe conocerse, ¿no es verdad? Míreme usted bien.
--Sí, señora. Por lo que en París nos dijeron, ha sido un milagro.
--Un milagro del cariño y del amor, señora. ¡La condesa, mi madre, es
tan buena! ¡Mi marido me quiere tanto!
--¡Ah!... ¡Qué niño tan lindo ése que juega allí bajó! ¿Es de usted,
señora?
Germana se levantó del banco, miró a la viuda y retrocedió atemorizada,
como si hubiese pisado una serpiente.
--¡Señora!--dijo a la desconocida--, usted es la señora Chermidy.
Esta se levantó a su vez y avanzó hacia Germana como para pasar sobre su
cuerpo y contestó:
--Sí, soy la madre del marqués y la esposa, ante Dios, de don Diego. ¿En
qué me ha reconocido?
--Por el tono con que ha hablado del niño.
Fue dicho esto tan dulcemente, que la señora Chermidy se sintió
sobrecogida por un sentimiento extraño. La cólera, la sorpresa y todas
las emociones que la ahogaban, se resolvieron en un hondo sollozo, y dos
gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Germana ignoraba que se
llorase de rabia. Compadeció a su enemiga y exclamó ingenuamente:
--¡Pobre mujer!
Las dos lágrimas se secaron instantáneamente, como las gotas de lluvia
que caen en un cráter.
--¡Pobre mujer, yo!--replicó con dureza la señora Chermidy--. ¡Bueno,
sí, soy digna de compasión porque he sido engañada, porque han abusado
de mi buena fe, porque el cielo y la tierra unidos han conspirado para
traicionarme, porque me han robado un nombre, una fortuna, al hombre
que yo amaba y al hijo al que di vida entre dolores y sollozos!
Germana quedó sobrecogida de espanto ante aquella explosión de ira, y
sus ojos se volvieron hacia la casa como en demanda de auxilio.
--Señora--dijo temblorosa--, si para eso ha venido usted a mi casa...
--¡A su casa! ¿No llama usted a sus criados para hacerme arrojar de su
casa? ¡Realmente, es curioso que sea yo quien esté en su casa de usted!
¡Pero si usted no tiene nada que no proceda de mí! ¡Su marido, su hijo,
su fortuna y hasta el mismo aire que respira, todo procede de mí, todo
me pertenece, todo lo tiene usted en depósito porque yo se lo he
confiado; me lo debe usted todo y nunca me reembolsará! Usted vegetaba
en París sobre un mal camastro; los médicos la habían desahuciado, no le
quedaban ni tres meses de vida, ¡así me lo habían prometido! ¡Su padre y
su madre de usted se morían de hambre! Sin mí, la familia de La Tour de
Embleuse no sería más que un montón de polvo en la fosa común. ¡Yo se lo
he dado a usted todo, padre, madre, marido, hijo y la vida, y se atreve
usted a decirme en mi cara que estoy en su casa! ¡Es preciso ser bien
ingrata!
Era difícil contestar a esta elocuencia salvaje. Germana cruzó los
brazos sobre el pecho y dijo:
--Señora, en vano sondeo mi conciencia; no me puedo encontrar culpable
de nada como no sea de haber curado. Jamás he contraído ningún
compromiso con usted, por la sencilla razón de que ésta es la primera
vez que la veo. Cierto es que sin usted hace tiempo que me hubiese
muerto; pero si usted me ha salvado ha sido sin querer, y la prueba
mejor es que acaba de reprocharme el aire que respiro. ¿Ha sido usted la
que me dio por esposa al conde de Villanera? Es posible. Pero me eligió
usted porque me creía condenada a muerte sin remedio. Por eso no le debo
ninguna gratitud. Ahora, ¿qué puedo hacer para serle útil? Estoy
dispuesta a todo, menos a morir.
--Yo no le pido nada; no quiero nada; no espero nada.
--¿Entonces qué ha venido a hacer usted aquí?... ¡Dios mío! ¡Me creía
usted enferma y esperaba encontrarme muerta!
--Estaba en mi derecho. Pero he debido tomar informes respecto a su
familia: ¡los La Tour de Embleuse no han pagado nunca sus deudas!
Al oír esta grosería, Germana perdió la paciencia y replicó:
--Señora, ya está usted viendo que me encuentro bien. Puesto que
únicamente había venido para enterrarme, su misión ha terminado, y nada
tiene ya que hacer aquí.
La señora Chermidy se instaló resueltamente en el banco de piedra
diciendo:
--No me iré sin haber visto a don Diego.
--¡Don Diego!--exclamó la convaleciente--. ¡No lo verá usted! No quiero
que él la vea. Escúcheme atentamente, señora. Estoy aún muy débil, pero
encontraré las fuerzas de las leonas para defender mi felicidad. No es
que yo dude de él: es bueno, me quiere como a una hermana y no tardará
en quererme como a esposa. Pero no quiero que su corazón se desgarre
entre lo pasado y lo porvenir. Sería odioso obligarle a elegir entre
nosotras. Además, usted debe de haber comprendido que ya ha hecho su
elección, puesto que no le ha escrito más.
--¡Criatura! ¡No has podido conocer lo que es el amor en medio de las
tisanas! ¡No sabes el imperio que tomamos sobre el hombre a fuerza de
hacerlo dichoso! No has visto los hilos de oro, más finos y más tupidos
que los de la tela de araña, que tejemos alrededor de su corazón! No he
venido sin armas a declararte la guerra. Traigo conmigo el recuerdo de
tres años de pasión satisfecha y nunca saciada. Eres libre de oponer a
todo eso tus besos fraternales y tus caricias de colegiala. ¿Quizás
crees que has apagado el fuego que yo encendí? ¡Espera que yo sople en
él, y verás qué incendio!
--Usted no le hablará. Si él fuera bastante débil para acceder a esa
fatal entrevista, su madre y yo sabríamos impedirlo.
--¡Bastante me preocupo yo de su madre! Tengo derechos sobre él yo
también, y los haré valer.
--No sé qué derechos pueda alegar una mujer que se ha comportado como
usted, pero sé que la Iglesia y la ley me han dado al conde de Villanera
el día en que ellas me dieron a él.
--Oiga usted; le abandono el libre dominio de todos los bienes que usted
posee. Viva, sea dichosa y rica; haga la felicidad de su familia, cuide
de sus padres en sus últimos días, pero déjeme a don Diego. Nada es para
usted todavía, según usted mismo me ha confesado. No ha sido su esposo,
ha sido su médico, su enfermero, el ayudante del doctor Le Bris.
--Es todo para mí, señora, puesto que le amo.
--¡Ah, es así! Pues bien, cambiemos de nota. ¡Devuélvame a mi hijo! Es
mío; y supongo que convendrá usted en ello. Cuando se lo cedí, puse
condiciones. Como usted no ha cumplido su palabra yo retiro la mía.
--Señora--respondió Germana--, si usted quisiera a ese niño no pensaría
en despojarlo de su nombre y su fortuna.
--¡No me importa! Lo quiero para mí, como todas las madres. Prefiero
tener un bastardo a quien besar todas las mañanas, que oír a un marqués
que le llame a usted mamá.
--Sé--repuso Germana--que el niño era de usted; pero usted lo dio. Ni
usted puede reclamarlo ni menos yo entregárselo.
--Lo pediré ante los tribunales. Revelaré el misterio de su nacimiento.
Nada arriesgo al presente: mi marido ha muerto, y ya no me matará.
--Perderá usted el pleito.
--Pero lograré armar un gran escándalo. ¡Ah, la señora de Villanera
tiene en mucho su nombre! ¡Se han cometido infamias para el mayor lustre
del apellido de los Villanera! Le aferraré por las orejas a ese título
que Italia disputa a España! ¡Lo arrastraré del juzgado de primera
instancia al más alto tribunal; haré que lo impriman en todos los
periódicos; será la comidilla de las tabernas de París; lo haré publicar
en las _Pequeñas causas célebres_, y la condesa vieja reventará de
rabia! ¡Y ya pueden decir los abogados y sentenciar los jueces! Perderé
el pleito, pero todos los futuros Villanera estarán tachados de
Chermidy!
Hablaba con tal calor que su discurso llamó la atención del marqués. Se
hallaba a diez pasos de distancia, gravemente ocupado en plantar ramas
en la arena para hacer un jardincito. Abandonó su tarea y fue a
colocarse delante de la señora Chermidy, con un bracito en jarras. Al
verle aproximar, Germana dijo a la viuda:
--Preciso es, señora, que la pasión la extravíe, pues hace una hora que
está reclamando al niño, y todavía no se le ha ocurrido besarlo.
El marqués presentole la mejilla sin el menor entusiasmo, y dijo a su
terrible madre, en esa media lengua propia de los niños de su edad:
--Señora, ¿qué le dices a mamá?
--Marqués--respondió Germana--, esta señora quiere llevarte a París.
¿Quieres irte con ella?
Por toda contestación el niño se echó en brazos de Germana, y dirigió
una mirada de recelo a la señora Chermidy.
--Le queremos todos--dijo Germana.
--Usted también, señora. Es una habilidad.
--Es natural. Se le parece mucho a su padre.
--Mírame bien--dijo la viuda a su hijo--. ¿No me reconoces?
--No.
--Soy tu madre.
--No.
--¡Tú eres mi hijo, mi hijo!
--No eres tú, es mamá Germana.
--¿No tienes otra madre?
--Sí; mamá Nera. Está en casa mamá Vitré.
--Para él todas son madres suyas menos yo. ¿No recuerdas haberme visto
en París?
--¿Qué es París?
--Yo te daba bombones.
--¿Dónde están tus bombones?
--Vamos, los niños son hombres pequeños; la ingratitud les brota con los
dientes. Marqués de los Montes de Hierro, escúchame bien. Todas esas
mamás son las que te han criado. Yo soy tu verdadera madre, la única
madre, la que te ha dado el ser.
El niño sólo comprendió que aquella señora le reñía, y se echó a llorar
amargamente costando gran trabajo consolarlo a Germana.
--Ya ve usted, señora--dijo ésta a la viuda--, que nadie la retiene
aquí, ni aun el marqués.
--He aquí mi ultimátum--respondió la señora Chermidy altivamente.
Pero una voz muy conocida de ella le cortó la palabra. Era el doctor Le
Bris que llegaba de Corfú a todo correr. Había visto a _le Tas_ en una
ventana del hotel Trafalgar, y al galope traía este notición. El cochero
de la señora Chermidy al que había encontrado a la puerta de la villa,
lo había asustado al decirle que había llevado allí a una señora.
Recorrió la casa, puso en pie a todos los dormilones que hallaba en su
camino y bajó las escaleras del jardín de cuatro en cuatro peldaños.
No pensaba el doctor que la señora Chermidy fuese capaz de cometer un
crimen; pero, sin embargo, dejó escapar un suspiro de satisfacción al
encontrar a Germana como la había dejado. Le tomó el pulso antes de
decir palabra y luego habló.
--Condesa, está usted un poco agitada--manifestó--, y creo que la
soledad le será conveniente. Descanse usted si le parece, mientras yo
acompaño a la señora hasta su coche.
Dictó la orden sonriendo, pero con un tono tan autoritario que la señora
Chermidy aceptó su brazo sin replicar.
Cuando hubieron dado juntos algunos pasos añadió el doctor:
--¡Cómo, mi linda cliente! ¡Supongo que no tiene usted la intención de
estropear mi obra! ¿Qué diablo viene usted a hacer aquí?
--¿Qué carta es ésa, pues--contestó la viuda ingenuamente--, que ha
escrito usted al duque?
--¡Ah, ya comprendo! Con efecto, pasamos una semana difícil; pero el
buen tiempo ha reaparecido.
--¿No queda ningún recurso, llave de los corazones?
--Ninguno, como no me muera.
--¿Y qué va usted ganando?
--La satisfacción del deber cumplido. Es una hermosa curación; como ésa
no se cuentan por docenas.
--Mi pobre amigo, dicen que usted hará carrera; yo me temo que no pasará
de vegetar toda su vida. Las personas de talento son a veces bastante
estúpidas.
--¡Qué se le va a hacer! No se puede contentar a todo el mundo. La
Fontaine ha dicho eso en verso, no recuerdo dónde.
--¿Qué va a ser de mí? Lo pierdo todo.
--¿Cree usted?
--Sin duda.
--Los millones, pues, para usted no son nada. Usted es mujer precavida,
y ha ido siempre a lo práctico.
--¿Esa opinión es la de usted?
--La mía y la de otros.
--¿La de don Diego, acaso?
--Es posible.
--Pues es bien injusto. Por nada le devolvería lo que me ha dado.
--Ya sabe usted que él no lo tomará. Adiós, señora.
--¿Sigue usted teniendo a ese Mateo que el duque le envió de París?
--Sí; ¿por qué?
--Porque ya le he dicho que desconfíe de él.
--Por mí no le han despedido.
La señora Chermidy regresó precipitadamente a la ciudad. Su retirada
parecía una derrota, y _le Tas_, que esperaba noticias en la ventana,
adivinó en seguida lo que ocurría. Así que la viuda llegó a su
habitación exclamó:
--¡Maldita jornada!
--¿Se ha salvado?
--Está curada. No he podido ver al conde, ni creo verlo, y Le Bris casi
me ha puesto en la calle.
--Si éste encuentra su clientela, pierdo el nombre que llevo. Ya puedes
hacer, amigo, lo que quieras, pero nunca serás más que un imbécil.
--O un bribón. Nos ha engañado como todos los demás.
--¿De quién fiarse, gran Dios, si no se puede contar con un ex
presidiario?... Después de esto, le habrán puesto quizás en la puerta.
--No, aun está en la casa.
--Entonces aun hay remedio. Yo le hablaré. Hay que jugarse el todo por
el todo.
--¡Vamos, pues! Es necesario que vea a don Diego.
--¿Y cómo le verás?
--Alquilaré cualquier casa por allá.
--Vamos. Estoy segura de que si llegas a tenerle bajo tus ojos, harás de
él lo que quieras. ¡Estás soberbia!
--Es la cólera. Le he reclamado el pequeño, y les he amenazado con un
proceso. Tendrá miedo y vendrá.
--¡Si viene, lo robas!
--¡Como a una pluma!
--Quizás has hecho mal en hablar de proceso. Es demasiado orgulloso para
ceder por ese procedimiento. Atacar a un español por las amenazas, es lo
mismo que acariciar a un lobo a contrapelo.
--Si las amenazas no sirven para nada, tengo otra idea. Hago testamento
en favor del marqués, le devuelvo sus millones hasta el último céntimo y
después me mato.
--¡Vaya una idea! ¡Muy bonita! ¿Y qué habrás adelantado con eso?
--¡No seas tonta! Me mataré sin hacerme daño. El testamento demostrará
que no tengo apego al dinero; el puñal, que tampoco se lo tengo a la
vida, pero no me mataré hasta el momento en que vaya a abrir la puerta.
_Le Tas_ encontró la invención excelente, aunque no fuese precisamente
nueva.
--¡Bueno!--dijo--; es, únicamente, un caballero andante; no tolerará que
la mujer a quien ha amado se dé muerte por sus hermosos ojos. ¡Son tan
bestias los hombres! ¡Si yo fuese tan bonita como tú, los haría correr!
--Mientras tanto, hija mía, seremos nosotras las que corramos; y desde
mañana mismo.
--¡Pues bien, sí! ¡en marcha!
Al día siguiente, las dos mujeres, escoltadas por un mozo de cuerda, se
hicieron conducir al sur de la isla. Allí, en las inmediaciones de la
villa Dandolo, encontraron una linda casita para vender o alquilar, con
su verja y todo. Era la misma que la señora de Villanera había elegido
para el señor de La Tour de Embleuse, en el caso en que éste se
decidiese a pasar el verano en Corfú. Era el castillo en el aire del
pobre Mantoux, llamado _Poca Suerte_. La casa fue alquilada el 24 de
septiembre, amueblada el 25 y ocupada el 26 por la mañana. Así se lo
hicieron saber a don Diego.
El conde pasaba un verdadero suplicio desde hacía tres días. Germana le
contó la visita que había recibido. La pobre niña no sabía el efecto que
le produciría aquella noticia y, sin embargo, quiso ser ella quien se la
diese. Al anunciar a don Diego la noticia de la llegada de su antigua
amante, se aseguraba en un instante de si estaba bien curado de su amor.
Un hombre sorprendido no tiene tiempo de disimular y la primera
impresión que se lee en su cara es la verdadera. Germana se jugaba el
todo por el todo sometiendo a su marido a semejante prueba. Un relámpago
de alegría en los ojos del conde la habría matado más seguramente que un
pistoletazo. Pero las mujeres son así, y su amor heroico prefiere un
peligro seguro a una dicha incierta.
El señor de Villanera estaba bien curado, porque se enteró de aquella
noticia como el que recibe una impresión desagradable. Su frente se veló
de una tristeza que no tenía nada de exagerada, porque era sincera. No
se mostró ni indignado ni escandalizado, porque el paso de la señora
Chermidy, impertinente a los ojos de todos, era bien excusable para él.
No hizo el gesto de desagrado de un gobernador de provincia al que dicen
que el enemigo ha hecho una incursión en su territorio; demostró el
disgusto de un hombre al que un accidente previsto viene a turbar en su
felicidad.